¿Jugamos? (parte XXVIII)


Después de desenredarnos, nos ponemos la ropa en silencio. Rehago mi trenza y salgo de la habitación notando aún esa sensación inestable en las piernas, con los ojos ardiendo después de todas las lágrimas.

Nadie se ha molestado en buscarnos mientras hemos estado allí metidos, lo cual es una suerte, supongo, aunque nada importe demasiado ahora mismo. Fuera, el ambiente se ha calmado un poco. Prim corre hacía mí en cuanto se percata de mi presencia en la reunión. No pregunta nada acerca de dónde he estado cuando me rodea con ambos brazos. En sus ojos también hay restos de lágrimas.

"Katniss…", me dice, y no dice nada más, sólo me abraza con fuerza.

Aunque me gustaría, no devuelvo el gesto a mi hermana pequeña. Me encuentro física y emocionalmente agotada; me siento vacía, y si hubiera sido por mí, habría permanecido en ese almacén mugriento durante un tiempo indefinido, con Gale a ser posible, o sola, porque Gale ahora parece no querer acercarse a mí. Ha huido a la otra punta del cuarto, y está hablando con Leblanc. Continúa teniendo los ojos tristes, y aunque sé que le duele igual que al resto la noticia que nos dieron hace un rato, también sé que en parte es culpa mía; culpa de lo que acaba de suceder en la habitación de al lado, porque a él preferiría que no hubiera sido así. Eso dijo.

Al poco se acerca mi madre. Prim desenvuelve los brazos de mi cuerpo y permite que ella intente consolarme.

"Todo va a estar bien, cariño", me dice, agarrando con ambas manos mi cara. "Ya lo verás. Estarás bien. Eres muy fuerte".

El contacto o sus palabras me derrumban del todo. No puedo hacer nada cuando mi respiración comienza a ser pesada, aparte intentar que entre más aire en mis pulmones absorbiendo cuanto puedo a través de la boca y la nariz.

"¡Katniss!", exclama mi madre. Está hiperventilando otra vez". Busca en sus bolsillos y encuentra una bolsita de papel marrón. "Toma, hazlo aquí dentro".

Agarro la bolsa e intento llevarla hasta mi cara, pero el mundo ya da vueltas. Mi madre se difumina, se detiene el tiempo, trato llamar a Gale para que acuda a ayudarme, y ese último esfuerzo hace que todo se transforme rápidamente en una profunda oscuridad. Todo está tan negro como una noche sin luna en la Veta.

Ya sé lo que ocurre cada vez que sucede esto. Me lo han explicado mil veces durante las últimas semanas. Yo trato de que meter más aire en mis pulmones porque siento que me asfixio, y lo que consigo es exactamente el efecto contrario: no me llega suficiente oxígeno al cerebro y me desplomo. El viaje que hace mi subconsciente hasta que vuelvo en mí, suele ser largo y bastante onírico. Recorro lugares en los que ya he estado, revivo situaciones y veo a personas que han muerto. Se parece a un sueño, pero es mucho más real. Estoy con Peeta, en la arena del Vasallaje, con el oído pegado a su pecho intentando escuchar algo, un latido inexistente. Después estoy con Peeta, en la cueva de los primeros Juegos, observando impotente como la herida de su pierna se vuelve más y más negruzca, temiendo que el muchacho de mi distrito no llegue a alcanzar la mañana. En la siguiente visión no estoy con Peeta, lo veo a través de una pantalla del Distrito 13, lleno de golpes, fuera de sí, advirtiendo de un ataque inminente a nuestra subterránea guarida... Las imágenes se suceden, en todas aparece Peeta, una y otra vez; vestido de tributo sujetando con fuerza mi mano; colocando flores sobre mi pelo en la azotea del centro de entrenamiento; besándome en la playa de la arena del Vasallaje; mirando entristecido nuestras manos entrelazadas, la de Gale y mía, la mañana después de los latigazos… Cada vez son más rápidas, cada vez más difusas. Las imágenes comienzan a repetirse igual que un mismo fotograma duplicado hasta la saciedad, pero él ya no aparece en ellas, estoy yo sola.

