Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS ALTAMENTE SEXUALES +18
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Capítulo 26:
Desnuda frente a ti
"Tienes que darme todo
Todo no es suficiente
Es mi deseo el entregarme a ti… a veces
A veces lo intento
A veces miento,
Contigo
A veces lloro
A veces muero, es verdad
Y he cruzado la línea nuevamente
Una línea que dibujé sobre la arena
Aún me das todo
Y todo no es suficiente
Estoy listo, pero no dispuesto a entregarme a ti…
A veces
(…) Ven aquí a mi lado y lo intentaré
Lo quiero todo"
La expresión de Carlisle no decía nada, porque no había gestos, simplemente nos miraba, expectante, mientras yo seguía sentada sobre las piernas de su hijo, con sus manos en mis muslos.
—Tranquila —me susurró Edward al oído.
Mi cobrizo parecía intentar no emitir nada hasta que su padre se expresara, pero tal parecía que eso no iba a suceder. Así que me levanté y Edward me imitó, tomándome la mano en el mismo momento. Carlisle miró el gesto y su hijo, temeroso de los prejuicios, me puso detrás de él.
—Bella, cariño, siento tener que dirigirme exclusivamente a mi hijo, pero eso es lo que haré ahora, ¿bien?
Yo miré a Edward y él asintió, un tanto tenso.
—Sr. Cullen, lo que vio...
—Bella, shh… Tranquila —dijo con voz suave, sorprendiéndome—. No voy a juzgar, pero necesito que mi hijo me dé las explicaciones, yo no te las pediré, no tengo por qué.
Moví la cabeza de manera positiva, manteniéndome cauta y a la espera.
Carlisle finalmente suspiró y se pasó una mano por la frente, como si no supiera qué preguntar o qué decir. Lo entendía, pues debió ser una total sorpresa que al parecer nadie esperaría ni quisiera ver.
—Papá, seré franco —se interpuso mi cobrizo, manteniendo la compostura.
Su padre lo observaba a la espera, sereno y neutral.
—Bella y yo estamos juntos, la quiero —expresó, buscando mi mano para tomarla con firmeza.
Carlisle suspiró y asintió.
—Lo noté —murmuró—, no me costó darme cuenta de ello.
—Pasó en el crucero, papá, nos conocimos ahí y simplemente disfrutamos. Ninguno de los dos asumió que la situación se iba a repetir, no cuando no teníamos idea de que compartíamos un lazo más importante.
—Que tu sobrina sea la futura esposa de su hermano, ¿no? —Su voz sonó más dura de lo que imaginé viniendo de él, pero enseguida suspiró—. ¿Y fueron amantes?
Bajé la mirada hasta el suelo.
—En un principio, papá, ahora… es diferente —respondió Edward.
—A escondidas. —Bufó, cruzándose de brazos—. ¿Saben que esto puede destruirnos? Ustedes saben lo que ocurriría, especialmente con tus hermanos, Bella, tu padre…
—Y mi madre —espetó Edward, apretándome aún más mi mano.
Salí de la protección de mi cobrizo y caminé hacia el Sr. Cullen, que me miraba atento.
—¿Va a decírselos? —inquirí con un hilo de voz.
Sus ojos azules se posaron en mí y luego en su hijo, en quien se detuvo por un buen rato.
—No, jamás lo haría, eso es algo que ustedes tendrían que hacer cuando sea correcto, de momento eso es imposible, nadie está preparado —me dijo.
Dio unos pasos más hacia mí y me acarició caballerosamente el cabello, como un padre acaricia a su hija.
—De todas las mujeres que pueden querer a mi hijo, tú eres la indicada y voy a protegerte.
Pestañeé, sin poder creer lo que me decía.
—Amo demasiado a mi hijo para ventilar algo que sólo ustedes comparten, y a ti, cariño, te he aprendido a querer como a una más de mi familia. No voy a juzgarlos, nunca, sólo… espero puedan controlar esto por un tiempo más, no quiero que una persona incorrecta los vea, ¿bien?
Carlisle caminó hacia su hijo y le palpó la mejilla mientras él se mantenía con los ojos brillantes y aliviados.
—Gracias, papá. —Fue lo único que dijo.
—No quiero que les hagan daño y sé que ahora mismo lo harían. A veces, las personas que más amamos pueden destruirnos, y ustedes no merecen esto. —Suspiró otra vez—. Y veo que la has traído hasta aquí, donde Esme me contó que te esperaba.
Yo sentí el escozor de las lágrimas, pero con intensa alegría. Carlisle era un romántico y los hombres así jamás permitirían que las cosas hermosas se destruyeran por los prejuicios.
—Ya veo por qué estabas tan entusiasmado por venir —murmuró finalmente—. Los dejaré solos, haré que nadie venga acá, soy un aliado.
Tragué y le di un abrazo, el que me correspondió con sinceridad.
—Cuida de mi hijo y entiéndelo, te lo suplico —me susurró al oído.
Yo lo miré a los ojos una vez que nos separamos y asentí, sin saber por qué me pedía algo con tal intensidad.
—Sólo una cosa. Por favor, no sean tan expresivos, no delante de los demás. Sé que es difícil, yo no estaría de acuerdo, pero lo hago por la familia y porque esto nos ha costado mucho, y por ti, Bella, que no te quiero ver sufrir.
Edward tomó mi mano y me cobijó en su pecho, dándome un suave beso en la coronilla.
—Sé que en algún momento esto tiene que saberse, pero ahora, hijos, es imposible. Pero me tienen a mí y no dejaré que las cosas se pongan peor.
Carlisle se puso las manos en los bolsillos y miró a Edward como si estuviera muy orgulloso de él, como si… saber que me quería lo hacía revivir de alegría.
—El momento es suyo. Nos vemos a la cena. —Sonrió.
Lo vimos partir a buen paso hasta que se perdió entre los árboles, dejándonos en completo silencio. Yo estaba paralizada, sin saber qué decir ni cómo proceder.
—¿Estás bien? —me preguntó Edward, tomándome la barbilla para que lo mirara.
—S-sí, sólo estoy… Congelada. No creí que fuera a encontrarnos y que luego… nos apoyara.
Me sonrió mientras me pasaba los dedos por la mejilla. Él también parecía un poco sorprendido, aunque no tanto como yo.
—Papá es el más cuerdo de esta familia, a veces subestimo su comprensión.
Arqueé las cejas y le besé la barbilla para entonces subir y depositar un beso casto sobre sus labios.
—Se siente tan bien que al menos él no encuentro esto un total error.
Me abrazó con fuerza y yo apegué mi rostro a su pecho, oliéndolo con mucha necesidad.
—Papá tiene razón.
—Lo sé, esto permanecerá entre nosotros el tiempo que sea conveniente, sólo… me basta con que tú me quieras —musité.
Me volvió a besar la sien, mezclando sus dedos con mis cabellos, apremiante, desesperado por sentirme.
—Te quiero, recuérdalo, nos bastará con eso mientras. Debemos ser precavidos.
Asentí.
Le tomé la mano y le pedí que nos fuéramos a sentar otra vez. Quería ver las olas y las rocas, junto con su sonido inconfundible.
—Así que aquí tu padre supo que te tendría.
Sonrió de manera queda.
—Pues sí, es bastante romántico, ¿no?
—Muchísimo. —Me mordí el labio inferior—. Debe ser tan lindo quererse por años de la manera en que ellos lo hacen.
Asintió mientras me miraba y me besaba la mano.
—Hay personas que tienen esa suerte.
Me acosté en su hombro y él me pasó un brazo por los hombros, dándome calor.
—Te quiero —solté.
—Y yo te quiero a ti —me susurró al oído.
Cerré los ojos y permití que la tranquilidad me invadiera, aún cuando me pregunté qué habría pasado si en vez de Carlisle fuera Esme quien hubiera aparecido ahí.
