Capítulo 28

-Alice ya tengo a mis padres para que me den esa clase de discursos. Ni los necesito, ni los he pedido. Solo te estoy informando, que es lo que querías- dije sentándome en el sofá saliendo de donde enfocaba la cámara por la que me podían ver mis amigos en LA. Alice y Jasper seguían sentados frente a ella, una histérica, y el otro, como siempre, guardando la calma.

-Es que no entiendo cómo puedes quererle. No después de lo que te hizo-.

-No sabes ni la mitad de la historia-.

-¿Harías el favor de contarla?- se escuchó a Rose a través del altavoz.

-No, no es algo que quiera compartir. No me gusta recordarlo. Sabéis que no soy así, y si quiero decirlo algún día lo diré y…-.

-Quizá llegue un día donde no queramos escucharla-.

-Y no es culparé. Pero cuando alguno de vosotros empezó a salir con alguien yo no estuve detrás vuestra sonsacando detalles, y mucho menos malmetiendo- dije mirando directamente a Alice.

-Bella tiene razón- se escuchó a Emmet, mientras Jasper asentía con la cabeza levemente. –Es mayorcita, y se ha enamorado. No voy a ser yo quien le diga que le conviene o no, el tiempo lo dirá. Cuando esté mal yo siempre voy a estar aquí, y cuando esté bien también. Rose no me mires así…- esto último lo dijo tan bajo que estaba segura de que no era su intención que nadie más le escuchase.

-Gracias chicos- dijo levantándome y cogiendo mi cazadora.

-¿A dónde vas?- preguntó Alice alarmándose.

-A mi casa. Es tarde, llevo trabajando desde las 8, esto ha sido una encerrona y quiero dormir. ¿Puedo?-. Claro que evité decir la verdadera razón, o por lo menos la más importante de todas. –Nos vemos chicos. Os quiero- dije antes de que ninguna, porque serían las chicas las que dijesen algo, pudiesen replicar.

La corta distancia de un piso a otro no ayudo a que llegase a casa con la mente despejada, que era lo que pretendía.

Había pasado casi una semana ya desde la proposición que le hice a Edward y que este se marchase del apartamento casi corriendo diciendo que tenía que pensar. Quizá por eso no era el mejor momento para hablar con nadie sobre una relación con Edward, porque a lo mejor ya ni la había. Aunque todo estaría mucho más claro si hubiese llamado, o hubiese cogido alguna de mis llamadas, o simplemente pasase por su casa de vez en cuando. Se me habían acabado las ideas para localizarle, ya que su prima ni siquiera entraba como opción.

Si el médico me había recomendado una vida más relajada, Edward no me lo estaba poniendo fácil. Apenas dormía y comía, incluso mi rendimiento en el trabajo no era el mismo, y eso me frustraba todavía más.

Me obligué a cenar en condiciones ese día. Me senté frente al sofá con la bandeja llena de comida pero no fue la mejor opción, pues parecía que los canales se había aliado para emitir solo películas que hacían querer cortarme las venas cada 5 minutos.

Supe que había llegado a mi límite emocional cuando volví a tirar la cena, un día más, y saqué el quinto bote de helado de la nevera en lo que llevaba de semana. No estaba bien, y no podía permitírmelo. Asique me propuse no moverme de la puerta de su casa hasta que no volviese si no llamaba en lo que quedaba de día.

Volví a no dormir. Y el volvió a no llamar. Volví a trabajar de manera pésima. Y se presentó delante de mi dos días libres que pensaba invertirlos en esperar a Edward. Sonaba patético incluso en mi cabeza, pero estaba desesperada… y enamorada. Y eso nunca hacía buena combinación.

Llamé nuevamente al timbre sabiendo que no obtendría respuesta. Pero me equivoqué, aunque el que me abrió la puerta no era él.

-Hola-.

-Eh… Hola- le dije devolviéndole el saludo intentando no parecer tan confundida. -¿Está Edward?-.

-Sí. Espera que le avise- dijo dejándome en la puerta más nerviosa incluso que cuando le comuniqué el posible embarazo.

-Pasa- me dijo apareciendo por el pasillo e invitándome a entrar. –Me tengo que ir. Encantado de conocerte Bella- me dijo pasando a mi lado.

-Igualmente…-.

-Ramón-.

-Ramón. Hasta luego-.

No me hacía falta que me dijese donde estaba la habitación. La conocía muy bien. Pero nunca el camino se me había hecho tan largo. O quizá yo nunca había ido tan despacio. Ya no sabía nada.

