hola siento mucho la tardanza jeje pero aki sta el cap espero les agrade
recuerdn dek nada me pertenece
Capitulo 28
La ciudad real de Cardinia era una joya en el valle amortajado por la niebla; su brillo era evidente pese al lóbrego panorama. Así la vio Rosalie desde lejos, el día de su llegada. Lo horrible del clima se ajustaba perfectamente a su ánimo. Aun cuando la niebla dejó paso al sol, mucho antes de que llegaran a las primeras calles adoquinadas, su humor no mejoró.
Era una ciudad grande, que se había extendido muy por fuera de sus murallas originales, tan antiguas que en algunos lugares se estaban desmoronando; todo mostraba que, en vez de hacer reparaciones, se las estaba retirando. Afuera lo viejo, adentro lo nuevo. Lástima que los pactos matrimoniales no tuvieran cabida en esa categoría.
La bruma había aparecido durante la mañana en que abandonaron las últimas estribaciones de los Cárpatos, tras haber pasado la noche en el albergue privado del rey Jasper. Lo de 'privado' era una buena calificación para esa vivienda, pues resultó ser el sitio que el rey utilizaba cuando deseaba estar solo; el hecho de que tuviera un único dormitorio garantizaba que no lo acompañaran amigos ni parientes. Tenía otros albergues mucho más grandes, por supuesto, pero ese era el más cercano a las montañas.
En el establo no había espacio para todos los caballos, pero la nieve no había llegado a las estribaciones más bajas, donde se levantaba el albergue, y el clima no era mucho peor del que habían experimentado en las planicies rusas. En cuanto al problema de alojar a tantas personas, afortunadamente la vivienda tenía un salón muy amplio.
Rosalie, aún hirviendo de ira tras la revelación de que Emmett pensaba vender sus caballos, no preguntó si podía ocupar el único dormitorio: se limitó a informar que allí dormiría ella. Como él tampoco estaba de muy buen humor, se sintió inclinado a discutir: –¿Ah, sí?
–Puedes ir acostumbrándote a sufrir molestias–advirtió ella–. Pronto tendrás esposa.
–Y entonces compartiremos...
–¡No cuentes con eso!–Tras lo cual le estrelló la puerta en la cara.
Desde entonces no le dirigía la palabra. Pero el enfado no duró mucho y pronto se convirtió en depresión. Los últimos días habían sido lúgubres; la niebla los seguía y el ánimo de Rosalie estaba más caído que nunca desde que iniciaran el viaje.
Nina y sus hermanos tampoco podían levantárselo, aunque Konrad opinaba que Emmett no había hablado en serio con respecto a los caballos.
–Es demasiado rico para necesitar esa ganancia. ¿Para qué venderlos?
–Para vengarse de mí, por no haberlo salvado de un destino peor que la muerte–fue la respuesta de la joven.
Konrad se limitó a decir:
–Si quiere salvarse, puede hacerlo por sí solo.
–¿Acaso crees que no se lo he dicho?
Para empeorar las cosas, el día anterior Nina le había informado:
–Lazar me preguntó por qué no quieres casarte con Emmett.
–No se lo dijiste, ¿verdad?
Con la más inocente de las expresiones, su amiga respondió: –¿Era un secreto?
–No es de incumbencia de ellos.
A lo cual Nina resopló: –Es de incumbencia de Emmett, desde luego. Deberías habérselo dicho.
–No me lo preguntó. No me digas que contaste todo a Lazar.
–¿Lo de todos esos años malgastados...?–Al ver que Rosalie se ruborizaba, Nina mintió–: No, por supuesto. Le dije que te lo preguntara a ti.
Y como nadie le había preguntado nada, Rosalie dio por sentado que el cardiniano había perdido todo interés en el asunto. Sólo cabía esperar que no mencionara el asunto a Emmett. Ella misma no sabía por qué deseaba callarlo.
