Sobre cómo leer a tu oponente


A/N: como ha pasado tanto tiempo desde mi última actualización, les recomiendo releer los dos capítulos anteriores antes, para una lectura más amena y fluida.


Pasaremos lo que queda de la noche en el valle. No hay mucho más que podamos hacer. Además, extrañaba el clima cálido y húmedo, me recuerda a las noches de verano en las Islas del Sur. No hay ni un rastro de nieve en varios cientos de metros y el cielo esta tan despejado que logro ver constelaciones que jamás han sido descritas por los astrónomos. Desde aquí se observa perfectamente la aurora boreal, que alumbró por una o dos horas antes de extinguirse. Me pregunto si podré manejarla, después de todo, es luz en la atmósfera.

Nos acomodamos alrededor de una fogata—obra mía, por supuesto— en un sector apartado, entremedio de dos picos montañosos. Solo somos Elsa, el gigantón, Gran Pabbie, otros cuatro trolls y yo. Nadie siente ánimo de dormir, así que nos quedamos escuchando historias. Es lo mejor para aliviar la tensión del ambiente sin dejar en segundo plano el motivo de nuestra visita.

—Fue hace cuatro siglos y cinco décadas que nació en las tierras del sudeste la bruja de hielo, Krasimira—comienza a narrar el anciano—. En una noche tormentosa, la peor nevazón que había azotado varios reinos del continente, cuando una mujer de la nobleza falleció mientras daba a luz a la primogénita de un gran Señor, un caballero que conquistó tierras lejanas en su juventud. La criatura tenía la piel y los cabellos tan blancos como la nieve recién caída, y los ojos azules cual témpano de hielo. Pero más allá de su belleza glacial, lo que sorprendió a su reino fue su habilidad para manejar el clima a su antojo.

Ella era el invierno mismo, una combinación de viento helado del norte y fortaleza del glaciar. Traía con ella sus nubes de tormenta, y congelaba a sus sirvientes cuando estos no la satisfacían. En el jardín de su estancia los coleccionaba como estatuas. Incluso su padre formó parte de las esculturas de hielo. Sin piedad ni remordimientos, su cuerpo mortal era solo la cáscara que ocultaba un corazón marchito, lleno de odio por el mundo.

Los hombres buscaron refugiarse de aquella creatura que consideraron un… cómo lo llaman… demonio, como un castigo de sus dioses. Nosotros sabemos que en realidad nunca han existido tales fantasías. En realidad, se trataba de un espíritu natural encarnado en una mujer, un espíritu corrupto y malicioso, ansioso de liberar su magia y dominar a seres que creía inferiores, como los humanos y los animales.

Estuvo a punto de lograrlo. Mas su dominio era temporal, las tierras del sur son más cálidas, el invierno siempre acababa. Necesitaba un lugar donde el verano no fuese más que una leyenda, donde los rayos del sol apenas alumbrasen unas horas al día. Inició su viaje al norte del mundo, más allá de Arendelle, más allá de lo que los hombres llaman civilización. La siguieron algunos humanos convertidos en sus esclavos, a quienes ella les ofreció salvarlos de la muerte por congelamiento a cambio de sus… serviciosno me atrevo a preguntar qué clase de servicios serían, mi imaginación activa varía entre mercenarios y algo mucho más obsceno—.

Vagaron por cientos de asentamientos humanos, arrasando con todo a su paso. Fue un esfuerzo colosal es que debimos hacer los trolls para borrar de los recuerdos de la humanidad aquel trágico episodio. Ahora lo recuerdan como el invierno más crudo de su historia, sin saber la verdadera causa de su sufrimiento.

¿En qué estaba?... Ah, sí. Finalmente llegaron a Arendelle, que en ese momento contaba con la protección de mi gente. No sufrieron mayores daños. En ese momento gobernaba el rey John, hijo de Christian, Primero de su nombre, y Dorothea de Bradenburg. Recibió a la forastera por un breve período. Algunos creen que ella dejo su marca en la familia real, no como maldición, sino como una muestra de respeto y agradecimiento a quienes la acogieron cuando estaba en su forma más débil. Era de esperarse, pues el joven rey estaba soltero y una hermosa doncella del sur sería bien recibida.

