Día 17 tras nuevos sentimientos
...
–¿Estás bien?
Antonio se giró hacia quién le preguntaba. Tenía cabello lacio y castaño. El flequillo le cubría parcialmente el ojo izquierdo, el cual tenían un tono avellana, quizás más oscuro. Las luces del local no lo ayudaban precisamente a identificar el maldito nombre de aquel color, pues tampoco estaba de humor como para ello.
El desconocido se sentó a su lado y sonrió algo arrogante, apoyando su mejilla en la palma de su mano.
–¿Qué pasa? ¿Eres mudo?
El mayor rodó los ojos con algo de hastío. ¿Dónde estaba Francis cuando lo necesitaba?
–No lo soy, y muy observador. No estoy de humor– Soltó de forma algo agresiva.
–¿Y eso?– El joven siguió mirando hacia él, sonriente y sin que aquel tono cortante le molestara.
–Disculpa, pero ni sé tu nombre, así que déjame en paz, ¿quieres? No estoy aquí porque quiera.
–Oh, pobrecillo. ¿Te han obligado a venir aquí? ¿A quién han secuestrado para que tengas que estar sentado tomando una copa tan cómodamente? Vamos, vamos. Has de reconocer que estás aquí porque realmente quieres, ¿verdad?
Antonio rodó los ojos de nuevo y volvió a buscar a su amigo, al cual localizó entre un tumulto de mujeres y hombres que bailaban entre sí. Se levantó y fue hacia él con paso decidido, pues iba a decirle claramente que iba a volverse a casa.
–Fran. Oye, Fran.
Palmeó su espalda un par de veces, llamando su atención, y frunció el ceño.
–¿Al fin te animas a bailar, mon amour?
–Me voy a casa.
–¿Cómo? Pourquoi?
–No debí haber venido, Francis. Lo sabes.
–Vamos, vamos…
El francés salió como pudo del grupo de gente, tristemente para él, y se acercó hacia su quejica amigo, pasando, de forma amistosa, un brazo por encima de los hombros del moreno.
–Ami. Creo que deberías relajarte un poco– Le dio un par de golpes suaves en el pecho–. Lo que menos debes hacer es molestarte con ese tema.
Antonio gruñó bajo. Obviamente iba a pensar en aquello. No era como si hubiera sido una chorrada como que un niño del colegio le había lanzado un coche de juguete, que le había pasado.
–Quizás sea cierto, pero lo que no me apetece ahora mismo es estar rodeado de gente alegre restregándose contra otra.
Francis bufó y lo empujó hasta que volvieron a la barra, donde se sentó en el mismo sitio en donde antes había estado el español, quizás planeando flirtear con el joven que estaba a su lado. Pidió algo al camarero y puso morritos.
–Vamos, vamos. Anímate. No hay razones para estar triste.
–Una po…
El rubio puso su mano en los labios de Antonio, cubriendo su boca e impidiéndole hablar.
–No hay razones, oui oui?
–"Non non".
Antonio ojeó su teléfono con cierta esperanza. Quizás ahora tendría un mensaje de Lovino, o algo que le hiciera sentirse mejor, o peor. Llevaba días esperando a un mensaje. Sólo uno. Por supuesto, esa vez tampoco hubo suerte.
–Creo que deberías dejar de molestarte con ese tema y vivir de nuevo. Fíjate en el chico a mi lado. No ha dejado de ponerte ojitos en lo que lleva la noche, y eso que yo estaba alejado.
–Lo sé.
–Intenta algo con él, por el amor de Gilbert– Suspiró en voz alta, susurrando después "Ojalá yo tuviera ese culo".
No mucho después, el francés volvió a dejarlo solo con la excusa de haber visto a una conocida por el tumulto.
El joven se acercó de nuevo al moreno y sonrió levemente, dispuesto a volver a intentar ligar con él.
–Entonces… ¿Vienes a bailar?
Antonio vio hacia su teléfono por última vez esa noche. No había llamadas, no había mensajes. Con algo de duda, asintió y acompañó a aquel completo desconocido a la pista de baile.
