Capítulo 28: "Niños".


A partir del cumpleaños de Eren, las lluvias se tornaron en un asunto molesto que no les permitía avanzar en nada, así que para mantener a la gente ocupada y entretenida, les tenían permitido —incluso a los que pertenecían a la milicia improvisada— organizar pequeñas fiestas. Todos los días había un banquete, canciones y algarabía. Era una manera de pasar el tiempo sin reparar en que el peligro los acechaba.

Las enfermedades también empezaron a ser un problema más grave. Junto con las crecidas de ríos fue necesaria la ayuda de los titanes para generar represas que evitaran deslaves. Toda una ironía que fueran ellos los constructores de esas murallas.

Ellos conocían bien el Amazonas, sabían dónde el río crecía más y cuánto, y tenía una idea exacta de dónde conseguir los elementos que los humanos necesitaban para vivir día a día.

Les enseñaron a cultivar la tierra y a respetar a los animales. Comprendieron en poco tiempo que era primordial enseñarles a los tontos humanos a diferenciar a una hembra de un macho y a su vez, una hembra preñada o con crías, a una que no.

Esa aparente calma obligada ponía a Rivaille de mal humor y muy inquieto, intuía que después de la calma, la tormenta llegaría y no sería como la que caía sobre sus cabezas.

En esa ficticia quietud y jolgorio de la que él no formaba parte, pasó algo que quebró con el engañoso equilibrio que lo esclavizaba.

Ernesto llegó una mañana diciendo que habían robado un equipo de maniobras tridimensionales, pero que sabían quién era el ladrón. Rivaille pidió que trajeran el equipo y al susodicho frente a él para infundirle más miedo al infortunado, y Eren no dudó en estar presente.

Cuando Ernesto llegó con Tahiel, el niño parecía una fiera, se sacudía para librarse de quien lo tenía prisionero, pero frente al mítico y temido Capitán Levi supo mantener la calma.

Eren lo estudió con calma, parecía más chico de lo que en verdad era, pues según su edad debería ser más alto. ¿Una mala alimentación? ¿Malos genes? No creía en eso de los malos genes, el Sargento tenía una baja estatura y era —y sería por siempre— el mejor soldado de la humanidad. Tenía apenas una mata de pelo oscuro y estaba rapado como todos los niños para evitar la infestación de piojos.

—Tú eres Tahiel Braus —dijo Rivaille con tono recio yendo a lo concreto.

—Sí, señor.

—Tienes nueve años.

—Ya he cumplido los diez, señor.

—Y tú robaste el equipo de maniobras tridimensional.

Tahiel tardó en responder lo que, suponía, era preguntas, aunque no fueran formuladas como tales. Pestañeó nervioso y Eren se dio cuenta por el gesto de que estaba asustado.

—Sí… s-señor.

—¿Por qué lo hiciste? —Eren decidió interceder al ver que Rivaille había logrado su cometido de intimidar a un niño. Nada que sea considerado loable o una proeza.

—Porque ellos no me quieren dar uno —murmuró contrito, bajando la vista al suelo.

—Para tener uno tienes que ser parte del ejército. —Eren no estaba diciendo nada que Tahiel no supiera, pero quería tratar de entender sus motivaciones—. ¿Tú quieres ser parte del ejército?

—Sí, señor.

—Comprendes, ¿no? —continuó, sin darle tiempo a Rivaille que acotara nada— que los titanes son grandes y peligrosos.

—No importa, yo quiero luchar —afirmó con energía.

Rivaille se percató de la determinación con la que el chico lo había dicho y miró de soslayo a Eren, y pudo ver en él una sonrisa de franca satisfacción que le auguró problemas a futuro.

—No lo escuches, Eren, es solo un niño. Se hará encima apenas vea un titán.

—¡Eso no es cierto! A-Además yo ya vi titanes… —titubeó al darse cuenta a quién le gritaba. Los pequeños y fieros ojos de Rivaille se habían clavado en él y las cejas, tan finas, se habían alzado en un gesto de ligera estupefacción— ¡No les tengo miedo a los titanes!

—Vete —ordenó Rivaille, resolutivo—. Vuelves a robar un equipo y te arrojaré a los titanes que no temes. ¿Está claro?

