¡Buenas tardes!

Como siempre, muchas gracias a Sakhory, Mery Vedder, Caroline Beatle y Mede Nott por los reviews del capítulo anterior

Y ahora, os dejo con un capítulo más.


Escapar a los brazos de la Muerte

I'm begging you stay,
just a little longer.
You've always been the one who's stronger.
I can't let you go.
I'm begging you stay,
stay because I need you.
With every breath I breathe you,
I can't let you walk away
Bon Jovi-Stay

No es hasta el jueves por la mañana que a Eleonora se le ocurre una idea.

El tener algo que hacer, que investigar, una forma de no estar parada sintiéndose inútil, hace que sus ojos adopten un tono ocre claro. Casi sonríe mientras baja varios pisos a toda velocidad, mandando a tomar viento la dignidad y serenidad que se suponen debe mostrar como prefecta, y ni se inmuta cuando un ofendido profesor Flitwick le grita que vaya con más cuidado después de arrollarlo y tirarlo al suelo.

Se detiene a pocos metros de la entrada de la sala común de Slytherin. Lo cierto es que no ha estado nunca; pero Fred, que va allí una vez a la semana a visitar a Roxanne, le ha contado dónde está. Eleonora siente una punzada de dolor al pensar que esa semana no ha podido hacerlo.

Agradece a Merlín que le ponga las cosas tan fáciles cuando ve a Daniel Nott saliendo de la sala común, y se acerca a él a toda velocidad.

-¡Daniel!-lo llama; lo cierto es que no sabe si está autorizada a llamarlo Dan. Sólo ha oído llamarlo así a Roxanne Weasley, y ella es su novia, así que mejor lo llama por su nombre completo, para evitar problemas. El muchacho la mira con una expresión sombría que trata de disfrazar de indiferencia. Eleonora la reconoce. Es parecida a la que ella lleva dos días mostrando-. Tengo que hablar contigo-el muchacho se encoge de hombros, invitándola a hablar-. Necesito que me dejes ver la flecha con la que te atacaron en Hogsmeade.

Eleonora no se da cuenta hasta ese momento de lo extravagante que es su petición; Dan arquea las cejas, extrañado. Probablemente esté pensando que es una psicópata sádica y morbosa.

-Mira, mi padre hace tiro con arco y me ha enseñado que en cada lugar fabrican las flechas de una forma y longitud específicas-explica-; igual si la veo puedo…

Pero antes de que pueda terminar, Dan asiente. Le pone un montón de libros en las manos y entra de nuevo en la sala común. Sale apenas dos minutos más tarde con una flecha negra, partida y astillada. Eleonora le devuelve los libros y examina la flecha con cautela. Tras varios minutos dándole vueltas, calculando su longitud original y apreciando su forma, lo tiene más que claro.

Dan le da un golpe suave en el brazo, impaciente.

-Es de Chester-dice Eleonora con seguridad-. Mi padre dice que son las mejores para largas distancias.

Dan emite un sonido extraño que, tras examinarlo detenidamente, Eleonora identifica como un gruñido despectivo. Entonces deja los libros en el suelo, saca una pluma y un pedazo de pergamino y escribe:

"¿Crees que están allí?"

Eleonora se muerde el labio, insegura.

-Sé que la flecha es de allí. Pero nunca he estado en Chester, de modo que no sé si puede ser un buen lugar para…-su voz se apaga poco a poco, y no termina la frase. Dan lo hace por escrito en su lugar:

"Hace un par de veranos estuve allí. Hay un bosque en la frontera con Gales; no es un mal sitio para esconderse"

Eleonora asiente, pero se pregunta si no se están precipitando. Después de todo, sólo es una flecha, puede que o McLaggen o ese Davis sean de ahí y por eso la hayan comprado en Chester… pero es lo único que tienen.

-¿Te hace una visita a Chester?-propone.

Dan compone su primera sonrisa sincera desde que se llevaran a Rox, y asiente. Luego anota algo más y se lo enseña a Eleonora:

"Pero no podemos ir nosotros dos solos. Necesitamos a alguien más"


Roxanne sigue maldiciendo a McLaggen, a Davis y a ella misma aun después de medianoche.

Fred se ha quedado dormido hace ya rato; después de que McLaggen lo metiese en la habitación, tan débil que apenas era capaz de intentar liberarse del joven y cubierto de heridas, tras maniatar a Roxanne mediante magia (porque de no haberlo hecho no conservaría ni los ojos, ni el pelo ni los atributos sexuales), apenas podía mantener los ojos abiertos más de dos segundos seguidos. Se ha espabilado un poco, lo justo para beber agua, y luego, después de explicarle en temblorosos susurros lo que ha pasado, ha cerrado los ojos, aferrado a su mano porque estaba oscureciendo.

