Si algún día decides volver
.
Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia. Contiene escenas sexuales +18. No apto para personas sensibles.
Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos. La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.
Recomiendo: What's the reason? — Anneke van Giersbergen.
NOTA DE AUTOR: Pido disculpas por mi gran desaparición. Debo atribuir la culpa a varios factores. Primero: necesitaba un espacio para mí, a veces es necesario y el escribir me estaba distrayendo demasiado, por lo cual no podía seguir. Segundo: tengo muchísimas cosas que estudiar y la verdad es que en estas semanas debía prestar mucha atención a eso. Tercero: tuve un par de problemas con Word, así que como no podía abrirlo entonces no podía escribir. Ruego que me comprendan por esto, sé que lo había dejado en la mejor parte y eso no me lo perdonaré jamás :( . Pero no volverá a suceder, ahora tengo el tiempo para seguir con esto y las actualizaciones volverán a como eran antes sin demoras. ¿Espero que sigan al pendiente de esta historia, que ya viene lo mejor!
¡A disfrutar!
.
Capítulo XXVII
.
Isabella POV
Tengo las manos sudorosas, frías y temblorosas, envueltas y enredadas en la carta que hay en mis manos. El papel está algo arrugado y amarillo, como si hubiese pasado por muchas guerras antes de llegar a su destino. En el centro está mi nombre y atrás el lugar de donde proviene, como también quién me la está entregando: Carmen desde Forks.
¿Qué puede decirme Carmen que ya no me lo haya dicho por teléfono? La última vez admitió que mi madre no aceptó mi dinero, que incluso lo escupió. Por eso lo ocupó a escondidas, para que mi madre comiese bien. Me sentí mal cuando supe que lo rechazó, aunque luego descarté ese dolor en mi pecho, pues ya no podía seguir sintiéndome de esa manera, más cuando aquel dinero venía de un trabajo tan sucio. Es válido que lo deseche.
Me paseo por la habitación y escucho el sonido de la puerta que se abre a mis espaldas. No tardo en oler el perfume de Alice y verla en el reflejo de mi espejo. Lleva un conjunto bastante bonito de no ser por el uso que le dará en unos minutos. Lleva un maquillaje exorbitante; de seguro al cliente le encanta aquello.
Me pone su pequeña mano en mi hombro y frunce el ceño.
—¿Qué sucede? —me pregunta.
—Me ha llegado esto —le digo, señalándole la carta que hay en mis manos.
—¿Es de tu madre?
Niego lentamente.
—Ojalá fuese ella. Es mi prima. No sé qué querrá.
Me rodea con su brazo y se sienta a mi lado. Nunca he sido una mujer efusiva ni de abrazos dulces, pero ésta vez necesitaba de esa mismísima dulzura, y la única persona capaz de brindármelo era mi mejor amiga. Ella era amor y rosas, un caramelo dulce que todos adorarían tener a su lado. Yo estoy podrida.
—Pues ábrela —me insta con su característico tono de voz—. Quizá sea importante.
Siento una punzada en mi pecho, de esas que no debería dejar pasar.
—No sé por qué, pero no quiero abrirla —le digo.
—Bella, sea lo que sea debe ser sumamente importante. —Me acaricia el hombro con su mano y luego mi mejilla.
Asiento, dándome un rápido respiro hasta llenar mis pulmones hasta su tope. Con la garganta apretada tomo la lima de uñas y rajo el extremo izquierdo, de manera que el papel se corta regular de principio a fin. Suspiro y meto el dedo índice, quitando el suave papel de arroz, el cual lleva adjuntado un papel amarillo que me llama súbitamente la atención. Tiene el escudo estadounidense y el símbolo militar. ¿Qué puede decirme Carmen sobre las fuerzas armadas del país? No tiene mucho sentido.
—Léela. Si quieres me voy y…
—No. Quédate —le pido. Algo me dice que yo no podría con esto a solas.
Deposito el papel de arroz sobre la encimera y la desdoblo con cuidado, el papel es tan frágil… Es una carta extensa, la letra está corrida y la tinta parece incrustada en la hoja, puedo sentir el nerviosismo de mi prima, el dolor…
De primer momento solo pienso en mi madre y en la posibilidad de que algo le pudo haber ocurrido. Leo de inmediato, imaginando lo peor. Quizás Phill volvió a molestarla, recordando lo de mi aborto. O quizás se ha sentido mal otra vez… recuerdo que ella, unos días antes de huir, presentaba graves dolores de estómago.
Mientras mis ojos repasan las oraciones de saludo, salto hasta ver que en primer lugar dice 'Edward' claramente y sin rodeos. Dejo de leer al sentir el dolor en mi pecho, es como un presentimiento de esos que no puedes dejar pasar. No sé cómo es que mis manos sujetan con tanta fuerza la hoja, parece arrugada ya y ni siquiera he acabado de leer.
Carmen se refiere a Edward con delicadeza, diciéndome que él había decidido por voluntad propia ir hacia la guerra… La guerra de Vietnam. La bilis me sube por la garganta y una sacudida en mi cerebro me hace saltar desde donde estoy sentada.
—¿Sucede algo malo? —me pregunta Alice, lo que me alienta a mantener la compostura.
Niego, taciturna. Aún no quiero creer que algo malo le ha sucedido a él.
Sigo leyendo con una rapidez que me impresiona, no sé cómo puedo hilar las palabras de una manera tan incoherente. Repaso una y otra vez la oración sin poder creérmela. No, claro que esto es una broma.
Edward ha muerto… Edward explotó en una trampa… Edward se ha ido… Carlisle está destrozado… Lo último que dijo antes de irse fue tu nombre…
Doy un grito ahogado cuando acabo. No hay palabras ni abrazos que me ayuden a sopesar el frío que tengo en mi cuerpo. Es una amargura que ha invadido mi sangre, duele y arde hasta llegar a mi corazón. De pronto recuerdo que estoy viva y él no.
Alice me toma de los hombros y me pregunta una y otra vez qué ha sucedido. Con la garganta atestada en lágrimas hago un ruido ininteligible, mas no puedo hablar. Abro una vez más el sobre y encuentro aquel papel amarillo del ejército, ese que dice claramente que Edward Anthony Cullen ha muerto.
Lo único que queda en mí es el dolor de no haberle dicho jamás cuánto le amaba y cuánto ansiaba estar en sus brazos.
.
Me remuevo lentamente con los ojos cerrados, lo único que siento es el calor abrasante que me envuelve con fuerza. Una suave respiración choca con mi rostro y yo abro los ojos lentamente para encontrarme con su rostro pacífico, durmiendo con una tranquilidad impresionante.
Estoy desnuda junto a él, con nuestras piernas entrelazadas al igual que nuestros dedos. Lo único que nos protege del exterior es el edredón que ha puesto sobre nosotros. Me atrevo a suspirar y me apego a su cuerpo; está caliente. Me río.
Me separo solo un poco para observarlo con mayor detenimiento. Es tan guapo. Otro suspiro se escapa de mí al notar sus ruborizadas mejillas, sus pestañas largas y sus labios carnosos. Paso mi mano por su cabello cobrizo, está más desordenado que de costumbre. Luego paso mis dedos por su quijada y después por su pecho.
—Pronto lo sabrás todo —le susurro—. Espero me perdones.
Beso suavemente su pecho.
Edward murmura algo, pero no está despierto. Me abraza una vez más entre sueños, como si necesitara de mí. Yo también te necesito, pienso.
Los recuerdos de lo que sucedió la noche anterior me paraliza por completo, lo que da lugar a una satisfacción profunda. Sonrío y me muerdo el labio inferior, encantada por mis recuerdos. No podría volver a huir de él, lo quiero para mí todos los días de mi vida si es que lo permite. Soy feliz a su lado, no hay otra forma de expresarlo.
