CAPÍTULO VEINTIOCHO:
"No existe mayor peso, que el de la culpa que nosotros nos imponemos …"
Angustiado, sin saber que rumbo tomar, guiado solo por el deseo de encontrar a la princesa, corría presuroso el lobo gris entre la espesura del pantano. Todo había sido su culpa, su irresponsabilidad. Sabía de la maldición del lugar, de los peligros que habitaban y de cómo este, desde que se habían internado había estado constantemente tratando de consumirlo, tirando de aquellos fino hilos de su corazón. Acechando y aguardando a que bajara su guardia para enredarlo, para llamarlo a aquel falso eterno descanso que tanto ansiaba, que no podría proporcionarle, quedando simplemente atrapado en un peor y más monstruoso calvario.
Acongojado, cayendo contra el lodoso suelo al haber perdido el equilibrio de una de sus patas, inundado por la desesperación y el desconsuelo, incorporándose lentamente, sintiendo como sus músculos se quejaban cansados y adoloridos, tratando de imponer su voluntad, ignorando la humedad de su pelaje y la falta de oxígeno en sus pulmones. Haciendo acopio de toda su fortaleza, obligando a sus articulaciones a terminar con sus estertores, dejando salir un gutural gruñido, se regañó a sí mismo por su incompetencia, su debilidad. No podía seguir perdiendo el tiempo, debía hallarla, encontrarla antes de que fuera demasiado tarde, no podía perderla, no lo permitiría, esa historia jamás se repetiría de nuevo.
Determinado a continuar con su búsqueda, serenando aquella tormenta emociones que lo inundaban, recordando las ventajas de su forma, bajó su hocico contra la tierra, inhalando el suelo, frunciendo con cada movimiento de sus costillares y los músculos de su belfo, permitiendo que la mezcla de aquellos aromas se internara en la profundidad de sus cuencas olfativas, llenado su órgano sensorial. Separando con rapidez cada uno de ellos, hasta encontrar aquel peculiar perfume, uno al que se había habituado con tanta naturalidad, que le era imposible no reconocerlo. Inconsciente de sus acciones, meneó su rabo, mientras fijaba con su sentido el sendero que debía seguir, permitiendo que los instintos de cazador que habitaban en aquella forma lo dominasen, ayudándolo a rastrear a su protegida, haciéndolo reiniciar su carrera con renovada firmeza.
*** Mientras tanto ***
Ignorante de sus alrededores, la joven princesa no podía creer lo que estaba viviendo. Renuente a hacerlo, pero sintiendo el pequeño comando en los gestos de su madre, se separó de esta, haciendo que sus miradas se encontraran. Era como ver un reflejo de si misma, solo que cargado de una mayor sabiduría, cincelado por algunos rasgos que solo pueden ser adquiridos por el paso tiempo y su maduración.
Embelesada por aquellas claras pupilas que cambian de color con el enfoque de luz, como si demostraran a través de ellas todas sus emociones. Resguardada por aquella sensación de seguridad que solo un madre puede transmitir, Zelda cerró sus ojos al momento que sentía como aquella gentil y tibia palma tomaba su mejilla, acariciándola con una dulce ternura. Haciendo rememorar en el fondo de su corazón aquel tacto que disfruto únicamente el día de su nacimiento, y que siempre había deseado de volver a experimentar.
- Has crecido bien, te has vuelto una hermosa mujer… Mas lamentó mucho que haya sido de esa manera -
Contrariada al escuchar aquellas dulces, pero dolientes palabras, sin entender que estaba intentado comunicarle. Confundida tomó la mano de su progenitora en la suya, deteniendo su movimiento, mientras abría sus ojos, sorprendiéndose de ver aquel brillo de desolación en sus iris.
- ¿Mamá? -
Cuestionó la chica, sin saber realmente que era lo que estaba preguntando. Tratando de entender que era lo que había significado sus palabras y aquella mirada que ahora la observaba, tan fría, carente de ilusión.
