Advertencias: Maltrato emocional y violencia física. (Aunque no al mismo tiempo)
Cayendo
Había una patrulla de policía afuera de la casa. En la sala, un policía conversaba con la esposa de Zachariah sobre la desaparición de Anna. Castiel estaba en la cocina, que también era sala, sentado en la mesa, mientras Zach cambiaba de canal a la televisión con el control remoto.
La desaparición de Anna no era del todo clara para nadie, pues los uniformados seguían apareciendo con frecuencia desde que la familia había reportado la desaparición de la chica. Ya se había descartado un secuestro; el barrio donde vivían los Milton no era especialmente lujoso.
Zachariah dejó en la televisión el canal de noticias locales. Castiel mantenía la mirada en su tazón, revolviendo el contenido con la cuchara una y otra y otra vez, sin clara intención de comer. Apoyó el codo en la mesa y dejó descansar su mentón en su mano, mientras escuchaba el noticiero.
Anna no era la única joven que había desaparecido en la ciudad. Excepto que el hombre de traje de la televisión estaba dando una nota de último minuto; la policía había encontrado el cuerpo de una adolescente en un parque esa mañana. La investigación apuntaba a que la víctima había desaparecido dos meses; los familiares no habían perdido la esperanza. Hasta ahora.
— No apoyes los codos en la mesa — ordenó Zachariah mientras se llevaba un pedazo de tocino a la boca.
Castiel bajó el codo de la mesa y no se atrevió a mirar a Zach. Continuó removiendo la sopa dentro del tazón, apoyando la cuchara en el fondo.
La televisión pasó a segundo plano, y trató de enfocarse en la conversación que ocurría en la sala.
Anna había desaparecido un día por la tarde, mientras ella y Castiel jugaban en el parque que solían frecuentar. Eran vacaciones de verano, así que el lugar estaba lleno de niños. Ambos padres trabajaban ese día hasta tarde.
Una mano apretó fuerte y rudo la muñeca del pequeño Castiel. El niño miró a Zach y sólo encontró una mirada cargada de exasperación y rabia reprimida.
— Deja de jugar y cómete la maldita sopa de una vez — dijo en voz baja y grave.
Los labios de Castiel temblaban, al igual que su boca al llevar la cuchara a la boca. Nadie parecía haberse dado cuenta de lo que acababa de suceder.
— Estamos haciendo todo a nuestro alcance, señora Milton — fueron las últimas palabras de la policía ese día.
Tan pronto como se fueron, la señora Milton subió lentamente las escaleras, dirigiéndose a su habitación; se escuchó un portazo en el primer piso.
— Es tu culpa, ¿sabes? — Zach dio un trago a la cerveza, mientras seguía mirando apacible las noticias — Siempre queriendo ir a ese estúpido parque. Anna ya no es una niña para ir a esos jueguecitos.
Zachariah se levantó de la mesa y se llevó la cerveza consigo. Salió de la casa, llevándose las llaves del auto.
Los labios de Castiel comenzaron a temblar y las lágrimas que caían directo al tazón fueron enfriando la sopa.
: : :
— Uno, dos, tres, probando — Balthazar repetía en el micrófono mientras los técnicos configuraban el sonido. Uno de ellos le mostró el pulgar hacia arriba. Balthazar se alejó del micrófono.
— Balthazar, los chicos y yo planeamos ir a la playa tan pronto terminemos con la presentación, ¿irás, verdad? — preguntó la cantante acercándose al saxofonista.
— Viernes por la noche, en la playa, ¿bromeas? — sonrió mientras la cantante gritaba "síííí" y se alejaba, escribiendo con rapidez en su celular. En tanto, su celular comenzó a vibrar.
El identificador decía Castiel.
— Hermano, qué hay — comentó entusiasta mientras buscaba con la mirada el estuche del saxofón. El silencio al otro lado de la línea lo puso en alerta — ¿Hola? — volvió a mirar la pantalla, confuso, pero la pantalla seguía diciendo que era el número de Cassie.
— Hola — respondió Castiel, su voz más gutural que de costumbre y un poco agitada.