Entonces escucho mi propio grito… No, no es un grito, más bien es un aullido de dolor. Abro los ojos y veo a mi madre agachada a mi lado, poniendo una pastilla por debajo de mi lengua. La píldora no necesita agua, ya que se deshace sola en la boca. Me llevo la mano a la parte posterior de la cabeza, sintiendo el bulto de otro golpe y el dolor al palparlo. Continúo chillando hasta que la pastilla hace efecto, que por suerte, es pronto.


Y así paso las siguientes semanas. No puedo quedarme en el almacén, pues despierto a todos con mis gritos. Mi madre no hace más que ponerme pastillas azules por debajo de la lengua, y se queda conmigo algunas noches. Me han llevado a una de las casas de la Aldea de los Vencedores del Distrito (una de las que quedaban en pie). La habitación en la que me acuesto tiene las paredes de un cálido color salmón, mi cama, una mesita al lado, y un espejo. Sólo eso. Si no está mi madre conmigo, suelo despertar con mis gritos a Prim. Ellas se turnan para soportar mis silencios o mis bramidos cuando no estoy durmiendo; para obligarme a beber líquido o comer algo, y para darme las pastillas. Me niego a hacer nada más, y estoy pensando en dejar de comer o de beber también, para que la agonía termine cuanto antes. Para que todo acabe por fin.

Una de las veces que me despierto chillando, allí está Gale en lugar de ellas, sentado en el vértice de la cama. Él no coloca una pastilla por debajo de mi lengua para que me calme.

"Catnip", dice en voz baja. "No puedes continuar así".

Me incorpora suavemente para que beba algo de agua. Yo me levanto, pero no bebo, sólo poso los labios contra el cristal y los dejo allí, quietos.

"Katniss bebe, maldita sea", gruñe elevando la voz. "Aquí no podemos engancharte a un vial de suero, vas a deshidratarte si no bebes líquido". Parece enfadado. Mucho.

Mi reacción no es la que él quiere. Separo los labios del vaso y busco sus ojos; sé que los míos están al borde del colapso por como los siento arder. Él deja el recipiente con el agua sobre la mesilla, y me abraza sin apretar; sigue temiendo que me rompa. Suspira contra mi hombro desnudo, y posa la frente contra mi piel desnuda. Han decidido que la vestimenta más adecuada en mi estado es un es un simple camisón y como yo no estoy para tomar decisiones ni siquiera respecto a eso, no lo discuto.

"Lo siento", me dice al rato. "No quería hablarte así". Se aleja unos centímetros para volver a mirarme. "Será mejor que deje que tu madre y tu hermana te cuiden… Verte tan…, verte en este estado me saca de mis casillas".

Intento hablar; responder con algo a eso, pero tengo la boca pastosa y mi saliva parece cemento armado. Agarro yo misma el vaso con agua y doy un pequeño sorbo.

"¿Dónde están ellas?", pregunto después de beber. Mi vos suena diminuta, susurrante y hueca

Gale se sujeta el puente de la nariz entre el dedo índice y el pulgar, parece realmente superado por la situación.

"Les dije que yo me ocuparía de ti esta noche. Ellas… necesitan un descanso. Prim no es más que una cría. No para de llorar cuando no está contigo, y tu madre…". Deja de hablar por un momento, su mirada se ensombrece, su gesto se agria. "Tu madre está desolada al ver que tú te comportas igual que ella lo hizo; que no eres mejor. No hace más que maldecir a la genética, Katniss; y desde que la conozco, es la primera vez que la escucho hablar con palabras malsonantes".

Enseguida noto que vuelvo a hiperventilar, la falta de aire, la sensación de mareo. Busco la bolsa de papel que usa mi madre para controlarlo, pero no aparece por ninguna parte, solo encuentro la cara de decepción de Gale, sus labios arqueados formando una mueca. Y entonces… los beso. Vuelvo a recuperar el aliento; abro su boca con la lengua y descubro una sensación cálida al entrar allí. Un calmante instantáneo, igual que las pastillas por debajo de la lengua.

Enredo las manos en su pelo y tiro de él hacia el colchón, besándole más fuerte, tratando de sacar provecho de todo su aire. Él se retuerce y me suelta.