Ese paso no duró mucho, y jamás sabremos con exactitud lo que sucedió entre ellos. Hay veces en que he llegado a pensar que ese encuentro podría ser la razón de su magia, reina Elsa.

— ¿Como un hechizo en mi familia? —pregunta ella.

—No es seguro. Y tardó mucho tiempo en presentarse, si ese fuera el caso.

—Entonces, teóricamente, ¿podemos transmitir nuestros poderes? —nunca antes se me había ocurrido. Ni siquiera había pensado en tener descendencia con magia, mucho menos marcar un linaje extraño con ellos.

—No es tan simple, joven príncipe. Es una suposición, una que sólo podría aplicarse a la magia del hielo. La suya es muy diferente, no cualquier cuerpo la resistiría, especialmente algo tan frágil como el de un humano. No toleran el fuego, sería letal para ellos.

—Y si es tan letal, ¿por qué sigo vivo?

—Es porque nació para resistir, al igual que la reina. No son humanos comunes. Los espíritus naturales anidan solo en aquellas formas mortales que pueden crecer y sobrevivir. Ambos son extraordinariamente fuertes, aunque no lo parezca. Pueden adaptarse a condiciones hostiles sin padecer sufrimiento alguno.

—Pero… ¿seguimos siendo humanos? —pregunto. Se supone que lo somos en aspecto, y nunca había pensado en que podría pertenecer a otra especie.

—Por ahora.

— ¿Eso qué significa? —susurra Elsa. Está acurrucada en su abrigo de piel, junto a mí. Tiembla ligeramente, y no precisamente por el frío.

—Se los explicaré más tarde, por ahora, continuemos con la historia. Krasimira dejó Arendelle para buscar nuestro valle. A sus oídos llegó la noticia de que nuestra tierra era inmune a su poder, y que poseíamos materiales y conocimientos ancestrales que su mente ponzoñosa podría ocupar con motivos oscuros. Intentó infiltrarse entre nosotros, bajo su máscara de doncella indefensa. Le dimos refugio y un hogar, hasta el día en que se reveló contra nosotros. Hizo falta la unidad del clan completo para expulsarla. Nos cerramos en el círculo y permanecimos ocultos en forma de rocas, aguardando al momento en que se fue.

Lamentablemente, aprendió demasiado, y lo utilizó con propósitos perversos. Profanó las leyes naturales como nunca antes se había visto. Continúo con sus esclavos avanzando hasta el extremo noroeste del continente, antes de zarpar en un navío hecho de hielo puro. Se asentó en una isla donde sentó las bases de su guarida y comenzó a crear soldados, en espera del momento ideal para atacar.

—No veo cómo esto responde a lo que preguntó la reina.

—Ten paciencia, joven príncipe. Verán, uno de los conocimientos robados a nuestra gente es el de la inmortalidad. Es magia oscura y poderosa, requiere de muchas vidas tomadas por la fuerza, y de una maldad incontrolable. Krasimira dejó de ser humana, en muchos aspectos. Su piel se mantuvo joven por años, detenida en el tiempo, pero su cuerpo se volvió un híbrido entre lo físico y lo inmaterial, entre el espíritu de tormenta y la apariencia humana.

—Inmortal… interesante—mascullo para mí mismo, aunque al parecer hablé demasiado fuerte.

—No deben entretener sus mentes con esos pensamientos. No están preparados para ello, y espero que jamás lleguen al extremo de renunciar a su humanidad por razones nefastas como las de esa bruja.

La naturaleza es sabia. El universo siempre busca el equilibrio. Para contrarrestar el poder inconmensurable que alcanzó Krasimira, surgió de las tierras más lejanas del este, reinos con el favor del sol y el fuego sobre la arena del desierto, el príncipe Nasser. No me malentiendan, él no era ningún salvador de los hombres, su única buena obra, si es que puede considerarse así, fue poner término al reinado de la bruja del hielo, lo cual le costó su propia vida.