— ¿Todo bien? — un técnico se le acercaba pero Balthazar señaló con su otra mano su celular; caminó hacia afuera del escenario, buscando un lugar más privado — ¿Castiel?
—… No estoy seguro. Estaba en la estación de policía y… no recuerdo ni siquiera cómo llegué aquí y…
— Cassie, ¿dónde estás ahora? — salió por la puerta de los empleados y de inmediato sintió el aire caliente y húmedo de la ciudad. El tono de Castiel le preocupaba, ¿estación de policía? ¿Había acompañado al detective a su trabajo o algo?
Al otro lado de la línea, Castiel observó a su alrededor una vez más, como queriendo asegurarse que seguía en el mismo lugar que hace unos minutos. Se encontraba en la habitación de John Winchester, sentado en el suelo, recargándose en la cama, observando los muros vacíos y las cajas amontonadas. Su maleta se encontraba sobre la misma mesa donde la había colocado el mismo día en que había llegado al departamento. Dentro de esa habitación, es como si el tiempo no hubiera pasado.
— En el departamento de Dean, pero no recuerdo cómo llegué aquí, creo que caminando — su camiseta se sentía pegajosa y sentía grandes gotas de sudor resbalando de su rostro —, o corriendo.
— ¿Corriendo? ¿Qué demonios hacías en la policía? — habló el hermano exaltado.
— Estaban interrogándome… el jefe de Dean piensa que yo… — el profesor cerró los ojos y una gorda gota de sudor resbaló hacia su mejilla —. ¿Recuerdas aquel cuerpo que encontraron en el motel donde me hospedaba, en el Neo Universe?
— Neo Universe… déjame ver… oh, ¡por supuesto que lo recuerdo! ¿Qué tiene que ver eso con que te interrogaran?
— Ha habido más… asesinatos. Y la última víctima…
Castiel se sentía atrapado en una pesadilla. Su mente deambulaba en las fotografías que había visto del cuerpo de Mike, sin creer realmente que se tratara de la misma persona con que había hablado y sonreído tan sólo unos días atrás. Contrajo sus piernas hacia su pecho instintivamente, mientras una voz de fondo gritaba su nombre.
Recordaba a Anna, su cabello largo y rojo. Su sonrisa traviesa cada que corría y se burlaba de Castiel, por ser incapaz de alcanzarla. Las veces que robaba un billete de aquí y monedas de acá para comprar helado al salir de la escuela.
También recordaba cómo aquella sombra oscura en sus sueños la envolvía y sus ojos eran consumidos por un fuego antinatural. Lo que se había quedado fundido en la mente de Castiel, como una marca de hierro caliente sobre la piel, no eran las imágenes de la pesadilla, sino los gritos de Anna.
¿La última víctima qué?, pensó Balthazar mientras escuchaba un quedo bufido de Castiel. El músico se quedó callado, escuchando aquellos sonidos, cayendo en cuenta que su hermano menor estaba sollozando.
— Era tan joven — gimió Castiel de repente —. Eran tan joven y alegre… justo como Anna — rompió en llanto tan pronto pronunció su nombre en voz alta.
Dejó caer el celular al suelo, llevándose las manos a la cabeza, en el intento poco fructífero de calmarse.
La espalda del músico fue resbalándose poco a poco hacia abajo, hasta que quedó sentado en el suelo sucio de la calle. Su mano derecha presionaba fuerte el aparato contra su oreja, escuchando el llanto de su hermano. Su garganta estaba seca y no podía pronunciar una sola palabra. Habían pasado muchos, muchos años desde que Castiel no había mencionado aquel nombre en voz alta. Aún si Balthazar pudiera hablar, su mente no podía formular ninguna palabra para calmar a su hermano.
— Quiero irme — suplicó Castiel, Balthazar apenas pudo escucharlo —. Es demasiado — gruñó a la bocina del aparato, mientras se limpiaba las lágrimas con su mano libre.
— Vas a estar bien, Cassie. Estoy justo aquí — repitió el hermano aquellas oraciones que siempre decía cuando el otro tenía un mal día. Eran casi como un mantra para ambos.
— Balth…
— ¿Sí?
