Capítulo 28 – La batalla

Era media mañana, tal como había predicho Alice, cuando los Volturi aparecieron. Y eran mucho. Muchos más de los que esperábamos. Edward me miró nervioso y podía sentir como Jasper se inquietaba, probablemente pensando que mis poderes no abarcarían tantas personas. Todos llevaban unas túnicas pesadas, de terciopelo. Los tres del medio, supuse que serían Aro, Cayo y Marcus, puesto que sus túnicas eran de un rojo sangre. A su alrededor, una treintena de personas los rodeaba, con las túnicas de color borgoña, como un buen vino tinto. El resto traían túnicas negras como la noche.

Detuvieron su caminata a medio kilómetro de nosotros. Aunque, por supuesto, los podíamos ver con absoluta precisión. Descubrí que los óleos de la Casa Cullen eran sumamente fieles, puesto que representaban a los reyes con absoluta certeza. Aro, era un hombre de pelo largo y ojos severos. Probablemente, andaría en la treintena cuando lo convirtieron. Cayo, era un tanto mayor, de pelo gris y mirada sádica. Él no me gustaba para nada. Marcus, por otro lado, tenía una mirada indiferente, casi como si estuviese aburrido. Así como yo los analice, sabía que ellos me estaban analizando a mí. Y tal como le había pasado a los rumanos, me subestimaban. Lo que en un principio me había molestado, ahora me supo a gloria puesto que si me subestimaban no tenían conocimiento de mi poderío y los podría agarrar desprevenidos. El factor sorpresa es fundamental, había dicho Jasper.

-No dejes que Aro te toque la mano – escuché en la mente de Edward – de ese modo, él podrá saber a ciencia cierta tus verdaderas capacidades. No queremos eso.

-Marcus está evaluando nuestras relaciones y Chelsea está intentando romper las ataduras que nos ligan, sin embargo no pueden sentir absolutamente nada. ¿Es cosa tuya, Bella? – pregunto Edward, ahora en voz alta. Le sonreía triunfal y contesté:

-Voy a acabar con todo eso – el escudo físico era algo que había estado practicando en el más absoluto silencio. Sabía, muy por arriba, las capacidades de Aro, y quería esconder este detalle de él, por lo que no se lo conté a nadie. Ni siquiera a Jacob. Los lobos, aún no daban muestra de aparecer. Lo cual estaba bien, dado que iba según el plan. Jasper, quien era un magnífico estratega, había ordenado que aparecieran en el momento más inoportuno, cuando menos se los esperaban, para poder sorprenderlos y aprovechar el desconcierto para matarlos. Sí, después de varias horas de charlas y reflexión tanto conmigo misma como con Edward, llegué a la conclusión de que era necesario matar. A pesar de mi repulsa inicial, sabía que tenía que hacerlo. Los Volturi no saldrían de este campo.

- ¿Tú eres la portadora de la héritière? – preguntó Aro, con el mismo tono jocoso en que lo habían hecho los rumanos.

-¿No es un poco tonto de tu parte preguntar algo que ya sabes? – contesté con una sonrisa satisfecha. Ciertamente a él no le había gustado mi respuesta.

-Veo que tener ciertos poderes, te han vuelto arrogante – comentó con una mueca en su rostro – eso puede ser perjudicial. Muy perjudicial.

-Saber qué capacidad tengo no es arrogancia – contesté desafiándolo – arrogancia la tuya, creer que podrás vencerme con todo ese ejército.

-Jane te está atacando, Bella – dijo Edward en susurros, pero supe que Jane lo había escuchado por la mirada diabólica que traía. Sin embargo, su ataque no llegó a puerto. Era mi turno de sonreír.

-Estás equivocada, querida – se mofó Cayo con una sonrisa. Su voz era musical, lo cual era algo gracioso puesto que no combinaba con su fiero aspecto.

- ¿Ah, sí?

-Muy equivocada – repitió Aro. Y por un momento creí que gustaban de repetir las frases, como si de esa forma intimidarán más a su enemigo. Conmigo no funcionaba – la mayoría son simples espectadores. Vienen a presenciar tu muerte.

-Él realmente te tiene mucho odio, Bella – añadió Jasper serio.

-No hay que ser un genio para saber eso – comenté por lo bajo - ¿tan seguro estás de tu victoria? – le pregunté.

-Tan seguro como que le prendimos fuego el castillo a los rumanos – aseveró desafiante. Él creía que podía ganar, pobre iluso. Si había podido enfrentar a Janet, lo podía todo.

-Maldito infeliz – escupió Vladimir con desprecio.

