Regulus sonreía levemente y asentía mientras aquellos mortífagos contaban sus últimas batallitas, presumían de sus supuestas hazañas y competían por ver quién había cumplido más órdenes del Lord y acabado con más traidores y sangres sucia ante la mirada envidiosa de los miembros del grupo y la anhelante de los aún aspirantes que se habían reunido en la Mansión Malfoy para celebrar Fin de Año.

- Se puso a llorar como un crío pequeño mientras me suplicaba que le perdonara la vida. – Decía Rabastan Lestrange en ese momento, con su quinto vaso de whisky de fuego en las manos y una media sonrisa diabólica dibujada en los labios. – Jugué un rato con él, le di esperanzas, pero finalmente le lancé un Avada. Si hubierais visto la expresión de sus ojos, el miedo y la traición que se dibujó en ellos cuando se dio cuenta de que finalmente iba a morir… Fue absolutamente delicioso.

- Eso no es nada. – Intervino Goyle. – Nosotros estuvimos en una buena cacería hace algunos días, ¿verdad, Lucius?

El rubio sonrió levemente, pero no dijo nada. Narcissa estaba demasiado cerca y no quería que se enterara de lo que había hecho.

- ¿Ah, sí? – Rodolphus enarcó una ceja y cambió el gesto al darse cuenta de lo que le pasaba al heredero de los Malfoy. Pensaba divertirse un buen rato. – ¿Por qué no nos cuentas exactamente qué pasó, cuñado?

- Eso, Lucius. – Lo animó ahora Crabbe, sin percatarse de la tensión que se había formado entre los dos hombres.

- Bueno, es que no me gusta presumir. – Contestó, fingiendo indiferencia, pero agarrando su copa con fuerza.

- Todos estamos presumiendo. – Insistió el mayor de los Lestrange. – Yo, sin ir más lejos, el otro día acabé con dos traidores sin pestañear siquiera, ¡y antes del desayuno! Así que, vamos, cuenta.

- El Señor Tenebroso nos indicó la localización de un par de magos y una bruja supuestamente afines a la Orden del Fénix. Ya sabéis que me aprecia profundamente y que procura encargarme misiones importantes para que pueda demostrarle mi fidelidad. – Comenzó a explicar finalmente, dibujando en su rostro una mueca de superioridad. – Llegamos hasta allí, pero ellos nos esperaban así que huyeron por lo que comenzamos a perseguirlos. No tardamos en acorralarlos y, después de torturarlos un poco, descubrimos que escondían a dos sangres sucia en su casa, dos chicas que acababan de terminar Hogwarts así que volvimos para encargarnos de ellas que no nos esperaban. Jamás creyeron que lograríamos enterarse de su paradero, confiaban en esos tres, creían que ni con miles de imperius y cruciatus lograríamos sonsacarles su paradero, pero se equivocaron.

- Menudas eran. – Crabbe lanzó una carcajada seca que a muchos les recordó a un rebuzno. – Estaban muy buenas las dos niñitas, nada mal para haber sido Hufflepuffs.

- Que vosotros yazcáis con impuras no le interesa a nadie. – Los cortó el rubio rápidamente. – Yo me fui después de lanzarles un par de cruciatus y prefiero no saber qué hicisteis con ellas después.

- Fueron nuestro premio, además, así todos disfrutamos antes de que las matáramos porque, por mucho que esas sangre sucia se resistieran, estoy seguro de que disfrutaron de todo lo que alguien de nuestra categoría puede ofrecer.