La puerta estaba cerrada y toqué un par de veces antes de que se escuchase desde el otro lado un "pasa".

Abría la puerta. La habitación estaba semi oscura y Edward tirado en un cama completamente deshecha.

-No des la luz por favor- dijo cuándo mi mano toco el interruptor. Puso uno de sus brazos sobre sus ojos y así se quedó durante minutos.

-¿Piensas aunque sea mirarme?- mi voz salió como pudo a través del nudo que se había formado en mi garganta sin que yo lo supiese siquiera.

-No es el mejor día para hablar Bella- se limitó a contestar.

-No lo sabía. Claro, que llevo sin hablar contigo una semana y no podía haberlo sabido-. Cuando la situación se volvía más hostil, yo me solía volver más valiente. Claro, que ya llegaría a casa y lloraría todo lo que tuviese que llorar.

-Ufff Bella, que no es… ¡Dios santo! ¿Qué te ha pasado?- se había quitado el brazo de los ojos y se había dado media vuelta para decírmelo a la cara. Su actitud cambió tan pronto como me vio. -¿Cuánto llevas sin comer?- dijo levantándose mientras me cogía la mano y me arrastraba hasta la cocina. Me obligó a sentarme mientras abría la nevera y empezaba a sacar cosas.

-Llevo toda la semana sin probar bocado casi pero no quiero comer. Quiero hablar- dijo ignorando todo lo que ponía sobre la mesa.

-No es que quieras, es que lo necesitas. ¿Y sin dormir?-.

-Lo mismo. Necesito más hablar. Créeme-.

-Hablaremos mientras comes- dijo sentándose frente a mí y abriendo un yogurt para mí y otro para él. –Empieza-.

-¿Dónde has estado?- pregunté después de comer dos cucharadas. Seguía sin querer comer pero sabía que tendría que ceder en ese sentido.

-Trabajando… y de fiesta. Anoche salí-.

-He estado llamándote toda la semana. Y he venido aquí y no contestaba nadie-. No hacía falta preguntar. La afirmación hablaba por si sola.

-San Francisco- se limitó a decir señalando la maleta que había detrás de la puerta y viendo que tenía la pegatina del aeropuerto de San Francisco.

-No es escusa-.

-Lo sé. Me lo dijeron poco después de irme de tu casa y pensé que era mejor poner un poco de distancia al asunto-.

-No fue lo mejor-.

-¿Estás así por eso?-. Solo me bastó asentir con la cabeza para que él empezase a entender por lo que había pasado. –Lo siento- dijo alagando su brazo para acariciarme la mejilla. Solo ese contacto hizo que mi cabeza automáticamente girase para tenerlo más cerca. –Aunque no me creas, yo también te he echado de menos y he estado pensando y…-.

-No quiero saberlo- dije cortándole antes de que aquello acabase mal. –No quiero saber la respuesta Edward. Quería hablar por eso. La pregunta fue… fue algo que me salió, que apenas pensé, y sigo queriéndolo, de verdad que quiero. Pero tu respuesta fue suficiente. Aunque sea una respuesta diferente, no la quiero saber. Quiero que las cosas sigan como hasta ahora-.

-¿Puedo?- dijo pidiendo paso para poder hablar. –Bella, fue demasiado para mí en poco tiempo, y no supe cómo reaccionar. Debería haberme quedado y hablar, lo sé y lo siento. Créeme que lo siento mucho mi amor. Pero… pero…-.

-¿Pero qué Edward?-.

-Pero te quiero. Eso. Que te quiero Bella, y sé que ese paso lo vamos a dar pronto. -.

-Me quieres- dije en voz alta como si de repente el mundo volviese a ser un lugar mejor con solo dos palabras.

-Si- dijo sonriéndome de oreja a oreja. –Me ha costado mucho tiempo el…-. No pensaba dejarle terminar, eso suponía tiempo y yo no lo quería, solo quería besarle, abrazarle y tenerle cerca de nuevo. Me levanté y me acerqué a él cogiéndole la cara con pasión y acercando sus labios a los míos.

El no tardó en ponerse de pie y abrazarme, acercándome más a él como si ambos tuviésemos exactamente la misma necesidad del otro.

-Solo, por favor, no vuelvas a apartarme de ti- dije sobre sus labios torpemente.

-No lo podría volver a soportar Bella-.

-Te amo Edward-.

Fue lo último que dijimos mientras, esta vez sí, el camino a su cuarto se hizo mucho más corto.