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Edward y yo volvimos cuando los demás estaban en distintas actividades. Según Carlisle él estaba con su hijo mayor mientras que yo había decidido ir a ver las flores y la fuente de patos por mi cuenta.
—¿Tu pierna está mejor? —me preguntó Jasper, saludándome luego de perderme por un buen rato.
—Sí, ni siquiera me ha dolido. —Sonreí para tranquilizarlo.
—Papá llamó.
—Supongo que no le has contado nada.
Por su expresión culpable deduje que sí lo había hecho.
—Le dije que no lo hiciera, pero no me hizo caso. —Alice hizo una mueca de rendición y luego se marchó para que hablemos a solas.
Le di una mirada de reproche a mi hermano.
—Lo siento.
—Lo preocupaste innecesariamente —exclamé—. ¿Qué te dijo?
—Que te quería.
Suspiré y sonreí.
—Y que esperaba que tu pierna siguiera conectada a tu cuerpo —bromeó, poniendo su brazo sobre mis hombros. Me reí—. El viejo Charlie es muy sobreprotector, sé que la cagué, pero te quiere.
—Debe asumir que ya tengo 27 años.
Entrada la noche sólo cenamos manteniendo una conversación amigable con todos en casa, en especial Edward, a quien todos miraban porque, francamente, parecía más alegre ante los ojos de toda su familia. Sin embargo, y para mi desánimo, él se fue rápidamente a su habitación, lo que a su madre la dejó muy triste.
—Hija, te ves un poco cansada, ¿por qué no vas a dormir? Ya mañana podemos comer todos juntos otra vez —dijo Carlisle como quien no quiere la cosa.
Medio sonreí, agradecida.
—Sí, sí, deberías ir a descansar, Bella —afirmó Esme, palpándome la mano—. En realidad, creo que yo también iré a descansar un rato. ¿Ustedes se quedarán haciendo algo? —les preguntó a mi hermano, Ethan y Alice.
—Quizá una fogata, ¿qué les parece? —preguntó Alice, dejando los cubiertos a un lado.
—Eso es fabuloso —dijo mi hermano.
—Es una lástima que no puedas acompañarnos, Bella. —Ethan me miraba, entristecido.
—Lo siento, sólo quiero dormir —me reí—. Buenas noches a todos.
Caminé escaleras arriba y me metí a mi habitación, que estaba completamente a oscuras. Iba a buscar el interruptor pero alguien me respiró en la cara y yo por poco grité como condenada.
—Edward, no me asustes —supliqué.
Lo sentí reír por lo bajo.
—Lo siento, me gusta hacerlo de vez en cuando.
—Te pasas.
—¿Cómo fue que subiste así nada más?
—Tu padre me ha dicho que parezco cansada y quizá tiene razón, tengo un poco de frío y la garganta me sigue doliendo —susurré.
Suspiró y me besó la frente.
—Entonces deberías irte a dormir de verdad.
—¿Me acompañarás? —le pregunté en un hilo de voz.
Me corrió unos cabellos de la cara.
—Por supuesto.
Me acomodé en la cama y la abrí.
—Caliéntamela mientras me cambio —murmuré.
Desde la oscuridad vi su sonrisa prometedora y luego descendí, descubriendo que ya se había puesto el pijama.
—Ve —me instó.
Cuando hube estado lista, Edward ya estaba en un lado, mirando perdidamente la habitación que había sido de su hermana. Yo noté su nostalgia y el profundo dolor que seguía provocándole su ausencia, así que sólo me limité a caminar hasta él y abrazarlo.
—Elizabeth sigue aquí —le susurré.
Asintió.
—Jugábamos hasta muy tarde, nos escapábamos por ese balcón y… —Sus ojos se tornaron llorosos—. Contábamos historias hasta que nos quedábamos dormidos.
Le besé el hombro y él me buscó, rozándome la nariz con la mejilla.
—Aférrate a esos recuerdos.
—Me cuesta mucho, en lo único que pienso cuando se trata de ella es que parte de todo es mi culpa…
Se calló rápido y tragó.
—No me hagas caso. Quiero que duermas bien, no te preocupes ahora.
Asentí, muy intrigada, pero queriendo que olvidara lo más rápido posible. Se notaba que la nostalgia muchas veces no le hacía bien.
—Para mí nunca serás culpable, de nada.
Apretó los labios y me besó la mejilla.
—¿Qué te parece si te cuento una historia antes de dormir?
Él se rio.
—¿Hablas en serio?
—Por supuesto.
Suspiró.
—Bien. ¿Qué vas a contarme?
Le palpé las almohadas para que se acostara y yo me giré para que nos posicionáramos como confidentes.
—A Todd le encanta escuchar historias antes de dormir, así que inventaré una para ti.
Edward seguía sonriendo.
—Te contaré sobre… el príncipe Edward.
Su sonrisa se transformó en carcajadas.
—Él era un hombre muy apuesto, con un cabello precioso que le ondeaba al viento. Todas las chicas del reino querían estar con él. —Puse los ojos en blanco, lo que le divirtió en demasía.
—Pero encontró a una doncella en medio de la fiesta del palacio —prosiguió, lo que me hizo morderme el labio sin remedio.
—Oye, me estás dejando sin historia.
—Intervendré cuando sea necesario, no me pidas mucho.
—Bueno, prosigo. —Me aclaré la garganta para darle más realce al dramatismo de mi narración y él siguió sonriendo mientras me miraba embelesado—. Esa doncella era un poco loca y le gustaba el amarillo, solía bailar muy bien y el príncipe quedó mirándola mientras buscaba la manera de hacerla enojar con su increíble suerte. Pero finalmente acabó conquistándola, actuando como un verdadero príncipe azul.
Edward me rozaba la mejilla con los dedos.
—Y el príncipe también fue conquistado, sobre todo por los ojos y la risa de esa doncella, que siempre buscaba hacerlo sonreír. Era un tirano, pero con ella se transformaba en el hombre más dulce de aquella tierra —murmuró—. Ese era el efecto de esa doncella, que lo tenía completamente hechizado. ¿Y cómo no? Si era la mujer más hermosa que había visto nunca.
Arqueé las cejas, un poco nerviosa por sus palabras.
—¿Y la hizo su princesa? —inquirí con un hilo de voz.
—Es lo que más quería.
Me besó y me cobijó, protegiéndome de cualquier adversidad.
Estaba en la gloria, sus brazos y calor.
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Desperté sudorosa y con la respiración entrecortada. Palpé a mi lado, aterrada respecto a mi sueño. Lo necesitaba con urgencia. No estaba.
—¿Edward? —inquirí, muy angustiada.
¿Por qué había soñado con aquel instante? ¿Por qué justo ahora?
Tragué y me reincorporé con la cabeza doliéndome como el demonio.
—¿Edward? —volví a llamar, sintiendo el corazón muy apretado.
De pronto apareció, entrando por el balcón. Cuando vio mi expresión vino rápidamente hasta mi lado, frunciendo el ceño.
—¿Pasó algo? ¿Qué ocurre?
—Tuve un mal sueño. Me asusté, no estabas y… —Suspiré, sacándome el cabello de la cara.
—Bells, lo siento, mi madre llamó a la puerta y tuve que correr hasta allá. Al menos la escuché. Lo siento, de verdad.
Negué.
—Descuida, no sabías que iba a pasar.
Frunció el ceño y se agachó para mirarme.
—¿Quieres contarme?
Volví a negar.
—Prefiero no hacerlo ahora, recordarlo es horrible.
Respiró hondo y asintió.
—¿Necesitas algo? Te ves muy triste.
—Sólo ducharme y, bueno, que me des los buenos días.
Sonrió con las cejas arqueadas y me besó largos segundos. Yo cerré mis ojos, calmando mi respiración.