Regulus apretó los labios y tuvo que morderse la lengua para no contestar mientras ellos seguían haciendo comentarios impúdicos sobre lo que habían hecho con algunas impuras antes de matarlas. Los odiaba. No eran más que un puñado de sádicos perdedores que tenían que imponerse usando la fuerza y la violencia. Eran escoria, ¿por qué tenía que fingir que comulgaba con todo aquello? Él odiaba a los sangre sucia, pero jamás podría ir por ahí presumiendo de a cuántos había matado o de lo que había hecho con pobre chicas inocentes, nunca podría reírse del sufrimiento ajeno y alegrarse de provocar el máximo posible. No sabía cómo reaccionaría cuando lo mandaran a alguna misión. Nada más volver de Hogwarts, Bellatrix, Rodolphus y Lucius lo habían puesto al día de la situación y le habían explicado cómo iban las misiones. Su prima había sonreído ampliamente al decir que el Señor Tenebroso estaba deseando volver a verlo para asignarle un grupo y comprobar su fidelidad. No sabía exactamente a qué se había referido, pero le daba bastante miedo averiguarlo. Por suerte aún no había visto aquel hombre y esperaba no cruzarse con él hasta el verano. Quizás para entonces ya se hubiera aclarado un poco. Desvió la vista del grupo y sus ojos se pararon en Narcissa que estaba pálida y, aunque intentaba seguir la conversación con un grupito de chicas, se veía distraída y preocupada. Probablemente había oído lo que su marido acababa de contar. Sin excusarse, ni decir ni una palabra – era un Black, los demás tendrían que estar pidiéndole permiso a él y no al revés – se dirigió hacia ella. Apoyó una mano en su hombro, sobresaltándola, y le dedicó una sonrisa amistosa antes de volverse hacia el resto de las presentes, que de repente parecían muy animadas.

- Señoritas, ¿me permiten que les robe a mi prima unos instantes? – Preguntó con amabilidad.

- Oh, pero Regulus, puedes quedarte aquí un poco con nosotras. – Protestó una. – Apenas hemos charlado.

- ¡Nos encantaría conocerte mejor! – Dijo otra, sonriendo de forma coqueta. – ¿No te apetece?

- Quizás más tarde, ahora debo tratar unos asuntos familiares privados con Narcissa.

- En seguida regreso. – Se excusó ella, agarrándose del brazo de su primo. – Vamos, Regulus, podemos charlar en privado en el jardín.

Los dos salieron hacia allí en silencio y, solo cuando estuvieron seguros de que nadie les había seguido y estaban completamente solos, se atrevieron a hablar de nuevo.

- Cissy, ¿te encuentras bien?

- Supongo. – Se encogió de hombros y suspiró. – No soy estúpida, sé lo que hace Lucius cuando sale de casa, pero aún así…

- Son unos cabrones.

- No digas eso, mucho menos aquí. – Lo reprendió la rubia levemente. – Cualquiera podría escucharte, Reg.

- Sí, tienes razón. – El pelinegro asintió.

- Es duro. – Murmuró. La chica se dio la vuelta y avanzó hasta un banquito de piedra. Se sentó y se abrazó a sí misma. – Sé que Lucius no le ha hecho "eso" a ninguna impura. Bueno, lo sé y lo espero porque, como lo haya hecho, te juro que no volverá a tocarme jamás. Ni a mí, ni a nadie, pienso mutilarlo.

- Auch. – Regulus frunció el ceño y se llevó las manos a su entrepierna sin poder evitarlo. – Eso no debe ser muy agradable.

- Tampoco lo que le hacen ellos a ellas. – Se mordió el labio y bajó el tono de voz. – Odio a los impuros, te juro que los detesto y que creo que no deberían ocupar ningún lugar en nuestra sociedad, pero se comportan como salvajes.

- Somos mortífagos, Cissy. – Se obligó a incluirse en ello y sintió una fuerte punzada en el estómago sin poder evitarlo. – Es lo que hacemos.

- Supongo que llegará el momento en el que tú también salgas de caza, como ellos dicen. Solo espero que no te comportes como un bastardo.

- No lo haré. – Le prometió. – Jamás podría hacerlo. Todos tenemos nuestros límites.

- Lo sé, Reg, y por eso sé que serás un buen mortífago y defenderás la pureza de sangre y honrarás el nombre de los Black sin comportarte como un gañán insensible.

- El nombre de los Black está a salvo conmigo. – Contestó con decisión. Había dicho aquello tantas veces ya que apenas le costaba.

- Aunque tendrás que perpetuarlo. – Enarcó una ceja y le dedicó una sonrisa pícara. – A las chicas de ahí dentro parece que les interesas aunque algunas son bastante más mayores que tú.

- Les interesa la fortuna y el apellido, no te engañes. – Puso los ojos en blanco. – Si Sirius siguiera siendo el heredero, yo seguiría siendo un cero a la izquierda para ellas.

