Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Outtake – Suspiro silencioso

Elizabeth Swan POV

Meto las manos en mis bolsillos del abrigo y cruzo la calle a toda prisa. De vez en cuando miro hacia atrás, para corroborar que vengo sola. Avanzo con pasos raudos ahora más tranquila, hasta llegar a la tienda de los Tanner.

Bree sale con el cartel del pan, echando chispas.

—¡Hola, Lizzy!

No puedo evitar pegar un salto.

—Hola, Bree ¿qué tal?

Soy más que evidente cuando sigo caminando. En Forks, no importa el lugar al que vayas, siempre vas a encontrar a alguien conocido. Ese es el problema. Aquí todos me conocen.

—Intentando despertarme con un café —hace caso omiso de mi apuro— Por cierto, nos acaban de llegar panecillos dulces que están para chuparse los dedos, por si quieres pasar y…

—Sí, sí. ¡Nos vemos luego! —me marcho lo más rápido que puedo. No veo su reacción, y tampoco me tomo la molestia de averiguarlo.

Al final de la calle, miro a ambos lados y tomo un atajo.

Entro al vestíbulo. El olor a vainilla me produce náuseas. No es la primera vez que contengo las ganas de vomitar.

Lauren, detrás del mostrador, me regala una tímida sonrisa. Respondo del mismo modo con la cabeza gacha, pasando rápidamente al pasillo como pedro por su casa. Me pregunto si esta chica sabe más de lo que debería. A estas alturas ya debe sospechar muchas cosas. No le culpo, de todas formas. Nadie entraría porque sí a la oficina de Michael Newton.

Ni siquiera toco a la puerta, la abro y cierro sabiendo que estará detrás de su escritorio. Baja sus gafas hacia mí, inspeccionándome y vuelve la atención a su ordenador.

—Pensé que llegarías más tarde. —escribe concentrado algo en el teclado— Cuando dijiste que era importante, no pensé que lo fuera tanto.

Me apoyo en la puerta de la oficina, el corazón saltándome furioso.

—Es que lo es.

Michael tiene sus días buenos y malos, pero hay días en que no sé con qué encontrarme. Como hoy.

—Acércate.

Camino hasta su escritorio; antes, todos mis miedos se disipaban con su presencia.

Se levanta de su sofá y me rodea hasta acorralarme. Sus manos, grandes y ásperas, dibujan un camino hasta el primer botón de mi abrigo. Sus ojos azules, hoy lucen como el fuego, ardientes.

Sé que me ve como su objeto, aunque una parte de mí siempre ha anhelado que me vea como la persona que soy, con este corazón que le he entregado, con el alma que le he regalado sin condiciones.

Me besa con fiereza mientras desabotona mi abrigo. Él no da lugar a las palabras. Su cosa favorita en el mundo son las acciones. Me levanta en el aire y mi trasero choca con el escritorio.

—En serio… esto…

—Cállate y bésame. —una nueva náusea me revuelve el estómago, lo que me impide seguir besándole. Agacho la cabeza aguantando la respiración. Michael suspira, abatido, con esa mirada de odio que siente cuando alguien le interrumpe— ¿Qué demonios te pasa?

No se siente como si estuviese frente al amor de mi vida. A veces siento que Michael es más como un padre estricto que mi amante.

Mi padre es mucho más comprensivo que él, demasiado.

Los dedos se aferran a los botones de su camisa, mis nudillos blancos por la presión. Tomo una bocanada de aire porque de pronto la oficina se siente sofocante, imposible.

—Estoy embarazada.

El primer flechazo que tuve con Michael Newton fue en la secundaria.

Con quince años, buscaba excusas para ir a la biblioteca a contemplar al nuevo encargado de turno. Michael era serio y distante. Tanya, mi mejor amiga, decía que sus ojos eran como los de un felino. Ninguna decía lo muy guapo que era, solo porque se trataba de alguien mayor. Como si por ese hecho, estuviera lejos de ser una posibilidad de conquista, al menos para ella.

Jamás mencioné mis intenciones a mis amigas, sabía que se reirían de mí, así que guardé este sentimiento como algo sagrado. Fue mi amor platónico por años. Por mucho tiempo pretendí ser una aficionada a la lectura con el fin de llamar su atención.

Se forjó una amistad entre bibliotecario y alumna, hasta que todo cambió en mi último curso. En aquel momento, Michael comenzó a mirarme con otros ojos. Podía darme cuenta en la forma que su mirada se clavaba en mis piernas, en mis pechos.

Y yo, en poco tiempo, caí enamorada como una tontorrona.