—Ve a ducharte, yo te esperaré abajo, ¿sí?
—Claro.
Bajo el agua estuve pensando en ese sueño, aquel flashback a años atrás. Hace mucho tiempo que no revivía aquel instante y su solo recuerdo me ponía los pelos de punta.
Necesitaba sacármelo de la cabeza lo más rápido posible.
El transcurso del día siguiente resultó necesario para distraerme, lo sucedido con Carlisle fue suficiente para dejarme un poquito pensativa, sumado a lo del sueño, por supuesto. Además, Edward y yo nos mantuvimos separados a lo largo del día, compartiendo solo en el almuerzo y en algunos saludos desde lo lejos, pues mientras yo iba al lago a bañarme con Alice, él se dedicaba a cuidar de los caballos. Odiaba esta sensación, pero era la única manera de que Carlisle se quedara tranquilo, a pesar de que se veía un poco culpable por habernos pedido que aguardásemos la calma mientras terminaba el día.
A eso de las 5 de la tarde acordamos partir a Nueva York pues el tráfico era más expedito y además el frente de mal tiempo se desarrollaría entrada la madrugada.
Miré la habitación de Elizabeth otra vez y entonces sonreí, como si una parte de ella estuviera por ahí, tal como le dije a Edward. No la conocí, pero algo dentro de mí me decía que nos llevaríamos muy bien.
Tomé mi maleta y partí escaleras abajo, encontrándome con Ethan.
—Dámela, yo te ayudo —ofreció con amabilidad.
—Gracias.
Mientras nos acercábamos a la salida, Maggie me tomó del brazo para que parara.
—Te esperaré afuera —dijo Ethan, saliendo por la puerta principal.
Asentí y luego miré a la ama de llaves. Ella solo me dio un abrazo y me tomó de los hombros; sus ojos se veían un poco alarmados.
—No me gusta la idea de que seas parte de… bueno, tú ya sabes, pero quiero agradecerte tu confidencialidad.
Negó y sonrió, como diciéndome que no me preocupara por eso. Luego me dibujó una cruz en la frente, algo que no supe comprender. Maggie captó mi interrogante expresión y entonces puso su mano en mi corazón, frunciendo los labios.
—Tranquila, Maggie, de momento estoy a salvo —susurré, un poco dubitativa de cuál era el significado de aquellos gestos.
Volvió a darme un abrazo y se despidió de mí con la mano.
—Maggie te tomó cariño —me hizo saber Ethan, susurrándome al oído.
Justo en ese momento llegó Edward de despedirse de Liam y Siobham, los ancianos padres de Maggie. Su mirada neutra se tornó seria y un poco tensa al verme con su hermano.
—Yo también le tomé muchísimo cariño, es una mujer adorable —le dije, intentando sonar calmada mientras miraba al cobrizo de reojo.
—Como tú —destacó el Cullen menor.
Yo solo me reí, suponiendo que era una broma. Miré a Edward y él estaba poniendo su equipaje en su Cadillac, fingiendo ignorarnos, aunque francamente no era muy bueno, porque sus movimientos rápidos y duros me hacían notar cuán molesto se encontraba.
—¿Y mi hermano? Debería guardar ya mi equipaje en su auto.
—Yo no lo hice porque me pidió que esperara, supuse que querría acomodar las trecientas maletas de Alice primero.
Noté que Jasper estaba viendo algo debajo de su coche mientras Señor Calabaza olisqueaba a su lado, así que me acerqué. Cuando notó que estaba a su lado, sacó su cabeza y bufó.
—Tengo problemas con la máquina —me dijo.
Alice llegó a los segundos junto a sus padres, curiosos por lo que estaba ocurriendo.
—Creo que la tierra y el lodo de camino a la isla estropeó alguna estructura —dijo algo irritado—. No creo que pueda partir hasta en un buen rato.
—Maldición, cariño, ya avisé al trabajo que iría mañana —exclamó Alice acongojada.
Edward, alertado por todos alrededor del coche, se acercó.
—Yo puedo llevarte a ti y a Isabella —ofreció, mirándome con intensidad—. Ambos departamentos quedan a buen camino del mío. Señor Calabaza también puede venir con nosotros.
Casi se me escapa una sonrisa, pero me mantuve seria.
¿De verdad iba a permitir que mi perro subiera a su pulcro coche?
—Yo te ayudaré a echar una mano, ustedes adelántense a Nueva York —exclamó Ethan, arremangándose la pulcra camisa verde agua.
—Nosotros también debemos adelantar camino —dijo Carlisle, mirándonos a Edward y a mí—. Esme y yo tenemos una junta bastante importante mañana a primera hora. Es buena idea que te lleves a Bella y Alice contigo.
—Frente a cualquier evento no duden en llamar, sino me preocuparé —señaló la Sra. Cullen, acercándose a su hijo para besar su mejilla y luego despedirse de Jasper con cariño.
Carlisle se despidió de su hijo, a quien le susurró algo al oído. Cuando fue mi turno, me dio un pequeño abrazo y también susurró:
—Aprovecha ese momento, Alice dormirá, es tiempo de que estén juntos. Quiéranse.
Yo lo miré agradecida y miré a Edward, que sonreía sutilmente.
Tal como Esme, le pedí a Jasper que me avisara cuando estuviera en su departamento, así estaría más tranquila. Los Sres. Cullen se marcharon muy rápidamente, mientras que Alice, Edward y yo nos tomamos nuestro tiempo, pues las maletas de mi amiga eran demasiadas.
—Nunca comprenderé por qué traes todo tu arsenal a un paseo familiar en medio de la naturaleza —murmuró Edward, poniendo la última maleta en la cajuela.
—Para irritarte, tío querido —le contestó, abriendo la puerta de atrás y lanzándose a los asientos como si se tratara de una cama.
—¡Si vas a dormir al menos quítate los zapatos, no quiero que arruines el tapiz! —le gritó Edward de forma paternal—. Estoy segura que el perro es mucho más prolijo que tú.
Lo último que vi de mi amiga fueron sus sandalias de tacón volar por los aires. Yo los miraba muerta de la risa, incapaz de contenerme.
—Lo siento, amiga, el asiento trasero es la cama perfecta y yo muero de sueño. Señor Calabaza servirá de almohadón. Espero que ser el copiloto de mi aburrido tío no te agobie la existencia —molestó, sacando la cabeza por la ventana y mostrándole la lengua.
—Estás ganando puntos para el calabozo, sobrina —murmuró él, abriéndome la puerta del coche.
Sonreí y moví la cabeza negativamente en modo de reproche, para luego meterme dentro. Por el espejo retrovisor vi que Edward también le abría la puerta a mi perro, que subió junto a Alice.
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Alice no tardó en quedarse profundamente dormida junto a Señor Calabaza en la parte de atrás, sus ronquidos se oían muy bien. Carlisle tenía mucha razón. Yo estaba un poco somnolienta, mirando hacia la ventana y el paisaje medio oscurecido que había afuera. Edward había puesto algo de música clásica, manteniéndose en silencio.
Con los ojos a medio cerrar me puse a pensar en lo ocurrido en la casa, en esa confesión tan dolorosa que Edward fue capaz de confiarme. A ratos imaginaba algunos sucesos como si hubiera estado ahí, con esa mujer de protagonista. No la conocía, ni siquiera recordaba bien su rostro, solo sabía lo que había sido capaz de hacer aun cuando tenía un hombre capaz de todo por hacerla feliz. A veces no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos, pensé. ¿Alguna vez Renata se dio cuenta de eso? Me pregunté si habría rehecho su vida, más allá de esa infidelidad, si se habría arrepentido del hombre que perdió. ¿Alguna vez lo amó?
