Capítulo XXVIII

Había pasado tan sólo un día desde que el gran patriarca de la familia Andrew decidió viajar a Chicago. Por eso la sorprendió enormemente cuando sobre una mesita de su habitación había encontrado un sobre con su nombre. Preguntando a las sirvientas descubrió que había sido el mismo señor Andrew quien se la había enviado esa mañana desde Chicago. Josephine aún no podía creer lo rápido que había sucedido todo. Al verlo partir, se había aliviado un poco, porque eso significaba que podía dejar de evitarlo y relajarse ampliamente sin tener que dar explicaciones. Pero al ver aquel sobre, un frío sudor recorrió su frente. La carta era igual a todas las que había recibido de él, pero al tenerla en la mano, supo, aún antes de abrirla, que su contenido le cambiaría la vida.

La abrió sintiendo que le latían las sienes a causa del presentimiento. La carta decía brevemente que debían hacer público la ruptura del compromiso. Que si ella estaba de acuerdo, en algún momento del fin de semana se reunirían con su madre para comunicarle la noticia. No pudo ni siquiera terminar de leer aquellas líneas, las lágrimas nublaron sus ojos. Nuevamente aquel sentimiento de abandono ahogado en desolación invadía su cuerpo.

-¿Te encuentras bien?

Josephine inmediatamente guardó la carta en el sobre, giró y lo vio, parado bajo el marco de la puerta, mirándola con cariño. Rápidamente secó sus mejillas simulando no haber oído la pregunta. No tenía ánimos de ver a nadie, menos de conversar. Sin decir ni una palabra, pasó cerca de él sintiendo cómo aquellas suaves manos que evidentemente jamás habían trabajado sujetaban su brazo.

-Ten –le extendió un pañuelo blanco de una fina tela, donde en uno de sus extremos tenía bordado las iniciales SAL entrelazadas con delicados bucles–. Es de mi madre, pero no creo que le importe –aclaró, sonriendo levemente.

La joven Peterson lo miró agradecida por el amable gesto y siguió su camino lentamente por el pasillo. Neal quedó observándola por varios minutos. Veía maravillado cómo aquel elegante bamboleo de mujer lo hipnotizaba lentamente. Desde que la había visto por primera vez se había encantado con su belleza. Y cuanto más pasaban los días, y más la conocía, más se daba cuenta que no podía dejar de pensar en ella. Aquella dulce simpatía envuelta en su natural elegancia, hacían de Josephine Peterson la mujer más bella y hermosa que él hubiese podido conocer jamás. Incluso había conseguido desplazar a Candy, su gran obsesión por largos e infernales años.

Sin nada más que hacer, Daniel Leagan siguió a la dueña de sus sueños disimuladamente, escondiéndose detrás de las imponentes columnas, o detrás de las gigantes plantas de interior. Una nueva y fresca obsesión se había apoderado de su pobre corazón. Estaba contento, la gran noticia de que el compromiso con su tío había sido cancelado, había llegado sin querer a sus oídos una fría tarde en que su hermana tomaba el té con Josephine. Recordaba perfectamente cómo su corazón dio un salto de alegría al ver que tenía una excelente oportunidad de conquistarla.

Daniel era un muchacho de pocas palabras. Desde que su tío lo había humillado públicamente interrumpiendo su gran compromiso forzado con Candy, se había refugiado inevitablemente bajo la pollera de su madre. Se aisló del mundo, sin querer trabajar ni estudiar, por varios e interminables meses. Hasta que un día, su padre viendo como su único hijo varón se había transformado en una malcriada mujercita, con palabras tensas y llenas de rigor, le dijo: -Mañana vendrás conmigo a la empresa.

