CAPITULO VEINTISIETE
Llorar, extrañar, odiar
En un abrir y cerrar de ojos, la navidad tocaba puerta. Hogwarts se revestía de árboles de distintos tipos decorados por todo el Gran Comedor, con sus estrellas brillando y el reciente olor a pino, que por siglos se habían caracterizado. Por los pasillos, los fantasmas iban regalando cartas a los alumnos, ilusionándolos con sorpresas repletas de caramelos y mensajes navideños, mientras que los cuadros lanzaban miradas reprobadoras y de vez cuando, susurraban cuentos peligrosos de los magos más oscuros que en la tierra habían habitado. Los renos volaban por las ventanas danzando un camino sinuoso, alegrando el despertar de los más nuevos y aburriendo a todos los que vivían para contarlo; por otro lado, a la hora de las cartas, los búhos llegaban con cajas esperando recibir a cambio el mejor pedazo de carne que hubiera en el almuerzo, mirando con sus grandes ojos a sus dueños. Porque incluso teniendo una pista para patinar y arbustos en los que revolcarse con los amantes, esas festividades sólo podían significar algo. Tal vez para las mujeres, resultaba ser la ansiada espera del baile, pero lo verdadero se posaba en una escoba y salía al encuentro de la Snitch dorada. Así era entonces, que todos se encontraban expectantes por el clásico de quiddicht: Slytherin y Gryffindor. Y tanto era así que al finalizar cada clase, los apostadores clandestinos del partido se reunían en los baños para cobrar incluso a quienes no pertenecían a las casas respectivas y cuando les convenía, ofrecían pines y banderines representativos con la excusa de "alentar al equipo ganador". Pero nadie sabía cuáles eran las probabilidades, nadie confiaba en las apuestas aunque las hicieran, no tenían fe de ningún equipo, no porque fueran inexpertos y jugaran terrible, sino por el contrario, se daba por culpa de la interna que hacía unos días se había generado.
Todo empezó con Malfoy, no Scorpius obvio, más bien el pequeñín que se había incorporado a los leones. Hablábamos de Abraxas Malfoy.
La misma mañana que James había intercambiado discusión con su primo no primo Scorpius, Abraxas se disponía a comer en paz de su pequeña barra de chocolate en las escaleras de la puerta principal alterna, o como él la llamaba, la escalera de las serpientes. Sabía de sobra que aquella les pertenecía por cuestiones geográficas, o quizás sólo porque las transitaban alumnos de slytherin, sin embargo tampoco le importaba toparse con alguno ya que después de todo, había vivido su corta vida rodeado de lenguas venenosas y seseantes. Era la única manera de estar en paz por unos minutos y que ninguno mayor lo quisiera molestar o golpear, hecho que se había vuelto costumbre dentro de los leones que todavía consideraban traición tener a un Malfoy entre sus paredes. Y aunque fingía que estaba todo en orden, aunque en las cartas a sus padres les comentara la felicidad que tenía por compartir experiencias con sus compañeros nuevos, la verdad era que casi no tenía amigos y creía que ya ni siquiera los Potter querían ayudarlo, porque se volvía realmente torturador combatir con los "buenos" ideales que no existían más. Muchos dirían que Abraxas estaba acostumbrado, así era, no obstante no dejaba ser un niño queriendo incorporarse a un grupo desconocido. Hasta llegaba a pensar que las serpientes malignas lo apreciaban más por los antecedentes que cargaba encima, o por lo menos eso demostraban cuando caminaban a su lado en la escalera y lo saludaban.
-Hola pequeño Malfoy –gritaban algunos.
-¿Vuelta al nido, eh Malfoy? –decían muchos otros.
-Se nace serpiente y se es serpiente hasta la muerte, chiquitín –murmuraban los que querían espantarlo.
Y es que todos lo subestimaban, Abraxas Malfoy no era temeroso, tampoco astuto y muchas veces se mandaba de cabeza a las puertas del infierno. Como en esta ocasión. Justo terminaba su barra de chocolate cuando vio por el rabillo del ojo que un chico delgaducho y de considerable estatura se le tiraba encima, con deje amable.
-Así que el pequeño primo hizo su aparición en territorio enemigo.
-No seas ridículo, Severus –reclamó Abraxas, tratando de sacárselo de encima–. ¿Puedes apartarte? Estas pesado.
-Abraxas, Abraxas Malfoy. La oveja negra de la familia, como diría tía Hermione, ha decidido volverse blanco y volver a la manada.
