Capítulo 28: Rocking all over the world (4ª parte)
Aunque ya había transcurrido un año desde su nombramiento como maestro del Shinkageryû, Hotsuma no había olvidado el duelo que había determinado su actual papel en la escuela de los Nanjo. De haber sido otra su suerte en la demostración de su destreza, tal vez hubiese quedado excluido de la esfera elitista en la que ahora se codeaba, relegado al eterno papel de guarda personal en combinación con el de aprendiz.
Era cierto que su habilidad en la espada y el tiro con arco se había incrementado notoriamente en los últimos doce meses, mas su punto fuerte seguía estando en el tatami y el contacto directo con el oponente.
Cada vez que concluía una etapa en la formación de los alumnos de la academia, Nadeshiko y él acordaban verse a medianoche en el dôjo para comprobar el alcance real de sus respectivos progresos. A esa hora, en la que el cansancio había dejado mella suficiente, la mente estaba en un estado de quiebre próximo al de la lucidez.
Sin más testigos que las fotografías que desde las paredes presidían la sala, ambos hicieron una reverencia cuando estuvieron frente a frente en el centro del tablero.
Nadeshiko le miró a los ojos. Algo había cambiado en aquel joven; sus rasgos se habían afilado, avistándose la fisonomía definitiva tras el término de la adolescencia. Más allá de las transformaciones meramente físicas, pudo sentir que su aura ardía, alimentada por el único combustible capaz de romper los moldes más rígidos humanamente hablando.
Había que estar ciego para no deducir el por qué; en su caso, había sido espectadora privilegiada del entramado de pasiones, intereses y celos que conformaban la extraña relación surgida entre los tres hombres con los que compartía techo.
Hicieron un último gesto con la cabeza antes de adoptar posición de defensa replegando los brazos sobre el pecho, girando en círculos analizándose fría y calculadamente; aunque no fuese más que un simple combate de entrenamiento, los sentidos estaban tan agudizados como si se tratara de un duelo de honor.
No dudaron a la hora de recurrir a sus mejores bazas. Ella giró sobre el talón, propinándole una patada al abrir la pierna izquierda en un amplísimo ángulo. Hotsuma la bloqueó cruzando las muñecas sobre el rostro, rodando lateralmente para evitar que le tumbara a continuación de un barrido.
—El amor te vuelve fuerte como el acero, pero también frágil como el cristal. ¿Qué se esconde detrás de esa voluntad de hierro? —preguntó ella, díscola.
Hotsuma la agarró de la manga del kimono, ejecutando una llave que la lanzó por los aires, aterrizando con felina gracia.
—Céntrate en mis actos, no tengo nada que ocultar para medirme a ti —expuso.
Nadeshiko esbozó una media sonrisa, tocándose levemente la mejilla para calmar el dolor.
—Mientes. Tus movimientos esta noche son más enérgicos, pero han perdido precisión. Como si estuvieses aquí solo de cuerpo presente.
Trató de hacer caso omiso a la guerra psicológica, pero mientras continuaban intercambiando y esquivando ataques, las imágenes se sucedían una tras otra en su psique.
¿En qué había cambiado la situación con respecto a los inicios? El cerco del proteccionismo seguía siendo igual de profundo; por mucho que hubiese intimado con Izumi, hasta el punto de haber enterrado el avatar de enemigo que primeramente le atribuyó, habían ciertas asperezas que le dolían, como si entereza se volviera vidrio tal y como Nadeshiko había dicho, rompiéndose en trozos punzantes que se clavaban en su carne.
Sabía que ellos dos habían llevado la atracción hasta otro nivel, al igual que él había hecho con cada uno por separado.
Mientras forcejeaba con aquella mortífera belleza, se dijo que ése era el punto de quiebre del triángulo: mientras dos de los lados se tocaban, el otro permanecía ajeno, esperando a su turno para ir al encuentro del contiguo. ¿De qué serviría en un futuro seguir manteniendo equilibrio precario?
Dedicó unos segundos de más a sopesar la reflexión, intervalo suficiente para que ella le propinase un fuerte golpe en un costado.
—Lo que suponía —increpó—. No estás en condiciones de mostrar tu potencial.
Él apretó los dientes, conteniendo la rabia. En algún lugar de la mansión, amparados por el respeto aunque no por el secretismo, sus dos amantes entregaban al juego de la pasión sin contar con él.
Hotsuma llegó al límite. Podría haber desahogado hasta caer exhausto en el tatami la masa contrapuesta de sentimientos que le atosigaba, a punto de rebosarse, pero la fría compostura de Nadeshiko le hizo entender que ése no era el camino que debía tomar. Ella no era sólo una kendoka magnífica, sino que tenía un ingenio e inteligencia brillantes, reforzados por un femenino sentido de la observación y capacidad de análisis.