"Para", dice con voz ronca. "No vuelvas a hacer algo así".

Parpadeo. Saco energía de alguna parte y me coloco encima de él, a horcajadas. Intento volver a besarlo, pero él me agarra las muñecas con ambas manos y aparta la cabeza.

"Te he dicho que pares, Katniss", reitera, sujetándome con tanta fuerza que está cerca de hacerme daño.

"¿Por qué, Gale?", le pregunto. "¿Por qué no vamos a hacerlo si funciona? Tú dijiste que lo hacía, y es la verdad". Sollozo, desesperada, notando lágrimas resbalarme por las mejillas.

"Pues conmigo no va a volver a suceder. No tenía que haber pasado nunca No así". Contesta. "No así", repite suavizando el tono de voz.

Me baja de sus caderas y me devuelve a la cama.

"Intenta volver a dormirte".

"Pero quédate conmigo".

Me desprecio a mi misma. Odio oírme suplicar de esta manera, estar tan débil, sentirme tan, tan muerta y a la vez fuera de mí. No quiero estar sola. No quiero estar acompañada. Es tan sencillo como que no quiero estar.

"Me quedo, pero tienes que tranquilizarte y dormir. No puedes pasarte la vida drogada, intenta hacerlo por ti misma".

Gale se acuesta a mi lado, envolviendo un brazo por encima de mi cintura y apretando mi cuerpo contra el de él, igual que cuando estábamos huyendo del Capitolio, en aquella tienda de campaña. Me besa en el cuello brevemente, y repite que me duerma contra mi piel. Por alguna razón, lo hago. Y por alguna razón, no vuelvo a despertarme durante el resto de la noche.


El tiempo, o las horas, dejan de tener sentido por completo hasta una mañana; no la siguiente, sino una muchos días después.

Sé que es por la mañana porque Gale entra atropelladamente en mi cuarto, sube la persiana y corre las cortinas de la ventana de manera muy enérgica. La luz me hace daño en los ojos y tengo que tapármelos con las sábanas. Cuando las bajo, y logro ver algo, encuentro a Johanna y a Haymitch también en la habitación.

"Se acabó el letargo, princesa", me dice el segundo.

Escuchar la palabra, recordar a Peeta, envía un latigazo por toda mi columna, me chupa el calor, me deja helada. Busco con una mano temblorosa alguna pastillita sobre la mesilla que está al lado de la cama, pero no están. Sigo buscando, en el cajón de ese pequeño mueble, pero Gale se acerca, aparta mi mano bruscamente y cierra el cajón.

"Ya es suficiente, Katniss. Levántate. Vamos a marcharnos del 8".

"No puedo, y no quiero", grito inesperadamente. Sorprendida de conservar todavía una pizca de voz.

Johanna se acerca, furiosa, y me quita las sábanas de encima de un solo tirón.

"¿Crees que eres la única a quién le duele, descerebrada? ¿Eh? ¿Piensas que los demás no estamos igual de jodidos que tú?", me pregunta.

Sus palabras me conducen directa a otro ataque de llanto descontrolado. Nadie hace nada para consolarme esta vez. Por el contrario Johanna prosigue, cada vez más roja, con cada vez más rabia.

"Siempre has sido una desconsiderara egoísta", escupe, como si las palabras se le estuvieran acumulando en la boca. "Te importa una mierda por lo que pasen los demás, te crees que el mundo gira alrededor de tu maldito ombligo". Parece que no pueda parar. "¿Crees que eres la única que ha pasado por los Juegos? ¿La única que ha perdido a gente?", chilla, enloquecida. "Pues no, maldita descerebrada, no es así. Yo perdí a todo el mundo, Haymitch también lo hizo y Gale vio arder a todo tu puñetero Distrito 12, sin poder salvar más que a unos cuantos. ¿Crees que eso no deja secuelas, niñata estúpida?".

"¡Para, Johanna!", exclama Gale con aspereza. "No es necesario que le digas todo eso. Ella… no puede evitarlo".

"¿Todavía te quedan ganas de defenderla, Gale?", replica ella con la misma acritud. "¿No has visto suficiente? ¿No has tenido suficiente?".

