El Señor es mi pastor: nada me falta.

Salmo 25. Bíblia.

Code Geass R3: Chained to Revenge.

Movimiento Número Veintiocho: Haz de Fuego.

XXX

Real Academia de Oficiales del Sacro Imperio de Britannia. Tres años antes.

La fiesta de fin de curso había concluido de una manera perfecta: con una fiesta ajena a todos los profesores del centro. La Real Academia de Oficiales contaba con normas y castigos realmente estrictos, pero esa noche se violaron todos: desde la norma número uno ("No penetrar en el centro con sustancias de consumo ilegal en lugares públicos como estupefacientes, tabaco y alcohol") hasta la número treinta y ocho ("Nada de ajenos").

Al fin y cabo, era el ansiado por todos último día del curso. Y para Leral, y algunos pocos más, el último día que pasarían allí, pues mañana al alba, iría un transporte oficial a recogerlo.

Leral, Cedric y compañía no iban a ser menos. Se pasaron toda la noche con chicas y varios alumnos de grado superior recorriendo todos los locales de alrededor. Reían, iban a discotecas, bebían... y también había que fumaban. Leral nunca había sido un bebedor de fondo y a última hora de la tarde estaba tan ebrio que no se acordaba ni de donde estaba la Academia. A las dos de la mañana volvió a donde tenía que dormir, pero se encontró con las puertas cerradas y junto con Cedric se vio obligado a acomodarse en un rincón.

En un momento dado les despertaron dos guardias dándoles golpecitos en la pierna con la porra. Habían perdido la noción del tiempo y le llevó unos segundos dilucidar si se trataba de la seguridad privada de la Academia o agentes de la parca en misión especial.

– A ver, no podéis dormir aquí.

– A sus órdenes, coronel.

– Andando o te encierro en el calabozo, aunque sea el último día, me da igual. A ver si le encuentras el chiste, chaval.

No se lo tuvieron que repetir dos veces, ni a él ni a Cedric. Solo estaban ellos dos pasando la noche al raso porque los de grado superior se encontraron al llegar, a la misma hora, con la puerta abierta; la suerte. Ambos echaron a andar con la esperanza de que por el camino no tropezaran con alguna piedra y se cayeran dando tumbos. Decidieron ir al lago, que estaba fuera del recinto y les encontraba cerca. El trayecto normal les hubiese durado unos diez minutos, pero en esa ocasión se multiplicó por tres.

Finalmente, en un giro milagroso, llegaron a la orilla, para, como si de una maldición se tratase, encontrarse a Gary sentado mirando el reflejo de la Luna en el agua.

– ¿Están borrachos? –dijo Gary.

– Debemos estarlo –respondió el rubio.

El heredero Lagerfield optó por callar.

– Aquí tan lejos y siendo el día que es no vale la pena hablar de usted ya. A ver. ¿Qué hacéis aquí?

– No teníamos otro sitio donde ir. Las puertas de donde dormimos estaban cerradas. Las de los mayores no –contestó Cedric.

– Veo normal que gente con dieciocho y diecinueve años salga de fiesta a estas horas para celebrar el último día. Y que beban. Y que fumen aunque esto último no me parezca la mejor forma de pasarlo bien. No gente de catorce años. Por eso les hice ese pequeño favor.

Leral cerró los ojos y suspiró. ¿No le parecía bien que fumasen cuando el fumaba más que una chimenea? De todas maneras el no había probado el tabaco en la vida. Su cerebro embotado de licor y amargura era incapaz de dar forma al torrente de negativas y maldiciones que se le estaban apelotonando en los labios.

– Déjanos entrar, por favor –pidió.

– Por favor, sólo por esta noche. No volverá a pasar. Se lo suplico, señor.

El pelirrojo paseó la vista por ambos.

– ¿Tú te quedas otro año, no Cedric? –Lagerfield asintió, y el pelirrojo añadió cuando lo hizo:– He visto tus notas, no están nada mal. Las mejores de tu curso.

– Gracias.

– Soy consciente de que busques un respiro después de tanto estudio, pero esto no es precisamente... lo más indicado. Y tú... Leral...

– Sólo he suspendido dos, no está nada mal –dijo orgulloso.

– No has estudiado ni un examen. Has aprobado todas por los pelos. Las físicas... una pena. ¿Manejo de Armas? Te cargaste una reliquia. ¿Educación Física? No sabes ni pegarle una patada a un balón. ¿Esgrima? Confundiste una espada de pruebas con una de verdad e ingresaste a tres en la enfermería. Y las nueve asignaturas en las que hay que utilizar esto –se señaló con un dedo la cabeza–... mejor pero tampoco para echar cohetes, nota máxima un siete y en Literatura, te podrías haber lucido ahí y en muchas otras. En Matemáticas, cuando en años anteriores sacabas ochos, en este has sacado un dos, porque no has hecho ni un día los deberes, no has entregado ningún trabajo y pasas olímpicamente de lo que te diga el profesorado, los exámenes los has entregado en blanco total, y aún te queda la del año pasado. Matemáticas de segundo.

– El año pasado por estas fechas suspendí tres –recordó–. Y ya le pedí perdón al profesor H. por lo de la espada.

– Eso no va a hacer que se recuperen antes... ni que el médico les sea gratis. Además, ¿qué me dices de Estrategia Militar? Increíble: os dejamos jugar todo un mes al paintball para ver si con las prácticas os va mejor y a ti se te ocurren ideas de bombero.

– En el sorteó me tocó ser capitán de uno de los cuatro equipos y lo hice lo mejor que pude.

– Utilizaste las bengalas que te dieron tontamente.

– Era de noche, y hacían falta gafas especiales. Con las bengalas logré cegar a dos grupos enteritos.

– Por no hablar de que cuando el Grupo Azul estaba en su fortín asaltaste las radios de la Academia y del propio fortín y les hiciste escuchar cuatro horas seguidas Wannabe de las Spice Girls hasta que salieron y os los inundasteis a pintura.

– El Grupo se rindió gracias a eso. Se llama ataque psicológico y sé de buena tinta que Britannia lo utilizó contra Irak.

– Echaste absenta en el agua que iban a beber los del Grupo Rojo.

– ¿Qué es absenta? –preguntó el moreno.

– Es un tipo de alcohol que lleva haciéndose desde la antigua Grecia, con diferentes tipos de hiervas. Tiene 89'9º, el doble de lo que hemos bebido esta tarde-noche. Quema hasta el alma. Pero... ¿Cómo es que si lo sabíais no me habéis castigado? Incumplía una norma... creía que no lo sabíais.

– Lo sabíamos, pero como eran prácticas decidimos pasarlo por alto.

