La batalla final

Una serie de espadas atravesaron la tela de la carpa. Los hombres empuñando las espadas seguían cortando la tela para entrar por las grietas. Pero para el asombro de Isabella, los invasores no eran más soldados Ingleses. Eran sus propios hombres.

Alice le había desobedecido y había mandado a los caballeros de Swan.

El Caos estalló de repente. Le repisa con la vela fue tirada, y una llama comenzó a devorarse la tela de la carpa. Por detrás de Edward, Isabella combatía incansablemente, pero pronto el humo y las sombras oscurecieron su visión mientras los golpes de acero y los gritos crecían a su alrededor. Era un combate temerario, y una pelea deseperanzada, porque aunque los escoceses pudieran despachar a los guardias en lo inmediato, pronto llegarían el resto de los ingleses de campamento. Pronto una horda de Ingleses caerían sobre ellos.

Pero Isabella nunca se había escapado de una pelea. ¡Y maldición! No lo haría ahora. Con su respiración desfalleciente defendió a quienes amaba. Y, que Dios la ayudase, amaba a Edward.

Batalló como si el destino de su alma dependiera de ello, a la par de su marido. Los caballeros Swan prendieron fuego al resto de las carpas, una por una, y el enemigo salió entre las llamas como ratas huyendo de una inundación. Pero como las ratas, parecía haber una enorme cantidad de ellos.

-Vos sabéis que no podemos ganar,- Edward murmuró, eliminando a un atacante con su daga.

-Lo sé- Isabella esquivó una espada.

-Deberías haberme dejado morir,- dijo, golpeando a alguien en la cara con el anverso de su espada.

-Nunca.- tragó un nudo de angustia en su garganta. -Yo... te amo demasiado.

-Si vos me amas,- replicó, -entonces sal de aquí. Corre. Escapa. Antes que te encuentren.

-No haré eso- golpeó a un soldado en la nariz, luego sacudió sus nudillos heridos

-Swan caerá.

-No sin pelear.

Se enderezó soltó una forzada respiración, y se mantuvo donde estaba. Sabía lo que deseaba en ese momento: estar hombro con hombro con su amado esposo. Pelearía a su lado hasta que no tuviera mas fuerzas para levantar su espada.

Hasta que no pudiera respirar.

Hasta que su corazón cesara de latir.

Y cuando el momento de morir llegara, lo haría con coraje, defendiendo al hombre que amaba, sabiendo que había hecho todo para poder salvarlo.

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Desde lo alto de las murallas de Swan, Sir Jasper se esforzaba por divisar algo en la oscuridad. Espadas chocando en el campo enemigo y gritos distantes de hombres súbitamente perforaron el pesado silencio.

¿Qué diablos pasaba?

-¿Ve?- Temblando en el parapeto al lado de él, Alice notó con satisfacción que los caballeros de Swan había comenzado a sembrar el caos en el campamento de los ingleses, prendiendo fuego a sus carpas y creando un pánico generalizado. - Son los hombres de Swan. ¿Ahora mandará refuerzos?

Pero Jasper estaba desconcertado por el hecho de que los escoceses se hubieran de alguna manera deslizado en las narices de sus guardias. Y a la vez deslumbrado por esa pequeña que se le había acercado en la oscuridad de la noche.

-¡Imposible! Los portones están cerrados, y tengo hombres apostados todo a lo largo de la pared. ¿Cómo pudieron…?

Ella estampó su pie en el Suelo.

-¡No importa! Tenemos prisa.- esperaba que Sue Li estuviese en lo correcto, que Eleazar y sus hombres llegaran pronto. Pero tenía que convencer al obcecado y hermoso caballero que tenía a su lado de que los ayudara. Lealtad era una cualidad encomiable. Pero lealtad ciega no lo era. Ella tiró de la manga de su camisa. -Edward está ahí. Isabella está ahí.

Los ojos de Jasper se estrecharon mientras miraba con severidad hacia la colina.

-No. Tengo ordenes.- Pero su voz estaba coloreada de frustración y agregó, - Fueron unos tontos en desobedecer. Tontos.- Y mientras su ceja se arruga en rechazo del pedido de Alice, su mandíbula mostraba indecisión. Era obvio estaría agradecido a cualquier excusa para poder unirse a la batalla.

Alice se mordió pensativamente el labio. Como Sue Li siempre decía, había más de un modo de mover la montaña.