Él era joven cuando descubrió su magia. Surgió como un muchacho pobre que hacía trucos en las calles de su aldea natal para poder comer en la noche. El fuego era su especialidad, y muy pronto se hizo conocido por su talento. Llego a ser admirado por muchos como un mago prodigioso, se hacía llamar 'Hijo del Sol Poniente'. Era la viva imagen de la juventud, la osadía y el misterio. Hizo una fortuna con sus espectáculos, hasta que comenzaron a darse cuenta de que él nunca hizo trucos, sino que la magia salía de sus manos descubiertas. Muchos lo creyeron una entidad maligna, mientras que otros lo adoraban como un dios.

A diferencia de Krasimira, Nasser era amado por sus seguidores. No reinó en base al terror, sino en la creencia de que él era alguien más allá de lo humano. Saquearon todos los tesoros humanos que encontraron para dárselos como ofrendas. Todos querían su favor. Como enemigo, era implacable en el campo de batalla. Surgió de la nada misma, y contra toda probabilidad, se hizo con una fortuna, súbditos que le adoraban, ejércitos completos y un poder inmenso.

Pero no era suficiente. Los retos eran su razón de vivir. Conquistaba lo que quería, y se hartaba cuando le parecía que era sencillo. No obstante, pareció recobrar su sed de victoria cuando sus consejeros le hablaron de la hechicera del hielo en el norte del mundo. Se encaprichó con ella, tanto por la idea de su belleza como por el afán de tener a una mujer poderosa a su lado—ya sé, ya sé. Es igual a mí—. Aseguró su tesoro en el desierto, en una fortaleza que se perdió con los años, y juntó a sus mejores hombres para viajar al norte.

Maravilló reinos completos con su talento. Es otro recuerdo que borramos de sus mentes, quedando sólo la imagen de un actor que usaba artificios orientales para entretener a las cortes. Es una lástima, era algo impresionante. Su paso por nuestro valle fue más bien incidental. No se preocupó de extraer conocimientos ni nosotros estábamos dispuestos a dárselo. Continuó con su viaje hacia la guarida de la bruja. Le advertimos del alcance de su poder, mas eso sólo sirvió para alentarlo. Estaba seguro de que Krasimira lo mataría sin pensarlo.

Y así fue. Luego de un tiempo en que no se supo nada de ninguno de los dos, nuestra tierra se estremeció y los cristales estallaron. Se mantuvieron así hasta que los dos prodigios se destruyeron mutuamente. Pasaron largos siglos antes de que esos poderes surgieran nuevamente.

— ¿Cómo saben que ambos murieron? —pregunto.

—Sus luces se extinguieron. Por cada espíritu natural que toma forma humana, se enciende una luz en nuestras cuevas. Cuando el alma se deshace de su envoltura mortal, la luz se apaga y queda la roca vacía, que marcamos con el nombre y el tipo de magia de quien la poseyó.

—Entonces… nosotros también tenemos luces…—deduzco.

—Así es.

— ¿Podemos verlas?

—Me temo que no, joven príncipe. Es parte de la tierra sagrada de mi gente, los mortales no pueden acercarse.

—Me sueña a patraña.

—Hans, si dice que no, es porque no debemos hacerlo—dice Elsa en voz baja.

—Debería escuchar más seguido los consejos de la reina.

—Oh, por favor. No pueden decirnos algo así de extraordinario y esperar que solo lo creamos.

—Es la debilidad de los humanos, se basan en sus sentidos para configurar su mundo. En algún momento entenderán que esto requiere de un nivel de comprensión mayor al del común de la humanidad.

— ¿Acaso les crees así como así? —le pregunto a Elsa, susurrando en su oído.

— ¿Por qué no? Son los únicos que nos han respondido directamente—dice ella con un volumen apenas perceptible.