- Lo siento mucho hija mía, perdóname por haberte dejado sola. Espero que tu padre al final me haya perdonado por haberte tenido. -
Incrédula y repudiada por aquellas palabras, como si hubiera sido lastimada físicamente, la princesa trató de apartarse, siendo inútilmente detenida por la fallecida reina, la cual la sostuvo contra su cuerpo estrujándola en un extraño abrazo, como si intentara de alguna manera apaciguar el daño que había causado.
- ¿Pero, de que hablas? -
- Todavía puedo recordar su mirada llena de decepción cuando el doctor anunció tu generó, como la ilusión había abandonado su rostro al saber que le había dado una hija, en vez del varón que tanto esperaba, aquel que llevaría su gloria y su nombre. -
Explicó la reina con fervor, ignorando la pregunta inicial de la doncella. Expresando toda la angustia que había guardado durante ese tiempo. El dolor que la había consumido al haberle fallado a su esposo, el amor de su vida, en darle un verdadero heredero.
Confundida, apesadumbrada, no deseando estar mas en aquella posición. Zelda rompió el abrazó, apartándose bruscamente, sin saber que pensar en aquel momento, sin poder creer lo que escuchaba, su padre la amaba, de eso estaba segura.
- Mientes, papá siempre me amó, el constantemente me lo decía. -
Dolida por las acciones de su hija, pero entendiendo su confusión. Con pesar la fallecida dama, puso su mano en su pecho, mientras se preparaba mentalmente para explicarle a su retoño, la verdad. La preocupación que la había embargado antes de partir de aquel mundo, dejando a su espíritu sin descanso, no hasta poder volver a verla y asegurarse de que estuviera bien, de que no hubiera sufrido como ella había temido.
- No lo dudo, pues su corazón es tan grande, que estoy segura que con el tiempo lo hizo. Mas eso no significa que no lo que te digo no sea verdad… Por favor escucha me, oye mis palabras, déjame explicarte y entenderás. -
Conmovida por aquella postura y la angustia de la voz de su progenitora, la joven princesa no puedo hacer otra cosa mas que acentir con su cabeza. Temiendo en su interior de escuchar aquella historia, una que realmente no estaba segura de creer o aceptar.
- Cuando Zander era muy pequeño, su madre, la princesa de la tribu del desierto se quitó la vida. Un hecho que fue encubierto por el consejo y tu mismo padre, pues las circunstancias de su muerte habían sido completamente extrañas e irreales… Más que un suicidio, parecía haber sido sacrificada en algún tipo de ritual, el cual había sido presenciado por un único testigo… su hijo. -
Atónita ante la noticia, Zelda llevó su mano hasta su boca cubriéndola, haciendo un gesto de horror, mientras su rostro palidecía. Justificando por un momento la extraña actitud de su hermano, sus bizarras acciones y su obsesión con ella. Cómo podría culparlo después de haber presenciado un acto de esa manera, el ver a tu propia madre no solo quitarse su vida, sino haciéndolo en forma trágica y horripilante.
- Aunque nunca se supo con certeza lo que había sucedido, para evitar conflictos con las tribus de arena, se guardo silencio y se manejo como una simple suicidio, ya que Galena, siempre había mostrado una extraña mentalidad, un poco desbalanceada… Yo era una de las doncellas de la corte en aquel tiempo, y tras la muerte de la reina, quedó a mi cargo el cuidado del príncipe. Con el tiempo esto me llevó a conocer mejor al rey, creando entre nosotros una amistad, que lentamente se volvió en un romance, desposándolo dos años después de la tragedia -
Explicó con detalle la fallecida regente, tomando la mano de su hija entre las suyas. Preparándola para sus siguientes vocablos, los que sabía, que serían de mayor impacto. Sintiendo toda la atención de la joven en ella, al hacer aquel gesto, continuo narrando.
- Notando el cambio que había en su hijo, temiendo que este contuviera la enfermedad de su madre, Daphnes deseaba tener otro heredero, uno al que pudiera pasarle el trono, el que lo secundaría y mantendría en alto su nombre y las tradiciones. Quien protegería los secretos de su linaje.
- Pero la ley… - interpuso la princesa, interrumpiendo por un momento la historia.