Pero aunque Rivaille había sido tan determinante, y todos sabían que cuando el Capitán lo era no había marcha atrás, el niño se quedó firme ahí, hirviendo de furia. Eren sintió inmensa empatía por él en ese mismo instante.

—Dime, Tahiel… —Le habló con cuidado, con ese tono condescendiente que molesta al niño que ha dejado de serlo, obligado por las circunstancias adversas que le exige dimensionar la magnitud de los problemas— ¿por qué quieres ser parte del ejército?

—Los titanes mataron a mis padres, señor. Quiero luchar —dijo lo último conteniendo el llanto. Eren le colocó una mano en la cabeza para consolarlo.

—Está bien, te aceptamos.

—Eren. —Rivaille enderezó la espalda y descruzó las piernas, sorprendido por esa resolución, pero en los ojos de Eren creyó comprender su fin.

—¿Señor? —dijo el niño, incrédulo de ser aceptado así, sin más, después de tantas negativas.

—Aprenderás a usar el equipo. Eso te tomará unos tres años. Yo tenía más o menos tu edad cuando decidí luchar contra los titanes —vio la sonrisa radiante del niño en contraste con sus lágrimas—, ¿está de acuerdo, Capitán?

Y esa sonrisa en el niño se borró, porque la cara del hombre lucía descontenta, pero Rivaille enseguida suspiró, cruzándose de brazos y cerrando los ojos por un ínfimo instante.

Luego hablaría con Eren al respecto, pero el muy pillo prácticamente no le había dado lugar a negarse y esa era una vil treta para que lo aceptara. La pregunta solo la había formulado para borrar esa sensación de desacreditación. No era de extrañar, después de todo Eren era la única persona en todo el Amazonas que se animaba a contradecirle o elevarle la voz si la situación lo requería. Incluso Mohamed, quien tenía más autoridad que él en la milicia, buscaba evitar un enfrentamiento directo en una discusión.

—En cuanto me dé problemas o me demuestre que es un inepto, le daré una patada en el culo —fue duro al hablar para dejar en claro su descontento—. No seré condescendiente con él solo porque es un niño, hará el mismo entrenamiento que todos. Si muere no será mi culpa —exageró, y Eren lo sabía.

—No hará falta que me dé una patada, señor, entrenaré muy duro.

—Más te vale, porque el entrenamiento en sí es arduo —avisó, para ver hasta donde llegaba la voluntad del niño—. Muchos hombres que triplican tu tamaño no lo resisten, enferman y mueren.

—Rivaille es un poco inclemente como entrenador porque no tenemos mucho tiempo para enseñarles lo básico —dijo Eren a modo de justificar tanta insensibilidad, una simulada, porque conocía lo suficiente a Rivaille para saber que su fin era probar al niño, primero con las palabras y luego con los hechos.

—Lo entiendo —dijo el niño con convicción.

—Dime, Tahiel, ¿tienes familia? Digo, además de tus padres fallecidos —curioseó Eren, para saber a qué se enfrentaban.

—Sí, tengo una hermanita.

—¿Y no deberías estar con ella? —Alzó las cejas, sorprendido y un poco esperanzado por haber hallado algo con lo que declinar esa oferta tan suicida, le daba pena que el niño no llegara a comprender en su totalidad la magnitud de lo que enfrentaban a futuro—. Seguramente te necesitará ahora que tus padres no están. Yo también tuve una hermana, y la necesité mucho cuando perdí a mi madre.

—Pero si no sé pelear, si no aprendo a hacerlo —se quejó Tahiel—, ¿cómo haré para defenderla cuando lleguen los titanes malos?

Eren desvió la mirada de los ojos oscuros del niño para perderla por un segundo y posarla en la mesa. Tahiel había hablado de titanes "malos". Era evidente que comprendía muy bien la diferencia entre los de la aldea, que los ayudaban, a los que buscaban erradicarlos; algo que muchos adultos no podían dimensionar, temían a todos los titanes por igual y recelaban a todos por igual.

Cuando Eren miró a Ernesto, quien seguía apoyado contra la puerta, no le sorprendió encontrar una sonrisa, lo llamativo fue ver esa misma mueca imperceptible en Rivaille. Tan inapreciable que solo Eren podía reconocerla escondida tras una mueca de hastío.

—Eres el soldado más joven de la Legión —dijo Eren mirando de nuevo al crío. Este le regaló una expresión de absoluta y desbordante felicidad que le resultó muy contagiosa, pues estuvo de buen humor todo ese día.

