Con este cap se termina el arco de la secta y da comienzo el último de todos, en el que se plantea el final de la situación (y en el que los personajes se terminarán de acercar, tranquilos que os veo venir). La verdad es que tengo ya ganas de finalizar el fic, pues como ya he dicho considero que ha durado bastante y tengo otros fics en el tintero que quiero que vean la luz y que de momento no salen porque este tiene un puesto fijo en el calendario de actualización. Y sin más...
Jeanne debía admitir que la vida no siempre la había tratado bien. Desde pequeña vivió situaciones difíciles como criarse en una familia con pocos recursos, quedarse embarazada relativamente joven (teniendo que abandonar sus estudios superiores para poder cuidar a su hija) ser abandonada por su pareja... pero nada de eso se podía comparar a lo que estaba sintiendo en esos momentos mientras sostenía a duras penas el cuerpo de su hija en brazos, suplicándole que no la dejara.
No entendía por que las cosas seguían yendo tan mal cuando, en teoría, al haberse unido al culto del padre Clark todo debería haber mejorado. Él le había asegurado que a todos aquellos que siguieran las indicaciones del Creador que él transmitía nunca volverían a padecer, de hecho ese había sido el motivo por el que Jeanne se había unido a aquella especie de secta. Quería tener la vida que nunca le habían permitido, tanto para ella como para su hija. Sin embargo, ese hombre que parecía ser la clave para su felicidad ahora estaba muerto por culpa de aquella perra infiel, y también por causa de esa última había atacado a Nina.
—¿Por qué tuviste que hacerlo? —inquirió la mujer, observando con gesto desquiciado el cadáver de la adolescente. Justo en el centro del pecho se extendía una mancha oscura, la sangre que brotaba de la herida que debería haber matado a la infiel, no a ella. Antes del ritual escuchó decir a una de las mujeres que estuvo preparando a las vírgenes que la chica pelirroja parecía tener un demonio dentro cuando la apresaron, pues no dudó en atacar, aunque luego fue calmándose, volviéndose la más mansa de las dos seleccionadas. Tras todo lo que había pasado Jeanne tenía claro que esa endemoniada no se había amansado, simplemente había fingido siguiendo algún plan que habría trazado, probablemente tal y como al final sucedió.
No había corrido hacia el incendio que se había declarado tan oportunamente como el resto de los miembros del culto, de hecho le llamaba la atención que nadie se hubiera parado a pensar en que era demasiada casualidad que justamente cuando iban a fecundar a las vírgenes los edificios estallasen en llamas. Se había quedado, intentando matar a la pelirroja, pero la maldita chica había conseguido escapar ayudada por otro de los infieles que la había sacado de la marea humana que pensaba aplastarla. Pero por mucho que corrieran, Jeanne pensaba llegar antes. Siempre llevaba encima un cuchillo de cocina por si era necesario y en ese momento no podía menos que alegrarse de haber sido tan previsora. Vengaría la muerte del padre Clark asesinando a aquella diablesa pelirroja.
Salió en persecución de aquellos prófugos, cuchillo en alto, poniendo todas sus fuerzas en el empeño. Por mucho que ellos fueran más jóvenes, se encontraban agotados, especialmente la chica, pero ella se sentía en plenitud, impulsada por la rabia que sentía. Cuando los tenía a tiro, alzó el cuchillo, dispuesta a dejarse caer sobre ellos como un ángel vengador, pero en lugar de atravesarles, fue el cuerpo de su hija, surgido de la nada, quien interceptó el ataque.
Le costó asimilar lo que había sucedido, más que nada porque su mente se negaba a aceptarlo. Aquello no podía estar pasando, era simplemente imposible, pues no entendía por que Nina había actuado así. Su hija, entre sus brazos, respiraba más y más entrecortadamente, murmurando algo que no conseguía escuchar. Fuera lo que fuese que Nina quería decir, murió sin poder transmitirlo.
Depositó el cadáver de la joven en el suelo con mucho cuidado; después volvería a por él, pero ahora más que nunca debía matar a aquellos infieles que habían vuelto a traer la desgracia sobre ella.
Y no pensaba detenerse por nada del mundo.