Con esa conversación no iban a llegar a ninguna parte, así que Lagerfield vio oportuno intermediar, porque de poco tenía las manos completamente congeladas.

– Venga, profesor –medió Lagerfield.

– Si estamos en la calle es por su culpa –prosiguió ne. Britannia.

Lagerfield dio un codazo a Leral. El mensaje era claro: "Calla ya. No lo empeores más".

– Por mi culpa. Esa sí que es buena. Talento para estudiar no tendrás, pero suerte e imaginación calenturienta te sobra. ¿Por qué infausto motivo, si puede saberse, es culpa mía que te hayas ido de fiesta sobrepasando el toque de queda?

– No es culpa suya que no nos hayamos ido de fiesta. Sino que al volver, se nos haya dado un trato distinto que a los que son de un grado superior.

– Eso ya te lo he explicado... –alargó las manos y se mordió los labios, finalmente las agachó– No importa. Vamos adentro.

Ambos sonrieron.

– Por cierto ¿Qué hacía aquí, profesor?

– Viendo las estrellas, Lagerfield.

– ¿Sí? –se interesó Leral.

– No. Pero me acordaba de alguien. No me preguntes quién, porque no te lo diré. Por cierto, Leral. ¿Has pensado, de no ser príncipe, ser de un grupo de presión, abogado o fiscal... o humorista?

– ¿Qué es un grupo de presión? –preguntó Cedric.

La verdad quedaba muy lejos de lo que contestó. Un grupo de presión era aquello que intentaba mover a la gente a hacer algo. Los políticos eran grupos de presión, así como la gente que hablaba a favor de las tabacaleras, las armas, el alcohol, o que desmentía que la telefonía móvil produjera cáncer.

– ¿Sabes qué es una estrella de cine, no? –respondió el pelirrojo– Pues un grupo de presión es algo muy parecido. También se ganan la vida hablando.

Esa respuesta le valió y calló. Al rato, mientras Gary con paso enérgico se dirigía a la Academia, Lagerfield se quedó rezagado a posta, hasta llegar a la altura de Leral que se tambaleaba.

– Leral –dijo de pronto– ¿Aunque te vayas este año de la Academia, vendrás de cuanto en cuanto a vernos o algo, no?

– Claro. Además, en Navidad nos volveremos a ver fuera de la Academia, vives muy cerca de Vries. Hablando de Vries... tengo muchas ganas de ver a mi madre.

Ahí acabó la conversación. Cedric no se atrevió a decirle lo que hacía un par de semanas le había contado la suya y le había prohibido comentar con cualquiera: que Catherine ne. Britannia ya estaba muerta y sepultada.

XXX

Dos semanas después.

Miu Nizishawa había recibido el encargo por parte de Pamela Lagerfield de entregar un paquete a la Villa Imperial Vries. Al enseñarle una nota escrita personalmente por lady Lagerfield los guardias de seguridad no pusieron ninguna objeción y a regañadientes la dejaron pasar, advirtiéndole que no le sería fácil llegar a la mansión sin un guía que le mostrara el camino.

– No hace falta. Gracias. –respondió educadamente.

Ellos no hicieron nada más. Al fin y al cabo no era su problema y cuanto más tardara en llegar a la mansión mejor, quería ver el paisaje. Sólo había estado en la Villa Imperial una vez, la vez que Leral le prestó aquel libro hacía años y que aún conservaba. Cuando los Lagerfield se enteraron de que había entrado sin su permiso allí le prohibieron terminantemente volver a ir.

Tenía ganas de ver a Leral, hacía mucho tiempo que no hablaba con él por estar interno en la Real Academia de Oficiales. Veinte minutos después de entrar en el recinto, ya había encontrado la Mansión. Llamó al timbre un par de veces, hasta que una de las criadas acudió a la llamada. La saludó con la mayor cordialidad y le tendió el papel que la señora Lagerfield había puesto en sus manos.

– Debo darle un paquete, es urgente.

Ella, desconfiada leyó y releyó otra vez la nota. Todo parecía en orden, aunque después de lo ocurrido a Catherine –que era un secreto a voces– debían desconfiar de todo el mundo. Que hubiera entrado en la urbanización y que hubiera conseguido llegar a la calle Henrry the VII, con toda la seguridad que había impuesta, era suficiente garantía de que sus intenciones eran nobles.

– Todo parece estar en orden –se guardó la carta en el bolsillo del delantal blanco y añadió–. Dame el paquete hija, yo misma lo pondré a su disposición.

– Confiaba en poder entregárselo yo misma –refunfuñó.

– En circunstancias normales es imposible que un príncipe reciba a un miembro del servicio de otra casa. En estas circunstancias, que son especiales, hasta nosotras las del servicio de toda la vida, tenemos que pasar controles. Además, por muy guapa que seas no creo que Su Alteza esté dispuesto a atenderte personalmente.

Esa última frase era lógica. Cuando pensaba en la palabra "príncipe" lo primero que le venía a la cabeza era un chico joven y guapo sentado en su ornamentado trono con un perro custodio de aspecto noble a cada lado y un gran grupo de modelos voluminosas atendiéndole como es debido.

– Está muy afectado por lo de su madre –suspiró la criada.

– ¿"Lo de su madre"? ¿Qué es "Lo de su madre"? –preguntó con avidez.

– Es extraño que no lo sepas. Es un secreto a voces. Lamento que no nos tengan permitido hablar de ello. Aunque hay varios rumores que apuntan a... no sé si... venga, entre tú y yo: hace una semana más o menos fue enterrada en una fosa común. Murió de cáncer y al parecer el Emperador Charles no quiso pagar un tratamiento.

– ¿Quién es? –preguntó una voz firme desde lo alto de la escalera.

Era una voz que hizo que a la criada le recorriera la espina un escalofrío y que hizo que la cara de la rubia se iluminara.

– Nadie Su Alteza –respondió rápida.

– ¿Estabas hablando sola, pues? –cuestionó la veracidad de su respuesta.

– No... eh, sí... –se afanó en corregir–, es un miembro del servicio de la casa de Lagerfield.

– Nombre –exigió.

– Señor, no creo que...

– Quiero saber su nombre –su tono ahora era relajado–, quiero saber el nombre del mensajero.

– Nizishawa –contestó ella.

– Ese nombre me suena –dijo un rato después– ¿Te conozco?

– Sí.

– Claro que no la conoce, Su Alteza, es una plebeya –negó ella.

– ¡Ah! Ya me acuerdo. Lisbeth, hágala subir a mis aposentos.

– ¿Qué? –preguntaron las dos al unísono.

– Bueno, si ella no quiere no, es claro –dijo.