Después de todo, que Emmett supiera lo de Royce no cambiaba en nada las cosas. Si pretendía actuar noblemente y dejar el sitio a otro, lo hubiera hecho por su propio bien. Por otra parte, no le importaría. Simplemente, Rosalie no quería pasar por el bochorno de reconocer que había pasado siete años esperando a un hombre... y que aún lo esperaba.
Ahora, mientras recorrían las calles de la ciudad a la que ella nunca había creído llegar, se sentía más abatida que nunca. Había hecho todo lo posible para que Emmett renunciara al casamiento, pero continuaba comprometida con él y se le estaba acabando el tiempo. Iban hacia la casa familiar de los McCarty, según había dicho alguien. Lo cierto era que allí conocería a la madre de Emmett. Y ella tenía mucho miedo de ese encuentro, pues sería la confirmación del compromiso.
Aún no estaba decidida a continuar fingiéndose rústica ante la condesa, puesto que a Emmett le había importado tan poco su actuación provinciana inculta. ¿A su madre le importaría? En todo caso, ¿tendría ella influencia suficiente sobre su hijo como para hacerle cambiar de idea? Posiblemente no, aunque, si existía la menor posibilidad, era preciso aprovecharla. Aun así, le sería mucho más difícil exhibir esos modales atroces en presencia de otra aristócrata que ante Emmett y sus hombres. Y esa mujer había sido la esposa del mejor amigo de su padre.
Por otra parte, una pequeña y perversa voz interior se entrometía desde el momento en que abandonaran la aldea de los bandidos, diciéndole que debía dejar de luchar y casarse con ese hombre. Ella se negaba a escucharla, por supuesto. Existían cien motivos por los que no podía ni quería casarse, pero sólo uno justificaba que no le molestara hacerlo. Y ese era un motivo que ella no debería haber descubierto, cuando menos antes de la boda.
Mientras Emmett se mantenía a distancia, ella podía regañarse por pensar en eso y hasta no pensar (casi nunca). Pero cuando él se le acercaba, cuando se sorprendía observándolo, era imposible no recordar vívidamente aquel acto de amor. Y entonces quedaba sin aliento. Por la noche, cuando no tenía nada con que distraerse, el recuerdo volvía a atacarla. Y lo que aumentaba su abatimiento era el miedo de que, si ocurría lo peor y se veía obligada a casarse, pudiera olvidar por completo todo lo que hacía de Emmett un esposo detestable y comprometerse por mero placer.
Podía decirse, una y otra vez, que eso no iba a suceder. Pero en otros tiempos habría negado que pudiera sucumbir a las tentaciones de la carne... y ya lo había hecho. De modo que las cosas podían suceder. Desear lo contrario no era gran consuelo.
Tampoco había querido llegar a Cardinia, pero allí estaba y pronto se casaría. ¿Cuándo se celebraría la boda? No sabía siquiera eso. ¿Dentro de algunos días, de una semana? Poco importaba; de cualquier modo sería demasiado pronto para su gusto. Y las excusas que hallaba para retrasarla no servirían durante mucho tiempo.
Una de esas excusas podía resultar bastante legítima, pues en realidad, a fuerza de preocuparse comenzaba a sentirse enferma. ¿O era el nerviosismo del próximo encuentro con la madre de Emmett? Si esa dama la recibía con los brazos abiertos, lo más probable era que le vomitara encima.
Rosalie se estremeció al imaginarlo. Entonces decidió retrasar ese encuentro con un pequeño desvío. Con ese objetivo en la mente, acercó su caballo al ruano de Emmett.
–¿Vives con tu madre, McCarty?
Él pareció sorprendido, pero sin duda fingía.
–¿Así que vuelves a dirigirme la palabra?
Era un juego que ella dominaba.
–Ah, ¿te diste cuenta de que no lo hacía?
Él renunció demasiado pronto, suspirando:
–Prefería no darme cuenta de que has vuelto a hacerlo.
–En cuanto a mi pregunta...
–No, no vivo con ella.
–Muéstrame dónde vives.
Esa vez la sorpresa fue auténtica.
–¿Ahora?
–Ahora, sí.