Karim se negaba a moverse, haciendo oídos sordos de las palabras de los demás. Salvo Weasel y Lysandro, los demás miembros del grupo acababan de salir por las puertas de aquellos campos, pareciendo más una procesión de aparecidos por el estado en que se encontraban que los que ella recordaba, pero vivos a fin de cuentas. Kentin, que al parecer volvía a liderarlos, parecía algo preocupado pero determinado al mismo tiempo cuando dijo que debían continuar, que los otros dos seguramente no habrían conseguido escapar.
—Yo creo que están de camino —había dicho Karim con firmeza cuando los demás decidieron continuar avanzando, queriendo dejar a aquel grupo de locos lo más lejos posible.
—Karim, Weasel mató al líder de esos locos —repuso Avna con el tono más calmo que podía tener en esa situación —¿Acaso crees que van a dejarla vivir? Lo más probable es que ya se encuentre muerta —añadió con cierto temblor en la voz. Aunque Weasel nunca había sido santo de su devoción, comenzaba a verla bajo otra perspectiva después de lo sucedido. No todo el mundo decide convertirse en un cebo para dejar escapar a los demás y, aunque dudaba que el gesto de la pelirroja hubiera sido por causas altruistas, debía agradecerle que la hubiese librado de pasar por el trance de la violación. No merecía morir así, pero supuso que ella, probablemente, debía de ser consciente de lo que pasaría —Y si Lysandro decidió ayudarla seguramente corrió el mismo destino —añadió.
Pero Karim negó con la cabeza.
—Yo no me muevo hasta que aparezcan —repuso.
Decidieron esperar unos diez minutos, no más, los necesarios para poder recuperarse de la carrera entre el trigal para luego volver a correr hasta que el sol les obligara a detenerse. Si en ese lapso de tiempo no aparecían, se marcharían aunque tuvieran que ir con Karim a cuestas.
Pero no fue necesario todo eso. Apenas un par de minutos después de que comenzaran a contar el tiempo, el sonido de dos pares de pies les hizo tensarse, esperando algún ataque. Pero cuando por la puerta apareció Lysandro tirando de Weasel no pudieron menos que sentirse tanto aliviados como sorprendidos. Que ellos hubieran conseguido sobrevivir era, cuanto menos, improbable.
—¿Pero qué...? —masculló Castiel, ganándose de paso una mirada algo pagada de si misma por parte de Karim.
—Os lo dije —señaló con cierto orgullo —Os dije que estaban vivos.
A pesar de que hacía mucho que no corría, Jeanne se sentía mejor de lo esperado mientras avanzaba. Si tan sólo pudiera darles alcance de una vez, antes de que cruzasen la puerta... no es que no pudiera salir, de hecho ahora que el padre Clark había muerto dudaba que se castigara a los que osasen abandonar el recinto, pero si por un casual ese par se encontraba con los demás, sería más complicado si en lugar de enfrentarse a dos se enfrentaba a un grupo de ocho, que eran los que capturaron en la tarde.
De todos modos, en el fondo le daba igual morir, sobre todo ahora que su líder y su hija habían fallecido. Lo único que quería era matar a la zorra infiel que había causado tantas desgracias, vengar que ella matase a esas dos personas (ya fuera directa o indirectamente). Luego, ya vería qué pasaría.
Cuchillo en mano, se quedó en el trigal, observando que aquellos dos cruzaban la entrada y unos metros más lejos, junto con los demás que se encontraban allí, se detenían. Jeanne pudo reconocer en la penumbra el brillo de la túnica blanca de la otra virgen; la luz de la luna reflejaba bien en el blanco y convertía a esas dos chicas en unos objetivos muy claros.
Decidió no esperar, no tomar más tiempo del necesario. Se abalanzó hacia el grupo, cuchillo en alto, sus ojos fijos en la pelirroja, pero un grito de alguien alertó a la maldita infiel, haciendo que se lanzase a un lado, esquivándola por los pelos. Pero le dio igual, de esa no se escapaba. La mataría, la iba a matar, y eso nadie se lo iba a impedir.
El tiempo pareció congelarse en su avance mientras que cambiaba de dirección, buscando a la chica. Su ropa brillaba tanto con esa luz que era fácilmente identificable. Un cuchillazo y listo, le cortaría la garganta o simplemente le atravesaría el pecho, a fin de cuentas le daba igual mientras ella muriese. Notaba movimientos a su alrededor, seguramente los demás intentaban atraparla, pero el odio le daba fuerzas, de tal modo que no sentía que consiguieran detenerla. Sólo tenía ojos para el demonio pelirrojo que se retorcía como una anguila, esquivando sus ataques. Que lo hiciera cuanto quisiese, pero antes o después acabaría cayendo.