– Yo... –intentó decir algo coherente, pero no pudo.

– Si está de acuerdo, por favor, Lisbeth, condúzcala hasta aquí.

La mujer la condujo a regañadientes a sus aposentos, la dejó en la puerta. Esperó a que la anciana desapareciera de su vista para llamar con los nudillos. Automáticamente recibió una invitación a pasar desde el interior.

La habitación era bastante espaciosa, alrededor de unos treinta metros cuadrados. Todo el mobiliario –cama, estanterías, armarios, cajones, perchas, sillas, escritorio, etcétera– era uno solo en color madera, no desentonando con unas paredes pintadas de un color amarillo. Entre dos estanterías repletas de libros, películas, DVDs, videojuegos, y demás había una ventana que daba al jardín de abajo. Había una televisión, una consola, un radiocasete... en una pared había un panel de corcho con varias fotografías y en otra había un calendario. Sobre el escritorio había un portátil, algunos cajones, botes para bolígrafos, libretas, un par de libros...

En un rincón pudo ver un par de espadas de madera y en otro tres fundas de guitarra ligeramente más grandes de lo normal una encima de la otra. Cuando entró vio al chico sentado sobre la cama, con una especie de guitarra sobre las piernas, pero que emitía un sonido mucho más grave de lo normal. Cuando notó su presencia se giró hacia ella y apartó el instrumento a un lado.

– Hola –dijo ella.

– Hola –devolvió el saludo– ¿Qué tal?

– Bien. ¿Y tú?

– Contento.

¿Cómo una persona a la que se le muere su madre en esas circunstancias puede estar contento en un momento como ese?

– ¿Contento? –preguntó, no creía haber oído bien.

– Sí, contento.

– ¿Contento por qué? –quiso saber más.

– He recibido una visita. Por eso estoy contento.

– ¿Sólo por eso estás feliz?

– No, estoy contento.

– ¿Feliz y contento no es lo mismo?

– No –negó él–. Estar feliz es como estar contento mucho tiempo. Estar contento es sentirse bien durante un periodo corto de tiempo. Ahí la diferencia.

– No parece una diferencia muy grande –atajó.

– De hecho, no es una diferencia para nada grande –sonrió.

Ella lo imitó.

– ¿Tienes mucho tiempo? –preguntó.

– No lo sé.

– Si quieres, toma asiento. No tienes por qué estar aquí si no quieres.

– Esque... tampoco quiero estar allí –sonrió.

– Ya veo.

– ¿Cómo es que te acordabas de mi apellido? –preguntó al fin.

Él abrió un cajón de la mesita de noche y sacó un libro, Grandes esperanzas, se lo tendió.

– Aún lo tengo.

– Yo también tengo el tuyo aún.

Ambos empezaron a reír.

– No creía que fuera a volver a hablar contigo. Los Lagerfield cambian mucho de personal de servicio.

– Yo debo ser especial –fue su respuesta.

– Seguro que sí. Por cierto. Puede parecer una pregunta estúpida pero... ¿Por qué desde hace años ya no te pones en ese lado de la verja a leer?

– Los últimos dos años sí leí allí, cada tarde. Antes no porque cuando se enteraron que vine a la biblioteca de aquí me lo prohibieron. Ahora tampoco me dejan estar ahí. Es como si no quieren que coincidamos.

– Nunca pondría en duda esa última afirmación. Los Lagerfield son una familia muy rara, todos excepto Cedric.

– Verdad –coincidió.

No llevaban ni diez minutos hablando y parecía que ya se conocían de toda la vida. Había resultado ser una conversación muy amena y entretenida.

– Ha debido venir mucha gente a la Villa estas últimas semanas –observó.

El semblante del chico cambió de una manera drástica.

– No –negó fríamente–, no ha venido nadie. Motivo por el que me he puesto contento al ver que venía alguien.

Sabía que no debía continuar por ese camino si quería continuar la conversación con ese chico con el que tan bien conectaba y escapar un poco de tiempo más de los Lagerfield, pero aún así tentó a su suerte.

– Es extraño –dijo.

– En absoluto lo es. Nadie de mi familia tanto materna o paterna a venido a verme. Tampoco ningún amigo de la familia ni... ni nadie. Últimamente en las televisiones están diciendo que mi madre murió en el 2010 a.t.b y que fue enterrada dos días después... eso es mentira. Murió en el 2010, verdad, pero no fue enterrada hasta hará un par de semanas. Y fue enterrada como si fuera un pobre animal. Pero no me gustaría hablar más de ello –su rostro volvió a cambiar–. ¿Tocas algún instrumento, o algo?

Se sintió aliviada ante el nuevo rumbo que estaba tomando la charla.

– El piano no se me da nada mal –proclamó orgullosa–. Tu la guitarra ¿No?

Él cogió el instrumento de su lado y sonrió divertido.

– Es un bajo eléctrico –pasó el dedo índice de la mano derecha por todo él y dijo:–, es muy parecido a la guitarra, pero el mástil es bastante más largo, y tiene como máximo seis cuerdas, aunque en Japón antes había quien los hacía con doce. Por otro lado, también sé tocar la guitarra y la trompeta, y espero aprender a tocar muchos más instrumentos. El piano y el órgano por ejemplo.

– Estaría encantada de enseñarte, aunque no soy muy buena profesora –rió.

– Sería estupendo. Aunque no creo que los Lagerfield te dejen.

– Si se lo pides tú seguro que sí. Nadie puede negarte nada a ti.

Sonrió una vez más.

– Ojalá eso fuera cierto. A la única persona a la que nadie puede negar nada es al emperador.

– Podrías ser emperador algún día, no se sabe.

– ¿Leral el VII? Suena como a muy viejo. Además hay mucha gente en la línea sucesoria por delante de mi, muchos hermanos y esas cosas.

– Un emperador puede cambiar el mundo.

– Desde luego, y por eso me encantaría asumir el trono alguna vez. Aunque es cuanto menos imposible.

– Ten fe –dijo ella–, quizás algún día sí llegues a ser Leral el VII y puedas cambiar el mundo a mejor. Quizás incluso podrías escribir una autobiografía que posteriormente fuera adaptada a la televisión.

– Realmente eso sería genial.

XXX

Presente.

Ya había pasado media hora. Estaban atrapados. No podían salir. Y lo sabían. Sólo lo sabían. No encontraron explicación lógica que les diera la explicación de por qué no podían abrir ahora la puerta. La opción más sensata, aunque no lograba convencerlos del todo, era que se había instalado recientemente un dispositivo de seguridad muy moderno.

Intentaron abrir también la otra puerta del fondo, pero no pudieron. Estaba herméticamente cerrada, y esta sí podían tocarla y palpar el candado que la sellaba.