No había tiempo para sutilezas. Tomando una respiración profunda, ella súbitamente estalló en lágrimas.

Sir Jasper casi saltó fuera de su armadura. Ella soltó un llanto agudo, y varios de los arqueros, a lo largo la pared, se dieron la vuelta para mirar. A Jasper se le rompía el corazón, al ver a su dama tan herida y vulnerable.

-Shhhh!- le pidió, lanzando una mirada incómoda a los arqueros. - Silencio, mi lady.

-¿Cómo pudiste?- sollozaba, hundiendo su cara contra su hombro y golpeándole pecho. -¿Cómo pudiste?

Desconcertado por su estallido emocional, torpemente le palmeaba la espalda, a la vez que sentía un escalofrío por todo su cuerpo.

-Ah, no llore, mi lady.

-¿Cómo pudiste dejar que mi hermana muriese?

Ella sintió sus hombros hundirse.

-Pero no es mi culpa,- dijo en blanco - Sigo ordenes de mi capitán. ¿Su hermana? Su hermana debería haber obedecido también.

Alice se congeló, intrigada por algo que dijo.

-Espera. ¿Son ordenes de tu capitán?

-Si.

-Pero Edward no es el lord aquí. Mi padre es el lord. El comanda al ejército de Swan.

Jasper se aclaró la garganta.

-Bien, si, pero... - Él se sentía obviamente incómodo de mencionar el estado mental de su padre.

-Y a los caballeros de Masen.

-Yo... supongo...

-Y si él está despierto- dijo, haciendo un gesto con su cabeza indicando el castillo.

Jasper le devolvió la mirada. Una chispa de comprensión pasó entre ellos, y él maldijo en voz baja porque se dio cuenta de su plan. Sacudió la cabeza haciéndose el indiferente.

-¿Qué haría si su padre estuviese despierto?

La picardía brilló en los ojos de ella. No había tiempo que perder. Arrebató su mano y lo arrastró hacia adentro del castillo.

-Estoy segura que él le ordenaría a los caballeros de Masen que nos echarán una mano.

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Isabella enfrentó otra espada enemiga salvando la cabeza de Edward. Ella podía ver que sus múltiples heridas lo tenían exhausto.

-¡Apártense!- bramó, lanzándose contra una docena de caballeros que los rodeaban.

Súbitamente, como por efecto de magia, dos de sus atacantes estaban retrocediendo, y giró para encontrarse con Sir Jasper, sonriendo malévolamente, su hacha de combate en una mano y un jadeante caballero inglés en la otra.

-Jasper, hijo de... - Edward gruñó con desaprobación. -¿Nadie obedece mis ordenes?- Su oponente finalmente cayó al piso, y Edward lo remató.

Jasper usó su cautivo para bloquear la envestida de su atacante. Los dos chocaron con un golpe seco, desmayándose en el suelo.

-Vinimos por orden de Lord Charlie.

Si Isabella detectó alguna evasiva en el modo de ser de Jasper, ahora estaba cambiando su opinión.

Todo lo que importaba era que sus caballeros ya no batallaban solos. Con refuerzos, sus esperanzas crecían, y ahora pelearían con nueva determinación.

-¡Por Swan!- ella gritó.

-¡Por Swan!- Jasper respondió.

-Por amor de Dios,- Edward murmuró, -Espero que hayan dejado a alguien custodiando la fortaleza.

-Oh, si.- Jasper golpeó a un atacante en la nariz con su codo. -Emmett y Rosalie.

Isabella habría sonreído ante esa idea, pero estaba preocupada, esquivando una espada inglesa.

Estaba tan concentrada en el combate que no notó la columna de luces descendiendo por el lado norte de la colina. No fue hasta que desarmó a su atacante, que oyó el grito cerca del campamento.

Estrechó sus ojos ante el desfile de antorchas.

-¡Por Dios! - Edward gimió. -¿Mas Ingleses?

El corazón de Isabella tambaleó mientras estudiaba la procesión de luces entre golpe y golpe.

Entonces sonrió cuando los reconoció.

-No

Era el clan de Eleazar, armados hasta los dientes. Y orgullosamente encabezando el ejército, estaba Sue Li.

-Mas aliados,- le dijo, observando la avanzada de escoceses con asombro.

