Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a JK Rowling, la trama a la genia de Bex-Chan.

Este capítulo fue revisado por Nanaa04(Nat)

N/A:Si por algún milagro Draco se pone a la venta, yo lo pido primero. Hasta entonces… nada me pertenece


HUNTED

Capítulo XXVIII:

Paraiso

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—Draco —ella le dio un codazo, empujando su hombro mientras él se acomodaba bajo las mantas. —Draco, despierta.

—¡Déjame! —él murmuró con una voz cargada de sueño.

—Es Navidad —ella le dijo, poniéndose de rodillas para empujarle la espalda de nuevo. —¡Levántate!

—Granger, no es siquiera pasadas las siete…

—Son las seis y media —dijo ella, balanceándose sobre la cama por un momento. —¡Levántate, Draco, por favor!

Él abrió un párpado con pesar. El entusiasmo de ella era prácticamente cegador, su rostro fresco con pasión inocente y enmarcado por sus rizos salvajes. Sus ojos dorados eran grandes y hermosos, rogándole que dejaran la comodidad de la cama.

—Granger —él comenzó lentamente. —No pude dormir hasta las tres de la mañana por ti y ese condenado gato. Tienes veintitrés años…

—Oh cállate —ella lo detuvo, envolviéndose en una de sus batas de seda y desparramando algunos besos tímidos sobre su rostro. —Voy a seguir molestándote hasta que te levantes, así que va a ser mejor que…

—¡Está bien! —él gruño, lanzando el edredón a un lado y arrojándole la almohada por si acaso. —Sabía que hoy serías un dolor en el culo.

—Vamos —ella le sonrió. —¿Te mataría tener un poco de espíritu navideño?

—No vale la pena —le dijo, poniéndose una camiseta holgada. —¿Y por qué exactamente estamos levantados tan temprano?

—Porque Harry y Ron van a enviar sus regalos pronto, —ella explicó mientras bajaban las escaleras. —Y me gusta estar despierta lo más que pueda para disfrutar el día de Navidad.

—Por supuesto que es así —él murmuró, rodando los ojos por enésima vez mientras miraba a su sala de estar, que parecía como si un tornado festivo lo hubiera devastado. —Te apuesto que Weasley te envió un mechón de su propio cabello o algo igual de perturbador.

—Basta —ella le advirtió, sofocando su diversión. —Hoy no vas a hacer comentarios derogatorios sobre mis amigos, Draco.

—Bien —él se encogió de hombros, sentándose en el sillón. —Esperaré a que Caleb llegue y lo haré cuando no estés escuchando.

—¿Qué quieres hacer primero? —preguntó ella, ignorando su comentario. —Mi familia solía abrir los regalos primero.

—Lo que tú quieras —dijo él. —Me da lo mismo.

Hermione se puso a trabajar rápidamente en los regalos, dejando a propósito los de ella para él, y los de él para ella al último. Harry y Ginny le habían enviado su perfume favorito y un conjunto de suéteres encantadores, junto con un ultrasonido en movimiento de su bebé de cinco meses. De hecho, Draco dejó la sala cuando ella incurrió en una sesión de arrullos de niña intentando identificar cada extremidad y dígito del niño por nacer. Más inmortales Gryffindors. Genial.

Ron la había sorprendido con tres conjuntos sorprendentes de túnicas; uno de color borgoña, uno azul marino y otro negro que fue bordado con lirios de oro. Fue por más lejos lo más lindo que ella había recibido del pelirrojo, incluyendo el periodo en el que habían estado saliendo. Su novio actual había murmurado algo sobre "Comadreja" e "intentando impresionar", pero ella en verdad no lo había captado.

Draco había recibido todas las cosas predecibles que él le había dicho que recibiría; principalmente botellas de Ogden, túnicas costosas y artículos novedosos de Quidditch y similares. Narcissa se tomó el permiso de darles un juego de batas que hacían juego y que hizo que el rubio comenzara a despotricar una multitud de amenazas de muerte y maldiciones a la matriarca de los Malfoy.

