BUENAS MADRUGADAS.
LES DEJO OTRO CAPÍTULO MÁS.
GRACIAS POR SEGUIR ESTA HISTORIA.
Quinn
—Oye amiga, ¿te pasa algo? —me preguntó Finn.
Los demás ya se habían ido. Sólo quedábamos nosotros en aquel destartalado almacén donde atronábamos con nuestros instrumentos las viejas y descoloridas paredes. Se aproximaba otro concierto, esta vez en un conocido local de Madrid, y volvíamos a concentrarnos de lleno en nuestra música. Iba a ser una oportunidad para que Cube diera un salto y empezara a ser conocido en los círculos de música alternativa de la capital.
—Hay algo que me tiene jodida —respondí, cerrando bruscamente la funda de mi guitarra.
— ¿Muy agobiada con la carrera? —me siguió interrogando.
—No, gracias a Dios eso va bien. Es Rachel, está muy rara últimamente.
— ¿Y eso? —preguntó extrañado.
—No lo sé. Desde que volvimos de las vacaciones de Semana Santa anda muy esquiva. Te parecerá que soy un paranoica, pero te juro que me evita.
—Puede que esté pasando por una de sus malas rachas —me advirtió—. Ya sabes que es una persona inestable y no sería la primera vez que se encierra en ella misma.
Finn la conocía muy bien, eran amigos desde niños y, a juzgar por su comentario, él estaba al corriente de los vaivenes emocionales que sufría mi novia.
—Ya he pensado en eso, pero creo que esta vez no es una depresión. Más bien creo que se está cruzando alguien.
—Un momento… ¿insinúas que Rachel puede estar interesada en alguien más? — inquirió incrédulo.
—No estoy segura, pero tengo indicios de que eso podría estar ocurriendo.
Me miró de hito en hito.
—No te lo tomes a mal, pero creo que te estás rayando. Ella no es de ésas.
—No sé, no digo que me esté engañando deliberadamente, lo que creo es que está deslumbrada con ese hombre.
— ¿A qué hombre te refieres?
—A su profesor de teatro, se pasan el día juntos —respondí llena de rabia.
—Es normal, queda poco para el estreno y Rachel es de esas personas que cuando se compromete con algo no se queda a medias —trató de tranquilizarme.
—No creo que para involucrarte en algo sea necesario mentir y andar con excusas —bramé, recordando su misteriosa escapada de la tarde anterior y el plantón que me dio después—. Ayer, por ejemplo, se marchó de repente, anulando nuestros planes de ir al cine. Dijo que Kitty necesitaba verla y me dejó tirada.
—Entonces, ¿qué tiene que ver ese tipo con todo esto? —inquirió confundido—. Kitty es su mejor amiga, y con lo del divorcio de sus padres debe de andar muy fastidiada. Necesitaría estar con Rachel, debes comprenderlo.
—Y lo comprendería si realmente hubiera estado con ella. Pero cuando volvió, casi a media noche, quien la trajo de vuelta no era Kitty, sino el tal Ignacio. Me estaba fumando un cigarro en la terraza cuando les vi aparecer en aquel imponente BMW serie seis. Tú y yo sabemos que Kitty no conduce un coche de ese calibre…
—No. Que yo sepa los Seat no mutan de repente cuando tienen más de una década —bromeó Finn, que conocía de sobra el destartalado Ibiza amarillo de Kitty—. ¿Pudiste ver quién conducía ese cochazo?
—La farola del jardín iluminaba claramente el interior del vehículo. Se trataba de ese profesor; no me cabe ninguna duda. Y para colmo, se despidieron con un efusivo abrazo—añadí, notando cómo la furia ascendía por los músculos de mi cuello.
—No sé, tiene que haber una explicación —replicó pensativo—. Me cuesta mucho creer que ella te la esté pegando, y menos con ese cuarentón.