Un tiempo después, ya agotado por el esfuerzo, se sentó en una silla al lado de su acompañante provisional. La miró en la penumbra –no había luces en la habitación y sólo se podía ver por un débil rayo de luz que entraba por alguna parte de la habitación que no sabía identificar– unos instantes y hasta le dio por sonreír. Su rostro revestido de paz aún era más de porcelana. Se vio tentado de apartarle un mechón que le caía, pero se contuvo y giró la cabeza: tenía que salir de allí y no confraternizar en absoluto con ella. Aún seguía siendo el enemigo.

¿Por Marshall les había contado que en esa habitación estarían Nunnally, Mao, y un amigo suyo? Que estuviera Nunnally era lógico, ella era el cebo. Pero... ¿Mao y 'el amigo'? ¿Por qué había dicho que estarían allí? No había razón. Hubiera sido, desde su punto de vista, más tentador para ir allí que estuviese sola. Sin vigilancia. Pero les había dicho que estaban allí con ella. ¿Por qué?

Y en el discurso de Marshall había más incógnitas que le picoteaban el cerebro: ¿Por qué le había explicado lo de los experimentos con él, su hermano Valiant, Cedric y Miranda? ¿Quería que lo supiese? Y también recalcó mucho el que su madre estaba muerta, que la mandaron matar.

A ojos de Leral, Charles siempre había sido el asesino de su madre por haber permitido, así como hizo con Nunnally y Lelouch, que sufriera pudiendo evitar su dolor. Antes de que Valiant le contara todo, ya sabía que el cáncer no era el único asesino, sino también Charles. Por alguna misteriosa razón Valiant se lo había confirmado, que el único asesino era Charles y que su madre no estaba enferma, que eso era solo lo que decían los medios. Y ahora otra vez, Marshall se lo había vuelto a decir. ¿Por qué?

Sabiendo Valiant que decirle la verdad le haría más daño, ¿por qué se la dijo si ya sabía la opinión que tenía de Charles? ¿Por qué Marshall se lo había dicho ahí? ¿Por qué le había encomendado a su hija y por qué accedió a llevarla consigo sabiendo que sólo era una carga?

– Leral... –gimió la chica a su lado, Leral se giró hacia ella– ¿Mao... y... tu amigo.... y tu hermana... ya están aquí?

– No –y ahora sí le apartó el mechón de la cara, a ella le dio una gran sensación de ternura–... o a lo mejor sí.

XXX

– Anya, deja un momento la Torre y gira ciento sesenta grados, a mi posición –fue la orden, y no la petición, que le hizo Kallen a la piloto del Galahad.

Con los datos que poseían más los incorporados –como que por ejemplo, efectuar una maniobra que no fuera en zig-zag le llevaba el triple de tiempo que efectuar una normal y que la distancia máxima que podía bajar y subir era de veinte metros antes de parar un par de segundos y volver a moverse– trazaron un plan.

Para explicárselo unos a otros trazaron tres pirámides. En las bases de la primera estaban Ohgi y Tamaki, en las de la segunda Toudou y Nagisa, y en la última el Shen-Hu, perteneciente a la Federación China, pilotado por Li. Coronando la primera pirámide se dispondría el NeoLancelot, y coronando la tercera el Guren. La cima de la segunda pirámide era la que debía tomar el frame azul de velocidad superior a cualquiera vista anteriormente.

Lo tenían atrapado. No podía ir hacia abajo, porque estaban Tamaki y Toudou. Tampoco podía ir hacia arriba, porque estaba el escudo de fuerza. Mucho menos podía ir hacia los lados: Kallen y Suzaku estaban allí esperando.

– ¿Pero qué hacen esos? –fue lo que le dio tiempo a exclamar antes de darse cuenta de las posiciones de cada uno– ¡Dios!

Por fin se había dado cuenta: le bloqueaban. No podía ni descender ni ascender en zig zang, tampoco podía ir a los lados, que aunque costaba más tiempo, se tardaba menos que bajar y subir en linea recta... sólo le quedaba la opción de bajar. Si se quedaba más tiempo en esa posición lo volarían en mil pedazos.

Temblándole las manos, cogió el mando lo más fuerte que pudo. Presionó cuatro botones de un panel a la derecha para cambiar el rumbo y neutralizar por unos momentos el patrón de movimientos, y, lentamente fue bajando el mando.

– ¡Ahora, Anya, dispara! –gritó Kallen.

– ¡Ahora!

Todos los Black Knights en posición lanzaron los Slash Harken hacia el Majestic, clavándolo en la muralla invisible que había sobre y tras él. A continuación, fue el turno de Suzaku y Kallen, hasta que la gran onda rosácea de Anya impactó en su pecho.

– Blanco –susurró la Knight of Three.

XXX

Aparcando los pensamientos de su madre, Valiant y Charles centró su atención a las palabras de Marshall en torno a Mao y ese misterioso Amigo. Quizás sí que estuvieran ahí, Mao... ¿Quién le decía a él que no podría haber usado él sus poderes mentales para darles una falsa sensación de estar atrapados? Nadie. Era otra opción a considerar fuertemente. Conocía bastante bien a Mao como para saber que esa clase de juegos mentales le encantaban.

A los cinco minutos se dio cuenta, definitivamente, de que todo era obra de Mao. Marshall no tenía ninguna razón para mentirle. Pero ahora se abría otra pregunta: ¿Como saldrían de esa treta puesta por el chino?

Quizás no podrían nunca. Era una de las pocas cárceles de las cuales no se podía escapar nunca, pues aún no había sido forjada aquella llave que la abriera.

– ¿Qué es eso? –preguntó él de repente.

XXX

La explosión había provocado un estruendo audible en todo Grial y alrededores y había calcinado a cuantas unidades de knightamares y demás –tanto aliadas como de la Iniciativa– había a su alrededor. La gran bola de fuego con núcleo dorado en cuyo centro estaba Cedric fue vista desde la mismísima Pendragón.

De pronto, la temperatura del interior de toda la fortaleza subió de un modo drástico, tan drástico que a los pocos segundos ya temían que algún sistema se fundiera por la intensidad.

– ¿Ya está, no? –fue lo primero que le pasó por la cabeza a Suzaku.

– Eso esperamos –sonrió Kallen.

– Según los cálculos, la onda le ha dado de lleno en la cabeza –informó Anya objetiva.

– No hay escudo que pueda parar ese disparo, ha sido perfecto.

XXX

– Lelouch... Lelouch... Lelouch...