- Las antiguas leyes solo hablan de un heredero, no hacen mención de que este sea el primogénito. Son los nuevos reglamentos los que favorecen la elección del primer hijo y más si este es varón, por la maldición que carga la línea real… El hecho de que en ella aparezca una mujer que reciba el reino, trayendo con esto tiempos de oscuridad y guerra, las cuales fallecen poco después de dar a luz a su primer vástago. -
Asombrada de oír aquellas palabras, Incrédula Zelda no podía dar crédito a lo que había escuchado, debía ser una mentira. Acaso ese era su destino, el de perecer después de haber cumplido con su obligación a las diosas. No podía serlo, se negaba aceptarlo.
- ¿Y a caso podrías seguir viviendo en el desconsuelo?, sabiendo que nunca estarías a lado de tu verdadero amor. ¿podrías soportar el dolor de estar atada a un hombre, a un reino, solo por deber? -
Cuestionó aquella voz interna que tanta veces había oído desde pequeña. Haciéndola detener sus pensamientos, al valorar la realidad de los sucesos. Entendiendo por primera vez la realidad sobre la maldición de su familia, el alcance del amor de la diosa blanca por su caballero y el castigo eterno que le había sido impuesto a ambos por su desobediencia. La crueldad de aquella realidad, a diferencia del héroe, el cual estaba atado a la inmortalidad, sus antecesoras, habían sufrido el mismo ensimismamiento, desarrollado el mismo cariño y amor por el guerrero. Uno que era imposible de tener, creando con pesar para ellas una media existencia, obligándolas a tras haber terminando con su mandato y al asegurando una línea sucesora, desaparecieran, con la esperanza de que en su siguiente encuentra todo fuera diferente.
- Al momento de tu nacimiento, Daphnes lloró cuando te tuvo en brazos, pues él sabía que al ponerte aquel ancestral nombre y la presencia de aquella marca en tu mano, había sellado tu destino. Uno que condenaría para siempre tu vida, llevándolo a terminar en tragedia como había sido con las anteriores reinas. Destruyendo así su mas grande deseo, dejando al reino en las manos de un nuevo tirano. -
Despabilada de sus pensamientos al escuchar aquello, sin saber que responder o sentir en aquel momento, la joven alzó su vista apreciando el dolor y la mortificación en el rostro de su madre, quien expresaba abiertamente cada una de sus emociones.
- ¡No!, no me importa… Si es un designios de las diosas, o si es una orden divina. Mi vida, es mía y de nadie más… -
Comenzó a manifestar la reencarnación de la divinidad, haciendo a un lado aquellos temores habían empezado a invadirá, recordando con fervor las palabras de aliento que había recibido de una de las diosas creadoras. Tratando de demostrar su determinación en cada vocablo.
Enternecida por las acciones de su hija, sintiendo un gran pesar, la fallecida reina con cariño y dulzura tomó su rostro entre sus manos, mientras que su mirada se volvía aún mas triste y vacía.
- Zelda, mi pequeña e ingenua Zelda… ¿Y que crees que te hace tan especial como para decir esas palabras?, ¿a caso de verdad, crees que tienes esa fortaleza?. Tu quien no eres mas que la esperanza fallida de tu padre, la razón de su temprana muerte y por la cual el reino se esta viendo en vuelto en una guerra… Quien solo traerá destrucción en un mundo de paz, siendo sola la mensajera, el receptáculo de un alma que no es tuya... Nadie espera nada de ti hija mía, pues tu no importas, nunca has importado, ni importaras, Es la presencia de la Diosa Hylia en ti, la que es deseada… No te confundas. -
Inmutada ante aquellas palabras, sintiendo como un profundo vacío comenzaba a inundar su pecho, la princesa se apartó del afiance se su progenitora. No podía aceptarlo, aquellas crueles palabras no eran verdad. Se decía así misma, mientras apretaba sus puños, dejando que un ola de coraje y frustración la inundara, para detenerse un instante después. Al rememoran con detalle como cada una de las figuras que había conocido en ese tiempo, se habían referido a ella como la diosa blanca, y no por su nombre. Reverenciándola por ser alguien que no era, mirándola con esperanza, pero no por ser ella misma, sino por el poder que llevaba interno, por ser la resurrección de la deidad.