Hizo una reverencia poniendo el punto y seguido a la sesión y abandonó el dôjo. Nadeshiko le observó hasta que hubo cerrado la puerta principal del recinto; contempló las fotografías de su padre y sus dos hermanos mayores, hablando en alto tanto para ellos como para la sinuosa sombra que en el exterior le aguardaba.
—Los hombres tienen por naturaleza una mente muy simple. Son incapaces de ver más allá de una línea recta —afirmó.
Shon-ji abrió el panel, dejando que el frescor de la noche renovara el aire del gimnasio. Estaba sentada en el porche, absorta en el movimiento de las copas de los árboles.
—¿Qué te hace pensar eso?
Nadeshiko salió descalza, andando con elegancia por los suelos de madera. Se había encajado al hombro su arco, tensando la cuerda para que la flecha que portaba saliera despedida. Apuntó a un punto en concreto valiéndose de la luz de la luna, incrustándose el arma con un seco chasquido en un panel lejano.
—Emplean su fuerza y alma en acertar en un blanco, como esa flecha. Avanzan sin importar los obstáculos que se les ponga delante, pero si tienen la mala suerte de tropezar con uno, corren el riesgo de quedarse clavados en él…
Nadeshiko tomó otra flecha de la carcasa, escenificando su metáfora en el nuevo acto. El afilado proyectil rasgó el aire antes de clavarse en el cuerpo de la primera flecha, provocando que por el impacto la punta de ésta atravesara la lámina.
Entrecerró los ojos, imaginando que si clavaba una tercera flecha sobre las otras dos, formaría un único artilugio capaz de atravesar la barrera a la que inicialmente estaba supeditada.
—Siguen manteniendo la idea de mirar al frente en dúos, pensando que sólo así conseguirán el equilibrio —meditó, como sumida en un trance—, pero nada se aleja más de la realidad.
—Sólo juntos serán capaces de romper las barreras que asomen en su horizonte —añadió la coreana.
Nadeshiko asintió. La relación entre Izumi, Hotsuma y su sobrino era opuesta a la que ambas habían construido. Ellos caminaban de la mano de la atracción y la necesidad para hacer frente a sus respectivos antecedentes sanguíneos, sin saber dónde estaba la frontera entre satisfacer los propios deseos, o borrar los fantasmas del pasado prolongando los ecos de la historia. Por el contrario, ellas habían luchado por romper el estereotipo asiático de mujer perfecta, disfrutando de una cuota de poder inalcanzable para muchas de sus contemporáneas.
La noche en su esplendor comprobó que dichas estimaciones eran ciertas. Mientras las dueñas del lugar buscaban intimidad dejándose tocar por las suaves oleadas de sus labios, Hotsuma recorrió a pasos toscos la distancia que le separaba de la alcoba principal en la planta alta de la mansión.
A medida que recorría pasillo formado por los paneles de las dependencias podía escucharles más nítidamente. Su corazón retumbaba con estrépito, y sus dedos sostuvieron sin dudar el agarre de la puerta, deslizándola de un tirón por el raíl.
La estampa que halló era precisamente la que esperaba encontrar. Enmarañados en el amplio futón de Tatsuomi, éste y Yugo retozaban como si el fin del mundo estuviese próximo. Un escalofrío recorrió su columna vertebral cuando vio las fascinantes formas de su protegido brillando por los efectos de la luz nocturna sobre el sudor de su piel, cabalgándole. El cabello le caía lacio por los hombros, girando parcialmente el rostro cuando percibió ruido.
Izumi, tendido sobre el suelo y con ambas manos fijas en sus caderas, también hizo ademán de comprobar quién osaba a interrumpirles. Cuando distinguió en la penumbra la abrasadora mirada del hombre al que había introducido en los tórridos parajes en los que ahora estaba inmerso, sintió que la tensión súbita se desvanecía. Conocía las reacciones del cuerpo de Hotsuma, y él conocía las suyas. El propio Tatsuomi conocía la de ambos, por lo que el carácter violento que en un principio podría atribuirse al acto no era más que la consumación de lo inevitable, arropados los tres por una comodidad que rayaba en lo enfermizo.
Hotsuma cerró el panel a la par que se desvestía a tirones. Había estado ejercitándose hasta hacía muy poco, por lo que la temperatura de sus músculos estaba acorde con la de ellos. Al ponerse de rodillas en el suelo la visión consiguió excitarle en tiempo record: los prietos glúteos de Tatsumi se cerraban en torno a la erección de Yugo, adentrándose ésta en su interior en un acelerado ritmo intermitente.
Quería disfrutar también de él, y disfrutar a su vez de Yugo. Su pasión era desmedida, ciega. Había roto tabúes a la hora de iniciarse en el sexo, por lo que no veía motivo por el que no hacerlo ahora también. Era momento de cobrarse el primer mal trago, al serle impuesto estrenarse con Izumi.