-No es manada, es rebaño –le corrigió el más chico, alejándose de los brazos de su primo.
-Lo que sea. He venido a buscarte porque tu hermano ha pedido de tu presencia, urgente. Al parecer recibió…quejas de algunos de los leones.
Cuando parecía que todo iba bien, Abraxas volvía nuevamente al agujero de terror en el que se encontraba. Sin rechistar ni quejarse, guardó su chocolate para más tarde y ayudado por Albus, se puso en pie con destino al encuentro más doloroso de la semana. A través de sus pasos pequeños y pastosos pudo reprimir un poco esa gran espera, escuchando entre tanto los chistes del otro mago que cada vez empeoraban su reputación e imaginando quizás su vida entre nidos de serpientes, lo que sería para él ser reconocido como el próximo heredero al trono, reconocido entre muchos y amados por todos.
-"Lo bueno dura poco, pero lo que tarda en llegar, por lo que se pelea, eso sí vale la pena"-
Sabía de sobra que este era su destino y que por más luchas que recibiera, por más golpes que se diere, por más lágrimas que derramara, él debía estar en Gryffindor. Él pertenecía por sangre a esa casa y se lo haría saber a todos, lo probaría. De eso estaba seguro, tal cual se lo había dicho su madre.
-Voy a hacer que te sientas orgullosa, madre –susurró Abraxas cuando llegaba a las canchas de quidditch.
Merlín quiso que la lucha fuera más dura para el chiquitín. Merlín quiso.
Escapándose de James Potter, Scorpius se refugió en las carpas de los jugadores. Había tenido un día muy aburrido y la llegada de su primo más grande, fue de gran sorpresa para él, incluso más cuando lo vio chocarse con la menor de los Krum, a quien había seguido desde atrás intrigante. Pero estaba tan cegado por la bronca, por la ira de sus celos que de pronto se vio molestándolo, tal cual como en el pasado, olvidándose de la rubia hechicera y de su antiguo objetivo por perseguirla. Su ira aumentó, en gran medida, cuando escuchó esa noticia que había derrumbado su día aburrido, esas palabras duras y llenas de hipocresía: bebé en camino. Nada peor que tener un Malfoy más en esa vida llena de injusticias.
No supo bien a qué se debía, si fue por los celos de tener a James de vuelta en su castillo, o por el hecho de enterarse de fuentes externas sobre la existencia de un nuevo miembro de su familia, o por todo junto, Scorpius comenzó a soltar pequeñas lágrimas, de esas pesadas y lentas que tardaban en caer. No emitía ninguna queja, ninguna palabra fuera de su contexto, ni un grito típico, pero por dentro sentía que el corazón se le iba partiendo, como miles de vidrios rotos que pinchaban su tórax tratando de salir hacia el exterior y dejarle marcas que nunca se van, que siempre recuerdan el dolor del pasado. Lloraba por no tener las agallas de hablar con sus padres, lloraba por la falta que le hacían esos abrazos de su mamá cuando ya ni sabía qué hacer, extrañaba el aire frío de su hogar que irrumpía en su habitación, el grito de alegría que se escuchaba desde los aposentos de sus padres cuando uno jugaba con el otro. Más que nada, lloraba por ser un maldito cagón que nada hacía bien.
No escuchó la ducha abierta, ni los pasos delicados de quien se escabulle, tampoco las palabras de aliento de esa persona que lo veía desde lejos. Fue hasta que sintió esa mano pequeña, delicada como la seda, rozar su hombro y acariciarlo, que se percató del ataque de llanto que estaba teniendo; apenas inclinó la cabeza para ver de quien se trataba y se abalanzó sobre ella para acobijarse en sus brazos, en sus tan cobijadores brazos, esos envidiables por todas y deseados por él. No le importó que lo viera así, desamparado, porque sabía que con ella nada valía la pena esconder. Era suya, era suyo. Hasta el destino tenía conocimiento de sus sentimientos.
-No sé ya qué hacer –le dijo entre faltas de aire.
-Primero, hay que tranquilizarse. Ya verás que todo tiene salida.
-Esta vez no, Rosie. Estoy arruinado.
Pudo escuchar en su oído las risas de su chica, contagiosas y dulces, que ayudaban a que esa tristeza de a poco se disipara. Ahora podía respirar con normalidad, acompañado por las caricias y la humedad de esas gotas de rencor que no dejaban de hacer su camino por el rostro.
-No estas arruinado, sólo un poco roto. Pero seguro que pronto te arreglarán –ironizó Rose, mirándolo tiernamente.
