Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la trama está basada en uno de mis libros favoritos, "La Doncella de Piedra" de Susan King. Es una adaptación en la cual, los personajes de King fueron reemplazados por los de Meyer, pero la trama sigue siendo exactamente la misma. A pesar de ser una adaptación, sigue siendo una historia original, por lo cual, queda prohibida su copia parcial o total sin permiso.
Capítulo 27
La campana de bronce de la torre de la iglesia extendió el eco de su lamento por las colinas. Isabella la escuchó, de pie en la puerta de su taller y con una mano en la cabeza de Finan. Cada tañido de la distante campana dejaba una huella en su corazón, como si la pena fuese un cincel. El padre Padruig había prometido hacerla sonar cada hora en un canto fúnebre por los caballeros caídos hasta que éstos fueran enterrados.
Afuera seguía nevando, pero la nevada de la semana anterior se había derretido lo bastante para organizar una solemne procesión desde Kinlochan para transportar a los caballeros muertos y asistir a una misa. Jacob, Billy y algunos más estaban todavía en la iglesia, cavando tumbas en el suelo casi congelado, pero Isabella, Edward y otros habían vuelto un poco antes.
Parpadeando para alejar las lágrimas, vio que el patio estaba silencioso, frío, purificado por la nieve. Más allá de la empalizada las agrestes montañas azules lucían una corona de nubes pálidas.
Entonces vio a Edward que venía cruzando el patio con zancadas largas y ágiles, llenas de una natural elegancia masculina, aunque sabía que todavía sentía el cansancio de la herida y la convalecencia. El viento azotaba su cabello bronce y hacía ondear el tartán que llevaba sobre los hombros a modo de manto.
El corazón se le aceleró en el pecho, como le ocurría cada vez que le veía.
—Que Dios te allane el camino —dijo en gaélico cuando él se acercó.
—Y que a ti te guarde de todo mal —respondió el bretón. Finan le hociqueó la mano, y él le rascó la cabeza y después apoyó un hombro contra el marco de la puerta—. El mundo duerme bajo un manto blanco —musitó—. A juzgar por el aspecto de esas nubes, vamos a tener más nieve.
—Ahora manda la reina del invierno, mientras Aenghus mac Og, el dorado, está dormido. Pronto despertará, y él y Brígida traerán otra vez la primavera, y de nuevo tendremos sol y verdor.
—Ah, es eso lo que estamos aguardando —murmuró Edward—, la primavera.
Isabella contempló la blancura de la nieve que llenaba perezosa el aire.
—Siempre pienso en la nieve como en uno de esos tiempos entre tiempos —dijo—. En esas ocasiones hay algo mágico, según nos cuentan las leyendas. La niebla, el amanecer, el crepúsculo... Cuando el mundo no es ni una cosa ni la otra. Eso mismo me parecen a mí la nieve y el hielo, el mundo convertido en un espacio blanco, silencioso y muy bello, formado por cristales y nubes.
Edward inclinó la cabeza para mirarla.
—En cierto modo, sí es un momento mágico. La vida está congelada, y también el tiempo parece haberse congelado.
Ella asintió. A lo lejos volvió a oírse el tañido de la campana y Edward levantó la cabeza para escuchar. Su perfil era hermoso y fuerte.
—Lo siento por tus hombres —dijo Isabella.
—Lo sé. Debería estar allí, ayudando a los demás.
—Ya estuviste esta mañana —repuso ella—. Y yo te pedí que regresaras conmigo y con los míos, lo cual tú hiciste amablemente.
Él sonrió con tristeza.
—Sarah y tú buscabais un pretexto para traer al inválido a casa.
A casa. Aquella palabra quedó flotando entre ellos en silencio.
—Así fue —dijo Isabella—. Ahora no debes hacer ese esfuerzo de cavar, y arriesgarte a que se abra la herida.
Él asintió.
—Billy me ha dicho que has estado haciendo lápidas para las tumbas. Te lo agradezco.
Isabella afirmó con la cabeza.
—Me alegro de poder hacer algo por tus amigos. Nuestros amigos —añadió en voz baja—. Ven, te lo enseñaré.