Pero también soy consciente de lo que he soñado, o más bien recordado. Mi subconsciente parece querer contrastar el dolor que sentí en un pasado y en todo lo que estoy sintiendo ahora. Se lo agradezco en cierta parte, no hay felicidad sin haber sentido dolor. Si tan solo hubiese sido verdad no estaría entre sus brazos, y esa posibilidad hace que mi corazón se estruje con demasiada fuerza.
Quiero decirle que lo amo con fervor, pero no ahora, no es buena idea luego de hacer el amor.
Beso sus labios entreabiertos y él se despierta. Me observa con sus ojos de miel, parecen sorprendidos.
—Buenos días —me atrevo a decir.
Edward me sonríe y me devuelve el saludo con un beso que atrapa mis labios por varios segundos.
—Buenos días —dice al separarse.
Con otro movimiento instantáneo me abraza, apretándome fuertemente con sus brazos. Lo único que puedo hacer es abrazarlo yo también y fundirme en su cariño. Sé que está feliz, incluso puede que más que yo, no lo sé. Sus ojos brillan y lo único que veo es su amor.
—Siempre cabe la posibilidad de que no estuvieras a mi lado hoy en la mañana —me susurra.
Frunzo el ceño y me separo.
—No digas eso —mi garganta se aprieta, por la cual mi voz sale grave y triste—. Quiero que sepas que fue la segunda mejor noche de mi vida —le confieso.
—¿Y cuál es la primera? —inquiere con suspicacia.
—Cuando me hiciste el amor por primera vez —susurro—. Todos los días recordaba tu olor, tu rostro y tus labios cuando estabas haciéndome tuya.
Se sonroja y yo también. Somos unos niños otra vez. Es increíble lo rápido que podemos avergonzarnos como lo hacíamos antes. Quizá eso nunca cambie.
—Cada vez que te miro es el mejor instante de mi vida —me dice sobre mis labios, acariciándolos con los suyos.
Lo beso, enamorada. Dios, Edward me volverá loca. ¿Qué decirle a un hombre que te deja completamente muda?
—Gracias por tu paciencia, de verdad, debiste haberme mandado a la mierda cuando tu orgullo lo dijo —le digo, algo entristecida. No quiero que vuelva a sufrir por mí, me duele tanto verlo triste.
Edward toma mi rostro entre sus manos y me besa la frente, luego la nariz y los labios.
—Mi orgullo es débil frente a tus ojos —confiesa—. La verdad es que yo soy débil frente a ti.
—No es justo —digo, asqueada de mí. Soy una tonta… —Edward, de verdad lo siento, lo siento muchísimo. Por huir, por no ser sincera contigo, por no expresar lo mucho que te quiero desde la primera vez que sentí esto por ti. De verdad perdóname por volver y salir corriendo, es tan solo que… —no puedo encontrar la palabra correcta— verte fue una sorpresa. Estaba tan enfrascada en mi mundo, en mi porquería, no pensé volver a ver a la única persona que me ha hecho feliz los últimos años de mi vida. —No me doy cuenta cuando una lágrima cae por mi ojo derecho.
Niega ligeramente con su cabeza y me abraza con fuerza, de manera que acabo asfixiándome entre sus brazos gruesos. Su aroma en la mañana es incluso más embriagador, su piel y mi piel, el roce. Quita las pocas lágrimas que he derramado con sus dedos y besa mi mejilla, su barba incipiente me roza y me hace sonreír.
—No merezco esto —le digo.
—Claro que no mereces a alguien como yo. Tú eres preciosa, talentosa, increíble…
—Tú también lo eres —le interrumpo, no me gusta que piense mal de él mismo—. No tienes ni idea de lo hermoso que eres, Edward —le confieso, tomando su rostro con mis manos.
Mira hacia la derecha, confuso y avergonzado, mientras se aferra a mi cintura. Yo hago dibujos imaginarios sobre su pecho, tirando levemente de algunos vellos claros.
—Tu talento jamás lo he podido encontrar en otro lugar —me sincero—. Siempre has sido tan único, tan… bueno. Una persona como yo no merece un alma tan bondadosa y pura.
Sonríe como si yo estuviese demasiado equivocada para rebatirme.
—¿Qué te hace pensar que tú no lo eres? —me pregunta directamente.
Me quedo sin palabras, no quiero decir más de la cuenta. Si bien quiero contarle absolutamente todo, creo que este momento no es el más indicado. Necesito que esté tranquilo y consciente de lo que confesaré. No, ahora no es bueno.
—La nueva Isabella es distinta, muy distinta a esa niña que dejé aquí —le susurro.
—Claro que no —me rebate—, hace solo unas horas vi a esa niña, la que me acompañaba en mis sueños. No has cambiado, solo… quieres hacerlo.
Claro que quiero hacerlo, cometí demasiados errores cuando era esa niña inconsciente.
—Sabes lo mucho que te hice sufrir cuando te dejé aquí, ya no quiero cometer los mismos errores.
—Volvería a sufrir incluso peor con tan solo estar contigo —dice, mirándome directamente a los ojos.
—Yo también quiero estar contigo —susurro—. Solo que no sé si te haré bien.
—Mírame y dime si me veo horroroso.
Lo miro, sin entender. Sonrío, porque jamás podría verse horroroso. Son sus mejillas ruborizadas y sus ojos con ese brillo particular que me hacen sentir movimientos preciosos en mi estómago.
—Eres el hombre más hermoso que jamás podría conocer —murmuro, acercándome a sus labios.
Antes de que pueda besarlo, él agarra mi barbilla impidiéndolo.
—Ese es el efecto que provocas en mí —dice, rozando su nariz con la mía—. Me liberas de una forma inimaginable. Desde aquella vez que te sentaste a mi lado en matemáticas, todo cambió. Siempre fuiste la chica más hermosa de la escuela, aquella que todos giraban para contemplar o envidiar.
Me siento incómoda con sus palabras, sobre todo porque jamás he aceptado que me vea de esa manera. Si tan solo él se viese a sí mismo de la misma manera en la que yo lo hago… Aunque claro, todo cambiaría si fuese mutuo.
Pero Edward no ha acabado su ataque de sinceridad, parece recordar tantas cosas que jamás se había atrevido a decirme.
—Me inspiras —susurra. Su hálito cálido me invade y doy un brusco respingo—. Tu belleza me inspira y… te quiero. Te quiero y sé que lo he dicho muchas veces, pero hoy y en este mismo momento quiero que lo recuerdes para siempre.
Asiento.
—Hoy te quiero como la mujer que soy —le susurro, hambrienta de sus labios. Pero él insiste en sostener mi rostro, evitando que lo haga. Me observa con los ojos entrecerrados, analizándome—. Ya no soy tu mejor amiga, soy Isabella, la mujer que es completamente tuya.
Su sonrisa torcida asoma y de inmediato junta sus labios con los míos, provocando que nuestros cuerpos caigan nuevamente en la cama. Enredo su cintura con mis piernas y lo aprisiono; no quiero que escape y yo tampoco pienso hacerlo. Acaricia sutilmente mi muslo desnudo y yo aprovecho de enlazar mis brazos con su cuello. Cuando el aire se acaba y nuestro esfuerzo por seguir se esfuma, nos quedamos jadeando en la boca del otro, robando el oxígeno exterior.
—Si me tienes de esta manera no seré consciente de lo que haga contigo —me amenaza.
Dios mío, jamás había visto a Edward con este tipo de comentarios. Y me encanta.