Suspiré muy profundo y me acomodé en la silla, un poco intranquila con el rumbo de mi monólogo, lucubrar sobre esa mujer me desasosegaba, pero también me llenaba de ira e impotencia. Ni siquiera la conocía, sin embargo aun así la odiaba.
Miré a Edward de reojo y lo noté apretar con mucha fuerza el manubrio mientras miraba hacia adelante, probablemente perdido igual que yo en sus reflexiones internas.
Renata Vulturi, qué mujer tan despreciable, me recordaba tanto a mi madre. Resultaba irónico que ambos tuviéramos a dos serpientes en nuestras vidas, solo que la mía seguía en mi vida.
Pensar en Todd y los intentos de Renée por verlo me llenaba de coraje, pero también de miedo, esa mujer no le haría bien pues tanto mis hermanos como yo habíamos sido testigos de sus calamidades, las que hacía especialmente conmigo. Yo sabía que me detestaba, no había secretos en ello. Esperaba que Ethan pudiera ayudarme, porque si no mis recursos se habrán acabado.
Sentí los dedos de Edward recorrerme la mejilla, aprovechando un pequeño atochamiento en la carretera. Giré mi rostro hasta él y lo vi un poco curioso.
—No sabes cuánto me gustaría conocer tus pensamientos en este preciso momento —dijo.
—Solo pensaba en mi madre —murmuré, omitiendo lo de Renata—. Volver a la realidad de Nueva York es enfrentarme nuevamente a su existencia.
Asintió de manera comprensiva.
—Isabella, cuando te vi discutir con ella en casa de tu padre creí que la golpearías… y puedo asegurar que tú no eres así.
Tragué y me puse a mirar la radio para huir de su comentario.
—Me asusté, no quería verte así —musitó.
—A mí tampoco me gusta la forma en la que me hace reaccionar, Edward, pero es inevitable, su presencia siempre trae tormento —sentencié.
Él me tomó la mandíbula y atrajo mi mirada a la suya. Finalmente suspiró, me soltó y tomó el manubrio otra vez, volviendo a manejar.
—Alice está en otro mundo —comenté para cambiar de tema.
Sonrió y miró a través del espejo retrovisor.
—Cuando era una bebé tenía el sueño tan profundo que Elizabeth luchaba con ella por darle de comer. —Su mirada se tornó nostálgica, mas no triste.
—Vi algunas fotografías de Elizabeth, era una mujer muy linda. Se parecen bastante —destaqué.
—Sí, cada vez que la observo rememoro a mi hermana.
—También vi fotografías tuyas —confesé mordiéndome el labio inferior.
Enarcó una ceja, pero mantuvo la mirada al frente.
—¿Se puede saber quién la autorizó a revisar esas fotografías de la vergüenza, Srta. Swan? —inquirió, haciéndose el serio.
Me recosté en el asiento y lo miré, perdida en su perfil. Entonces suspiré, disfrutando de lo guapo que era.
—No sabía que necesitaba un permiso especial para ver su pasado gótico, Sr. Cullen.
Se puso rojo como un tomate, lo que me hizo estallar en risotadas. Luego miré a Alice, esperando no haberla despertado, pero ella seguía plácidamente dormida.
—Mi madre no debió mostrarte eso. —Carraspeó, aún ruborizado.
—Yo digo que te veías guapo, sobre todo con esas púas y…
—Isabella, basta —me advirtió entre risas.
Me mordí el labio inferior, volviendo a suspirar como una tonta.
—Me gusta cuando te ríes —señalé, acomodándome mejor.
Él enarcó una ceja, con la comisura de sus labios elevada.
—¿No te gustaba cuando estaba serio?
Volvía a sacar esa frase a colación.
—Creo que estoy cambiando de opinión —susurré.
Edward sonrió, mirándome todo el tiempo que el tráfico le permitía.
Volvimos a caer en silencio, solo que este ya no estaba revuelto en aquellos recuerdos agrios, sino en una calma quietud luego de las risas. Él se veía de muy buen humor y yo también me sentía así.
Cuando me mantenía en el limbo entre el sueño y la vigilia, vi los carteles que señalaban que estábamos llegando a Nueva York. Parecía que habían pasado muchos años desde que dejé Manhattan, pero solo transcurrieron 7 días. Era increíble todo lo que había pasado en tan poco tiempo. Me fui de mi vida citadina esperando descansar de lo ocurrido en aquel parque de diversiones, pero acabé acostándome nuevamente con él y sin atisbo de remordimiento, pero también queriéndolo y añorándolo. No podía negar que tenía mucho miedo de lo rápido que mi corazón estaba apresándolo, pero había una certeza absoluta de mi parte, y es que difícilmente iba a poder negarme a sentir todo esto, ya no.
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Entre sueños sentí que Alice se despedía de mí, pero estaba tan cómoda y cansada que lo único que le respondí fue el beso en la mejilla. Al rato, sentí un susurro en mi oído que me hizo cosquillas. Me removí para seguir durmiendo, pero sentí una caricia suave en mi mentón, lo que me hizo sonreír.
—Isabella, ya estamos en tu departamento.
Abrí los ojos y luego me los restregué con los puños.
—Estaba durmiendo muy bien. —Hice un puchero y me estiré como un gato.
—Estás cansada, deberías irte a la cama.
Le dio la vuelta al coche y me abrió la puerta, haciendo que una corriente de aire me hiciera dar un respingo. Él lo notó y se quitó la chaqueta para ponérmela sobre los hombros.
—Gracias —dije.
—No quiero aumentar la probabilidad de que te resfríes —musitó preocupado—. Aunque ya lo pareces bastante. ¿Aún te duele la cabeza y la garganta?
Lo miré enternecida por su preocupación.
—Un poco, pero ya estaré mejor.
Hizo salir a Señor Calabaza, que se veía bastante fastidiado por haber viajado tanto.
—Y gracias por traer a mi perrito.
—Estoy pensando en ganarme su confianza, ¿crees que habré empezado bien? —Lo miró y éste se mantuvo olisqueándome.
—Has empezado muy bien —susurré.
Subió conmigo a mi departamento mientras me ayudaba a llevar la maleta. El viaje hasta arriba me espantó el sueño, así que aproveché de ponerme al día encendiendo mi móvil.
—Dejaré la maleta en tu habitación —me avisó.
Asentí distraídamente y seguí revisando los correos, llamadas y mensajes. Uno de ellos era de Jasper, avisándome que ya había echado a andar su coche, así que le respondí.
Justo cuando Edward venía de vuelta, recibí un llamado de Ethan. Mi expresión debió ser suficiente para que él centrara su atención en mí, algo expectante.
—Hola, Ethan —saludé con naturalidad.
El cobrizo se mostró sereno, apoyándose en la pared con los brazos cruzados por un momento.
—Hola, Bella. Mira, lamento mucho llamarte nuevamente a esta hora, pero de camino a Nueva York llamé a un muy buen amigo que es experto en juicios familiares.
—Oh, ¿me tienes buenas nuevas?
—Algo así. Me estuvo ayudando un poco a entender el caso, ya sabes que no es normal realizar una orden de alejamiento contra la propia madre de un niño… a no ser que tengas alguna razón suficiente para alejarlo completamente de él —dijo con cautela.
Me puse muy nerviosa, no creía que fuera buena idea hablar sobre ello por celular. Noté que Edward captó mi inquietud, por lo que se sentó frente a mí con el ceño fruncido.
—Las tengo —susurré—, pero de momento no es buena idea darlas a conocer.
Ethan bufó, un poco abatido con todo.
—Sé que es complicado, Bella, pero si quieres mantenerla fuera del perímetro es necesario que me muestres tus razones, a mí y a los tribunales.
Tragué.
—Hablaremos de esto pronto, ¿sí? Muchas gracias, Ethan.