Entró en el taller, seguida por Edward. Finan se adelantó a ellos para hacerse con el lugar más caliente junto al brasero, Isabella cerró la puerta y se volvió.
Edward se dirigió al banco de trabajo. Ella lo siguió.
—He usado unas losas pequeñas de piedra arenisca. —Señaló una de las piedras—. He dibujado las líneas a base de incisiones, en lugar de tallarlas en relieve. Es un método más rápido y la imagen sale más bonita.
Edward asentía mientras ella hablaba. Las cruces esbozadas estaban llenas por un dibujo de líneas entrelazadas.
—Seguro que éstas requieren mayor esfuerzo, sin embargo has hecho ya cuatro.
—La piedra arenisca es lo bastante blanda para poder trabajarla deprisa, pero no acepta bien los detalles finos, así que he escogido un dibujo más simple en zigzag. No suele gustarme trabajar con arenisca.
Edward enarcó una ceja.
— ¿Por qué la usas para hacer esculturas para las tumbas?
—Por eso —admitió ella—, y también porque es blanda y granulosa y levanta un polvo asfixiante que me hace toser. Y desgasta mis herramientas demasiado rápido. Quil gruñe cuando tiene que afilarlas demasiado a menudo.
—Estas piezas las has hecho muy deprisa. Has trabajado mucho.
Isabella se sentó en la banqueta y cogió un cincel en forma de V y una maza de madera.
—Había que hacerlas.
Comenzó a manejar las herramientas de forma rítmica, haciendo acanaladuras en la piedra, que se iba desmenuzando como si fuese arcilla. Durante unos minutos el ligero golpeteo llenó el aire.
—Ese perro azul tuyo duerme más que ningún sabueso que yo haya conocido —comentó Edward alzando una ceja para mirar a Finan, que estaba tumbado con los ojos cerrados al lado del brasero—. El ruido no lo molesta en absoluto.
—Ya está acostumbrado, y cuando quiere dormir no hay nada que pueda despertarlo —dijo Isabella—. Además, se está haciendo viejo. Últimamente parece que duerme más a menudo y más profundamente que antes. —Suspiró, pensando que aquel animal era otro de los seres queridos que se estaban haciendo mayores.
Edward la miró detenidamente.
—Pareces cansada. Y estás más delgada.
Ella observó las sombras del rostro de Edward, sus rasgos más enjutos, que revelaban el equilibrio clásico de su osamenta bajo la piel.
—Tú también.
Él alzó una mano para rozarle la mejilla con un dedo y limpiar un poco de polvo adherido.
—Tienes ojeras.
Ella sonrió a medias.
—Dices lo mismo que Sarah. Pronto querrás saber cuándo he comido por última vez, cuándo he dormido y cuánto tiempo.
—Bueno —replicó Edward—. Pues dime. —Sonrió al ver su gesto—. Uno de los monjes del monasterio de Saint-Sebastien nos escudriñaba la cara y hacía comentarios sobre si teníamos las mejillas pálidas o la nariz roja, y nos decía que comiéramos más o que durmiéramos mejor. Su intención era buena y se preocupaba por nosotros. Supongo que aprendí de él. Me preocupo de ti —añadió con suavidad.
Isabella inclinó la cabeza sobre la labor. Sintió que iba a estornudar, pero se contuvo con la mano.
—La piedra está levantando mucho polvo. —Cogió un trapo húmedo y lo pasó por la superficie de la losa.
—Isabella, creo que deberías descansar un poco —dijo Edward.
—Quiero terminar esto hoy. —Volvió a tomar las herramientas—. Es la última de las cruces de los caballeros.
—Se ve el cansancio en tu cara y en tu voz. Llevas demasiadas noches en pie, con sólo una cama de piedra donde recostarte. —Le levantó una de las largas trenzas para sacudir unas cuantas esquirlas de piedra que tenía prendidas en el pelo.
—Cuando no puedo dormir, el trabajo me tranquiliza —dijo ella.
—El trabajo no te permite dormir. No hay necesidad de darse tanta prisa en terminar estas piedras.
—Ya casi están terminadas. No suponen un trabajo difícil. Si tengo prisa por algo, es por volver a mi propio trabajo.
Edward fue hasta la mesa que había debajo de la ventana, cuyo tablero estaba cubierto de losas de caliza gris. Las fue mirando de una en una.