Swan siempre había tenido una alianza tensa con Eleazar. Por años, se habían robado ganado uno al otro y también las mujeres, sin embargo cuando los inviernos eran feroces, ellos siempre habían compartido sus hogueras y las provisiones.

Aún así, nunca había esperado esto.

Principalmente criadores de ganado, el clan de Eleazar eran bestiales luchadores. Con nada que hacer mas que cuidar y robar ganado, la perspectiva de entrar en una guerra real contra los ingleses debió haber sido muy tentador para ellos. Y Sue Li, Dios bendijera su naturaleza impetuosa, de alguna manera había logrado arrancarlo de sus camas para tomar parte de esta aventura. Ahora la batalla sería mas justa.

La fe de todos se renovó, y los caballeros de Swan pelearon aún con mas valentía.

Muchos estaban heridos, pero gracias a Dios y gracias a la calidad de los guerreros de Edward, había pocos muertos. En los siguientes momentos cruciales de la batalla, fue la maldita sangre inglesa la que manchaba el suelo de Swan.

Después de despachar un par de enemigos, Isabella paró para recuperar la respiración y evaluar el progreso de la pelea a su alrededor. Se secó la frente y su mirada viajó hacia el gigante trebuchet. Como un dragón dormido, observaba en silencio la guerra que se desarrollaba a su alrededor. Pero ahora súbitamente despertó, levantándolo su cabeza.

Sus dedos se tensaron en la empuñadura de su espada.

-No,- con horror, apenas notó a los soldados ingleses alrededor de la máquina. -No.

Habían decidido dañar el premio que pretendían tomar después de todo.

El tiempo pareció pasar lentamente mientras giró su cabeza hacia Swan. Con tantos caballeros fuera de la fortaleza, peleando en el campo enemigo, el castillo estaba prácticamente sin defensa. Sólo Emmett, Rosalie, y un puñado de caballeros y arqueros. Refugiado en la fortaleza, confiando en que sus hombres lo protegieran, estaban Lord Charlie, Alice, las mujeres y los niños de Swan.

-¡No!- dijo. Pero su voz se perdió en el clamor de la guerra.

Desesperada, empezó su avance hacia la gran bestia.

Por encima de ella, en la colina, cuatro Ingleses cargaban una gran roca en la catapulta. Un misil para el trebuchet.

Nunca llegaría a tiempo. Sus pulmones ardían mientras subía la cuesta. El enemigo comenzaba a preparar el lanzamiento.

¡Maldición! El trebuchet estaba a una distancia de cincuenta yardas. Demasiado lejos.

Insistió, avanzando, maldiciendo, y avanzando mas.

Y entonces, lo impensable

Se resbaló con una piedra con musgo. Con un grito agudo, cayó al suelo, aterrizando pesadamente sobre sus manos y sus rodillas, lastimando nuevamente su hombro. Lagrimas de frustración llenaron sus ojos y observó el horrible espectáculo que se desarrollaba por encima de ella.

La roca acomodada en la catapulta.

Demasiado tarde. Swan estaba perdido.

Pero entonces, por un truco de sus ojos húmedos o de las llamas.

Pensó estar viendo a La Sombra trepando.

Pestañeó. No era posible. Nadie podía colgarse verticalmente de una pared de esa manera.

Pero cuando estrechó su mirada, vio lo que parecía un ser humano todo vestido de negro, moviéndose como un acróbata sobre las barra del trebuchet.

La Sombra.

No, no podía ser. Se limpió los ojos con su mano. Para el momento en que volvió a mirar al trebuchet, la figura había desaparecido. Pero por donde había estado La Sombra brillaba una curiosa serie de puntos de luz, eran chispas.

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En el medio de la matanza, sobre los gritos de los atacantes y de las víctimas, Edward oyó el desfalleciente grito de Isabella.

Su corazón se detuvo.

Ahí estaba... gracias a Dios, viva. Tratando de subir la colina hacia...

El trebuchet.

¡Maldición!

Estaba cargado y preparado para disparar.

Mientras sus caballeros habían estado ocupados peleando, los malditos Ingleses habían despertado a su monstruo.

Cualquiera que fuese la intención de Isabella, era demasiado tarde. La vio caerse pesadamente.

Murmuró un insulto y corrió hacia la colina, pero cuando se acercaba, su mirada captó una extraña llama cerca de lo alto del trebuchet. Por entre luz, vio una oscura criatura trepando a la estructura. De repente la figura dio un salto audaz, pareciendo desaparecer en la noche.