Copas, bailes, roces, besos… El resto de la noche no estaba en sus recuerdos.
Ese momento de su pasado se le había aparecido en un sueño. Al principio Antonio pensaba que sólo se trataba de eso, de un sueño, mas éste se repitió varias veces en su mente, tanto durmiendo como despierto. Sin estar seguro completamente de lo que hacía, decidió preguntar al amigo que aparecía en el propio fragmento de memoria.
Y ahí estaba él, esperando de brazos cruzados frente a la casa del francés, unas calles más a la izquierda de la suya. Tuvo que esperar nada menos que tres minutos hasta que su amigo se dignó a aparecer.
El francés abrió la puerta con toda la parsimonia del mundo y le sonrió.
–Bonjour~ ¿Qué es lo que te molesta, querido?
–¿Le he sido alguna vez infiel a Lovino? –Preguntó abruptamente y entrando en la casa.
Una casa elegante, así como el dueño. Tenía un estilo entre clásico y moderno bastante característico. Antonio se sentó en el sofá y cruzó los brazos.
–¿A qué viene esa pregunta?
–Yo sólo quiero saber la verdad, nada más. ¿Lo he sido? Porque hay un recuerdo que no deja de atormentarme acerca de ese tema, y tú estabas en él.
–Eh... Que yo recuerde, tú y yo nunca...
–¡No me refiero a eso!– Suspiró pesadamente– Me gustaría hacer como si nada, pero no deja de repetirse en mi cabeza. Estábamos en un bar, y un desconocido se acercó, y terminé por besarlo, y no sé.
–Entiendo. Tú tienes conciencia todavía. ¿Quieres un café o algo?
El español asintió y esperó a su amigo de nuevo, tratando de tranquilizarse. Había sido bastante agresivo, y realmente ni tenía razones para hacerlo.
–Ten.
Francis le tendió una taza y un sobre de azúcar y se sentó a su lado. El español suspiró y dio un pequeño sorbo.
–Gracias. Siento haberme puesto así. Llevo dos días sin dormir prácticamente.
El francés asintió levemente y juntó sus manos para apuntar con el dedo índice a Antonio.
–¿Era una noche? ¿Recuerdas algo acerca de Lovino?
–Esperaba una llamada.
–Ah, sí. De eso harán... dos años– Negó con la cabeza un par de veces, en parte resignado–. Prácticamente habíais roto. Yo te dije que no valía la pena insistir con él, pero al final volvisteis juntos.
–¿Qué había ocurrido?
–Tenías ideas diferentes acerca del futuro. Tú te veías casado y con hijos y él como estabais hasta ese entonces. El caso fue que Lovino dijera algo realmente desagradable y te pusieras como una fiera. Lo echaste de casa incluso– Bebió de su propia taza, haciendo una pequeña pausa, y cruzó las piernas–. Finalmente, tras esa noche volviste arrastrándote hacia él y floreció el amor de nuevo. Oh, el amor...
–Entonces... ¿No le engañé?
–Depende del grado del que estemos hablando.
Antonio miró hacia su taza medio vacía de café y luego al francés.
–Simplemente dime qué hice.
–Bebisteis, bailasteis, os besasteis... Lo ibas a llevar a casa por lo que me contaste al día siguiente, pero te echaste atrás.
–¿Entonces no le fui infiel a Lovino?
–Bueno. En cierta parte sí, pero... ¿No es mejor el amor libre? No tienes que preocuparte si eso vuelve a pasar– Se rio un poco y apartó un mechón de su cabello para mirar mejor a su amigo–. Créeme. Eso es agua pasada. No tienes por qué preocupa-
El español se levantó y bebió todo el café que quedaba. Vio hacia Francis y asintió.
–No tengo por qué, pero quiero. Gracias por el café. Estaba muy bueno. Ya nos veremos.
Y antes de que el francés abriera la boca de nuevo, Antonio se había ido.
Lovino, como siempre, esperaba en el sofá. Esta vez, no obstante, estaba leyendo.
–Hola– Saludó desde su cómodo asiento, sin siquiera apartar la vista del libro.
