Epílogo


Hades y los Caballeros de Oro


Los Caballeros de Oro, escoltados por Tánatos e Hipnos, llegaron al palacio de Hades mucho más tarde de lo que a ambos dioses les hubiera gustado. No habían desperdiciado oportunidad para tratar de escaparse de ellos por el camino, y la Muerte y el Sueño estaban definitivamente fastidiados para cuando pudieron llegar al salón del trono, donde Hades conversaba seriamente con una mujer que… Los dioses gemelos palidecieron al reconocerla. ¡La diosa Perséfone estaba ahí!

¿Cómo era posible? Desde el momento en que se habían manifestado en Hades los primeros síntomas de la locura de los dioses, ella había abandonado el Inframundo, y lo último que se sabía era que estaba en casa de su madre, en el Olimpo… Todas las huestes del infierno eran insuficientes para obligarla a hacer cosa alguna si ella no quería… ¿acaso había vuelto por voluntad propia?

-Si he entendido bien, se trata de una mortal –decía Perséfone en ese momento-. No pretenderás convertirla en tu heredera…

-No tengo ninguna prisa por morir y que alguien me herede –respondió Hades, sacudiendo la cabeza con aire divertido-. De todos modos es poco probable que llegue a tener el poder necesario para mantener este sitio funcionando. Solo quería que lo supieras de mí y no por chismes, mi dulce Koré.

Perséfone se encogió de hombros.

-Quiero conocerla.

-Tan pronto como venga de visita, te la presentaré.

-¿En serio crees que vendrá a verte sin ser convocada? Yo misma nunca habría conocido a mi padre si él no se hubiera tomado el trabajo de llamarme… y eso fue después de que tú y yo nos casáramos –había algo de dolor en la voz de Perséfone, Hades suspiró y le tomó una mano.

-Zeus es un idiota, siempre lo he dicho. Ah, pero mira, ya están aquí mis heraldos. Finalmente. ¿Qué hizo que les tomara tanto tiempo recoger once almas y traerlas a mi presencia?

Tánatos e Hipnos se arrodillaron de inmediato, con aspecto avergonzado.

-No estaban muy dispuestos a venir, Señor –murmuró Tánatos.

-Claro, debí suponerlo –Hades le dedicó una sonrisa ligeramente malévola a los Caballeros de Oro-. Bien, ya están aquí. Les interesará saber, Caballeros, que su Señora Atenea y yo hemos llegado a un acuerdo, no habrá más guerras entre nosotros –ignorando las miradas de incredulidad de los Caballeros, Hades siguió hablando-. Los mandé llamar para notificarles que, como una muestra de buena voluntad hacia Atenea, he decidido permitirles volver a la Tierra, donde completarán los años que les correspondía vivir, a menos que se interpongan la enfermedad o la muerte violenta… que en ningún caso se deberán a mi intervención, sino a las disposiciones del Hado Misterioso, cuyo poder supera el mío.

-¡¿Qué? –exclamó Shion-. ¡Es una locura!

-¿Cuestionas la decisión del Señor Hades? –exclamó Tánatos, indignado.

-¿Así agradeces su generosidad? –añadió Hipnos.

-No… yo… -Shion se pasó ambas manos por el cabello, alborotándolo sin darse cuenta, antes de dirigirse a Hades con el tono más calmado que pudo encontrar-. Señor, sin duda es generoso de su parte… ¿pero tiene idea del problema que ocasionaría en la Orden de Atenea si nos permite vivir de nuevo en lugar de volver al ciclo de las reencarnaciones?

-¿De qué hablas? –preguntó MM, enarcando las cejas-. A mí, por lo menos, me alegraría mucho poder largarme de aquí, al menos me desharía de los pétalos.

-¡Ya hemos sido reemplazados! –exclamó Shion, perdiendo el control de nuevo-. ¡¿Qué sucederá con la Orden si regresamos al Santuario? ¡¿A quién reconocerán las armaduras como sus legítimos dueños? ¡Algunos incluso hemos sido reemplazados dos veces ya!

-¿Dos veces? –preguntó Aioros.

-Creo que se refiere a él mismo y a mí –murmuró Saga-. Eso si está contando a Kanon como mi primer reemplazo y a Ginsei como el segundo. A él lo reemplazaron primero Mu y después Kirkelen… y, como Patriarca, primero yo, después Azrael, y ahora Diana.

-Si yo volviera ahora… sería menor que mi hermano menor –murmuró Aioros.

-Peor que eso –le dijo Afrodita-. Serías apenas un poco mayor que tus sobrinos.

-¡¿"Sobrinos"?

-¿Hay un eco aquí?

-Señor –Shion volvió a intentarlo-, ¿comprende el problema? No podemos volver… no en esta vida…

La risa clara de Hades tenía un parecido con la de Shun que (por alguna extraña razón) le resultó muy poco confortante a los Caballeros de Oro.

-¡Por supuesto que su regreso ocasionará un auténtico caos! Es lo menos que se merecen ustedes después de atreverse a tratar de resolver los problemas de los vivos.

-…¿Qué? –gimió Shion.

-Recuerda esto siempre, Shion de Aries: fue idea tuya el tratar de prevenir a Atenea, y tu idea arrastró a Géminis, Acuario y Capricornio; y Géminis arrastró también a Piscis y Cáncer al desastre que estaban ocasionando… de tal manera que al final catorce Caballeros de Oro, muertos o vivos, intervinieron por igual en el desarrollo de los acontecimientos. ¿Dices que los muertos no deben regresar ni perturbar los asuntos de los vivos? ¡Tienes razón y estoy totalmente de acuerdo!

-Entonces…

-Nunca dije que devolverlos a la vida fuera una recompensa, Caballeros de Oro: esto es su castigo por atreverse a alzar la mano en mi contra. El único de ustedes que ha logrado escaparse es Shaka de Virgo, y la única razón de eso es que salido del ciclo de las reencarnaciones al ascender como Buda. De otro modo, estaría aquí con ustedes, a punto de revivir, pero no pierdo la esperanza de arreglar cuentas con él alguna vez.

Los Caballeros tragaron saliva con dificultad. Por mucho que desearan escapar del Infierno, la vida que les aguardaba no iba a resultar sencilla.


Aioria y Misha


-Pues es una lástima que el Santuario no esté en Nueva York –comentó Marijose.

-¿Por qué lo dices? –preguntó Diana.

-Porque si tenemos que mudarnos de país, no me hubiera molestado mucho establecerme ahí.

-Me temo que si la Orden fuera a trasladarse a Estados Unidos, probablemente elegirían Tennessee y no Nueva York.

-¿Y eso? –preguntó Leonel.

-Para aprovechar la reproducción del Partenón que tienen en Nashville –explicó Diana.

-Muy gracioso –murmuró Leonel.

Resultaba bastante difícil asimilar el hecho de que tenía que establecerse de nuevo en Grecia… debido al trabajo de su hija menor, que todavía no terminaba la primaria. Las autoridades griegas tampoco encontraban muy racional el que una niña de esa edad pudiera ser considerada la líder de la Orden, por más que los Caballeros de Oro insistieran en que se trataba meramente de un título simbólico y que el verdadero trabajo lo realizarían los adultos, por lo menos hasta que ella fuera mayor de edad. Definitivamente, las cosas eran más sencillas cuando el Santuario estaba más oculto del resto del mundo. Y más cuando Diana estaba en otro de esos momentos erráticos en los que hablaba como adulta, justo como en ese momento, cuando ya llevaba unos diez minutos comportándose como la diosa Selene y no como la niña que se suponía debía ser. Afortunadamente, esas manifestaciones de la diosa solían ser bastante breves y cada vez menos frecuentes. ¿Qué podría estar sucediendo ese día en particular para que Selene se asomara a la superficie?

Leonel salió y caminó por los alrededores. Fue así como descubrió a Misha subiendo por uno de los senderos que conducían a la cumbre. Nada más ver al muchacho, adivinó que en cualquier momento Diana gritaría "¡Osito!" y correría a recibirlo, pero una súbita necesidad de hablarle a solas hizo que decidiera salirle al encuentro.

-Señor Nemo –saludó Misha.