—Quiero saber de lo que eres capaz —ronroneo.
Vuelve a besarme de manera voraz, devorándome. Pero mi estómago gruñe, despiadado, y acaba asesinando el momento. Frunzo el ceño, pues Edward se separa.
—Creo que tienes hambre —me dice divertido.
—Sí, de ti —gimo, volviendo a besar sus labios.
Se separa nuevamente.
—Tienes que comer algo.
—A ti.
Esbozo una sonrisa pecadora y risueña. Edward niega lentamente con su cabeza.
—Luego podemos hacer lo que queramos —me promete, guiñándome un ojo.
Le sonrío y me muerdo el labio inferior. Le doy un casto beso.
—Quédate aquí. Te prepararé el desayuno.
—Me has robado la idea —finge enojo desmedido. Yo me río.
Beso su pecho y lo tapo hasta el abdomen con el edredón y las sábanas.
—Hoy me toca a mí darte todo mi amor —le digo, algo sonrojada por mis palabras. Nunca he sido muy demostrativa en estos sentidos, pero hoy siento que soy una caja a punto de estallar que necesita expulsar las cosas ya. Edward me observa con amor—. ¿Qué quieres? —le pregunto mientras lo beso—. ¿Panceta? ¿Huevo?
Acaricia mi mejilla con sus dedos y besa mi frente. Sus ojos de miel me repasan con un amor que me perturba. Necesito separarme de él, solo un momento, pero estoy estancada en mi posición, sin poder dejar de observarlo como lo hace conmigo. Pero me levanto de la cama, desnuda y desprotegida. Intenta no mirar, pero no puede evitarlo; sus ojos se han oscurecido.
—Todo lo que me hagas estará bien —susurra con timidez. Jamás le ha gustado que le sirvan, y es lo que más he adorado de él, desde que lo conocí.
Tomo su camisa y me la pongo, a pesar del recuerdo que llega a mi cabeza. Jessica también lo hizo. Cuando la vi fue perturbador. Intento no seguir con eso y mandar su recuerdo a la basura, ella ya no tiene por qué estar entre nosotros.
Su camisa es bastante grande, por lo que alcanza a tapar mi trasero y parte de mis muslos. Antes de ir hacia la sala le lanzo un pequeño beso, él hace el ademán de atraparlo con su mano derecha y depositarlo en sus labios. Doy una corta mirada a la ventana y me impacto con la inmensidad de la lluvia que cae cuan diluvio bíblico; el cielo es apenas azul, como si comenzara a amanecer. ¿Cuánto dormimos?
Me meto al baño y me miro al espejo. Soy un desastre. Me río y sigo observándome atentamente, sin poder creer el brillo que tengo en mis ojos ni el color que ha invadido mi rostro. Soy otra persona, una que jamás creí volver a ver. Realmente es como volver a ser yo. Me aferro al lavado y cierro mis ojos, recordando sus besos. Creo que jamás podré quitármelo de la cabeza. Me paso una mano en el cuello y luego por mis senos, como si fuese Edward.
Cuando abro mis ojos y me veo, vuelvo a sonreír y me muerdo el labio.
Me mojo la cara con el agua que corre de la llave y doy un fuerte suspiro. Cuando salgo hasta la sala y veo la hora, los ojos se me agrandan como dos platos: las seis de la mañana. Es bastante temprano para desayunar, incluso demasiado pronto para levantarse, pero todo ahora parece tan nuevo para mí, como si este fuese el comienzo de una nueva vida. Quiero hacer todo con él, desde dormir hasta pasar un tranquilo desayuno. Sé que este sentimiento que crece en mi interior no es más que 18 años sin poder decirle lo que siento, 11 sin poder verlo…
Me estiro frente a la ventana y observo cómo el agua cae y choca con el césped, luego las nubes que cubren el cielo y la tenue luz azul de la madrugada. Enciendo la radio y sintonizo en mi canal favorito, siempre tocan a Led Zeppelin ahí, o a Leonard Cohen. Encuentro un par de veces a Abba y a Bee Gees, hago un mohín, asqueada; detesto la música disco.
Me meto a la cocina, no sin antes mirar las flores que hay por doquier. No son reales, claro, sino estaría estornudando a cada segundo. Están pintadas por cada rincón sobre la cerámica pastel, unas parecen enredarse y atenuarse, otras dispersas por las esquinas. Me recuerda a los dibujos que hacía en mi habitación, buscando la forma de traer luz a mi vida. Él sabía cuánto adoraba las flores, pero también conocía mi aversión biológica al polen. Claro, Edward ingenió una forma preciosa de regalarme flores, y esas eran pintadas y dibujadas en cada lugar permitido.
No amarlo sería una locura.
Sobre la encimera hay un libro que me parece familiar, es de cuero azul y las hojas son amarillas, como los dientes de un castor. Las esquinas están manchadas por la comida y frituras, y algunas dobladas producto del uso de los años. Es el libro de recetas de Alice Brandon, el único bien familiar que le ha quedado a lo largo de los años.
Cuando huyó del manicomio tenía solo el recetario y un par de prendas. Le habían cortado el cabello como a un hombre y estaba repleta de agujeros por la droga que le administraban. Ella relataba con detalle cada momento: el mareo al escapar, pues no acababa de pasársele el efecto de la droga, la ropa desvaída que caía a cada paso que daba, el sudor incómodo y la sensación de soledad.
A las semanas seguía sin encontrar un trabajo, temiendo también que su padre la encontrara para volver a internarla. Había pasado casi dos meses en ese lugar, no podía imaginarse más tiempo. La desesperación le hizo tener ideas ridículas, incluso suicidarse. Cuando me lo relató fue la primera vez que la vi llorar. Fue desgarrador. No había salida a la pobreza, no había posibilidad de trabajo y su dinero se iba como agua entre sus dedos. El único camino que tenía era la prostitución, en donde la encontré.
Acerco mis dedos a la portada de cuero, la acaricio y mi garganta se ennudece. No sé cómo es que Alice ha podido cerrar esa herida, cómo es que no parece tan muerta como yo. Ojalá pudiera hacerlo.
Me alegra saber que ella estuvo con Edward, sé muy bien que lo acompañó, por algo me regañó al actuar así cuando vi a Jessica. Suspiro. Debo pensar antes de actuar, pues siempre acabo dañando a quien amo. Eso no está bien.
Caliento el aceite vegetal y dejo caer dos huevos. Siento el chapoteo de las gotitas ardientes, mientras pico el tocino sobre éstos. En minutos ya está listo. El agua ha hervido en la tetera, así que aprovecho de verter el agua en las dos tazas más cercanas con la infusión de té negro.
Pongo todo en la bandeja, lista para partir a la cama nuevamente. Pero cuando voy a agarrarla, dos brazos me cruzan el vientre, apegando mi espalda a un duro pecho. Doy un leve grito de susto y Edward ríe detrás de mí. Pone su barbilla en mi hombro y respira, oliéndome. Sonrío, me gusta este Edward… Realmente me gusta mucho.
—Te he advertido que quería darte el desayuno en la cama —le digo sin darme la vuelta.
—Solo quería ayudarte —dice en tono infantil.
Me giro y lo contemplo, reprimiendo una sonrisilla, aunque me cuesta. No es justo.
Está semidesnudo, solo lleva unos pantaloncillos cortos de color azul. La casa está cálida, pero no tanto. ¿Es que no tiene frío? La chimenea debe estar a punto de apagarse. Su cabello está desparramado y tiene una sonrisa que hace perfecta combinación con ello.