Sus besos nunca fueron tiernos ni delicados. Su forma de besar era más bien el de un agresivo-masoquista. Él era el agresivo, yo la masoquista. Me sentí en las nubes porque ningún chico había sido así de posesivo conmigo. Y no nos engañemos, besé a muchos chicos antes. Nada como Michael.

Desde un principio supe que era casado; sabía en lo que me estaba metiendo. Conocía a su esposa y conocía a su hijo, porque era compañero de mi hermana.

Acepté los pros y contra.

No sabía lo grave que eso podía ser para mi vida.

Los ojos de Michael se clavan como dagas en los míos.

—No es gracioso —él dice.

Me armo de valor.

—No pretendo que lo sea.

Se separa de mí y alcanzo a apoyar los pies en la tierra. Soy tan débil en este momento, fingiendo ser fuerte y valiente. Su mirada es de odio puro, vergüenza. Tal vez decepción. No dejo que aquello me decaiga, por mucho que esté destrozándome por dentro.

Entonces, sin que pueda llegar a echarme para atrás, su mano queda a una corta distancia de mi mejilla, sin llegar a tocarla.

Impactada, me llevo una mano a la cara, incapaz de creer que haya estado a punto de pegarme.

—Mientes —dice, enfurecido— Mentirosa, eres una puta mentirosa.

Empiezo a llorar y encogerme por miedo a que se acerque más. Doy unos pasos hacia un lado del escritorio y me alejo.

—¿Acaso nunca pensaste que podía existir esta posibilidad? ¿Creíste que ser tu amante conllevaba a que me acostaba contigo y nada más? A mí tampoco me emociona la idea de… de esto.

—Entonces, es muy fácil —sonríe con deficiencia— Deshazte del crío.

Sus palabras golpean con fuerza el poco raciocinio que me queda.

—¿Cómo?

—Deshazte del crío —repite— ¿Es necesario que te explique cómo deshacerse de un niño?

—No puedes estar hablando en serio.

—Corazón, yo nunca bromeo. Deberías conocerme ya.

Lo peor de todo, es que es cierto.

—No voy a hacerlo.

—Ese niño no es mío.

—¡Claro que es tuyo, maldita sea! —no sé de dónde saco la fuerza para gritarle— Terminaste siendo un bastardo miserable, negando algo que evidentemente no puedes. Y sé que, en tu pequeño cerebro de troglodita sabes que es tu hijo. —estoy temblando de piernas y manos— No voy a abortar.

Esboza una sonrisa petulante, el muy cretino.

Presiono los labios en una delgada línea y salgo de la oficina, llorando. Mi llanto es débil y silencioso. Paso junto a Lauren y no tengo la valentía para mirarle a los ojos. Odio que la gente me vea llorar. Me encierro en el baño tan rápido como mi sollozo es capaz de aguantar. Entonces lloro como no he llorado en años.

Caí en cuenta que nuestra obsesiva relación no estaba llegando a ningún puerto. Últimamente me da más miedo fallarle a él que a mis padres. Justifiqué cada grito propinado, cada mirada de desprecio, cada acción machista premeditada.

Me cansé. Había decidido acabar con todo de una buena vez, pero entonces estaba esperando un hijo suyo.

Al cabo de unos minutos, unos golpes me hacen levantarme del suelo.

Es imposible que se trate de Michael porque son golpes flojos.

Echo un vistazo a mi rostro en el espejo rápidamente antes de abrir.

Es Lauren.

Trae un vaso de agua y su mirada hacia mí es de lástima.

Dudo un segundo y lo acepto.

—Gracias —le digo en agradecimiento.

Bebo toda el agua hasta que no queda ninguna gota. Lauren sigue mirándome y sus ojos dejan la lástima para dar paso a la aprensión. Siento que en cualquier momento va a soltar alguna pregunta incómoda y sinceramente, no estoy para hablar con nadie. Así que, después que he tomado el agua, le vuelvo a agradecer y salgo corriendo del correo.

.


—No hay problema, Patty. Puedes ir a la clase la próxima vez.

Me abro paso en casa, rogando para que mi madre no note que he llorado. Sin embargo, para mi mala suerte, ella me hace señas con las manos.

Le ignoro, como siempre, y subo las escaleras.

—¡Lizz! —me grita.

Cierro la puerta detrás de mí y me echo en la cama.

No pasa mucho antes de que la puerta de mi habitación se abra de golpe.

—Podrías golpear antes ¿sabes? Es mi habitación.

Mamá no dice nada respecto a eso.

