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(¸.•´ (¸.•' ¤ ❀ ❁ CAPÍTULO 26
LOS siguientes días fueron como un compás de espera. Terry se levantaba a su hora, desayunaban juntos, él se iba a trabajar. Candy quedaba al mando de la casa, cuando llegaba la hora del almuerzo él se acostumbró a llamarla y hablar unos minutos, que se quitaba de su propio tiempo de la comida, pero le llenaba más oírla que el mas delicioso de los manjares.
Ella leía por la tarde, escuchaba música, mientras esperaba su vuelta. Cenaban juntos, acaso se relajaban un rato en el salón, hasta que empezaban a besarse en el sofá, y acababan subiendo con presteza y en medio de caricias y más besos la escalera al dormitorio de Candy.
Terry no volvió a dormir en el suyo. Prefería el "cielo", como llamaba a la alcoba de ella, por su tono celeste y por la presencia de la mujer que necesitaba a todas horas, en vez de volver a la suya, decorada en tonos rojos burdeos, o "el infierno". Porque el día que ella se fuese y cerrase aquella puerta, allí es donde quedaría a su pesar.
Ahora sólo querían tenerse mutuamente en sus brazos, besarse hasta quedar sin aire y hacerse el amor con paciencia, o con desespero.
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—Firme aquí, Frau Baker. —El alto y delgado funcionario había leído el contrato matrimonial, y ambos había aceptado de palabra. Ahora plasmaban en el documento sus firmas. Como testigos, su tío Rudolf, tía Gertrud, y un exultante Dietrich, que sonreía de oreja a oreja. Y su amigo Ludwick Rankin. Todos dieron la enhorabuena, besaron y dieron la mano a la flamante pareja de recién casados.
Candy se había puesto un elegante traje de chaqueta malva con pasamanerías en otro tono más oscuro del mismo color. La camisa con un lazo complicado y elegante era de un pálido malva. Llevaba un ramito de lilas y rosas blancas, las primeras del año. Y Terry su uniforme de gala.
Ludwick les había invitado luego a su propia casa. Había previsto un almuerzo para ellos, y más tarde una pequeña recepción con las amistades más allegadas.
Estratégicamente todo preparado, para que la boda de Terry con la "inglesita" corriera de boca en boca.
Cuando horas más tarde Terry pudo escapar casi arrastrando a Candy de la fiesta, y por fin la metió en el coche, sonreía de oreja a oreja. Candy buscaba por todos sitios al estirado y taciturno coronel Baker, que había conocido al principio. Ahora este hombre que la besaba y abrazaba, seguía siendo el mismo, pero significativamente, sonreía más a menudo, bromeaba con ella. Y la envolvía siempre que tenía ocasión en el fuerte círculo de sus brazos. Suspiró hondo, y se dejó arrebatar por otro beso más, mientras el coche aceleraba de camino hacia su hogar.
¿Cuánto tiempo podría estar junto a él? ¿Cuándo la llevaría fuera de Berlín? ¿Esperaría las órdenes de su nuevo puesto para hacerlo?
Las manos de Terry en su espalda y moldeando su trasero la hicieron perder poco a poco el hilo de sus tristes pensamientos.
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—¡Oh, vamos cariño! ¡No voy armada! y, soy íntima amiga del Coronel Baker.
El pelirrojo Frieber no parecía muy convencido que la hermosa rubia no fuese "peligrosa". Susana se presentó de improviso en las oficinas donde trabajaba Terry. Había pasado entre los soldados y subido al piso superior, con tanto aplomo y audacia, que nadie se atrevió a preguntarle a donde se dirigía. Abriendo la puerta de las oficinas principales, se había topado con el joven cabo que hacía las funciones de Secretario para el Coronel.
El muchacho estaba muy reacio a dejarla pasar. Susana se había apoyado en la mesa del chico unos segundos antes. Ahora se irguió y abrió su chaquetilla negra, mostrando su camisa ceñida y cada curva de su cuerpo abrazado por una falda de tubo hasta el bajo de las rodillas pero con una abertura incitante en el lateral. Tomó deliberadamente aire para destacar su generoso pecho, y paseó incitadora, sus propias manos por sus caderas.
—Puedes registrarme, si quieres, querido. — rió ladinamente.
Ese comentario hizo que el muchacho se pusiese aún más rojo, si eso era posible.
—¡No! no, Frau, yo...
—¡Está bien! Si no quieres anunciarme... —Pasó a su lado, este intentó bloquear la puerta, levantándose de su asiento, pero ella fue rápida. —Entraré sin llamar. —Abrió de golpe la puerta del despacho.