—Claro, Bella. Espero saber de ti, ten una buena noche.
En cuanto corté noté la intranquilidad del cobrizo. Yo dejé caer el móvil entre las cobijas y entonces escondí mi rostro entre mis manos. Aún no comenzábamos nada y yo ya estaba estresada.
—Esto me matará, ¿sabes? —dije.
—Es por tu madre y el asunto legal, ¿no?
Asentí.
—Espero que Ethan te ayude, de verdad —susurró—. Pero ahora necesitas descansar, ¿sí?
No quería dormir, como si temiera otra pesadilla. Si bien ya había dormido de camino y no había pasado nada, la inquietud seguía en mí.
De pronto miré hacia un pequeño estante pintado a mano y hecho por mí. Fue mi primera obra en medio de una adolescencia llena de soledad. La había traído conmigo en el momento en que decidí marcharme de casa, queriendo estar unida a mi pasado. En el estante estaban todas las fotografías de mi familia y de mis amigos, incluida la fotografía en la que salía con Rosalie, un día antes que un suceso de infiernos comenzara a ocurrir. Tomé el marco y lo miré, conmocionada porque hace mucho no revivía absolutamente nada, quizá porque prefería no mirar y hacer como si estas fotos no existieran.
—Bella —me llamó mi cobrizo, poniendo una mano en mi espalda.
Di un respingo.
—No quiero dormir, Edward, en realidad, quiero despejarme un poco.
Ladeó la cabeza.
—¿Despejarte? Me asustas.
Suspiré, volviendo a poner la foto en su lugar.
—¿Podemos ir a dar un paseo? Lo que sea, lo necesito.
—Claro —dijo de inmediato—. Pero ve muy abrigada, de verdad no quiero que te enfermes.
Asentí.
Cuando fui a buscar una bufanda y un abrigo más grueso, sentí que él seguía mirándome, intrigado y sí, más preocupado que nunca.
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Miré a la ventana, preocupada por el sueño que había tenido en la mañana y por el rumbo de mis pensamientos. Creí que lo había olvidado de verdad, pero no. Por supuesto, esas cosas no se olvidan, pensé.
—¿Estás bien? —me preguntó Edward.
Yo pestañeé.
—Sí, lo estoy. ¿Ya llegamos?
Asintió.
—Bien, vamos —dije de manera distraída.
Me tomó la muñeca y yo lo miré.
—Bella, ¿de verdad estás bien? Desde hoy en la mañana que estás muy…
—Vamos adentro —insistí con las cejas arqueadas.
—Claro —dijo después de un rato—. Te compraré croissants, aquí son muy buenas. —Sus intentos para levantar mi reciente bajo ánimo me hicieron sonreír.
Miré y se trataba de una cafetería muy famosa de Manhattan. Estaba hasta rebosar.
—¿Estás seguro que podremos comprar? —inquirí—. Creo que estaremos cerca de 1 hora esperando a que nos atiendan.
Me movió las cejas, como si tuviera todo controlado.
—Confía en este hombre.
—¿Cómo no? —le pregunté antes de dar un inmenso estornudo.
Me abrió la puerta y me tomó de la mano, llevándome hasta la cafetería. El letrero parpadeaba y una caricatura lo sujetaba con una inmensa sonrisa. La fachada era la típica de los locales más famosos de Nueva York: ladrillo, hierro y letreros por doquier. Todas las mesas estaban ocupadas y adentro las personas comían mientras hablaban, seguramente muchas después de una larga jornada de trabajo.
—¡Gino! —exclamó Edward mientras levantaba su mano libre entre la multitud.
Un hombre de tez morena se dio la vuelta y le sonrió inmediatamente a mi cobrizo. Debía tener un par de años más que él, quizá unos 42. Vestía fenomenal y tal parecía que era el dueño.
Gino se acercó a Edward y cuando vio que venía conmigo paró unos segundos, como si le sorprendiera verlo acompañado.
—Edward, qué sorpresa verte aquí —lo saludó, dándole un fraternal abrazo—. Y viniste con…
—Isabella Swan —me presenté, dándole la mano.
El hombre levantó las cejas y sonrió.
—Uau, un gusto conocerla.
Edward me besó los nudillos y enseguida se dirigió a quien parecía ser un buen amigo.
—Pasábamos por aquí y dije, ¿por qué no visitar la cafetería famosa de Gino?
—Jacob me dijo que estabas muy ocupado, ya veo con quién. —Me sonrió de manera respetuosa.
¿Jacob? ¿Por qué ese nombre me sonaba tanto?
—Tu hermano es un ingrato, pero lo entiendo, desde que nació su tercer retoño ha estado enfrascado en su vida familiar.
Gino se cruzó de brazos.
—Ya sabes como es, un gran padre. Mis sobrinos y su esposa se han sacado la lotería. Pero bueno, ¿qué quieren beber? ¿Jugo? ¿El café especial de la casa? Tengo una mesa reservada que les encantará.
Miré a Edward, sorprendida de lo tramposo que siempre era. Él me guiñó un ojo y me volvió a besar los nudillos.
—¿Qué quieres, cariño? —me preguntó.
Me sonrojé frente a la forma en que me llamó, especialmente frente a su amigo.
—Umm… —Estornudé nuevamente—. Lo siento.
—¿Qué te parece nuestro increíble té reponedor? Te encantará —me dijo Gino.
Asentí.
—Para mí un americano, sabes cómo me gusta —le pidió Edward—. Y croissants con jalea de fresa.
Cuando Gino se fue, una mesera nos llevó hacia la mesa de reserva. Estaba bastante oculta y tenía unos sofás muy lindos. Cuando me senté pensé que él iba a hacerlo al frente, pero se ubicó a mi lado y me pasó uno de los brazos sobre los hombros.
—Qué agradable es Gino. No puedo creer que conocí al dueño de la cafetería más famosa de Manhattan —le comenté.
—Es hermano de Jacob, mi mejor amigo, un ingeniero increíblemente malo para los chistes —se rio.
—Parece que tienes más amigos de los que me intentas hacer creer —señalé, jugando con su suéter.
Se puso un poco pensativo y luego asintió.
—Puede que tengas razón. Quizá no me doy cuenta de que sí, tengo bastantes amigos, y muy leales.
Sonreí.
—Y eso hace a una gran persona.
—¿Por qué lo dices?
—Porque no imagino que un mal ser humano tenga a tan buenos amigos —susurré.
Él sabía que me refería a sus miedos, a esa manera en la que intentaba decirme que, sea cual sea ese pasado oculto, iba a hacer que me separara de su lado.
—Te gustará conocer a Jacob. —Cambió finalmente de tema.
—Muero también por saber quién es tu mejor amigo.
La mesera no demoró nada en traernos los pedidos. El té especial y reponedor expelía un muy rico aroma a jengibre. Edward tenía su americano cargado, pero no tomó hasta que yo le di una probada al té.
—Espero te haga bien. Sabía que no debíamos pasarnos de frío en mi casa —dijo con severidad.
—No me regañes, no ahora, ¿sí? —le pedí con un puchero.
Edward suspiró y asintió.
—Tómate tu café —lo insté.
Sonrió.
—¿Un croissant? —me ofreció, mostrándome las brillantes medias lunas rellenas de jalea.
—¡Por supuesto! —Tomé una y enseguida di otro estornudo—. Lo siento.
.
Comía en silencio y perdida en el espacio tiempo. El té estaba muy rico, pero un nuevo estado de profunda melancolía me tomó por la guardia baja. Hace muchos años no volvía a sentir algo así y ahora parecía que todas mis emociones estaban a flor de piel.
En un momento vi a dos chicas de 15 años reír sin parar, una era rubia y la otra morena. Fue inevitable sonreír con esa nostalgia profusa. Hoy todo me recordaba a un pasado que luché por extinguir, pero que ahora volvía como una marejada sucia y dolorosa.