—¿Qué te pasa?

Tengo mi cabeza escondida en la almohada, tratando de ocultar todo lo posible mi rostro.

—No dormí bien y me muero de sueño. ¿Puedes por favor dejarme sola? De verdad que no estoy para discutir ahora contigo.

Siento las manos de mamá arrancar la almohada. De pronto no tengo por dónde escapar. Ella me alza la cara y ve todas las lágrimas que he derramado.

Sus ojos se abren alarmados.

—¡Por Dios santo, Elizabeth! —intento quitarle la mano de mi cara, pero es inútil. A mamá se le llenan los ojos de lágrimas— ¿Qué es esto? ¿Qué estás haciendo contigo?

Me hago la fuerte.

—Nada de lo que debas preocuparte.

—¿Nada? ¿Estás segura? Haz estado extraña desde hace un tiempo y sé que sea lo que estés haciendo no es bueno. —miro hacia otro lado— No es la Lizzy que yo conozco. ¿Qué estás haciendo? Confía en mí… por favor.

—No

—Sé que se trata de alguien, estás saliendo con alguien. Lo sé. Piensas que no me doy cuenta, pero soy tu madre. Y me preocupa este cambio de actitud tan horrible en ti.

—Mamá, no voy a decírtelo, no insistas.

—¡Pues voy a insistir todo lo que se me venga en gana! Eres tan joven para encapricharte así…

—Es demasiado tarde. —rompo a llorar.

—No es tarde. Eres joven, linda, carismática. Este tipo está convirtiéndote en una mentirosa, algo que no eras antes. Antes confiabas en mí, antes sonreías más.

—Es tarde —repito.

—¡No!

—¡Lo es! —le grito devuelta, lo que me hace voltearme y mirarla— Estoy embarazada.

A mamá se le pone la piel pálida como la leche. Asombrada, empieza a retroceder en la cama.

—No es cierto.

—Lo siento —me disculpo— Lo siento mucho.

—¿Quién es?

Bufo, de nuevo.

—No te diré.

Se lleva una mano a la boca para reprimir el sollozo. Por un momento creo que va a largarse, pero luego suspira, acercándose para decir:

—Es casado ¿verdad? Por eso no quieres decírmelo.

—¿Qué? —me falta la respiración.

—La gente está hablando de ti, dicen que estás saliendo con alguien casado. ¿Es eso cierto? ¿Es que acaso te volviste loca?

—No hablaré contigo sobre eso.

—¡Elizabeth Swan!

—¡Está bien! Yo… lo siento, mamá. De verdad que lo siento mucho por todo esto.

Aleja la vista de mí, como si no pudiese creer que yo sea su hija. Sé lo decepcionada que se debe sentir, y no puedo decir algo que me haga justificarme. Yo también estoy decepcionada de mí.

—Estás castigada —me dice en un susurro— Me importa un reverendo rábano que seas mayor de edad. Estás castigada y te vas a quedar aquí encerrada a pensar en lo que estás haciendo, en todo el daño que esto puede generarle a una familia. No entiendes nada, Elizabeth, no entiendes nada de la vida.

Mamá sale rauda de la habitación, dando un portazo a la puerta. Todo queda en silencio. Me hundo en mis rodillas, y vuelvo a llorar.

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Bella escala por las ramas del árbol frente a mi ventana y le ayudo a entrar. Cae de rodillas.

—Un día te vas a romper esa pierna y no vas a querer ver ramas de árbol por el resto de tu vida —le digo en broma— Ni siquiera me atrevo a preguntar dónde andabas.

Durante los últimos años, he tenido que abrir esta ventana para que Bella entre y salga sin que nuestros padres se enteren. Solo Dios sabe lo que esta niña hace fuera de casa con sus amigas y Paul, su novio, pero si hay algo que me deja tranquila es que Bella no es como yo. Podría poner las manos al fuego por ella. Mamá y papá no lo harían. Ellos creen que su único gran problema es que Bella es demasiado rebelde y desobediente. Si supieran que eso no es gran cosa.

Bella nunca le haría daño a alguien.

—¿Si te digo que me fui a un motel con Paul, me creerías?

—No

—Bien, porque ni siquiera le alcanzó para el motel.

Me echo a reír.

—Dime por favor que no fue en la camioneta de su padre.

—Hubiésemos terminado en la parte trasera de la camioneta de su padre, pero estoy bastante segura que mi espalda no lo soportaría.

Le hago una mueca de dolor y ella asiente, sobándose la espalda.

—¿Te negaste?