Terry levantó la cabeza distraídamente. Estaba bastante centrado en arreglar su trabajo prontamente para irse lo más rápido posible aquella tarde junto a su recién estrenada esposa, tanto que no había escuchado la discusión en la misma puerta. Se sintió sorprendido que ante él, en vez de su desdichado secretario, se encontró con la figura de Susana.
—Hola, Terry — ronroneó.
Terry se levantó, formalmente, como ante cualquier visita.
—Hola Susana, ¿qué haces aquí?
—¿No te alegras de verme? —ella sonrió dulcemente o al menos imitó una sonrisa almibarada, —He venido a felicitarte, por tu boda con ¿Candy?
—Gracias, Susana, pero no deberías estar aquí. No puedo recibir a nadie que no esté citado, o tenga que ver con mi trabajo.
Susana sonrió mientras hurgaba en su bolso, sacó su documentación.
—Tengo pensado salir unos días de Berlín, a Colonia tal vez, vengo a poner al día mis visados. ¿Eso forma parte de "tu trabajo"?
—Abajo, en información, te indicarán a que mesa dirigirte. Ellos se encargan, yo sólo doy el visto bueno. —Volvió a sentarse, pero no le ofreció a ella que tomase asiento.
—Mmm, gracias querido, pero la verdad, también me apetecía verte. —Terry miró hacia la puerta, pero Frieber había salido cerrando el despacho. Susana se sacó la chaqueta y la dejó caer con descuido junto a su bolso sobre una de las sillas. Rodeó la mesa y le alargó el pequeño librito, mientras se sentaba en el borde del escritorio. Cruzó sus largas piernas enfundadas en unas medias negras transparentes, y dejó que la falda se abriera hasta casi medio muslo. —Puedes revisarlo tú, ¿verdad? Es un favor que te pido. Quiero irme de inmediato, y abajo empezarán a ponerme pegas.
Terry suspirando tomó el documento y lo revisó con rapidez. Estaba todo correcto.
—Pareces agotado amor, —acarició con una uña esmaltada en rojo el mentón de Terry, éste se retiró unos centímetros al sentirlo. — ¿No descansas lo suficiente?— y rió.
—Lo necesario.— Alargó el documento a Susana —Está todo correcto.
Ella lo tomó con casi desprecio y lo arrojo sobre la mesa. Inclinándose luego sobre él y rodeando su cuello con los brazos con sorpresiva rapidez.
—Todavía me debes algo Terry.
La tomó de las muñecas e intentó no ser brusco mientras se las retiraba de su cuello y se levantaba del asiento para poner algo de distancia.
—Estoy trabajando. Te ruego que, ya que todo está en orden, salgas de mi despacho.
Aunque puso unos pasos de distancia entre ambos, ella se levantó del borde de la mesa y le siguió con sus andares felinos.
—Solo te pido un ratito. —Volvió a estar a centímetros de él. En el instinto de Terry no estaba retroceder. —Te estoy dando una nueva oportunidad querido, la de volver a mi cama. Te amo.
Terry se cruzó de brazos y le dedicó media sonrisa sarcástica.
—Susana, tú no amas a nadie, más que a ti misma.
Ella tomó el que se quedara completamente estático, aún cuando cruzó los brazos, como una invitación. Se lamió sus maquillados labios.
—Un día te hartarás de tu "pequeña esposa", y volverás a mí, ella es sólo la novedad.—Intentó de nuevo abrazarse a él.
Esta vez Terry estaba prevenido, la frenó tomándola por los antebrazos y hábilmente la hizo girar.
—Ni lo sueñes.
—Te he dado una oportunidad, amor. La última.
—¿Más amenazas? —se movió rápido—Querida, gracias por tu visita y por tus felicitaciones. —Se paró apenas para coger la documentación que arrojó en su bolso abierto y junto con la chaqueta en una mano y el antebrazo de Susana agarrado por una mano férrea la llevó hasta la salida. —Frieber te acompañará hasta la puerta. Le entregó todo a ella, y abrió la puerta.
—¡Frieber! Acompañe a Frau Marlot Von Richthofen hasta la salida. Haga de escolta, como un caballero, y suba enseguida.
Frieber se levantó presto a obedecer, pero ella alzó su orgullosa cabeza y ni miró atrás mientras salía de las oficinas poniéndose su chaqueta y contoneándose.
Terry cerró su puerta y se quedó mirando a la pintura gris que la cubría. Era la segunda vez que la mujer le lanzaba una velada amenaza. Y sabía lo peligrosa que podía llegar a ser cuando se la contrariaba.