Entonces la llama comenzó a emitir chispas.

Y Edward sabía que era.

-¡Por Dios!

Avanzó con renovada determinación.

El cielo se iluminó súbitamente de blanco, como si el sol hubiese estallado en la noche, y se lanzó sobre Isabella, protegiéndola con su cuerpo.

Una explosión ensordecedora movió la tierra, aplastándolos contra el suelo. Edward se cubría la cabeza, seguro de que el mundo había estallado. Quejidos y gritos de asombro o horror se levaron alrededor de él.

-¡Diablos!- Isabella murmuró impacientemente debajo de él forcejeando para tener una mejor visión. -¿Qué fue eso?

-Eso,- le dijo con descreimiento -Es la salvación.

-¿De Dios?- Ella estaba casi sin habla, mirando los sombríos restos de la bestia.

Edward quitó parte de su peso de ella.

-¿Estás bien?

-Si.- Ella se dio vuelta sobre su espalda así podía mirarlo. -¿Y vos?

Mirando a la preciosa doncella guerrera, se llenó de emociones.

Nunca se había sentido mas agradecido de verla viva. Y nunca había estado mas furioso por su desobediencia. Nunca había experimentado ese dulce alivio. Ni esa furia ardiente. Estaba herido, ensangrentado y golpeado, su cuerpo era un campo de batalla de cortes y moretones, pero con sólo mirar a los ojos de Isabella, todo pareció sanarse y su enojo, desvanecerse.

-Me pondré bien.

-¿Tenemos ventaja ahora?

Edward recorrió la multitud de caballeros aplaudiendo al pie de la colina.

-Puede ser.

-Entonces déjame terminar esto.

Pero Edward no quería moverse. Hubiese preferido yacer con su hermosa esposa en la fortaleza sosteniéndola en sus brazos hasta el amanecer. Pero ella tenía razón. Había que terminar esa batalla. Pronto los ingleses se reagruparían y lanzarían otro ataque. La guerra todavía no había finalizado.

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Jasper luchaba con un lord ingles cuando la explosión lo sorprendió, al dirigir la vista hacia el trebuchet, pudo distinguir una sombra deslizarse a través de los árboles de alrededor. Sin embargo su pequeña distracción le fue útil a su enemigo, que aprovechándola envistió violentamente sobre el costado derecho de Jasper arrebatándole así su espada y quedando indefenso.

Jasper se maldijo internamente y espero su muerte con honor. Pero en ese mismo instante una pieza diminuta paso a su lado clavándose en el cuello de su enemigo, que lanzó una mirada de sorpresa al horizonte.

Instintivamente Jasper se giró, y contemplo a La Sombra que lo miraba a una distancia de dos metros.

-No se quien eres, amigo, pero gracias por salvarme. Te debo la vida.

-Un placer… pero te equivocas en lo de amigo.

Aquella voz… no podía ser… no podía ser su ángel… no podía…

-¿Lady Alice?

-Guárdame el secreto Sir Jasper de Hall y no me deberás nada.

-¡Madre de dios!, ¿no hay una sola hermana de Swan que no empuñe las armas en lugar de una aguja?

-Hace un momento no te quejabas, Sir Jasper.

-Hace un momento no sabía que mi dulce ángel andaba por ahí degollando hombres con armas infernales.-sus palabras salieron antes de que pudiera darse cuenta de lo que había dicho.

-¿Tu dulce ángel?- preguntó Alice con esperanza en su voz.

-Si Mi Lady, vos sois como un dulce ángel, aunque no sea mío… aún.

Alice se acerco a él, bajando un trozo de tela negra que le cubría la boca, y fijando su mirada en los ojos azules del caballero le dijo.

-Y a que espera, mi caballero para reclamar lo que por derecho le corresponde.

Perplejo por su atrevimiento e hipnotizado por esos ojos y su boca, Jasper solo supo contestar.

-No sabía que me correspondía dicho derecho.- dijo acercándose a su boca.

-Te corresponde desde el primer "mi lady" que me dijiste, mi caballero de Masen.

Y sin más ella acortó la distancia que los separaba y se fundieron en un profundo beso que los alejo a los dos de la batalla, de la sangre y las heridas, de todo lo que pudiera haber a su alrededor.