El rostro de Bella se crispa, asintiendo.

—No es que sea la gran cosa, viniendo de él. —hablar de sexo con ella parece tan sencillo y fácil como hablar del clima. No hay secretos entre nosotras, o por lo menos por parte de ella hacia mí, no. Eso es lo que más me duele. Bella no tiene secretos para mí— Oye ¿Qué pasa?

Llevo poco más de un minuto cruzada de brazos, mientras nuestra conversación termina y Bella nota algo extraño.

—Nada ¿por qué?

No quería que ella se diese cuenta que discutí con mamá. Por lo general siempre acude en mi ayuda. Es una regla estricta que tenemos de pequeñas; ayudarnos, no importa quién sale perdiendo.

Solo esperaba que mi reciente pelea, no fuese evidente en la cena.

Ella se va a su cuarto poco después, y busco mi celular que no deja de sonar.

Abro el mensaje reciente y se me seca la garganta.

No me conoces ni una pizca, Elizabeth Swan. Y voy a matarte si crees que eres más astuta que yo.

Lo peor no es que él siga tan enfadado conmigo como para amenazarme, lo peor es que algo en mí sabe que va a cumplir esa amenaza.

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Cuando todos se han ido a la cama, mamá regresa a mi habitación, ahora más calmada.

—No vengo a discutir, quiero que hablemos seriamente ¿Crees que puedes otorgarme eso aunque sea? Cinco minutos.

Cruzo las piernas sobre la cama, dejando que pase y cierre la puerta. Mamá se sienta y se pasa las manos por los ojos.

—No espero que lo entiendas —comienzo echándome el pelo hacia atrás— La situación, sé que es difícil. No estoy orgullosa ni mucho menos, y entiendo que estés molesta conmigo por ocultártelo, pero ¿cómo pensabas que iba a decírtelo? No estaba haciendo algo de lo que podía refregárselo al mundo.

Se cubre el rostro con una mano.

—Un hombre casado, por todos los cielos. Y estas… Dios mío ¿Qué piensas hacer?

—Tenerlo.

—Ya, pero… ¿Y este hombre?

—Él no va a estar en nuestras vidas.

El rostro de mamá se crispa.

—No me gusta nada esto, nada. No me gusta tu relación con él y aún si no lo conozco, no me gusta él. Lizz, si tan solo…

—No te diré quién es.

Bufa.

—Si tan solo me dijeses quién es, para poder ayudarte. —casi me ruega— Hazlo por el bebé. Él no se merece que lo mantengas a escondidas. No es sano que, cuando él o ella crezca, se dé cuenta que su madre es la amante que nadie sabe que su padre tiene.

Diciéndolo así, sonaba horrible.

—No es tan así. Él… quiero decir… para cuando el bebé crezca, la situación va a ser diferente. Estás exagerando las cosas. No voy a pasarme la vida escondiéndome de la gente,

Frunce el ceño, negando.

—Es que ese es el problema… ya te estás escondiendo. Y lo peor es que te estás escondiendo de tu familia. Tu padre… tu hermana.

—Yo no quiero que ellos lo sepan.

—¿Por qué no? Esto se sabrá algún día.

Me hago un ovillo.

—Mamá, Bella cree que soy la persona más correcta en el mundo. No quiero que su decepción termine por odiarme.

—Bella nunca podría odiarte.

—Eso no lo sabes.

—Bueno, no sé si sabes esto, pero todo en la vida se sabe. No importa cuánto intentes ocultarlo.

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Llevo mi almohada y unas cabritas escondidas en mi espalda.

La conversación con mamá no tuvo buena recepción, aunque ninguna de las dos se puso a discutir. Me dio un beso de buenas noches e hizo prometerle que hablaríamos por la mañana.

—¿Puedo pasar? —Bella está sentada frente al ordenador con los párpados cansados. Hace ademan con la mano para que pueda pasar— No puedo creer que estés haciendo la tarea de la escuela.

Se ríe, dando un bostezo.

—A veces puedo ser aplicada.

—Me parece bien.

Me señala la almohada.

—¿Y eso? ¿Tienes pesadillas? —se burla.

—Nop. La verdad es que quería ver una peli, y… traje cabritas, entonces…

—De hecho, debes cerrar bien la puerta.

Una de las cosas que me encanta de Bella es que es apañadora. No importa cuán cansada esté, siempre, pero siempre está disponible.

Nos acurrucamos en su cama con la bolsa de cabritas en medio. Sus pies se entrelazan con los míos y reímos por la estupidez de la escena en la película. En algún momento, la protagonista es azotada con una pelota de voleibol y Bella se echa a reír tanto que se tiene que apretar el estómago.