Su tiempo seguramente se estaba acabando. En cualquier momento llegaría la orden a su despacho con su nuevo destino. Y apenas tendría unos días para dejar fuera de la ciudad a Candy.
Se le encogió el estómago y el corazón. Le quedaba tan poco tiempo junto a ella, que dolía.
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Candy estaba sentada en el borde de su cama. Aquella noche se había puesto un delicioso camisón negro, pero si era posible, aún más transparente de los que le había enviado Madame Merevilleux. Éste estaba bordado en su borde con diminutas rositas en hilo negro. El corte era sencillo. El escote cuadrado con tirantes medianamente anchos. Toda la parte superior estaba bordada igual que el remate de abajo. Diminutos botoncitos cerraban su pecho y se abría hasta casi su ombligo.
Tenía los pies descalzos, sobre la alfombra.
Él entró desde su dormitorio por la puerta que los comunicaba. Y ella le vio acercarse, reflejado en el espejo de la peinadora. Llevaba su batín burdeos. Sabía muy bien, que, después de la ducha, no solía ponerse nada debajo. Se arrodilló en la cama, y como un depredador, avanzó hasta ella, hasta que sus labios tocaron su hombro al lado del tirante del camisón.
Levantó después la cabeza, y la miró a través del espejo.
—Susana ha venido a verme al despacho. —Era una simple afirmación. Sin ningún otro matiz de voz.
Candy le miró igualmente a través de la superficie refractante. Se encogió de hombros.
—¿Cuánto tiempo tardó en desnudarse?
—No la dejé. Vino a darme la enhorabuena, y a decirme que "me amaba".
—Tienes muchísima suerte.
—Lo dudo. —Enganchó los pulgares en los tirantes y los hizo descender muy despacio por los hombros femeninos. Luego, desde su espalda, la rodeó con los brazos, y cuidadosamente le quitó los botoncitos que sujetaban el escote. Uno a uno.—Lo dudo mucho... —besó el otro hombro.
Luego bajó el camisón suavemente, hasta exponer completamente su pecho. Dejó que la fina pieza cayera hasta la cintura de Candy. Ella quiso volverse para abrazarle. Él sujetó con cuidado y firmeza sus hombros.
—No te muevas, déjame hacer. Confía en mí.
Candy se quedó quieta. Mirándole a través del espejo. Últimamente, él se tomaba su tiempo para hacerle el amor, muy lejos ya del "casi asalto" de su primera noche juntos.
Acarició con sus manos grandes cada centímetro de su espalda y sus costados. Sus senos se encontraban ansiando su toque, pero él seguía, bajando un dedo por toda su columna vertebral, besando luego su nuca.
Segundos después, pasó un brazo por su cintura y la arrastró contra sí hasta el centro de la cama. Luego la recostó, quedándose a su espalda, ambos de lado. Empujó con sus rodillas las de ella para que se flexionaran. Mientras besaba su cuello enviando diminutos remolinos de placer al mismo centro de su cuerpo. Dejó bajo ella su brazo ciñéndole bajo el pecho y mientras con los dedos de la otra, los bajó haciendo espirales por su costado, luego, por su vientre, hasta el mismo nido de suaves rizos dorados de entre sus muslos.
Acarició allí suavemente el pequeño núcleo de placer, para luego ir descendiendo y ahondando en su vagina, notando la humedad que rezumaba. Ella se agitó bajo su mano, anhelante de más. Quería volverse y abrazarse a sus hombros, quería sentirse llena y colmada con su miembro, pero él, la sujetaba contra sí, su espalda contra el pecho masculino, sus muslos fuertes rozando los muslos tiernos de ella, Sintiendo como él estaba ya erecto y preparado, friccionando suavemente su trasero.
—Ssst, tranquila, déjame a mí. —Forzó la posición de sus caderas y la de sus muslos, para tener acceso a su sexo desde su espalda. La volvió a apretar contra sí con posesión, y dejando de acariciarla por unos momentos, tomó su duro miembro, e inició la invasión de su sexo desde atrás. La ajustó más a sí mismo, y se ayudó elevando el muslo de ella y sujetándolo. Candy lo sintió entrar, suave, primero, duro y profundo después. Desde esa postura, era acariciada en puntos antes insondados de su interior. Soltó un delicioso quejido, de confirmación, de que aquello le estaba gustando mucho.
Terry se aferró a ella y empujó, besando y lamiendo sus hombros, su cuello, rozándolo, leve, con los dientes. En breve los sonidos que ella emitió, le dieron la pista que su sorpresiva invasión la estaba llevando poco a poco al borde del orgasmo.