Ernesto se lo llevó para explicarle lo que necesitaba saber antes de comenzar con los entrenamientos. Le mostró las instalaciones y les enseñó las reglas básicas de convivencia. Más de un soldado miraba con aprensiva sorpresa a Ernesto paseando por el lugar junto al niño, este se mostraba radiante, pero también nervioso y cautivado por una ansiedad muy simpática.

—¡¿Cuándo empiezo a entrenar?!

—Pues, primero tienes que hacerte una revisación médica, y ya después de eso… podrás empezar.

Eren escuchó esa conversación con la sonrisa pintada en los labios, Rivaille pasó a su lado como un vendaval, sabía reconocer cuando su Sargento estaba enojado. Lo siguió, contrario a lo que dictaría el buen juicio de cualquier otra persona que no fuera Eren.

—Rivaille, ¿irás a chequear los equipos? —Esa pregunta fútil fue suficiente para darle pie a descargarse.

—Que sea la última vez que haces algo así sin consultarme. Me has desacreditado en público —giró y lo señaló con el dedo, para después posar la mirada en el crío quien, más lejos y junto a Ernesto, contemplaba a los soldados hacer las labores diarias—. Va a morir. Yo no voy a estar pendiente de él, tengo demasiado trabajo tratando de enseñarles a usar el equipo en un tiempo irrisoriamente corto.

—No va a morir. Y no vas a tener que cuidarlo —rebatió con calma y sin que la sonrisa se le borrara. Quiso decirle lo evidente: que el niño, pese a serlo, era consciente del peligro y que había tomado la determinación de arriesgar su vida, pero se distrajo porque un conjunto de soldados jóvenes corrían detrás de una diminuta figura.

—Encima tiene una hermana —dijo Rivaille al ver a una niña buscando cobijo tras sus piernas. No debía tener más de siete u ocho años.

—¿Qué haces aquí? —Eren se inclinó para hablarle. La niña rió con ganas, mientras los soldados trataban de atraparla para quitarla del lugar, ella parecía tomarse todo eso como si fuera un juego.

—Lo sentimos, teniente —dijo uno de los chicos, tenía la misma edad que Eren, pero por su rango le hablaban con el debido respeto—, no sabemos cómo llegó hasta aquí.

—Está bien, soldado. Vaya, yo me encargo de ella.

—Cruzó el puente. —Rivaille alzó las cejas. Ella estaba cansada así que se tiró sobre el pasto, brazos abiertos, haciendo un angelito.

—No deberías estar aquí —volvió a hablarle Eren acuclillándose a su lado.

—Mi hermano se fue y yo me quedé sola en el refugio. No me gusta estar solita.

Eren comprendió lo mismo que Rivaille: aceptar a Tahiel implicaba aceptar a esa niña. No había que ser muy inteligente para deducir que era la hermana y que por ese motivo había hecho todo ese camino tras él.

—Deberán tener una habitación aparte de los adultos —murmuró Rivaille—, el cuarto que usamos para almacenar los equipos…

Eren asintió, quedaba justo en medio de los cuartos de los principales mandos y siempre estaba custodiado.

—¿Y qué haremos con los equipos?

—Nada, quedarán ahí, hay espacio de sobra.

—No podemos tenerlos como perros.

—Entonces construye un cuarto, pero tampoco podemos tener a dos niños conviviendo con adultos. Menos que menos a una niña.

Eren pestañeó, como si no lograra comprender el trasfondo de esa apreciación. De golpe creyó llegar al meollo y asintió.

—Mientras se lo construimos, la niña… ¿cómo te llamas? —Eren le habló y ella se sentó en el pasto mirándose una herida en la rodilla.

—Aylen, señor.

—Aylen puede ocupar el mismo cuarto que Robyn…

—Me parece que no querrá estar lejos de su hermano —agudizó Rivaille, la casona quedaba en medio de la zona militar y de la aldea humana, seguía estando lejos de su hermano incluso con los médicos.

Y como si la situación confirmara ese pensamiento, Aylen salió disparada en cuanto vio a su hermano para aferrarse de su ropa y tironear de ella. La situación fue tragicómica, porque pese a que ella no perdía su sonrisa y energía, parecía muy enojada por haber sido dejada atrás, y empezó a agarrar a patadas a Tahiel mientras este buscaba evitar el daño y se defendía con insultos. Ernesto no hizo nada por evitarlo, se limitó a reír con ganas.