Ahora Rox se siente como la hermana mayor, aunque decide que definitivamente el rol le queda mejor a Fred. Ella no es capaz de consolarlo ni de tranquilizarlo cuando está asustado; todo lo que puede hacer es abrazarlo y susurrarle palabras que se le antojan demasiado vacías como para ayudarlo.

Le acaricia un poco el pelo, y se da cuenta de que la improvisada venda que le puso en la cabeza se le ha caído y la herida vuelve a sangrar. Tratando de convencerse de que es sirope de fresa y respirando por la boca para no oler la sangre, se rasga un pedazo de su túnica y rodea la cabeza de su hermano con ella; espera que sea suficiente, porque está a punto de vomitar.

Vuelve a coger su mano, y recuerda todo lo que le ha contado, la mitad de lo cual no tiene sentido alguno, y la otra mitad es tan obvio que resulta insultante.

El otro hombre, el de la voz rasposa, es Christian Davis, el mismo que casi mata a su madre antes de que tanto Fred como ella naciesen. Roxanne se dice, después de darle unas cuantas vueltas, que es obvio; nadie más podría querer hacerles daño. También comprende que no le debió de resultar muy difícil convencer a McLaggen de que se aliase con él, ya que Fred acababa de ser el culpable directo de su expulsión.

Hay otras cosas que no entiende. Por ejemplo, ignoraba que la maldición cruciatus pudiese producir heridas físicas, y mira cómo está el pobre Fred. Incluso parece tener fiebre. Roxanne supone que han combinado la maldición con otro hechizo para hacer aún más dolorosa la tortura de su hermano.

Tortura porque, según él le ha explicado, están muy enfadados porque ha contado a sus amigos lo que vio en el bosque, poniendo a los aurores sobre la pista de Isabelle Creevey. Roxanne se pregunta si realmente la madre de Colin es tan malvada como parece o sólo tuvo la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el momento menos oportuno, como suele decirse. Tampoco es que le importe. La odia a ella también.

Acaricia de nuevo el pelo de su hermano, y Fred abre los ojos. Nada más verlos, Rox sabe que se debe de estar muriendo de dolor por dentro, pero el muchacho no comenta nada al respecto. Sonríe cuando repara en ella.

-Doo–San, no llores-le pide. Tiene la voz ronca. Rox no lo culpa. Se ha pasado varias horas gritando-. No te favorece.

-¿Tienes sed?-pregunta ella; Fred niega con la cabeza-. Fred, lo siento…

Pero su hermano la interrumpe:

-Oye, he estado pensando. Tenemos que salir de aquí. Ya.

Roxanne se siente tentada de preguntarle cómo diablos pretende salir de ese lugar cuando apenas puede mantener la cabeza erguida, pero se muerde la lengua.

-¿Y eso? ¿Por qué tanta prisa?-pregunta en su lugar.

Fred cierra los ojos antes de responder:

-Porque quieren matarnos. A los dos.


Para el viernes por la tarde, Eleonora y Dan han hablado con quien creen que pueden estar interesados en ayudarles en su empresa; en un principio, eran sólo Ben y Lucy, pero han acabado uniéndose también Hugo, Rose, Jackie, Naira y Russell, éste último más para vengar la muerte de su padre que por Fred y Roxanne.

-Es una locura-comenta Hugo-. Es imposible que salga bien.

Están reunidos en la Sala de los Menesteres, buscando la mejor forma de escaparse del castillo e ir hasta Chester. Bueno, lo de desplazarse lo tienen claro. Lucy tiene una habilidad especial para crear trasladores. Lo único que falla es la parte de salir de los terrenos de Hogwarts, porque se han extremado las precauciones desde la desaparición de Fred.

-Cállate, ¿quieres?-lo reprende Lucy-. Es la única idea que tenemos.

-Deberíamos decírselo a mi padre y al tío Harry-lo apoya Rose-. ¿Es que no has visto lo que le pasó a Fred por querer hacer las cosas él solito?

Eleonora suelta un gruñido; no está dispuesta a escuchar ningún defecto de su novio. Bastantes le saca ella solita sin ayuda de Rose Weasley.

-Los aurores nos dejarán quietecitos y seguros aquí mientras ellos lo hacen todo-replica. Ahora mejor que nunca entiende lo que debía de sentir Fred cuando traspasó todos los límites por su hermana-. Y no me da la gana quedarme sin poder hacer nada.