Y de repente lo beso, ahogada en mis sentimientos, en intentos por plasmar todo lo que siento, para que lo sepa. Es como si hubiese nacido para él y él para mí. Es ilógico. Es como si el destino, por más que nos separe, intenta volver a reunirlos.
Y esto es definitivo. Ya no hay más huidas estúpidas, de esas que solo una cobarde provoca. Ya no hay razones para no internarlo, aunque eso me cuesta mi dignidad y todo lo que Edward cree conocer de mí. Debo ser fuerte y superar este miedo que tengo dentro, una cosa es decirle sobre la prostitución y otra muy distinta es lo del aborto.
Me separo para respirar y reposar mi frente en su barbilla. De repente besa la piel que ahí se encuentra y la electricidad recorre mi cuerpo hasta llegar a mi vientre. Las tripas parecen removerse con tenazas y sé que no es ninguna necesidad biológica; no es hambre, ni dolor… Es amor y devoción, es todo él que me inclina hacia la locura, a una pérdida incontrolable de cordura. Todo Edward es delirio para mí y yo estoy demente por él.
Me gusta que me sostenga entre sus brazos, que me permita unirme a su cuerpo. Siento su protección, la forma en la que cobija mi tristeza. Me quita el cabello del cuello y vuelve a observar los golpes: son unos cardenales de diferentes colores, serían asombrosamente bellos de no ser por su procedencia y el dolor que me provoca. Algunos son grandes y otros pequeños, hechos por besos y golpes.
Pero no dice nada, solo se limita a observarlos con curiosidad. No quiero mirarlo pues me echaré a llorar. Sé que aún no está preparado para saber quién me ha hecho daño, ha tensado tanto los músculos que parece haber sido congelado ahí en su posición.
—Creo que el té se enfriará —le digo, acariciando su pecho desnudo con mis dedos.
Vuelve a besar mi frente y luego mis labios, entonces se separa con lentitud y se aleja. Voy hasta la charola y la deposito en la isla: es una mesa de color musgo y crema, hay dos sillas del mismo estilo, una frente a otra. Edward se sienta en una y yo haré lo mismo, pero él me frena.
—Ven aquí —me dice, levantándose.
Yo lo miro sin entender, pero le hago caso. Me acerco hasta su lado y él me toma entre sus brazos, depositándome luego en la isla, frente a su silla. De pronto me ruborizo al recordar que debajo de esta camisa no lleva absolutamente nada. Voy a bajarme, pero no me lo permite, sonriéndome con una desinhibición impresionante.
—Edward —gruño algo irritada y medio avergonzada.
—¿Qué? —inquiere, haciéndose el estúpido.
Frunzo los labios, sintiéndome estúpida. Acabo de hacer el amor con él, no tengo por qué avergonzarme. Pero demonios, no puedo evitarlo.
Tiro de la camisa con fuerza, tapando la desnudez que hay entre mis piernas. Edward me mira con ternura y me sonríe.
—Crúzalas. Tranquila —susurra.
Lo hago. Me largo a reír.
—Creo que debo ir a por mi ropa interior.
Me lo impide otra vez.
—Me gusta tu posición ahora.
Intento mantener mi cordura y parecer más mujer que niña. Me aferro al filo de la mesa.
—Solo te miraré a los ojos, ¿de acuerdo? —dice, tan divertido que a mí solo me hace sonreír como una estúpida.
Cruzo las piernas con más fuerza y permito que él las deposite suavemente en sus muslos. Las acaricia mientras yo tomo su taza y se la paso. Está humeante. Cuando me la quita de las manos aprovecho de tomar la mía también. Bebo un poco y hago un mohín, está demasiado caliente.
Los minutos pasan y es como estar en una burbuja perfectamente hecha para nosotros. No nos incomoda vernos comer (descartando mi semidesnuda posición, casi abierta de piernas para él), tampoco nos incomoda la forma de mirarnos. Todo es tan… perfecto.
Al mirarlo veo su felicidad y plenitud, me hace sentir de igual manera el saber que soy la causante de eso. Él me hace feliz con tan solo respirar. Es como un niño en navidad, y yo soy su regalo.
Le doy un último sorbo a mi té, siendo el espectáculo de unos ojos dorados y curiosos. Sus dedos acarician mi pantorrilla; adoro sus caricias. Desde siempre he adorado que me toque, sea de la manera que sea, no importa nuestra relación.
Se levanta con rapidez, imponiendo su altura delante de mí. Yo deposito suavemente la porcelana sobre la mesa, no quiero que se rompa. Me mira con deseo y también con amor, es una mezcla de devoción y admiración.
No pido permiso y no lo necesito, paso mis dedos por su pecho: es amplio, níveo y masculino. El recuerdo de su sudor por toda la longitud es excitante, delicioso, la noche anterior fue tan profunda y maravillosa. Agarra ambos muslos y me atrae hacia sí, permitiendo que yo pueda amarrar mis piernas en las suyas. Acaricio su cabello ahora, con una lentitud poco característica de mí. Sus ojos brillantes me alimentan y me sosiegan, y ahora sus labios sobre los míos me permiten entender que es el único hombre capaz de hacerme sentir esto con un beso.
Pero doy un respingo involuntario, no sé por qué. De pronto entiendo que la lluvia ha cesado y el frío ha entrado hasta aquí. Edward me abraza sin dejar de abrazarme y sonríe, incapaz de separarse.
—La chimenea se ha apagado —me susurra.
Todavía siento el calor de sus besos.
—Eso da igual, hay otras maneras de entrar en calor —le digo, mordiéndome el labio inferior y desabotonando la camisa.
Su sonrisa se tuerce y sus ojos se empequeñecen, formando unas cálidas arrugas en los extremos de sus ojos; su alegría es contagiosa, pero luego recuerdo que no he dicho nada gracioso. O por lo menos nunca fue mi intención.
—Paciencia, cariño mío —murmura, acercando mi rostro hasta su pecho.
Suspiro por dos razones. La primera: soy su cariño y él es mi amor; la segunda: no recordaba lo pacífico, tímido y tranquilo que era Edward en estos sentidos.
Debo acostumbrarme a esa lentitud, a ese andar tan… tierno. No tengo que conducirlo a esta lujuria de la que me acostumbré, su paz e inocencia no deben ser arrebatadas por mí. Es un ser muchas veces abnegado y yo necesito seguir sus pasos.
Aún así no puedo evitar sentirme una violadora, una mujer malvada pervirtiendo a un santo. Sacudo mi cabeza un par de veces, no debo pensar tanta estupidez.
—Iré a por leña al garaje. Ponte cómoda.
Se aleja dándome un suave roce de sus labios en mi frente. Su perfume es lo último que percibo hasta que lo veo por última vez, saliendo por la puerta de atrás. Suspiro y doy otro respingo de frío. Miro hacia la ventana de la sala, la que acapara toda la pared frente a los sofás. La música ha cesado sin poder darnos cuenta, aunque no sé por qué. Observo el reloj, son las siete. Las nubes ahora se han profundizado, por lo que también oscurecido hasta hacerlo desesperante; no me gusta la oscuridad.
Enciendo la luz, presionando el interruptor más cercano. Nada. Vuelvo a hacerlo, como si eso fuese a accionar energía mágicamente. Otra vez nada. Debió ser la fatídica lluvia. Dios, por eso odio Forks.
La puerta principal suena con unos golpecitos pequeños, sé que es Edward. Qué rápido ha reunido la leña, quizá se ha apurado para que la lluvia no lo pille de improviso. Pero cuando abro me es imposible no taparme la boca con la mano, esperando que el grito no se me escape de los labios. Sus ojos claros son tan intimidantes…
—Sr. Cullen —susurro sin saber qué más decir.