Finalmente quedaron dos regalos, y ella sintió las ansiosas libélulas comenzando a revolotear en su estómago. Ella estaba arrodillada sobre el suelo mientras él descansaba en el sillón, todavía completamente indiferente ante todo el asunto. Se mordió el labio inferior, preguntándose en privado si ella sería capaz de dejar el hábito.

—Ahora estoy nerviosa —ella confesó con una voz pequeña, y él arqueó una ceja.

—¿Por qué demonios lo estarías? —inquirió él.

—Bueno —ella comenzó con una pequeña mueca. —¿Qué sucede si no te gusta lo que te regalé?

Su ceja se alzó un poco más en su frente y exhaló un largo suspiro. En un extraño momento de compasión, Draco se movió del sillón para sentarse en el suelo delante de ella, cruzándose de piernas y descansando los codos sobre las rodillas. Ella observó su rostro con esa fascinación siempre inquietante cuando los rasgos de él cambiaron lentamente en una expresión que ella raramente veía. Era casi indefensa, y seductoramente más suave. Aun así lograba mantener esa actitud distante. Imbécil.

—Mira —dijo él en voz baja, pasando una de sus manos sobre la de ella. —Creo que podemos decir con seguridad de que no voy a saltar alrededor de la sala como un Hufflepuff drogado, pero me conoces lo suficiente. Estoy seguro que elegiste bien.

Ella dejó escapar un suspiro que obstruía su pecho y esbozó una suave sonrisa. Tenía razón; ella lo conocía. Y se sentía maravilloso.

—Está bien —ella asintió, colocando los regalos sobre sus respectivos regazos.

—¿Prefieres abrir el mío primero?

—No, —ella negó con la cabeza. —Ahora estoy más intrigada.

Dándole una sonrisa aprobatoria, él lentamente quitó el prístino del paquete y agrandó los ojos. Reconoció el objeto de inmediato pero no podía comprender como podía estar en sus manos. Había escuchado de él miles de veces por parte de su padre y una vez había visto una imagen, hace mucho tiempo. El objeto era del tamaño de su puño, hecho de oro escocés de Tyndrum, el más caro del mundo, por supuesto.

El Lema de los Malfoy estaba grabado en la parte superior, Planto Nex non Bellum, coronando el grabado encantado de una serpiente envuelta alrededor de una espada con el mango en forma de "M". Era la cresta original de su familia, preservada en una pequeña caja de cristal sobre una base de terciopelo de color verde. Y nadie lo había visto desde 1980. Desde la Primera Guerra Mágica.

—¿Cómo? —él dejó escapar, moviendo su mirada confundida hacia su bruja con aspecto de suficiencia. —El Ministerio lo destruyó cuando allanaron la Mansión…

—No fue destruida —ella contestó, su sonrisa ampliándose un poco cuando su desconcierto aumentó. —Solo había quedado guardado bajo llave…

—Pero, ¿cómo hiciste…?

—El Ministerio sigue siendo un poco corrupto, —ella contestó antes de que él pudiera terminar —conociendo a las personas adecuadas y todo eso. Además, tal vez un poco de soborno.

—Muy Slytherin de tu parte —él aprobó, volviendo a mirar su regalo. —No tengo idea de cómo lograste esto pero…

—Hay algo más, —le dijo ella, sacando un pequeño sobre en el fondo del paquete. —Sé que era probable que los fueras a conseguir de todas formas, así que tuve que comprobar que ya no los tuvieras, pero ese es un pase VIP para todos los partidos del próximo Mundial de Quidditch.

—Carajo —dijo él exhalando. —Hermione, esto es realmente costoso…

—No seas tonto —le dijo de forma convincente. —Quería darte…

—¿Qué es esto? —él cuestionó, apuntando una hoja de pergamino en el dorso del pase del torneo.