- No es por desanimarte pero, sí, probablemente. – Negó levemente con la cabeza. – ¿Los tíos y tú lo habéis hablado ya?

- ¿Mi futuro matrimonio? – Regulus lanzó una pequeña carcajada. Si su prima supiera… - Hace unos días mi padre me pidió que fuera a su despacho y me pasó un listado con todas las sangre pura de aproximadamente mi edad y que no estaban ya comprometidas. Me sorprende que haya algunas que lo estén desde los 5 años o incluso antes.

- Bella tenía unos 10 años cuando los Lestrange y mis padres firmaron el contrato. – Se encogió de hombros. – Hay gente que lo tiene muy claro desde el principio y prefiere no arriesgarse a quedarse sin el matrimonio que ellos consideran más ventajoso.

- Eso parece. – El chico suspiró. – El caso es que le dije que prefería esperar hasta salir de Hogwarts. Tengo solo 15 años, me parece un poco pronto para decidir con quién compartiré mi vida y, mucho más, mirando una simple lista de nombres y apellidos.

- ¿Quiénes son las candidatas más favorables? Estoy segura de que tus padres tienen sus preferidas.

- Mi madre quiere que sea, o bien tu prima, la hermana de Evan que es de mi edad pero estudia en Beauxbattons, no recuerdo ahora mismo su nombre…

- Adelaide.

- Eso, Adelaide Rosier o Maud Avery, pero esa chica es muy pequeña en mi opinión, tiene solo 12 años. – Siguió diciendo. – Y mi padre me ha dicho que considera que Beatrice Parkison es perfecta para mí.

- ¿Y tú a quién prefieres?

- ¿Ahora mismo? – Tuvo que aguantar la risa. Si su prima supiera que él cambiaría a todas esas damas de sangre pura por la hija de dos sangre sucia… Pero es que ninguna de ellas le llegaba a la suela del zapato a Dorcas. – A ninguna pero, en serio, ¿por qué estás tan pesada con este tema? El día que llegué de Hogwarts pasó lo mismo.

- No sé, supongo que quiero asegurarme de que escoges bien ahora que he comprobado que no todos los matrimonios son como el de Bellatrix.

- Me ofende que me compares con Rodolphus.

- Te estaba comparando con ella más bien.

- Me ofende que me compares con Bellatrix. – Respondió, fingiendo una mueca molesta que hizo que la rubia estallara en carcajadas.

- Sí, puede que tengas razón. Bella es muy… impetuosa, por así decirlo.

- Una buena forma de decir que cada día que pasa tememos más por su salud mental.

- No digas eso, mi hermana no está loca, es solo que está atravesando un momento complicado y se está refugiando en lo de ser mortífago. – La defendió Narcissa.

- Está bien, Cissy, lo que tú digas. – Regulus le dio la razón y sonrió. – ¿Volvemos dentro antes de que se percaten de nuestra ausencia?

- Sí, vamos. Estoy empezando a quedarme helada.

Narcissa se levantó y volvió a agarrar el brazo de su primo antes de dirigirse al interior para seguir con aquella fiesta.


- Siento que tuvieras que oír eso.

Aquellas fueron las primeras palabras que Lucius pronunció en cuanto Narcissa y él se quedaron solos. Los demás se habían marchado ya a casa y sus padres se habían retirado a sus aposentos, permitiéndoles así ir a los suyos. La rubia, que todavía estaba mirando la puerta que acababa de cerrar, suspiró y se giró hacia él.

- Es tu trabajo, ¿no?

- No me refiero a lo de las muertes, creo que eso ya lo tienes asumido. – Murmuró, bajando la mirada.

- ¿Tú lo has hecho?

- ¿Qué? – La miró extrañado y apretó los labios al ver su mirada decidida y sus puños cerrados.

- ¿Has forzado a alguna impura en alguna de tus misiones?

- Yo siempre te he sido fiel, no pienso engañarte jamás, Cissy. – Respondió.

- ¿Y antes de casarnos? Estábamos saliendo, pero ambos sabemos que hasta que no pasé por tu cama no me debías fidelidad alguna.

- No digas esas cosas.