—Necesito un momento a solas con la reina—digo mientras me levanto.

—Na-ah. Llevar a la reina de vuelta sana y salva es mi trabajo, y no voy a dejar que le hagas lo que sea que tienes pensado—interviene el gigantón.

—Kristoff, agradezco que te preocupes por mí, pero no es necesario, puedo cuidarme sola.

—No confío en él.

—Entonces confía en mí.

Ay, justo en su orgullo. Ayudo a Elsa a incorporarse. Nos alejamos con la mirada insistente del anciano sobre nosotros. Es escalofriante y molesta a la vez. Hay algo de este lugar, de todos ellos, que no cuadra bien. Se me está escapando un detalle, o algo evidente que pasé por alto… tal vez hablarlo con ella me ayude a figurarlo.

Elegimos un sendero cualquiera, caminamos unos minutos antes de tomar un desvío. Nos internamos en el bosque hasta dar con un pequeño claro débilmente iluminado por la luz de la luna, apenas se distinguen los contornos de los objetos. La única ventaja es que no hay rocas por aquí, lo cual significa que podemos hablar tranquilos. Me perturba pensar en que esas cosas podrían estar en cualquier parte, como si el valle tuviese oídos por todos lados.

—Hans, ¿qué tienes?

— ¿No te preocupa en lo más mínimo? ¿Por qué intenta ayudarnos? —si es que nos está ayudando…

—Son así y ya, no puedes pensar que todo el mundo tiene intenciones ocultas.

—En eso te equivocas, Elsa. Desconfiar de los demás es lo más sensato que puede hacer un líder, en especial un rey o una reina.

— ¿Y qué podría querer de nosotros? Nunca nos pidió algo a cambio.

—Aún no nos pide nada.

—Jamás lo ha hecho.

— ¿Estás segura?

—Mi padre no negociaba con él.

— ¿Cómo lo sabes? Podría haberlo hecho antes de traerte hasta acá.

— ¿Y por qué te preocupa tanto, si no ha hecho nada sospechoso?

—Tiene que esperar algo a cambio…

—Estás paranoico.

—Es mejor así, te prepara para cualquier cambio.

—Deberías aceptar que todavía quedan algunas creaturas altruistas, o que al menos buscan lo mismo que nosotros.

— ¿No creerás que lo hacen por mantener el 'equilibrio natural' y esas estupideces, o sí?

— ¿Y qué más podrían querer de nosotros?

—Eso es lo que me preocupa.

No puedo creer que sea tan inocente. Tiene que aprender o, de lo contrario, las grandes cortes la comerán viva. El juego está hecho para aquellos jugadores hábiles, los que pueden ponerse en la mente de su contrincante y predecir sus movimientos antes de que los ejecute. Demonios, necesita más ayuda de la que esperaba. Lamento tener que ser quien le abra los ojos a la realidad.

Sigo pensando en lo que estoy pasando por alto… sé que tiene que ver con la historia, con la relación entre los trolls y los de mi… clase. No es lógico, después de los destrozos que causó la bruja del hielo, ¿por qué ayudarnos? Más aún, ¿por qué la acogieron a ella? Una especie racional de miles de años de antigüedad no puede ser ingenua ni estúpida. No, no es posible. Aquí falta una pieza…

—Puede que eso sea…

— ¿Qué sea qué?

—Lo que me descoloca. Esperaba que pudieras ayudarme a verlo.

—Ah… de acuerdo.

—No entiendo por qué ayudan a los de nuestro tipo, considerando que Krasimira devastó ciudades completas. Eso debió ser una advertencia, para no dejarnos entrar a sus tierras. Primero fue ella, luego Nasser, ahora nosotros…

—Entiendo, no tiene mucho sentido.

—No, y eso me preocupa. Suelo ser quien controla la situación, no…—exhalo con pesadumbre— no voy a dejar que nos usen como peones.

—Nadie nos está utilizando.