Yugo abrió las piernas, permitiéndole situarse entre ellas y acortar el espacio con respecto a Tatsuomi. Hotsuma pegó el rosto a la espalda del joven Nanjo, rozándole con su dureza recién formada. Enterró el rostro en su cuello, rozándolo con los dientes mientras sujetaba su pene, dirigiéndolo a la entrada ocupada.
El amor estaba compuesto en partes más o menos similares de dolor y placer; lo que a los tres unía no se quedaba atrás, correspondiéndoles ahora paladear dichas dos sensaciones.
Tatsumi ahogó un grito cuando al miembro que le llenaba se le sumó otro. Su cuerpo, forzado a alcanzar una elasticidad límite, se resistía en un principio a soportar una doble intromisión. Hotsuma cerró los ojos, depositando una mano sobre la de Yugo, dedicando la otra a recorrer el pecho de marfil del heredero.
Improvisó una lubricación con la que facilitar el objetivo, encontrando por un lado molesta que fuese tanta la presión contra la que luchaba, aunque tremendamente excitante estar rozándose con Izumi mientras ambos le empalaban. Cuando se hubo colado por completo y la presión remitió lo suficiente como para ignorarla, se sumergieron en el desenfreno perdiendo la noción de la realidad.
Acompasaron los movimientos como si fueran los engranajes de una maquinaria; Yugo y Hotsuma ejercían su derecho a poseer a Tatsuomi, y Tatsuomi reía, obscenamente pletórico, por ver alcanzada su meta. Allí les tenía, adorándole sin repelerse, lo suficientemente unidos como para a su vez no abandonarle.
Los gemidos y quejidos se mezclaron en un único canto, incrementándose la velocidad. La unión final llegó cuando ellos tuvieron que rendirse a la gloria del orgasmo, fusionándose las esencias al bañar sus entrañas.
Se quedaron quietos, tratando de recobrar el aliento sin dejar que Tatsuomi se moviese. Pero él, bravo e impetuoso como correspondía, no se los permitió. Se levantó tras haberse liberado y se colocó ante ellos, haciéndole un gesto a Yugo para que se incorporara. El semen resbalaba por la cara interna de sus muslos, tomando una muestra con la que hacer más fructífera la fricción de la mano.
Hotsuma y Yugo se miraron a los ojos, terminando por fundirse sus bocas. Y mientras ellos parecían tener la intención de consumir al otro a golpe de más y más besos, Tatsuomi les observaba, masturbándose. Les sostuvo por la barbilla para que no se apartaran, recibiéndole dóciles. La agilidad con la que se desplazaba su muñeca hizo de colofón a la experiencia, intensificando el clímax al contemplar cómo sus rostros morenos quedaban salpicados de blanco.
Extasiado y relajado, Tatsuomi se recostó sobre el futón. El cosquilleo que recorría su piel pronto fue suplido por el peso de los cuerpos de sus acompañantes. Ellos, tras haberse borrado mutuamente el rastro delator de la lujuria, hicieron lo mismo; con las tres cabezas muy juntas y los brazos posados sobre los otros, parecían una madeja enredada que ni el más paciente sería capaz de devolver a su estado inicial.
Antes de ser vencidos por el sopor, cada uno en su fuero interno pensó que el escudo creado era, en efecto, el más resistente de todos los posibles, mas la fortaleza de la sinergia tendría en ellos mismos a su peor enemigo; tal y como decía la vieja leyenda, si el escudo y la lanza más resistentes del mundo se confrontaban, ambas se desquebrajarían.
En el triángulo cada uno tenía un escudo y una lanza con el que protegerse y proteger a los demás; el que ésta no apuntase al semejante dependía, en buen grado, de las historias de alcoba que a partir de esa noche se escribirían, con la certeza de que el porvenir del triunvirato sería regado, además de con sangre, sudor y lágrimas, con los efluvios que surgiesen de interminables veladas.
- 2 -
El haber recorrido en un verano gran parte del planeta, montando en sofisticados aviones y visitando lugares con los que hasta entonces ni siquiera había soñado, supuso para Derek una aventura que no olvidaría en bastante tiempo. Sin embargo, por mucho que hubiese disfrutado de tantas vivencias, ello no quitaba para que sintiera un alivio semejante al que invadió a Takuto cuando éste abrió la puerta de la entrada del jardín con su juego de llaves.
Antes de que Titán se abalanzara sobre ellos, pidió a Derek que le sujetara mientras terminaba de descargar las maletas del taxi y pagaba la carrera al conductor. Una vez estuvo en condiciones de entrar en su domicilio, cerró ayudándose de la pierna y observó de refilón que las plantas habían sido bien cuidadas durante la ausencia.