Rose sacude la cabeza. ¡Los Gryffindors y su ridículo sentido de la responsabilidad!

-Bien, pues todavía no tenemos ni idea de cómo salir de aquí-replica, exasperada. Entonces nota un golpecito en el brazo. Rose se vuelve y descubre a Daniel Nott tendiéndole una nota. Dirigiéndole una mirada evaluadora para decidir si merece o no a su prima, la muchacha toma el pergamino y lee en voz alta:

-"¿No había pasadizos que llevaban a Hogsmeade?"

Todos se miran.

-Bueno, está el de Honeydukes-comenta Lucy-. Fred, Ben y yo lo hemos utilizado varias veces.

-Sí, pero es obvio que no podemos colarnos así como así en el sótano de la tienda-apunta Naira, soltando un bufido.

-Además, Fred dijo que ese tipo lo estaba usando, es peligroso-añade Ben.

De repente, el colegio que es su hogar durante la mayor parte del año les parece una especie de burbuja impenetrable en cuyo exterior están Fred y Roxanne, desprotegidos, y en cuyo interior están ellos, atrapados.

-¿Y la Casa de los Gritos?-propone Lucy. Todos la miran.

-Lu, podría haber alguien, igual que cuando se llevaron a Fred-replica Ben con calma.

-No estarán allí-asegura la muchacha-. Es decir, los aurores ya saben que estuvieron allí y estarán preparados para atraparlos por si vuelven. Sería una insensatez.

Eleonora asiente, mostrándose de acuerdo.

-Genial-dice Naira, entusiasmada-. Entonces, podemos ir hasta Hogsmeade por ahí, y una vez allí utilizar el traslador a Chester.

-Sólo falta concretar fecha y hora-murmura Rose, aunque sigue reacia a la idea.

-Ahora-replica Eleonora rápidamente.

Ocho pares de ojos se clavan en ella.

-¿Te has vuelto loca?-pregunta Hugo, boquiabierto-. ¡Ni siquiera tenemos nada planeado!

-Y ni siquiera sabemos qué vamos a encontrar allí-agrega su hermana. Eleonora los fulmina a ambos con la mirada, un poco más a Rose por su negatividad crónica.

-Tampoco lo sabremos mañana, ni pasado-replica-. No podemos obtener más información desde aquí; tenemos que ir a explorar ese bosque.

Sus palabras son recibidas con un silencio sepulcral. Entonces Naira carraspea:

-¿Y si lo decidimos por votación? Los que estén en contra…-Rose, Hugo y Jackie levantan la mano-. Bien, pues… a favor-Eleonora, Dan, Ben, Lucy y Russell alzan sus manos-. Genial. Vamos hoy-dice alegremente, levantando ella también la suya-. Si no queréis, no tenéis por qué venir-asegura a los otros.

-Ni de coña-gruñe Hugo-. No me hace mucha gracia meterme en un follón improvisado, pero para una vez que puedo hacer algo parecido al pan de cada día de mis padres…

Rose arruga la nariz con desaprobación, componiendo un gesto del que su madre estaría orgullosa.

-Genial, pues alguien tiene que cuidar de ti-dice. Hugo la fulmina con la mirada, pero luego sonríe. Es evidente que adora a su hermana mayor, aunque se pase la mitad del tiempo negándolo categóricamente.

Todos miran a Jackie.

-Eh… esto…-vacila ella, indecisa-. Mirad, nunca pensé que diría esto, pero… ¡es peligroso! Es decir, peligroso de verdad. Podrían herirnos o… Además, si volvemos enteros nos ganaremos la bronca de nuestras vidas.

Eleonora arquea las cejas, preguntándose qué le han hecho a su amiga y dónde ha ido su coraje Gryffindor. Russell se cruza de brazos, aunque no parece especialmente disgustado.

-Genial, tu padre puede estar orgulloso-dice, y se acerca a su novia-. Pero es mejor, así seguro que estarás bien-le da un beso y luego se aparta de ella, yendo a la piña que han formado el resto-. ¿Vamos?

-Pues… vamos-dice Eleonora-. Hasta luego, Jackie-y sale de la habitación seguida por el resto.

No es que no comprenda su punto de vista; a la propia Eleonora, la idea le parece una aventura a tientas, aunque está segura de que encontrarán algo; por tanto, es un absoluto suicidio, y Eleonora prácticamente está convencida de que ninguno va a volver entero. Pero todos están ahí por voluntad propia; ella no ha obligado a nadie. Jackie es la prueba de ello.