-¿Dónde diablos has estado?

-…¿Señor?

-No regresaste de China con los demás. Tu primo no sabía dónde estabas. Me comuniqué con tu abuelo y tu madre en Siberia y tampoco ellos sabían nada de ti. Mi hija ha estado muy preocupada. Así pues, ¿dónde diablos has estado?

-En Éfeso, haciendo un peregrinaje al Santuario de Artemisa.

Eso dejó boquiabierto a Leonel por un instante.

-Eres un servidor de Atenea –siseó, apretando los puños-. ¿Qué puede habérsete perdido en el Santuario de otra diosa?

-A mí, nada, solo estaba haciendo un par de consultas con sus servidores –Misha se quitó el reloj y le mostró un tatuaje reciente que adornaba la parte interior de su muñeca izquierda: una luna llena y unas estrellas diminutas que parecían formar un esquema de la constelación de Orión-. Dado que la Tríada Lunar ha tenido a bien señalarme con su protección, lo menos que puedo hacer es informarme de la forma correcta de cumplir con mis deberes, ¿no?

-¿Qué significa este tatuaje?

-Que estoy consagrado a la Luna Llena, solo eso.

Enojado, Leonel lo agarró por la camisa y lo obligó a inclinarse para mirarlo a los ojos.

-Explícate ahora mismo, Mihail de Orión.

Misha obedeció de inmediato.

-Tradicionalmente, el guardián de la Doceava Casa es responsable de la seguridad del Patriarca de la Orden. Sin embargo, los dioses de la Luna y de la Justicia pidieron que me haga cargo de esa tarea, porque el Caballero de Orión está bajo la protección de la Luna. El peregrinaje a Éfeso y el estudio del culto lunar son parte de la tradición… Oh, no estará pensando que esto me hará descuidar mis deberes con Atenea, ¿o sí?

Leonel lo soltó.

-¿En serio crees que puedes servir a dos señoras?

-No. Afortunadamente solo tengo que proteger a una diosa que, en esta vida, sirve a la misma diosa a la que debo servir. Mientras Diana no tenga la ocurrencia de declararle la guerra a Atenea, no creo que lleguemos a tener problemas por conflictos de intereses.

-…Realmente te estás tomando esto en serio, ¿no?

-Señor Nemo, nunca ha sido mi costumbre tomar a broma una responsabilidad. Me corresponde proteger a Diana y eso es lo que haré, mientras tenga vida.

Leonel suspiró.

-Así lo espero. Ve a saludarla antes de que se vuelva loca de preocupación.

-Pero ella sabía dónde estaba… no tenía por qué preocuparse… -Misha parecía confundido.

-Pasaste por una iniciación –replicó Diana desde la entrada, donde había estado escuchando sin que Leonel se diera cuenta-. ¿Cómo querías que no me preocupara, Osito?

Misha hizo una mueca.

-El único riesgo que corrí fue el de quedarme dormido, Rayito de Luna.

-Eso crees tú, no sabes la suerte que tienes de que Artemisa decidiera perdonar los pecados de tu antepasado Orión.

-¿Lleva mucho rato así? –le preguntó Misha a Leonel, con aire resignado.

-Menos de media hora.

-Esperemos que se le pase pronto, me temo que hoy Selene está "de luna".

Diana rió al escuchar eso y tomó a Misha de la mano para arrastrarlo dentro.

-¡Vamos, Osito, ven a saludar a mamá y a mi hermano!

-Lo que tú digas.

Leonel se quedó donde estaba, contemplándolos alejarse. Por lo menos Misha parecía estar preparado para enfrentar los cambios de la luna.

-¡Aioria!

Imposible. Esa no podía ser la voz de su hermano Aioros.

…Excepto que era la voz de su hermano Aioros. Sin poder evitarlo, Leonel volteó hacia donde había escuchado la voz y buscó a su hermano, hasta que se dio cuenta de que estaba mirando hacia arriba, como si todavía tuviera ocho años, entonces miró hacia abajo.

Sí, era Aioros. Y no parecía ser un fantasma.

-¿Aioros…?

Aquel muchacho, que de repente (y contrariando el orden natural del universo) parecía ser unos veinte años más joven que él, le sonrió con aire avergonzado.

-Cuánto tiempo, hermanito… Me han dicho que tengo una cuñada y un par de sobrinos, ¿qué tal si me los presentas?

Sin poder dar con su voz, Leonel asintió y le indicó la entrada a la casi terminada Casa de Leo, que de momento ocupaba su familia debido a las continuas ausencias de Ikki.

Ya tendría tiempo de analizar esa situación imposible y volverse loco de alegría o ponerse completamente histérico, por el momento bastaba con recibir de vuelta a su hermano.


Ares y Némesis


Ares se aburría divinamente (dada su naturaleza, no tenía otra opción). Estaba sentado a la sombra (escasa) de un árbol en el Bosque de los Suicidas, bien alejado de las espinas del tronco (prudencia inusitada en él, pero explicable, debido al hecho de que ocupaba su cuerpo original y no tenía más remedio que cuidarlo), contemplaba la corriente ígnea del Flegetón (también desde una distancia razonable) y se esforzaba en una labor imposible.

Desde su muerte a manos de Nemain y la reconstrucción del Hades, estaba prácticamente atrapado en el inframundo.

Estar ahí, sin nada que hacer, era una verdadera tortura. Sin embargo, dado que solamente podía emplear su cuerpo original, si llegaba a darse el caso de que muriera encontrándose en esa forma, lo que enfrentaría sería la destrucción (total, irreversible, definitiva) de su alma. Por lo tanto, no tenía más remedio que "portarse bien" hasta que llegara el momento de reencarnar.

Es decir, tenía que esperar cien años, en un lugar aburrido como una tumba y sin nada que pudiera hacer para pasar el rato.

Un Ares condenado a la inacción era un Ares irritable, caprichoso y sumamente difícil de manejar… Hades y todos sus súbditos podían dar fe de eso. El haber logrado la asombrosa hazaña de colmar la (casi) infinita paciencia de Hades era la razón de que estuviera ahí en ese momento: el soberano del Reino de los Muertos había hecho uso de la autoridad que le conferían la diferencia de edad y el parentesco para sugerirle que intentara avanzar en el camino espiritual por medio de la meditación (en otras palabras, le dijo: "Sobrino, ya me tienes harto. Busca un lugar donde no estorbes y medita ahí hasta que aprendas a dominar tu carácter").

No era una orden fácil de cumplir (al menos para él). Ares estaba demasiado acostumbrado a actuar primero y luego afrontar las consecuencias de sus acciones, no a meditarlas (antes, durante o después). Sin embargo, Hades le había asignado esa tarea de buena fe, ya que él también tenía un carácter difícil (como casi todos los descendientes de Urano y Gea), pero lograba controlarlo casi a la perfección, al punto que sus arranques de mal genio eran breves y poco frecuentes, aunque aterradores (por lo inesperados), con lo que tenía muy bien ganada su reputación como el menos colérico de los doce grandes dioses de Grecia. La meditación era algo a lo que Hades acudía con frecuencia para serenarse, de manera que a Ares no le quedó más remedio que admitir que su tío estaba tratando de ayudarlo a encontrar una manera de soportar los años de inactividad que le esperaban.

Y por eso estaba ahí, tratando de meditar, sin tener la menor idea de cómo hacerlo ni persona alguna que pudiera explicarle de qué se trataba el asunto.

Escuchó pasos, pero no les dio importancia. Esa parte del infierno estaba llena de almas condenadas por atentar contra los bienes propios y ajenos, la mayoría se alejaba al momento de percibir que él era un dios y no otro espíritu errante.

Por lo tanto, no estaba preparado para reaccionar cuando alguien se dejó caer de rodillas junto a él y lo abrazó.

El grito alarmado de Ares asustó a unas cuantas arpías que picoteaban las ramas del árbol y las hizo emprender el vuelo, pero el causante de aquel alarido solo rió un poco y lo abrazó más estrechamente.

-¡¿Quién eres tú y qué es lo que pretendes? –rugió Ares, mientras luchaba (sin éxito) por recobrar la compostura.