— Tú… dijiste una vez… que irías a donde yo estuviera si era demasiado.
Balthazar cerró los ojos, recordando todas las veces que le había prometido aquello a su hermano cada que trabajaba lejos y alguna pesadilla le despertaba. Incluso antes, mucho antes, cuando Castiel había comenzado el programa de rehabilitación. Años y años había mantenido aquel juramento.
— No puedo hacer esto solo, no sé qué hacer, Balth. La policía piensa que todo es mi culpa… ¿Y si tengo la culpa de esto también?
— No es tu culpa — susurró.
— No quiero estar aquí. Lo saben todo, Balth. ¿Cómo pueden saberlo? Creí que todo eso había quedado enterrado cuando tuve la mayoría de edad. ¿Cómo pueden saberlo? — repetía Castiel, sintiéndose acorralado en aquella habitación.
— ¿Dónde está Dean? — Balthazar trataba de pensar en alguna forma de ayudar a su hermano que no fuera a través del celular.
Al otro lado de la línea escuchó una risa ahogada por las lágrimas.
— Dean no está aquí.
— ¿Sucedió algo? — preguntó preocupado. Trató de pensar en las posibles razones por las cuales su hermano se encontrara en aquel estado. Si la policía sabía todos los hechos ocurridos cuando Castiel era joven, y creían que era un sospechoso, lo más seguro es que le hubieran restregado todo aquello en la cara a su hermano, como sus posibles inicios… ¿qué tanto le habían dicho a su hermano? Balthazar iba a arrancarle la cabeza al detective en cuando lo viera, en cuanto volviera a aquella ciudad por su hermano, pero no podía ser esa noche.
— Digamos que Dean y yo no estamos en la misma página… pensé que lo estábamos, pero supongo que estaba equivocado — explicó, fijando su vista en la vacía pared.
— Ese imbécil — gruñó Balthazar en respuesta —. Cassie, estoy en Miami.
Silencio al otro lado de la línea.
— El grupo y yo acabamos de llegar a la ciudad-
— Está bien — contestó el hermano en un tono sereno. Demasiado sereno para el gusto de Balthazar.
— ¿Castiel?
— Sé que no puedes dejar todo lo que estés haciendo para venir aquí. Lo entiendo.
— ¿En serio? — preguntó confundido.
— Sí… no puedo esperar que estés siempre cada que doy un mal paso, estoy tratando de ser realista.
— No es así, no puedo subirme en un avión o tomar un autobús ahora mismo, firmé un contrato-
— No soy un niño, Balthazar. Lo entiendo — lo apaciguó.
Entendía que su hermano tenía una vida, y cosas más importantes que tratar de calmarlo. Debía ser toda una carga, pensaba Castiel, todo ese tiempo que había estado al lado del músico, desde el momento que regresó del extranjero hasta que comenzó a trabajar. Como si él hubiera retenido a Balthazar de disfrutar de su propia vida, ya que tenía que cargar con la de él.
En esos momentos tan críticos, en que todo su pasado y presente se revolvía en su mente, lo único en que creía era en las palabras de Zachariah.
Es tu culpa, ¿sabes?
Castiel se levantó del suelo, y a pesar de que podía escuchar vagamente la voz de Balthazar, colgó y apagó el celular, dejándolo sobre el buró de la cama, encima de un libro.
Salió del cuarto y caminó casi de forma automática a la cocina, donde abrió el grifo del agua y comenzó a tomar agua como un peregrino en el desierto. Se empapó la cara con ambas manos, quitando el rastro que habían dejado las lágrimas.
Su vista se posó en un objeto al fondo del fregadero. Era su taza "ridícula" de franjas naranjas. La había comprado la primera ocasión que había hecho las compras con Dean, cuando se había mudado oficialmente al departamento del detective.
La sostuvo entre sus manos, contemplándola como si se tratase de algo despreciable o endemoniado. En ese momento se lamentaba y le enojaba aquella patética decisión de vivir con Dean Winchester. Le cargaba de rabia haber pensado que algo podía ir diferente. Lo cual era estúpido, ¿cierto? Esperar que algo fuera diferente, haciendo siempre lo mismo. Conociendo extraños en lugares inesperados, agradarles, ganarse su confianza o cuando menos divertirse por un rato, por una noche, tal vez más; en cuanto otro trabajo en alguna otra ciudad llegaba, jamás dudaba en tomarlo. No había despedidas.