De pronto Alice se separó con reticencia de esos calidos y protectores brazos, esbozo una sonrisa y con varios saltos hacia atrás se alejo rápidamente de él, y se esfumo entre las sombras.

Jasper no podía moverse del lugar, una sonrisa tonta se instaló en su rostro y juró por lo más sagrado que mañana mismo le pediría su mano a Lord Charlie. Su dulce ángel sería su esposa, aunque le costara la vida, intentar convencer a sus otras hermanas guerreras de que la protegería y la amaría. Aunque viendo lo sucedido, ella se sabía defender perfectamente sola, es más, le había salvado la vida a él, el gran guerrero de Masen Sir Jasper de Hall.

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Si deshabilitando el trebuchet no había destruido completamente la moral de los ingleses, la horda de pelirrojos salvajes cargando contra ellos como ganado salvaje sellaría su destino.

Cuando el último de los soldados ingleses retrocedía colina arriba, Edward envainó su espada, agarró a su esposa y le dio un beso profundo para festejar la dulce victoria que ellos recordarían por el resto de sus vidas.

Gritos de triunfo hicieron eco a lo largo de las colinas y los valles de Swan mientras Rosalie abría los portones del castillo para darles la bienvenida.

La fortaleza nunca había conocido una reunión con tanta gente. El gran salón albergaba al clan Eleazar, a los caballeros de Masen, y a los granjeros de Swan. La cerveza fluía libremente, y mientras las heridas eran curadas.

Los hombres especulaban acerca de la causa de la destrucción del trebuchet.

Algunos dijeron que había sido un relámpago enviado por la mano vengadora de Dios. Otros decían que era obra del Demonio. Pero, a menos que sus propios ojos la hubiesen engañado, Isabella sospechaba que no había sido una intervención divina ni demoníaca, sino la mano de un bandido local que había salvado a Swan.

La gente celebraba su triunfo, Isabella, agotada pero sublimemente contenta, estaba sentada en un banco, y estudiaba casualmente el gran salón mientras Seth se ocupaba de sus heridas.

-Ya tengo las primeras líneas,- le confió Seth. Él aclaró su garganta y cantó suavemente,

-Mas feroz que Ariadna cuando venció al Miniaturo; Más valiente que Athenea cuando envió a sus hombres a la guerra.

Su voz se agudizó exageradamente y colocó una mano sobre su corazón.

-Mas osada que Némesis con su espada vengadora, es Isabella, la Doncella de Swan, la noche que...

Isabella lo atrapó por la garganta, atragantando su canción.

-Si cantas eso,- le advirtió con una peligrosa sonrisa, -me ocuparé de que no tengas cena por quince días.- Rosalie seguramente disfrutaría ese tipo de alabanza, pero para Isabella era avergonzante.

Lo soltó, y Seth gruñó decepcionado y volvió a limpiar sus heridas.

Isabella había peleado bien, pero no era su mano la que había definido la batalla. Ese honor era para La Sombra. Donde fuera que él estuviese.

Tomó un sorbo de ale y miró especulativamente al salón. En un rincón, Alice y Sue Li conversaban con Eleazar y sus pelirrojos hijos. Isabella estudió a los jóvenes. La misteriosa figura trepando al trebuchet había aparecido con la llegada del clan Eleazar. Tal vez uno los traviesos muchachos, sin que su padre lo supiera, tenía una vocación criminal.

Isabella sonrió y bebió el ale. Si era así, entonces lejos de su intenciones estaba el revelar su identidad, a la luz del bien que había hecho.

En otro a rincón del hall, Rosalie y Emmett, quien estaba completamente despierto ahora, discutían vehementemente, aún cuando ella cuidadosamente curaba el corte en su mejilla. Isabella sacudió la cabeza. Un día, si esos dos dejaban de pelear, tal vez podría oír la historia de sus aventuras en el bosque.

Al lado del fuego, el lord de Eleazar y su padre bebían juntos, asintiendo con la cabeza e intercambiando palabras de ánimo que sólo viejos guerreros viudos podían entender. Quizás esa batalla había sido una bendición. Su alianza y su amistad se habían renovado, y eso serviría para curar viejas heridas entre ambos hombres.

Y ahí, en diagonal a ella de hall, estaba, Edward, su magnífico Edward, herido y ensangrentado pero aún guapo, apoyado contra la pared de la despensa, sorbiendo de su copa de ale y alegremente charlando con... Tanya Denaly.