Luego de que terminan los créditos, cojo el control remoto para buscar algo más.

—¿Qué hay de ti y mamá?

Trato de parecer distraída.

—¿Qué con qué?

Encoje los hombros, sus ojos pesándole por el cansancio.

—No sé, estaba rara en la cena.

—Como si no la conocieras ya, solo está agotada por el trabajo.

Asiente en medio de un silencio extraño.

—¿Estás bien? —su pregunta me toma por sorpresa. Está mirándome, intuitivamente como mamá.

—Estoy bien. —intento sonar sincera, y su reacción me deja tranquila: me ha creído. Bosteza y me acerco más para rodearle con los brazos. Su sien choca con la mía y lucho para alejar las lágrimas— Te quiero.

Entre quejidos somnolientos, ella murmura.

—Sí, lo sé —cierra los ojos, perdida en su sueño— yo también te quiero.

.


Firmo la carta con mi nombre antes de dejarla en la mesita de centro. Todavía a oscuras, salgo de casa arrastrando el bolso junto a mí. Miro hacia atrás sabiendo que no veré por un largo tiempo este lugar. Tan desolada y perdida, doy media vuelta y me aparto en la acera, dándole la razón a mi madre sobre escapar de los demás.

Guardo mis ahorros de mis antiguos trabajos y el actual, en un monedero.

Compro un boleto a Seattle para las ocho y me duermo en los bancos del terminal de buses. Por la mañana, mi cuerpo se siente adolorido ante la incomodidad. Una anciana me ofrece un cigarrillo, el cual rechazo.

Ocupo el asiento junto a la ventana, y creo que la mujer sentada junto a mí se siente un poco incómoda de verme llorar todo el camino.

Soy toda mocos para cuando es medio día. Mi cabeza no deja de pensar que a estas alturas ya todos saben que me he ido. Me imagino a mamá hecha una furia. Papá intentando consolarla. Bella confundida. Mi carta fue clara, corta, concisa. Evité irme por la tangente. Tampoco les dije la verdad, ni siquiera en una carta fui capaz de hacerlo, pero les dije que me iba porque estaba enamorada.

O sea, quería que pensasen que todo lo hice por amor.

Un capricho de una tonta enamorada.

Genial.

En Seattle, ignoro todas las llamadas perdidas y mensajes enviados y me voy al baño. Desesperada, meto el celular dentro del inodoro. Me arrepiento apenas lo hago porque el baño se tapa. Luego corro por el terminal de buses como una loca.

Encuentro un lugar barato para comer. A pesar del revoltijo que tengo en el estómago, no puedo sino pedir una hamburguesa enorme con extra mayonesa.

Deambulo por Seattle toda la mañana buscando un lugar donde dormir. Cuento los billetes de mis ahorros en el inodoro de un baño público. Hago una cuenta mental de lo que necesito. Esperanzada, guardo un poco para las emergencias. Temo que no me alcance lo suficiente para poder vivir.

Alquilo una habitación cerca del metro. El espacio es bastante reducido, pero por lo menos tiene baño propio. La cocinilla es un desastre y la cama parece sacada de los años 90. Me arrimo encima y pretendo que me encuentro en mi habitación. No es tan difícil imaginarme en ella cuando tienes todo el tiempo del mundo para imaginar. La única diferencia es que la cama no se siente como la mía. Esta es áspera y ruidosa. Es un tanto incómoda.

Pienso en Michael y en su amenaza. Una parte de mí ruega para que no se desquite con mi familia. Conociendo su temperamento, haría cualquier cosa para no quedar como un idiota.

No le gusta perder, no le gusta ser el débil de la relación.

Los primeros meses fuera de casa son difíciles. El dinero no alcanza con lo que gano en la fábrica de chocolate. El hijo de mi arrendador, un hombre de unos cincuenta y pico, se ofreció a darme empleo como contador porque estaba desesperado. Acostumbrada a los números, después de trabajar en una tienda de comestibles, acepté sin pensármelo dos veces. Oculté mi embarazo para no tener problemas, lo que no me produjo ningún obstáculo.

No tenía un contrato, y estaba embarazada, difícilmente alguien iba a contratarme si se enteraba, así que guardo este trabajo como un tesoro.

Hasta que un día, sin embargo, la tranquilidad que albergaba se vio truncada cuando, en la acera frente a la panadería que siempre frecuento, vi a Michael.