El perro se incorporó sobre las patas traseras para lamerle la cara, dándole la bienvenida tras tantos meses fuera.
—¡Hey, grandullón! Te he echado de menos.
—Le han cambiado el collar —observó el chico, deseando deshacer su parte del equipaje para ir a jugar con él.
Izumi, sabiendo que se lo había ganado por lo bien que había tolerado el agotador ritmo del tour, le dejó campar a sus anchas.
—Seguro que se muere de ganas por que le lances su pelota —dijo—. Ve a buscarla, ya me ocupo yo de esto.
Derek no se hizo de rogar. Desplegó una sonrisa radiante y echó a correr seguido del dogo hacia la parte trasera del jardín. Takuto suspiró, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban para organizar el regreso y empezar a preparar su marcha a la concentración que el equipo iniciaba en Gales apenas día y medio después.
Pese a que no tenía gana alguna de sacar montones de ropa, poner lavadoras, recolectar cartas, faxes y llamadas almacenadas en el contestador, se auto insufló voluntad pensando que al menos él obtendría en unas horas el merecido descanso; ellos ya se encontraban en sus dominios, pero Kôji y el resto de la comitiva se había desplazado nada más pisar Londres al Wembley Arena, con motivo del concierto de clausura.
Lo primero que hizo tras llamar a sus hermanos y anunciar que ya estaban allí, fue constatar que la delegación deportiva del Chelsea le había remitido el planning, y que el lunes 3 de septiembre a las 8 de la mañana debía estar en Stamford Bridge para pasar el reconocimiento médico. Si las pruebas eran positivas, podría incorporarse definitivamente a la plantilla.
Sujetó entre el hombro y la oreja el teléfono inalámbrico mientras iba sacando prendas minuciosamente dobladas, poniéndose en contacto con su compañero de confianza.
—¿Dorians? Hola, soy yo.
—¡Vaya, Taku¿Ya estás de regreso?
—Sí, menos mal. Cada vez llevo peor tanto ajetreo —comentó discernidamente, clasificando por montones la ropa que requería un tratamiento especial y la que no.
—¿Te han llegado los documentos de la concentración? —quiso saber el portero.
—Sí, precisamente por eso te llamaba. A ver… —dijo, pasando rápido los folios— Disputamos dos amistosos, y encadenamos la concentración con los entrenamientos en Londres y el primer partido de liga¿verdad?
Cuando ya tenía una montaña notoriamente más grande que la otra e iba a seleccionar un programa de lavado en el aparato, el británico le confirmó lo que quería saber.
—Correcto. Una semana recluidos entre pastos y ovejas. ¿Has estado alguna vez en Carwen?
—Creo que no. Tras tantos vuelos ya ni me ubico.
—Tú céntrate en pasar el reconocimiento y los análisis. ¿Cómo te encuentras?
—Perfectamente.
—Genial. Los nuevos están deseando conocer al capitán —añadió con una pizca de nostalgia.
En efecto, los meses en los que no habían contado con la enérgica presencia del japonés en el vestuario habían dejado un vacío que los veteranos deseaban llenar. Y el único que así podía hacer era, en efecto, la pesadilla asiática de todos los defensas de Europa.
—Pensé que habrían más fichajes —apuntó, pues había estado al tanto de los movimientos del club.
—Mejor, así no tendrás demasiada competencia.
—Me encanta la rivalidad sana —aseguró, brillando sus ojos de manera especial.
Siguieron hablando un par de minutos, hasta que Izumi le pidió disculpas por tener que colgar.
—Oye¿te parece si seguimos el lunes? Tengo mil cosas que hacer…
—Claro, faltaría más, hombre —rió—. Saludos por ahí.
—Lo mismo digo —replicó, dejando el aparato en su base.
Adoraba la sensación de nerviosismo que se le acumuló en el estómago nada más hubo cortado la comunicación. Faltaba muy poco para volver a aspirar el aroma de la competición, y recrearse en el ruido del balón al ser golpeado.
Se dedicó a colocar en su sitio documentos, enseres y buena parte de las compras que habían ido haciendo por los países visitados. Estaba cuestionándose cómo demonios se las ingeniaba Kôji para renovar constantemente su armario sin llevarlo al colapso cuando reparó en que pronto anochecería. Se asomó al jardín desde el ventanal de su habitación, viéndoles juguetear ignorando la humedad que estaba cayendo desde el plomizo cielo de Londres.
—Derek, ponle de comer y ve entrando, que empieza a hacer frío.
—¿Ya? —se quejó.
—Mañana podrás estar con Titán todo lo que quieras.
El niño lanzó la pelota de tenis con algo de fastidio. Su último día de vacaciones antes de empezar las clases prometía ser entretenido.
—Vale —cedió, entrando por la puerta de la cocina.