—Si la hay, no la conozco. Lo único que sé es que está muy esquiva y que casi no pasamos tiempo juntas. Además, si no tiene nada que ocultar: ¿por qué me miente diciendo que se va con su mejor amiga y luego resulta que el que le trae a casa no es ella, sino ese hombre? Sinceramente, es difícil no sacar conclusiones.
—En lugar de darle tantas vueltas deberías hablar con ella. Es la única que puede sacarte de tus dudas —me aconsejó.
—Puedo sentir que me oculta algo, sé que me está mintiendo —mascullé dolida—. Creo que si se lo pregunto directamente sólo voy a conseguir una evasiva por respuesta. No me va a decir la verdad.
— ¿Cómo estás tan segura? —objetó.
—Porque creo que está en esa fase en la que se siente atraída por otro y está luchando por evitarlo. Él la está encandilando y ella no sabe cómo afrontarlo —le expliqué, pensando en alto—. Si admite ante mí que eso está sucediendo, se sentiría derrotada. Sabe que lo echaría todo a perder, y lo nuestro quedaría en punto muerto.
Finn esbozó una mueca de estupor, como si creyera que yo estaba perdiendo la cabeza.
—Quinn, creo que te estás montando una película de flipar. Estás sacando conclusiones a tu antojo. En lugar de darle tantas vueltas, deberías darle la oportunidad de que te lo explique.
— ¿Tan descabellado te parece lo que digo?
—Lo que me parece es que tu imaginación de arquitecto está construyendo un laberinto en tu cabeza.
—Mira, te voy a hacer caso. No voy a darle más vueltas; en cuanto la vea voy a preguntarle qué demonios está pasando. Tantas dudas me están matando.
—Seguro que al final todo tiene una explicación de lo más absurda, ya verás — me animó.
—Eso espero, ¡porque si no te juro que a ese hombre me lo cargo!
—Muy bien, pero no creo que haga falta llegar a las manos. Es imposible que Rachel esté liada con ese profesor. La conozco, ése no es su estilo.
—Espero que tengas razón —concluí, cogiendo la funda de la guitarra para irnos a tomar una cerveza al bar de los billares, donde habíamos quedado con el resto de nuestros amigos en un intento de desconectar de todo durante un par de horas. La presión de los exámenes volvía a acecharnos y necesitábamos algo de distracción.
Mientras conducía hacia allí, decidí que iba a seguir el consejo de mi amigo.
Tenía que enfrentarme a ella directamente y obtener una respuesta, incluso si ésta confirmaba mis peores pesadillas. Sólo con pensar que pudiera tener algo más que una amistad con aquel individuo sentía nauseas. No quería perder lo mejor que me había pasado en la vida; sería como volver al abismo del que ella me había sacado. No pude evitar caer en la cuenta de la admiración con la que le describía cada vez que se refería a él; lo sensible que era, lo inteligente y sofisticado que resultaba, su don para la interpretación, su carisma… Infinidad de apelativos que confirmaban su adoración por aquel hombre. Podía ser simplemente una inocente fascinación de alumna. Sin embargo, ¿qué ocurriría si detrás de aquello se ocultaban sentimientos más carnales?
Subí el volumen de la música y comencé a tararear la canción de los Foo Fighters que sonaba en aquel momento en los altavoces de mi coche. No podía seguir pensando en aquello o iba a enloquecer de celos.
Al llegar al bar comprobé que ella se encontraba allí, pues el Rav se encontraba aparcado junto a la puerta. Reconocí el coche de Kitty, así que ella también se encontraba dentro.
Nerviosa, encendí un cigarro mientras caminaba hacia el interior del local. No la había visto desde que me dejara plantada poco más de veinticuatro horas atrás en el salón de estar de casa.
Esa mañana yo me había ido a clase antes de que ella se levantara. Aquel encuentro cara a cara iba a ser interesante; veríamos qué disculpa ponía al hecho de haberme dejado esperando como una idiota para ir al cine.