La piel se me erizó de tal manera que tuve que sobarme los brazos. Le pedí permiso a la dueña para ocupar su baño. Me quise encerrar para siempre allí, tenía la sensación que en cualquier momento alguien golpearía a la puerta y la voz grave de Michael me haría saber que estaba perdida.

Pero él no me vio. Así que, después de unos largos minutos, decidí salir.

Regresé deprisa a casa, debatiéndome si correr sería seguro en mi estado, o pretender que no le había visto.

Fue ahí cuando supe que no podía quedarme en Seattle. Era un destino demasiado obvio.

Sin saber muy bien cómo le haría, renuncié al trabajo, entregué las llaves de la habitación y marché a Bellevue.

Era cerca y barato. Lo único que podía permitirme en ese minuto.

Tenía lo estrictamente necesario para vivir durante unas semanas. Si no me daba prisa en buscar empleo, terminaría viviendo en la calle. Alojé en una vivienda que era una especie de hostal. Estuve allí una semana antes de ofrecerle mi ayuda a una costurera.

La mujer necesitaba a alguien que limpiase su casa durante la semana. Ella era demasiado anciana para hacerlo. Su jubilación apenas le alcanzaba, así que se ganaba la vida haciendo tejidos y vendiéndolos. Sentía que ambas nos entendíamos, yo tampoco tenía dinero para nada.

No se sorprendió de ver como mi panza empezó a crecer. Dijo que lo supo desde el momento en que crucé su puerta. Supongo que se trata de alguna intuición de la edad.

Hice un currículo y lo presenté a todos los lugares que encontré. Tenía la esperanza de que alguno de ellos quisiese mis servicios, pero todos me rechazaban antes incluso entregarles mis datos. Mi embarazo era la razón por la que no podía prosperar. Sentía tal discriminación que me ponía a llorar en la calle.

La señora Brown, la costurera, me consolaba diciendo que los días lindos estaban por venir. Yo albergaba ese deseo.

Nos llevábamos bien. Mientras limpiaba los muebles y ella tejía, conversábamos de todo. Le conté sobre mi amorío con un hombre casado y la razón por la que me encontraba con ella ahora. No dejó de despotricar en contra de Michael hasta que no encontró más insultos que inventar. Después me contó que tenía seis hijos, pero solo uno de ellos le visitaba con frecuencia.

Aún si me sentía bien con la señora Brown, vivía con el temor de quedarme sin un peso. Si ella moría en cualquier momento, estaría totalmente desamparada.

Con el tiempo que llevaba trabajando, me pude alquilar un cuarto mucho más amplio. No era la gran cosa, pero mejor que el anterior, incluso diría que mejor que en Seattle.

Entonces, el invierno llegó.

No tenía muchas oportunidades de coger un ordenador con internet, pero por alguna razón hoy necesitaba uno. Luego de ir a mi cita con el doctor, entré a un cibercafé con un poco de desconfianza. Pronto mis dedos hicieron contacto con el teclado y no me detuve. Me inventé un correo electrónico y le envié un mensaje a Bella.

Estaba tan decidida a hacerlo, porque le echaba mucho de menos. Además, sentía que se lo debía.

Me costó escribirle sin quebrarme en silencio. Las palabras nacieron de mí como una especie de despedida. No quería que sonase de esa manera, pero fue inevitable. Pulsé enviar y esperé. Me quedé lloriqueando frente al ordenador hasta que decidí enviarle otro a Tanya, mi mejor amiga.

Una tarde, termino mi trabajo con la señora Brown y camino a casa con el frío calándose en mis huesos. La ropa ya no me cierra, de manera que el abrigo lo llevo suelto.

Reviso mi monedero cerca de la parada de autobús, cuando la voz familiar me detiene de golpe.

Primero pienso que estoy delirando. Después empiezo a respirar con dificultad. No puedo correr en mi estado, por lo que no intento arrancarme. Michael está de pie, su cigarrillo a medio apagar, y vestido formal como siempre. Su mirada es de auténtico alivio. Parece más guapo que la última vez que lo vi. Trato de alejar el estremecimiento que él causa en mí con su presencia.

Comienza acercándose mientras sus ojos se posan en mi vientre. Sonríe con socarronería.

—Si no supiera que estás embarazada, no te habría reconocido. —dice mofándose de sí mismo— Lizzy, Lizzy, Lizzy. Dónde nos vinimos a encontrar…

Pongo las manos encima de mi panza, para protegernos.

—¿Qué quieres?

—¿Qué quiero? Llevas desaparecida ¿seis meses o más? ¿Y me preguntas qué quiero?