Takuto se reunió con él a los pocos minutos. Derek estaba sentado junto al perro, observándole devorar con avidez. La efectividad de los audífonos le permitió detectar sus pasos desde la escalinata, revelándole una verdad.
—Tengo hambre…
—Y yo. A ver si recuerdo cómo se cocina, parece que haya pasado una eternidad desde la última vez que lo hice —bromeó, pensando en qué podría preparar con lo que tenía en las despensas.
Decían que el dinero compraba la felicidad, o al menos ayudaba a conseguirla. Takuto lo ponía en entredicho, porque pese a que en las últimas semanas se había visto casi obligado a alojarse en algunos de los hoteles más selectos de cuantos existían, con toda serie de lujos a su alcance, nada se equiparaba a la plenitud de estar en su cocina con lo primero que había encontrado en los cajones puesto.
- 3 -
La normativa inglesa sobre espectáculos no era lo que se decía flexible. Estaba estipulado que ningún evento podía terminar más allá de las 11 de la noche, así que tras haber cumplido por un ajustadísimo margen el mandato, y celebrar un brindis colectivo en el escenario con el staff técnico una vez se hubo marchado el público, Angelous al completo hacía rechinar las latas de cerveza con la que coronaban el final de un periodo creativo repleto de éxitos.
—Caballeros, ha sido un honor acompañarles en la travesía —dijo Dave.
—Todavía no me puedo creer que se haya acabado —exclamó Liam, sentándose sobre un amplificador almacenado en los camerinos por el caos que reinaba en el backstage.
Ya tenían la suficiente experiencia acumulada en directo como para haberse acostumbrado, pero esa era la magia de la música; uno nunca conseguía asimilar la sensación de desconcierto que caracterizaba a la clausura de una gira, mezclándose la necesidad de un periodo sabático indefinido con la difícil ruptura de la rutina.
—Y lo bien que me va a sentar levantarme cando me plazca y no veros las caras —rió el batería, haciendo gala de su perenne buen humor—. Sin aeropuertos, ni pruebas de sonido, ni entrevistas…
—Eso lo dirás por ti —apuntó Brett, abriéndose otra lata—, me voy de gira con los Paralell, como mínimo 20 fechas.
—Pues de Londres no me saca nadie en una buena temporada —dijo Kôji muy serio—. Pienso recuperar las horas de sueño que me han quitado, como si me tengo que levantar para llevar al crío al colegio y a continuación volver a meterme entre las sábanas.
Insinuó eso último mirando al responsable, entre otros cientos de cosas, de los horarios de los desplazamientos. Taka apenas había tocado su bebida, afrontando que había llegado la hora de comunicarles lo que había estado meditando durante la última etapa del tour. Dejó el envase sobre la mesa, dedicándole a Chris una mirada fugaz antes de dirigirla al conjunto en general, armándose de valor.
—Sé que no es el mejor momento para decirlo, o tal vez sí —empezó—, pero creo que debéis ser los primeros en saberlo.
—¿Saber el qué? —inquirió el guitarrista, tocándose el piercing que atravesaba su labio inferior con la punta de la lengua.
Finalmente lo reveló. Quitarse el peso de encima no había aligerado la carga, tal y como pensaba que ocurriría, más bien todo lo contrario.
—Con vosotros he llegado a la cima de mi carrera. Habéis conseguido un estatus envidiable, reconocimiento internacional, premios y vuestro nivel de ventas es magnífico. Como profesional ya no puedo aspirar a más al frente del grupo, así que… no he tomado la decisión en firme, pero lo más probable es que en breve presente mi dimisión como vuestro manager.
Ellos se quedaron atónitos, en especial el bajista, el cuál seguía sin decir nada.
—¿Cómo que lo dejas¿Te has vuelto loco? —increpó Dave levantándose.
Liam, tras haberse puesto en el lugar de Toshiyuki, intentó rebajar los acalorados ánimos de su compañero.
—Déjale —pidió—. Es su decisión, y los motivos en los que se fundamenta son comprensibles.
—Pero Taka¿en serio que estás seguro? No será lo mismo sin ti —insistió Brett apenado.
Kôji, el único aparte de Chris que conocía los puntos por los que la declaración cobraba otros matices, fue bastante duro en su alegato.
—Si crees que ya no te aportamos nada nuevo, estás en tu derecho de marcharte. Tal vez tú tampoco nos aportes nada a nosotros.
Taka enrojeció. El cantante siempre había provocado en él esa sensación de desconcierto que le anulaba. Estaba cansado de la presión, de no tener vida propia y de que los demás dependieran constantemente de él.
—He de irme, tengo que ultimar algunas cosas antes de que empiecen a desmontar el escenario —murmuró, abandonando el camerino cabizbajo.
En el interior del cubículo los músicos no se creían lo que estaba ocurriendo. Dave daba vueltas caminando con los brazos cruzados, Liam se recogía su melena bicolor y Brett, con el ceño fruncido, trataba de encestar en una papelera la segunda lata a la que había dado cuenta.