Lelouch al fin abrió los ojos. Estaba echado sobre la verde hierva de uno de los bosques de Grial, al lado de la chatarra que ya era su frame. Junto a él CC arrodillada auscultandole el corazón. Cuando recuperó por completo el sentido se percató de que no podía mover bien el pie derecho, seguramente tuviera un esguince. Se llevó las manos al rostro y vio que las tenía llenas de arañazos y los guantes hechos jirones, no quería imaginarse como estaría el resto del cuerpo. Finalmente, se palpó la cara y las orejas. Tenía sangre seca en orejas y nariz. El casco de Zero estaba partido en dos con el cristal roto a aproximadamente dos metros de distnacia.

– ¿Estás bien?

CC estaba igual que él: sangre en los mismos sitios y algún que otro arañazo en la cara. Al ver que estaba consciente le sonrió.

– Debo estar muy feo –evaluó.

– Estás encantador –corrigió.

– No creo que así tenga mucho encanto –replicó a duras penas, no podía respirar tampoco bien.

– Quizás no tienes encanto –alzó la vista y luego la bajó apuntando directamente a sus ojos–, pero me encantas.

La peliverde le recostó la cabeza sobre su pecho, y descansaron.

XXX

Estamos atrapados en una cárcel imaginaria con dos puertas: una no se puede tocar y la otra está cerrada herméticamente. No hay llave que las abra. No hay ventanas, pero hay luz. No hay comida, ni ningún tipo de víveres. Ella está muy enferma. Sólo llevo una triste pistola de agujas. Nadie sabe dónde estoy exactamente. Todo lo controla una persona que puede hacer que lo irreal se vuelva real y a la inversa. No hay escapatoria.

– ¿En qué piensas... Leral? –se interesó ella de repente.

– Estoy evaluando la situación.

– ¿Tu pronóstico?

– No muy favorable.

Hay que buscarle un nuevo sentido a todo esto. Para empezar, según la fuente y según el propio Marshall, cada uno de los cuatro tiene que desencadenar un suceso trascendente que llevará al siguiente. Si nosotros estamos encerrados significa que los primeros en hacer algo serán Valiant y Cedric. Valiant es difícil: está en Tokio. Cedric en cambio... pero... ¿Entonces era eso lo que pretendía? ¿Reservarnos? Pero Miranda, si tiene lo que dice que tiene ¿No me mataría a mi también? Joder, no. Usa la cabeza Leral. Se dijo a sí mismo.

XXX

– ¿Cuánto tiempo hace desde que Leral penetró en la torre? –preguntó Bismarck.

– Tres cuartos de hora más o menos –respondió Li-Xingke– ¿Creéis que estará bien?

– Más le vale –dijo firme Suzaku–. No sé porque se le ha permitido entrar ahí dentro, no sé ni cómo ha sido tan estúpido como para entrar él mismo.

XXX

Cerró los ojos. No puedo hacer nada.

– Sí puedes –dijo una voz similar a la suya.

– Tú... –suspiró Leral, todo estaba oscuro– Tú debes ser mi tercera parte.

– Veo que las otras dos te convencieron. Me alegro.

– ¿Qué quieres? –interrogó.

– Ayudarte.

– ¿Cómo? ¿De qué manera?

Un ente igual que él radiante de una clara luz verde iluminó todo el lugar donde estaban. Leral tuvo que taparse los ojos y dar unos pocos pasos hacia atrás para poder verlo con claridad.

– Simplemente te diré que pongas en blanco tu mente. Que no dejes que nada entre y que nada salga. Como si fuera una muralla imposible de atravesar para quien quiera que ose intentarlo.

– ¿Pero cómo...?

– Simplemente hazlo. ¡No pienses! –exclamó– No pienses en nada, en nadie. No debes. No debes... –el sonido cada vez era más lejano– No debes... No... No debes.... No debes... No... No... No...

Despertó. Se había quedado dormido con la cabeza en el hombro de su acompañante e intentó lo que le habían acabado de decir cerrando los ojos. Eliminando cualquier sonido, cualquier imagen, cualquier impresión concentrándose en la nada. En que nada ocurriera. Era la tarea más difícil que había intentado nunca: no oír, no escuchar, no sentir, no oler, no nada.

Un escalofrío le recorrió toda la columna e, inevitablemente, tuvo que abrir los ojos para darse cuenta de que la puerta frente a él custodiada por muchos candados ahora estaba abierta y con una luz proveniente de ella, invitaba a pasar. Lo hizo. Ahora frente a él estaba Mao en la misma sala.

XXX

El knightmare frame azul no fue visto después de la explosión. Confiaban en que se hubiera desintegrado o fragmentado o alguna cosa así. Que se hubiera borrado cualquier rastro de su existencia. Por eso, y otras causas, nadie se sorprendió al verse apagada la luz del fuego y que no hubiera nada. Debía estar carbonizado.

XXX

– ¿Cómo has podido despertarte? –preguntó él realmente asombrado– No deberías... no.

– Yo también me extraño de haber escapado.

El peligrís estuvo unos momentos en silencio, mirándole fijamente. Al cabo de unos minutos intuyó que no estaba haciendo otra cosa que intentar meterlo otra vez en su sucio e injusto juego mental del cuál él era el amo y rey absoluto.

– No puedes ¿No? –preguntó.

El chino sonrió y empezó a aplaudir.

– Has acertado.

– ¿Cómo? –insistió con voz relajada.

El rubio se encogió de hombros.

– La verdad es que no lo sé. Confiaba en que me lo dijeras tú empezando una frase con "No tenía en cuenta que fuera a...".

– Eso es sólo en las películas. Igual que eso de que el malo te cuenta tu plan.

– ¿No me lo vas a contar? –el turno de preguntar de Leral.

– No lo tenía en mente –sonrió y empezó a aplaudirse él mismo– En... ¡En mente! ¿Lo pillas? En mente.

El rubio metió una mano en el bolsillo y sacó la pistola de agujas que guardaba. Le apuntó.

– Jo, ¿me vas a disparar con esa cosa? –se golpeó el pecho, que sonó metálico, y entre risas añadió– No me hará mucho mal.

– Si te doy ahí seguro que no. Sin embargo hay partes de tu cuerpo que no acoracé. Por ejemplo, el puto exacto entre tus dos cejas. Ahí por ejemplo no hay coraza.

– ¿Por qué? –preguntó– Si era tu arma perfecta. Eso sí, el que al final no me utilizaras con la hermana de Lelouch me llegó al alma.

– Si no tienes. Sobre lo de arma perfecta... no creas, el día siguiente a que me encerraran en los calabozos iba a dejarte en off. Sólo te quería para eso.

– Tenías una perla negra en las manos e ibas a tirarla. Qué tonto eres, tío.