-Stefan, Vladimir, no los había visto – ironizó satisfecho - ¿Qué los trae por acá?

-Tu destrucción – contestó con seguridad Stefan.

-Hemos visto qué tan poderosa es y no podrás con ella – terminó Vladimir.

-Permíteme dudarlo – se burló Cayo, sonriente. Me volvían a subestimar, y sólo podía sonreír internamente. Las cosas venían bastante bien.

-Por lo que veo, tú sí tienes un pequeño ejército – comentó Aro.

-Aro tiene razón – aportó Edward – los de negro son simples testigos. Si hay una lucha, ninguno intervendrá. Los de la capa borgoña sí, son su guardia.

-No lo puedo negar, sí es un ejército. Pero yo no los recluté, vinieron solitos. No les caes precisamente bien a todos – era mi turno de burlarme. Él me miraba serio y tenía ganas de matarme, lo podía ver en sus ojos. Y podía sentir cómo comenzaba a incomodarse Jasper, por lo que irradié un poco de calma hacia él. Me sonrió de lado.

-¿Te crees muy ruda, verdad? – preguntó una voz desconocida. Marcus había hablado. Y su voz, al contrario de los otros dos, me helaba la sangre.

-Lo soy y estoy bastante segura de ello – contesté severa.

-¿De modo que sí estas convencida que acabarás con nosotros? – volvió a preguntar.

-Tengo que estarlo, yo llevo el tatuaje – contesté, un tanto confusa por su cuestionamiento.

-¿Y eres digna de él?

-Quiero creer que lo soy.

-¿Estás preparada para matar? – y esa era la pregunta que continuamente me venía haciendo. Afortunadamente, había llegado muy tarde, puesto que ya tenía una respuesta.

-Estoy preparada para matar a aquel que quiera matarme primero. Y por lo que sé, son ustedes los que vinieron – agregué mirándolo fijo. No bajaría la mirada. No me dejaría pisotear. No nuevamente. Y eso lo tenía claro.

-Muy bien – sentenció con seriedad- Aro – pasó la posta.

-Katerina – habló Aro con fiereza. Y entonces pude sentir una punción en mi escudo. Una punción que ciertamente no esperaba. El escudo comenzaba a debilitarse. Jasper tenía razón. Había alguien que podía conmigo. Traté de recomponerlo.

-¿Quién es ella? – pregunté. No iba dirigida a nadie en especial, pero Edward contestó.

-Su nombre es Katerina. Es una adquisición de último momento. Aro la encontró mientras venía hacia acá. Su don es traspasar todo tipo de barreras – y entonces agradecí que ese fuese su único don. Resultaba un contratiempo, lo admitía, pero podríamos con esto. Debíamos poder.

-No podré aguantar esto mucho más – anuncié temerosa – el problema es que cuando lo suelte, tanto Jane como Alec estarán encima nuestro. Debemos encontrar una forma de terminar con ellos – le otorgué unos minutos a Jasper para que pensara la próxima estrategia. Se me hacía muy dificultoso de aguantar el escudo, en cualquier momento lo traspasaría. Podía sentir cómo se agrietaba.

-Léeme – dijo Jasper. Y puse mi atención en su mente. En cuanto traspase el escudo y se rompa, tal como tú has dicho, Jane y Alec nos atacarán. Tú serás el objetivo principal. Y sin ti no podremos seguir. Por lo que tenemos que deshacernos de ellos en primer lugar. Lo que haremos es lo siguiente, Bella. Tras la caída de tu escudo, abrirás una brecha en la tierra lo suficientemente grande como para que no puedan saltar y iniciarás varias fogatas de su lado. Se distraerán con semejante espectáculo. Allí es cuando entra Jacob y la manada. Ellos entenderán y se encargarán de ellos. Luego improvisaremos. ¿Estás de acuerdo?

Asentí.

El escudo se debilitaba cada vez más, por lo que lo inhabilité. Katerina me miró fijo, desafiándome. Aro, sin embargo, estaba sorprendido por la rapidez con la que me había bajado de la contienda.

-Alec, Jane – susurró. Pero aún así lo pude escuchar.

-¡Jacob! – grité a voz en vivo. Y entonces me concentré en la tierra cubierta de nieve e hice una bran brecha en ella. No sabía si sería lo suficientemente grande, pero estaba segura que los contendría. Podía sentir cómo se deslizaban hacia mí dos sustancias. Una parecía humo negro de lo más espeso, probablemente cortesía de Alec. Y la otra, era como una neblina que venía hacia mí con mayor rapidez que la otra. Casi estaba por llegar a la brecha. Me concentré en iniciar pequeñas fogatas. Pude contabilizar alrededor de ochenta.