Y Candy, solo sintió, echó una de sus manos hacia atrás, hasta apretar la cadera y el trasero de Terry, su otra mano acariciaba el brazo que ceñía su cintura. El delicioso empuje llegaba a rozar su clítoris, elevándola más y más fuerte. Un pensamiento fugaz cruzó su mente poco antes de llegar el orgasmo "muérete de envidia, Susana".
Aunque aquel día Terry había decidido tomarse su tiempo en hacerle el amor, al final siempre le cedía la urgencia por estar dentro de ella, por derramarse y de gritar al unísono mientras ambos llegaban al orgasmo. Él era disciplinado en eso, como buen soldado. La sentía, la acariciaba, la hacía llegar justo antes que él mismo. Se complacía de hacerlo. Pero Candy llegaba tan rápido, que no le dejaba mucho margen de maniobra. Ella estaba siempre tan deseosa como él mismo.
Saliendo al fin de su cuerpo, quedaron durante minutos en la misma posición. Ella, poco después, se volvió sonriente entre sus brazos y con los ojitos somnolientos, acariciándole el pecho y bajándole por el costado.
—¿No te duermes, preciosa?
—Quiero acariciarte un rato, antes no me has dejado.
—Si me acaricias demasiado...
—¿Amenaza o promesa?
—Ambas... —y ella rió, su mano bajó por el costado hacia una de las cicatrices aún rosadas que tenía en su piel.
—Nunca me dejas explorarte. —la mano descendió tentativa por el muslo del hombre. Otra cicatriz. Siguió tocándole y buscando, subió de nuevo hacia arriba y rozó centímetro a centímetro su espalda. Él gimió quedamente, cerrando los ojos. Le encantaba que le acariciase la espalda. Un punto para ella. Bajó delicadamente la mano, otra cicatriz más.
—¿Cuantas heridas tienes? —frunció el ceño. No podían ser de proyectiles, con las cuatro que había contado, debería de estar muerto. Nadie sobreviviría a esa cantidad.
—Ocho.
—¿Balas? —su voz tembló.
—Metralla de una explosión.
Ya había visto la de su pecho, tocado las dos de su costado, las dos de sus muslos, notaba tres en su espalda...
—Sólo cuento siete, —él le tomó la mano y la bajó por su espalda hasta su glúteo. — ¡ocho!
—Si, ésta fue la que más me dolió, —rió—en mi orgullo. Y porque tuve que enseñarle el trasero a toda la sección femenina de enfermería.
—Chicas afortunadas. —Candy se rió con la broma, él la apretó contra si de nuevo, ella volvió a sentir como su virilidad se hinchaba tras sus recientes exploraciones.
—Debieron de ser bastante dolorosas.
—Al principio nadie creyó que había sobrevivido. El jeeps que tomaba la delantera al que yo llevaba, cogió un camino de tierra dura. Por unos kilómetros penetramos en territorio enemigo que supusimos abandonado. Aquella zona de África era así. Podías dejar atrás dunas y encontrarte con paisajes de tierra árida y seca y caminos hechos de tierra apisonada. Mi jeep se quedó en un bache, se le pinchó una de las ruedas. Todos nos bajamos. Los soldados corrieron a preparar la de repuesto, apenas me retiré unos metros hacia el vehículo de suministros que nos seguía. Se me había terminado el agua, y pensaba rellenar mi cantimplora.—respiró fuerte cerrando los ojos, recordando el infierno que vino después. —El conductor pidió a los otros que lo empujaran a salir del bache para cambiar la rueda con comodidad. Pero apenas medio metro más y una rueda, o alguien pisó la mina. Los chicos, ya no lo contaron. Cuando sentí la explosión, instintivamente me cubrí la cabeza con la mano y giré mi cuerpo. La metralla despedida impactó en mí, y la onda expansiva me hizo caer metros más allá, magullándome entero y haciéndome perder el sentido. Gracias al cielo, el hospital más cercano estaba a cincuenta kilómetros por dunas. Me hicieron una cura de urgencia. Tuve suerte de resistir llegar allí y que me curasen.
—Pero estás vivo, y quieres volver allí.
Él la acariciaba despacio.
—Debo de hacerlo. —suspiró. —Lo mismo que tú vas a volver a Inglaterra.
Ella se aferró abrazando su cuello. Y él la besó con fiereza, cayendo sobre ella como un halcón hambriento.
Y volvieron a hacer el amor.
CONTINUARA
fuchi , fuchi, perra inmunda, sale de aqui sarnosa y cuidado dejas las pulgas y garrapatas.
Jajajajajaja, me rei mucho con la perra en celo de la Susana..se fue con las ganas y el rabo entre las patas.