Y así fue como Daniel Leagan se había pasado los últimos años aprendiendo todo cuanto pudiera sobre administración y negocios fraudulentos. Raymond Leagan era un hombre fuerte, de mal carácter y frío de corazón, que poco le importaba dejar en la calle a cuanto empleado tuviera si así lo requiriera. Daniel fue criado en ese ambiente, lleno de negocios fríos, engaños, trampas y padres superficiales y materialistas. Varias veces hasta le sorprendía ver lo egoísta y caprichosa que había salido su propia hermana. Pero luego, al verse él mismo en el espejo cada mañana al afeitarse, veía en sus ojos el mismo brillo ambicioso que veía en toda su familia. Porque sí, él también era un Leagan, y eso no podía ocultarlo.

-¿Por qué me sigues? –una suave y melancólica voz lo sacó de sus cavilaciones.

Josephine lo miraba seriamente. Se había dado cuenta que el muchacho de fría mirada castaña, la estaba siguiendo desde que salió de su habitación. Neal se sobresaltó al ser descubierto y se quedó mudo por un instante. Ambos se encontraban parados frente a frente, observándose detenidamente en uno de los tantos corredores que salía al jardín. Josephine, al verlo tan pálido y tan mudo, sintió cierta compasión por Neal que evidentemente no sabía hablar con las mujeres. Sin decir nada más y mirándolo con una sonrisa, se acercó lentamente hacia él y lo tomó del brazo. Neal se quedó observándola, aún más maravillado que antes, sin poder salir de la sorpresa.

-Acompáñame, por favor. Quiero dar un paseo por el jardín –le dijo.

Neal, aún más encantado que antes, simplemente le contestó con un leve gesto afirmativo y ambos salieron al jardín paseando tranquilamente. Ignoraban completamente si aquel acto despertaría la furia de media mansión. Ella por fin se sentía un poco acompañada, luego de varios días de intensa soledad; y él por fin había cumplido uno de los tantos sueños que lo atormentaba por las noches. Ambos se sentían bien, en compañía del otro, aunque ninguno dijera ni una sola palabra. El silencio era su cómplice y el simple roce de sus brazos era contacto suficiente.

o-o-o

La ausencia del sordo sonido del tren le indicó a Emily que habían llegado a destino. Se sentía débil, mareada, agotada y sus huesos se retorcían de dolor cuando apenas intentaba moverse. Un fuerte pinchazo agudo en su coxis generó una punzada eléctrica que recorrió toda su columna vertebral, y a medida que pasaban los minutos alargando su lenta agonía, más se alteraba su sistema nervioso provocando que sus cansados pulmones se comprimieran hasta el punto de negarse a respirar. Inmediatamente, al sentir todo aquello estiró la mano hacia su marido, quien rápidamente tomó un diario que tenía a mano y lo agitó cerca de su rostro para que circulara el aire con más facilidad, acariciándola al mismo tiempo, diciéndole las cosas más dulces y tiernas, palabras llenas de amor, tranquilizándola finalmente. Parecían súbitos ataques de asma que de vez en cuando hasta la llevaba a zambullirse involuntariamente en el oscuro pozo del desmayo.

En su larga y melancólica existencia, Emily había asistido a cuanto médico conocía, sin lograr conseguir la respuesta a lo que ella padecía.

–La medicina no es una ciencia exacta, señora Adams –le habían dicho.

Recordaba perfectamente las primeras veces que había asistido a una clínica por aquella catastrófica tos que llegó hasta hacerle ver la línea que separa a la vida de la muerte. Había pasado por cuanto diagnóstico conocía: Desde gripe, una fuerte neumonía, hasta la confusión si se trataba de tuberculosis o de cáncer de pulmón. Esto la asustó enormemente, porque bien sabía que no existía cura alguna ni para lo uno ni para lo otro. Pero luego, al pasar el tiempo, los médicos concluyeron por descarte que se trataba de cáncer, y le aconsejaron estar lo más cerca posible de sus familiares y seres queridos. Luego de aquello, lo más extremo que hizo Emily fue visitar a un curandero por consejo de Valerie y la gente del pueblo, quien entre medio de intensos cantos, bailes y saltos, y agitando una rama de una planta desconocida sobre ella, le recetó cuanta hierba conocía y unas cuantas píldoras mágicas que parecían caramelos, que según el viejo brujo tenían la facultad de curar cuanto mal hubiera en el mundo, menos los de sufrimientos del alma, porque eso sólo la persona que los padecía podía curar. Esta última consulta fue la que más agradó a Emily, por su manía de andar siempre con la magia y porque dentro de todo aquellas infusiones siempre solían ser dulces y tranquilizantes. Pero aún así, una profunda angustia nacía poco a poco en su interior, le preocupaba el hecho de que podía morir en cualquier momento sin siquiera conocer el paradero de su hija o si su marido aún vivía. Pero las estrellas son sabias y la naturaleza cuando se la llama juega a nuestro favor. Luego del feliz reencuentro con su dulce Candy y su amado Joseph, ella estaba tan ocupada en ellos que poco se había dado cuenta que aquella fuerte tos comenzó a mermar, minimizándose a súbitos y aislados ataques de asma.