Y vi con claridad que las sustancias desaparecieron. Habían quedado sorprendidos, tal como Jasper había previsto. Aro me miraba desconcertado. Yo simplemente sonreí. Aro fue lo suficientemente inteligente como para entender que había sido producto de mi persona.

-Avancen – vociferó. Se notaba el enojo en su voz. Aquellos que tenían la capa borgoña corrieron como si los persiguiera el mismísimo diablo. Era mi turno de jugar. Podía ver cómo se acercaban peligrosamente. Algunos, incluso, habían logrado saltar con éxito. Afortunadamente, entre nosotros, los rumanos eran bastante letales como para acabar con ellos. Los Cullen, sin embargo, seguían intactos a mí alrededor. Sabía que pretendían protegerme.

Puse toda mi atención en Katerina, casi podía verla en cámara lenta. El calor fluyó en mi cuerpo, y cuando llegó a mi cabeza, igual que otras veces, salió dirigido hacia ella. Al instante comenzó a gritar. De una forma aguda que me erizó los vellos de la nuca. Así era la forma que gritaba una persona a la cual se le estaba hirviendo el cerebro. Jane y Alec reanudaron su ataque. Y fue entonces el momento en que decidieron hacer aparición los lobos. Algunos vampiros, sobretodos los ataviados con las capas negras, aterrorizados por la presencia de los lobos, huyeron a toda velocidad. Los de las capas borgoña, emitieron un grito sordo. Y tras el primer impacto, comenzaron a luchar. Afortunadamente, los lobos eran suficientemente hábiles como para acabar con ellos. Pude observar con claridad como Jacob y Sam se dirigían a Alec y Jane, respectivamente. Era obvio, que estos últimos pretendían atacarlos con su poder. Por lo que levanté una barrera entre ellos. Al estar privados de su poder, Alec y Jane eran simple vampiros. Vampiros sin entrenamiento cuerpo a cuerpo, al juzgar por la rapidez con la que los lobos acabaron con ellos. Katerina, permanecía en mi cerebro cubierta de un aura celeste, consecuencia del uso de mi poder. Y entonces, Katerina ardió. Y esa fue mi primer asesinato.

La guardia paró en seco. Y se replegaron. Aro estaba asustado, tanto por el avance de los lobos, que habían cruzado la brecha y estaban de nuestro lado, como por el hecho de que ya no tenía ofensiva. Era la suficientemente inteligente como para saber que en una lucha cuerpo a cuerpo, y con mis poderes, perdería. Pero fue lo suficientemente orgulloso como para seguir adelante. Y aquella fue su sentencia de muerte.

-Veo que sí eres poderosa – comentó del otro lado de la brecha. Tanto Jasper como yo, podíamos palpar su miedo. Le temía a mis poderes.

-He tratado de decírtelo. No es mi culpa si me has subestimado – contesté con una sonrisa de burla – te has quedado sin ofensiva. Tus mejores cartas han sido ya asesinadas. ¿Pretender seguir con esta farsa? Si es así, no saldrás vivo de este campo. Recapacita, capitulemos. No tiene por qué morir nadie más.

-¿Qué te hace pensar que cederé ante los deseos de una lunática? – escupió con asco. Y decidí darle una lección. Tal como le había sucedido a Katerina, Aro comenzó a gritar agudamente.

-¿Qué le estás haciendo? – preguntó desesperado Cayo.

-Le hiervo el cerebro – contesté. Sabía que había sonado sádica y perversa.

-¡Tienes que parar! – suplicó Cayo. Aro estaba tirado en la nieve. Su capa estaba manchada de blanco. Se revolvía inquieto. Tenía sus manos en la cabeza, como si de esa forma el dolor disminuyese.

-¿Acaso Aro habría parado? – pregunté irónica.

-Por supuesto que sí – contestó Marcus – él tiene piedad – pero yo podía asegurar que no. El frío volvió a mi cuerpo y Aro comenzó a incorporarse. Y casi podía sentir en la punta de mi lengua, el odio visceral que sentía por mí. Y sonreí. Sabía que todo acabaría de un momento a otro.

-¡Maten a esa perra! – ordenó furioso. Obviamente, él no tenía piedad. La guardia volvió a avanzar con rapidez. Ya habían saltado la brecha cuando nos pusimos en posición de ataque. Sentía, de alguna forma, que debía darle a Emmet alguna diversión. La lucha sería un buen regalo de cumpleaños. El choque era inminente. Un vampiro venía implacable en mi dirección, seguro de poder conmigo. Su nombre era Félix. Emmet salió en mi defensa, y ambos vampiros comenzaron una lucha campal. Los Cullen cerraron formación a mí alrededor. Los lobos hacían su trabajo de manera implacable e impecable. No dejaban vampiro con cabeza. Ni brazos, para ser precisos. Fui creando pequeñas fogatas para incinerar sus restos. Pero entonces pude sentir pánico en Edward.