No debería sentirme tan asustada, como si hubiese hecho algo malo, Edward es adulto y puede acostarse con la mujer que desea. Pero no puedo evitar creer que esto está mal y que es un craso error que él me vea semidesnuda en la casa de su hijo. Es como si no quisiera que se decepcionara de Edward, como si estar conmigo fuese degradante, terrible y desilusionante. Sé que Edward se merece algo mejor que yo y no quiero que su padre vea que ha faltado a sus deseos.
Hace un mohín que me paraliza el corazón, siento su asco. Mi garganta se ennudece hasta que duele. No quiero llorar delante de Carlisle Cullen.
Insiste en mirarme, en clavarme sus ojos revueltos en diversos colores azules y celestes, son tan hermosos pero tan fríos. No agacho la mirada como hubiese acostumbrado, no tengo por qué mostrarle algún signo de sumisión. Mantengo mis ojos delante de los suyos hasta que él baja lentamente su mirar por mi cuerpo, no como lo haría un hombre hacia una mujer, sino con un rechazo bastante notorio.
Me abotono lentamente la camisa, tengo los dedos temblorosos por lo que me cuesta un poco. El estrecho canal formado por mis senos ya no está a la vista del padre de Edward. La brisa me da contra las piernas, los muslos y la ingle, me ruborizo y cierro las piernas con brusquedad.
—¿Dónde está mi hijo? —gruñe, estampando su cuerpo contra el mío, que está frente a la entrada.
Me alejo, asustada.
—Está… Está afuera —tartamudeo sin subir mucho la voz.
Aún no soy capaz de quitar mi mirada de la suya, intentando ser lo bastante valiente. No quiero que Edward regrese para que vea cómo su padre se asquea por mi presencia, se formaría un pleito demasiado grande. Pero tiene que regresar en cualquier momento…
—Ya veo. —Me repasa una vez más y se cruza de brazos, caminando por la sala e inspeccionando por si hay algo fuera de lugar—. No te costó nada convencerlo de que lo perdonaras una vez más, ¿no?
Me pongo rígida. Estoy harta de que me digan lo mismo. Edward sabrá si perdonar mis pecados y él será el único que conocerá mis cicatrices. ¿A él qué le importa? Si su hijo fuese primordial pensaría en lo que quiere y no en los caprichos de una mujer esquizofrénica.
—Jessica le ha dicho que estoy aquí, ¿no? —exclamo, levantando la barbilla.
Carlisle se ríe con sorna, expulsando el aire por sus fosas nasales, como un toro.
—Sí —responde—. Ha estado llorando toda la noche.
Me niego a sentir culpa; ya no tengo por qué.
—¿Ha venido aquí para decirle a Edward que me deje y vuelva con Jessica, quien llora desconsoladamente por un capricho imposible de evitar?
Sueno tan irónica, tan fuerte. No me reconozco.
Carlisle frunce el ceño con fuerza, el entrecejo ahora parece solo una línea muy fina. Aprieta los puños.
—Jessica es como una hija para mí y no voy a permitir que una mujer de tu calaña se acerque al hombre que ama —escupe.
—¿Cómo es que usted no acepta las decisiones de Edward? ¡Él es libre de elegir! A Jessica no la ama.
—¿Y a ti sí?
Me quedo callada, no soy quién para responder a eso. Quiero decirle que sí, pero una nunca se está segura.
—Yo no soy la encargada de responder a esa pregunta.
Me sonríe con amargura y arrogancia, como si conociera a su hijo de pies a cabeza. Se vuelve a pasear por el lugar, analizando lo que hay a su paso. Toma algunas prendas del suelo, el pantalón de Edward, sus calcetas… Va caminando de a poco hasta topar con la entrada del cuarto, el cual debe reflejar el sexo y el desorden. Me acerco a paso rápido, tirando de a poco la camisa para conseguir tapar mis muslos.
Para al ver las sábanas revueltas y la ropa que ha caído por el suelo. La mía especialmente.
—Sr. Cullen —consigo decir con la garganta apretada.
No me hace caso, solo insiste en observar.
Toma mi vestido y una que otra prenda, entre ellas mi ropa interior. No sé qué hará. Mi corazón late con fuerza y de reojo veo hacia la puerta, buscando la forma de que Edward venga para que evite todo esto. Me lanza el vestido contra el rostro y yo lo único que consigo hacer es atraparla con los ojos llorosos.
—Una zorra en la cama de mi hijo —gime, furibundo—. Eres igual de asquerosa que tu padre.
Frunzo el ceño a pesar de mis ganas de llorar; ¿qué tiene que ver Charlie Swan en todo esto? ¿O es que está hablando de Phill?
—Yo no tengo padre —murmuro.
Intento ignorar el calificativo que me ha brindado, no quiero darles vueltas. Pero insiste:
—Una ramera, una cualquiera —repite constantemente, mientras me lanza con fuerza mi sujetador.
La rabia se aprisiona en mis venas al igual que la vergüenza. No merezco esto. Es inconcebible.
—¡Yo jamás le he hecho daño! —grito con la garganta apretada. No quiero llorar frente a él, la sola idea de volver a hacerlo me parece repugnante.
—¡Una Swan siempre dará problemas! —gruñe, lanzándome mis bragas.
Mis manos tiritan a un nivel constante y sé que es la desazón, el desamparo. Mantengo la barbilla en lo alto, soy una mujer, no debería sentirme de esta manera.
—Usted no conoce a mi familia, Sr. Cullen —susurro, conteniendo la rabia.
Vuelve a reír, esbozando una desagradable sonrisa que le arruga la comisura de los ojos. No sé por qué, pero siento que quiere expresarme algo.
—Vete de aquí —exclama y yo doy un salto—. ¿Cuánto quieres? —me pregunta.
Mi boca se seca al instante. ¿Qué ha dicho?
Su expresión es tan dura, tan escasa de bondad. No puedo entender cómo este hombre es el padre de Edward, la ternura y la dulzura en todo su esplendor. Lo único que los une es la estatura que rebasa el metro noventa, esa mandíbula perfecta y precisa, la nariz fina y el color de la piel, blanca y lisa. Carlisle Cullen es guapo a pesar de su edad, debo reconocerlo, pero por dentro no es más que mierda. Deduzco que Esme Cullen debió ser una mujer tan dulce y carismática como su hijo, sino no sabría cómo entenderlo.
—¿Cuánto quieres? —insiste.
Por un segundo pienso que es una broma, pero del bolsillo trasero de su pantalón obtiene su billetera y saca unos cuantos dólares. Me los tiende y yo los quedo mirando, tan verdes, tan superficiales.
Mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas. Pestañeo y éstas caen por mis mejillas. Aprieto mi mandíbula y me cruzo de brazos, dándome calor.
—A las prostitutas se les paga por los servicios, aquí está lo que Edward te debe.
—¡Edward no me debe nada! —grito.
Es un sonido sordo que hasta a mí me sorprende.
—¡No necesito su dinero, Sr. Cullen! —sollozo, dejando escapar un profundo graznido desde lo más profundo de mi alma—. Yo no soy… una prostituta.
Ya no más.
—Lo llevas dentro —escupe—. Edward no te necesita, no le sirves.
—Pero lo amo —gimo—. No le sirvo, no le hago bien —susurro, mirando al suelo—, pero lo amo.
Me lanza las medias al suelo y yo me agacho a recogerlas, con el rostro bañado en lágrimas. Pero antes de poder levantarme, unos pies se acercan y se posicionan junto a mis manos, luego unos dedos toman los míos y me ayudan a pararme. Es Edward, quien me mira con los ojos redondos y muy abiertos. Está paralizado. Eso no es bueno.