-Saludos, hermano.

-…¿Némesis?

-El mismo.

-¿Qué haces aquí?

-Ginsei quería visitar a su padre, así que la traje (no puede abrir un portal por sí misma, ¿sabes?). Aproveché para preguntar por ti, Hades me dijo dónde encontrarte, y aquí estoy.

-…Suéltame.

-Como mandes.

Ares se apartó un poco y contempló con el ceño fruncido al gemelo de Atenea.

-¿Por qué me abrazaste?

-Tenías cara de necesitarlo.

-No seas ridículo. El dios de la Guerra no necesita abrazos.

Némesis se encogió de hombros.

-Tú preguntaste, yo contesté. ¿Por qué estás en un lugar tan deprimente?

-Estoy meditando.

-¿En el Bosque los Suicidas?

-¿Por qué no?

-Bueno… no me parece un lugar muy a propósito para relajarse y vaciar tu mente de problemas y angustias.

-¿Uh?

Entre risas y bromas, Némesis empezó a explicarle en qué consistía la meditación y, por un largo rato, Ares se olvidó de los años de espera que todavía le faltaban.


Los Caballeros de Oro en el Santuario


Tal y como había anticipado Shion, el regreso inesperado de once Caballeros de oro muertos veinte años atrás realmente había ocasionado un caos en la Orden de Atenea, pero todos hicieron su mejor esfuerzo para acomodar las cosas tanto como fuera posible.

Shura no había tenido problemas, ya que Ban decidió por su propia cuenta renunciar a la armadura de Capricornio y retornar a la de León Menor sin esperar a que se lo pidieran, lo cual le ganó el agradecimiento de su muy sorprendido predecesor, pero en realidad Ban nunca había estado cómodo con las responsabilidades que acompañaban el puesto entre los Doce.

Kamus y Milo se acogieron a lo que Milo llamaba en broma "una jubilación anticipada" y, luego de jurar solemnemente que acudirían de inmediato si la Orden llegaba a necesitarlos, regresaron a Erin con las familias que habían formado ahí. Incluso le ofrecieron a Alhena que los acompañara, pero ella prefirió regresar al Areópago, el palacio de Ares, alegando que el principal berserker de Ares había desertado y alguien tenía que hacerse cargo de dirigir las tropas hasta el regreso de su Señor.

Con la renuncia de Milo, la Casa de Escorpión quedó vacía una vez más, dado que la renuncia de Jabu a la Orden había sido definitiva, pero había suficientes aprendices en el Santuario como para confiar que esa vacante no duraría mucho tiempo.

Al principio, Afrodita no intentó en forma abierta discutirle a Marin la posesión de la armadura de Pisicis, pero se tomó la libertad de restablecer la presencia de las rosas en el jardín de la doceava Casa. Ante el reclamo airado de la amazona (que detestaba las rosas con toda el alma), Afrodita se limitó a invocar la tradición ancestral de los Caballeros de Piscis.

Finalmente lograron establecer una tregua cuando acordaron que él se encargaría del cuidado de las plantas y ella de los otros deberes propios de Piscis; y que cuando las estrellas señalaran al sucesor de ambos, Afrodita podría enseñarle las técnicas de las rosas, aunque Marin sería la Maestra oficial.

Cuando Nachi le preguntó a MM si tenía alguna sugerencia sobre lo que deberían hacer, éste simplemente se encogió de hombros y respondió que tenía una oferta de trabajo en la ciudad. A nadie le sorprendió que encontrara colocación en la morgue del hospital de Rodorio. Sin embargo, no abandonó completamente la Orden, ya que siguió viviendo en la Casa de Cáncer y ayudaba a Ichi a entrenar cuando tenía tiempo.

Una situación similar era la de Aldebarán, que hizo amistad fácilmente con la familia de Geki, y se encontró muy pronto colaborando en la administración del Santuario casi sin darse cuenta.

Dokho, pese a su apariencia de hombre joven, alegó sentirse demasiado viejo y cansado como para pedir de vuelta la armadura de Libra (cosa que nadie le creyó, pero que todos aceptaron porque era evidente lo orgulloso que estaba de Shiryu) y volvió a Rozan a las pocas semanas.

La llegada repentina de ese suegro al que creía muerto confundió un poco a Obsidian en un principio, pero el antiguo Dragón Negro se limitó a catalogar aquello como una rareza más de las que caracterizaban a la familia.

Lo que resultó algo sorpresivo para todos los que los conocían fue la amistad que establecieron Dokho y Ónix, al punto que el antiguo Caballero de Libra no tardó mucho en estar enseñándole al ex Andrómeda Negro todo lo que sabía… sobre cultivo del té, porque Ónix (al igual que Obsidian) siguió negándose a probar suerte de nuevo como Caballero.

Mu no tenía problemas en compartir la Casa de Aries con Shion y Kiki. A decir verdad, le alegraba bastante, ya que aborrecía sentirse solo, y la cercanía de los otros dos (más las visitas ocasionales de Chandra) le compensaban con creces la pérdida de la armadura de Aries. Se dedicó a aprender con esmero todos los secretos sobre la metalurgia que Shion no había tenido tiempo de enseñarle antes (debido a lo inoportuno de su primera muerte) y a completar la educación de Kiki.

Para Aioros la integración no fue sencilla, primero porque Leonel seguía negándose tercamente a admitir que alguna vez había sido Aioria (a pesar de que ya no era un secreto y de que sí se refería a Aioros como su hermano), y segundo porque el regresar a la vida con la apariencia que tenía al momento de morir (es decir, la de un muchacho de catorce años) le había provocado uno que otro desajuste… especialmente cuando los que no conocían bien la historia (casi toda la humanidad) lo confundían de buenas a primeras con el hijo mayor de su propio hermano menor.

Tampoco le ayudaba mucho el haber encontrado convertido en adulto al hermano que había dejado niño, y más cuando sus personalidades empezaron a chocar, ya que ambos eran impulsivos y dominantes, como buenos signos de fuego.

La diferencia más grande ocurrió cuando Aioros empezó a enseñarle arquería a Alex, quien ya no podía seguir ignorando por más tiempo el llamado de su constelación guardiana, Sagitta; y, muy en contra de la voluntad de Leonel, el muchacho ingresó a la Orden como aprendiz del antiguo Caballero de Sagitario.

Casi todos los miembros de dos generaciones de caballeros intervinieron en uno u otro momento como mediadores entre los dos hermanos, hasta que Leonel por fin dio su consentimiento para que Alex entrenara por la armadura de plata, y la paz familiar se restableció… hasta la siguiente ocasión.

Shion enfrentó bastantes problemas, empezando por la sonriente negativa de una niña pequeña a devolverle su puesto, más el recordatorio de que, para esa niña en particular, la forma en que Saga había tomado su lugar era perfectamente legal (después de todo, la muerte de los servidores antiguos a manos de quienes los reemplazarían era característica de los cultos lunares y ctónicos… había caído en desuso, cierto, pero desde el punto de vista de la diosa Selene, lo único que había hecho Saga era demostrar un apego casi romántico a las tradiciones antiguas), por lo tanto, Saga y no Shion era quien podía pedirle que renunciara a su favor… pero tampoco pensaba dejar de ser la Matriarca aunque se lo pidiera Saga.

De todos modos, estaba dispuesta a ofrecerle una oportunidad, si Shion realmente deseaba reclamar su lugar como Patriarca: podía desafiarla formalmente a un duelo según esas costumbres antiguas del culto lunar (el grito colectivo y horrorizado de la familia Nemo habría bastado para hacer huir a alguien menos valiente que Shion)… y enfrentar a su campeón designado, claro, porque ella era demasiado joven para tener una pelea justa contra el miembro más experimentado de la Orden.

Shion apenas conocía el nombre de aquel muchacho ruso de cabello casi blanco al que la niña se refería como "su" Caballero de Orión, pero no tenía el menor deseo de averiguar si tenía la fuerza y el talento necesarios para enfrentar a un Caballero de Aries que había sobrevivido a dos guerras sagradas, sobre todo porque era claro que si aceptaba la sugerencia de la Matriarca provocaría una guerra civil.