—Entonces… llegó la hora de dividir el cuarto de los soldados en dos, como habíamos previsto.

—No se justifica —rebatió Rivaille aún de mal humor—. Las mujeres en la milicia son pocas en comparación a los hombres.

—Y se quejan de tener que compartir el espacio con hombres.

—Lo hubieran pensado dos veces.

—Rivaille… —se quejó— la idea es que estén cómodos, ya bastante con tener que enfrentar esta situación.

—No vinieron de picnic, Eren —rebatió con gracia—, pero vale, haremos esa divisoria, pero volvemos al mismo punto del problema: ¿mientras tanto, dónde duermen? Hoy, esta noche y mientras se construye la divisoria.

—La divisoria se puede levantar en un día si hay voluntad, y por hoy… pues… que duerman en nuestro cuarto.

—Sabía que ibas a proponerlo. —Lo miró entre ojos, fastidiado.

—B-Bueno, es que son niños y… este lugar es inmenso. La primera noche quizás estén asustados.

Lo mejor o lo más sensato sería enviar a Aylen de vuelta a la aldea de humanos y dejarla con los mayores, pero si era igual que su hermano y ya se sabía el camino, volvería a aparecer. Dada la circunstancia, a Eren le daba pena separarlos. Tahiel, como todo soldado, no podría ir a la aldea a visitarla, salvo cuando se les concediera permisos de acuerdo al bloque al que pertenecían.

Todos formaban lo que habían llamado "bloques de soldados" y estos rotaban. No todos los soldados hacían las mismas labores siempre y, por ende, no todos tenían los mismos permisos. Acomodados por apellido y balanceando la cantidad se le permitía al primer bloque visitar a sus familias el primer viernes del mes, el segundo bloque de soldados debía encargarse de la cocina, el tercero de la limpieza y el cuarto de controlar la cadena de suministros, esencial para la supervivencia. Y todos entrenaban arduamente cada día. El tiempo dependía de las funciones por desempeñar según su ubicación. Lo bueno de armar los bloques por apellido era que en su mayoría se trataban de familiares y los soldados solían trabajar mejor entre los suyos, se apoyaban mutuamente y fortalecían los lazos.

El cuarto de Eren y Rivaille rara vez era ocupado por los dos al mismo tiempo. A veces Eren tenía que ir hacia la aldea a poner paños fríos ante cualquier situación adversa y por eso solía dormir la mayoría de las veces en la casona. Había una rustica división que separaba lo que sería el habitáculo de Mohamed y más allá el de Ernesto. Los cabos también dormían en la misma zona, solo que apiñados entre sí en un único cuarto.

Tahiel no tardó en ser el centro de atención de los soldados, le hacían bromas por su estatura y le preguntaban una y otra vez qué había ido a hacer allí, y aunque dichas burlas podrían ser hirientes para un niño, Tahiel se lo tomaba con calma; poco a poco esas burlas fueron convirtiéndose en exclamaciones de aceptación. Era extraño tener a un niño allí, pero más lo fue, a la hora de cenar, presenciar la diminuta figura de Aylen.

Tenía cabello abundante, pues a las niñas se les respetaba el largo del mismo —amén de que los piojos las comieran— tan brillante como su sonrisa. Las pocas mujeres que había allí la tenían como si fuera una nueva mascota, la llevaban a todos lados y la hacían sentarse a su lado. Aylen era muy charlatana y desvergonzada por eso, a diferencia de su hermano, no le costó despertar inmediata simpatía.

Finalizó la cena y con ella había llegado la hora de descansar de un largo día. Rivaille estaba sentado en su camastro, sin la camisa y listo para darse una ducha, cuando Eren entró con los dos niños. Pudo atisbarlo porque la voz chillona de Aylen atravesaba la calma de la noche.

Suspiró sonoramente, buscando algo en su mente que le permitiera declinar la oferta de Eren de una bendita vez, pero sabía que no lo hallaría, que no le quedaba más que resignarse a los caprichos del muchacho. Al día siguiente mandaría a los obreros a hacer esa bendita divisoria para sacarse a los niños de encima.

—Imagino que no se acostarán con esa mugre. —Aylen dejó de hablar y miró al Sargento.