—Ese documento, —ella comenzó tímidamente, sus ojos brillando con una alegría mal disimulada —es prueba que tú, y todos los rastreadores de tu madre han sido completamente retirados.

—¿Todos? —él repitió, su mirada incrédula era tan halagadora que ella se sonrojó.

—Hasta el último —ella confirmó, inclinándose para robarle los labios y riéndose en su beso cuando él los succionó entusiasta.

—Buenas elecciones —él murmuró contra su boca mientras se apartaba. —Tu turno, Granger.

Ella asintió con entusiasmo y literalmente abriéndose camino con las uñas a través del papel de regalo, deteniéndose y dejando escapar un fuerte y desinhibido jadeo cuando se dio cuenta de lo que él le había dado. Ella había esperado años solo para mirar este objeto; hubiera dado cualquier cosa solo por tocarlo. Pero pensó que sería imposible.

"Cuentos y Poemas Mágicos del Hechicero Errante" de Ariston Ganos.

—Draco —ella susurró, pasando los dedos cuidadosamente sobre el libro antiguo. —¿Este es…?

—Sí —él la interrumpió, luciendo extremadamente satisfecho consigo mismo.

—Pe-pero —ella tartamudeó, temblando sin querer mientras acariciaba el nombre del autor. —Hay solo dieciocho copias en el mundo.

—Correcto —él asintió. —Abre la primera página, Granger.

Ella hizo lo que le pidió y sintió que el corazón le estallaba.

—¡Oh por Dios! —exclamó, casi dejando caer el texto. —¡Pero el solo firmó seis copias!

—Y ahora tienes una de ellas —él explicó, transfigurado mientras el rostro de ella casi brillaba de admiración. —Una cosa más, —dijo lentamente, moviendo un poco el libro así podía sacar la pequeña caja que había debajo. Ella lo tomó con cuidado y la abrió con manos temblorosas, sus rasgos grabados con felicidad mientras miraba el colgante que estaba adentro.

—Draco —ella susurró, sus labios se abrieron con asombro. La piedra con forma de nutria, descansando en una cadenita de plata, era de un color distintivo que le hacía cosquillas en el cerebro cuando se dio cuenta de que joya se trataba. —¿Esto es taaffeíta?

—Bien hecho —él sonrió, siempre impresionado por su conocimiento. La mujer era una enciclopedia ambulante.

—Pero es tan poco común —ella murmuró, dándole una mirada de puro encantamiento —y es una piedra Muggle.

—Lo sé —dijo él, acomodándose para estar un poco más cerca de ella.

—Pero debió haberte costado…

—Ahórratelo —él advirtió, notando nada menos lo asombrada y divina que estaba. —¿Entonces supongo que lo apruebas?

—No sé qué decir —ella contestó sin aliento, capturando su mirada con sus ojos vidriosos. —Te amo.

Ella podría decir honestamente que quería decirle que amaba los regalos, pero las palabras salieron bailando de su boca en contra de su consentimiento. Y ahora ya estaban afuera, deslizándose entre ellos como inocentes y fuertes golondrinas, y ella no pudo hacer nada al respecto. Tuvo un segundo para notar su sorpresa antes de apartar la mirada de él, su expresión se tornó rápidamente aterrorizada y de humillación.

—Lo siento —ella balbuceó, una vez que su lengua recuperó el control. —No debería haber… no espero que tú… no quiero arruinar…

Él la tomó del rostro con sus manos sudorosas y la agració rápidamente con un beso que la consumió, fue lento y sublime. Esta era una nueva y exquisita sensación, mucho más deleitable y deliberada que los intercambios lujuriosos que lo habían procedido.

Ella sintió como él movió con cuidado los regalos a un lado, y la envolvió en sus brazos y los guió hacia el sofá. Con una ternura y cuidado que ella nunca pensó que su novio podía poseer, le sacó la ropa delicadamente como un adolescente drogado de amor arrancando los pétalos de una margarita.

Ella recordó el juego de "me quiere, no me quiere", y pensó que era el caso más atractivo de ironía que pudo haber imaginado.