—Has hecho mucho en las últimas semanas. Has terminado tres más. Y también la escena de la Doncella de Piedra. —Se inclinó para examinarla de cerca—. Es un trabajo verdaderamente muy bello. Eres una artista.
—Soy una artesana —replicó ella al tiempo que golpeaba con la maza—. Una conservadora del legado de mi clan, y una mujer que trabaja mucho, que una vez que tiene puesto su empeño en algo, no se rinde. Me temo que sólo tengo tiempo hasta la primavera.
—Tienes toda tu vida. —Edward se volvió hacia ella—. El trabajo que haces es muy notable, pero tú no lo consideras así; tú sólo ves la necesidad de trabajar, de terminar otra piedra y continuar trabajando. Detente, Isabella; para un momento y ven aquí.
Le hizo una seña para que se acercara, pero ella negó con la cabeza.
—No puedo parar —dijo, y golpeó de nuevo el cincel con el mazo y sopló después el polvo—. Queda muy poco tiempo.
Edward cruzó la estancia y agarró a Isabella por los brazos, casi levantándola de la banqueta, la obligó a darse la vuelta y a caminar delante de él empujándola con las manos en los hombros.
—Eso es —le dijo, parando enfrente de la mesa—. Mira.
— ¿El qué?
Le tocó la barbilla con un dedo y le volvió ligeramente la cara.
—Mira tus piedras —dijo con suavidad. Le puso una mano sobre la piedra, atrapando sus dedos entre la losa dura y fría y los dedos de él, tibios y fuertes—. Toca su textura, lisa y pulida, limpiamente tallada. Mira los dibujos. Ése es Labhrainn y la sirena a la que amaba; ésa de ahí, Mairead la Valiente luchando contra un lobo para salvar a su hijo. Aquí, debajo de tu mano, está la Doncella de Piedra, Alainna la hermosa, que vigila su clan para siempre. —Suavizó el tono de voz—. Mira las piedras, Isabella mo cáran* —la instó—. Dime lo que ves.
Ella lo miró con el corazón acelerado y enternecido. La había llamado mo cáran, mi amada.
—Dímelo —repitió.
Volvió la cabeza y miró.
—Veo... Oh —dijo, pasando los dedos por el intrincado dibujo de una cenefa y los nudos que decoraban otra—. Es encantador. El relieve está... hecho con mucho detalle.
—Así es —dijo Edward—. ¿Qué más?
—Veo escenas de... valor, y de amor hacia el clan. Oh —murmuró otra vez, de repente sorprendida por lo artístico de aquellas obras, un equilibrio de elegantes diseños curvilíneos combinados con intrincados detalles. Su intención al hacerlos había sido captar la historia, pero no se había atrevido a albergar la esperanza de que también tuvieran belleza. Casi se le cortó la respiración por contener un sollozo que le nació de lo más hondo de sí. Las lágrimas acudieron a sus ojos—. Son maravillosos —dijo.
—En efecto. —Edward le cogió la mano y se la besó—. Todos lo sabemos. Pero tú necesitas verlo por ti misma.
Isabella afirmó con la cabeza y miró a Edward a través de un velo de lágrimas, agradecida por su dulzura. Él la rodeó con sus brazos y ella apoyó la mejilla en su pecho cubierto por el tartán, oyendo el latido de su corazón, percibiendo su vigorosa fuerza, contenta de que se hubiera curado tan deprisa.
Pero por encima de todo, se alegraba de que estuviera allí, y vivo. El hecho de haberlo visto tan cerca de la muerte la había asustado profundamente. No le había dicho cuánto la había afectado guardar vigilia junto a su lecho durante todos aquellos días y noches.
Edward bajó la cabeza y la besó. Su boca era caliente y suave. Isabella inclinó la cabeza hacia atrás, extendió el cuello, y sintió que le temblaban las rodillas. Con independencia de lo que pasara por su mente, el contacto de Edward siempre parecía abrir las puertas de su corazón.
Edward separó su boca de la de ella y le deslizó las manos por la espalda, abrazándola estrechamente, con la mejilla apoyada en su cabeza. Finan dormitaba a los pies de ambos moviendo perezoso la cola. Fuera, soplaba un viento gélido que silbaba al pasar.