—Vete de aquí —dice con sus ojos en los míos. Por un momento pienso que me lo dice a mí—. ¡Vete de aquí, papá!
Me limpia el rostro con sus pulgares y después me abraza. Su calor es reconfortante, tan embriagador. No quiero hacerme la víctima, pero rompo a llorar con rabia, moviendo los hombros con las bocanadas de aire que intento dar.
—¿Cómo es posible…? —Edward busca las palabras. No las hay.
—Ella es…
—No… No te atreverías a insultarla delante de mí —gruñe.
Me atrevo a mirar, solo un poco. Carlisle parece algo asustado, quizá por la actitud de su hijo. Luego miro a Edward, pero solo veo su barbilla y parte de su torso desnudo. Me tiene apretada con mucha fuerza, su piel está caliente y sudorosa.
—Vine por Jessica. ¡Ni siquiera le has dado una explicación!
Edward se ríe con asco. Por un momento he podido notar un rasgo semejante entre su padre y él: la risa sardónica.
—¿Y es que ella no ha podido pedirlas? No quiero nada con Jessica, no con… esto —escupe—. Has invadido mi casa, has tomado mis cosas y has maltratado a la persona que más quiero en este mundo. Así que, por favor, lárgate.
Ambos se miran, se analizan.
—Te hace daño.
—Tú me haces daño —le rebate—. No te reconozco.
Me acurruco contra su pecho y suplico para que Carlisle se vaya pronto, todo esto me está matando.
—A tu madre jamás le habría gustado que estuvieras con una mujer como ella… —Me apunta.
—¡Ya deje de tratarme así! —le pido, separándome de Edward—. Todo ese maltrato gratuito, esas palabras venenosas… No me diga que es por lo que ha sucedido a lo largo de estos diez años, porque no es así. Desde aquel día en el que me presenté como la mejor amiga de su hijo, usted jamás pudo volver a sonreírme. ¿Qué demonios le he hecho? —Me acerco más a él mediante hablo—. ¿Me vestí mal aquel día, Sr. Cullen? ¿Dije algo que no debí? ¿O es que está tan dolido por la muerte de su esposa, que ya no puede ver a ninguna mujer que no sea ella y su querida Jessica?
Sus ojos ya no son claros como el mar, sino profundos como el veneno. Va a lanzarse contra mí, con su mano lista para abofetearme, como lo haría un hombre a una niña. Intento protegerme con mis manos, envuelta en pánico. ¡No quiero que vuelvan a golpearme! La sola idea me descoloca.
Todo pasa tan rápido. Los gritos, los golpes de objetos y luego la puerta. No tardo en volver a sentir un calor a mi alrededor, unos besos en mi frente y las caricias de las palabras.
—No te hará daño —me dice con la voz tranquila y serena.
Asiento, una y otra vez.
Y lloro contra su piel, mojándolo. Me besa el cabello ahora y me aprieta aún más. Pone su mano en mi nuca y me obliga a mirarlo.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Niego. Lanza una maldición al aire.
—Lo siento, Bella, de verdad… —Su voz se vuelve espesa y agotada, como si fuese a…—No quería que esto acabara así, por favor perdóname—…llorar. Está llorando.
Me separo y tomo sus mejillas con mis manos, las acaricio con mis dedos y luego lo hago con mis labios. No quiero que llore, no por esto.
—No llores, cariño —le susurro, algo sorprendida por cómo lo he llamado. Es agradable de decir.
—No mereces escuchar tanta basura —me dice. Puedo sentir su dolor, me clava el corazón.
—Ya estoy acostumbrada —miento. Nunca se puede estar acostumbrada a tanta porquería.
Me ha llamado prostituta y no quiero creer que sabe mi pasado. Solo es una manera de atormentarme —y qué manera— para que me sienta sucia por lo que he hecho.
—Lo que hemos hecho… —va a decir.
—Lo que hemos hecho se llama amor —le interrumpo con la garganta seca—. Ya somos adultos y te quiero, no voy a privarme del placer de estar contigo, de ser tuya.
Me sonríe y me acaricia el cuello con los dedos.
—¿Desde cuándo hablas así? —Suena orgulloso.
—¿Cómo así? —inquiero con el ceño fruncido.
—Tan apasionada.
Son tantas razones. Creer que estabas muerto, pienso.
—Estar lejos de ti me hizo reaccionar de muchas maneras —le digo.
—Sin embargo, desde esta mañana he vuelto a ver a mi Isabella —me dice—, con las mejillas rojas y los ojos brillantes. Dime por favor que soy el culpable.
Lo beso. Tomo una de sus manos y la pongo en mi pecho, justo donde está mi corazón.
—¿Lo sientes? —le pregunto.
Asiente y traga.
—Palpita con tanta fuerza —susurro, cerrando los ojos por un momento. Luego los abro y lo observo, su iris dorado es tan cálido como él mismo, me tranquiliza y me transporta—. Esto solo lo provocas tú.
Veo un dejo de tristeza que me preocupa. ¿Por qué me mira así? Voy a preguntarle, pero él se me adelanta.
—Eres tan preciosa —exclama—, todo el mundo te ama. Cuando te vean conmigo… Si es que aceptas que las cámaras me observen… Desentonaré. Todos pensarán que no combino con tu belleza, tu elegancia. Ojalá pudiera ser igual que tú y no estorbar en lo que eres…
Mis ojos se tornan acuosos.
—No digas eso —jadeo—, no me importa lo que piensen los demás, solo me importas tú. —Me río porque es ridículo que él desentone a mi lado. Todos le amarían, su sonrisa es tan perfecta que nadie podría decirle que no. ¿Cómo es que piensa de esa manera? —. Prefiero un amor que se note en la mirada y no de las que salen en tantas fotos. Te quiero y no me importa lo demás.
Asiente y me besa con pasión. Puedo sentir sus movimientos demandantes, cálidos y suaves. Me hace suspirar entre segundos, mi estómago es una batalla de nervios.
—De verdad siento tanto que mi padre haya hecho eso —me dice—, él no es así. Ni siquiera sé por qué se está comportando de esta manera. Si tan solo viera lo feliz que me haces.
—Tiene razón de alguna manera —murmuro—, me demoré demasiados años en aceptar que estar contigo es lo mejor que me ha sucedido en la vida.
Me sonríe, pero su sonrisa no le llega a los ojos.
—Quiero golpearlo.
—No, tranquilo —le susurro.
Acaricio su quijada con mi nariz. Puedo sentir el picor de la barba que está creciendo.
—No debiste agacharte frente a él y no debió lanzarte la ropa a la cara…
—Tranquilo —repito con suavidad. Sus músculos se han tensado; la rabia ha vuelto a él.
—¿Te dijo algo más?
—Eso ya no importa.
Gruñe.
—Eres mi pieza de arte. Nadie puede tocarte —susurra con los dientes apretados. Me toca el cardenal del rostro y luego pasa al lateral de mi cuello. Trago con fuerza—. Ni siquiera Jessica te ha dejado así.
—Calma a esa chica, solo te quiere para ti —intento cambiar la conversación, estoy demasiado nerviosa—. Sé que has querido olvidarme junto a ella, jamás podría culparte por ello, solo necesito que seas sincero…
—Yo no quería olvidarte —me interrumpe—. Solo planeaba recordarte sin que me duelas.
Abro la boca para decirle algo, pero nada sale.
—Nunca pudiste hacerlo —adivino. No es difícil.
Asiente cabizbajo.
Me toma de la mano y me conduce hasta la sala, donde el sol ya está saliendo. Es tan rojo y precioso. Nos da justo en la cara. Edward está detrás de mí, enrollado con sus brazos en mi cuerpo.