—Bells, ¿me estás escuchando? —inquirió Edward, tomándome la mano.
Pestañeé y lo miré.
—Sí —mentí.
Suspiró.
—Oye, mírame bien —me pidió, tomándome la barbilla—. Puedes confiar en mí, ¿sí? Dime lo que necesitas y yo te lo daré, no importa cómo. Recuerda que estoy aquí, por favor.
Tragué.
Edward me abrazó y yo cerré los ojos, que se tornaron llorosos al instante. Estaba a punto de dejarme ir en llanto, pero me contuve. Preferí olerlo y tranquilizarme, porque estaba aquí y nada más me importaba.
Cuando me besó la frente lo vi separarse con el ceño fruncido, más preocupado aún.
—Estás caliente —exclamó, tocándome las mejillas—. Probablemente tienes fiebre. Ya terminamos de comer, sería bueno que nos fuéramos a tu departamento.
Enseguida recordé las fotografías en aquel estante y yo, por esta vez, no quería verlas.
—No quiero ir a mi departamento —susurré.
La mirada de él se volvió triste.
—Nos iremos al mío, descuida.
—¿No te molesta?
Sonrió.
—Para nada. Vamos.
Asentí.
Edward manejó en silencio y yo me envolví en su abrigo, que olía tanto a él. Estaba teniendo escalofríos y me encontraba muy decaída. De camino pasó a comprar algo a la farmacia y luego manejó aún más rápido hacia su bonito departamento. Al llegar sólo digitó algo y yo, medio somnolienta, me vi en el ascensor, sin haberme dado cuenta que ya habíamos salido del coche. Cuando llegamos a su planta, Edward me tomó entre sus brazos y yo me recosté en su pecho, sintiéndome francamente débil.
—Tienes que dormir, no me hagas peros —insistió.
Negué.
Me depositó en una superficie suave y a los segundos abrí los ojos, descubriendo que estábamos en su habitación, yo acostada en su cama. Me reincorporé mientras tosía y él me entregó una de sus playeras de pijama.
—Te traeré agua para que te tomes un antigripal. No tardaré.
Me vestí rápido y gateé por la cama para meterme debajo de sus edredones esponjosos y deliciosos, esperando a que regresara.
—Bella, me preocupa, ¿no quieres que llame a un médico? Conozco uno que podría venir aquí y…
—Descuida —susurré, volviéndome a mirarlo—. Hace muchos años que no me daba gripe, supongo que tenía que suceder.
Tenía un vaso de agua y una píldora ya en su mano y yo me reincorporé. Se veía cada vez más preocupado, lo que me enternecía mucho. Yo abrí la boca y él depositó la píldora en mi lengua, no sin antes besarme la frente con suavidad.
—Espero mejores hasta el lunes, no es bueno que vayas a trabajar así.
Bebí un poco de agua y me acosté en la almohada, mirándolo con el corazón llenito gracias a él.
—¿Te quedarás conmigo? —le pregunté.
—Nunca lo dudes.
Me tapó hasta los hombros y me acarició el cabello, esperando hasta que me quedara dormida.
.
Tenía frío y estaba todo muy oscuro. Miré hacia mi lado y Jasper dormía abrazado a su oso de peluche. Señor Grandote iba a cuidarlo. Iba a despertar a Emmett, pero él estaba en la otra cama, roncando fuertemente.
Abrí los edredones y pisé el suelo, lo que me hizo sentir muchos escalofríos.
Desde lejos oía una risa y luego un quejido de parte de alguien. Tuve miedo. ¿Le dolía algo?
—¿Mamá? —llamé, aferrada al umbral de la puerta—. ¿Papá ya llegó a casa?
Lo único que seguía oyendo eran las risas del fondo.
—¿Mamá? —volví a llamar mientras atravesaba el pasillo hasta su habitación.
La puerta de la habitación de papá y mamá estaba medio abierta y de ella se veía la luz débil de la lámpara. Abrí un poco más para ver mejor, pero el horror me hizo chillar y taparme rápidamente los ojos.
Mamá estaba desnuda con otro hombre, mientras fumaba y él la jalaba con fuerza. ¿Quién era esa persona? ¿Por qué sonreía mientras mamá jugaba con él?
—¡Isabella! —gritó mamá, levantándose de la cama con la furia en sus ojos.
Yo caminé hacia atrás mientras sentía el llanto en mi garganta, porque esto no estaba bien, mamá no podía hacer estas cosas.
—¡Que vengas te digo! —insistió mientras se amarraba la tira de la bata.
Yo seguí chillando y corrí hacia la sala, porque sabía que iba a castigarme y que pasaría sola ahí, a oscuras. De pronto topé con la mesa y en ella había un polvo blanco esparcido en hilitos finos junto a una tarjeta.
—¡Vas a despertar a tus hermanos! —exclamó ella, tomándome de la mano con fuerza y tirando de mí hasta el sótano.
—¡No, mamita, por favor, no quiero ir abajo! —le suplicaba—. Quiero a papi.
—Siempre llamando a tu estúpido padre —regañó, empujándome aun cuando tropezaba.
Me empujó hasta la puerta y yo bajé a duras penas, dándome unos cuantos golpes. Al girarme vi la puerta y a mamá de pie, mirándome con frialdad.
—¡Mamá, no volveré a hacerlo, pero sácame de aquí! —le imploré con el llanto en la garganta.
Ella cerró, sumiéndome en la oscuridad de siempre.
Di un grito ahogado, queriendo salir de ese manto oscuro. Quería llamar a papá, pero él no llegaba ni tampoco me escuchaba, nadie lo hacía. Me sudaba el cuerpo y todo dolía, estaba desesperada y no podía dejar de llorar.
—¡Bella! —me gritó un hombre desde la lejanía.
Salté cuando sentí una mano en mi rostro y otro Bella saliendo de sus labios.
—Bella, ¡despierta! Estoy aquí —insistió.
Yo abrí los ojos de golpe y levanté mi tronco de golpe. Todo me dio vueltas. Mi pecho subía y bajaba, así como los latidos de mi corazón, irregulares, profusos, desgarradores.
—Bella, soy yo, Edward —me susurró él, tomándome la mano.
Me giré y lo vi, con sus ojos verdes muy asustados.
Entonces me eché a sus brazos y rompí en un llanto que me desgarró la garganta.
—Hey, tranquila, no estás sola —me dijo al oído, apretándome muy fuerte contra su pecho.
Yo tenía las manos agarradas a su pijama, como si tuviera miedo de que él me soltara y me abandonara en la oscuridad.
Le tenía tanto miedo a la idea que me sentía desfallecer.
—Bella, shh… Mírame.
Lo hice, pestañeando con dificultad. En cuanto vislumbré sus facciones y la sinceridad en sus ojos, pude respirar mucho más tranquila.
—Estoy aquí, no ocurrirá nada malo, me tienes a mí.
Me tomó las mejillas y yo tragué, cerrando mis ojos para calmarme.
—Estabas soñando, era sólo un sueño, nada más.
—No es un sueño, Edward, era un recuerdo —susurré.
Él suspiró, como si lo sospechara.
—Me lo imaginé. Pero eso no es la realidad, ahora estoy contigo, ¿lo ves? Estamos en mi departamento y nada malo va a ocurrirte.
Era muy de noche y Edward tenía su tableta sobre la cama. Al parecer aún no se dormía.
—Aproveché de trabajar mientras velaba tu sueño, no quería quedarme dormido hasta asegurarme que la fiebre te había disminuido. —Me acarició las mejillas y luego la frente—. Veo que aún tienes el cuerpo muy caliente. —Me besó la frente y luego la pegó con la suya.