Fue entonces cuando Chris no lo soportó más. Se incorporó, teniendo un coraje similar al que el agente había mostrado al echarse a sí mismo la culpa.
—Si hay alguien aquí que deba irse del grupo soy yo, no Taka.
—¿Pero qué demonios os pasa a todos hoy? —casi gritó Brett.
—¿A qué ha venido eso? —exigió saber Liam, tratando de buscar el lado lógico a las cosas.
Chris suspiró, encontrándose en una encerrona. Cuando Liam le clavaba a uno sus ojos de aquella manera, era como someterse a un interrogatorio por parte de un miembro de la KGB.
—Creo que soy en parte culpable de que no quiera continuar.
—¿Qué has hecho que sea tan grave como para que Taka quiera salir por la puerta de atrás?
—Tú también estarías dolido si la persona con la que has dormido durante toda la gira no te correspondiese.
Kôji siguió bebiendo sin inmutarse mientras los restantes músicos acorralaban al bajista, desengranando lo que acababan de oír.
—Espera, espera… —pidió Liam— ¿Quieres decir que…?
—¡Taka es el de los pantalones! —exclamó Dave, dotando de sentido la conversación que tuvieron en la cantina del hotel mexicano.
Justo cuando Brett, estupefacto, iba a añadir algo similar, la voz del japonés se evidenció en un tono completamente lineal y forzado.
—Oh vaya, tú y Takasaka estáis liados desde que tocamos en Amsterdam, menuda sorpresa…
Los tres se giraron hacia Kôji, apuntándole el guitarrista con uno de sus hábiles dedos.
—¡Tú ya lo sabías!
—¡Eso es jugar sucio, tío¡Los chismes están para compartirlos con los demás! —protestó Dave.
—¿Y qué queríais que hiciese? Alguien tenía que darle consejos —se excusó.
Liam, en lugar de descargar la adrenalina producida por la noticia en reproches absurdos, se preocupó por el estado de su viejo camarada.
—¿Y qué ha pasado, no os ha ido bien? —le preguntó con suavidad.
—No fui demasiado diplomático rechazando su propuesta de continuar con esto fuera de la cama, y…
En vistas a que dejó la frase en el aire, Dave le presionó, impaciente.
—¿Y…?
—…y ahora me arrepiento de haberlo hecho. Joder, no me miréis así, que me ponéis nervioso.
Fue de nuevo el cantante quien puso los puntos sobre las íes, levantándose con la intención de emprender el camino de vuelta definitivo. Se puso ante él de un par de zancadas, mirándole fijamente como si le estuviera dando una orden.
—Si de verdad le quieres, déjate de numeritos y sal ahí fuera a buscarle. Demuéstrale de lo que eres capaz.
Liam asintió, corroborando lo dicho.
—Kôji tiene razón.
—Ni siquiera tengo claro lo que siento…
Dave soltó una risilla. En la mayoría de los casos, el incendio se veía antes a lo lejos por el humo que desde el mismo punto de las llamas.
—Claro que le quieres. El Chris al que conozco ya se habría buscado un ligue en una situación normal para esta noche, en vez de estar dando vueltas alrededor de un punto.
—Reconócelo, chico: estás pillado —apuntó Brett, dándole un codazo.
Él tragó saliva. La oportunidad de cambiar de rumbo en su vida le intimidaba, pero los ánimos ciegos de sus amigos, pese a lo comprometido de su situación y la más que posible pérdida adjunta del manager de la banda, le hacían querer arriesgarse.
—Hazlo o no lo hagas, pero decídete ya, que quiero largarme —le apuró Kôji, cogiendo su chaqueta del vestidor.
—De acuerdo, allá voy —se dijo a sí mismo.
Los cinco guardaron silencio unos momentos. Era la habitual despedida, un "hasta la vista" en el que sólo el tiempo y la necesidad de volver a crear darían inicio a un nuevo encuentro.
—Supongo que lo de siempre¿no? —comentó Liam— Ya nos pondremos en contacto.
—Qué os vaya bien, no hagáis muchas locuras —sugirió Dave.
Caminaron juntos por el pasillo hasta que cada uno tomó un camino distinto. Brett fue al encuentro de Rose para marchar al apartamento donde pasarían apenas unas semanas antes de embarcarse en otra hoja de ruta, mientras que Liam y Kôji pidieron a uno de los auxiliares de producción que les hiciera llegar un taxi.
Dave, tras haber decidido en última instancia unirse a la juerga organizada por los miembros del equipo de sonido, observó a Chris desaparecer por los entresijos del Arena, corriendo de un lado a otro en busca de Takasaka.
Preguntó en todos los lugares que se le ocurrieron, obteniendo constantemente la misma respuesta negativa.