—Es la segunda vez que lo veo —me comenta de pronto.
—¿El amanecer?
—No. Tu reacción.
Me intrigo por lo que ha dicho. ¿Qué reacción…? Me giro para observarlo e ignoro por completo la hermosura del sol. Parece intranquilo y ahora también lo estoy yo. Aún está desnudo y, para ser franca, me distrae.
—No sé de qué hablas —murmuro.
—Es la segunda vez que te asustas cuando crees que alguien va a golpearte —me dice condescendientemente.
Me tenso y lo dejo de mirar para pasar al suelo, que ahora se ha puesto interesante.
—¿Por qué?
Inspiro e intento ser valiente, ya no tengo por qué mentirle. Tomo una de sus manos y lo conduzco hasta el sofá, en donde le pido que tome asiento. Él lo hace con un dejo de inocencia en su mirada, lo que me enternece. Me siento a su lado y antes de hablar lo beso.
Es un beso suave y corto, de esos que dejan pidiendo más. Quiere preguntar qué sucede, pero no le salen las palabras.
—Cuando era una niña mamá llegó junto a Phill. Él era un hombre muy apuesto en ese entonces, un policía alto y rubio, de grave voz masculina. Me cayó muy bien. Jugaba conmigo y me enseñaba a cantar —río con melancolía, me hubiese gustado que ese Phill fuese real—. Veía a mamá feliz y cuando ella se veía feliz entonces yo también lo era.
Miro a Edward y él está absorto escuchándome. Vuelvo a tomar su mano y entrelazo mis dedos con los suyos, los que luego suelto para volver a enlazarlos. Es mi forma de distraer mis temblores.
—Una noche los escuché discutir, él ya estaba viviendo con nosotras y mi vida parecía tranquila. Me acerqué al cuarto y abrí, mamá lloraba tan apenada, le pedía que por favor le dijera quién era esa 'otra'. Yo era pequeña, no fui capaz de entender, hasta unos años después.
Es increíble cómo es que los recuerdos son tan vívidos, como si hubiese pasado ayer.
Los dedos de Edward me están acariciando el dorso de la mano, es su forma de decirme que está presente.
—Phill tenía una mirada tan arrogante, lo que mamá le decía no le afectaba en lo absoluto. No tardó en darle una bofetada, sonó tan fuerte… —Mi garganta se ennudece—. Corrí hasta mi cama y me quedé dormida con la imagen viva en mi cabeza.
Suspiro, buscando fuerzas para poder decirle lo que sigue.
—Ese mismo día te conocí. Mamá se había demorado un tanto en inscribirme en la escuela producto de la bofetada que le había dejado Phill en su rostro. Quizá suena ridículo, pero me hiciste sonreír luego de mucho llanto.
Edward besa la mano que acariciaba hace un instante.
—Cuando regresé a casa fue la primera vez que encontré a mamá con el rostro envuelto en sangre. Fue tormentoso, horrible. —Cierro mis ojos para evitar el dolor y de inmediato caen las lágrimas—. La limpié y ella me rogaba que me fuera, que olvidara lo que había sucedido. Pero no, no iba a hacerlo. Cuando papá se había ido sucedió lo mismo, solo que ella se había herido las manos. No podía dejarla sola, es mi madre y la amo por sobre todas las cosas.
Me besa las manos una y otra vez, me sonríe, me susurra que todo está bien… Edward parece ocultar la impresión de mi relato.
—Desde aquel entonces solo viví la violencia de ella, escuchaba cada noche sus gritos y me sentaba junto a la puerta de mi recámara a llorar. No sabes cuántas veces sueño con eso, esperando una vez más que eso ocurra. Es la peor pesadilla.
—Pero… él te…
—Sí, lo hizo conmigo.
Edward traga y suelta mi mano. Se pasa las palmas por los muslos, quitando el sudor nervioso de sus manos.
—Las marcas en tu cuello…
Asiento con los labios apretados.
—Fue cuando tenía 14. Se había molestado tanto que no encontró nada mejor que dejar la marca de su cigarrillo en mi piel —digo, quitándole importancia.
—¿Cuál fue su motivo?
El motivo principal fue él y por eso nunca me atreví a decírselo.
—Que tú te habías demorado en llevarme a casa —susurro.
Los ojos de Edward se tornan oscuros, graves y espesos. De pronto arruga el entrecejo, su boca tirita.
—Por mí… —murmura—. Porque aquella vez te pedí que bebieras la leche conmigo… Te aseguré que tu padrastro jamás iba a enojarse. Fue mi culpa.
—No, Edward, claro que no —le digo.
—¿Nunca te había golpeado antes de eso?
Asiento, cabizbaja.
—¿Por qué no me lo dijiste en ese momento? Lo hubiese entendido…
—No. Hubieses ido conmigo a golpearlo —le interrumpo. Se queda callado, porque es cierto.
Edward traga y mira hacia los lados, buscando cómo sosegarse.
—¿Cómo te golpeaba? —me pregunta con los dientes apretados.
—Con el cinturón en un primer momento, luego… —carraspeo, algo avergonzada—. Luego con los puños.
—¿Cómo es que jamás vi un cardenal?
—Porque nunca me golpeó en el rostro. Sabía que tú pasabas mucho tiempo conmigo y que Jasper te acompañaba también. Sea quien sea, nadie podía saberlo. El pueblo es pequeño, no tardaría en enterarse cada uno de los que habita aquí.
Nos quedamos un momento en silencio.
—Pero cada marca estaba en algún lugar recóndito de ti —susurra.
Asiento, haciendo un mohín. Rompo a llorar en silencio, recordando el por qué jamás pude sentir dignidad.
—La marca en tu costado…
—Él no la hizo.
—Ah.
—Te la explicaré muy pronto —añado.
Es esa pequeña quemadura producto del cigarrillo que dejé encendido por mis constantes borracheras… Ah. Tantas verdades que debe descubrir.
—Phill estaba obsesionado contigo —le confieso. Edward abre los ojos, tan sorprendido como jamás lo he visto—. Siempre me olía pensando que tú y yo… Bueno… —Me sonrojo—. Asumía que solo querías aprovecharte de mí, pero yo no entendía por qué se preocupaba por eso, si él siempre me golpeó.
—Y cuando supo que tú y yo…
Asiento, llorando nuevamente.
—Hizo lo imposible para no volver a verte nunca más —gimo.
El sollozo es audible y vivo. Me tapo el rostro con mis manos y ahí me quedo, llorando producto de los horribles recuerdos.
—Juro que no quería dejarte —le digo con desesperación—. Cuando te dije todo eso fue solo para que me dejaras ir… Sabía que con una súplica más de tu parte yo no podría resistirme. Pero todo era demasiado para mí.
Edward me abraza y me besa la cabeza. Me mece de un lado a otro como a una niña con su padre.
—Eso es el pasado, ahora estamos aquí y Phill no nos hará daño.
—Aún tengo miedo.
—Pero yo siempre te protegeré. Quiero que recuerdes eso. —Me separa para observarme—. Siempre. Siempre te protegeré, cueste lo que cueste. Recuerda que solo debes decirme quién te ha hecho daño, porque lo mataré y lo juro. —Sus ojos brillan.
Pego mis labios a los suyos con fuerza. Lo beso con desesperación, sus labios me buscan de igual manera. Cuando se separa pega su frente a la mía.
—Lo lamento —me dice—. Realmente lamento no haber podido ayudarte en esos momentos.
Me acaricia las mejillas con cuidado.
—¿Podré saber qué hizo para que te fueras?