En cuanto nos miramos pude adivinar en sus ojos que se sentía incómoda, mortificada incluso. Me sonrió sin convencerme, parecía costarle un gran esfuerzo sostenerme la mirada.
—Hola —susurró.
—Hola —respondí secamente.
—Siento el plantón, se me hizo muy tarde. —Su disculpa sonó dulce y arrepentida.
—Podías haberme llamado al menos —le reproché.
—Lo siento, no me di cuenta de lo tarde que se había hecho, nos liamos a hablar y…
— ¿Con quién?, ¿con Kitty o con Ignacio? —la interrumpí.
Mi pregunta le cogió desprevenida y pude ver la sorpresa en sus ojos.
—Con ambos. Nos encontramos con él cuando tomábamos algo en un bar del centro. ¿Cómo sabes que estuvimos con él?
—No sé si estuvieron o estuviste con él —puntualicé, ya que era muy diferente dependiendo de si habían estado acompañados por su amiga o no.
— ¿Por qué estás tan a la defensiva? —me cuestionó exasperada.
—No lo sé, me he despertado algo malhumorada. Quizá tú puedas decirme si tengo motivos para estarlo…
—A parte de que no pudimos ir al cine anoche, lo que tampoco es ninguna tragedia griega, no creo que tengas razones para estar tan susceptible —contestó visiblemente molesta.
— ¿A no?... ¿De verdad crees que no tengo razones? —Me estaba empezando a sacar de mis casillas. Su actitud, lejos de ser conciliadora, se me antojaba desafiante y desconsiderada.
—Pues no. Ya te dije que fui a ver a Kitty porque necesitaba hablar conmigo. Si me retrasé no fue por un capricho. Sabes de sobra que si hubiera podido llegar antes, y así estar contigo el resto de la noche, lo habría hecho.
—Parecías muy compenetrada con tu profesor cuando te dejó en casa. No me dio la sensación de que estuvieras muy preocupada por mí mientras le abrazabas. —No pude evitar que el tono de mi voz sonara acusador.
— ¿Desde cuándo me espías? —bramó, mostrándose indignada.
— ¿Desde cuándo me engañas?
Aquella conversación se estaba convirtiendo en un ataque a muerte. No había sido mi intención declarar una guerra, pero su actitud de mujer agraviada me estaba arrebatando el control. Debería ser yo la ofendida, sin embargo actuaba como si ella fuera la víctima de una acusación injusta ¿Me estaría equivocando? Quizá Finn tenía razón y me estaba volviendo un poco paranoica.
—Quinn, no te estoy engañando. Nos encontramos con él por casualidad. —Su repentino cambio de actitud apaciguó mi creciente irritación—. Siento mucho que me estuvieras esperando hasta tan tarde. Si no fui a darte las buenas noches es porque pensé que ya estarías dormida. Y respecto al abrazo que me dio Ignacio, fue sólo en agradecimiento por un consejo que le di.
—Siento haber sido tan brusca —me disculpé, arrepentida de haber estado tan borde con ella—. Es que últimamente siento que algo se interpone entre nosotras. No puedo explicártelo con palabras. Es como una intuición, un pálpito de que algo no va bien.
—No tienes de qué preocuparte —me aseguró—. Estoy aquí y no me voy a ningún lado.
Bajó la mirada y sus dedos acariciaron el brazalete de plata que había encargado para ella. Cuando me volvió a mirar, supe que nada había cambiado, seguía siendo mi niña. La acerqué a mi pecho y la estreché entre mis brazos.
—Perdóname —musité entre su pelo—. No sé qué me pasa, me da tanto miedo que algo se tuerza que veo fantasmas donde no los hay.
—No puedes vivir con miedo. Lo que tenga que pasar, pasará. La vida es una de cal y otra de arena; no puedes esperar que todo salga bien. No te puedo prometer que no volverás a sufrir jamás. Lo que si te puedo garantizar es que no seré yo quien te hiera.