Al bajar del tren vio que su hija y sus eternas amigas los esperaban impacientemente. Atardecía y el frío se sentía con más intensidad. Mirándose con ojos preocupados se dieron cuenta que ninguno había pensado en el lugar donde iban a hospedarse. Entonces Candy recordó que aún conservaba la llave de su antiguo apartamento en Magnolia. Buscó desesperadamente en su maleta y bien abajo, en un rincón, la encontró escondida dentro de un bolsillo interno. La tomó entre sus dedos y la acarició suavemente. Aún recordaba el día en que Albert se la había regalado.

–Por si alguna vez lo necesitas –le había dicho, con aquella dulce mirada que ella tanto adoraba, mientras le extendía aquella pequeña llave rodeada de un moño rosado.

Así que sin más contratiempos se dirigieron a Magnolia. Al llegar, subieron las escaleras alegremente, saludando de paso a la casera mientras Candy presentaba a toda la comitiva como su gran familia secreta. Emily reía por las ocurrencias de su hija, aún no podía entender cómo aquella chiquilla tan viva y dinámica e impresionantemente encantadora era su hija que había buscado desesperadamente por tantos años. Haciendo chistes y riendo por lo bajo, ingresaron al pequeño apartamento, prendieron las luces y mientras Joseph, Emily y las damas dejaban sus maletas en un rincón, Candy les decía que iba a ver en qué estado estaban las habitaciones.

Albert, por su parte, desde que había llegado a Chicago había sentido al mismísimo infierno caer sobre sus hombros. Archie, por más que lo intentara, no podía ocultar que era un principiante en el gran mundo empresarial, ya que todo lo que había hecho lo había dejado por la mitad. Así que los últimos días habían sido totalmente devastadores para el presidente de la empresa. Esa tarde, cansado y agotado, Albert había preferido retirarse temprano para caminar por las ruidosas calles de Chicago, pensando sobre múltiples cuestiones y negocios, pero sobre todo recordando aquellos tiempos mágicos pasados en aquel lejano pueblito. Pensando y recordando, se había dado cuenta que no había obtenido respuesta de su ex prometida y auguraba lo peor para el fin de semana. Tan ensimismado en sus pensamientos se encontraba, que había llegado sin saberlo hasta aquel humilde apartamento donde hacía mucho pero mucho tiempo había sido tan feliz. Cuando lo vio, lo admiró por largo rato, recordando viejas anécdotas y sentimientos encontrados. Una fría ráfaga de viento golpeó su negro tapado, haciéndole temblar los dientes, y ahí se dio cuenta: La helada noche de invierno había llegado y él no había llevado su coche. Inmediatamente, buscó la llave que por suerte siempre la llevaba colgada en su llavero. Suspiró aliviado e ingresó al apartamento sigilosamente. Aún recordaba cuando lo había comprado, había sido un regalo de cumpleaños para Candy. Recordaba perfectamente su brillante mirada llena de felicidad y aquel fuerte abrazo que recibió a cambio. Sonriendo, ingresó a la pequeña vivienda y encontró todo tal como lo había dejado. Lo único que habían modificado era el color de las paredes que ahora eran de un color crema, además que habían comprado muebles nuevos, que pasaron a ser muchos más modernos y cómodos. Respiró profundamente sintiendo en cada rincón el dulce perfume de su amada. Aún podía verla caminar alegremente y hablando sin parar por el apartamento. Ingresó a su habitación, y se encontró con aquella cama de doble plaza que había comprado conjuntamente con los demás muebles. Recordó que tanto en la habitación de Candy como en la de él, había puesto camas de ese tamaño.

