PRIMERA PARTE
EL PORTAL DEL TIEMPO
Capítulo VII - El guardián de Leene
3
—Jamás hubiera imaginado una catedral en este lugar.
Exclamó Lucca viendo con sorpresa la estructura frente a ella, no muy lejos de la entrada al bosque. La catedral de paredes grises, tenía cúpulas de cuatro metros de altura, y ventanales triangules de colores. Un camino de piedras rojas los condujo a la entrada con las puertas entre abiertas. Adentro se dirigieron al fondo del lugar, con la cabeza baja intentando mostrar respeto.
En el interior reinaba un profundo silencio, había veinte largas bancas de madera en fila orientadas frente al altar. No había ningún símbolo religioso en la mesa que deberían ocupar los sacerdotes, salvo una tiara al lado de un pergamino enrollado. La parte izquierda de la pared del fondo, era dominada por un inmenso órgano polvoriento. Sumidas en la oración, cuatro novicias rezaban de rodillas manteniendo su distancia entre ellas.
Las devotas mujeres llevaban hábitos azul cielo y chadores blancos donde ocultaban sus cabellos. Sus rostros lucían inexpresivos y concentrados. Ninguna prestó atención a los recién llegados, concentrándose en sus oraciones silenciosas, con la excepción de una.
La religiosa al moverse hacia ellos, dio la impresión de caminar con dificultad. Su cuerpo se contoneaba bastante, su túnica era tan holgada que ninguno de los dos muchachos pudo distinguir sus pies bajo el hábito. Abriendo sus brazos, y con la mirada sin ver a ninguna parte en particular a pesar de tenerlos enfrente, les dio la bienvenida al recinto.
—Bienvenidos sean hijos míos. Por favor, abran sus corazones para la salvación de sus almas.
Abrió mucho la boca al hablar, pero su voz apenas era un susurro. Lucca sintió un escalofrío en la espalda, sin poder dar crédito a lo que presenciaba. Algo parecido debió ocurrirle a Crono, quien retrocedió un paso al sentir muy cerca a la mujer.
—Hermana. Nos preguntábamos si usted o alguna de sus compañeras ha visto algo extraño últimamente.
—Sí —respondió otra, que estaba de rodillas en una de las bancas cercanas a ellos—, las matanzas que deja la guerra. Nosotras solo nos encargamos de rezar por la paz del mundo.
Su comportamiento y voz era muy similar a la que tenían frente a ellos de pie. Otra novicia en un asiento más adelante se unió a la discusión, como la anterior sin ver a la pareja.
—El mundo no sabría qué hacer en un mundo sin guerras, está en su naturaleza el egoísmo y la vanidad.
—Puede preguntarle a la hermana Dora —respondió la primera—, ella con su luz puede guiarles en su búsqueda. Es aquella que toca el organillo.
Perturbados por la presencia de las mujeres, sin responderles las dejaron, aproximándose al organillo. A pesar de tener un asiento detrás de ella, la hermana se mantenía de pie frente al instrumento, con las manos cruzadas en su pecho y la mirada pérdida como sus compañeras.
A pesar de su comportamiento, los jóvenes reconocieron su mérito por mantener sus costumbres y rezos en constante disciplina, enfocados a pedir por la paz en el reino.
La mirada de Lucca, quedó atraído por la tiara al lado del libro en el altar. Crono le permitió alejarse de él, para poder hablar con la otra religiosa.
—Hermana, disculpe. Hace poco un
amigo nos condujo hasta aquí por el paradero de una persona. ¿Ha escuchado o visto algo sospechoso?
—No, hijo mío. Pero tú y tu compañera son libres de quedarse a la celebración que haremos dentro de poco.
—Lo siento, pero no tendremos tiempo. Disculpe, ¿qué tipo de celebración será?
Sintió curiosidad por la forma en que festejarían mujeres tan serias, así como el motivo para hacerlo.
—Será algo sencillo. Una cena en particular.
—¡Crono!
Lucca se dirigió apresurada hacia su amigo, en sus manos sostenía la tiara, al lado llevaba colgado un lujoso prendedor de esmeraldas con forma de rosa, en él estaba la inscripción real de Guardia. Crono recordó de pronto el comentario del rey cuando lo conoció, acerca de la prenda familiar perdida de la reina. Supo que ella estaba en la catedral sin asomo de dudas.
—¡Qué hace esto aquí! —reclamó saber Lucca a las hermanas.
La mirada sin vida de la religiosa en el órgano se transformó en algo aterrador y sobrehumano: sus ojos se abrieron tanto cayéndose de sus cuencas, debajo, otro par de ojos amarillos rasgados de serpiente los observaron. Lucca emitió un chillido, pero Crono notó a las otras tres mujeres acercándose lentamente hacia ellos con aquellos andares tan extraños. Los ojos artificiales de ellas también se desprendieron, dejando libres los verdaderos para mirarlos de manera aterradora.
—¿Qué están haciendo? —Preguntó Crono, aunque imaginando lo que estaba a punto de ocurrir.
—¿No lo ves? —respondió la del órgano—. Estamos preparándonos para tomar nuestra cena.
La joven inventora pasaba su mirada muy deprisa a cada una de las religiosas.