La intensidad con la que sus ojos oscuros transmitían aquel inesperado mensaje me asustó.
— ¿Qué pasa, Rachel?, ¿algo va mal?
—No, tranquila. Sólo pensaba en los cambios que a todos nos aguarda la vida. Algunos serán maravillosos y otros no lo serán tanto, y debemos estar preparados para ambos. Es a eso a lo que me refería.
Rachel
Me desperté sobresaltada por una desagradable pesadilla. Con la respiración agitada, encendí la luz de la mesilla y miré la hora en el despertador. Apenas habían dado las seis y media, era muy temprano. Me esforcé en volver a conciliar el sueño, pero me resultó del todo imposible. Tras dormir toda la noche sumida en una inquietante angustia, tampoco me apetecía demasiado volver junto a Morfeo. El dios de los sueños no me tenía reservado nada bueno aquella madrugada. Sentí una imperiosa necesidad de salir a cabalgar; tenía que liberar toda aquella ansiedad que me invadía.
Salté de la cama y me enfundé los pantalones de montar. Rebusqué en el caos de mi armario las altas botas negras, y me abrigué con una camiseta raída y un viejo jersey.
Aquellas mañanas de primavera eran todavía muy frías. Abandoné la casa sigilosa, no quería despertar a nadie. Me dirigí derecha a las caballerizas y sorprendí a Alma, que no me esperaba a esas horas. Aún era de noche cuando salí galopando en dirección al Monte de la Luna.
Paulatinamente, la luz de la aurora fue dando paso a una mayor claridad, con lo que mi caballo se podía adelantar a los obstáculos que se cruzaban en nuestro camino. Llegamos a una velocidad de vértigo a lo alto del monte. El aire frío de aquella mañana me despejó.
Inspirando profundamente, pude percibir aquel penetrante olor, tan silvestre y dulce. Obligué a Alma a detenerse y, subida en su grupa, observé el amanecer mientras las lejanas luces eléctricas de Madrid se iban apagando. Al igual que la vida de aquella mujer, que estaría a punto de despertarse en aquella ciudad.
Una punzada de dolor me golpeó en el estómago.
No era la primera vez que acudía a aquel lugar en busca de consuelo o un poco de intimidad. Aquél era mi refugio personal, mi rincón secreto donde todo parecía quedar atrás, escondido tras los árboles. En aquella ocasión no funcionó; aquella tortura no quería abandonarme. Mirando a mí alrededor busqué desesperadamente una respuesta, una señal que me animara a seguir luchando, pero aquella mañana el Monte de la Luna no me respondió.
Todas las preocupaciones que le había confiado con anterioridad me parecieron insignificantes en contraste con la enfermedad de Ángela. Esta vez no había nada que arreglar. La solución no estaba dentro de mí, y tampoco dependía de mi actitud frente a la adversidad; nada podría detener su muerte.
Alma se agitó nervioso. Parecía percibir mi desconsuelo. Agarré las riendas con firmeza para controlarlo. Necesitaba seguir galopando, así que espoleé enérgicamente los estribos sobre los costados de mi caballo, ordenándole que se encaminara pradera abajo, hacia la otra vertiente del monte. Alma salió disparado respondiendo a mis deseos, regalándome toda su potencia y velocidad. Consiguió que durante aquella carrera me olvidara de todo. Cruzamos como una exhalación el riachuelo y nos dirigimos a una cueva que conocía desde pequeña.
Cuando era una niña estaba convencida de que aquella gruta estaba habitada por las hadas. De forma inconsciente me dirigí allí buscando esa parte de inocencia que la vida me estaba arrebatando.
Cuando llegamos, desmonté y, tirando de las riendas de mi caballo, nos adentramos en aquel hueco escarbado en la roca. Hacía siglos que no iba por allí. La cueva seguía igual que siempre, inmune al paso del tiempo. Me sentí protegida y a salvo; todavía quedaba algo que no cambiaba, que permanecía igual. Me senté sobre una roca y cerré los ojos.