Isabella arqueó una ceja, murmurando,

-Ni se te ocurra.

-¿Mi lady?- Seth la miró.

Ella no había pasado por un batalló feroz con soldados Ingleses. Sólo para que una doncella se lo arrebate para acostarse con él.

Apoyó su copa de ale pesadamente y se levantó del banco.

Seth protestó. -Pero mi lady, yo no he...

-Mas tarde.- Ella se enderezó y cruzó el hall con grandes pasos, sus dedos descansaban en la empuñadura de su daga y una clara amenaza asomaba en sus ojos.

Cuando alcanzó la despensa, se deslizó entre los dos muchachos y con voz engañosamente dulce, dijo

-Edward, mi amor,- enlazando su brazo posesivamente.

Pero la mirada letal que ella le lanzó a Tanya fue suavizada cuando le pidió a él,

-¿Vendrías arriba conmigo?

Tanya hizo una mueca, sus planes fallaron. Isabella decidió asignarle tarea de vaciar urinales para el día siguiente.

Pero una mirada a la cara de Edward, e Isabella supo que él no tenía la intención de fornicar con la doncella. La Adoración brillaba en sus ojos cuando le sonrió a ella, una adoración que una revolcada con una muchacha no podía disolver.

No era que ella planeara permitírselo.

Isabella tomó la copa de ale de él y se la pasó a Tanya, dispensando a la decepcionada doncella. Entonces con una sonrisa pícara, llevó a Edward a través de la multitud triunfante.

De alguna manera, lograron finalmente subir la escalera hacia su habitación.

Isabella hizo una pausa antes la puerta.

-Edward, antes que el trebuchet explotara... ¿viste algo?

-¿Qué?

-¿Algo?

El sonrió.

-Te vi a ti. Sólo a ti.- Sus ojos brillaron con amor mientras le acomodaba un rulo de su cabello y lo besó.

La lujuria en sus ojos casi la hizo olvidarse de la pregunta. Ella tragó, entonces frunció una ceja.

-Quiero decir sobre el trebuchet.

Su mirada vagó hacia sus labios, y casi pudo sentir el deseo de él de un beso.

-Si,- dijo vagamente.

-¿Viste?

-Mmmmm

-¿Una figura oscura?

-Supongo que si.

-Fue La Sombra entonces. Tiene que haber sido,- dijo -Pero desapareció.

Edward se encogió de hombros, su mirada fijada en su boca. Claramente el hombre estaba pensando en otras cosas.

-Tu bandido parece preferir la oscuridad.

-Entonces no revelemos su secreto.

-Bien,- dijo, levantándolo su mano, poniendo un beso gentil sobre sus dedos.

- Mientras yo sea el administrador de Swan...

-Lord de Swan,- corrigió. Después de la batalla, Lord Charlie había, por propia voluntad, cedido oficialmente tal autoridad a Edward.

-Mientras yo sea el Lord,- corrigió, posando su mano sobre su corazón, -Nadie tocará a La Sombra. Quien sea que es esa persona.

Entonces le dio una sonrisa pícara

-En cuanto a vos...

Ella le devolvió la sonrisa. Su sangre ya hervía en anticipación.

-Vamos festejar la victoria,- susurró y abrió la puerta.-A menos que desees pasarla con Tanya Denaly.

-Mi señora, mi dueña, mi amor… jamás podré ver a otra mujer como te veo a ti. Ninguna otra podría despertarme ni una milesima de deseo y amor que vos mi lady. Me has vencido en todos los campos de batalla estoy para y a su servicio, para complacerla en todo.-dijo con voz ronca.

Momentos después, estaban anidado debajo de una gruesa manta de piel, sus cuerpos desnudos enlazados en un tierno abrazo.

-Fue un terrible riesgo el que corriste,- Edward la retó, acariciando su mandíbula, -¿Fuiste a rescatarme?

Ella respiró entre dientes.

-Teníamos que vencer a los ingleses,- explicó con una sonrisa inocente. -¿Y tu rescate? Fue un riesgo que valía la pena correr.

-Oh, esposa,- Edward suspiró, -cuando te vi cortando la tela de la carpa...

Ella contuvo la respiración. Suspirando, ella pasó su palma por su hombro desnudo.