No, realmente prefería renunciar a su puesto antes que crear un conflicto.

Y, para su sorpresa, luego de esa crisis casi no podía notar la diferencia entre "ser" y "no ser" el Patriarca. Porque luego de aclarar las formalidades y anunciar que confiaba plenamente en él para reemplazarla cuando no estuviera presente en el Santuario, la diosa Selene simplemente dejó de manifestarse. Las responsabilidades de dirigir la Orden recayeron en él nuevamente, hasta que la intervención de la diosa de la Luna Llena volvía a ser necesaria… una o dos veces al año.

De los once, el que sí lo había pasado realmente mal porque no lograba sentirse a gusto era Saga, pero hasta eso tuvo solución, eventualmente.


Amida y Shun


Stephen se levantó cerca de la media noche y fue de puntillas hasta la habitación de Terry.

Tres meses después de la muerte de su primogénito, Shun todavía no lograba decidir qué hacer con sus cosas y la habitación seguía intacta, como esperando el regreso de su dueño.

Toda la familia estaba sumida en lo más profundo del duelo, pero Stephen podía ver que las cicatrices empezaban a formarse. Algunos más pronto, otros más tarde, todos los que habían querido a Terry llegarían a despertar alguna vez con la sorpresa de que podían recordarlo sin sentir un dolor lacerante y, algún tiempo después de esa inesperada revelación, serían capaces incluso de recordarlo con alegría y reirían una vez más con las anécdotas de su infancia y juventud. Pero todavía faltaba tiempo para eso.

No tardaría en llegar el momento en que Shun reuniría valor para encontrarle destino a las cosas de Terry, y Stephen sabía lo que pasaría entonces: Andy y él recibirían permiso de conservar algo especial para ellos mismos (veía, tan claro como el día, a Andy sacar un peluche de un escondite secreto cuya existencia ignoraba el resto de la familia… a él no haría falta preguntarle siquiera, todos sabían que escogería las estatuillas), sus libros serían trasladados a la biblioteca de la sala, algunas otras cosas se entregarían a primos o amigos (podía ver la expresión sorprendida de Mitsumsa al recbiri una pequeña colección de postales alusivas a las cuatro últimas olimpiadas, y a Ikki aceptando con gesto sombrío una fotografía para hacérsela llegar a Fénix), el resto sería donado o desechado, excepto los álbumes de fotos, dibujos y cuadernos escolares, eso lo conservarían Shun y Esmeralda.

Mientras tanto, Stephen se sentó en la cama de Terry y contempló las figuras en la mesa. Los Guardianes de los Cuatro Cielos estaban nuevamente en sus respectivas esquinas. La intervención de Terry había hecho innecesario que se reunieran los cuatro en esa ocasión, lo cual no dejaba de ser un alivio. La mayor de los cuatro, Eridano, estaba cerca de retirarse. El segundo, Orión, recién acababa de despertar y era el único que estaba preparado para un combate, a él le hubiera correspondido más responsabilidad de la que podría cargar. La tercera, Ursa Major, había reencarnado en Babilonia y quizá sería mejor dejarla tranquila unos cuantos años más, hasta que ganara la independencia suficiente como para que pudiera integrarse a la Orden de Atenea sin que Tiamat tuviera motivos para enviar a Vanessa a llevarla de vuelta. Y Serpens, que había estado al borde del despertar con diez años de adelanto por la cercanía del peligro, dormía nuevamente en un rincón del alma de Stephen, esperando el día en que la voz de Isis le comunicaría que Atenea y la Orden lo necesitaban de nuevo.

De hecho, a medida que transcurrían los minutos, todo ese conocimiento sobre el futuro y el funcionamiento del universo se hacía más y más borroso. Muy pronto, Stephen Kido volvería a ser un niño como los demás, y seguiría siendo una persona absolutamente normal por una década más.

Como casi cada noche, Shun se asomó discretamente a las habitaciones de sus hijos para asegurarse de que dormían bien. No había problema con Andy, pero Stephen no estaba en su cama. Más cerca de un ataque de pánico de lo que le hubiera gustado admitir, abrió la puerta de la habitación de Terry y respiró aliviado al comprobar que el pequeño se había pasado de cuarto y ahora dormía abrazado a la almohada.

Tardó unos segundos en darse cuenta de que había alguien más ahí: un hombre de piel bronceada y cabello castaño rojizo que estaba sentado en el borde de la cama de Terry y parecía velar el sueño de Stephen.

Lo reconoció, aunque solo se habían encontrado en una visión de la que Saori lo había sacado a la fuerza, una eternidad antes.

-Amida…

Tenía que ser él. Conservaba (como desde hacía milenios) la apariencia de un hombre de unos veinte años; su cabello estaba parcialmente recogido en un peinado que delataba su estatus como parte de la nobleza de un reino antiguo que solamente existía más allá del cese de los deseos; y vestía una túnica roja y dorada casi idéntica a la que usaba en la visión. Pero cuando volteó a mirar a Shun, el Caballero de Virgo descubrió que había algo diferente.

El Amida que recordaba tenía los ojos castaños… y el que contemplaba ahora los tenía verdes… exactamente del mismo tono verde azulado de sus propios ojos.

-¿Terry…?

-En parte. También Amida, también Amitaba, y Avalokitesvara… He tenido muchos nombres a lo largo de muchas vidas.

Shun se acercó, indeciso.

-¿No vas a abrazarme? –preguntó Amida, al cabo de un par de minutos.

-No eres Terry.

-No del todo. Al igual que tú, soy mucho más que la suma de mis partes… y soy en realidad un mosaico del cual Terry es una única pieza entre miles… pero una pieza igual de necesaria y valiosa que todas las demás. Su afectos son mis afectos, Shun, y lo que fue él no se perderá del todo.

Shun lo abrazó, con algo de duda al principio, pero Amida esperó con paciencia a que tanto el cariño como el dolor y la nostalgia quedaran patentes antes de hablar de nuevo.

-Sukvhati reclama mi presencia. He estado ausente demasiado tiempo y el Paraíso del Oeste necesita a su "administrador", pero vendré de vez en cuando a visitarlos.

-Será todo un choque para Andy.

-Se acostumbrará –Amida se encogió de hombros con un gesto que (no cabía duda) era propio de Terry-. En todas nuestras vidas ha terminado adaptándose luego de unos cuantos berrinches.

Shun trató de sonreír, pero no lo logró.

-No eres Terry –repitió.

-No –admitió el buda-. Terry está muerto. Sin embargo, es parte de mí y sobrevivirá en mí mientras el cosmos exista. A fin de cuentas, construí su personalidad sobre la mía, Terry fue exactamente el mocoso alocado que fui yo antes de conocer a mi Maestro e iniciar el camino de la iluminación.

-¿Así que debo asumir que eres la versión adulta de mi hijo y aceptarte como parte de mi familia?

-Shun, Shun… soy parte de tu familia. O mejor dicho, tú y los tuyos son parte de la mía -Amida se levantó, besó la frente de Stephen y luego rozó con los nudillos la mejilla de Shun-. Cuando el dolor se aquiete y la paz regrese a tu corazón, será menos difícil tolerar mi amistad.

-No te creo –respondió Shun, repentinamente calmado-. Pero sé que Stephen estará feliz de considerarte algo así como su otro hermano mayor. El gemelo perdido de Terry.

-Pero… yo soy Terry –Amida enarcó las cejas.

-Ya lo dije y tú mismo lo admitiste: Terry murió.

-Pero…

-Nada –interrumpió Shun-. No te reprocho este intento por compensarme la pérdida de mi hijo. Es más, te lo agradezco. Inténtalo de nuevo en un año o dos, ¿quieres? Tal vez entonces logres convencerme.

Amida dejó escapar una risa cristalina.

-Como desees… Un consejo, Shun: esconde mejor esa llave que te regaló Seadragon. Stephen no tardará en darse cuenta de que puede usarla para ir a Sukvhati cuando se le antoje. Y no queremos que salga de casa sin permiso, ¿verdad?

-¿Puede correr algún peligro en tu casa?

-No. Sukvhati es un sitio extremadamente tranquilo.