–Hey...
Debido al tono desanimado de su compañero, el italiano cerró el libro y le dirigió una mirada llena de curiosidad.
–¿Ha pasado algo?
–¿Recuerdas cuando te dije lo del sueño recurrente y todo eso?
–¿Sí...?
–Es cierto.
–Ah. ¿Y qué es lo que ocurría en el sueño exactamente? Por cierto. He estado pensando y podríamos salir hoy.
–Sí, claro.
Antonio permaneció mirando a su compañero, no seguro de cómo seguir. Y es que... ¿cómo se lo iba a contar?
–¿Te conté qué ocurría en mi sueño recurrente?
–No, ¿por? ¿Era algo guarro?
El español sonrió levemente y negó con la cabeza.
–Lovi. No quiero que te enfades, pero esto se debe contar, por la confianza y todo eso. Tampoco es que fuera muy muy muy grave, pero...
–Antonio, hostias. Que me digas y no te vayas por las ramas.
–Vale... –Tomó aire profundamente dos veces y miró directamente a los ojos dorados del italiano– Puede que parezca una tontería en el fondo, pero bueno. El caso es que... Hace tiempo...
–¡Antonio, tu puta madre!
–¡Casi te fui totalmente infiel una vez que estábamos peleados y ni querías dirigirme la palabra! ¡Y fue con el chiflado que ahora nos acosa!
Lovino pestañeó incrédulo un par de veces y cruzó sus brazos.
–¿Ves que no era tan difícil?– Respondió, guardando la calma.
El español permaneció atónito unos segundos hasta que decidió volver a hablar. Lo que menos se esperaba era que Lovino se lo tomara tan bien, incluso mejor que él mismo.
–¿Estás bien?
–Sí, ¿por?–Arrugó la mueca, como escapándose por un momento su tapadera de tranquilidad.
–No sé. Pensé que esto podría molestarte.
–Bueno. Fue hace tiempo, prácticamente habíamos roto, y no me engañaste del todo. Al menos ahora sé la verdad. Gracias.
–Oh, bueno. De nada...
Lovino sonrió de nuevo y se fue a la cocina. A su vez, el moreno trataba de entender cómo se lo había tomado tan bien. Incluso aquella vez en la cafetería lo había afectado más. Pero en ese momento parecía tan calmado...
El sonido de algo rompiéndose llamó su atención. Antonio se levantó y volvió a escuchar el sonido, esta vez más fuerte incluso. Sonaba a cristal o algo similar. Siguió el sonido y sus sospechas se confirmaron.
Lovino lanzó el tercer plato contra la pared con todavía más fuerza, haciendo que éste estallase al tocar la ventana. Su mirada era una mezcla confusa entre miedo, tristeza y furia. Agarró un vaso y observó a su compañero, para después lanzarle lo que tenía en sus manos bastante cerca.
–¡Lovi! –Se cubrió con las manos y se apartó, tratando de no recibir un cristal en una zona vital– ¿¡Qué estás haciendo!?
El italiano agarró otro plato y lo dejó caer al suelo, y lo repitió, pero de nuevo tratando de rozar a su amigo.
–¿No es obvio? Romper la vajilla.
–¿¡Pero por qué!?
Lovino se paró a pesar un momento. ¿Por qué la estaba rompiendo? Se encogió de hombros y siguió a lo suyo. Agarró la taza de Antonio y se detuvo a mirarla. Quizás eso no debía ser roto después de todo.
El español aprovechó el momento para sujetar a su compañero e impedirle así que siguiera rompiendo todo.
–¡Suéltame!– Ordenó Lovino, tratando de liberarse de los brazos del otro mientras sujetaba firmemente la taza.
–No.
–¡Eres un capullo!– Siguió intentando zafarse del agarre, pero era imposible. Cuanto más sentía aquellas manos deteniéndole, peor se sentía– Gilipollas. Cretino. Idiota.
Antonio suspiró y arrebató con cuidado lo que Lovino sujetaba como un ido, recibiendo un lloriqueo como contestación. Cuando el español le dirigió una mirada hacia el rostro del menor, pudo comprobar que había comenzado a sollozar tratando de contener las lágrimas.