Inesperadamente, las lágrimas empezaron a surgir, hasta terminar sumida en un incontrolado gimoteo. Alma husmeó en mi pelo y yo apoyé mi mano en su tibio hocico. Incorporándome, me abracé a su poderoso cuello negro y dejé que las convulsiones producidas por mi angustioso llanto se fueran suavizando. Mi caballo relinchó, como si pudiera entender el motivo de mi tristeza. Mordisqueó cariñosamente mi hombro y frotó el suave pelaje de su cabeza contra mi cuello. Lo cierto es que él no podía comprender la causa de mi abatimiento. Sin embargo, percibía mi desesperación y me consolaba a su manera. No nos podíamos comunicar con palabras, pero existía una compenetración imposible de definir que nos unía. Aunque resultara inverosímil, de alguna forma él adivinaba mis estados de ánimo.
Cuando por fin conseguí tranquilizarme, salimos de la cueva. Ya se había hecho de día por completo. Debía darme prisa en regresar o de lo contrario no llegaría a tiempo a mi primera clase de aquel día.
Los días pasaron y aquella especie de nube negra me perseguía constantemente.
Era incapaz de desprenderme del halo de tristeza que me acompañaba a todas horas desde que Ignacio me había revelado la gravedad del estado de salud de Ángela. No era fácil ocultar la verdad a todos. A pesar de mis esfuerzos por mostrarme alegre y despreocupada, en casa se daban cuenta de que me hallaba abatida. En las ocasiones que me sometían al interrogatorio de rigor para saber qué me ocurría, yo siempre contestaba con evasivas, achacando mi desánimo al cansancio acumulado tras un largo curso y a las actividades en las que me había involucrado. Mis padres no parecían convencerse con mis respuestas. Podía adivinar en sus ojos la preocupación ante la amenaza de que estuviera cayendo de nuevo en una depresión. Me dolía pensar que estuvieran sufriendo por mi culpa, pero no tenía otra alternativa: debía ser fiel a mi promesa. Así que hasta que todo se supiera, tendría que dejarles sumidos en aquella absoluta ignorancia que les obligaba a sospechar que mi actitud se debía a algo que les aterrorizaba.
Quinn tampoco era ajena a mi estado de ánimo. Intentaba acercarse a mí con su acostumbrada delicadeza e insistía en tratar de ayudarme. Yo agradecía su interés, pero debido a la información que me habían obligado a ocultarle, su compañía me abrumaba. Así que, como no encontraba la forma de estar a su lado sin sentirme culpable, terminaba evitándole. Ella, en su desconcierto por mi esquiva actitud, cada vez estaba más irascible e impaciente. En aquellos últimos días no era difícil que termináramos nuestras conversaciones en una acalorada discusión.
Tenía que hablar con Ángela lo antes posible. Si las cosas seguían por aquellos derroteros me iba a resultar muy difícil que ella aceptara lo ocurrido en el pasado. ¿Cómo iba a ayudarle si cada vez desconfiaba más de mí? Aquello iba a resultar mucho más complicado de lo que había temido en un principio. Teníamos que decirle la verdad.
Mi único aliado en aquellos momentos era Ignacio. Sólo con él podía conversar con absoluta sinceridad. Era el único hombro sobre el que llorar sin temor a ser descubierta, así que me aferré a aquel hombre en busca de apoyo y consuelo. Al finalizar los ensayos aprovechábamos para hablar y compartir nuestros miedos. Abandonábamos lentamente el centro cívico, caminando sin rumbo por la plaza, mientras le dábamos vueltas una y otra vez a cómo encarar aquella situación. Cuanto más le iba conociendo, más me gustaba. A pesar de los errores que él hubiera cometido en el pasado, comenzaba a sentir una creciente fascinación por aquel individuo aventurero e impulsivo que me relataba tantas historias interesantes y excéntricas. Había vivido mucho y muy intensamente, en lugares muy dispares, con lo que sus experiencias me resultaban muy interesantes y atípicas. Era un ser totalmente diferente a la gente que estaba acostumbrada a tratar, y eso me encandilaba. Las horas parecían volar en su compañía.