- No a mí, sino a ella -
Murmuró con desolación la princesa, al recordar al caballero, aumentando el pesar que comenzaba a inundarla, mientras era abrazada lentamente por la difunta reina, quien de alguna manera, trataba de consolar a su hija, la cual parecía que al final había aceptado la verdad de su propia existencia.
- Tranquila, hija mía… Siempre es doloroso aceptar nuestro destino, lamento tanto haberte dado esta carga tan pesada, sin tan solo hubiera sido menos egoísta, ya que yo sabía desde los primeros meses, que serías una niña - Manifestó con dolor y frialdad la fallecida reina, aumentando más y más el dolor de la doncella.
- ¿Qué? -
- Fue mi debilidad el que permitir que hayas nacido, sin tan solo hubiera sido mas fuerte… Te amo hija, pero el simple hecho de tu existencia solo condena el futuro de este reino. Pronto descubrirás que no eras nada, ni nadie, y que tu valor es efímero. Pues el trágico destino que te acompaña, ya ha comenzado hacer sus estragos, provocando desde la enfermedad de tu hermano, la muerte de tu padre, el renacimiento de aquel terrible mal… Pero sobre todo el terrible daño psicológico y emocional que le acusaras al héroe legendario, pues será por tu culpa que este fallara en su proeza, como había sido profetizado. –
Explicó con desgarradora seguridad la antigua reina, mostrando en su mirada la seriedad y severidad de sus palabras, destruyendo con cada vocablo el corazón de la princesa, lastimándola de una manera tan letal y profunda, robándole de toda esperanza y consiente pensamiento, haciendo que aquel sentimiento de miseria comenzara a consumirla, implorándola a rendirse, a dejar de luchar, para que hacerlo, para que existir, si el mundo no la necesitaba, si solo era una carga, un error.
-No, es cierto… Link jamás, él nunca…- Trató de explicar la doncella, aferrándose a la imagen de su guardián, en especial aquel besó que había tenido, en el cual estaba segura, que el cariño que había sentido no era fingido, sino real.
- ¿El héroe?, despierta hija. Realmente crees que el se fijaría en ti, ¿qué estaría interesado en alguien como tu?, una mortal… Despierta Zelda, el jamás podrá amarte de esa manera, él solo ve en ti la esencia de su diosa, nunca podrá verte a ti misma, por que no existes. Cómo puede amarte sino eres mas que el recipiente donde esta guardado el alma de verdadero amor. Así como esto que sientes por él, no es mas que eco de las emociones de la divinidad por el caballero, sus sentimientos, no los tuyos… Tu no eres nada. –
- Basta, por favor detente - suplicó la joven mientras cubría sus oídos tratando de evitar escuchar aquellas palabras, las que siempre había temido, las que habían constantemente perseguido desde el momento en que le habían platicado la razón de su destino, uno que se había negado aceptar al inicio. Al que no deseaba estar atada, al que solo le traería dolor y sufrimiento. El que había la final aceptado confrontar solo por la presencia del guerrero, el héroe legendario, de quien según ella se había enamorado, haciéndola nuevamente cuestionarse, si aquellos que experimentaba eran, siquiera sus verdaderas emociones y no las del alma de la deidad que residía dentro de ella.
Apremiando el paso de su andar, esquivando con agilidad los múltiples obstáculos de su camino, sintiendo como un terrible presentimiento se apoderaba de él, Link se abría paso en la tundra, siguiendo su eficaz olfato. Haciendo su corazón latir con mayor fuerza, al notar como aquel aroma aumentaba paulatinamente indicando que se acercaba a su objetivo.
- Vamos, falta poco -
Se comando así mismo obligando a sus patas subir su velocidad al detectar con ansiedad la presencia de la adrenalina en aquel dulce perfume. Apenas y teniendo tiempo de frenar sus movimientos al llegar al estanque donde se encontraba atrapado el cuerpo de la doncella, el cual estaba envuelto por aquellas viscosas enredaderas, consumiendo con sus ventosas y espinas la fuerza vital de esta.