-En ese caso, creo que acabas de sentenciarte a ti mismo a continuar siendo el niñero de Stephen.

Amida parpadeó con desconcierto un par de veces antes de advertir el tono burlón en las palabras de Shun.

-De acuerdo. Cuidaré de él siempre que tú y Esmeralda lo requieran.

Shun sonrió levemente y Amida desapareció de su vista.

Con un suspiro, tomó en brazos a Stephen y lo llevó de vuelta a su cuarto.


Saga y Misty


Saga abrió la puerta de su habitación y se encontró con una persona que parecía a punto de llamar a la puerta. Al principio no lo reconoció, era prácticamente otro con el cabello corto y sin maquillaje, pero los ojos grises seguían siendo los mismos de siempre.

-¿Misty…?

-¿Saga…? -el antiguo Caballero de Plata de Lacerta no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas-. Me dijeron que habías vuelto, no lo podía creer…

Antes de que pudiera responder, Saga se encontró con Misty abrazándolo mientras lloraba a lágrima viva, igual que cuando era niño.

-Tan emocional como siempre… -murmuró Saga, resignado.

-Lo siento –respondió Misty, separándose de él y limpiándose los ojos con un gesto nervioso-. No era mi intención.

-Tranquilo. A mí también me alegra verte de nuevo, Misty… ¿o prefieres que te llame Jean-Michel?

Afrodita los observó desde lejos y se apartó rápidamente cuando cuando empezaron a caminar hacia la salida de la Casa de Géminis.

Era una suerte el que siempre hubiera estado al día con los chismes de la orden, lo suficiente como para saber que las amazonas de Piscis Austrinus y el Caballero de Doradus tenían que saber dónde localizar a Misty, y además contaban con la capacidad de convencerlo de visitar el Santuario (o más bien llevarlo ahí a la fuerza).

Si conocía a Saga (y lo conocía bien), el antiguo Caballero de Géminis no tardaría mucho tiempo en convertirse en Maestro de los hijos de Misty, porque esa sería la única forma en que él y Jenny aceptarían que Dhani y Eloísa ingresaran a la orden… y los dos mocosos no descansarían hasta lograrlo. Una vez que Misty presentara a Saga con sus chiquillos, Saga estaría totalmente atrapado y no tendría cómo negarles ese favor.

Lo cual, por supuesto, alegraría mucho a Shion, Dokho, Ginsei y Diana, que tenían meses tratando de convencerlo para que aceptara encargarse de un aprendiz o dos, a lo que el terco Caballero de Oro se negaba una y otra vez, alegando que no era digno de una misión tan delicada. Pero en esta ocasión ya no tendría cómo decir que no.

El plan de Afrodita aportaba otros beneficios: Kanon ya no tendría que sufrir la desesperación de tener a Saga trabajando en su librería (espantándole los clientes, más bien) y el humor de Saga mejoraría cuando pudiera dedicarse a algo más cercano a su vocación que la venta de manga y anime.

Pero lo mejor, desde el punto de vista de Afrodita (y el de MM, que había ayudado también en la pequeña conspiración), era que, una vez que Saga conociera oficialmente a la familia de su hijo adoptivo, sus amigos podrían empezar a llamarlo "abuelo" abiertamente.

Casi no podía esperar a ver la cara que pondría Saga cuando cayera en la cuenta de que tenía nietos de la edad de sus sobrinos.


Miguel, Araquiel y Darien


-No hay una tumba ahí, ¿sabías? Solo son las lápidas –dijo Miguel cuando llegó al cementerio para comprobar que se hubiera hecho correctamente la limpieza de las tumbas de su familia y encontró a Darien depositando un ramo de rosas frente a la sencilla piedra que tenía el nombre de Anmael y la fecha de su muerte.

-Lo sabía, sí –respondió Darien sin levantar la cabeza-, pero viene siendo lo mismo. El testimonio de que alguien existió es todo lo que necesitan quienes están de duelo.

Miguel frunció el ceño, pero no respondió a eso. Darien miraba ahora la lápida que correspondía a Azrael.

-"No es más que un hasta luego" –leyó-. ¿Así es como lo ven ustedes?

-En nuestro caso es literal. Los siete reencarnaremos y nos reuniremos de nuevo.

Esta vez fue Darien quien frunció el ceño.

-No hay epitafio para Anmael.

-Era una Sombra, para él no hay retorno –respondió Miguel.

-Y eso hace que este mundo sea un poco más horrible de lo que ya era –añadió otra voz.

Miguel y Darien descubrieron con sobresalto a Araquiel, que se acercó sin concederles importancia y colocó una sola rosa roja junto a las que había llevado Darien.

-¿Qué haces aquí? –exclamó Miguel.

-Presentar mis respetos, ¿no es obvio?

-¡A ti no se te ha perdido nada en la tumba de mi hermano!

-Pero sí se me perdió algo en la tumba de tu hijo.

-Nada tienes que hacer aquí –gruñó Miguel, todavía con resentimiento, aunque con un poco menos de cólera.

-Tú no guardas luto por Azrael porque volverás a verlo en unos cuantos años, pero yo nunca más veré a Anmael, así que déjame vivir mi duelo en paz. No es culpa mía que tuvieras la estúpida idea de poner juntas sus lápidas.

-No fue mi idea. Azrael lo dispuso así en su testamento.

Araquiel rió, sin ganas.

-Tu hermano era casi tan odioso como tú.

-A mucha honra. Lárgate de una buena vez.

-No me voy a ninguna parte. ¿Por qué no te vas tú y dejas que los que sí estamos tristes podamos quejarnos del destino sin tu irritante presencia?
Miguel sacudió la cabeza y se alejó unos cuantos metros, hasta la sombra de un árbol, donde aguardó, vigilándolos, pero ya sin interrumpir.

-¿Rosas rojas? –dijo Araquiel, señalando el ramo-. ¿Había algo entre Anmael y tú después de todo?

-Estuve bastante enamorado de él unos años, durante los cuales creí que era una chica –respondió Darien-. Casi me vuelvo loco cuando me dijo la verdad… Es curioso, hubo un momento en el que creí que era un ángel y ni siquiera eso me importó, pero enterarme de que era "él" y no "ella", eso sí que fue una debacle.

-Alégrate de no haber conocido a su madre. A Zoe le fascinaba jugar con los corazones ajenos y habría usado la semejanza que Anmael tenía con ella para jugarte unas cuantas bromas pesadas, de haber tenido la oportunidad.

-¿Y qué hay de esa rosa roja? ¿Cómo debo interpretarla?

Araquiel le dedicó una sonrisa ambigua y un tanto malévola.

-No trates de asomarte a la oscuridad que es el corazón de un verdadero demonio, jovencito, podría tragarte con facilidad.

-Yo también soy un demonio –replicó Darien, ofendido.

-Eres un espíritu babilonio y tienes ancestros humanos en alguna rama de tu árbol genealógico. No conoces la verdadera maldad, a menos que hayas tenido la oportunidad de mirar a tu reina Tiamat a los ojos.

Darien sacudió la cabeza, reprimiendo un escalofrío.

-No me atrevería a mirarla a los ojos. No soy tan valiente.

-Acepta un consejo: valiente o no, no lo hagas.

-Lo tendré en cuenta, pero no respondiste mi pregunta.

-Hum. Lo odié cuando nació. Lo odié todavía más cuando mi madre ordenó la muerte de mi hermana favorita por causa suya. Lo seguí odiando por lo mucho que se parecía a Zoe, y un poco más por las muchas cosas en que no se parecía a ella. Pero todo ese rencor fue pasando y, mil quinientos años después, un buen día estaba yo preguntándome en qué momento dejé de odiarlo. Tuve miedo, como nunca antes en mi existencia, porque ese día me di cuenta de que, con un poco más tiempo, llegaría a quererlo. Su muerte no pudo ser más oportuna.

-Lo tomas con mucha calma.

-Es solo lo que parece. Si las Sombras pudiéramos llorar, estarías presenciando un espectáculo por demás patético.

-Vi a Anmael llorar más de una vez.

-Él era mestizo. Podía llorar, y lo hacía a cada rato.