Hugo se separa de ellos un momento, presumiblemente para dejar unas cosillas en su sitio, pero cuando vuelve a unirse al grupo tiene una curiosa expresión contrariada. Salen del castillo en silencio; Russell no parece disgustado por el comportamiento tan anti-Gryffindor de Jackie, sino más bien satisfecho. Eleonora lo comprende a la perfección; algo así vio ella en los ojos de Fred cuando la encerró en el armario de las escobas.

-¡Esperad! ¡Joder, vosotros ganáis!

Todos se vuelven para ver a Jackie corriendo a toda velocidad hasta ellos, tropezando y estando a punto de caer varias veces. Finalmente, trastabilla a pocos metros de ellos. Russell la sujeta para evitar que se deje los dientes en el suelo y la mira con ceño.

-¿Qué haces aquí?-le pregunta en tono casi enfadado.

-No quiero quedarme esperando-responde Jackie-. ¿Y si os pasa algo?

-Para tu información, sabemos defendernos-apunta Naira.

-¡Se suponía que ibas a quedarte!-exclama Russell-. ¡Si ahora vienes…!-no termina la oración, pero a todos les queda claro que lo único que quiere es que Jackie esté a salvo.

Ella sacude la cabeza y le da un beso en los labios.

-No pasa nada-asegura-. Seguro que no.

Eleonora suelta un suspiro e intercambia una mirada con Naira, que sonríe. Jackie se libera del abrazo de su novio y se adelanta para caminar junto a su mejor amiga. Eleonora echa a andar de nuevo hacia el sauce boxeador, seguida por los demás, tratando de comprender qué siente exactamente en esos momentos. Miedo por Fred, por sus compañeros, alegría porque Jackie está a su lado como siempre, preocupación por no saber qué van a encontrarse… Sin embargo, en cuanto Ben inmoviliza el árbol encuentra algo que destaca:

Voy a encontrar a Fred.


-Podemos intentar salir por la ventana-sugiere Fred.

Se encuentra mejor, aunque las heridas no están curadas, ni por asomo. Por alguna razón, la idea de escaparse parece darle fuerzas, porque sólo se tambalea un poco mientras recorre la habitación una y otra vez, buscando una forma de salir.

Rox arquea las cejas y mira el crepúsculo a través de la minúscula abertura.

-Si por ahí entras tú…

-No, así no-replica Fred-. Podemos volarla y hacerla más grande.

-Vale, ¿y cómo la volamos? ¿Por arte de magia?

-Efectivamente-y Fred saca del bolsillo lo que parecen explosivos, como los que utilizó poco antes de las vacaciones de Pascua para volar todos los retretes del castillo. Roxanne ahoga un grito y los coge, examinándolos. Entonces mira a su hermano con enfado:

-Si los tienes desde que has llegado, ¿por qué no los has usado antes?

-Los cogí ayer, cuando me sacaron para torturarme-aclara Fred. Roxanne no sabe si es peor la confesión en sí o el tono resignado de su hermano-. Estaban en un jarrón sobre una mesa, que tiré al suelo sin querer. Ellos lo recogieron todo, pero no se molestaron en ver si yo tenía alguno.

Roxanne tiene que admirarse de la astucia de su hermano, y piensa que él tampoco hubiese estado mal en Slytherin. Entonces la asalta otra duda:

-¿Cómo vamos a hacer para que explote? Necesitamos una varita. O fuego. Y no tenemos ninguna de las dos cosas.

Fred se muerde el labio; no había pensado en eso. Sin embargo, vuelve a sonreír rápidamente:

-De pequeña hacías que explotasen cosas-empieza-. ¿Y si pudieras hacer lo mismo con esto?

-Freddie, eso lo hacía cuando estaba muy enfadada-aclara Rox-. Y ni siquiera podía controlarlo. Se llama magia accidental por algo, ¿sabes?

Fred frunce el ceño.

-¿Y si digo algo que te enfade?-pregunta en voz tan baja que su hermana no lo oye, colocando el explosivo en la ventana con decisión. Antes de que Rox pueda preguntarle qué ha dicho, sin embargo, suelta-: Por cierto, no sé si te habré dicho que papá se enfadó muchísimo cuando entraste en Slytherin.

-¡Eso no es verdad!-protesta Roxanne, siempre fácil de picar con ese asunto-. ¡Hablé con él y dijo que estaría orgulloso de mí hiciese lo que hiciese!