No le halló ni en la sala de reuniones, ni en la de conferencias. Tampoco estaba en las cabinas de control de luces, o supervisando que el embalaje de los aparatos se llevaba a cabo sin problemas.
Esos quince minutos que empleó en deambular sin éxito le parecieron eternos. Lo intentó con el teléfono, obteniendo únicamente la respuesta del buzón de voz.
Sus pies se movieron solos hasta el parking privado, quizás en un intento de asimilar la derrota, o indicándole que allí daría con lo que deseaba.
Le vio a lo lejos, esperando junto a una gruesa columnata que separaba varias plazas para vehículos. El corazón empezó a latirle con fuerza, sin que ello se debiera al esfuerzo físico realizado.
—¿Taka?
Él se giró. Estaba limpiando los cristales de sus gafas, potenciando el gesto su aureola de fragilidad. Sin embargo, en cuanto le hubo reconocido, el rostro de Toshiyuki se endureció.
—¿Qué quieres?
Chris no supo en principio cómo debía reaccionar ante lo seco de su actitud, deduciendo que tenía bien merecido aquella dosis de hostilidad.
—¿Ya te vas?
—Sí. Estoy esperando a que terminen de recoger el cableado, Steve me alcanzará.
—Te llevo yo —dijo sin bacilar, buscando las llaves de su biplaza.
—No es necesario, gracias —respondió, rechazando la propuesta.
El bajista no se dejó mermar, accionando el mando de apertura a distancia de su coche, consiguiendo que se iluminaran las luces y saltara el dispositivo de aviso.
—Por favor.
Taka suspiró, incómodo. Lo que realmente le apetecía era estar a solas en ese momento tan difícil de su trayectoria, pero lo que le unía a él y las connotaciones de su voz al pedírselo hicieron que cediera.
Acabaron en el interior del deportivo, arrancando Chris el motor para salir de Wembley, deseando no encontrar demasiado follón en la carretera para poder mantener una conversación en condiciones.
El tráfico una vez hubieron dejado atrás las manzanas que rodeaban al Arena se estabilizó; sin más obstáculos que sortear y aprovechando un semáforo en rojo, procedió a exponer sus pensamientos.
—No es justo ni para ti ni para los chicos que vayas a dejar el puesto. Sé que es duro tener que comportarnos como si no hubiera pasado nada, pero…
Taka le apartó la mirada, devolviéndola al frente.
—¿Crees que he tomado esta decisión sólo por ti?
El silencio de Chris le valió como respuesta afirmativa, cruzándose de brazos aún más dolido.
—Pensaba que sí —musitó el inglés—. Tu labor como manager y productor es brillante, no vi otro motivo por el que qu…
—Ese es el problema. Nadie se para a pensar en lo que supone para mí este ritmo de vida, o que sólo se cuente conmigo para solucionar imprevistos.
—Eso no es verdad.
—Claro que lo es. ¿Cuántas veces me habéis llamado para celebrar una reunión sin que haya trabajo de por medio?
Chris buscó en su memoria la ocasión, pero no la encontró, sintiéndose fatal por ello.
—Era cuestión de tiempo —prosiguió Toshiyuki—. Necesito un cambio de aires, poder dedicarme a mí mismo. Es por ahí —añadió, señalando la entrada a la calle donde se ubicaba su piso.
Justo cuando iba a proceder a aparcar el coche, el último apunte de Taka hizo que el corazón le diera un vuelco.
—Si finalmente decido dejarlo, seguramente volveré a Japón. No tengo nada ni nadie fuera del círculo de la música que me retenga aquí…
Chris echó el freno de mano bruscamente, acercándose a él amparado en la escasa luz que llegaba de las farolas de la calle.
—No puedes irte.
—¿Y eso por qué?
—Hay mucha gente que te echaría de menos. Demasiada.
—¿Cómo quién? —se cuestionó.
Chris acercó lentamente el rostro al suyo, mostrando humildemente una parte de su persona que jamás había revelado.
—Yo, por ejemplo.
Le miró a los ojos. Había interactuado en la intimidad con decenas de personas, mas aquella sensación le resultaba del todo desconocida.
—Lo dices porque te sientes culpable —dijo Toshiyuki, tanteando la apertura de la puerta para bajarse del coche.
—Dame una oportunidad. Yo también necesito darle un giro a mi vida.
Él se quedó de piedra, tartamudeando aunque trató de evitarlo.
—¿O-oportunidad?
—Sí —repitió Chris—. Déjame demostrarte que sí que podemos seguir viéndonos aunque ya no tengamos un contrato de por medio.
A Taka se le formó un nudo en la garganta. Era justo lo que quería escuchar, no siendo descabellada la idea de pasar una buena temporada sabática en Londres gracias a la renta que había ganado en los cinco años que llevaba como manager de Angelous. Y aunque la perspectiva de indagar en una posible relación con la persona que le había desestabilizado era más que tentadora, no quería ser el único que ponía de su parte.