Darien asintió y empezó a caminar hacia la salida del cementerio, pero se detuvo cuando estaba a la misma distancia de Miguel que de Araquiel.

-Hay, sin embargo, una cosa que no me queda clara. ¿Por qué están tan seguros los dos de que Anmael no va a regresar?

-Porque es un descendiente de Lilith –respondió Miguel-. Ella vendió las almas de sus hijos y las de todos sus descendientes a cambio de poder vengarse de los hijos de Eva. Por eso las Sombras y las Lilim carecen de alma y, una vez que mueren, es para siempre.

-Pues qué curioso –Darien sonrió con burla para ambos-. No estoy muy seguro de cómo funcionó ese trato durante tanto tiempo, pero me parece que hay un pequeñísimo error que quizá las Sombras y las Lilim deberían considerar.

-¿De qué hablas? –preguntó Araquiel.

-De un principio muy simple del derecho metafísico: todo mortal es dueño de su alma y puede venderla, si así lo quiere, a la potencia abismal de su preferencia. Pero nadie (¿me entienden?, nadie) puede negociar y vender almas ajenas, ni siquiera con el consentimiento de sus dueños. Y si es totalmente imposible vender las almas de otros, es todavía más imposible vender almas que ni siquiera han sido creadas. Si no me creen, revisen la Convención de Teotihuacán, hay un capítulo entero al respecto.

Araquiel se apoyó en la lápida de Anmael como si de pronto ya no confiara mucho en sus piernas.

-¿Qué estás tratando de decir? –murmuró Miguel.

-Casi nada: solo que Lilith bien puede haber vendido su propia alma y corromper las de sus descendientes, pero ninguna manera puede haber vendido las almas de sus hijos, y mucho menos las de nietos que ni siquiera habían sido concebidos. Por lo tanto, me atrevería a afirmar que tanto las Sombras como las Lilim poseen alma… como cualquier hijo de Adán.

Con eso, Darien les dio la espalda y abandonó el cementerio.

-Imposible… -murmuró Araquiel.

-Una completa locura –concedió Miguel-. La pérdida lo tiene trastornado. ¿No te das cuenta? Si ustedes tuvieran alma, podrían ser redimidos.

Un silencio pesad cayó entre ellos y cada cual siguió su camino.

No hubo más encuentros de Ángeles y Sombras hasta la siguiente generación.


Ikki y Fénix


Ikki supo que conocía a alguien ahí mucho antes de ubicar con la vista a aquella persona. La vuelta a la normalidad de la Fuente del Santuario había tenido otros efectos aparte de los más visibles: la capacidad de casi todos los caballeros para comunicarse a través del cosmos parecía haberse restablecido.

Así pues, la persona que estaba percibiendo como cercana, probablemente era parte de la Orden de Atenea, aunque no sabía de nadie, aparte de él, que fuera parte de la Orden y se encontrara en una playa española por vacaciones o por negocio.

Entonces la descubrió: piel bronceada, cabello negro con mechones teñidos de rojo, ojos azules…

-¡Fénix! –exclamó.

La muchacha fue hasta él sin sonreír y sin demostrar temor.

-Hola, papá.

-¿Dónde has estado?

-Aquí y allá.

Fénix miró hacia atrás e Ikki siguió su mirada. El resto del Zodiaco Chino estaba ahí, a una distancia prudente.

-¿De qué se trata?

-Supe que estabas aquí y quise decirte que estoy bien.

-¿Piensas seguir huyendo?

-No huyo. Mis compañeros de armas y yo estamos buscando a Lilith para saldar las cuentas que tenemos pendientes… y es ella la que huye. Cuando la hayamos encontrado y estemos en paz, volveré al Santuario para ser juzgada como corresponde.

Ikki sacudió la cabeza.

-¿Por la muerte de Terry?

-Es lo justo, ¿no?

-Quizá –aceptó él-. ¿Tienes contigo la armadura del Fénix?

-Sí.

-Si sigue contigo es porque te considera digna de ser una amazona de Atenea.

Fénix sacudió la cabeza.

-El Fénix es diferente a las demás armaduras y los dos lo sabemos. Es independiente.

-Y renace de sus cenizas –Ikki acarició el cabello de la muchacha-. Espero que puedas renacer tú también.

-Ya lo he hecho.

-¿Sí?

-Ya no soy Fénix, ¿sabes? –la muchacha besó la mano de Ikki y lo soltó-. Ahora soy Saeko.

Ikki sonrió y la dejó marchar. Tal vez Saeko, Amazona de Bronce de Fénix tendría también una oportunidad.


MM y sus peores pesadillas


-¡Maestro! –exclamó un muchacho de cabello negro.

MM escupió una palabra que solo Afrodita entendió, al ver al muchacho que subía corriendo las gradas en dirección a ellos.

-¡Qué bárbaro! –exclamó Afrodita-. ¿Para eso querías que te enseñara sueco? ¿Para decir vulgaridades?

-¿Qué querías que hiciera? –respondió MM-. Últimamente hay por aquí demasiada gente que entiende italiano y ya no puedo maldecir a gusto en mi propio idioma, así que tuve que buscarme otro.

Afrodita se llevó una mano a la frente con un gesto dramático.

-Mu, ¿podrías enseñarle tú unas cuantas maldiciones tibetanas? Me duele escucharlo profanar así mi pobre idioma.

-¿Y crees que a mí no me dolería escucharlo usar así el mío? –rió Mu-. Aparte de que no le serviría de nada, porque Kiki entendería perfectamente.

MM gruñó por lo bajo, otra vez en sueco, lo que le ganó un manotazo en la nuca por parte de Afrodita.

-¡No te pases, hombre! Si quieres maldecir, hazlo en un idioma que yo no entienda.

-¿Y en qué idioma, si puede saberse? Si lo hago en italiano, aparece Cristina y me regaña. Si lo hago en griego, hay toneladas de griegos por aquí que se me quedan viendo como a bicho raro, como si ellos no usaran exactamente las mismas palabras todo el tiempo…

-Es por el acento, le das un giro inesperado a algunos términos.

-…Si lo hago en inglés, resulta que la mitad de los mocosos aprendieron más de la cuenta mientras estuvieron en Inglaterra y son sus madres las que reclaman. No puedo hacerlo en español, desde que la Matriarca y su familia se establecieron aquí, y su padre me mataría si ella llegara a oírme decir algo inadecuado. Tampoco puedo hacerlo en ruso, ni en francés, entonces, ¿qué me queda?

-Tal vez deberíamos pagarle un curso en algún idioma que no hable ningún miembro de la Orden. ¿Un dialecto africano, tal vez? –sugirió Mu, mirando a Afrodita.

-Quién sabe, me parece que Shun, Jabu y Ban aprendieron uno que otro en sus lugares de entrenamiento. Quizá debas aprender esperanto, o alguna lengua muerta, Máscara. Lo que no entiendo es por qué estás tan enojado, solo porque Kokuryuu te saluda como corresponde –dijo Afrodita, a pesar de saber perfectamente qué era lo que molestaba a MM.

-Cuando me dijeron que tendría aprendices, nadie me aclaró quiénes serían los susodichos –se quejó MM-. ¿Por qué tuvieron que asignarme estos, precisamente? ¡Juraría que fue a propósito!

Mu rió de nuevo y le dio unas palmaditas en el hombro, tratando de consolarlo.

-Por lo que me ha contado Shiryu, fue idea de Shunrei y Kiki la apoyó. Deberías agradecer la muestra de confianza que ha tenido contigo la familia de Shiryu al confiarte la educación de Ten y Kokuryuu, es una muestra más de que te han perdonado por la vez que los atacaste a ellos y a Dokho en Rozan, y de lo mucho que te agradecen el haber ayudado a Kiki a proteger la fuente…

-¡No necesito su agradecimiento! Estos dos mocosos están arruinado mi reputación. Además, ¿no se supone que ninguno de ellos iba a ser Caballero de Atenea?

Mu se encogió de hombros.

-No sé cómo hicieron Shiryu e Ikki para convencer a Obsidian de que le diera permiso a Kokuryuu de intentarlo, pero tengo entendido que Mylagros solamente se oponía por causa de Lilith, sin ella aquí, Myly está tranquila. Como dijo Mu, deberías agradecer la muestra de confianza –dijo Afrodita.