Él pensó en Fátima y en las exuberantes bienvenidas que le prodigaba después de la más breve ausencia.
–Es una residencia de soltero–objetó, sacudiendo la cabeza–. No sería decoroso llevarte allí antes del casamiento.
La negativa sólo sirvió para fortalecer la decisión de Rosalie.
–Si te preocupara el decoro no te casarías conmigo. Muéstrame tu casa, si no quieres que acampe aquí mismo, en plena calle.
–Te arrestarían.
–¿De veras?–Se interesó ella–. ¿No crees que yo preferiría una celda a...?
Él empezaba a enfurecerse.
–¿Por qué no una mazmorra? Se puede arreglar.
En Cardinia no había mazmorras, pero en ese momento Emmett habría podido construir una sólo para ella. Y tantas objeciones para no satisfacer una petición tan nimia comenzaban a despertar las sospechas de Rosalie.
–¿Hay algo en tu casa que no quieras dejarme ver?
–No, pero tengo mucho que hacer, ahora que he regresado, y eso no incluye una visita turística a...
–¡Muy bien!–Lo interrumpió ella, muy seca–. La veré otro día, cuando no estés presente, para no molestarte. Sin duda, en la casa de tu madre podrán indicarme cómo llegar.
Cualquiera de los criados de la condesa lo haría, sin duda, y si Rosalie se presentaba en su casa en ausencia de él, probablemente no ocurriría nada. Pero ella había amenazado con cortar demasiadas orejas; no convenía correr el riesgo.
–¿Piensas ser siempre tan complicada?–Preguntó, sin disimular su fastidio.
Ella le dedicó una sonrisa apretada.
–Tratándose de ti, McCarty, pondré mi mejor voluntad.
–En ese caso, bienvenida a mi humilde morada–dijo él en tono seco.
Y alargó el brazo para señalar la casa que acababan de dejar atrás.
Ella le echó una mirada agria.
–Esto no iba a llevarte mucho tiempo, ¿verdad?–Comentó con glacial sarcasmo, encaminando su montura hacia la casa, no tan humilde.
Emmett no respondió, pues estaba indicando a gritos a Lazar, que se había adelantado, que continuara la marcha con las carretas y los caballos. Cuando Rosalie cayó en la cuenta de que la dejaban sola con él, estuvo a punto de cambiar de idea. Pero en aquella casa de tres plantas, tan grande, indudablemente habría sirvientes. Si Emmett era tan rico como aseguraba, no despediría a sus criados para una ausencia de uno o dos meses.
Por lo visto, estaba en lo cierto, pues él se acercó a la puerta de calle y llamó para entrar. Mientras esperaban, Rosalie lo sintió más que irritado por esa molestia. Parecía... ¿nervioso? ¿Era posible que lo preocupara la opinión que ella pudiera formarse de su casa?
Muy dudoso. Debían de ser imaginaciones suyas. Por otra parte, ¿qué importaba? Su gran desilusión era que la casa estuviera tan cerca; de ese modo la visita no los retrasaría tanto tiempo como ella había esperado. Estaba cayendo otra vez en el abatimiento y en cierta apatía autodefensiva. ¿Qué importaba gustar o no a la madre de Emmett? ¿Qué importaba la mortificación de su padre cuando se enterara de su conducta? ¿Qué importaba perder a Royce si se efectuaba ese casamiento?
Al abrirse la puerta, Emmett recibió el saludo de un criado de voz cascada, que sorprendió a Rosalie simplemente por su tamaño. Era el hombre más alto y corpulento que hubiera visto en su vida, un verdadero gigante, ya muy anciano, de pelo blanco y lleno de arrugas. Por su aspecto debería haber abandonado el trabajo veinte o treinta años antes. Era demasiado viejo para mayordomo, cierto, pero al parecer esas eran sus funciones, pues empezó a dar órdenes a varios lacayos que esperaban y mandó a uno que se ocupara de los caballos. Era preciso reconocer que, en sus tiempos, no habría tenido ningún problema para alejar a los visitantes indeseables. ¿En sus tiempos? Con toda seguridad aún lo hacía sin dificultades.