-¿Tu me arreglarías? –le preguntó, ahora observándola lleno de pasión y calma. De verdad lo decía.
Rose tardó en responder, porque muy por dentro deseaba que su chico siguiera como siempre lo había sido. Reconocía que era difícil de relacionarse con él, todo era una pelea constante llena de espinas y con latigazos, y otras veces cambiaba hacia el otro extremo, donde un chico de buen porte la cuidaba como si fuera suya, la besaba hasta arrebatarle el suspiro y la llevaba en brazos hacia la cama cuando se dormía en su falda. Era un mago excepcional, lleno de amor y sufrimiento. Y no quería que nada de eso se esfumara, menos si eso significaba que su atropello por los sentimientos por siempre fuera distinto.
-No, Scor. Nunca te arreglaría.
-¿Por qué? Te lastimé tanto, lastimé a tantas personas. Yo sé que tengo que cambiar, y quiero, sólo que a veces…
-Que las personas quieran que vos seas otro, es su problema Scor. Sólo los que te amamos sabemos cómo eres realmente, la presión de tu padre por que seas mejor que él te ha vuelto inflexible y cruel.
-Gracias.
-Deja que termine –lo interrumpió entre golpes leves–. Pero la compasión de tu madre, ese amor incondicional que te tiene, el cariño de tus tíos, la diversión de tus primos, todo eso te ha dado un corazón incluso más valioso que el oro. No debes cambiar sólo por las equivocaciones del pasado, no es tu culpa.
Quiso decirle que la amaba, que sin ella su mundo se iba pendiente abajo, quiso acariciar su brazo completo de pecas y oler el perfume de su cabello anaranjado, tuvo ese impulso de abrazarla y tenerla así por siempre. Sin embargo, renació en él un deseo mucho mayor y al cual hizo caso, porque de pronto se vio tomando su rostro entre sus manos, observando de cerca como los ojos profundos de Rose se ponían nerviosos al contacto de Scorpius, percibiendo la respiración agitada que se mezclaba con el sabor de sus labios. Sabía bien que ella en cualquier momento lo detendría y por eso siguió avanzando, un juego que lo volvía loco en temas de amor, esperando el momento en que Rose saldría corriendo buscando la mayor distancia posible entre ellos. Y grande fue el asombro al saber que casi no quedaba espacio entre sus bocas, consciente de esto Rose seguía esperando que su chico diera el primer paso. Pasó un segundo, en el que él pudo enterarse de las intenciones de la muchacha y al siguiente atacó con hambre, tomando con fuerza su nuca para atraerla a él mientras se dejaban llevar por la sincronización de aquellos pares.
Fue un beso intenso. Mordeduras por doquier y suspiros entre medio, sus brazos volaban hacia cualquier parte del cuerpo al que aferrarse mientras se comían enteramente. Scorpius, que por meses se había abstenido a tocar cualquier otra boca, sentía tocar el cielo con sus manos, sonreía entre picos cortos y rozaba su nariz contra el cuello esbelto de Rose, porque después de tanto esfuerzo por fin podía decir que aquella Weasley era suya en cuerpo y alma. Y no iba a dejarla ir tan fácil. Como cuando se separaron para tomar un poco de aire, la tomó delicadamente de la cintura y la atrajo a su pecho, sólo para estar seguro de que la tenía cerca.
-Extrañé tanto esto.
-No tanto como yo –le contrarió ella, aferrándose a esa cintura estrecha que la volvía loca.
-¿Extrañaste mis besos? Yo que pensaba que ya me habías olvidado, por algo me evitaste desde el comienzo de clase.
-También fue raro que no me persiguieras, creí que ya tenías a otra.
-Nadie, Rosie. Tú fuiste siempre la única. Además pensé que no querías que te molestara, eso no quiere decir que no te vigilaba.
Ella echó un vistazo hacia el exterior y pudo percibir la cercanía de una lluvia.
-Deberíamos ir volviendo al castillo, va a llover.
-¿Y no quieres quedarte? Tenemos la excusa perfecta.
-No te daré ese privilegio –Rose, reprendiendo a su chico, le dio un beso corto y se separó–, de verdad debo ir al castillo, no quiero tener problemas con…
-¿Wood?