—Déjanos en paz, Michael.

—Te fuiste sin decir adiós. Dejaste a tu familia a la deriva porque eres tan cobarde como yo. Admítelo. Somos iguales.

Me tiemblan los labios.

—Yo no soy igual a ti.

—Y tuviste tanta inteligencia en arrancar de mí, que no te pusiste a pensar en lo que dejabas atrás. —no le contesto— ¿En serio no quieres saber? ¿Seis meses y ya olvidaste que tienes una hermanita?

El corazón retumba como un tambor.

—¿Qué tiene que ver Bella en esto?

Michael se acerca, tirando su cigarro apagado al suelo.

—Es simpática ella, sabes. Y bastante ingenua. Siempre que la veía por ahí, pensaba que era un alma muy viva, alegre, tal vez incluso ilusa. Ahora, sin embargo, se ve tan triste. Considérate responsable de su cambio. Mal que mal, es por ti que está así.

Se me nubla la visión, empiezo a pensar mal desde ya.

—¿Qué le hiciste…? ¿Qué te atreviste hacer?

—Aparte de darle trabajo, nada. —¿Qué? Niego con la cabeza— Tú arruinaste a tu familia, a mí no me vengas a culpar.

Retrocedo unos pasos, insegura.

—Déjanos en paz —repito— Deja a mi familia en paz. Si me escapé… fue porque sé de lo que eres capaz. No quieres a este hijo, tampoco quieres que yo lo tenga. Así que… ¿Qué esperabas? ¿Pensaste que sería tan idiota como para hacer lo que creías correcto? Solo para no tener problemas con tu esposa.

Doy media vuelta y me voy. Para mi suerte, no me sigue, y me subo al taxi con el corazón en la boca.

.


Michael no quedó tranquilo ese día. Tres días después seguía viéndolo en el mismo lugar. El último día me hizo subirme al taxi junto a él y decirle al chofer a dónde nos dirigíamos. Allí fue cuando supo dónde vivía. Se despidió de mí con un beso en la mejilla y me dejó ir.

Me sentía desprotegida.

Maldecí mi mala suerte, con un dolor punzante en mi bajo vientre. Ignoré ese dolor porque estaba tan estresada que pensé que se trataría de eso.

Sin embargo, a los pocos días, rompí aguas camino al trabajo.

Le explico a la enfermera mi situación mientras me deriva hacia una silla de ruedas. No tengo ni mis pertenencias ni las del bebé. La enfermera me tranquiliza diciendo que no debo preocuparme. Soy enviada a un cuarto a solas donde espero a que me atienda el doctor. No tengo tiempo de avisarle a la señora Brown de lo que ha pasado.

Me tienen toda la mañana con monitores y muerta de hambre.

Cerca de la media tarde los dolores de parto son cada vez más insoportables. Grito y me aferro a la almohada, escupiendo veneno por los poros.

Por la noche, estoy lista para dar a luz.

Todo transcurre sin complicaciones. El bebé nació entre alaridos y murmullos de las enfermeras. Me dejan cogerlo en brazos todavía con el cordón umbilical sin cortar. Sus parpados cerrados me impiden que vea sus ojos. Tiene largas pestañas y unos buenos pulmones para gritar.

Beso su cabeza antes de que la enfermera se lo lleve a otro extremo.

Me regresan a la habitación unas horas más tarde. La enferma deja mi ropa sobre una silla y no tengo fuerza de voluntad para esperar a que traigan a mi bebé, así que en poco tiempo mis párpados cansados se cierran.

Despierto con una sacudida brusca. Me desperezo y parpadeo hacia el rostro borroso de Michael.

Me asusto y me alejo lo más posible, todo lo que soy capaz de hacer acostada en una camilla.

—Vamos —me dice.

—¿Qué?

—Vamos, date prisa.

—No —me suelto de su agarre.

—Vamos, te estoy diciendo. No es una pregunta. Vamos o no sabes lo que te voy a hacer.

Michael tiene los ojos rojos de ira.

—Mi hijo está por llegar. No voy a ir a ninguna parte con-

Me detengo cuando se levanta la chaqueta y me enseña lo que a simple vista es, un revólver.

—Te voy a matar sin pensarlo dos veces si no vienes conmigo. Sabes que hablo en serio. Yo no bromeo, cariño.

Por supuesto que no bromea.

Me levanto de la cama adolorida por la operación y le sigo hasta el baño. Me tiende la ropa que he traído y tengo que vestirme rápidamente. Estoy asustada y aterrada, sin saber qué va a pasar.