"Johanna, cierra la boca", le ordena Haymitch. "Lo último que necesitamos ahora es que le de otro ataque de pánico de esos, sin que esté su madre para poder ayudarla".

Johanna cierra el pico, y ella misma tira de mí, para que me incorpore. Como apenas he comido en las últimas semanas, no tengo la fuerza necesaria para impedirlo, y ella es una chica fuerte. Al ponerme de pie, siento que las piernas son incapaces de soportar el peso de mi cuerpo, me tambaleo hacia los lados, se me nubla la visión otra vez.

Gale se apresura a cercarse y sujetarme por el otro brazo.

"Estás muy débil", me dice, su voz tiene esa cadencia suave que usa conmigo a veces. "Abajo te hemos preparado un baño. Primero comerás algo sólido y después te ayudaremos a que te laves, ¿está bien?".

Escucharlo hablarme así me tranquiliza, es el mismo tono que utiliza para avanzar hacia sus presas moribundas antes de darles el definitivo golpe de gracia, pero es calmante. Pero sigo necesitando urgentemente colocar una de esas pastillas azules por debajo de mi lengua.

"¿Por qué no están aquí mi madre y Prim?", le pregunto, sólo a Gale, mirándolo con mi mejor cara de dar lástima para ver si consigo que vuelvan a dejarme en la cama.

"Ellas no iban a ser capaces de levantarte a la fuerza", contesta, y entre él y Johanna comienzan a conducirme hasta la puerta de la habitación. Haymitch camina unos pasos por detrás de nosotros.

Bajamos a la primera planta de la casa. No hay nadie más que nosotros allí dentro, o al menos no se escuchan otros ruidos aparte de nuestras pisadas sobre el suelo de madera, y mis fatigadas respiraciones por el esfuerzo que estoy realizando al tratar de caminar. En la cocina hay un cuenco preparado sobre la mesa, un gran pedazo de pan depositado a su lado. Me sientan frente a la comida y los tres permanecen de pie, observándome.

"Come, preciosa. Vas a encontrarte mejor en cuanto lo hagas", me dice Haymitch. Está intentando poner una voz suave para mí, para no asustarme más de lo que estoy, pero obviamente, fracasa en su intento. Haymitch no es suave ni poniéndole mucho empeño.

Escucho a Johanna resoplar sonoramente tras mi nuca.

"Yo me largo", nos informa. "Tengo que ver cómo está el pequeño Finnick, y no tengo claro que valga la pena perder más tiempo con… con ella. Honestamente, Gale, no creo que vaya recuperarse nunca. Deberías de asumirlo. No parece que tenga ninguna intención".

Miro a Gale, tratando de leer su expresión cuando él clava los ojos en Johanna. Hay fuego en ellos, pero se muerde la lengua para no hablar. Sonrío brevemente, para mí misma, al saber que mi amigo al menos conserva algo de fe en mí. Cuando él tuerce la cabeza para comprobar si como, vuelvo la vista rápidamente al cuenco; contiene un puré denso, y por su olor dulzón, resulta imposible identificar de qué estará hecho. Gale se sienta en la silla de mi lado y coloca una cuchara en mi mano derecha.

"Come Katniss", me ordena, porque su voz es imperativa esta vez. Tiene un amplio registro de voces para usar conmigo.

Le obedezco, aunque me cuesta un infierno tragar cada una de las cucharadas que me introduzco en la boca; y tengo que beber agua, pequeños sorbos con cada una, para pasar el trago. Tardamos muchísimo hasta que termino, y con el pan es imposible, por lo que me permiten dejarlo. Ni Gale ni Haymitch me presionan, sólo me observan atentamente, y me aclaran cuando pregunto qué es ésto, que la crema espesa que ingiero es algo que ha preparado mi madre para mí. Un compuesto de plantas revitalizantes, partes de animales especialmente proteicas, y bien de glucosa. Un mejunje para que consiga moverme sola tras un mes de inmovilidad y ayuno.

"¿Te ocupas tú de la parte del baño?", pregunta Haymitch a Gale una vez que he acabado.