-Sí lo es; me contó que si te dijo eso fue porque mamá lo obligó a hacerlo. No quiere que sepas que eres la menos querida-replica Fred, aunque se siente un poco culpable cuando los ojos de su hermana se llenan de dolor. Pero sabe que es la única forma de salir de ahí-. Papá me dijo que me prefería a mí porque me parezco más al tío Fred…

-¡Fred, cállate!-lo interrumpe Roxanne-. ¡Eso es mentira, te lo estás inventando! ¡Papá nos quiere a los dos por igual!

-¿Sí? Pues lo primero que dijo cuando desapareciste fue "Menos mal", antes de abrazarme. ¿Tú qué crees que es eso?

Roxanne tiene los puños tan apretados que casi se hace sangre en las palmas de las manos. Fred lucha de todas las formas que se le ocurren contra la idea de disculparse y decirle que es mentira, pero ya lo hará cuando estén fuera, piensa.

-Eso no es cierto-replica con la voz temblorosa. Fred lo ve venir; sólo le falta enrabietar a Rox un pelín más para que ocurra.

-Ah, por no hablar de Nott, que empezó a salir con Pamela Zabini el día que salió de la enfermería-comenta despreocupadamente.

¡PUM!


-¿Que han hecho QUÉ?-exclama Albus, alarmado.

-Ya te lo he dicho-responde Lily, y baja la vista-. Hubiese ido con ellos, pero Hugo no me ha dejado. Deben de estar ya fuera.

-Tú no te hubieras ido a ninguna parte-gruñe Albus-. ¡Y encima Rose también! ¡Joder, yo la tenía por responsable!

Lily se muerde el labio, preocupada por sus primos. Scorpius le acaricia el pelo con suavidad, pero se detiene al captar la mirada de su mejor amigo.

-¿Y qué hacemos nosotros ahora?

Albus la fulmina con la mirada.

-No, la pregunta es qué vas a hacer . Y la respuesta, por si no te ha quedado claro, es que vas a contarle todo a papá para que vaya a por ellos antes de que la líen parda. O sea, más de lo que ya lo han hecho. ¿Y si a Na…? ¿Y si les pasa algo?-Scorpius alza una ceja plateada al percatarse de la metedura de pata de Al, que sin embargo pasa desapercibida para su hermana menor.

Lily suelta un bufido, cansada de la actitud de su hermano, pero tras unos segundos admite que tiene razón y que Hugo, Rose, Lucy, Daniel Nott, Benjamin Wood, Eleonora Black, Naira Smith, Jaqueline Macmillan y Russell Finnigan corren cierto peligro.

-¿Dónde está papá?

-Antes lo he visto yendo al despacho de Vector-responde Albus-. Si quieres, te acompaño.

-Lo siento, chicos, pero eso son asuntos familiares, y además yo tengo otros propósitos para el día de hoy-interviene Scorpius-. Os veré luego-se despide, y se aleja por el pasillo, dejando a Lily boquiabierta y a Albus maldiciéndolo por ser tan asquerosamente astuto y escurridizo.

De modo que los dos se encaminan hacia el despacho de la directora. Sin embargo, como no saben la contraseña, se quedan esperando en la entrada, preguntándose cómo hacer que su padre baje antes. Finalmente, tras veinte minutos, por la escalera circular descienden Harry Potter y… Ronald Weasley. Albus y Lily se miran, preguntándose cómo reaccionará su tío. Lily se siente peor que nunca por haber permitido ir a Hugo.

-¡Hola, niños!-los saluda su padre, sonriendo-. ¿Qué hacéis aquí?

-Lily tiene algo que decirte-responde Albus, ignorando la mirada asesina que le dirige su hermana.

-Pues… Hugo, Rose, Lucy, Nott, Wood, Black, Smith, Macmillan y Finnigan se han escapado del colegio y han ido a Chester en traslador-dice Lily muy rápido, y se encoge, esperando la bronca.

-¿Para qué?-preguntan su padre y su tío a la vez, haciendo, en opinión de los dos hermanos, gala de una estupidez indigna de sus puestos como Jefe y Subjefe del Cuartel de Aurores, respectivamente.

-Para…-Lily mira a Albus en busca de ayuda. Con un suspiro, el muchacho decide echarle una mano:

-Creen que Fred y Roxanne pueden estar ahí-explica con fingida calma. No puede evitar preguntarse por el estado de Naira, y eso hace que se ponga nervioso. Lo cual no le gusta ni un pelo.

Durante un segundo sólo se escucha silencio.

Luego, la quietud es sustituida por una sarta de improperios nada ejemplares provenientes de la boca de Ronald Weasley.