—Elsa, eres una buena mujer. Es por eso que te cuesta ver malas intenciones en los demás. Yo mismo estuve a punto de conseguir tu mano. Habrías estado bajo mi influencia total… necesito que empieces a confiar menos en quienes te rodean.

—Partiendo por ti—Ay. Bueno, me lo merezco.

—En especial por mí. Pero quiero que hagas un ejercicio antes de decidir tus alianzas, por favor.

— ¿Es realmente necesario?

—Si es que planeas sentarte en el trono por años, sí.

—Sigo pensando que exageras.

—Créeme, llegará el momento en que lo necesites. Verás, cuando tratas con alguien cuyas intenciones desconoces, juegas en tu mente para tratar de entender sus motivaciones. Asumo lo peor posible—es mejor apostar por el escenario menos favorable—. ¿Cuál es la peor razón que podría tener alguien para motivar lo que hace? Luego piensa qué tan bien explica esa razón lo que la persona hace, o dice.

—En verdad estás traumado.

—Me ha mantenido con vida hasta ahora. Considéralo, te lo dice alguien que sobrevivió por años en la familia Westergård.

—Tu familia es un caso especial. Acá en Arendelle nunca hemos tenido revoluciones ni guerras de grandes proporciones.

—Eso no significa que no pueda pasar. Además, tu armada es una broma de mal gusto comparada con las de los grandes reinos europeos.

—Para eso estoy yo. Y espero no llegar a ese extremo. No quiero tener en mis manos la sangre de miles de hombres.

—Pero si la elección es entre tu pueblo y los soldados extranjeros, ¿tomarías la decisión?

—Sólo si no existiese otra alternativa… ¿y por qué hablamos de guerra?

—Hablamos de estrategia, de contrincantes, jugadas y contra-jugadas. Es importante que te detengas a reflexionarlo.

—Lo sé, y ahora, volviendo al tema de los trolls, ¿qué se supone que hagamos?

—No confío en ellos, y tú tampoco deberías. Busquemos a alguien más.

— ¿A quién? Dudo que exista alguien con más conocimientos que Gran Pabbie.

—Podría… sólo tenemos que conseguir que nos dé un nombre… o un lugar…

—Se dará cuenta.

—No si somos cuidadosos.

—Y suponiendo que lo encontremos… ¿qué sigue?

—Buscarlo.

—Además de lo obvio.

—Tranquila, lo sabremos a medida que suceda.

—Como eso me deja tan tranquila—normalmente me sentiría orgulloso por su uso del sarcasmo, pero no es momento.

—Centrémonos en un obstáculo a la vez.

—Pregunto porque eres tú quien siempre se adelanta a los hechos.

—Touché…

Olvidaba que aprendió a imitar mis tácticas. Ahora hasta discutir con ella me complica. En especial porque sigo pensando en qué tendrá que hacer para romper su hechizo. Esa pregunta no me deja descansar en paz… si tan sólo fuese más comunicativa, podríamos figurar una solución juntos.

Todavía no responde a lo que le propuse, sobre continuar como el equipo que solíamos ser. Ni siquiera sé en qué estaba pensando cuando lo dije, o si es que estaba pensando en absoluto. Las palabras brotaron de mi boca sin que tuviera tiempo de detenerlas. Cuando finalmente me di cuenta del peso de esa proposición, ya era demasiado tarde. No obstante, ella sigue aquí. Podría haberla rechazado en cuanto la formulé. Pero no lo hizo. Necesita toda la ayuda posible. Sola no llegará a ninguna parte, sin importar la envergadura de su poder ni su resistencia.

Sin mencionar su lado emocional. Hay una parte de ella que conserva un diminuto resquicio de afecto por este condenado. Contra toda lógica, le hace daño sin que pueda hacer algo para defenderse. No debería suponer que es amor, sería lo peor que podría pasarle. Mas es afecto, aunque no lo reconozca. Lo noto en su preocupación, en la manera ansiosa en que su mirada me busca de vez en cuando, y en la melancolía de su rostro.