—No va a resultar tan fácil.
—¿Qué tal si lo discutimos mañana? Conozco una cafetería tranquila cerca de donde vivo.
Él, por primera vez en quince días, pudo sonreír de verdad.
—Me parece bien.
Abrió la puerta para irse, pero cuando ya tenía un pie sobre la acera Chris volvió a llamarle.
—Taka…
—¿Sí?
Él le tomó suavemente de la nuca, entrecerrando los ojos a medida que sus labios se depositaban sobre los suyos. Estaban empezando a profundizar dicho contacto cuando el bajista rompió a reír, no tardando en disculparse para que no pensara que había vuelto a las andadas.
—Perdona… es que acabo de caer en que hasta ahora no nos habíamos besado.
Y mientras ellos empezaban a dar los primeros pasos hacia un terreno incierto, Kôji lo hacía en uno que conocía a la perfección, pues era sin duda el lugar más sólido de cuantos había recorrido.
El chalet estaba sumido en una quietud inquebrantable cuando llegó, tropezando con el chucho al tratar de abrir la puerta sin hacer ruido. Titán, el cuál dormía enroscado en la alfombra de la entrada, hizo ademán de desperezarse para saludarle, posponiendo su comprador la idea.
—Mañana, bola de pelo —dijo, teniendo cuidado de no pisarle.
Tras un par de malabarismos recaló en el salón. Distinguió una luz tenue que provenía de la cocina, y al acudir a la misma se encontró con que le habían dejado preparada la cena junto a una nota.
"Pensábamos esperarte, pero no aguantamos más en pie. Estoy arriba"
Empezó a dar cuenta del plato sin ni siquiera sentarse, creyendo derretirse del gusto; aunque el entorno fuera más que suficiente para asimilarlo, cada vez que terminaba una gira era la comida de Takuto lo que realmente le hacía tomar consciencia de que ya estaba en casa.
Cuando hubo terminado ascendió por las escaleras, encontrando a Izumi medio adormilado. Tenía el dossier del equipo en las manos, señal inequívoca de que lo había estado leyendo hasta que los párpados dijeron basta.
Se desvistió, dejó el informe sobre la cómoda y apagó la luz de la lamparilla, abrazándose a su cuerpo una vez se hubo acostado. Takuto, desvelado por el movimiento, emitió algo parecido a un ronroneo cuando supo que ya no estaba solo en la amplísima habitación.
—Mi cama… —musitó Kôji sobre su cuello.
—¿Qué hora es? —bostezó él.
—No lo sé. Puede que las doce y media.
Izumi asintió, buscando a tiendas el brazo que le tenía bien agarrado para depositar su mano encima.
—¿Cómo fue el concierto?
—Supongo que bien. La verdad es que ni me importa, estoy tan cansado que sólo pienso en desconectar.
Le podría haber contado el incidente de Taka, o la osadía frustrada de una fan que había logrado saltar al escenario en pleno recital, mas no le apetecía. Sólo quería evadirse en lo reconfortante de aquel lecho que ambos compartían, al cuál en breve iba a renunciar por voluntad propia cuando el delantero se marchase de Londres por motivos de peso.
—¿Cuándo te vas?
—El lunes a primera hora. Tendrás que dejar a Derek en clase, no vamos a coincidir.
Kôji le aferró un poco más, pudiendo Takuto notar algo que todavía no le había quedado demasiado claro.
—¿No decías que estás reventado?
—Sí. ¿Por?
—Muy cansado no debes estar si insinúas que quieres seguir con la fiesta…
Él se dijo que debía estar loco, o que los años empezaban a pesarle, pues aunque era una idea genial no podía con su alma.
—Es que me encanta dormir desnudo contigo —dijo, justificando la ausencia total de ropa—, pero si tanto te apetece…
—Duérmete. El sexo con zombies no es que me entusiasme.
—El muerto viviente resucitará temprano —aseguró—, y te atacará sin piedad dondequiera que te encuentres. Yo que tú no trataba de huir.
Sonrió ante el juego de palabras en clave, cerrando los ojos. No tardaron en quedar profundamente dormidos, soñando cada uno con lo que ocupaba en mayor proporción sus respectivas mentes, teniendo el conjunto de imágenes un nexo en común; Takuto se vio de nuevo en los terrenos, sudando la camiseta en un todo por el todo que le llenaba de energía. Kôji, por su parte, evocó una situación parecida, añorando la belleza de Izumi elevada a la máxima potencia, algoritmo que únicamente se producía cuando sus alas blancas estaban extendidas.
Y ese momento, para fortuna de ambos, estaba muy cerca. O al menos eso creían.