Notando la palidez de su rostro, dejando salir un fuerte gruñido decidido a salvarla, comenzó a morder y rasguñar los tallos de los zarzales, tratando de romperlos sin la necesidad de ingresar a las mortales aguas. Donde sabía que estaban concentrada la energía de los maléficos espíritus que se alimentaban de almas de sus victimas. Notando como a pesar de sus esfuerzos esto eran nulos para lograr su cometido, mientras que poco a poco, la joven comenzaba a debilitarse. Angustiado miró la inerte figura de su protegida, sintiendo como un punzada atravesaba su alma al verla de aquella manera, tan frágil, tan fría, casi sin vida.
- No voy perderte -
Manifestó guturalmente con sus cuerdas vocales en forma de un tipo de gruñido, mientras que con decisivo arrobo saltó contra el extraño capullo, hundiendo sus filados colmillos en la enredaderas, destrozándolas con agitados movimientos. Usando tanto sus patas como su hocico para romper cada uno de los amarres, intentado ignorar la presencia de aquellas fantasmagóricas manos, que lentamente, se volvían en imágenes solidas que trataban de detenerlo y unirse a ellos.
- Link, amigo detente - suplicaron las figuras de un grupo de caballeros que vestían similares ropajes a él en su forma humana, quienes rodeándolo trataban pararlo.
Odiando aquellas figuras que representaban a sus caídos amigos, sus primeros aliados, con quienes había luchado en la guerra que todo había iniciado, sus hermanos de batalla, de honor. Pegando sus orejas contras su cabeza, instintivamente huyendo de esas palabras, recordándose que no eran mas que una ilusión creada, continuo con sus acciones dejando salir un par de profundos gruñidos. Ante la falta de cooperación del caballero y el terrible daño que estaba haciendo sobre sus apéndices, las tentaculadas raíces trataron de rodear su cuerpo, mientras, conjuraba otra imagen.
- ¡Basta, por favor no sigas. ¿Qué a caso no quieres que estemos juntos de nuevo? -
Gritó la primera reencarnación de Hylia a su amado, abrazándolo por la espalda, hundiendo su rostro en su pelaje, humedeciéndolo con sus lágrimas, sollozando abiertamente, mientras le cuestionaba sus intenciones. Cuantas veces no le había jurado su amor, el cual si era cierto, se detendría. Qué no añoraba volver a estar juntos, poder al final cumplir su deseo, por lo que tanto habían luchado.
Ignorando el pesar que comenzaba a crearse en su interior y mas al sentir aquellas caricias y desesperados gritos, recodándose una y otra vez en un transe, que todo aquella era irreal, era producto del poder de la maldición usando sus recuerdos, tomando la forma de las personas que habían sido importante para él en su contra, para detener sus acciones, para aprisionarlo. Recio a seguir escuchándolas, pegando más sus oreja contra su cabeza, intentado esconderlas y mitigar el sonido que captaban. Erizando y esponjando su pelaje, se sacudió, quitándose de encima algunas de los tentáculos y fantasmagóricos apéndices, mientras continuaba usando sus fauces para destrozar los amarres sobre su protegida.
- Zelda, tengo que salvarla -
Se rememoraba en caballero, mientras luchaba obstinadamente contra aquellas enredaderas, dejando salir un fuerte gruñido, al sentir como uno de estos apéndices rodeaba su cuello, tratando de pararlo.
- ¡Link amigo, basta por favor. Solo queremos ayudarte! – clamó la figura de un fornido Goron, quien trataba inutilizarlo con su fuerza.
Apreciando como su cuerpo era separado del hueco que había hecho. Enojado el transformado caballero dejó salir una serie de guturales aullidos, mientras luchaba por retomar sus acciones. Zarandeándose desesperadamente, tratando de afianzarse con sus patas, evitando de cualquier forma o manera de ser removido. Sintiendo como aquella presencia, comenzaba a sepáralo por completo, dominándolo.