Casi había olvidado cuanto odiaba a la familia Wood, por haberle arrebatado todo lo que él amaba. Y en especial el primogénito de los Wood, un sinvergüenza que aun conociendo la trayectoria de ese amor entre Malfoy y Weasley había decidido conquistar el corazón de Rose, ganándole por primera vez a una serpiente. Odiaba que su imaginación le dibujara escenarios donde Oliver tocaba a Rosie, su Rosie, y hacía que sus suspiros se convirtieran en exhalaciones de placer. Pero odiaba incluso más que ella fuera tan fiel a sus valores, tan amorosa con la gente y no tuviera las agallas de romper una relación de mentira. Odiaba no poder enojarse con ella al respecto por eso, demostrándoselo, volvió a abrazarla por la espalda.
-No quiero que hagas nada de lo que puedas arrepentirte.
-Ya quisiera arrepentirme…pero no puedo. Es más fuerte que yo –le contestó, volteándose para tocar las facciones duras de un adolescente blando de corazón.
-Te esperaré lo que haga falta, no pienso interferir y obligarte a elegir. Es obvio que todavía lo quieres.
-Pero te amo, yo te amo Scorpius. Y eso es mucho más fuerte.
No hizo falta contestarle con palabras lo que las acciones podían. La amó tanto que lo consumía en carne viva y fueron tan impulsivos que corrieron hacia los pasillos de Hogwarts, buscando a un Oliver Wood a quien le pudieran cortar el rostro con la navaja del amor reprimido.
Albus se detuvo en una esquina y sacó un pequeño frasco de cristal, sabiendo a ciencia cierta que de ahí en más Abraxas sería una víctima de sus planes, ya no más un testigo.
-¿Qué tienes ahí? –preguntó Malfoy menor, con intriga.
-¿De verdad quieres saber?
-Sí, de verdad.
-¿Estas totalmente seguro que quieres saber lo que hay?
-Severus, ya dime.
-¿Pero tienes ganas de enterarte?
-¡Albus!
-Abraxas, una vez que sepas lo que tengo acá, ya no habrá vuelta atrás. No quiero arrepentimientos.
-¡Ahora Albus!
-Tu hermano no necesitaba de tu presencia, fue una mentira. Te engañé para que pudieras acompañarme sin preguntar mucho antes. –Albus abrió el frasco y desde muy adentro, podía verse un pequeño destello– Esto es un collar de esmeralda y plata, se lo robé a tu hermano apenas supe que lo había encontrado.
-Bien. Tuve que seguirte porque robaste un collar de mi hermano y me lo dices a mi porque... no entiendo mucho Severus.
-Es que no estas prestando atención. No se lo robé, no era suyo.
-¿Y de quién era entonces?
-Esto es de tu hermana, Alexa.
Abraxas, sin seguir entendiendo, lo miró por primera vez. Era un collar realmente hermoso, con piedras esmeralda cubriendo la plata como si estuviera comiéndosela, con un gran dije en el medio. Lo que llamaba su atención no eran los colores ni la forma, sino más bien el silencio que este generaba al tocarlo, casi seguro que se trataba de algún hechizo.
-Es raro, diría…
-Que es una maldición lo que tiene dentro. Yo también lo sentí. Lo más raro es, Abraxas querido, que yo sé de alguien que lo usó.
-Pero dijiste que es de mi hermana… espera. ¡¿La viste en estos pasillos?!
-En efecto. Creo fervientemente que la reconozco. No quiero darte esperanzas pero incluso me arriesgaría a decir que es compañera mía.
Por un momento, no hubo collar ni excusas que importaran, porque por fin habían avanzado un casillero a favor de Abraxas. El pequeño que no tenía derecho a opinión en esta historia.
-Lo que no entiendo es, ¿por qué me lo dices a mí? Scorpius es tu amigo, no yo.
-Si yo le dijera ahora que sé quién es su hermana, algo muy evidente ahora que me doy cuenta, él no dudaría en ir corriendo a buscarla y hacer el gran drama que tan bien le sale. En cambio, Abraxas Malfoy conoce algo que Scor no, la paciencia, la disimulación. Y sé que contigo podremos entrar en detalle con este tema, sin que nadie se percate, hasta llegar a ella y decirle la verdad.
-Haré lo que tú quieras, sólo pido conocerla.
-Entonces tenemos un trato primito. Vamos, te la presentaré.
No faltaron muchos pasos hasta que se toparon con un grupo bastante discutible. Abraxas no reconoció a nadie, excepto a esa muchacha de cabellera tan rubia como el sol y de ojos congelados por el tiempo, que no dejaba de discutir y gritarse unos a otros.
-¿Es ella?
-Haz silencio, que no es buen momento. Sí, ella es tu hermana. Le dicen Lex.
-Alexa…