- Contesta a mi pregunta, Lucius. – Sintió sus ojos aguarse, pero le sostuvo la mirada.

- Jamás podría hacerle eso a una chica, creí que me conocías mejor, Narcissa. – Dijo finalmente. – Ni he forzado, ni forzaré a nadie jamás y te debía fidelidad desde el primer beso que nos dimos, eso tenlo siempre claro.

- Vale…

- No quiero empezar el año peleados.

- No estamos peleados, es solo que me han impactado esos comentarios. – Negó con la cabeza. – Son unos salvajes.

- No juntan más de media neurona entre los dos, ¿qué esperabas? – Puso los ojos en blanco. Eran sus amigos, pero aquello era verdad. – Y el resto son un puñado de sádicos, apenas unos pocos hacemos las cosas únicamente por la causa y no para enriquecernos o ejercer nuestro poder sobre los demás. Solo daño a quien se lo merece y en su justa medida.

- De acuerdo.

Narcissa asintió y se dirigió hacia el vestidor para cambiarse, dando aquella conversación por finalizada. Lucius la siguió y comenzó a besar su cuello tras apoyar sus manos en sus caderas, pero ella lo apartó y lo fulminó con la mirada.

- No me apetece.

- Venga… - Se acercó otra vez a ella e intentó besar su hombro, pero su mirada enfadada lo disuadió. – Está bien. Creí que era una buena forma de empezar el año, pero no pasa nada. Supongo que la conversación te ha dejado mal cuerpo.

- Un poco.

- ¿Puedo hacer algo por aliviarlo?

- Quizás pedirle a un elfo un poco de chocolate caliente y unas galletas. – Murmuró, dedicándole una mirada tierna y una pequeña sonrisa.

- ¿Eso no suena a antojo? – Preguntó Lucius, enarcando una ceja.

- No lo es. – La rubia lanzó una pequeña carcajada. – Al menos lo dudo mucho.

- Bueno, no pasa nada. Tenemos tiempo y los intentos son divertidos.

- Me alegra que te lo tomes mejor que tu madre. La pobre se lleva un disgusto cada vez que los elfos le dicen que estoy en esos días.

- ¿Los elfos avisan a mi madre de eso?

- Y a la mía. – Confesó. – Quieren estar al tanto de todo eso y que les demos nietos, ya sabes.

- Menudas exageradas. – Cogió su mano y se la besó. – Tú ponte cómoda, avisaré a un elfo y en seguida te subirán tu chocolate con galletas.

- Genial. – Ella se puso de puntillas y le dio un pequeño beso. – Te quiero y confío en ti, ¿vale?

- Gracias. – Él le devolvió el beso y sonrió. – Yo también te quiero. Te espero fuera.

- Vale, en seguida salgo.

El rubio se fue y su esposa suspiró. Sabía que Lucius, aunque se mostraba como un ser frío y arrogante cuando estaba con el resto de mortífagos, jamás se comportaría de esa forma tan vulgar ni la dejaría en una situación comprometida a ella. Se llevó una mano al vientre sin poder evitarlo. Quería darle un hijo como la que más, pero sabía que necesitaban más tiempo. Había gente que necesitaba muchos meses para conseguirlo y ella estaba segura de que tarde o temprano lo lograrían. Se deshizo de su elegante vestido de fiesta y se puso un camisón de seda antes de salir al dormitorio, donde ya tenía el chocolate y las galletas. Se sentó en la cama y Lucius le dio un beso en la frente antes de pasarle la bandeja.

- Qué aproveche.

- Gracias. – Sonrió y empezó a devorar aquello, aunque se detuvo en un momento determinado y lo miró. – ¿No quieres?

- No gracias, estoy lleno. – Lucius sonrió levemente. – Feliz Año Nuevo, Cissy. Por un año lleno de amor y felicidad.

- Feliz Año Nuevo, cariño.

Lo besó y, de repente, la conversación que había escuchado aquella noche dejó de importarle. Profundizó el beso y, sin pensar, se subió sobre él, tirando la bandeja en la que todavía quedaban un par de galletas y algo de chocolate. Ambos empezaron a reír, pero no dejaron de besarse. Definitivamente, aquella era la mejor forma de empezar el año.