- No, suéltame… ¡Zelda! - Aulló con todas sus fuerzas, mientras continuaba luchando contra el asir que lo sostenía, al tiempo que más y más figuras comenzaban a rodearlo. Siempre repitiendo la misma frase una y otra vez, cuestionando sus motivos, suplicándole que parara, qué acaso ya se había olvidado de ellos, de sus promesas.
-¿Qué no ha sido ya suficiente?… - Cuestionó Syrupe, mientras tomaba su rostro en sus manos, ignorando la amenazadora pose de sus colmillos y los agresivos sonidos que salían de su garganta. Segura de sus actos, tratando de hacer razonar a su fiel amigo.
Sorprendido por la aparición de la anciana maga, el guerrero sintió un terrible vuelco en su corazón al verla de aquella manera. Destruyendo toda la esperanza que existía dentro de él, una a la que silenciosa e incrédulamente se había aferrado. Corrompiéndolo por un instante haciéndolo frenar sus intentos de zafarse. No pudiendo seguir mirando aquellas pupilas, sacudió su cabeza, gruñendo y soltando un par de mordidas, tratando de alejarla, parando en seco, al tiempo que el rostro del a hechicera cambiaba lentamente hasta transformase en el de su amada diosa. La cual inmutada a su amenazas se acercó hasta este, unido sus labios contra los suyos, retornándolo en su forma humana.
- Te amo, todos estamos esperándote… por favor, no me dejes -
Desarmado con aquella caricia, robado de la coherencia de cualquier pensamiento, sin poder apartar su mirada, sin saber que pensar o sentir, solo podía recorrer con ella cada una de las facciones de su amada. De la mujer que había sido su razón completa de existencia, por la cual la vivía, su ilusión. La que le había dado sentido a todo su mundo, por la que había enfrentado a la misma muerte. Apesadumbrado, sin saber que hacer en aquel momento, impedido a negar aquel deseo que había en su corazón, el eterno caballero cerró sus ojos, sucumbiendo ante las palabras de su adorada, su eterno amor.
- Ya has hecho suficiente, has sufrido demasiado… No tienes por que continuar con aquella obligación. -
Despabilado por aquella frase, abriendo rápidamente sus parpados, olvidando el momento en que los había cerrado, incrédulo miró la imagen que estaba frente a él. Frunciendo el seño al preciar realmente aquellos vocablos, unos que jamás habría pronunciado su verdadera diosa. Pues Hylia había sido quien le había inculcado no solo su deseo por proteger el reino, sino a todas las criaturas. Nunca viendo su trabajo como una obligación, sino orgullosa de ser su benefactora, dispuesta a hacer siempre lo posible para mantenerlo seguro.
- Tu no eres Hylia… - vociferó el paladín con un gruñido. Atacando sin piedad la imagen rompiendo el embrujo donde había sido atrapado, cercenando con sus dientes, los tallos de las enredaderas, liberándose y cayendo contra el espejo de agua.
Determinado, nadó entre la oscura laguna acercándose a la base de aquel espectral árbol que atrapaba su protegida. Sacudiendo su cabeza, haciendo a un lado el cansancio que comenzaba a dominarlo. Sabiendo que no tendría otra oportunidad, dispuesto a no detenerse y rescatar a doncella que había ocupado un lugar en su corazón. Haciendo acopio de sus reserva de energía tras dejar salir un fuerte aullido, llamando su nombre, arremetió contra el pupa donde están atrapada asegurados de usar sus peso, garras, colmillos y cuerpo, para destruir el afiance de estos.
Sintiendo como toda su energía era mermada con cada uno de sus movimientos, ignorando el daño que pudiera recibir, pensando solamente en joven princesa, en su sonrisa, en su vitalidad, con fervor fue destrozando cada uno de los tallos, hasta tener a pocos centímetros de él, el cuerpo de la doncella. Experimentando como su vista comenzaba a nublarse, y sus articulaciones perdían su fortaleza, en un último acto de fuerza, tomó a la joven del cuello de la túnica hundiendo por completo sus colmillos asegurándose de su asir. Tirando con todo su peso, liberándola, haciéndolos precipitarse hacia la laguna. Sintiendo un dejo de felicidad, al tiempo que su conciencia lo abandonaba.
apreciando como sus pulmones comenzaban a resentir la falta de oxígeno, impulsada por su propio instinto de supervivencia, usando toda la fuerzas de sus brazos, la joven obligo su cuerpo a salir del líquido. Desorientada, buscó en sus alrededores tratando de entender que había sucedido, disipando la niebla y aquellas alucinaciones de su mente. Maldiciéndose al momento de recordar la razón por la cual se había internado en el pantano.