-No podía tolerar dejarte ahí con esos miserable bastardos- Él trató de no demostrarlo, pero ella supo que le dolía.

-Un moretón,- admitió.

-Ooh.- Ella sonrió -Dime donde no tenéis un moretón...

Él pensó por un momento. Entonces un lado de su boca se curvó hacia arriba en una sonrisa libidinosa.

Agotados y heridos, hicieron el amo lentamente, cuidadosamente, murmurando palabras cariñosas. Y cuando se fusionaron en una unión gloriosa, Isabella se dio cuenta que eso, representaba el auténtico vínculo entre ellos.

Antes, había pensado que el matrimonio sería una batalla entre ellos dos, donde uno triunfaba y el otro se rendía, una competición por el control y el poder.

Pero el matrimonio, no era estar en guerra, para nada.

Matrimonio era un hombre y su esposa, lado a lado como estaban ahora, compartiendo las aventuras de la vida, aceptando sus desafíos juntos. Era una alianza forjada con el mas fino acero, atemperada en el fuegos de la adversidad, y por lo tanto dotada de una fuerza invencible.

Pronto, sus brazos, sus piernas, sus murmullos y sus corazones se entremezclaron, e Isabella era menos y menos capaz de pensar claramente. En cambio, se encontró a sí misma envuelta en una neblina de sensual placer y de dulce alivio.

Finalmente, unieron sus cuerpos en uno, y culminaron su pasión, sosteniéndose el uno al otro, corazón contra corazón, sollozando suavemente su éxtasis, justo cuando el sol se levantaba sobre el horizonte anunciando un nuevo día.

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Edward nunca había sentido tanta alegría, mirando a su esposa escocesa. Sus ojos brillaban tan puros y hermosos como un cielo, y el color chocolate de su cabello con unos reflejos rojos rivalizaba con la hermosa luz del sol desparramándose a través de la ventana semicerrada.

Acarició sus sedosos rulos mientras su respiración se desaceleraba y sus ojos se cerraban.

Pero había mucho mas que belleza en esa Vikinga morena con trenzas, ojos marrones como el chocolate y curvas sensuales, él se dio cuenta que Isabella poseía la belleza del espíritu. Tenía una fe descomunal, lealtad a prueba de todo, fuerza y honor y, si, amor.

El sonrió. Le había tomado mucho tiempo admitir ese amor. Pero ahora que lo tenían, él se ocuparía de que ella nunca lo olvidara.

Isabella suspiró alegremente, y Edward le dio un beso tierno en la ceja. Desde el momento en que la había visto cortando la carpa de los ingleses, espada en mano, viniendo a rescatarlo, se había dado cuenta de que era tan valiente como cualquiera de los Caballeros de Masen, e igual de cabeza dura. Ahora supuso no había forma de revertir las cosas. Gustosamente pelearía al lado de esa valiente Doncella Guerrera, porque juntos, podían conquistar el mundo.

Amor vincit omnia.

Junto, fortificarían las murallas de Swan.

Juntos formarían un ejército sin igual.

Juntos, él pensó con una sonrisa pícara, producirían la siguiente generación de Caballeros de Masen y de Doncellas Guerreras de Swan.

De repente recordó las palabras de ella respecto al bebé.

Acarició suavemente la carne de su vientre aún plano.

-Isabella,- susurró.

Pero ya estaba dormida, con una sonrisa de satisfacción curvándole los labios, probablemente estaba soñando.

El sonrió. La dejaría soñar y le preguntaría mas tarde. Después de todo, tendrían por delante años y años juntos. Podía esperar unas pocas horas más.

Buno mis niñas, no se si habrá un cap. más y el Epilogo o solo el Epilogo...(esta tarde me pongo a escribir como loca) pero esta historia llega a su fin... snif snif... y si Alice era la Sombra... era obvio no¿? jejejejeje... en fin mañana un poquito más... pero antes de acabar esta historia...

Aprovecho para AGRADECER.. con mayusculas... todos sus RW y sus palabras... sus favoritos... sus alertas... pero sobretodo por compartir esta afición conmigo... UN BESOTE... DE LOS QUE DAN LAS ABUELAS PARA TODAAAASSS... MIL GRÁCIAS... y si nos leemos en prox. Historias estaré encantada... y sino como siempre fue un verdadero placer... muakis. NOS LEEMOS.