–Estúpido, asqueroso, falso, imbécil...– Añadió al repertorio de insultos el ítalo, mordiéndose el labio para evitar otro alarido ridículo–...cerdo, mentiroso, infiel...
Antonio comenzó a acariciar el cabello del más joven, despacio, tratando de calmarlo. Lovino decidió darse la vuelta y abrazar al español, escondiendo su cabeza en el pecho de éste.
Tras quince minutos en silencio dónde lo máximo que se podía escuchar eran los sollozos entrecortados del menor y las respiraciones erráticas de ambos, Lovino se liberó del abrazo y observó a Antonio directamente a los ojos, todavía con los suyos bastante rojizos.
–Prefería no haberlo sabido.
–Tenía que decírtelo.
El de ojos dorados desvió su mirada al suelo y suspiró.
–Tienes razón, supongo– Frunció el ceño en desaprobación–. En la ignorancia se vive mejor. De todas formas, podría ser peor. Antonio aguantó cinco años conmigo, sin prácticamente queja alguna. Supongo que en ese momento no aguantaba más e intentó algo con otro, por muy duro que fuera.
El español le dirigió una mirada confundida a su amigo. ¿Por qué había hablado de él en tercera persona, como si Antonio no fuera realmente él?
El moreno se dejó abrazar de nuevo por su compañero y lo rodeó con sus brazos también, descansando su barbilla sobre el hombro de éste, como antes.
Otra vez permanecieron así hasta que Antonio sintió que las lágrimas y rabia de Lovino se habían apaciguado, al menos de momento. Se separó de él lentamente y miró hacia sus ojos.
–¿Necesitas algo? Eh... ¿Chocolate caliente?
Lovino frunció el ceño, todavía con un ligero puchero en los labios, y gruñó.
–¿Pero qué mierda piensas? Estamos en mayo. Hace demasiado calor para ello.
–¿Y un chocolate caliente frío?
El italiano se detuvo a pensar unos segundos, para luego sonreír levemente y asentir.
–Está bien...
–¡Genial! Voy a prepararlo ahora mismo.
Lovino se sentó en la silla más cercana y observó al español con una leve sonrisa, sintiéndose algo mejor. Sabía que lo que había hecho estaba mal, pero no tuvo forma de detenerse. Lo peor de todo es que entendía por qué Antonio había hecho eso, pues en ese momento ya prácticamente se habían separado. Incluso había sido echado de casa en aquella discusión de la cual estaba seguro de que era su propia culpa. Por supuesto y como las otras dos discusiones horribles que había tenido con su antigua pareja, Antonio siempre era el que se disculpaba.
Suspiró con pesadez, todavía esperando, y recordó lo que me había mencionado a su amigo antes de todo aquel espectáculo de rabieta infantil. Carraspeó y se sentó todavía más cómodo en la silla.
–Entonces... ¿te apetece salir?
–Sí, claro– Sonrió, esperando a que el chocolate se enfriara–. ¿A dónde?
–Un establecimiento cercano. Ponen música aceptable, no esa mierda que escuchan los jóvenes de hoy en día.
–Suenas como un abuelo– Comentó el español, sin poder reprimir la carcajada que había brotado de su garganta.
–¡Pero es cierto! Es casi tan mala como "Tiburón Vampiro".
–Ooooye. Con esa película ni media, ¿eh?
Antonio esperó cerca de la habitación del ítalo, calmado. Llevaba simplemente una camiseta negra de manga corta y unos pantalones largos del mismo color. Por suerte, no había decidido vestirse con aquella camiseta fluorescente con frase cutre que tanto le había llamado la atención. Como siempre, ni se había dignado a peinarse.
Lovino abrió la puerta y frunció el ceño nada más ver a su compañero, como juzgando lo que llevaba puesto. Detuvo su mirada un momento en los ojos verdosos del moreno y sonrió.
–Podría ser peor.