Preocupada, buscó la ausente figura de la noble yegua, apreciando como una extraña criatura comenzaba a hundirse en las turbias aguas. Discerniendo su identidad, sin perder tiempo se acercó hasta ella, llegando hasta su lado pocos segundos después de haberse hundido. Consternada, dispuesta a salvar a su protector, ingresó en la profundidad del agua, buscando, encontrando como a pocos metros bajo ella continuaba sumergiéndose el inerte lobo gris. Angustiada, pero dispuesta ayudarlo, se acercó a este sujetándolo de su pelaje, jalando su piel, mientras trataba de subir a ambos a la superficie.
Tosiendo y sintiendo como el peso del caballero amenazaba con hundirla, comenzó con forzada brazadas el llegar hasta la orilla donde para su sorpresa, estaba esperándola una cansada y sucia Epona, quien relinchaba con angustia, tratando de apresurarla. Sintiendo como sus piernas tocaban el fondo, desequilibrada trató de caminar sobre la barrosa tierra, mientras continuaba jalando al guerrero. Notando la dificultad de la princesa para moverse y el estado de su amo, haciendo a un lado la incomodidad de su pata, rápidamente la potra se acercó a esta tomando con su boca el cuerpo de su propietario, halandolo con fuertes movimiento hasta la seguridad de la húmeda tierra.
- ¡Link! – gritó la joven, con agitada y exhausta voz, revisando con sus manos el cuerpo de caballero, buscando alguna manera de ayudarlo.
Haciendo que la angustia se multiplicara en su corazón al ver como este no reaccionaba, solo yacía tumbado con el hocico abierto, sin mostrar alguna señal de vida. Horrorizada ante el pensamiento de haberlo perdido, comenzó a sacudirlo, tomando entre sus manos su cabeza, intentado de alguna manera estimularlo. Ayudada por la presencia de la noble yegua, quien con su dientes y frente, movía el cuerpo del guerrero dándole ligeros mordiscos, tratando de levantarlo.
- No, por favor… despierta -
Acongojada sin saber que hacer, sintiendo como su ojos se humedecía, temiendo lo peor, abrazo el cuerpo del enorme canido contra el suyo uniendo sus mejillas, mientras continuaba llamando su nombre. Suplicando en su mente y corazón a las diosas por un milagro. No deseando darse por vencida pasó su manos por su costillar deteniéndola en el instante que sentía un leve movimiento. Incrédula se apartó ligeramente del caballero llamandolo, buscando alguna reacción en su rostros, deteniéndose al apreciar con cuidado como ligeramente las puntas de su orejas se había sacudido, mientras que pesada y pausadamente abría sus parpados. Permitiendo ver aquellas zarcas pupilas que hacia su corazón estremecer.
Contento, embelecado por la imagen que tenía frente a él, completamente agotado, sin un ápice de energía, sintiendo como su alma se regocijaba y su corazón descansaba al ver el rostro de su protegida, aquella joven doncella de la cual se había prendado. Sin tener el control de sus movimientos guiados solo por la necesidad de tenerla cerca, de mostrarle lo mucho que significaba para él, y lo feliz que lo hacía es saber que estaba a salvo. Movió inconscientemente su cola, al tiempo que dejaba salir un fuerte suspiro cargado de un bajo quejido, mientras trataba frotar su mejilla con su hocico.
- Zelda, mi hermosa princesa - Fue el último coherente pensamiento que cruzó la mente del guerrero al volver a ser consumido por las sombras del sincopé, satisfecho de saber que su doncella, se encontraba bien y había sido salvada.