-Sí, claro. La muestra de que Sculptor me considera inofensivo, al punto de que puede confiarme a su cachorro sin temor alguno.

-Justamente, mi amigo, justamente.

-Te odio Afrodita. No sé cómo, pero estoy seguro de que tú tuviste algo que ver.

-¿Yo? –Afrodita lo miró con ojos grandes y falsamente inocentes-. El conspirador es Saga, ¿recuerdas? Yo solo me hacía pasar por Atenea.

-Y en esas actuaciones ganaste suficiente experiencia como para sugerir quiénes serían los maestros más adecuados para los aprendices nuevos –gruñó MM-. Tú síguelo negando, pescado, mi venganza te alcanzará cuando menos lo esperes.

-Oh, eso habrá que verlo.

MM bufó, pero no añadió nada más porque Kokuryuu ya había llegado con ellos y los saludaba con formalidad. Era un muchacho de rasgos asiáticos, piel tostada por el sol y expresión franca y alegre que contrastaba con la cara sombría de su Maestro. El hijo mayor de Obsidian y Shunrei era tres años menor que sus primos Ten y Sora, pero su estatura era casi la misma que Ten y todo parecía indicar que sería más alto que él.

-Pensé que te quedarías más tiempo con tus padres –dijo MM.

-No quiero retrasarme en mis estudios, Maestro, ya fue usted demasiado amable al permitirme visitarlos fuera de las fechas establecidas.

Afrodita rió por lo bajo, ganándose una mirada asesina por parte de MM.

-¿Fue niño o niña? –preguntó Mu.

-Niño, señor Mu, se llama Noir.

MM enarcó las cejas.

-Eso es francés. ¿Es que tu padre está empeñado que nadie en Rozan pueda pronunciar los nombres de sus hijos?

Kokuryuu rió alegremente.

-Él y mamá hicieron un trato antes de casarse: él elige los nombres de los niños y ella, los de las niñas. Hasta ahora, papá nos ha puesto los nombres de nuestros tíos. Tal vez si llegamos a ser más que ellos, decida elegir nombres chinos.

-¿Cómo está la familia, Kokuryuu? –preguntó Shun, sumándose al grupo.

-Bien, señor Shun, ya nació mi tercer hermano.

Shun enarcó las cejas.

-Creí que la ley del hijo único…

-Todavía se aplica, pero mi padre no es chino, solo vive en China, cultiva tierra china y está casado con una china –rió Kokuryuu-. Es un caso aparte.

MM apoyó la espalda contra la pared y los dejó seguir hablando, ya no habría tiempo después para que su discípulo empezara a recuperar el tiempo perdido, porque él tendría que marcharse en unos minutos a su trabajo de medio tiempo en la morgue, así que no tenía por qué limitarle el tiempo que pasaba con sus amistades.

Kokuryuu y Ten eran soportables, lo que le fastidiaba en realidad era la forma en que sus respectivos parientes trataban de hacerlo sentir como uno más de la familia.

Había días en que hasta extrañaba el Hades, porque el saber que había gente hablando bien de él y apreciándolo como su fuera una persona decente era, en definitiva, la peor de sus pesadillas hecha realidad.


Jabu y Atenea


Lo último que esperaba Jabu al entrar a la cripta (sin tener la menor idea de por qué estaba ahí) era encontrarse con Atenea, que parecía estar esperándolo.

-¿No deberías estar en el Olimpo o en los Campos Elíseos? –preguntó él, sorprendido.

-Debería, pero vine a ver cómo está todo antes de marcharme. Deberé mantenerme alejada de la Tierra hasta que llegue mi hora de reencarnar nuevamente y, como estaré fuera mucho tiempo, quise despedirme como debe ser –sonrió ella-. Probablemente volveremos a encontrarnos en tu próxima reencarnación.

-Así lo espero. A pesar de todo, fue agradable conocerte… y también a Saori.

-¿Qué planes tienen Deirdre y tú?

-Visitaremos a Bosque y Lluvia, tal vez pueda convencerlos de establecerse aquí. Ahora que el Santuario ha sido bendecido por Danna, el estar en un sitio donde la Naturaleza está sana podría ayudarlos a conservar su salud.

-Me parece bien –Atenea le sonrió satisfecha-. ¿Sigues molesto conmigo, Licorne?

Jabu enarcó las cejas.

-¿Por qué me llamas por ese nombre? No soy y nunca he sido Licorne.

-Pero… -Atenea parecía desconcertada-. Eres su reencarnación, creí que tenías los recuerdos de tus vidas anteriores.

Jabu sacudió la cabeza.

-Los recuerdos los tengo, pero la mía es un alma nueva, nunca te ha servido dos veces el mismo unicornio.

-¿De qué estás hablando? Eres el Unicornio. Es más, hace un par de días demostraste que tuve razón desde el principio: si hubieras repartido tu poder a una descendencia numerosa, no habrías sido capaz de purificar la Fuente…

Jabu sonrió. Las sombras se movieron alrededor de ellos y un rumor de risas apagadas hizo que la diosa mirara más allá de él, sorprendida.

-Unicornios… -murmuró ella.

-Todos y cada uno de nosotros.
Estaban rodeados por las almas de las generaciones anteriores de caballeros del Unicornio, incluso Elisa estaba ahí.

Atenea se dirigió de nuevo a Jabu, preocupada.

-¿Por qué están estos espíritus aquí? ¡Deberían estar en los Campos Elíseos, como corresponde a los héroes! ¿Hay algo que les impida su descanso final?

"Una misión pendiente, Alteza" intervino uno de los fantasmas. "El amor que unió al primero de nuestra estirpe con la naturaleza viva no nos permite renunciar a su misión, aunque sea para algo tan noble como ayudarte a proteger a la humanidad."

-¿Esto es por mi causa? –Atenea parecía a punto de llorar-. Creí que Licorne había aceptado mi sugerencia de buena gana.

"Me doy cuenta de que debí expresar mis sentimientos con más claridad" respondió el aludido, "pero no me fue posible entonces. En realidad, princesa Atenea, no fue tu culpa. ¿Qué mayor error puede cometer un unicornio que pedir ayuda a una diosa virgen? Era inevitable que quedara atrapado a tu servicio, yo no habría podido escapar y tú no habrías podido evitar querer conservarme. Así ha sido desde un principio y así será siempre."

-Lo siento. Nunca quise causar daño.

"Como ya dije, no fue tu culpa."

"Y, en cualquier caso, no te faltaba razón" dijo Elisa. "Diluir el poder de un solo unicornio en una descendencia humana sería como tratar de apagar un incendio con un gotero. Pero ahora las cosas serán diferentes."

-¿Cómo?

"Contando a Jabu, tienes ante ti a treinta generaciones de unicornios. Cada uno de nosotros con el poder completo y la memoria del primero de todos. Ahora podremos cumplir con nuestra primera misión, sin traicionar la segunda."

-No comprendo… ¿cómo?

Los fantasmas rieron y desaparecieron nuevamente. Atenea quedó otra vez a solas con Jabu.

-¿A dónde fueron? –preguntó Atenea.

-Regresaron al Hades. Están por entrar al ciclo de las reencarnaciones.

Atenea ladeó un poco la cabeza, invitándolo a continuar.

-Reencarnarán, algunos como mis hijos, otros como mis nietos, mis bisnietos… Se mezclarán con la humanidad y ayudarán a los Elementales a proteger la Tierra.

-¿Y qué pasará con el próximo Caballero del Unicornio?

-En cada generación de mis descendientes habrá por lo menos un alma nueva, esa alma recibirá el poder y los recuerdos de Unicornio al morir su predecesor, y será tu Caballero, como ha sido hasta ahora.

Atenea asintió con una sonrisa.

-Comprendo. Luego, esas almas nuevas se sumarán al ciclo y renacerán dentro de tu familia. De esa manera, por mucho que los unicornios se mezclen con la humanidad, su esencia no desaparecerá del todo. Siempre habrá por lo menos un auténtico unicornio. Lo has resuelto muy bien, Jabu, me enorgulleces.