–Para dormir mejor –le había explicado a su pequeña con una pícara sonrisa, haciéndola enrojecer hasta las orejas.

Sin más preámbulos, se sacó lentamente la ropa y se metió entre las sábanas, enrollándose con las pesadas frazadas. Estaba realmente muy agotado, tanto así que ni siquiera había pensado en cenar. Solamente quería cerrar los ojos y descansar.

Unos extraños ruidos en la puerta lo despertaron. Se sobresaltó poco tiempo después al escuchar unas voces conocidas envueltas en alegres risas. Inmediatamente dio un salto y pegó la oreja a la puerta. No necesitó de mucho para identificarlas completamente... Era Candy, ¡su Candy! Junto a toda su familia. Pero qué hacían allí, cuándo volvieron de Winds Hollow, por qué volvieron, se preguntaba una y otra vez. Su corazón de repente se le había inundado de una alegría inmensa y cierto calor recorrió su pecho confirmándole que su gran amor estaba allí, ahí nomás, a tan sólo algunos metros de la puerta.

De repente escuchó a Candy decir que iba a ver el estado de las habitaciones. Escuchó sus pasos aproximándose a la puerta. Albert dio una rápida mirada a su aspecto y vio que no tenía casi nada puesto, casi nada, solamente un pantalón largo de algodón. ¡Demonios! ¿Y ahora, qué debía hacer? Quiso ir rápidamente a ponerse algo, pero no tuvo tiempo ni de pestañear porque la puerta ya se había abierto dejando ver a aquellos hermosos y dulces ojos verdes mirándolo asombrada. Él, en su desesperación, inmediatamente la jaló hacia el interior cerrando la puerta tras ella.

Candy nuevamente estaba encerrada, bajo el cuerpo de Albert, apoyada en la puerta, como exactamente había ocurrido hacía varias semanas en un pueblito muy, muy lejano. Con la única diferencia que ahora podía sentir el aroma de su piel con mayor intensidad, ver aquellos pectorales y las marcas de sus abdominales sin ningún impedimento. Y bajando sin querer su verde mirada, vio aquello tan prohibido a tan corta distancia y oculto tan sólo por una fina tela de algodón. Candy levantó la mirada de inmediato, topándose con aquellos ojos que ella conocía tan bien, aquel celeste cielo tan puro, tan transparente, y que ella había extrañado tanto. Sin poder evitarlo, soltó un profundo suspiro alterando aún más al alocado corazón del joven Andrew.

Albert no podía creer lo que estaba ocurriendo. Sin siquiera imaginar, la tenía a Candy nuevamente allí, tan cerca y tan bella como siempre, mirándolo asombrada mientras aquel sonrojo que él tanto adorada invadía sus mejillas. Lentamente vio cómo Candy mordía suavemente su labio inferior sin predecir que aquel gesto despertaba aquella incontenible locura de pasión y deseo en todo su cuerpo. Albert hipnotizado comenzó a acariciar aquellas mejillas que había extrañado tanto, y aquellos labios de color rosa que lo llamaban sin la necesidad de pronunciar palabra alguna. Y casi como si se tratara de alguna preciosa joya, comenzó a recorrerla con los dedos, tal como lo había hecho algún tiempo atrás, despertando incontenibles y traviesas cosquillas en el interior de la dama. Albert se fue acercando cada vez más y más a Candy hasta que las suaves manos de la dama se toparon con aquel fuerte e imponente abdomen. Ella invadida por aquella prohibida curiosidad comenzó a subir suavemente su mano, rozándolo delicadamente con los dedos hasta llegar a su pecho, estremeciéndolo completamente y arrancando un profundo y ronco suspiro masculino. Albert siguió su recorrido hacia ella, tomando delicadamente sus mejillas para terminar encerrando aquellos rosados labios bajo los suyos. Se dieron un profundo beso, suspirando al mismo tiempo, saboreándose lentamente, reconociéndose profundamente, entregando sus lenguas a aquella seductora danza, mientras unas grandes manos masculinas encerraban la pequeña cintura de la dama.