Gale suspira antes de contestar: "En un principio iba a hacerlo Johanna, pero supongo que ella", dice mirándome, "preferirá que lo haga yo antes que tú".

"No te quepa duda, muchacho", repone Haymitch, acercándose para ayudar a que me ponga de pie.

"Puedo hacerlo sola", gruño cuando agarra mi antebrazo.

Haymitch me suelta encantado, y se dirige a Gale.

"Toda tuya, chico. Avísame cuando terminéis".

Gale me conduce hasta el cuarto de baño de la planta baja de la casa sin que yo oponga resistencia. Allí hay una bañera repleta de agua. Una vez dentro, se queda observándome, dudoso de por dónde empezar, o cómo continuar con la misión: limpiar a Katniss, que ella es incapaz de hacerlo por sí misma, y está mugrienta y sudorosa, tras un mes sin hacerlo.

"Ya te he visto desnuda…", comenta, no sé muy bien si a mí o para sí mismo, o para el mundo en general, porque lo suelta al viento. "Así que… espero que no sientas ningún tipo de vergüenza. No puedo dejarte sola aquí dentro".

Espera un poco más, para ver si comienzo a quitarme la ropa solita, pero al ver que no lo hago se aproxima y empieza a deslizar los tirantes del camisón por mis hombros, luego por los brazos, dejando que sus dedos me rocen ligeramente durante el recorrido. Su tacto, como casi siempre, es agradable y hace que cierre los ojos durante una milésima de segundo.

Entre que la prenda no es mía, y que me queda enorme, la tela se desliza hacia abajo fácilmente. Cubro mis pechos con ambos brazos, más por una cuestión de inercia que por pudor en el instante en que lo hace, y continuo inmóvil.

"¿No piensas colaborar?", me pregunta, todavía demasiado cerca como para que yo pueda articular alguna respuesta coherente. Ante mi silencio, Gale se agacha y levanta mis piernas para terminar de deshacerse de la prenda, aunque la ropa interior parece que no se atreve a tocarla, y la deja donde está.

Después agarra mi antebrazo y me gira hacia el recipiente a punto de desbordarse de agua que es la bañera.

"Apóyate en mi", dice con suavidad. "No quiero que te resbales al entrar". Es imposible no hacerle caso cuando Gale habla de esa forma, así que acepto su mano y meto ambas piernas dentro del agua, que está hirviendo.

Gale se asusta al ver mi cara.

"¿Demasiado caliente?", pregunta alarmado. "¿Necesitas más agua fría? Puedo traerla, hemos tenido que calentarla en la cocina porque ni siquiera en estas casas hay agua caliente ahora… igual nos hemos pasado, pero si quieres…"

Lo miro a los ojos. Nuestras manos siguen unidas.

"No", digo tajante. "Prefiero que me arda la piel".

Me siento en la bañera soltando su mano, y enseguida me encojo, apretando las rodillas contra mi pecho y apoyando la frente sobre ellas. Siento a Gale agacharse a mi lado, en cuclillas, sujetándose con una mano en el vértice de la bañera que comienza a desbordar. Se está empapando.

"Vamos, Catnip", susurra pasando su mano libre a lo largo del hueso de mi columna. "Pon un poco de tu parte. Por favor".

No me muevo.

"Por favor".

Giro la cabeza para verlo, sin levantarla de las rodillas.

"¿Qué es lo que ha pasado en este tiempo, Gale?", le pregunto. "¿Dónde nos vamos?".

"Vamos al 3. La mayoría de los Distritos se ha rebelado contra el Capitolio… contra Coin", comienza a explicarme. "Pero la población quedó muy diezmada después de la guerra… la gente está… está muy agotada de luchar, aunque sigan queriendo. Necesitan algo que vuelva a unirlos, que les dé la fuerza necesaria para hacerlo".

Noto que me empieza a temblar el cuerpo cuando intuyo cuál es la fuerza que pretenden usar para unificar a los Distritos; cuando me veo de nuevo cargando con las alas del Sinsajo. Una vez más, Gale logra leerme el pensamiento.

