XXVIII. Chill
.
.
.
El español había tomado la decisión unilateral de dejarlo, no porque no fuera feliz, no porque no lo amara, sino porque mientras más tiempo alargara la agonía, sería aún peor; él sabía lo que dolía la separación, lo había vivido en carne propia, y como guerrero de Atenea, sabía cuál era su destino.
Lo amaba lo indecible.
—Creí que podía hacerlo, hacértelo… una vez más… pero no puedo —susurra Shura a media voz mientras toca su piel morena.
Zephyr lloró, lloró con un amor devastador que casi es capaz de arrancarle lágrimas al otro.
—¡Suéltame! No me toques… ¿Por qué? Si es por mis preguntas… te juro que no volveré a preguntar, no volveré a molestar con eso… —dijo desesperado, devastado.
—No, no es posible.
—Te quedas ahí parado diciéndome esto con una frescura que da envidia, Arnau…, Shura…, como sea que te llames, extraño…
Zephyr atravesó el rostro de alabastro de Shura de una bofetada, le pegó con los puños cerrados, el español le dio un suave beso, y luego… él simplemente se fue dejándolo solo arrasado en lágrimas, echo un ovillo en el piso abrazado a Glykós, su perro.
—Me diste una vida de ensueño para no quedarte en ella… ahora ¿Qué pretendes que haga yo con esto?... —Murmuró entre sollozos llamándolo, pero él ya se había ido lejos, caminaba, casi corría… porque dentro del pecho algo se le había roto una segunda vez.