Isabella dejó escapar un suspiro triste, sintiendo la pesada carga de sus pensamientos en la mente y en el alma, y supo que debía hablar, que no podía guardarse durante más tiempo lo que tenía que decir.
Lo que más deseaba no podía ser; el pánico que había sufrido al ver a Edward tan cerca de morir dejó clara la decisión que debía tomar. Temía por su vida si se quedaba en Kinlochan.
—Edward Bán —comenzó a decir—. En los días en que has estado herido y enfermo he pensado mucho, y he tomado una decisión. —Lo miró con el corazón retumbando en el pecho—. ¿Todavía tienes la intención de regresar a Bretaña cuando mejore el tiempo?
—Yo también he estado pensando —dijo él—. Y he hablado con tus hombres y con los míos. Estamos todos de acuerdo. En cuanto deje de nevar iremos contra James y lo haremos pagar por habernos traicionado.
Isabella respiró agitadamente; no era aquello lo que deseaba oír. Se apartó unos pasos de él, con el ceño fruncido, pensativa, y fue hasta otra banqueta situada junto a un segundo banco de trabajo en el que descansaba la losa de piedra caliza de color crema. Quitó el paño que la cubría, cogió un cincel de borde fino y un mazo y empezó a surcar su superficie.
Trabajar con la caliza de Caen siempre le resultaba reconfortante. La piedra se abría con facilidad, blanda como la mantequilla, jamás se hacía migas, nunca requería usar la fuerza. Era casi fluida bajo el contacto de las herramientas, como si supiera la forma que el artista deseaba darle.
No ocurría así con sus sueños. Oyó los pasos de Edward acercarse a ella.
— ¿Isabella? —preguntó—. ¿Qué sucede?
—No puedes quedarte en Kinlochan —dijo ella impulsivamente.
—Ya sé que te dije que me iría, y es verdad que debo ir a buscar a mi hijo. Pero no pienso marcharme hasta que haya devuelto la hospitalidad que James nos ha mostrado en sus tierras —dijo con gesto severo.
A Isabella le temblaban las manos.
—No cambies de planes —le dijo—. Ve a Bretaña a buscar a tu hijo. Eso es lo más importante, y es lo que has de hacer.
—Estoy seguro de que comprendes que antes debo enfrentarme a James —dijo Edward.
—No quiero que pelees en esta enemistad sin fin —replicó Isabella, tozuda—. Tú tienes otras metas, otros asuntos que atender. Ya has cumplido lo que el rey te ordenó hacer aquí.
Los dedos le temblaban de tal manera sobre el cincel que tuvo que soltarlo. Pero estaba demasiado nerviosa, y no podía quedarse sin hacer nada. Cogió de nuevo el mazo y un buril de hierro y comenzó a limpiar la piedra sobrante del lado izquierdo del dibujo, donde el fondo necesitaba ser desbastado un poco más. Colocó la herramienta en el lugar adecuado y la golpeó.
— ¿A qué viene este cambio de idea? —Quiso saber Edward—. No hace tanto que querías que me quedara.
Ella golpeó otra vez y soltó un pedazo de piedra de color crema. En la losa quedó al descubierto una nueva protuberancia. Pasó los dedos por ella y volvió a golpear el buril con el mazo.
—Isabella —dijo Edward—, deja eso y habla conmigo.
—No puedes quedarte aquí —insistió—. Tu hijo te está esperando. Debe criarse en Bretaña, y tú debes estar con él. —Golpeó con fuerza el puntiagudo buril.
—En este momento, lo único que sé es que quiero enfrentarme a James MacNechtan y hacerlo pagar por las vidas de mis camaradas.
—No cambies tus planes. Vuelve a Bretaña. —Golpeó otra vez, y una cuña de roca salió volando y cayó al suelo. La desigual protuberancia parecía ahora más grande, una imperfección de la piedra. No había sospechado que tuviera aquel defecto.
—Todavía no puedo volver.
—No te necesitamos aquí, podemos encargarnos nosotros solos de nuestra disputa de sangre, como siempre hemos hecho. Cuando te vayas, nuestra unión por las manos quedará anulada y... mi gente buscará otro hombre que nos ayude, como teníamos pensado hacer... antes de que el rey enviase a su paladín.