Aquella noche nuestros pasos errantes nos llevaron hasta un bar del centro, donde nos refugiamos al comenzar a llover. Tomamos asiento en una esquina del abarrotado local. La mayoría andaba absorta en la gran pantalla de plasma que retransmitía un partido crucial de final de liga. El fútbol tenía a todos hipnotizados, con lo que nosotros pudimos encontrar un cómodo anonimato en medio de aquel gentío, que sólo tenía ojos para la pelota e insultos para los árbitros.
—Nunca he entendido el fervor que desata ese deporte —comentó Ignacio mientras les observaba divertido, como un antropólogo observaría a una tribu indígena.
—Yo tampoco, la verdad.
— ¿No te resulta algo primitivo? —inquirió.
—No. Más que primitivo lo encuentro curioso —observé—. Supongo que cada uno tenemos nuestras aficiones y, aunque no lo termino de comprender, ellos encuentran en el fútbol una válvula de escape. Como yo en los libros.
—Sí, pero un libro te aporta algo.
—O no —le contradije—. No todos los libros son enriquecedores. De hecho, algunos son bastante destructivos.
—Dime uno en concreto —me pidió, intrigado por mi afirmación.
—La insoportable levedad del ser, por ejemplo. Ese libro, por muy bien escrito que esté, me dejó vacía. Me provocó una infinita angustia.
—Al menos te provocó una reacción. El fútbol es sólo una excusa para despotricar.
—Sí, pero si tu equipo gana, la euforia te invade —rebatí—. Y es una excusa para compartir tu entusiasmo con los que te rodean. Leer es una actividad un tanto solitaria. Y, si el libro no es el adecuado, también puede ser algo destructiva.
—Bien, en eso tienes razón. Pero, ¿no es mejor practicar el deporte en equipo que sólo observarlo con un botellín de cerveza en la mano? —apuntó—. Es eso lo que encuentro primitivo. No participan en nada, son meros espectadores. Proyectan sus sueños en algo que en realidad no tiene nada que ver con sus propias vidas.
—Bajo esa perspectiva, ¿no es el teatro exactamente lo mismo? —le desafié—. Llegas, te sientas en una butaca, se apagan las luces y se sube el telón. Eres un espectador, y durante el tiempo que dura la obra tu vida pasa a un segundo plano.
—Sí, tu vida se apaga en la penumbra del patio de butacas, pero otras cobran sentido, las que te describen los personajes. Aquí tan sólo tenemos a veintidós hombres corriendo de un lado para el otro, no nos cuentan nada.
—No, pero la gente ríe y llora igual que en el teatro. No será provocado por una interpretación magistral o por un texto sublime, pero aunque tú y yo no lo entendamos, ellos vibran y al fin y al cabo eso es lo que importa. ¿Qué más da por qué sea? Lo importante es que al menos la ilusión nos invada. Creo que ahí es donde radica la magia del fútbol; la ilusión que tienen los seguidores de un equipo durante los noventa minutos que dura un partido. Todo es posible durante ese tiempo, y eso es lo que les mantiene en vilo y con la piel de gallina.
—Touché —se rindió—. Tu argumento me ha dejado sin más retórica por hoy.
Ambos reímos y enseguida nos vimos envueltos en un incesante griterío: el Real Madrid había metido un gol y parecía que el bar se iba a venir abajo.
— ¿Ves? —dije en medio de toda aquella euforia colectiva—, es a esto a lo que me refería.