El italiano se había esforzado más en su ropa. Llevaba un chaleco gris sobre una camisa blanca, y una chaqueta negra en el brazo, debido a que hacía demasiado calor como para tenerla puesta. Se había peinado de forma que su flequillo no le molestaba tanto como usualmente. Sonrió triunfal, reluciendo con luz propia, u orgullo. La verdad es no estaba claro. Lo que sí sabía el joven era que esa noche conseguiría su objetivo, y esa ropa lo ayudaría. Antonio caería a sus pies esa noche, y al final podría avanzar hacia la primera base, porque ni un beso había conseguido. Ni uno. No pedía terminar enredado entre las sábanas con él, dejándose envolver por esos brazos fuertes y musculosos, y ver la noche pasar mientras ambos se dejaban llevar por la pasión, el desenfreno y...
–¿Lovino?
El italiano volvió en sí y le dirigió una mirada rápida y llena de pudor, la cual desvió al momento, muerto de vergüenza por aquel despiste.
–¿Qué?
–¿No vas muy arreglado? Sólo vamos a ir a una discoteca, no a una boda.
El menor agarró la nariz de Antonio y tiró de ella, molesto.
–¡¿Qué más te da cómo me vista o no?! Estoy jodidamente sexy, y punto.
–¡Vale, vale, pero para que me haces daño!
Lovino liberó la oprimida nariz y sonrió.
–Bien, vamos. Yo conduzco.
No era demasiado camino desde su casa hasta donde estaba el establecimiento, pues éste estaba en el propio pueblo. Cerca de dos minutos en coche, Lovino aparcó y observó al pálido español que estaba en el asiento de al lado.
–¿Todavía no te has acostumbrado a mi conducción?
Antonio negó rotundamente mientras se aflojaba el cinturón y borraba la mueca de tensión del rostro. Sonrió levemente y salió del coche, dedicando una rápida mirada al lugar. No había estado por ahí antes, de eso estaba seguro. Lovino lo observó y bostezó.
–Vamos.
Nada más dar dos pasos dentro del establecimiento, el olor de cuerpos apretujados y música a todo volumen le golpeó en la cara como una bofetada. Las luces estroboscópicas y los focos no tardaron tampoco en hacerse notar de golpe cuando llegaron a la zona principal del lugar. Era un lugar amplio, una pista de baile, alguien poniendo las canciones, una barra… Una discoteca como otra cualquiera, sí. Como todavía era temprano, no había excesiva gente. La mayor parte de ellos parecían tener una edad similar a la suya o quizás mayor, además de algún que otro adolescente el cual tendría que irse a media noche.
–Me siento como un abuelo…–Susurró el español dedicándole una mirada llena de curiosidad al lugar.
–¿Por qué?
–Porque… no sé. ¿No es temprano?
–Tampoco nos vamos a quedar hasta las seis de la mañana o algo, que luego no hay quien duerma.
–Ya.
–Voy a pedir una bebida. Creo que la necesito…
Lovino se apartó del español y fue hacia la barra con su típico ceño fruncido. Sí, sin duda necesitaba beber, sobre todo después de lo ocurrido aquel día. Mientras, Antonio se dedicó a sentarse a su lado y observar a la gente pasándoselo bien.
–Toma.
El moreno vio hacia la mano de su compañero, en la cual tenía una bebida transparente, y la tomó.
–Gracias, Lovi– Bebió un poco y, acto seguido, su expresión cambió a una de desagrado–. Es fuerte.
–O tú muy delicado– Comentó el otro mientras bebía como si nada–. Ya verás que no es para tanto.
–Si tú lo dices…
Antes de que Lovino pudiera abrir la boca de nuevo, la voz de cierto conocido que detestaba sonó en el establecimiento como el alarido de un pterodáctilo enfadado, acto seguido de un golpe y una disculpa. Rodó los ojos con hastío. Lo que menos le apetecía en ese momento tan crucial para emborrachar a Antonio era tener a uno de sus amigotes cerca, molestando.
Gilbert apareció a su espalda, pasándole un brazo alrededor de sus hombros de forma amistosa.