Con el corazón desbocado, lamentó haber dicho aquello en el mismo momento de abrir la boca, porque sabía que iba a hacerle daño; ya se había hecho daño a sí misma al decirlo. Pero es que obedecía a una necesidad casi desesperada de convencer a Edward de que se fuera de Kinlochan.
—Comprendo. Has decidido que, después de todo, prefieres a tu guerrero celta antes que conformarte con un caballero extranjero.
—Nada de eso. —Sacudió la cabeza en un gesto negativo, abatida—. Si te quedas, James atacará de nuevo. Puede que la próxima vez te mate. —Inclinó el buril para arrancar la imperfección de la piedra—. No cejará en su empeño hasta que te vea muerto. —Golpeó con fuerza.
—Así que eso es lo que te preocupa —dijo él con suavidad.
—Vete a Bretaña. Vete a Francia, o incluso vuelve a Dunfermline.
Consigue tus objetivos y sé feliz.
—Mis objetivos han cambiado —replicó Edward—. Incluso ahora, mientras hablamos, siguen cambiando. —Su tono era duro, grave, herido.
— ¿Qué vas a hacer? —preguntó ella en tono inexpresivo al tiempo que rascaba la tozuda protuberancia con el cincel.
—Tanto si me quieres aquí como si no, ahora tengo una disputa propia con James MacNechtan y un asunto que arreglar.
— ¡James y sus hombres nunca arreglarán nada con nosotros! —Alzó la voz, frenética—. Llevo toda la vida viviendo con esta disputa de sangre. Demasiados hombres a los que he amado han muerto luchando contra los MacNechtan. —Reprimió un sollozo—. ¡Y no puedo soportar que eso te ocurra a ti también!
—No me pasará nada —dijo él con calma.
Isabella sacudió negativamente la cabeza.
— ¿Acaso crees que deseo esculpir la lápida de tu tumba con la losa de arenisca en la que... hemos... —Contuvo una exclamación al recordar la pasión incandescente de aquella noche en la que ambos yacieron sobre aquella piedra. Se volvió y golpeó de nuevo la piedra, con fuerza—. Quiero que te marches. No puedo soportar esto.
—El riesgo de que yo muera luchando en esta disputa por ti y por los tuyos no parecía preocuparte antes.
—Antes no te había visto cerca de la muerte —replicó Isabella—. Antes no te quería tanto.
Edward alargó una mano hacia ella.
—Isabella...
Si la tocase, se vendría abajo. De modo que golpeó el buril fuertemente con el mazo. Saltó otro trozo, dejando al descubierto una porción mayor de la imperfección.
Ach Dhia, se dijo para sí, pasándose el dorso de la mano por los ojos. Se sentía frágil, al borde de las lágrimas.
—Es una concha marina.
— ¿Una concha? —preguntó Edward, acercándose.
—La piedra caliza a veces tiene conchas marinas dentro —explicó Isabella. Lanzó un suspiro de cansancio—. Cuando aparece una, es difícil saber hasta qué profundidad llega. —Picó el borde mellado de la concha—. Creo que puedo sacarla —dijo. Situó el buril en posición y se puso de pie para inclinarlo.
La obstrucción a su felicidad no podía eliminarse tan fácilmente. Dio varios golpecitos y sacó un poco más de concha. Volvió a situar con cuidado el buril utilizando la afilada punta a modo de cuña.
—Isabella, espera. —Edward alargó la mano.
Ella golpeó el acero contra la piedra y oyó un crujido. Una grieta surgió a lo largo del borde de la concha, y el lado izquierdo de la superficie se desmoronó.
Entonces la piedra se partió en dos, y una parte de ella cayó al suelo.
Mo cáran – Mi amor
Awww. Mo cáran. Yo quiero que Edward me llame así. O que Sebastien me llame así. Y apuesto a que no soy la única. ¡LOS AMO! Mi corazón fandomnático (¿Esa palabra existe o la acabo de inventar?) se derrite al escucharlos.
Ahora siguen los dos capítulos extras de esta semana. ;)
Un beso y un abrazo,
Dani.