Tan concentrados estaban en aquellas dulces y suaves caricias que no escucharon cuando Ashley buscando a Candy abrió fuertemente la puerta, tumbándolos a ambos al piso. La escena era tan cómica y a la vez tan atrevida que enrojeció a todas las damas y asustó a los padres de Candy. Joseph inmediatamente giró sobre sí mismo y se dirigió a la cocina, dejando que su pobre mujer se hiciera cargo. Sabía que lo único medianamente educado que podía hacer en ese momento era eso, o molerlo a golpes a Albert. Ya que ver a su única e inocente niña recostada sobre el cuerpo semidesnudo de aquel hombre, no era algo que quisiera recordar, sin embargo se le había grabado tan hondamente en la mirada, que estaba seguro que desgraciadamente lo recordaría hasta el final de sus días.

Las damas luego de salir del asombro rompieron en fuertes carcajadas, contagiando por momentos a Emily que entre los nervios y la desesperación, trataba por todos los medios de despegar a su hija de aquel formidable cuerpo que pertenecía al nada menos patriarca de la familia Andrew. Luego de que Candy por fin se hubiera levantado, y salieran todas de la habitación permitiendo que Albert se vistiera, todas miraron sorprendidas a Candy, quien estaba más roja que un tomate y no podía mantener la mirada con ninguna de ellas por más de dos segundos.

En un momento, Viviane se le acercó y dándole una palmadita en el hombro, mientras le guiñaba el ojo con una sonrisa pícara en los labios, le dijo:

-No te preocupes cariño, yo también estaría así si mi marido tuviera la mitad de cuerpo que tiene él.

Aquello no tranquilizó a la rubia, sino que la enrojeció aún más, provocando una nueva oleada de carcajadas. Emily tampoco podía contener la risa, pero aún así fue a buscar a su marido, que seguía parado más duro que una piedra mirando sin mirar la vieja cocina.

-Oh, vamos amor, no te pongas así… ¿Ves? Te lo dije, están enamorados.

-Sí, pero…

-Pero nada… –Emily tomó sus manos fuertemente y lo miró con cariño–. Y sí, no es fácil ser padre… -bromeó al ver la celosa mirada de su marido.

Luego de aquel incómodo momento, las tres damas se pusieron en campaña para hacer la cena, mientras Emily y Candy acomodaban las habitaciones. Decidieron que en una de ellas dormirían las tres damas, en otra Candy con sus padres, y Albert decidió dormir en el sofá de la sala.

La cena transcurrió tranquilamente, comieron alegremente sin hablar de ningún tema importante, ya habría tiempo para eso. Y luego todos estaban con el estómago tan lleno y estaban tan cansados que se fueron a dormir inmediatamente. Todos, menos una pequeña rubia pecosa…

Candy se había acomodado en un viejo colchón al lado de la cama de dos plazas donde sus padres dormían plácidamente. Pero ella aunque lo intentara, no podía conciliar el sueño. Daba vueltas y vueltas, enrollándose y desenrollándose con las pesadas frazadas. Aún no podía borrarse aquel impresionante beso que Albert le había dado hacía tan sólo algunas horas. Cielos, su mente volaba, su corazón daba increíbles saltos de alegría, y ella aún no podía entender cómo había sucedido todo aquello. Qué hacía él ahí, por qué no estaba en Lakewood con su prometida, por qué sonreía y la miraba con aquellos ojos tan intensos haciéndola enrojecer hasta lo más íntimo de su ser. Por qué, por qué, si él hasta donde ella sabía estaba comprometido con otra mujer.