Aunque las circunstancias en que había conocido a Dean no eran las típicas, el camino que había recorrido era exactamente el mismo. Excepto que él había esperado por algo más.
Es como si hubiera perdido en su propio juego. ¿Por qué había esperado algo más, si no había nada por lo que esperar?
Con un gruñido aventó la taza hacia el otro lado de la cocina, estrellándose en la pared. Todo se estaba cayendo a pedazos, incluido él.
: : :
Dean estaba hecho trizas. Entre conducir la mayor parte de la tarde, correr tras adolescentes que se negaban a hablar con la policía porque temían ser puestos tras las rejas, consolar a los amigos y amigas de la víctima, tanto su cuerpo como mente estaban a punto de explotar. La borrachera de la noche anterior le pasaba la factura con un incontrolable dolor de cabeza a causa de su agitado día.
Antes de subir al Impala, llamó brevemente a Víctor, informándole que regresaba a la estación de policía tan pronto como se diera una ducha y tomara un par de aspirinas. A pesar del constante dolor, tenía trabajo por hacer.
Al entrar al departamento le sorprendió verlo vacío, pero tan pronto recordó la noche anterior, todo encajaba en su mente. Al pasar por la cocina algo crujió debajo de su pie.
Qué demonios, pensó Dean encendiendo las luces. Vio restos de cerámica naranja y blanca en el pasillo, además de una mancha de agua en la pared; múltiples caminos de agua se resbalaban por la pared aún. Se adentró en el apartamento y la luz de la habitación de Castiel estaba encendida, podía escuchar cómo alguien se movía de un lado hacia otro dentro de ella.
— ¿Cas?
Castiel detuvo su andar por el cuarto en cuanto escuchó la voz de Dean. El detective no sabía cómo reaccionar a lo que veía. La maleta del profesor se encontraba sobre la cama, tendida de forma impecable. Cas nunca había movido aquella maleta de lugar.
— Dean — dijo simplemente y continuó doblando su ropa y metiéndole en la maleta.
— ¿Qué estás haciendo, Cas?
— ¿No es un poco obvio? — contra argumentó Castiel mientras salía de la habitación. Se dirigió a la sala y fue recogiendo uno por uno los libros que se encontraban distribuidos por el lugar. Dean le siguió.
— Quiero decir, ¿por qué estás haciendo esto? — Dean veía con horror cómo Castiel caminaba de un lado hacia otro, agarrando violentamente todo lo que fuera suyo del lugar.
— ¿Por qué no? — soltó aquellas palabras de forma irónica, recordando de forma vaga la conversación que tuvo con Dean en su habitación de motel, cuando éste le había ofrecido vivir con él.
La mente del detective estaba vacía en ese momento. A la mierda el caso, ¿por qué Cas se encontraba tan agitado?
Estaba claro que después de lo ocurrido las cosas no iban a ser las mismas, pero Dean no estaba preparado para que el profesor se autoexiliara de su vida.
El ojiverde detuvo a Castiel de su redada y lo sostuvo por ambos brazos. El profesor dejó caer algunos libros, no esperando tal movimiento.
— No puedes irte — fue lo único que dijo Dean, sintiendo su garganta cerrándose de repente. Te necesito, fue lo su mente quería decir.
Vio con angustia cómo Castiel fruncía el entrecejo.
— ¿Qué quieres decir con no puedo irme? — espetó mientras trataba de zafarse del agarre de Dean —. ¡¿Qué significa eso?! — El detective sintió los músculos de ambos brazos tensarse, ambas manos dejaron caer los libros que seguían sosteniendo y un puño quiso estamparse en su cara. Dean por instinto logró tomar la muñeca del brazo y detener el golpe; pero no pudo detener el segundo que se impactó de lleno en el lado izquierdo de su cara. Tambaleó hacia atrás, perplejo de lo que acababa de pasar. Castiel también parecía sorprendido por lo que acababa de hacer; sin embargo volvió a fruncir el ceño y caminó directamente encima de los libros, dirigiéndose hacia la que pronto dejaría de ser su habitación.