—Pero criticaban al hombre por hacer la guerra… y esas cosas —discretamente acercaba su mano a la pistola en su cinturón esperando distraerlas—. Estaban rezando por eso.
Las hermanas lanzaron unas sonoras carcajadas sobrenaturales, similares a las risas de las hienas, sus rostros se torcieron en grotescas sonrisas de donde se asomaron debajo de los dientes postizos sus puntiagudos dientes y colmillos. De sus chadores se escapaban algunos cabellos rosas.
—Por supuesto mi niña —le respondió una a Lucca—. Está en la naturaleza del hombre por su vanidad y egoísmo hacer la guerra, y rezamos agradecidas por eso. Entre más sangre humana se derrame, más comida hay para nosotras.
Otra de sus compañeras terció:
—El hombre pueden quedarse con sus deseos de paz en el mundo, nosotros solo deseamos una parte del mismo, la mayor parte.
Mientras hablaban, sus falsas manos se hacían pedazos por las garras que brotaban de sus dedos. Los hábitos resbalaban de sus cuerpos. Sus cabellos estaban agarrados en coletas, y sus pechos los cubrían con sujetadores de tela azul.
—Los humanos deben perecer. Los místicos somos los únicos con el derecho de reclamar el mundo.
Con los hábitos en el suelo, se mostraron cuales eran en realidad. Debajo de la cintura no había piernas en aquellas mujeres monstruosas, sino el cuerpo de una gruesa serpiente de escamas guindas y rosadas. Sus colas se agitaban por la excitación del momento. Quien decía ser la hermana Dora, contrajo su sonrisa y ordenó a sus compañeras:
—¡Mátenlos!
Con rápidos movimientos, Crono desenfundó su espada y Lucca su arma. Las bestias echaron el cuerpo para atrás escupiéndoles. Ambos esquivaron con repugnancia su saliva, pero a Lucca le alcanzó en una pierna sintiéndola al instante adormecida. La muchacha disparó en el hombro a la hermana Dora, y cuando una intentó atacar con sus garras a Crono, de un tajo, el muchacho le cortó el brazo.
—¡No puedo moverme mi pierna!
Bramó Lucca al dejar de sentirla. Las mujeres bestia tomaron cautela con Crono, quien intentaba defenderse lanzando estocadas al aire sin separarse de su amiga para protegerla. Ella hacía lo que podía disparándoles, pero las bestias eran rápidas para esquivar. A tiros acribilló la que perdió su brazo.
Ante el temor de quedarse sin municiones, la joven activó el lanzallamas que usó contra otra bestia, y al instante aquél ser dio peores alaridos de dolor hasta caer muerta en el acto, sobre el altar su cuerpo se consumió demasiado rápido. Sus dos compañeras restantes gritaron de furia pero cesaron sus intentos de atacar a Lucca centrándose en Crono, aterradas por ser alcanzadas por el fuego. Al muchacho eso le dio una idea.
Gritó aterrorizada, una de esas bestias se le fue encima pero… ¡Comenzó a consumirse en las llamas que Lucca sacó al transformar su arma! Las otras retrocedieron de su compañera al verla incendiarse de esa manera. Pareciese que no les agradaba el fuego. Crono tuvo una idea. Guardó la espada de metal y sacó la de madera.
—¡Lucca, dispárale a mi espada!
Lucca obedeció entendiendo lo que pretendía. La espada se incendió, y el muchacho se lanzó peligrosamente hacia ellas para realizar la técnica que su maestro le había mostrado, Ciclón. Logró realizarla con éxito, impulsando su peso sobre la espalda para girar sobre sí mismo y asestar a sus adversarios, consiguiendo a la vez una defensa impenetrable. En un torbellino de fuego, las otras dos mujeres monstruo cayeron envueltas en llamas, sus cuerpos entraban en combustión más rápido de lo que lo harían otro tipo de seres vivientes.
El humo de sus cuerpos se alzó sobre el ambiente; los muchachos tosieron, escucharon el ruido de la puerta al abrirse, pasos, y algo arrastrándose por las paredes. El humo se desvaneció y de las bestias sólo había cenizas. Crono arrojó sobre ellas su espada de madera, casi consumida e inservible irremediablemente. Aunque siempre la consideró algo inútil, lamentaba haber perdido su espada de práctica. Recogió la otra del suelo, por lo menos le quedaba la que robó de la armadura en el castillo.
—Eso estuvo cerca —exclamó Lucca conmocionada—. ¿No habías escuchado algo hace unos momentos cómo…? ¡Ah!
¡Tras ellos, de la pared se dejó caer una de las mujeres con cola de serpiente, con la piel oscurecida y deformada! Con una de sus garras rasgó el brazo de Lucca, y antes de darle con la otra en la garganta, sin darle tiempo al muchacho de salvar a su amiga, la bestia cayó muerta con el filo de una espada saliendo de su pecho. Atrás de ella a su vez, alguien había saltado sobre el monstruo para darle el golpe final.
Tarde, Crono levantó su arma contra el extraño visitante. Lucca se tentó el brazo sin poder apoyar con facilidad su pierna todavía, al volver la mirada sobre quien la salvó, gritó y a gatas retrocedió hacia Crono, horrorizada por el ser ante ella blandiendo una espada.
Arcangel91 como siempre agradeciendo tus comentarios, espero el capítulo haya sido de tu agrado y el de muchos.