Emmett le dijo (lo llamaba Maurus) que aún no podía quedarse, pero que volvería más tarde. Como no se molestó en presentar a Rosalie, ella no le prestó ninguna atención. En cambio se dedicó a contemplar aquel vestíbulo, uno de los más encantadores que hubiera pisado en su vida.
El suelo de mármol blanco reflejaba los tonos de la gigantesca vidriera instalada sobre la puerta, cuyo arco iris de colores convertía en joyas rutilantes las tres grandes arañas que pendían del techo del primer piso. Era un salón largo y bastante ancho, con una grandiosa escalera centrada en el extremo y corredores que se abrían a cada lado, para adentrarse en la casa.
Sobre el costado izquierdo del vestíbulo había muchas puertas cerradas; a la derecha, sólo dos juegos de puertas dobles; el primero estaba abierto y dejaba ver un trozo de alfombrado blanco. Rosalie vio también algunos muebles de palo de rosa, el tapizado azul celeste y oro de un sofá y algunos sillones, indicadores de que la habitación era una sala.
Además de las pinturas de todo tamaño que colmaban los altos muros, había varios espejos ornamentados con gruesos marcos; ante ellos, flores de invernadero dispuestas en pedestales o en repisas. Era muy agradable ver flores en invierno. Por sobre algunas rosas pálidas, Rosalie vio su propia imagen en uno de los espejos e hizo una mueca de espanto.
No estaba tan cubierta de polvo como de costumbre (los caminos por los que habían viajado el día anterior estaban bien mantenidos) pero el pelo se le escapaba en partes del gorro. También tenía una mancha negra en la barbilla, quién sabía de qué. Su ropa estaba arrugada, por supuesto, y tenía aspecto de exhausta, cosa perfectamente lógica. Aquel viaje, que se podía hacer en tres semanas, había requerido cinco por causa de las carretas, y todos los días Emmett los mantenía en camino durante casi todas las horas de luz. Sin embargo, sus ojeras se debían a la falta de sueño: esa vocecita que la molestaba en los últimos días era más insistentes cuando avanzaba la noche.
No sabía si alegrarse de ir con ese horrible aspecto a su primer encuentro con la madre de Emmett, o si dedicar algunos minutos a mejorar su presentación, ya que estaba allí. Por la ojeras no podía hacer nada, pero entre el personal doméstico de Emmett habría alguien que pudiera dar a su ropa un somero planchado. Y el pelo era fácil de...
–¡Amo!
Alexandra se volvió bruscamente. Primero vio que Emmett ponía los ojos en blanco; luego, siguiendo el sonido de los pies que bajaban apresuradamente la escalera, vio a una mujer menuda, de pelo negro, que vestía un vaporoso caftán de seda, de estampado floral, una prenda más adecuada para la alcoba. Parecía tener veintidós o veintitrés años y era exquisita; la larga cabellera negra le llegaba casi a las rodillas; tenía enormes ojos de color castaño oscuro, cuerpo delicado y grácil hasta en la carrera, facciones exóticas y sensuales.
Rosalie se limitó a enarcar una ceja y dijo a Emmett, antes de que ella se acercara: –¿Amo?
–Fátima era esclava cuando me la regalaron–explicó él, exasperado–. Yo le di la libertad, pero nació en un harén e insiste en llamarme...
A esa altura Rosalie tuvo que interrumpirlo, porque Fátima estaba junto a ellos, a punto de arrojarse a los brazos de Emmett.
–¡Quieta ahí!–Ordenó, con voz tan autoritaria que hubiera detenido a todo un batallón. La ex esclava obedeció al instante.