— ¡Cas, espera! — Dean lo atrapó en una clase de abrazo por la espalda, logrando únicamente que el codo izquierdo de Cas se impactara con fuerza y clara intención en su barbilla. Sin embargo, el detective no soltó al profesor esta vez, aunque dejó salir un gruñido.
El dolor de cabeza de Dean pronto se volvió algo físico también, y una lucha por dominio sobre el otro se inició en el suelo al caer ambos.
— ¿No puedo dejar tu apartamento ahora, eh? — vociferó Castiel mientras una rodilla suya intentaba golpear el estómago del detective —. ¿No puedo dejar la ciudad porque soy sospechoso, o alguna mierda de esa? — bramó mientras la cabeza de Dean golpeaba el suelo y dejaba salir otro gruñido. Castiel sostenía ambos antebrazos del detective con sus manos.
¿De qué está hablando?, se preguntaba el ojiverde al escuchar a Cas clamar por respuestas a preguntas que para él no tenían sentido. ¿Sospechoso? ¿Sospechoso de qué? El dolor no lo dejaba ni siquiera tratar de pensar.
— Cas…
— ¡Deténgase ambos! — gritó una tercera voz en el apartamento.
Castiel dirigió su mirada hacia el intruso, sin soltar el agarre en Dean. Era de la policía, a juzgar por su placa en el pantalón y su pistola guardada en la cintura. Algo extraño considerando lo que sucedía dentro del departamento de Dean.
— Fue el teniente Singer quien creyó que eras un sospechoso, Dean no estaba enterado de nada — explicó fuerte y claro el detective Henriksen, acercándose lentamente con las manos a la vista, como si intentara calmar a un animal salvaje. O herido.
Castiel observó la mirada perpleja de Dean al escuchar aquella información. Dean sintió cómo el peso sobre él se aligeraba; el profesor se levantó, dejando de aprisionar al detective, mientras apretaba con fuerza sus labios.
— Cas — volvió a decir, como si de pronto fuera la única palabra que tenía en su mente.
Castiel caminó hacia su habitación por última vez. Tomó únicamente su gabardina y cartera y salió de nuevo. Víctor bloqueaba la entrada y no se atrevía a moverse. Dean se había sentado en el suelo, recargándose en la parte trasera del sofá de la sala.
La mirada de Castiel, cargada de rabia y rencor hizo cambiar a Víctor de parecer y se adentró aún más, acercándose a Dean, dejando la salida libre. Dean seguía confundido pero no tenía ninguna razón para para impedir que Castiel saliera por esa puerta. Incluso para él era más que obvio que Cas no quería seguir viviendo más ahí, no con Dean.
— Hombre, lo siento. Salí hacia aquí en cuanto colgaste, sabía que tenía que haberte dicho — Víctor comenzó a parlotear tan pronto como la puerta de la entrada se cerró.
— ¿Bobby creyó que Cas era sospechoso de los asesinatos? — dijo el detective, mirando fijamente la puerta cerrada —. ¿Bobby interrogó a Cas? ¡¿Por eso me mantuvo ocupado toda la tarde?! — gruñó y apartó con su mano la mano de Víctor que intentaba ver alguna herida en la cara de Dean.
Continuará...
Una disculpa por la tardanza. ¡No me he olvidado de este monstruo! Hice mi examen, y para liberar la tensión hice un maratón de One Piece de aproximadamente 200 capítulos. Para mi desgracia me la pasé llorando por la muerte y vida de cierto personaje, después en mi etapa de duelo busqué imagencitas, leí fanfics y me replanteé el hacer mi lista de "Cada que me gusta un personaje el autor lo mata"...
En fin. No tengo mucho que decir respecto al capítulo, comentarios son bien recibidos, al igual que críticas y demás. El siguiente será el fin de este capítulo; quería actualizar lo más pronto posible para anunciar que no he muerto C:
Dee, corto.