Jabu aceptó el elogio con una sonrisa. Era un regalo inesperado del destino el poder despedirse de la diosa en buenos términos.


Atenea y Daga


Daga realizó los trazos finales del dibujo y lo examinó detalladamente. Ese era el último. A partir de ahí, tendría que conseguir otro cuaderno.

Estaba en la entrada del Palacio del Patriarca, cuando le había entrado el impulso de dibujar una vez más, pero esta vez fue con algo de alivio y un poco de resignación. Al momento de empezar a dibujar, se dio cuenta de que (muy probablemente) sería la última vez que un dibujo trataría de hablarle sobre cosas que podría suceder, echaría de menos esos impulsos que a veces la ayudaban a guiarse a la hora de tomar decisiones, pero al mismo tiempo era bueno saber que todo había terminado por fin, junto con el cuaderno.

-Eridano.

-Mi Señora Atenea –respondió Daga, sin voltear a verla-. ¿Se quedará por aquí o regresará al Olimpo?

-Ninguna de las dos cosas. Ahora que todo por fin está bien organizado, resguardaré mi cuerpo en la cripta y mi alma esperará en los Campos Elíseos hasta que sea la hora de mi próxima reencarnación.

-¿Ya se despidió de Ginsei y del resto de la familia?

-Sí, solo me faltabas tú… cuñada.

-Sin insultos, por favor.

-De acuerdo. ¿Cuándo piensas darle tu armadura a Mu y Kiki para que la reparen?

-Ya lo hice. Tendrán que llevarla a la Isla de la Reina Muerte para forjarla de nuevo. El trabajo puede demorar años.

-No entiendo cómo es que se dañó tanto.

-Fue por la batalla de 1763, cuando fueron eliminadas partes de la constelación original de Río Eridano y se dio origen a Fornax, Sculptor, Horologium, Reticulum y Caelum… Lacaille introdujo esas constelaciones en la lista celeste para reflejar lo que sucedió con la armadura. En ese último combate, Eridano quedó destrozada y parte de sus pedazos fueron usados para forjar otras cinco armaduras, de emergencia, porque no era posible repararla entonces. Pero ahora, para volver a dejarla como estaba al principio, habría que destruir las nuevas y recuperar los fragmentos que tienen de Eridano… y no queremos problemas con Mylagros y, por ende, también con Shiryu, ¿verdad? No queda más que intentar hacerla nueva, pero creo que el usarla quedará para mi sucesor porque, como te dije, va a tomar años repararla. Es una suerte que Kiki sea tan joven.

-Mm. Entonces, debo suponer que abandonarás el Santuario y tú y Kanon se establecerán definitivamente en el Santuario Submarino.

-Nos instalaremos en Rodorio, que es muy distinto. Vendimos el restaurante, pero nos queda la librería y no hay que desatender el negocio. Además, si Poseidón llega a necesitar a Kanon, sabe su número de teléfono. Lo mismo que Némesis, que ha decidido quedarse en el Hades, acompañando a Ares.

Atenea rió suavemente.

-Realmente lograron arreglárselas para servir a tres dioses y que los tres quedaran sin queja.

-Como dice mi general, "tenemos experiencia en el arte de la diplomacia".

-Como dice el gemelo de tu general, "en manipulación, dirás".

-Eso no te lo discuto.

-¿Puedo ver ese cuaderno?

-Adelante, acabo de terminar el último bosquejo.

-¿Qué significan estos dibujos? –Atenea fue pasando las hojas del cuaderno. Jabu y un rubí, Shun y su familia, Seiya riendo en compañía de los suyos, los Caballeros de Oro con aspecto sorprendido y preocupado en la entrada del palacio, Kiki y Mu con… ¿Máscara de Muerte?...-. No creí que todavía pudieras ver el futuro, no después de haber reencarnado como humana.

-Ah, ¿entonces, me recuerdas?

-Eras Achernar, la única náyade que sobrevivió cuando Faetón estrelló el carro del Sol en el río Eridano. Y esta es justo la forma de adivinación que usabas cuando te conocí: dibujabas las imágenes que te mostraba los hados.

Daga suspiró.

-En aquel entonces, los Tindáridas me encontraron y cuidaron de mí. Le tuve mucho cariño a los cuatro y llegué a sentir rencor en tu contra cuando separaste a los gemelos para que Pólux fuera tu primer Caballero de Géminis.

Atenea sonrió levemente.

-Recuerdo eso. Me gritaste que te vengarías en mí por la muerte de Cástor. ¿Ya lograste vengarte, o tengo que seguir cuidándome la espalda?

-Yo no ataco por la espalda, Señora –respondió Daga, ofendida-. Era una niña entonces y he tenido tiempo para madurar un poco. En realidad, me interesaba menos vengarme que encontrar la manera de torcer el destino de Cástor… y el de Pólux, si fuera posible, y el de Helena y Clitemnestra si realmente llegaba a tener suerte. Pero a los que ven el futuro les está vedado el cambiarlo. Por eso, la única forma en que pude hacer algo por ellos fue renunciando precisamente a lo único que me hacía poderosa en aquel tiempo. Dejé de ser una náyade, me uní a la humanidad y he reencarnado cientos de veces con la intención de impedir la muerte prematura de Cástor. Sabía que si lograba cambiar eso, conseguiría salvarlos a los cuatro, pero si quería cambiar el destino tenía que deshacerme primero del don de ver el futuro, y para eso tuve que ir dejándolo a pedazos por el camino de cada reencarnación, hasta agotarlo del todo.

-Helena y Clitemnestra no reencarnaron esta vez.

-Eso crees tú.

Atenea la miró con sorpresa.

-¿Alguna de mis amazonas?

-Taaal vez, tal vez no. No voy a decírtelo. Baste con que sepas que he cuidado de ellas y que son felices. No traicionarán ni serán traicionadas esta vez. Mi trabajo me ha costado reunirlas y salvarlas de cometer los errores de siempre.

-¿Y qué pasará en el próximo ciclo de reencarnaciones?

-No tengo ni la menor idea, pero será divertido descubrirlo.

Atenea siguió pasando las hojas del cuaderno hasta llegar a la última. Enarcó las cejas al darse cuenta de que el dibujo mostraba la perspectiva de las Doce Casas justo desde donde estaban ellas dos. En el dibujo, en un sendero que nacía a la izquierda de la escalinata que bajaba hacia Pisicis, Ginsei caminaba tomada de las manos de Kanon y Saga, los tres sonreían, alegres y despreocupados, sin temores y sin dolores viejos.

Apartó la mirada del cuaderno y descubrió que, justo en ese momento, Ginsei, Saga y Kanon, efectivamente, caminaban tomados de las manos y sonrientes por uno de los senderos que nacían de la escalinata entre Piscis y el palacio, pero no el sendero de la izquierda, sino uno de los de la derecha.

-Esto no sucedió como lo dibujaste.

-Lo cual me alegra: por fin dejé de acertar. En esta vida agoté el último resto que me quedaba de ese antiguo poder. Por eso esta vez tuve suerte con Cástor… con Kanon, quise decir. La próxima vez será una sorpresa para todos.

-Sin duda –Atenea sonrió y cerró el cuaderno para devolvérselo a su dueña.

Les llegó la risa clara de Ginsei en el sendero, paseando por el Santuario con una parte de su familia, sin un destino decidido de antemano.


Notas:

Koré: ("la joven") es uno de los títulos de Perséfone.

Los cultos lunares y ctónicos a los que hace referencia Shion al recordar su casi enfrentamiento con Diana es algo que saqué de "La rama dorada", donde se estudia el culto de Diana en Nemi, para el cual (según las leyendas) quien asesinara al rey del bosque (el sacerdote de Diana) podía tomar su lugar.

Saeko: el nombre que sugirió Dey para Fénix, hace como diez años ;D

Achernar (pronúnciese "Akérnar") es la estrella Alfa Eridani y su nombre significa "fin del río".

Valle de El General, Costa Rica


6 de agosto de 2010

(alrededor de diez años después de haber sido iniciado)

Última revisión: 19 de agosto de 2010