Lo extraño era que Rosalie no estaba enfadada, aunque las funciones de aquella mujer en la casa fueran bastante obvias. Días atrás se hubiera enfurecido, pero ahora su humor era tan lúgubre, tan desesperanzado, que no le quedaba mucho lugar para otras emociones. Si no hubiera tenido que mantener una conducta coherente ante los ojos de Emmett, tal vez no hubiera detenido a la muchacha; habría preferido retirarse en silencio para que los dos amantes pudieran disfrutar del feliz reencuentro. Al menos ahora comprendía por qué él se había resistido a llevarla a su casa. Y era evidente que estaba preparado para un ataque, como si esperara lo peor.
Ella le dio una sorpresa, pues se limitó a decir a Fátima: –Tendrás que buscarte otro sitio donde trabajar.
–¡Pero si vivo aquí, señora!
–Ya no. Tu 'amo' va a casarse.
Fátima se volvió hacia Emmett, como si pensara que, por ser el hombre, él debía decir la última palabra. Y para asegurarse de que decidiera en su favor, hizo aparecer gordas lágrimas en sus bonitos ojos.
Eso fue lo que enfureció a Rosalie. No había recurso femenino más deleznable que utilizar las lágrimas para apelar a los instintos protectores del varón. ¡Como si él los tuviera! Serían sus instintos sexuales los que entrarían en acción, pero no mientras Rosalie estuviera presente.
Emmett la vio desenganchar el látigo de su cinturón, pero antes de que pudiera detenerla ella ya lo había hecho restallar una vez. El ruido le devolvió el doloroso recuerdo de los cardenales que aún tenía, pero eso no le habría impedido detenerla, si ella hubiera querido hacer daño. Cómo Rosalie, después de restallar el látigo para concentrar la asombrada atención de Fátima, lo estaba enroscando otra vez, decidió no provocarla... ¡Cómo que no, diablos!
Le arrebató el flagelo de la mano, pero ella se limitó a echarle una mirada de disgusto, apuntando:
–Deberías recordar que siempre doy un aviso previo, McCarty... y tengo otros látigos.–Luego fijó su mirada azul oscura en la muchacha y advirtió, con expresión decididamente amenazadora–: Si quieres volver a compartir su lecho, tendrás que pagar un precio. ¿Estás segura de que quieres hacerlo?
Fátima estaba demasiado asustada para responder. Simplemente, lanzó un chillido y corrió hacia la parte trasera de la casa. Emmett no supo si correr tras ella, para asegurarle que su pellejo no corría peligro, por lo menos momentáneamente, o si retorcer el cuello a Rosalie. Dio un paso hacia su prometida.
Ella retrocedió, sin cambiar la expresión. Parecía a punto de arrancarle los ojos, pero lo que desató primero fue un ataque verbal.
–¡Eres el hombre más pérfido, libertino y despreciable de la creación! ¡Fuiste en busca de tu novia, pero dejaste a tu amante en tu casa! ¿No podías siquiera buscarle otra vivienda?
Le estaba gritando. Él respondió en voz muy baja, mientras la obligaba a retroceder un paso más.
–Fui a Rusia para deshacerme de una novia, no para traerla a mi casa. Supuse que tendrías el tino de ver que no haríamos buena pareja. Pero quédate tranquila, que mis otras amantes están en sus respectivas casas. Y Fátima estará instalada en otra vivienda antes de esta noche.
–Pero ¿no piensas deshacerte de ellas?
–Te advertí que no lo haría, preciosa. Puedes regocijarte, pues esto te da motivos para poner fin a este compromiso.
–No es sólo el pacto matrimonial lo que me obliga, grandísimo tonto, sino mi propia promesa de casarme contigo. ¿Cuándo vas a entender que esto se va a formalizar, hagas lo que hagas, con una sola excepción? Niégate a desposarme y todo se acabará.
Un paso más la puso contra la pared; él apoyó un brazo a cada lado.
–Este casamiento empieza a gustarme. Así podré dedicar el resto de mi vida a hacerte desdichada.
Rosalie estaba demasiado furiosa para dejarse intimidar.
–A la desdicha le encanta la compañía, 'precioso'–contraatacó–. No esperes que yo sufra sola.
Y, agachándose para pasar por debajo del brazo, marchó hacia la puerta.
ke tal? jeje
espero RR