—Yo me bañé ayer —le respondió con cierto deje de prepotencia.

—Hay que bañarse todos los días, señorita. —Rivaille parpadeó, mientras Eren trataba de contenerse para no reír, en cambio se distrajo junto a Tahiel armando improvisadas camas para él y su hermana.

—¡¿Todos los días?! —Aylen estaba conmocionada— Mamá me decía siempre lo mismo —cuchicheó acomodándose un mechón de pelo, como si nombrar a su madre muerta no le afectara en lo más mínimo. La simpleza de los niños, quienes extrañan a quien no está, pero fantasean con la posibilidad de volver a verlos algún día. Como si mamá y papá solo se hubieran ido de viaje.

—Aparte eres una mentirosa, que yo sepa ayer no te bañaste —retrucó Tahiel señalándola—. No le haga caso, Capitán, siempre dice lo mismo. Siempre se bañó ayer.

Rivaille podía verlo en los nudos de su pelo ondulado que ese ayer había sido hacía mucho tiempo. Carraspeó, frente a ese nuevo inconveniente.

—Tahiel… deberás encargarte tú mismo de bañar a tu hermana.

—Pero… —el chico quiso quejarse al recibir la orden de Rivaille, decirle que él era "niño" y que al menos por esa noche solo quería dormir, pero los feroces ojos del Capitán le hicieron guardarse su queja.

—Aquí la mayoría somos hombres y nadie, aparte de ti, puede bañar a tu hermana. ¿Está claro?

—Sí, señor.

—Tú ya debes saber bañarte solo, ¿cierto? —cuestionó Eren al paso, mientras le alcanzaba la punta de las sábanas.

—Por supuesto —dijo con energía—, ¿yo también tengo que bañarme?

—Desde ya —amenazó Rivaille— ¿o tú también te bañaste ayer?

Viendo que ninguno de los dos estaba motivado para la faena, Rivaille se puso de pie y caminó hasta el cuarto de baño para preparar todo. Así los críos no tendrían excusa si solo quedaba meterse a la tina.

—Primero las damas —dijo Rivaille señalando la puerta del baño.

Aylen suspiró moviendo su flequillo y pataleó una vez, pero no se animó a contradecir la autoridad. Caminó hasta el baño y con ayuda de su hermano se higienizó. Desde el cuarto y con la puerta abierta Rivaille los vigilaba. Era muy vivaracha y gustaba de hacerle bromas a su hermano que Tahiel no festejaba. Le había entrado jabón por los ojos y aunque a la niña le hizo mucha gracia que su hermano se llevara por delante el taburete, a este no.

—Bueno, listo. —Rivaille se puso de pie al ver que había concluido y que solo estaba jugando—. Ahora es tu turno.

Tahiel lo miró desde el suelo, fastidiado. Eren reprimió una sonrisa y se acercó al cuarto de baño para alcanzarle una toalla a la niña y ropa limpia que había mandado a buscar entre las donaciones de la aldea.

—Hay algo que deben saber y comprender sobre el Capitán Levi —dijo Eren en un murmullo cuando Rivaille dejó el cuarto de baño, aunque igual podía oírlo—, él tiene dos máximas que si respetan de ahora en más, hará que él los adore a ustedes: limpieza y disciplina.

—¿Qué significa máxima? —preguntó Aylen perdiendo el hilo de lo importante.

—Vendría a ser algo así como… reglas —meditó, mientras le ayudaba a pasar el cuello de la camisola—, siempre que ustedes le obedezcan y sean limpios, estará todo bien con él.

Tahiel asintió y comenzó a desvestirse para darse ese baño; fuera del cuarto, Eren batalló un buen rato con el pelo de la niña y sus quejidos de dolor.

—Es que está muy enredado.

Hasta Rivaille lo intentó, pero la niña se quejó incluso más y el Capitán no pudo con sus lágrimas.

—Mañana la llevaremos con los médicos y que la rapen —le revisó la cabeza—, es un milagro que no tenga piojos.

—Es que yo como muchas verduras —dijo ella con soltura.

—¿Y eso? —Eren reprimió una carcajada, no entendía qué tenía que ver una cosa con la otra y esperó por la oportuna explicación de la niña.

—Mi papá me dijo que si comía todas mis verduras nunca estaría enferma. Por eso no tengo piojos… Tahiel nunca come las zanahorias, por eso siempre está lleno de piojos y le pican las bolas.