—¿A dónde vamos?

Michael rueda los ojos.

—Vas a regresar por tu crío más tarde. Deja de poner cara de madre desesperada cuando apenas lo pariste hoy. No sabes nada de él.

—Es mi hijo, imbécil —le respondo.

Hace caso omiso de mí. Caminamos por los pasillos y trata de sonreír. A pesar de que intenta que sonría también, no lo hago.

Está lloviendo a cántaros cuando cogemos un taxi.

Abre la puerta con algo que no logro ver y entramos. Mi casa está en silencio, fría y desolada. Me quedo en un rincón esperando que me diga lo que tenga que decir y se marche. Pero mirándolo bien, no parece con ganas de querer irse. Empiezo a ponerme muy nerviosa. El vello de mis brazos se paraliza cuando sus pasos comienzan a acorralarme en la pared.

Antes de que pueda pensar en algo más, Michael me da vuelta la cara en una cachetada.

—Te dije —dice, agarrándome y haciendo lo mismo con la otra mejilla— que te deshicieras de ese crío. Odio cuando me desobedeces, cariño. Lo odio profundamente.

Llorando, me llevo las manos a ambas mejillas.

—Eso no te corresponde. No tienes… ningún derecho sobre nosotros.

—¿En serio? —me toma de los hombros y me empuja hasta la cama, donde me lanza con fuerza— Ese niño tiene mi sangre. Podría ir y llevármelo porque me pertenece.

Me echo a reír.

—Nunca harías eso. Te evidenciarías. A ti nunca te importé ¿por qué de pronto un bebé cambiaría las cosas? Tu mundo de ensueño. Tu esposa y tu querido y malcriado hijo Mike. ¿Crees que quiero que mi bebé sea igual que él? Estás muy equivocado.

—Somos familia, de todos modos —recuerda mientras se arrodilla en la cama, subiéndose y encarcelando mis brazos con sus manos envueltas en guantes— Además, nunca dije que quisiese evidenciarme. Podrías tener una hermosa casa aquí en Bellevue, criar a nuestro hijo, venir cada vez que pueda y salir a pasear. Tener nuestra propia familia. Y luego, en Forks, tendría que fingir que he estado en cosas de negocio.

—Eres patético, un infeliz cara dura.

Se ríe a carcajadas.

—Soy patético, infeliz y cara dura, todo lo que quieras, pero bien que te metiste a mi cama cada vez que te lo pedía. ¿A que sí?

—Suéltame.

—Y gritabas…

—Suél-ta-me.

—Y me pedías más, y más…

—¡Suéltame!

Me suelta el tiempo suficiente para volver a agarrarme.

—Me tienes harto.

—Te odio

—Te amo, Lizzy. Te amo tanto.

—Yo no, ya no te amo. No sabes cuánto te odio. Me arrepiento tanto de haber caído como una estúpida. Ahora sé que, independiente de todo, nunca nadie se va a fijar en ti como yo lo hice. Estás viejo. Reconócelo. Te vas a quedar en tu caótica vida con tu esposa, la única que alguna vez te ha soportado tantas humillaciones.

—Cállate.

—Te sentiste seguro de que todas las jovencitas se mojarían por ti. Qué lástima que con los años te hayas puesto tan… miserable. No eres atractivo para nadie, ni siquiera para ti mismo.

Sus ojos se agrandan, saliéndose de sus órbitas. Y luego, sus manos enguantadas se ajustan con violencia alrededor de mi cuello, impidiéndome respirar.

Empieza a golpearme con el puño, una, dos, tres veces. Estoy aleteando contra las almohadas en busca de aire.

—Te lo di todo… todo. ¿Y me pagas de esa forma?

La mano de Michael presiona con fuerza mi cuello y por más que trato de quitarle la mano, no lo consigo. Con determinación, coge la almohada junto a la cama y la deposita sobre mi rostro, terminando así con mi tortura.

El no poder respirar comienza a ser desesperante, angustiante. Pataleo hasta que algo en mi interior me lo impide. Una fuerza descomunal se cierne a través de mi garganta, y entonces de pronto lo único que veo son los ojos llenos de rencor, odio y dolor de Michael.

Veo a papá.

A mamá.

Bella, a mi hijo.

Veo todo lo que dejé inconcluso en Forks.

Mis ojos no se cierran nunca.

Y luego no vuelvo a ver, ni a sentir, nunca más.


La vida de Lizzy se resumió en todas las malas decisiones que tomó. Para su mala suerte, tuvo un desafortunado desenlace.

Nos leemos prontito!

Besos