Edward no hacía ninguna pregunta, pero sus ojos luchaban por no demostrarme su gran interrogante. Parecía que estuviera preguntándose tantas cosas y no era para menos, aquel sueño vívido era uno de los tantos recuerdos que siempre salían a la luz cuando esa mujer estaba cerca, acechando mi vida.
Edward había confiado en mí y yo también debía hacerlo.
—Me quedaré contigo si decides volverte a dormir, no voy a irme de aquí —dijo enfático.
—No, espera, quiero contártelo.
—¿Estás segura?
Asentí.
—¿Alice nunca te ha contado algo al respecto?
Negó tajantemente.
—Tampoco le he preguntado, pero la verdad tengo muchas dudas.
Él vio que yo estaba un poco incómoda y se dejó caer en la cama, palpando justo a su lado. Se lo agradecí y me acosté en su brazo abierto y a la espera de cobijarme.
—Te quiero sobre algo de lo que nunca he podido abrirme, no de la manera en la que voy a hacerlo contigo.
Asintió y me besó la coronilla.
—Te escucharé cada palabra. Hazlo.
Tomé aire y comencé.
—Siempre viví rodeada de altibajos, con muchas inseguridades. Mi madre siempre fue muy inestable, ¿sabes? No recuerdo ningún momento en que haya sido una mamá normal. Sé que nadie nace sabiendo serlo, pero Renée no era normal, no era lo que yo esperaba que fuera una mamá. A veces creía que se debía a su matrimonio tan joven.
—¿A qué edad se casaron tus padres?
—Mamá tenía 16 y papá 18.
—Uau, era muy joven.
Asentí.
—Pero el tiempo me demostró que eso no fue suficiente razón para cómo se comportó conmigo.
—¿Qué te hizo? —inquirió en voz baja.
—Mi madre me detestaba, Edward.
Me miró con el ceño fruncido.
—No había momento en el que no lo demostrara. A veces, creía que era porque a mí tuvo que casarse con papá y cambiar su vida por completo. Tampoco quería a mis hermanos, no era una mujer cariñosa y nunca nos decía que nos quería, pero conmigo era mucho más dura, tanto que su crueldad dolía muchísimo.
Dejé de hablar cuando los recuerdos llegaron a mi mente como un torbellino, eran tantos que no sabía cuál seleccionar. Fueron tantos años de dolor, de infierno y miseria.
—Mis primeros recuerdos remontan a… cuando tenía cerca d años. Papá trabajaba manejando camiones de carga a lo largo de todo el país, por lo que casi nunca pasaba en casa, era mi madre quien se quedaba a nuestro cuidado, lo que por supuesto era una agonía. Aún recuerdo las veces que tenía hambre mientras Jasper lloraba desconsoladamente en su banquito, teniendo apenas un año y medio, mientras ella se miraba al espejo, disfrutando de su juventud, de su belleza… —Me callé, porque el llanto de Jasper se me había grabado para siempre—. Finalmente era yo quien tenía que buscar la manera de darle de comer a mis hermanos, siendo que yo era apenas unos años mayor.
Edward bufó y arqueó las cejas con mucha angustia.
—Renée siempre fue una mujer coqueta, todos los vecinos la deseaban, pero también la admiraban, por supuesto, ¿cómo no hacerlo con una mujer tan joven cargando con tres niños a cuesta?
—¿Siempre la rechazaste? —me preguntó Edward con cautela.
—No, claro que no. Fui una niña que amó a su madre por muchos años, hasta que sus acciones me destruyeron. Era instintivo, porque todos te dicen que debes amar a mamá, pero luego, una vez ya más grande y más consciente, supe que ese amor era respeto, miedo y una necesidad porque alguien me protegiera.
"—Renée renegaba de su maternidad, lo hacía por obligación, por… ¡no lo sé! —Suspiré—. Era narcisista, nunca había tiempo para nosotros. Su abandono fue latente hasta que explotó cuando notó que podía cuidarme sola, así que yo comencé a hacerlo con mis hermanos, sobre todo con Jasper que era el más sensible de todos.
"—Cuando Charlie llegaba a casa lo primero que hacía era abalanzarse sobre mis brazos y besarme, porque era la luz de sus ojos. Todas las noches que me lo permitía su trabajo me decía que gracias a mí había sentado cabeza, que gracias a mi existencia lo convertí en una mejor persona. —Mi barbilla tiritó, recordando aquellos momentos con exactitud—. "Te amo, a ti y a tus hermanos, pero tú, mi florecita, me hiciste conocer el verdadero amor, que es la de un hijo con su padre", me decía siempre antes de acostarme.
Sonreí, emocionada por esos mínimos momentos hermosos de mi infancia. Papá era lo único que me hacía sentir segura y lo que me incentivaba a seguir siendo el pilar de mis hermanos. Pero no fue así para siempre.
Edward estaba pendiente, escuchando con una paciencia que le agradecí. Su mirada comprensiva y calma me incentivaron a continuar aun cuando parte de mí no quería hacerlo por miedo a exponerme incluso más.
—Una de esas ocasiones en que papá nos despedía antes de irse a dormir, descubrí a Renée espiando, noté su mirada de odio, su necesidad por quitarme a papá de mis garras. —Moví la cabeza en negativo, reprochando su actitud—. Tenía celos de mí.
Él volvió a fruncir el ceño, lo que escuchaba no entraba en su comprensión y, la verdad, lo entendía. Renée, con su narcisismo, odiaba ser desplazada por su propia hija.
—Con el tiempo comprendí que odiaba no ser la única para mi padre, porque no lo amaba a él, amaba su atención, quitarle la vida para enriquecerse a sí misma, hasta que llegué yo —susurré—. Tenía 8 años cuando llegué a esa conclusión, ¿por qué una niña tan pequeña llega a esa puta conclusión?
—¿Tus hermanos…?
—Eran hombres, Edward. Mira, amo a mi padre, pero tampoco es perfecto y su machismo resultaba aún peor para mí. Para él, mis hermanos no necesitaban protegerse, eran fuertes, capaces de sostenerse, pero yo… yo era su florecita, la reina, la que no debía ser tocada. Por supuesto que amaba a mis hermanos, se los demostraba con creces, pero yo era su única mujercita, debo suponer que me sobreprotegió más de lo que debería.
—Y tu madre lo notaba —concluyó.
—Sí, lo notaba, y quedaba a segundo plano. Si te soy sincera, mi padre estuvo mal en desplazarla, era su esposa, pero lejos de entenderlo como una mujer madura, mi madre me odió. ¿Quién la iba a complacer en todos sus caprichos? ¿Quién iba a hacer todo lo que ella estimaba? Se vio amenazada por una niña pequeña, ¿cómo crees que me sentí en su momento?
Intenté vanamente controlar mis emociones, pero era imposible, a medida que recordaba iban reapareciendo situaciones que dolían aún.
—Mamá me castigaba por todo. No podía jugar, no podía correr, ni saltar, ni bailar, ni reír… —Sollocé—. Lo primero fue mojarme en el jardín con agua fría mientras mis hermanos le pedían que no siguiera. Aún recuerdo su mirada satisfecha cuando acababa resfriada gracias a eso.
Sus ojos se pusieron tan brillantes como no los había visto antes.
—Sí, un resfrío como el de ahora, sólo que… nadie me cuidó.
Cerró los ojos un momento, como si tuviera mucha rabia en su corazón.
—Una vez acabé en el hospital. Tuve una neumonía. Mamá lloraba desconsoladamente, ¿sabes cuándo? Cuando el médico o mi padre llegaban a verme.
—Dios, Bella…
—Sus otros castigos eran dejarme sin comer… un día o dos. Pero finalmente el que más me aterraba era el sótano, en el que me escondía hasta un día completo.
Mis manos tiritaron al recordar mi sueño y Edward me besó los cabellos con cariño.