La onda expansiva golpea a Fred, que se lanza sobre su hermana para protegerla de los pedazos de pared que vuelan en todas direcciones. Apenas dura unos segundos, pero cuando dejan de oírse las piedras moviéndose una densa capa de polvo les impide ver. Al mismo tiempo, Fred escucha pasos apresurados provenientes del otro lado de la edificación.

Se levanta y se apoya en la pared, con la cabeza dándole vueltas y el estómago vacío repentinamente revuelto. Le pitan los oídos de la explosión y está mareado.

-Rox, vamos-dice, y tira de la mano de su hermana. Sin embargo, ella se resiste-. ¡Vamos! ¡Tenemos que irnos ya, o nos cogerán de nuevo!

-¿Para qué?-replica ella, y entonces Fred comprende lo mucho que la ha herido diciéndole todas esas cosas que, además de ser horribles, ni siquiera son ciertas. Se muerde el labio y respira hondo, intentando pensar con claridad.

-Rox, era mentira, todo era mentira, necesitaba que te enfadases para que pudiésemos salir de aquí…-tira de nuevo de su mano, pero Roxanne no se mueve-. ¡Mamá ha pasado todos los días desde que te fuiste llorando a escondidas, papá parece vivir en otro mundo y Dan quería morirse cuando le contaron lo que había pasado!

Rox levanta la vista; entre el polvo, distingue la silueta de su hermano.

-¿De verdad?

-¡Sí!-exclama Fred, impaciente, mientras oye los pasos justo al otro lado de la puerta-. ¡Vamos!

Roxanne se pone en pie al fin, y gracias a que el polvo se ha disipado un poco trepan por los pedazos de pared caída hasta salir al exterior.

Están en un bosque. Los últimos rayos de sol dan un tono anaranjado a las copas de los árboles, otorgándoles un aspecto encantado. Fred y Roxanne se permiten unos segundos de contemplación del crepúsculo, antes de que un rayo de luz roja pase rozando la cabeza de Rox.

-¡Corre!-exclama ella, y ambos se internan en el bosque a toda velocidad.

No saben qué dirección están tomando, ni tampoco de dónde sacan las fuerzas para correr; ni siquiera tienen la más mínima idea de dónde están, De lo único que están seguros es de que, cuanta más tierra de por medio haya entre ellos y Davis y McLaggen, mejor. Fred trata de ignorar los dolorosos pinchazos de todas sus heridas, sobre todo la de la cabeza, mientras se esfuerza por seguir el ritmo de Rox, que le tira del brazo con impaciencia.

Tras lo que se les hacen varias eternidades, dejan de escuchar gritos tras ellos y juzgan prudente detenerse. Fred se deja caer junto a un árbol y se apoya en él, con los ojos cerrados. Le arden todas y cada una de las heridas que tiene. Roxanne se sienta a su lado con algo más de elegancia y lo mira con preocupación.

-¿Estás bien?

-Sí-miente Fred; no sabe muy bien qué le hicieron Davis y McLaggen, pero desde entonces el dolor de su cabeza es cada vez peor. Y del mareo mejor no hablar. Pero Rox no tiene por qué saberlo, piensa mientras abre los ojos. Necesita varios segundos para lograr enfocar a su hermana-. ¿Tú?

-De maravilla-replica ella. Entonces suspira y mira alrededor-. Tenemos que averiguar dónde estamos.

-En un bosque-apunta Fred. Rox suelta una risita-. Voto por descansar un poco; no creo que nos alcancen en un rato.

Roxanne asiente.

-Voy a darme una vuelta por si los veo-dice, y se pone en pie-. Y quizá haya un río o algo; me muero de sed-lo cierto es que está a punto de caerse al suelo de puro agotamiento; lleva más de una semana sin comer y está deshidratada. Roxanne tiene la sensación de que, si se encontrase con un manantial, lo secaría ella solita.

-No-dice Fred, abriendo los ojos y levantándose con dificultad-. Quédate aquí y descansa un poco; tienes un aspecto horrible.

-¿Te has mirado últimamente a un espejo?-replica Roxanne, escudriñando a su hermano de arriba abajo, y deteniéndose especialmente en el pelo apelmazado por la sangre seca, la improvisada venda alrededor de su cabeza empapada de sangre, su ropa teñida de rojo oscuro y los cortes que tiene en la cara, el cuello y los brazos, varios de ellos infectados y supurando pus.

-Sí, pero yo tengo obligaciones-insiste Fred-. En serio, Rox, estoy bien; intenta descansar un poco, que como sigas así tendré que llevarte en brazos, y eso sí que no puedo hacerlo.

Roxanne suspira y se sienta en el lugar del que su hermano se acaba de levantar.