—¡Aylen! —Le gritó su hermano desde el baño.

—Si le pican las bolas es por sucio —retrucó Rivaille sentado en la silla de un improvisado escritorio, justo a medio camino del baño y de las camas.

—¿A usted capitán nunca le pican las bolas? —preguntó Aylen. Por lógica, si el hombre se bañaba todos los días, no deberían picarle.

—¡Aylen! —volvió a gritar Tahiel mientras Eren se echaba hacia atrás en la cama para contorsionarse de la risa.

—Una muchachita no debería decir esas palabras —reprendió Rivaille con calma, olvidando que él mismo la había usado. Aylen se sintió ofendida y le sacó la lengua—. Tampoco debe faltarle el respeto a sus mayores. Es de muy mal gusto ver esos gestos tan feos en una niña tan linda.

Aylen sonrió de oreja a oreja, muy coqueta por el cumplido, como si tuviera asumido que era hermosa. Su madre siempre se lo decía y ella siempre le creía a mamá, así que debía ser verdad para que el hombre también lo resaltara.

—Además se dicen testículos —remató Rivaille con la autoridad de antaño—, si va a usar palabras tan degradantes, al menos hable con propiedad, señorita. —Ya había comprobado durante la cena que la niña tenía una boca de letrina, a diferencia de su hermano que sabía ubicarse. No parecían haber sido criados por los mismos padres, o bien Aylen tenía demasiada personalidad.

—No la retes —se quejó Eren incorporándose para hacerle una coleta con un cordón y solucionar provisoriamente el inconveniente del pelo—. Pero el Capitán tiene razón.

Ya cuando los críos terminaron con esa limpieza personal, tuvieron permiso para acostarse. Aylen se quedó dormida de inmediato, entre los brazos de su hermano. Aunque le había reclamado un cuento, Tahiel no había empezado ni por el "había una vez" que ella cerró sus ojitos.

Cuando Rivaille se despertó al otro día, el sol apenas estaba en lo alto, pero por la penumbra podía ver con claridad que la cama de los niños estaba vacía.

Dormían en camastros diferentes con Eren, aunque estaban pegados, por eso el muchacho tenía medio cuerpo sobre el de él. No entendía como había terminado durmiendo así, en un reducido rincón de su propio catre.

Cuando levantó la cabeza para despertar a Eren y alertarle de la ausencia de los niños, encontró todas las respuestas en una.

Allí estaba, en la posición en la que los había visto dormir antes de cerrar los ojos con la diferencia que Eren había enlazado a los dos con los brazos para evitar que se cayeran. Hacía mucho calor y las gotas de sudor poblaban sus frentes. Afuera se escuchaba el débil sonido de la lluvia que tendía a volverse torrencial de un segundo al otro, para calmarse de inmediato y empezar con ese ciclo. Nunca paraba de llover del todo.

Rivaille suspiró y se puso de pie para ir al comedor a buscar su desayuno. Entrenar con lluvia mermaba los ánimos así que cuanto antes empezara, antes terminaría con todo ese martirio. Le tocó el hombro a Eren para despertarlo, él también debía comenzar con sus funciones.

—Despiértalos.

—Pero…

—Tahiel es un soldado, debería estar ya en el comedor —dijo con dureza—. Aylen no puede quedarse sola, llévala con Robyn.

—Robyn está lejos de Tahiel, Aylen no querrá. —Ya lo había comprobado durante la noche, estaba muy aferrada emocionalmente a su hermano.

—Entonces llévala con los soldados encargados de la cocina.

—Déjala dormir un rato más —suplicó, tratado de salir de su camastro sin despertar a los dos, pero tanto movimiento y voces cerca de ellos, interrumpieron su sueño.

—Además ella debe cortarse el pelo o se infestará de piojos —se ajustó el cinturón, dejando en claro hasta con el tono de voz su fastidio—, no te encariñes con ellos, Eren. —Llevaba todo el día de ayer con ganas de decírselo. Trató de susurrarlo para que los niños ya despiertos no lo escucharan.

—No lo hago.

—¿Qué hacían durmiendo en tu cama entonces?