No, no debo pensar en ella de esa forma. Nada bueno puede salir de esto. Si la dejo en paz será lo mejor para ambos. Puedo sobrevivir sin Elsa, y ella está mejor sin mí. A pesar de que las ganas de besarla sean insoportables… maldición, tengo tantos recuerdos de su piel, pero ninguno como el que me gustaría tener. ¿Era mucho pedir una noche en sus brazos? Probablemente. Es mejor así. De haberla desflorado, habría perdido parte de su 'valor' original para el matrimonio. Es solo que… tan solo pensar en ella con otro hombre hace que me hierva la sangre.

—Te veo preocupado. Si tanto desconfías de ellos, podemos irnos en la mañana y continuar buscando.

—No es sólo eso.

— ¿Y qué es?

—No tiene importancia.

—Te comportas más raro de lo normal.

—Y tú estás extrañamente calmada.

—Estoy cansada…

—Duerme un poco.

—No hablo de cansancio físico. Estoy cansada de esto, de tener que enfrentar a diario el mismo problema, y de que cuando finalmente tengo la clave para deshacer mi hechizo, no soy capaz de hacerlo—hay suficiente luz como para ver sus ojos vidriosos con lágrimas.

—Ven—la rodeo con mis brazos en un acto instintivo. Por razones que no alcanzo a comprender, ella se relaja y me devuelve el abrazo. Se siente… correcto, como si este fuera el lugar al que pertenece. Acaricio su cabello mientras nos mecemos con suavidad—. No seas tan dura contigo misma. Soportas más presión de la que es sana para cualquiera.

—Quiero que esto acabe—se aferra a mí con más fuerza—. No puedo, no sé qué hacer…

—Shhh, tranquila. No tienes que hacerlo ahora.

—Tarde o temprano tendré que—levanto su mentón, de modo que puedo verla a los ojos. Se está derrumbando.

—Por ahora puede esperar.

—Ya esperamos mucho-

—No, escúchame—no es manera de hablarle a la reina, pero en estos momentos las normas no podrían importarme menos—. Deja de pensar en el resto por un minuto y preocúpate por ti. Te estás haciendo daño y lo sabes.

—Pero si no me esfuerzo el invierno jamás terminará.

—El invierno seguirá aquí por la mañana. A nadie le va a importar que duermas un par de horas. Servirá para que despejes tu mente.

—Es egoísta.

—Egoísta sería que no te importara en absoluto el tener que descongelar tu reino.

—No estoy cómoda con esto…

—Pensaremos en esto más tarde.

No me apetece en lo más mínimo volver a donde están los demás. Qué se jodan. Elsa permanece callada, al parecer se quedó sin excusas. Me deshago de su abrazo con el mayor cuidado posible, tomando su mano para que me acompañe. Nos recostamos sobre un abrigo de piel y nos cubrimos con el otro. No es que sea necesario, es más, la reina de las nieves se despertará sudando de calor por dormir junto a mí. Se acurruca sobre mi pecho como solía hacerlo antes de que todo se fuera al demonio.

Es una tregua temporal pactada sin una sola palabra. No estoy seguro de cuánto durará, pero prefiero sumergirme en el momento. Es problema de más tarde. Por ahora lo único que necesito saber es que estamos en una burbuja fugaz de calma, igual que antes. Se siente tan bien… me arrepentiré de esto por la mañana, sin lugar a dudas. No importa. Todo lo que sé es que tengo a mi copito de nieve—ya sé, me estoy ablandando demasiado— en brazos, que siento su olor por todas partes, y que su cabeza reposa cómodamente sobre mi pecho, posiblemente oyendo los latido de mi corazón y mi respiración extrañamente sosegada. Es todo lo que necesito saber. Si el resto del mundo se termina ahora, no me interesa.


A/N: hola, hola! Ya sé que tardè mucho en subirlo, pero espero que valiera la pena.

No olviden que la retroalimentación es importante para la persona que escribe, así que comenten, marquen como favorite y sigan la historia. Bye :3