Desesperada, embistió con el cuchillo con tanta fuerza que el arma se le escapó de entre los dedos, saliendo disparada hacia un lado y cayendo al suelo con un ruido metálico. A Jeanne le pareció una eternidad el tiempo que pasó entre que el objeto tocó el suelo y la otra virgen, la del pelo morado, lo tomó con rapidez para luego, sin dudarlo ni un momento, clavárselo en el costado una y otra vez, una y otra vez...
Su cuerpo colapsó mientras que comenzaba a notar mucho frío y un ejército de manos (¿o eran solo dos?) caer sobre ella como cuchillas de hielo.
Ella sentía deseos de llorar, pero seguía trotando, como el resto del grupo. Después de que Avna y Weasel lograran reducir a aquella mujer con ojos de loca que había intentado matar a esta última. La dejaron en la carretera, sin molestarse en apartar los restos, para luego empezar a correr siguiendo la dirección opuesta a la ciudad. Si bien querían abandonar aquel lugar por ser el más obvio donde, si los buscaban, les encontrarían, decidieron seguirla confiando en que avanzarían más por ella que por los campos, además de que, como bien dijo Kentin, seguramente pensarían que se habrían ocultado por los alrededores antes de pensar en que seguían corriendo.
Avna y Weasel eran las únicas que no habían podido mantener el ritmo. La primera no se encontraba bien desde que lograron escapar y llevaba casi toda la noche siendo cargada por Castiel, que se la había echado a la espalda sin mediar palabra. Weasel resisitó un tiempo, pero cuando finalmente cayó al suelo desmayada de agotamiento fue Lysandro quien hizo lo propio con ella. A nadie le sorprendió que ellas no hubieran podido resistir; los cortes que tenían en sus brazos daban pruebas de que habían pasado por un trance peor que el de los demás.
No sabía el tiempo que llevaban corriendo, de hecho sus piernas comenzaban a dolerle horrores, pero Rafaella no dijo queja alguna, pues si Avna y Weasel no se habían quejado, ella bien podía aguantar. Sin embargo sabía que no le quedaban muchas fuerzas y que pronto necesitarían un respiro; su garganta quemaba por la falta de agua y las piernas comenzaban a padecer ataques de calambres.
Jadeando, se esforzó en continuar, escuchando a su alrededor las respiraciones erráticas de sus compañeros. No habían sido perseguidos, quizás porque cuando terminaron con el fuego ya les habían perdido el rastro, o tal vez porque habían decidido buscar por la zona antes de pensar en que seguían huyendo. Fuera como fuese, correr era lo único que importaba ahora.
Kentin, que volvía a dirigir al grupo, no se encontraba mucho mejor. Por mucho entrenamiento que hubiera recibido en la escuela militar, no dejaba de ser humano y las fuerzas comenzaban a agotársele. Lo que más deseaba era dejarse caer al suelo y dormir y descansar, pero era consciente de que si lo hacía luego no podría seguir. No sabía a qué esperaba, pero le daba la impresión de que sólo deberían dejar de correr cuando algo les hiciera detenerse, algo externo a sus propios límites.
Una luz cegadora apareció de repente ante sus ojos, haciendo que todo el grupo, incluído él, parasen, protegiéndose la visión. Por la carretera, hacia ellos, avanzaban una serie de vehículos militares que fueron reduciendo su avance hasta detenerse ante el grupo. De uno de estos saltó una figura oscura que se abalanzó contra el joven castaño con el mismo impulso que una mole de roca.
—De entre todos los que nos hemos encontrado desde que empezamos a evacuar a los supervivientes eras el último que esperaba ver —murmuró el extraño, abrazando al joven ante la atónita mirada del grupo. Pero Kentin no podía responder, pues no esperaba que esa especie de señal que confiaba en recibir fuera a ser precisamente la aparición de su padre.
Hasta aquí. Qué hace el ejército buscando a gente y a dónde los llevan lo sabremos ya en el próximo cap.
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