-Pero no tardes mucho-suplica.

Fred asiente y desaparece entre los árboles. Roxanne frunce el ceño ante el poco éxito que tiene al intentar disimular que cada paso que da le cuesta la vida misma, pero lo deja estar.

Si su hermano no ha vuelto para cuando haya caído el sol, irá a buscarlo.


Ya ha oscurecido. Fred mira alrededor, tratando de recordar por dónde ha venido, sin éxito. Se muerde el labio, preocupado. No puede dejar a Rox sola, debe de estar asustada. Y, para ser sinceros, a él tampoco le hace mucha gracia el hecho de que la única fuente de luz provenga de las dos primeras estrellas que han salido en el cielo ya anaranjado, situadas a años luz de la Tierra.

Se apoya en un árbol cuando un arrebato de dolor, más intenso que los que lleva sintiendo toda la tarde, se apodera de él; se lleva una mano a la cabeza y descubre que la herida se le ha abierto de nuevo. Recuerda el accidente en el campo de quidditch y se estremece, aunque lo anima un poco pensar que, al menos, ahora tiene los pies bien puestos sobre el suelo.

Está tentado de llamar a Rox, pero por algún motivo el nombre de su hermana se queda atascado en su garganta. Cierra los ojos con fuerza; el dolor de cabeza no parece estar mejorando, más bien al contrario: tiene la impresión de que se le va a abrir por la mitad en cualquier momento. Suelta un gemido de dolor, tropieza con sus propios pies y cae al suelo cuan largo es, raspándose las palmas de las manos.

-Doo–San-llama finalmente a su hermana; su voz es sólo un susurro, pero Fred necesita a alguien a su lado, porque no cree ser capaz de soportar tanto dolor él solo.

-Pero mira a quién tenemos aquí.

Fred se obliga a abrir los ojos y se incorpora hasta quedar de rodillas en el suelo. Descubre a Christian Davis a sólo dos metros de él, y se le encoge el estómago de miedo. Ni siquiera puede hacer nada para defenderse, ya que su varita la tienen él y el asqueroso de McLaggen. Los escalofríos de temor se unen a los estremecimientos provocados por el dolor, y Fred se pregunta si algún ente anotará sus últimas palabras y se las retrasmitirá a sus padres, a Rox y a Ellie. La voz desdeñosa de su mente, ésa que lo ve todo negro, le responde que probablemente no. Fred se encuentra dándole la razón, y se asusta aún más.

-Te pareces mucho a tu madre, me parece que no te lo he dicho-comenta Davis. Fred no dice nada, aunque de todas formas no cree que pueda. Está demasiado ocupado fulminando con la mirada a ese tipo y rezando para que al menos Roxanne esté a salvo-. Esa mirada es de tu padre, sin embargo.

Fred no sabe a quién se parece Christian Davis. Alto, delgado, con el pelo castaño y enmarañado y la piel amarillenta como un pergamino. Tiene una apariencia tan frágil que da la impresión de que un soplo de viento podría tirarlo. Sus ojos grises, saltones entre sus pómulos hundidos, son la única parte de él que demuestran que está vivo, y están llenos de algo que Fred identifica como ganas de venganza.

No, no se parece a nadie que conozca. Afortunadamente.

-¿Cómo está tu madre, muchacho?-pregunta el fugitivo-. La última vez que la vi estaba llorando en el hombro de tu padre.

La mención claramente satírica de sus padres hace que a Fred le hierva la sangre. Angelina y George Weasley son dos de las personas a las que más quiere en el mundo, y no va a dejar que un loco vengativo hable de ellos en tono despectivo.

-No los mentes-sisea con odio.

-Oh, vale-replica el hombre-. De todas formas, no es necesario para vengarme de ellos-y saca su varita del bolsillo de la túnica mugrienta-. Te apuesto lo que quieras a que la muerte de su primogénito les dolerá más que la suya propia.

Fred no escucha el hechizo, pero sí ve un rayo de luz negra acercándose a toda velocidad hacia él. Sabe de antemano que no va a lograr esquivarlo, así que ni siquiera lo intenta. El maleficio le da de lleno en el pecho y lo manda volando unos metros más allá. Fred cae de espaldas, golpeándose la cabeza contra el suelo. El impacto le arrebata la consciencia durante unos segundos, y cuando vuelve a abrir los ojos ve a Christian Davis de pie junto a él, su cara aterradora recortada contra el cielo ya oscuro.