Un fuerte sentimiento de valentía golpeó su cuerpo, turbándola completamente. Eso definitivamente no podía ser, debía detenerlo, ponerle punto final ahora mismo. Debía ir y decirle todo lo que pensaba, ya que ella nunca fue de quedarse callada. Se levantó súbitamente y sin hacer ni un ruido salió de la habitación. Y así como estaba, en camisón y descalza, caminando lentamente, se paró justo frente a aquel sofá donde dormía tranquilamente su querido príncipe de la colina.

Oh, Dios… Hasta dormido se veía increíblemente guapo. Albert estaba acostado sobre el sofá con los ojos cerrados. Se podía ver, a pesar de las frazadas que lo rodeaban, que estaba más vestido que la vez anterior. Pero aún así, Candy no podía contener la catarata de intensos recuerdos que llenaba su mente, imaginando aquellos fuertes pectorales, aquellos marcados abdominales… Oh, cielos… Y sus piernas comenzaron a temblar mientras la duda se apoderaba poco a poco de su corazón. Qué hacía allí… ¿Acaso había perdido la razón? Su corazón alocado comenzó a alertarla, le gritaba desde lo más profundo de su pecho que se fuera de allí, que aquello era algo increíblemente incontrolable. Entonces, tratando de no hacer ningún ruido giró sobre sus pies para marcharse, pero unos tibios dedos sosteniendo su mano la detuvieron. Y su corazón se detuvo y ya no pudo respirar...

El hombre que estaba en el sofá se había levantado y se había acercado a ella, tomando con delicadeza su cintura volteándola hacia él. Albert la miraba intensamente, con tanto amor, mientras rodeaba completamente con sus brazos su pequeño cuerpo. Y la abrazó. La abrazó como nunca en su vida lo había hecho, como si con aquel gesto pidiera perdón, perdón por todo lo que había hecho, perdón por tantas cosas… Lentamente se fue separando y tomó su barbilla para mirarla fijamente a los ojos.

-Candy… -susurró –Te amo…

Candy no podía decir ni una palabra, se había quedado pálida, completamente inmóvil entre sus brazos. ¿Qué había dicho? Lentamente fue sintiendo cómo aquellas suaves y conocidas manos acariciaban dulcemente sus mejillas, sumergiéndola en aquel remolino de amor que ella conocía tan bien… Pero como si se tratara de un rayo de cordura, un nombre de mujer golpeó su mente, despertándola inmediatamente. Se separó de sus brazos y se alejó unos pasos, mirándolo con tristeza.

-¿Y Josephine? –preguntó.

Albert no se hizo esperar y se acercó a ella nuevamente.

-Rompí el compromiso, Candy… No me puedo casar con ella, cuando siempre estuve perdidamente enamorado de ti –respondió con dulzura.

Candy se sentía confundida… Se sentía morir y nacer al mismo tiempo, como si estuviera en alguna dimensión desconocida, como si todo aquello fuera irreal…

-¿Esto es un sueño? –preguntó, al sentir cómo nuevamente los brazos de su amado tomaban su cintura con suavidad.

-No, mi amor… -respondió él, acercándola a su cuerpo, sintiéndola completamente–. No es un sueño… Siempre has sido tú, Candy… Te amo desde la primera vez que vi tu radiante sonrisa en aquella floreada colina… Me volviste a enamorar cuando vivíamos en este apartamento y yo estaba sin memoria… Oh, Dios… Te amo, te amo Candy… Ni te imaginas cuánto… -dijo entre suspiros, encerrando finalmente aquellos dulces y temblorosos labios femeninos, besándola profundamente, con intensidad, como siempre quiso, como siempre deseó…

Logrando que aquellos antiguos y profundos sentimientos renacieran, llenando el ambiente, llevándolos inevitablemente hasta aquel mágico mundo donde ambos se pertenecían, fundiéndose en un solo abrazo, llenándose de besos y caricias, sintiendo desde lo más profundo cómo sus corazones se unían para siempre, para ya no separarse jamás…


Continúa en el siguiente capítulo...

;)