—Contra este ataque de alegría común no hay nada más que decir —asintió con una sonrisa.
Si no hubiera estado ya enamorada como una idiota de su hija, creo que me habría pirrado por él en aquel preciso instante. Era sencillamente irresistible y encantador. Mis amigas en el fondo tenían toda la razón.
No quería romper el encanto de nuestra charla filosófica, pero era inevitable sacar el asunto a colación.
— ¿Cómo está ella? —Me armé de valor y formulé la pregunta que tanto temía hacer.
—No muy bien —respondió, perdiendo su sonrisa de inmediato—. Ayer hablamos por teléfono y la encontré muy débil.
—Quizá fuera sólo un mal día —traté de engañarme.
—No, es el avance de lo inevitable —declaró contrariado—. Me gustaría decirte que va a mejorar, que es sólo un bache, pero lo cierto es que no es así. Es mejor que nos hagamos a la idea.
—Necesito hablar con ella, pero no quiero disgustarla y hacer que empeore aún más —declaré angustiada—. Ignacio, desconozco cuánto tiempo más podré seguir con esta farsa.
Todo el mundo me nota rara, en especial Quinn, que no deja de preguntarme qué me pasa. Está empezando a afectar a nuestra relación y noto cómo su desconfianza crece día a día.
—Siento mucho escuchar eso. No quiero que tengas problemas por mi culpa — dijo apenado.
—No lo sientas, no es por ti —le aseguré—. El hecho de que tú seas su padre no es lo que más me cuesta ocultar; eso no es tan horrible. Lo que me es imposible disimular es mi tristeza porque Ángela esté tan enferma. Me siento como una auténtica canalla por ocultárselo a Quinn. Creo que tiene derecho a saberlo. No es justo que ella se lo oculte.
—Ella sólo quiere protegerla —la defendió.
—Así no la protege, lo único que va a conseguir es que el impacto sea aún más fuerte. No sé si Quinn podrá encajar el golpe tan de sopetón. Opino que es mejor que se vaya haciendo a la idea y pueda estar a su lado durante el escaso tiempo que le queda.
—Si es eso lo que crees, y encuentras injusta la situación en la que te he puesto al contártelo, debes hablar con ella —me aconsejó—. Pero recuerda que ella no sabe que te lo he dicho, así que primero deberás decirle que estás al tanto de todo.
— ¿Se enfadará contigo?
—Me da igual si no le gusta que te lo haya contado. Tiene que entender que sus decisiones no siempre son correctas y ya sabe que yo no estoy de acuerdo con su empeño en ocultárselos. Al igual que tú, creo que ella debe saberlo. Pero también pienso que Ángela debe darte su consentimiento, sino la estaríamos traicionando.
—Hablaré con ella. Prometo no decirle nada a Quinn hasta que ella entre en razón. Iré a visitarla en cuanto pueda.
—Me parece bien —asintió—. Tienes derecho a exponerle tu opinión. Es muy tozuda, pero debe entender que esto te pone a ti en una situación muy delicada.
—Sí, mucho más de lo que esperaba —admití, poniendo los ojos en blanco—. Quinn sabe que le oculto algo y no entiende por qué mi actitud es tan introvertida. Nos costó mucho llegar a confiar la una en la otra, sobre todo a mí. Y ahora que ya habíamos conseguido pasar por fin esa gruesa barrera, algo nos vuelve a separar, enrareciendo el ambiente. No quiero que se me vaya de las manos y termine afectando a nuestra relación.
—Espero que no llegue la sangre al río.
—Yo también lo espero —suspiré—. Pero ella sabe que le oculto algo y está empezando a sospechar. Una brecha se está abriendo entre nosotras, muy lentamente, pero sin freno. La mentira es lo más peligroso que existe; es como una mecha que espera a que salte una chispa y lo vuele todo por los aires. Y estoy empezando a asustarme porque puedo sentir el calor de la llama aproximándose.