—Soñé exactamente uno de los episodios, como si viviera nuevamente el miedo al sótano.
—¿Qué edad tenías?
—Exactamente 8 años.
—Eras muy pequeñita.
Asentí y le acaricié los botones.
—Mamá… durante años fue blanco de muchas conquistas, pero yo pensaba que todas esas pasaban de simples miradas. Mi sueño trataba de eso, ¿sabes? —Respiré hondo—. Fue un recuerdo del primer día que vi a mamá haciendo lo que a futuro sería constante. Desperté por los ruidos, ya que mamá odiaba eso y papá no estaba. Mis hermanos dormían y preferí no despertarlos, por lo que me aventuré a averiguar sola qué ocurría tras la habitación de mis padres. Fue entonces que la encontré acostándose con otro hombre, el hombre que se repetiría en mi vida más tiempo del que puedes imaginarte.
Edward no me decía absolutamente nada, pero oía todo, asintiendo con respeto.
—Me castigó porque sabía que le avergonzaba. Pasé dos días abajo y no fue hasta que el propio amante le pidió que me sacara… —Mi voz se quebró—. No fue hasta ahí que lo hizo y pude ver la luz.
"—Desde ese entonces creció un rencor en mí que mató mi infancia. ¡Una niña no puede sentir eso! Una niña debe ser feliz, pero lo que me hizo me llenó de rabia y estuve decidida a contarle a papá. Cuando él regresó de Alabama para una entrega, fue que lo intenté, pero Renée lo notó. Te juro, Edward, que de haber sabido todo lo que eso provocaría en ella, no lo habría pensado ni por un segundo.
Mis manos comenzaron a tiritar de cólera acumulada y él lo notó enseguida. Las tomó entre las suyas, infundiéndome calor y valor.
—Su actitud empeoró, Edward. No me dejaba almuerzo, me enviaba a la escuela con la ropa sucia y en varias ocasiones no me dejaba estudiar. Sé que son burradas, Edward, pero en esos momentos ya tenía 11 años.
Sentí un nudo muy grande en mi garganta.
—Eras una niña, claro que no merecías eso.
—Mis hermanos la odiaban tanto, pero les supliqué que no se atrevieran a abrir la boca, porque mamá se iba a enojar con todos y en especial conmigo… Hasta que Emmett lo hizo, le contó uno de los castigos a Charlie. —Una lágrima gruesa me cayó por la mejilla y yo me la quité rápidamente—. Me cortó el cabello muy corto con las tijeras del césped y me decía al oído que la florecita se había marchitado. No pude asistir a la fiesta de primavera porque moría de la vergüenza.
El rostro de Edward estaba muy serio, como si se estuviera aguantando la cólera.
—Cuando se cercioró de que ninguno abriera la boca, comenzó a llevar a algunos amantes a casa, aun cuando nosotros dormíamos en la habitación de al lado. Uno de ellos era bastante peligroso, un narcotraficante del vecindario que, por cierto, era de muy mala muerte. Se llamaba Phil o algo así. —La voz se me quebró y rompí a llorar, aterrorizada como la primera vez—. Renée conoció las drogas duras, primero fue la cocaína y luego el crack. Bastaron años para darme cuenta que el polvo blanco que vi cuando niña en la mesa de la sala era precisamente esa puta droga. Cuando mi padre se dio cuenta de eso gracias a mí, la dejó y también nos dejó a nosotros. —El llanto me sube por la garganta y lo único que hago es taparme los labios para que no siguiera. Los ojos de Edward estaban acuosos y desesperados, como si no supiera qué hacer por remediarlo—. Fue el peor año de mi vida. Las humillaciones de Renée eran horribles, sus castigos, su rabia, su falta de atención con nosotros, todo era un maldito infierno. Me costó mucho perdonar a Charlie, pero finalmente lo hice cuando yo le supliqué que volviera porque todos en casa lo amábamos. Renée también le suplicó, usando una manipulación que siempre surtía efecto en él. Yo sé que la amaba, pero era más ciego de lo que creí.
—El amor resulta ser la peor arma humana, Isabella —puntualizó con suavidad.
—Lo es —musité.
"—Cuando papá regresó yo ya había cumplido 13 años. Estaba en mi pubertad, un momento mágico para cualquier niña, menos para mí. Renée me minimizaba, me opacaba, no me permitía colores ni conjuntos alegres, tampoco me dejaba llevar el cabello largo. Me daba vergüenza asistir a la escuela, me sentía tan fea, tan… oprimida por mi madre. Mientras, ella siguió de amante con Phil. Se acostaban a la hora del almuerzo mientras yo cocinaba y mis hermanos se encargaban de hacer las compras en el supermercado. A veces se drogaban en mi presencia y, sinceramente, eran las únicas veces en que me trataba un poquito bien, por eso me importaba muy poco lo que se hiciera, mientras Emmett y Jasper no estuvieran, claro.
—Demonios, ¿cómo se atrevió a hacer algo como eso? —inquirió Edward, incapaz de contenerse—. ¿Charlie nunca notó nada?
—No, además pasaba menos tiempo en casa, pues estaba haciendo doble jornada con tal de comprar un local que pudiera hacernos subsistir sin la necesidad de que se ausentara tanto. Sin embargo, creo que estaba demasiado cegado.
"—Pero fue a los 15 años cuando mi mundo se fue abajo, cuando todo perdió el sentido.
—Me estás asustando.
Me cobijé como si volviera a ser una niña pequeña y él me apretó contra sí, no queriendo soltarme, protegiéndome de algo que ni siquiera sabía de qué se trataba.
—Phil Dwyer era muy peligroso y se convirtió en el amante favorito de mamá. Él le daba droga y la chantajeaba con eso. Cogían y cogían mientras yo los escuchaba —gemí—. Era tan horrible saber que papá llegaría creyendo que eso no pasaba y yo buscaba la forma de que nadie más supiera porque no quería que los demás vieran su vida destruida. Pero fue cuando una noche todo cambió para mí. Justo Emmett y Jasper se fueron a acampar por la escuela, mamá no quería que fuera porque debía limpiar en una fiesta que daría en la casa. Ya te imaginas la clase de persona que iba a asistir.
—Tranquila —me susurró con la voz muy tensa.
—Edward… —Lo miré a los ojos—. Phil llegó cuando mamá todavía no estaba. Yo había salido recién de la ducha y… me miró, lujurioso, deseándome… Creí que se trataba de la droga y le pedí que se fuera, pero se acercó y… comenzó a tocarme bajo la toalla… y… —Mi barbilla tiritó.
—Dios mío —gruñó, escondiéndome en su cuello—. Hijo de…
—Ese hombre abusó de mí, Edward.
Buenas tardes, les traigo un nuevo capítulo de mi historia. Uff, muchas verdades revelándose poco a poco. Bella también esconde mucho y también tiene un pasado que, si bien no la atormenta como le sucede a Edward, es parte de su historia y el por qué es como es. Y aún falta más. Y obviamente, Carlisle es un hombre que ama profundamente ver feliz a su hijo, ¡ya ven cómo fue su reacción!
Agradezco profundamente a todas las personas que me han dejado un review, ¡simplemente gracias! Ojalá pudiera contestarle a todas uno por uno sus mensajes, pero con el poco tiempo que tengo me resulta francamente complejo. De cualquier forma, quiero que sepan que siempre las leo y que cada comentario me hace muy feliz. Recuerden que sus comentarios son una forma de saber que están leyendo nuestra historia y nos hace sentir que estamos escribiendo por una razón.
Espero de todas formas volver a leerlas por aquí, especialmente a las chicas que extrañé en mi primer outtake. Sé que no a todas les gusta, pero espero volver a verlas, ¡miren que las he extrañado! Un gracias es muy bien recibido
Cariños para todas
Baisers!