Tomó la pistola con las dos manos y apuntó exactamente al centro de la cabeza. El androide continuó sonriendo, incluso tras desplomarse fulminado al suelo. Acto seguido él se echo directamente a tierra para atender a su acompañante. No tardó mucho en despertarse y al rato ya estaba en pie. Más desorientados que nunca.

XXX

– Tenemos que... que encontrar... una forma de que el Shinkiro... alce el... vuelo...

– Imposible –desanimó el bruja–. Está destruido al cien por cien. Sólo nos queda esperar aquí sentados. Bueno, en tu caso... acostado.

– Muy graciosa –dijo muy sarcástico.

– ¿A que sí? Mira al cielo, están explotando frames continuamente.

Lelouch respiró durante un buen rato antes de seguir la conversación.

– Me da un poco de miedo el que... el que nos pueda caer algún trozo. Sobre todo a mi. Tú... tú eres inmortal.

– Y por eso mismo te protegería. Somos socios.

– Otra vez.

– Otra vez no –replicó–; aún, más bien.

XXX

Cedric maniobró lo mejor que pudo para que su Majestic aterrizara lo mejor parado posible, tocaba descanso. El único daño que había logrado hacer el cañonazo conjunto al frame era una muesca de más o menos el tamaño de un pulgar en su gruesa armadura. Aprovechando el caos del disparo se escabulló para que el frame descansara.

El Majestic cuyo código era 2512-20x2 no dejaba de ser un knightmare frame experimental y debido al excesivo uso que se estaba haciendo de él necesitaba periodos de diez a quince minutos de descanso, de no ser así las placas protectoras caerían y el mismo frame aún con potencia aumentada explotaría. Prefería parar un rato a realmente salir carbonizado. Había que priorizar en momentos como ese.

XXX

La joven morena intentaba ponerse en pie inútilmente ella sola apoyándose en el mobiliario. Era cuanto menos imposible ya que sus fuerzas disminuían al mismo paso que corría el tiempo.

– Deja que te ayude –se prestó Leral, rodeando con el brazo izquierdo de ella su cuello.

Con la mano libre giró el picaporte de la entrada para salir de la habitación, sin saber realmente a dónde dirigirse. Lo que vio no tenía desperdicio. Era lo último que podría haberse imaginado encontrar a pesar de haber sido ya advertido con antelación.

XXX

Mientras Lloyd Asplund se emocionaba como un niño pequeño al ver las arriesgadas maniobras de los pilotos aliados las mujeres, cómo no, era las que estaban trabajando calculando trayectorias, midiendo fuerzas, filtrando contactos, y haciendo control de sistemas.

– Dr. Asplund... señorita Rakshata, tienen que venir a ver esto –llamó Nina con una voz que casi parecía un susurro.

Los dos científicos corrieron a donde ella estaba, con afán de llegar antes que el otro.

– ¡Dios, es imposible! –exclamó Lloyd.

– Ya sabía yo que los britannianos... –Rakshata dio una calada y continuó– nunca os traéis nada bueno entre manos.

– ¿Qué ocurre? –preguntó Cecile siendo la última en aparecer.

– Mira los sistemas –mandó Lloyd–. Es imposible que sea verdad.

– ¿Hay un traidor? –preguntó tras echarle un ojo a las pantallas.

– Posiblemente –contestó la india.

– El filtro ha encontrado una trasmisión con el sello K0F, el de los Knight of Rounds, a varios de los ordenadores del interior de Grial. Es muy poco probable que sea una negociación o algo parecido.

– ¿Por qué? –quiso saber más la peliazul.

– Para empezar porque no se está haciendo a una red visible al público, sino a una oculta de, posiblemente, el tío que esté controlando eso –aseguró Puding–. El segundo punto es que llevan diez minutos hablando. Quizá sí sea una negociación o algo así pero... lo mejor es prepararse para lo peor y estar atentos.

XXX

– ¡Kallen, cubre el ángulo derecho! ¡Ohgi, Nagisa, os quiero por el suroeste! ¡Toudou, a noventa grados de tu posición, rápido! –ordenaba vertiginosamente Suzaku.

Cada vez había menos de los dos efectivos. Quedaban prácticamente un par de cuartos de hora para que finalmente todo terminara. A penas quedaban ya una sexta parte de cada ejército y por lo que sabían, las bajas en el ejército de la Iniciativa eran bastante mayores, aunque no podían ilusionarse.

XXX

Volvieron a llamar a la puerta de la habitación en donde estaba Miu, volvía a ser Valiant.

– Suzaku al parecer a dado órdenes de que nos dirijamos a una de las salas de interrogatorios. Quieren que "cooperemos" para que ellos puedan hacer bien su informe de la situación.

– ¿Te han dejado venir sólo?

Valiant se giró y vio al séquito de diez caballeros que actuaban de guardias custodios y negó con la cabeza.

– Imposible. ¿Vienes? Ten en cuenta que cuando he dicho "cooperemos" quería decir que "estamos obligados a cooperar".

– Si no hay más remedio... –se levantó del sillón en el que estaba acurrucada y decidió ir con él, al menos estaría con una buena compañía, porque él lo era.

XXX

Vale, otra vez al campo de batalla. Suspiró y se dirigió apresuradamente al interior de la cabina de aquel gigantesco caballero de metal. Poco a poco fue elevándose en el aire dejando una estela de humo, y en casi nada de tiempo ya estaba otra vez con su efectiva ofensa constante.

XXX

CC y Lelouch estaban fundidos en un fuerte abrazo, aunque no por eso el pelinegro dejó de prestar atención a lo que ocurría arriba en el cielo. Vio perfectamente como el Majestic volvió a los cielos de donde era el rey y señor todopoderoso e invencible.

XXX

– ¿Tú? –gritó el rubio al ver el rostro del hombre que tenía frente si.

Ese supuesto "Amigo" del que Marshall le había advertido estaba delante de él y estaba seguro de que eso ya no era ninguna ilusión del por fin muerto Mao.

– ¿Cómo... tú?

El individuo a su frente sonrió de una manera turbadora, empuñaba una pistola. Tras él estaba Nunnally, su hermana.

– Soy un buen actor –dijo a media voz–. Y ahora, sí que sí, fin del juego.

– Me esperaba que ese "Amigo" fuera cualquiera menos tú. Ha sido impresionante.

Sylvain asintió rápidamente.

– Nunca habría supuesto que debajo de esa fachada se escondía alguien así... –se lamentó como aquel que pierde una apuesta contra un amigo– ¿Por qué lo haces? ¿Dinero?

– En efecto.