Acongojada, pero dichosa. Tranquilizada por aquel acto, la aristócrata acunó a su amado entre sus brazos, disfrutando del momento. Sintiendo como el miedo la abandonaba, al saber que su caballero estaba con vida. Felicidad que fue raudamente destrozada al recordar la imagen de su madre, aquel sueño donde había estado captiva. Creando confusas y terribles sensaciones en su alma, haciéndola cuestionarse si había sido real aquella ilusión, o si solo había sido conjurado por el lugar. Llenándola de aprensión al rememorar con detalle las palabras de su progenitora, las cuales aún no sabía discernir si eran ciertas o no.
Pendiente de la actitud y los movimientos de los Hylianos, empática a sus emociones. Epona no puedo evitar dejar salir un largo suspiro de resignación. Estaba contenta por su amo y la doncella, pero aun estaban en grave peligro, mientras estuvieran cerca de aquellas lagunas y la presencia de aquellos espectros. Temiendo por la seguridad de ellos, haciendo acopio de su fortaleza, se acerco a la joven golpeándola suavemente con su frente, llamando su atención, para posteriormente echarse con cuidado.
Despabilada y confundida por un instante por el actuar de la potra, la princesa contemplo sus acciones. Mientras las expresiva e impaciente Silver Bay dejaba salir un fuerte resoplido, resollando, mientras volvía su cabeza, intentado indicarle sus intenciones. Comprendiendo el mensaje, sintiendo como el frío de su húmeda ropa comenzaba a helarla, haciendo su piel erizar y estremecer. Haciéndola frotar con sus manos sus desnuda tez en busca de calor, haciéndola recordar las condición en la que se encontraba su protector.
Segura de su decisión y agradecida por la inteligencia de la yegua, con renovado vigor, Zelda se incorporó, agarrando después con firmeza las patas delanteras del enorme lobo comenzando a jalarlo en dirección de donde estaba la quieta potra, quien pendiente movía sus orejas observandola. Agotada, jadeante dejó la figura del canido cerca de la equina, mientras le daba la vuela rodeando por su cabeza, para tomarla de nuevo desde el otro lado, y con renovada firmeza comenzar a alzarlo sobre el lomo de la Silver Bay.
Incomoda por la posición, resintiendo la necesidad de sacudiese, Epona se comandó a estar lo mas estática posible, ya que no deseaba interrumpir las acciones de la chica, y menos cuando era imperativo que salieran de aquel lugar lo antes posible. Agotada por el esfuerzo, pero complacida de haber logrado su cometido, Zelda miraba con satisfacción la acomodada e inconsciente figura de su guardián, esperando solo que este no se fuera a despertar o molestar por la forma en la que lo había tratado. Intentado ignorar ese ultimo pensamiento y apreciando como una extraña presencia comenzaba a llenar el sitio, rápidamente la joven se monto sobre la yegua. Quien al sentir ambos sobre su espalda, se levantó con un raudo, pero cuidoso movimiento lista para retornar a la seguridad del refugio.
Notas de autor:
Hola a todos, para quienes estan enterados sigo con la mudanza de casa, y me cambiaron el modem, siendo este una de las multiples razones, asi como el tener que limpiar a mi compu ya que estaba fallando nuevamente para no haber publicado ayer. Pero bueno espero no les moleste, que solo me haya atrasado hasta ahora.
Como siempre quiero agardecer a todos los que me han dejado sus comentarios, han sido de gran ayuda e inspiración, haciendo que me esmere más y más en describir mejor la situacion de nuestros portagonistas. Ahora les he dejado un capitulo medio intenso, ya que incluso a mi me afecto un poco el manejo de sus emociones. Puede que les paresca a muchos que mi Zelda sea muy insegura, solo espero su paciencia y comprensión con ella, ya que poco a poco ira adquiriendo la experiencia y la fortaleza que nececita para el final. Recuerden que quiera o no era una joven que vivio sobre protegida toda su vida y hasta ahora esta teniendo que enfrnetarse y encontrarse así misma, luchando por ser reconocida por ella, no por ser la reencarnacion de la diosa blanca.
Dicho esto, los dejó y espero con ansias verlos la siguiente semana, que lo disfruten.
Bye bye