Asiento.
—Pero no hoy. Prometo que lo haré, pero cuando… cuando estés realmente preparado.
Frunce el ceño y en sus ojos veo una profunda preocupación.
—Me asustas.
Prefiero no contestarle.
Me pasa nuevamente los dedos por la mejilla y sus ojos se ponen brillantes, como si fuese a llorar. Luego pasa a mi cuello y presiona; duele. Me recuerda que ahí llevo los golpes. Frunce los labios y su barbilla tirita. Traga; puedo ver el movimiento de su garganta.
—Cuando te vi llegar ayer, justo en el umbral de mi puerta y luego te acercaste para abrazarme, no pude evitar preguntarme quién demonios se había atrevido a tocar a mi obra de arte. Sin duda son unas manos asquerosas, porque una joya artística como tú no se merece que le dejen marcas como éstas.
Su voz es tan suave, tan delicada.
—La impotencia que siento al ver tu rostro, el pensar quién pudo hacerte daño, me vuelve loco —jadea—. Eres mi Isabella, la chica que tanto quiero, dime quién lo hizo porque juro que no descansaré hasta hacerlo trizas.
Su cuello se ha engruesado. Puedo ver venas y cartílagos.
—El hecho de que te toquen me vuelve loco, me lastima… Todos esos golpes los prefiero en mí, ¡los deseo! Dime quién lo hizo, por favor.
Está tan enojado. Me ha tomado las manos con mucha fuerza.
—Fue James.
—James… —susurra, como si lo reconociera, pero no sabe de dónde.
—Mi representante.
Se levanta con brusquedad del sofá y se pasea de un lado a otro. Se pasa una mano por el rostro, busca su sosiego pero no lo encuentra. Me levanto y voy tras él. Pongo mis manos en su vientre y descanso mi rostro en su espalda.
—¿Por qué? —inquiere.
Su voz es calma, como si fuese a estallar en cualquier momento.
—Quiso… Quiso violarme.
Cierro los ojos con fuerza. Siento tanto asco.
Otra vez comienzo a llorar, recordando sus labios en mi cuerpo. Quiero quitarlo de mi mente, no quiero volver a verlo. Me aterra.
Me abraza, poniendo sus labios en mis heridas. Sé que quiere reventar y gritar cuánto desea golpearlo, pero no lo hace.
—Lo siento tanto —me dice—, de verdad siento tanto no haber estado ahí.
—No debí irme de aquí —sollozo—. Volví a recordar los golpes de Phill, la desprotección que sentía cuando era una adolescente. Dios…
—¿No alcanzó a…?
Niego rápidamente.
—Gracias a Dios —suspira, apretándome con más fuerza—. Nadie volverá a tocarte, te lo juro.
—Confío en ti.
Me dejo llevar por sus caricias durante unos minutos, es lo que necesito para tranquilizarme. Huelo su piel masculina y dejo escapar un jadeo; es maravilloso.
Me limpia las lágrimas y me besa las mejillas. Luego roza su nariz con la mía; pero sus ojos aún conservan una tormenta constante.
—Juro que voy a golpearlo y no me cansaré hasta verlo implorar misericordia —gruñe.
—No, cariño, no te ensucies las manos.
Niega, taciturno.
—Nadie puede tocarte, nadie —repite con fervor—. ¡Ponerte una mano encima es un pecado, una mierda! Eres hermosa. Una mujer hermosa como tú no puede ser maltratada, a ti deben darte amor, hacerte sonreír. Lo que ellos hicieron no tiene perdón.
Está tan enojado, tan lastimado.
—También golpearé a Phill. Por ti, por tu madre. Ese maldito no es un hombre, es un… marica —escupe.
—No quiero que los golpees, eso no solucionará nada. Tú eres bueno, eres pura bondad y sé que me quieres. Pero no te ensucies las manos, están tan limpias en arte que la violencia solo arruinaría la belleza que hay en ti. No lo hagas, por favor.
Me sonríe y me besa.
—Lo intentaré, Bella, juro que lo intentaré. Pero no prometo nada.
Asiento, mordiéndome el labio inferior.
—Tengo miedo —le confieso. Por primera vez logro dilucidar lo que ha estado en mi cabeza, pero he intentado evitar.
—¿Por qué? —me pregunta un Edward nuevamente preocupado.
—James está obsesionado… Me quiere para él y cuando supo que quien está en mi mente eres tú se puso como loco. No quiero que te haga daño —confieso—. Es peligrosísimo, Edward, no te metas con él.
—No le tengo miedo.
Y sé que es verdad, no le tiene miedo alguno.
—Cuídate —le pido, agarrando sus manos con fuerza—. Piensa en mí y en lo mucho que te quiero. Quédate conmigo y olvida todo lo que te he dicho.
—No puedo…
—Sé que puedes. Yo… no podría concebir un mundo sin ti.
Me besa la frente con fuerza.
—De verdad… No podría.
Las lágrimas salen autómatas, necesitan liberarse. No quiero volver a recordar…
—Hazme olvidar sus besos, por favor —le suplico entre sollozos mientras lo abrazo—, hazme olvidar sus manos, sus agarres bruscos…
¿Qué hubiese pasado si…?
Me dejo caer en el sofá con las manos en mis brazos, sacudiendo sus huellas. De inmediato reconozco que no puedo olvidarlo, que lo quiero muerto por tocarme, por atreverse a faltar mi respeto. Siento tanto asco, tanta repulsión.
Edward se sienta a mi lado sin decirme nada y yo deposito mi cabeza en sus piernas, con las lágrimas en la garganta. Quiero llorar, necesito hacerlo.
—Tranquila, puedes llorar todo lo que quieras —me dice.
Me acaricia el cabello con sus dedos y con paciencia me oye sollozar y gemir.
—¿No te molesta? —inquiero, mordiéndome el labio inferior.
Suelta una pequeña risa.
—Claro que no.
Lo miro desde mi posición y él a mí; está sonriendo con timidez.
Lloro hasta que ya no puedo más. Acabo sin soltar ningún sonido, estoy tan cansada. Comienzo a cerrar los ojos con lentitud y Edward se da cuento de ello.
—¿Ya estás mejor? —me pregunta con dulzura.
—Sí, solo estoy muy cansada —murmuro.
—Duerme, te hará bien.
—Pero estoy cómoda aquí —digo. No quiero ir a su cama.
—Entonces duerme en mis piernas —susurra—. Yo estaré aquí.
Asiento y me limpio las lágrimas.
—Cántame —le pido.
—Lo haré —contesta.
Es un arrullo dulce y paciente, un suave roce de sus palabras en mi ser. Mis ojos se cierran lentamente hasta que me dejo llevar por completo en el abismo. Siento una profunda tranquilidad que me hace sonreír. Es la primera vez que estoy tan tranquila, tan… en paz.
Edward ya conoce algo más de lo que fui, solo un poco, pero lo logré. Sé que esperará hasta que cuente lo que queda, pero esperará y yo detallaré todo.
Puedo hacerlo, ya no tengo miedo.
Y bueno, ¿qué les ha parecido? Estos dos son muy dulces. Y qué cabrón es Carlisle. Pero bueno, él maneja secretos que pueden venir a remover muchísimo a estos dos, secretos que afectan principalmente a él y a otros personajes muy importantes. Pronto aparecerán nuevas personas, como Tanya, Irina y los Black. Y sobre todo, aún falta por saber quién es realmente Carmen. Espero les haya gustado y que mi tonta disculpa no les parezca barata u_u Volveré a actualizar en una semanita más. Los rr los iré contestando como siempre.
Muchos besos a todas las fieles lectoras