– Tienes que saber que una vez me mates, a mi, a Miranda –la miró– o a Nunnally ya todo será que Lelouch elija como quiere que salgas: o esposado o en una bolsa de plástico.

– ¿Quién te dice que quiero salir?

XXX

– ¡Mierda! –se oyó vociferar a Gino– ¿Ese frame no estaba ya inutilizado, Kallen? ¿Qué demonios habéis hecho? ¡Va más rápido que antes!

– ¡Es imposible! Le han alcanzado cuatro Hadron medianos y uno pesado en el pecho... ¡Es imposible que pueda seguir después de algo así! –gritaba Cornelia.

– Los Black Knights ya habéis hecho suficiente. Velad ahora vosotros por Leral. Esto es trabajo para los Knight of Rounds. ¿Cierto?

– ¡Cierto! –exclamaron todos los aludidos.

– Cierto –dijo Anya sin interés alguno.

– ¡Pues al ataque! –gritó Guilford.

La veda volvió a abrirse: a ver quién conseguía abatir el misterioso robot azul.

XXX

– ¿Entonces ya has perdido toda esperanza de salir? Bien, si no te haces ilusiones no te llevas chascos.

– Lo aprendimos por la fuerza –contestó el pelinegro.

Nunnally que hasta entones no había podido hacer nada evaluaba la situación –que por cierto era muy crítica– en silencio. Sylvain era el último obstáculo que lo separaba de su medio hermano.

– Leral.... –prosiguió– ¿Sigues escuchando la misma música de antes?

– No –negó–, tras lo sucedido con mi madre mis gustos en todos los campos cambiaron: en el entretenimiento, la música, lo culinario... en arte, incluso.

– ¿Qué escuchas ahora? –acosó.

– Clásica, rock, pop, alternativa, algo de hip-hop de vez en cuando...

– ¿Te gusta el rock?

– Sí.

Callaron unos instantes.

– ¿Conoces The Doors?

– ¿Eing? ¿Esto a qué viene? –preguntó con fingida sorpresa.

– Tú di: ¿Te gusta The Doors? ¿Te suenan? ¿Los conoces?

– Sí, sí los conozco.

– Son muy buenos... o lo eran, mejor dicho. A mi también me gustan y el otro día oí una de sus canciones... ¿Conoces el programa de K-Billy y los Supersonidos de los 70s?

– Esta conversación no lleva a ninguna parte...

– Va, para lo que te queda... ¿Lo conoces?

– Sí... –respondió tras dar un profundo suspiro– lo escucho a veces.

– Salió The End de The Doors. Es una de mis canciones favoritas. Y su letra le pega muy bien a esta misma situación. ¿La conoces? Seguro que sí. This is the end, beautiful friend. This is the end, my only friend. The end of our elaborate plans. The end of everything that stands. The end. No safety or surprise. The end I'll never look into your eyes again. Can you picture what will be. So limitless and free. Desperately in need of some stranger's hand. In a desesperate land.

Cuando acabó de recitar, y no cantar, la canción volvió a volcar toda su atención en la persona que tenía en frente.

– ¿Te ha gustado?

– No.

XXX

– ¿Al final hay un traidor en los Knights of Round o no? –Cecile canalizó todas las opiniones a esa sencilla pregunta.

– Sí.

– No.

– Puede...

Estaba muy claro a quién correspondía cada respuesta.

– Bien, ¿por qué tenéis esas opiniones? –prosiguió Cecile con el coloquio.

Rakshata dio un paso al frente y dio una profunda calada a su pipa.

– Son britannians, sin ofenderos a los tres que estáis aquí, la población del Imperio ha demostrado ser cuanto menos... poco fiable en muchos aspectos. No me extrañaría nada que hubiera un infiltrado, o dos... o tres, o cuatro... o más. O todos los Rounds y los britannians y estén haciendo boicot –expuso la india–. Yo creo eso.

– ¡Tonterías y paparruchas! –aventuró Lloyd– Si los britannians intentásemos boicotear toda la operación para favorecer a los de Grial más de la mitad de las bajas aliadas no serían nuestras. Por no decir que yo me hubiera enterado, así como mis ayudantes y ni de lejos Nina hubiera dicho nada de comunicaciones y Cecile no hubiera empezado este absurdo debate.

– ¿Que tú te hubieras enterado? ¡Ja! Permíteme dudarlo. Eres el último mono de las filas del Imperio y todo el mundo te toma por el pito del sereno, ya que eres el típico científico loco a lo Doctor Jekyll. Anda ya... –protestó Rakshata.

– ¿Y tú Nina? ¿Qué crees? –intentó la peliazul enfocar otra vez la charla.

– Yo... no lo sé. Las dos cosas pueden ser ciertas... aunque los britannians todos son así... al menos estoy segura de que nosotros no.

Así no llegamos a ninguna parte... pensó Croomy.

– ¡Científico loco! Eres un chiste andante.

– ¡Bruja! Inventa una escoba si tu intelecto llega ahí y echa a volar.

– Maldito Puding, eres un tonto.

– ¡Ja! –fingió reír el peligrís– ¿Debería molestarme por eso, vieja bruja? Oh, sí –se llevó las manos al rostro y fingió estar llorando desconsoladamente– ¡Me has llamado tonto! ¡Ah, ah! Se lo diré a Lelouch...

– Eres más teatral que las memorias de Shakespeare. Calla ya, anda e intenta hacer algo útil, bufón.

– ¿Pero qué te has creído? ¡Toda la tecnología de esta sala es mía y de mi grupo de alumnos!

– ¡Desarrollada a partir de modelos japoneses y chinos de hace más de diez años! Vives en el pasado, Asplund... –se burló.

– Yo ayudé en el desarrollo del primer knightmare frame: el Ganymedes, con Ashford y su abuelo –señaló a Nina– Tú y el mundo entero nos copiasteis.

– Querrás decir mejorado...

– No, no quiero decir eso. Quiero decir copiar, hurtar... y demás sinónimos. Sin mí tú no hubieras nacido, hablando en términos profesionales.

– ¡Bah! ¡Qué sabrás tú!

Los dos se miraron desafiantes, otra batalla parecía estar librándose en el laboratorio. Saltaban chispas.

– Sin mi no hubieras sido nada –se apuntó Lloyd un tanto.

– Que sí.

– Que va.

– Que sí.

– Que va –repitió.

– Que sí –contestó.

– Que va.

– Que sí, te digo.

– Que va.

– Que va –dijo ahora Raskshata.

– Que sí –fueron las últimas palabras de Lloyd.

Los dos volvieron a cruzar miradas.

– ¿Ves? ¡Lo has reconocido! –dijo Chawla y luego se rió de él.