–¡Hola, Vargas, Toño!
–¡Hola!– Saludó el español, sonriente.
Lovino intentó zafarse de los brazos tentaculosos y horribles del albino como si de ello dependiera su vida. Antonio rio inocente ante el gesto del ítalo y se fijó en la joven morena que estaba realmente cerca de ellos. Cuando Gilbert liberó al ítalo de su agarre, éste abrazó a aquella chica. Tenía el pelo marrón claro, largo y ondulado sujeto con una pinza de una flor. Sus ojos eran de un color similar al de Antonio, pero menos intenso. Esta le miró y saludó con la mano.
–Creo que todavía no la has vuelto a conocer. Ella es Elizabeta.
–Ah, sí– Sonrió cortésmente–. Me habías hablado de ella anteriormente.
La húngara se acercó más al menor de la pareja, interesada.
–Y… ¿Cómo va vuestra nueva relación?– Sonrió de oreja a oreja, realmente interesada.
La mirada de muerto en vida que Lovino le dedicó fue respuesta suficiente, aunque éste decidió completarlo.
–No estamos juntos– Bebió un poco más y puso los ojos en blanco. Antonio estaba demasiado ocupado hablando con su amigo como para escucharlo–. Sólo amigos.
–¿¡Qué!?
–Exacto.
–Pero… ¿No más "Antovino"?
Lovino alzó una ceja, confundido, aunque volvió a negar con la cabeza.
–No más.
–¿Y la boda? ¡Hasta había pensado en el tipo y color de las flores para la ceremonia!
El italiano prefirió ni preguntar por qué Elizabeta se había autoproclamado organizadora de la boda.
–No habrá boda, al menos de momento. Parece que su memoria se va recuperando lentamente, y estamos teniendo de vez en cuando alguna que otra cita.
–¿Y…?
–Ni un beso– Susurró, para luego terminar su vaso y dibujar un puchero en su rostro.
–¡Oh, pobre…!
–Es un gilipollas– Lanzó el vaso de plástico a la cabeza del español y disimuló después, como si no hubiera hecho nada.
–Bueno. No te preocupes. ¡Intentaré ayudar! Operación "Antovino" en marcha.
–Es un nombre horrible para nuestro shippeo. Lo sabes, ¿verdad?
–¡Deja de quejarte por un momento y deja que tita Eli se encargue del yaoi!
El italiano rodó los ojos con hastío. Todavía, tras aquellos cinco años, no podía entender de qué hablaba aquella mujer.
De todas formas, en el fondo Lovino tenía la esperanza de que esa noche iba a ser legen…
...o...o...o...
¡Prometí que el siguiente capítulo vendría pronto y sería largo, y aquí lo tenéis! (Lo increíble es que me haya acordado siquiera de actualizar). ¡Lo que sea! Ya he escrito parte del siguiente capítulo y, aunque no me convence realmente, ¿qué más dará? Estoy contenta porque al fin tengo ganas de escribir y eso es lo importante, claro que sí.
Bueno, a lo que iba. Al final todos teníamos razón. Antonio fue y no fue infiel a Lovino, depende de cómo lo veais. Prácticamente habían roto, pero tampoco se habían dejado exactamente... Y como os mencioné, Lovino había reaccionado bien la primera vez porque no creía que Antonio decía la verdad. Pero bueno, pudo ser peor. Respecto a la cita... ¡Lo siento! Iba a escribir todo, pero va por días, y si pasa de las doce, es un nuevo día, ¿verdad?
Guest: Nah, no creas. Yo tengo visto a personas todavía más torpes (Yo soy una de ellas). Ya has visto la verdad. Ahora es tu turno para juzgar si eso se considera infidelidad o no. ¡Tranquila! Lovino es un perro ladrador pero poco mordedor. Si los obreros se le hubieran acercado más, habría salido huyendo y dejado a Antonio atrás como carne de cañón xD. Oh, ¡lo siento! Espero que esto te haya dejado mejor... Lovino borracho diciendo que va a ir a por todas xDD. ¡Gracias por comentar!
¡Hasta la próxima!