Él rompió el beso para sacarse la camiseta, y ella liberó un suave jadeo entre sus labios rosas soñadores. —Caleb y Amelia…

—No estarán aquí dentro de unas horas —él murmuró, deslizándose suavemente dentro de ella para comenzar un ritmo perfecto y volver a robarle la boca.

Y fue lento y sensual, era más de la intimidad misma que esforzarse para llegar al clímax. Ella estaba perdida, pero este purgatorio era un paraíso. No tuvo idea de cuántas veces repitieron esta danza; todo lo que sabía era que duró por horas, y ni una vez sus cuerpos se separaron. Cadera con cadera. Pecho con pecho. Frente con frente.

Fue fluido y deliciosamente relajado; una niebla de formas melosas y sonidos mezclados. Fueron pintados con gemidos y susurros, salpicados de rocío salado y una mañana de navidad. Y cada brillo de un segundo era una tortura atesorada y un agotamiento eufórico que robó su escrúpulo y cordura. Sus nervios habían desaparecido, y todo lo que quedaba era claridad y una pasión adictiva.

Solo cuando se dieron cuenta que sus invitados estaban por llegar, dejaron el sofá. Draco la acunó fuertemente contra él mientras se dirigía hacia el baño mientras ella seguía débil y temblando de las horas de éxtasis. Él abrió la ducha e instaló a Hermione sobre sus pies inestables, mordisqueándole los hombros mientras el agua se llevaba sus capas brillantes de sudor.

—¿Lo dijiste en serio? —él murmuró sobre su oído, su voz ronca por el sexo.

Ella hizo una pausa.

—Sí —decidió, tal vez para ella misma también. —Te amo.

Su agarre sobre ella se fortaleció y él suspiró contra su garganta. —No puedo…

—No tienes que hacerlo —ella murmuró, colocando la mano sobre la de él. —Como dijiste. Te conozco.

El resto de la ducha fue silenciosa, pero luego ella se dio cuenta que no necesitaba que él hiciera eco de sus sentimientos. Era lo suficientemente satisfactorio saber que ella los había aceptado por sí misma y que él no salió escapando con una cara de rechazo.

El resto de diciembre pasó con recuerdos ya vagos que probablemente causarían que ella sonriera por los próximos años, ayudados por la compañía de Amelia y Caleb. Y si bien Draco no había dicho nada más sobre su confesión, ella había notado algunas semi sonrisas y miradas desconocidas que habían provocado cosquillas en su pecho. Algo había cambiado, y se sentía simplemente mágico.

Y esa noche, él tal vez había murmurado las dos palabras elusivas sobre su cabello, ahogado bajo sus respiraciones somnolientas en las primeras horas del día después de navidad. Pero luego, tal vez no lo hizo.

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El Año Nuevo se presentó con una explosión de colores y un deslumbrante estruendo de aplausos en la Mansión, pero la realidad, inevitablemente, agarra su camino de vuelta. El Ministerio todavía estaba abrumado con adornos elegantes cuando ellos volvieron a trabajar el dos de enero y regresaron al caso.

Cuando Hermione dejó escapar su noveno suspiro melancólico en la última hora, él estuvo a punto de darle una paliza con uno de sus preciosos libros. Ya estaba por ser mediodía, y Draco se había instalado rápidamente de nuevo en su rutina de trabajo, pero los suspiros preocupados y gemidos de su novia lo estaban distrayendo, por no decir más.

—Bien —él dijo con desdén, bajando su pluma y aplacándola con una mirada fría. —¿Qué diablos te sucede?

Ella frunció el ceño. —¿A qué te refieres?

—Has tenido esa cara toda la mañana —él señaló, frunciendo el ceño cuando ella se encogió de hombros. —¿Hice algo que te molestó?

—Si hubieras hecho algo, ya lo sabrías —dijo ella con una sonrisa vacilante. —Simplemente tengo la tristeza de enero, Draco. Ya sabes, cuando pasa la navidad y todo comienza a volver a la normalidad.