El aludido le dio la espalda y apretó los puños con fuerza. Esta mujer me saca de mis casillas.

XXX

Sylvain –delante de Nunnally– y Leral –cargando con Miranda– cruzaron miradas, y en ese momento Leral supuso que las últimas tres personas que vería en la habitación serían ellas.

– ¿Cuantas veces has ido a la iglesia este año, Leral? –volvió a salirse Sylvain, con otra de sus tontas cuestiones.

– Una y sólo por acompañar un domingo a Miu.. Ella es muy religiosa.

– Lo sé –reconoció–. Estamos a uno junio, ¿te arrepientes de no haber ido más?

– Para nada –negó.

– Si por un casual llegas a salirte de esta, que no será el caso, ¿irás?

– No creo.

Desde hacía unos instantes la mirada de Nunnally no era la misma. Era como si estuviese pensando pues ponía casi un idéntico semblante al de Lelouch cuando trazaba el plan de ataque. Era como si estuviera ausente, atrapado en sus cavilaciones y cálculos mentales.

– Reza lo que sepas –ordenó.

– No sé rezar.

El pelinegro fue levantando poco a poco el brazo, y colocó el cañón de la pistola, metálico, en la frente del otro chico. En las películas, o libros, siempre se dice "el helado cañón" o parecido, mas no era el caso. Estaba bastante caliente, casi era placentero... aunque alarmante. Denotaba que habían disparado hacía no poco. El olor a pólvora no hacía más que confirmar sus sospechas.

El pelinegro presionó el gatillo y como en las teleseries cutres, toda su vida pasó por delante de sus ojos a diapositivas. De pequeño en el parque con unos patos, la foto con su hermano y su madre, Charles, él mismo con Miu viendo la televisión, con ella en el cine, con ella simplemente riendo, llorando incluso, su coronación, su conversación por videoconferencia con Zero cuando todo el asunto del espía, él con Gary en numerosas ocasiones, con Cedric, también con el propio Sylvain sonriendo, él con el bajo eléctrico que le regalaron en su dieciséis cumpleaños, con Nunnally, con Suzaku, con Lelouch y CC, con Miranda, él en el Crimson... y tras toda la serie de fotos la mente se le puso en blanco y un escalofrío le recorrió la columna.

Notó un fuerte dolor y se cayó hacia atrás, apoyándose en la pared. Tenía sangre en la cabeza y por todo el cuerpo en general. Había disparado.

XXX

– Lelouch... ¿cuales han sido las personas de tu entorno que más han influenciado en tu vida? –se interesó CC.

– ¿Para qué quieres saber ahora esas cosas?

La chica, que mientras las naves se destruían en el cielo, estaba tumbada con Lelouch sobre la verde hierva se encogió de hombros y le miró.

– Curiosidad.

Maldita palabra. Lelouch sabía que si CC le preguntaba algo o hacía algo, lo hacía por algún motivo. La palabra "curiosidad" no era parte de ella.

– Mi entorno, toda mi vida, ha sido muy amplio y contrastado.

– Tú di: para bien y para mal, quienes han sido las personas que más han influenciado en tu vida. Sin orden ni agrupación.

– Nunnally –empezó–, mi madre, mi padre, Schneizel... err... Clovis, tú por supuesto, Suzaku mucho también, Jeremiah, Sayoko muchísimo, Toudou un poco... Rivalz bastante. No sé. Y más también. Li por ejemplo.

– Ah... ¿me has nombrado la sexta? –fingió enojarse.

– Habías dicho "sin orden ni agrupación" –repitió.

– ¡Qué importa! –exclamó– Me has dicho la sexta... la sexta.

Ambos rieron.

– En muchas cosas eres la primera. La primera en la que pienso al levantarme, la primera con la que quiero hablar...

– ¿Y no la última por la noche?

– No.

– ¿Por qué? De siempre ha sido "eres la primera con la que pienso al despertarme y la última antes de dormir".

– Ya –admitió–, pero si llego a pensar en ti antes de dormirme... no podría descansar bien. Estaría dándole vueltas a tu cara toda la noche.

XXX

Todo su cuerpo le dolía. Todo. Buena señal, pensó. Si le dolía el cuerpo, es que aún estaba vivo. Poco a poco fue descubriendo que la bala había impactado contra el hueso del brazo izquierdo, no contra su cabeza.

– ¿Cómo...?

Nunnally apuntó con la mirada, llorosa, a la silla de ruedas: ya no estaba donde estaba antes del disparo. Sylvain tampoco, ahora estaba en el suelo. Aún vivo y no lo suficiente lejos de la pistola. Se levantó rápidamente y disparó. Sin duda, había sido algo excepcional y sonrió.

– ¿Estás bien? –se interesó Leral respecto a su hermana.

– Eso te lo debería preguntar yo a ti –respondió.

Tras esa frase se agachó al suelo y buscó entre las ropas de Sylvain manchadas de sangre.

– ¿Qué haces? –preguntó la castaña.

– ¡Aquí está! –exclamó Leral aún más sonriente– Una radio. Solamente hay que encontrar la frecuencia aliada para decirles que estamos bien.

– ¿Y luego?

– Me acompañarás al Crimson.

– ¿Qué es el Crimson?

Se lo explicó, y en cinco minutos ya estaban descendiendo en un ascensor camino a los hangares. El Caballero Rojo iba a, en breve, revolucionar el campo de batalla y abrasar a sus oponentes con su haz de fuego.


¡DEJEN REVIEWS! He visto que en el último capítulo ha entrado mucha gente pero nadie ha comentado. SOY CAPAZ DE DEJAR EL FIC SIN SUS DOS ÚLTIMOS CAPITULOS mwahahaha xD Nah, no, no haría eso.

Ya los tengo escritos, el capítulo veintinueve y treinta que dan punto final a esta historia que me ha llevado casi un año. ¡Gracias a todos los que habéis estado ahí! Y me gustaría añadir algo, añadir que efectivamente (esto ya lo había dicho, pero bueno) Crussade y Grial los saqué del fic de DexKepp, un autor -también de Code Geass- que me gusta mucho. Le doy créditos y recomiendo que se pasen por su historia, ya que hace nada ha actualizado.

¡AH, Y SE HAN ENTERADO, ¿NO?! HAY CONFIRMADO POR SUNRISE UN CODE GEASS R3 PARA 2010/11 =) Espero que continuen la historia con o sin Lulu =D Aunque también estaría bien alguna OVA solo de Charles y VV o de CC. o incluso una OVA contando cosas sobre la familia de Suzaku, o de Ohgi y Naoto que eran hamijos...

LES DEJO, Y COMENTEN MUCHO!!!