-En realidad, me caes bien-le asegura. Fred intenta moverse para darle una patada, un puñetazo o hacerle daño de cualquier otra forma, pero todo lo que consigue es mover el brazo unos centímetros. Davis se da cuenta y sonríe con maldad-. Eres tan cabezón como tu madre-comenta, y le pisa la mano con saña. Fred oye un desagradable crujido antes de notar el dolor de su muñeca partida, y lo mira con odio-. Pero no importa. A diferencia de ella, a ti eso no te ayudará a contrarrestar la maldición. En fin, un placer haberte conocido, muchacho. Tu muerte será un verdadero desperdicio.

Se aleja. Fred parpadea, preguntándose qué efecto puede tener el maleficio, porque ahora mismo no lo sabe. El dolor, de cabeza, de espalda, de todo, es exactamente el mismo, y sólo ha crecido por la caída y su muñeca fracturada.

Lo descubre rápido, cuando abre la boca un poco para tomar aire y nota como si algo obstruyese casi totalmente la tráquea. Asustado, Fred lo intenta de nuevo, una, dos, tres veces más, pero lo único que consigue es que la angustia ante la insuficiencia de oxígeno crezca. Y, al mismo tiempo, el dolor se hace mayor por todo su cuerpo. Fred se abraza a sí mismo y rueda por el suelo, tan atormentado por el sufrimiento y el miedo a lo que pueda pasarle que ni siquiera es capaz de emitir ningún sonido más fuerte que un gemido.

Entonces nota un dolor distinto, más intenso que el que ya siente. Comienza en las manos y los pies y asciende por sus brazos y piernas, quemándolo por dentro, y en ese momento Fred comprende que ése es el verdadero efecto del maleficio: hacer que a uno le ardan las entrañas. El dolor llega a su vientre, y entonces empieza también a notarlo en la palpitante herida de su cabeza.

No se mueve más. Se queda boca abajo, mareándose cada vez más por el dolor y la insuficiencia de oxígeno, y deja de suplicar interiormente que alguien lo ayude, incluso que lo encuentren. Lo único que quiere es que pare, que algún ser superior, si es que existe, se compadezca de él y detenga esa agonía. Incluso aunque eso signifique matarlo; no le importa. De hecho, esa vía de escape le resulta irresistiblemente tentadora. Sólo desea que todo acabe de una vez.

Pero el dolor no lo deja huir.

Conforme las horas van pasando con una lentitud insoportable y el cielo se llena de estrellas, la consciencia se le escapa paulatinamente (pese a que el tiempo es algo demasiado complejo para él en estos momentos), pero no el dolor. Fred abre los ojos y observa su mano llena de cortes, entre los que destaca el que le hizo Ellie al morderle la última vez que la vio, posada sobre un charco oscuro que se extiende también bajo su cabeza, y que en su agonía se le antoja algo parecido a una almohada. Tarda unos segundos en percatarse de que es su propia sangre. Lo cual no le importa mucho, porque en ese momento se ve obligado a cerrar los ojos, justo al mismo tiempo que el dolor agónico llega hasta su pecho, hasta su corazón. El recuerdo de Eleonora hace que se sienta curiosamente en paz consigo mismo, porque, aunque lo odie, ella estará bien.

Le parece oír una voz en la lejanía llamándolo. Supone que es la Muerte, y lamenta no poder moverse para alcanzarla. De todas formas, Ella lo encontrará a él en unos segundos.

Ojalá no encuentre a Rox.

El bosque, la sangre, el dolor y el mundo entero se desvanecen mientras Fred escucha, con una claridad escalofriante, el último latido de su corazón.

Y después…

Nada.


Notas de la autora: Ejem... bueno, pues eso.

Ah, quería explicar un poco la temporalidad de los sucesos. El jueves por la mañana, cuando Eleonora tiene su idea, es más o menos el mismo momento en que Roxanne oye a Fred gritar. De modo que el viernes por la tarde es cuando Fred y Roxanne escapan y cuando Eleonora decide ir con toda la tropa a rescatarlos.

Otra cosa: Lo que hace que Jackie dude es que no quiere decepcionar a su padre. No olvidéis que la muchacha no es precisamente un ejemplo de educación exquisita, y eso teniendo a su padre como profesor tiene que ser mucha presión para ella.

Y otra más: Si lo de las flechas es cierto, lo he averiguado por ciencia infusa. Si no... ¡eso es porque los muggles no se enteran! Sólo puede acceder a esas flechas, diferentes según la parte de Inglaterra en la que estés, quien tenga alguna relación con el mundo mágico (ahora asentid y haced un acto de fe).

Me despido con la petición de que no hagáis mi muerte demasiado dolorosa.