-Oh no – exclamó sorprendido.

-¿Qué paso, Edward? - pregunté asustada. Nunca había sentido tal sensación en mi novio. Estaba aterrado. Pero fue Alice la que contestó.

-Al igual que nosotros, él tenía un as bajo la manga. En el bosque, hay varios vampiros vestidos de borgoña esperando para atacar.

-Para atacar ahora – puntualizó Edward.

-¿Qué haremos? – pregunté. Y Jasper contestó con esa elegancia tan característica suya:

-Luchar.

Y junto con los Cullen avanzamos hacia la irrefrenable batalla. Nos dispersamos, pero de alguna forma supe que había alguien cuidándome las espaldas. Una vampira rubia, hermosa, pero con una mirada fiera se dirigió hacia mí son seguridad. Y venía decidida. Comenzamos a luchar con ferocidad. Ella era muy vehemente. Pero yo había aprendido con el Mayor más joven del ejército confederado. Tras varios intentos, le arranqué los brazos, y un lobo que pasaba cerca la cercenó la cabeza. Inicié una fogata al instante. Pero entonces apareció Demetri con cara de pocos amigos.

-Nos volvemos a encontrar – mencioné en forma de saludo.

-Ella era mi novia – dijo conteniendo su furia, ignorando completamente mi primera frase. No había que estar doctorado para comprender que no le había gustado que la matara. Y comprendí que iba a ser más complicado de tratar que su novia. De un momento a otro lo tenía sujetando mi cabeza con fuerza, si lo dejaba sería capaz de arrancármela. Y ambos lo sabíamos. Por lo que me concentré en el calor de mi cuerpo e irradié hacia mi cabeza una fuerte corriente eléctrica que le arrancó las manos a Demetri con un sonido sordo. Cayeron a la nieve con pesadez. Y supe que sin las manos, las cosas serían más fáciles. Aún así él se vía decidido. Férreamente decidido. Avanzaba hacia mí como un depredador. Y pude sentir un calor en mi cuerpo, pero al instante comprendí que no se trataba de un calor de origen en mí, sino en la fogata en la que se cocinaba Heidi. Si me acercaba unos cuantos metros más, terminaría con la misma suerte. Y cuando pensé que me iba a atacar, una fugaz mancha rubia se lo llevó consigo, lo tumbó y con facilidad le quitó la cabeza. Rosalie me sonrió triunfal y yo no pude hacer otra cosa que devolverle la sonrisa.

Justo en ese momento, se sintió un aullido de lobo. Un aullido de dolor y todo en lo que pude pensar fue que esperaba que no hubiese sido Jacob. Y entonces miré a mi alrededor. Íbamos ganando. Había muchos más Volturi incinerándose que en pie. Y antes de darme cuenta, solo quedaban tres vampiros intactos. Del otro lado de la brecha, ataviados en sus capas rojas, Aro, Cayo y Marcus me devolvían la mirada.

-¿Te alcanza ver destruida a toda tu guardia para comprender que soy la heredera? – le pregunté tranquila, compasiva, desde el borde de la brecha. Ya no quedaban capas negras a la vista. Los Cullen me flanqueaban, junto a los lobos y al ejército. Pude sentir la satisfacción de los rumanos ante el acorralamiento de sus enemigos.

-Lo puedo ver, pero nunca la aceptaré – concluyó Aro tras unos instantes.

-Tienes que morir y lo sabes. Así lo profetiza la leyenda – contesté con seguridad.

-Antes muerto que ceder el trono a una niña como tú – escupió Cayo furioso. El trío estaba intacto, ni siquiera se les había movido un cabello. Simplemente habían mandando a sus peones a una muerte segura. No tenían remordimientos.

-Defenderemos nuestro honor – concluyó Marcus solemne. Y los tres corrieron en mi dirección, decididos a no dejarse derrotar. Respetaba su actitud, lo admitía, pero era mi destino acabar con ellos y no lo podía rechazar. Recién habían saltado la brecha cuando los últimos Volturi en pie se incineraron frente a mis ojos, cayendo a la profundidad de la tierra. Tras unos segundos, todos pudimos sentir el ruido seco de algo al caer. La era de los Volturi había acabado.