"No te alarmes, Catnip", me dice, deshaciendo los restos de la trenza que me ha hecho Prim cada mañana desde que decidí no levantarme. "No será el Sinsajo. Plutarch ha encontrado un nuevo símbolo. Un mártir para la causa. Ella hará tu papel. Aunque esté muerta, todavía puede ayudar".

"¿Ella?", pregunto insegura, repasando mentalmente a las personas fallecidas que podrían servir para el papel. Tengo la mente nublada, pero enseguida caigo.

"¿Minerva?".

Gale no contesta, solo se dedica a echar cazos de agua hirviendo por encima de mi cabeza, haciendo que el pelo se me pegue a la piel. Pienso en las galletitas con el búho que empecé a observar por todas partes antes de que Leblanc nos diera la noticia de lo que había sucedido con su país y con Peeta. Noto un pinchazo en el pecho al pensar en él, aunque es menos agudo que otras veces.

"Las galletas rancias...", razono en voz alta. "¿Fueron idea de Plutarch?", pregunto a través de la cortina de agua que Gale sigue tirando sobre mí.

Él se detiene para ofrecerme un pedazo de tosco jabón.

"Toma", me dice. "Frótate con esto. Te hace falta".

Empiezo a hacerlo sin rechistar, intrigada por el tema de las galletas y Minerva. Gale usa un jabón líquido para limpiarme la cabeza. La sensación de sus manos en mi cuero cabelludo, sus uñas clavándose ligeramente en mi piel, hace que me estremezca y permanezca muy quieta durante unos momentos, hasta que me acostumbro al contacto. Cuando estima que ha acabado vuelve a mirarme fijamente otra vez.

"Plutarch pensó que si había funcionado contigo, podría volver a funcionar. Se las apañó para hacer que las fabricasen en el once… para poner en marcha de nuevo el boca a boca. Par difundir la idea, usando a los soldados del 13 que consiguió poner de nuestra parte en el Capitolio como vehículo de distribución. Han llegado a todos los distritos, Katniss. La gente ha vuelto a captar el mensaje".

Parece esperanzado. Yo, por mi parte, arrugo la cara con extrañeza.

"¿Qué tiene que ver el búho con Minerva?", pregunto, con la intención de comprender mejor la estrategia.

"Es un símbolo, igual que lo era el Sinsajo. Al parecer era el animal asociado a la antigua diosa Minerva", me aclara. "Pensó que a la gente —ignorante en líneas generales, según él— de los distritos, les serviría cualquier animalillo, sobre todo si también era un pájaro; y a las personas que todavía quedan del antiguo Capitolio, el búho les valdría para evocar esa mitología que tanto les gusta".

Gale me mira, comprobando que lo entiendo. Yo sólo digo: "ah", y él sigue hablando.

"Plutarch me ha estado explicando. Minerva era la diosa de la sabiduría y la guerra, la protectora de la antigua ciudad de Roma. Y él sabe bien cómo funcionan las mentes capitolinas. Creyó que sería una buena manera de poner de nuestro lado sus volubles mentalidades".

"¿Y está funcionando?", quiero saber.

Gale, a quién siempre le ha resultado imposible permanecer quieto mucho tiempo, empieza a aclararme la cabeza dejando caer de nuevo cazos de agua caliente por encima de mí. Su presencia y el agua, hacen que me sienta mucho más relajada.

"De momento, funciona".

"¿Y la epidemia?".

"En el 8 está remitiendo. Leblanc trajo lo necesario para tratarla. Vamos a mover la vacuna por el resto de distritos, junto a las galletas. Esperamos llegar a tiempo".

Cierro los ojos y dejo en silencio que él enjuague el jabón. Necesito hacer más preguntas. Necesito saber qué les ha llevado a los cerebros a decidir que nos movamos al Distrito 3; cuáles son los planes; cómo vamos a irnos si ahora además tenemos un bebe de poco más de un mes del que cuidar; qué es lo que ha pasado con ese crío y quién se está haciendo cargo de él. Pero no cuestiono nada más, ni me muevo, permitiendo que otra persona se ocupe de mí, concentrándome de nuevo solamente en los suaves movimientos de las manos de Gale y la sensación del agua resbalando por mi cabeza.

Creo que empiezo a despertar.