—Es que… Aylen tiene miedo a las tormentas tropicales y Tahiel se quejaba de que no lo dejaba dormir, entonces pensé que lo mejor para todos sería… —Fue callando poco a poco al darse cuenta que era cierto, no tenía por qué cobijarlos. Bordeó una de las divisorias para poder cambiarse en el que sería el cuarto de Ernesto, este no había pasado la noche allí, estaba en los límites del Impenetrable, desde donde David hacía llegar las provisiones que no se encontraban en la selva y que eran necesarias, como medicamentos o ropa.

—No dormirán con nosotros —aclaró Rivaille, ya listo para irse al comedor.

—Lo sé, no tengo en mente dejarlos siempre aquí, pero… ¿qué tiene de malo? —Se encogió de hombros, con una sonrisa—. Me caen bien —dijo para llenar ese silencio, uno que enseguida fue quebrado por la voz de Tahiel quejándose por algo que le había hecho su hermana.

—¡Te patearé las testículos! —dijo esta, en su defensa.

—"Los" testículos, imbécil. —Su hermano le corrigió el artículo, mientras la risa de Eren llenaba la enorme carpa que hacía de habitaciones.

Rivaille reprimió una sonrisa y dejó la habitación. Era cierto, no tenía nada de malo encariñarse con esos críos, pero pensaba ser firme con lo que había dicho: a la primera que demostraran ser un problema, los sacaría de allí. Estaban para cumplir una función elemental, no para hacer de niñeros.


No, los niños no serán una Sue y un Gary, no. Ni tampoco estoy practicando para hacer un mpreg (antes muerta, enterrada de cabeza y orinada… pero nunca digas nunca), es solo que los necesito para el anteúltimo capítulo (ya verán por qué lo digo). Cuando era niña y me mandaban a bañar, siempre decía lo mismo: "¡pero si me bañé ayer!", yo siempre me bañaba "ayer" XD Ahora, de adulta, si no me baño todos los días me siento una indigente.

Traigo este capítulo porque solo dos personas me dieron su parecer (una estaba de acuerdo en hacerlo como yo quería y la otra en actualizar cuando pudiera) y como abril se está convirtiendo en un mes muy complicado para mí, casi no tengo tiempo para nada (y ya quiero concluir con este fic). En el trabajo no tengo wifi, así que se me dificulta encontrar tiempo para actualizar; de hecho tengo el siguiente capítulo (Kaith me pasó los dos juntos), pero lo subiré el miércoles porque todavía no lo revisé y ya no puedo más conmigo misma =:( (esto de ser una "yorozuya" me está agotando, pero la paga es buena). Tengo fe en que antes de que termine este mes lo esté concluyendo. Si llega el mes de mayo y esto no está "complete", me arrojo por el balcón. He dicho.

Aunque, bueno, pobre Katih, comienza de nuevo con el ciclo de los exámenes y eso es más importante que el fanfiction... no le puedo exigir ni lo pienso hacer.

Muchas gracias a todos por leer :=)

laynad3... la inclusión femenina tiene su lógica (?) que solo yo entiendo XD de momento. Igual, no quiero que eso se malinterprete, me da miedo que crean que la consumación de un amor pasa por la prolongación (qué feo suena) de la especie. Utna es un claro ejemplo de ello: Eren NO la ama, aunque pueda darle hijos. Por eso mismo nunca entendí la necesidad de los mpreg (o, en el caso de los fics heteros, la fómula: "boda más nacimiento"); tener hijos (de sangre o no) no tiene nada que ver con el "amor", mucho menos el decir "sí" frente a un viejo con sotana. Las convenciones sociales de este tipo hacen que me den muchas ganas de salir a romper cosas por la calle (!).

klasajklsjajskajsk! SPOILERS, SPOILERS, SPOILERS... si alguien todavía no leyó el capítulo 56 del manga, por favor, que se vaya por esa puerta porque pienso soltarlos sin ningún tipo de pudor: O sea... me imaginaba alguna relación entre Levi y Mikasa (no en vano parecen ser de la misma "raza"), pero de ahí a figurarme TANTO parentesco había un trecho. Hajime es un gran troll; a veces lo amo, a veces lo odio, pero me encantó eso :=3 Ahora hay que ver... porque que tengan el mismo apellido eso no necesariamente los relaciona de alguna manera (qué sé yo, mi sobrino más grande tiene mi apellido, pero no es mi sobrino de sangre -y lo amo al pendejo, como la tierra ama la lluvia-).