Él rodó los ojos. —Esa es la cosa más estúpida que he escuchado —dijo arrastrando las palabras, reclinándose en la silla y descansando el mentón sobre su palma.

—Muchas personas lo tienen —ella razonó. —Ahora no hay nada que esperar por un tiempo. Creo que el cumpleaños de Ron es el próximo festejo y eso no es hasta marzo…

—Estás por tu cuenta con eso —le dijo él con un tono sarcástico. —Entonces, ¿vas a ser una perra miserable hasta marzo?

—Por supuesto que no —ella resopló, riéndose un poco a pesar de ella misma. —Normalmente dura un par de días. Solo ignórame. ¿Por qué pensaste que estaba enojada contigo? —hizo una pausa y le dio una mirada mesurada. —¿Has hecho algo?

—No que yo sepa —dijo él. —Más tarde voy a ir a lo de mi madre. Tal vez deberías invitar a Amelia o a Lunatica mientras no esté.

—Su nombre es Luna —lo regañó, tentada en darle otra diatriba sobre burlarse de sus amigos. —Y en realidad quiero trabajar un poco esta noche…

—¿Por tu cuenta? —pregunto él, evidentemente no satisfecho con el panorama. —No creo que…

—Soy una chica grande, Draco —la bruja le argumentó. —Estoy segura que estaré bien por algunas horas. Tú dijiste que tu casa era segura…

—Lo sé —él interrumpió, mirándola con ojos tormentosos. —Eres tú la del problema. Ustedes jodidos Gryffindors son masoquistas…

—¡Eso no es verdad!

—Por supuesto que lo es —le dijo con un gesto despectivo. —Recuerda cuando estabas en Hogwarts, Granger. Tú y los gemelos imbéciles siempre se metían en problemas; corriendo de aquí para allá y siendo todos condenadamente valientes y nobles. —espetó las palabras como si le quemaran la lengua y arrugó su rostro con desagrado. —Eres un maldito peligro en potencia…

—Bueno, tus días en Hogwarts fueron difícilmente sin incidentes, —ella contra atacó, esbozando una sonrisa cómplice.

—A diferencia de ti, Potter y Weasley —dijo él. —Yo en verdad no iba en busca de problemas…

—Voy a estar bien —ella finalizó, arrebatándole los registros de los Rastreadores de las manos. —En caso de que no te hayas dado cuenta, tenemos mucho trabajo por hacer. Y soy una maldita Auror.

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—Y ¿le gusto el colgante? —pregunto Narcissa, tomando su té delante de su hijo.

—Tú sabes que sí —él se quejó. —Hablamos de todo esto en Año Nuevo.

—Lo sé —ella sonrió como una felina satisfecha. —Pero quizás ella estaba siendo educada…

—No se lo ha sacado desde que se lo regalé —él reveló con un suspiro aburrido. —¿Tú qué crees?

—Creo que soy una genia —la rubia se jactó. —Y sabes que es verdad. Sé que tú buscaste la piedra Muggle y todo eso, pero yo soy la que tomó toda la responsabilidad de esculpirlo en su Patronus…

—Pensé que lo harías —él gruñó, sabiendo adónde esta conversación iba. El nuevo pasatiempo favorito de su madre era básicamente alabar a Hermione hasta que sus oídos sangraran. Después de semanas de practicar diferentes tácticas para acelerar los insistentes cumplidos de la mujer sobre su novia, había establecido que lo mejor que podía hacer era asentir y decir lo mínimo.

—Y todavía no puedo creer que ella haya logrado conseguir la cresta Malfoy, —ella continuó con una voz alegre. —Esta chica es estupenda…

—Así sigues diciendo…

—Y retirar el resto de nuestros Rastreadores fue tan considerado —dijo con entusiasmo.

—Lo sé —él murmuró, pero pudo sentir que algo le ardía en el fondo de su garganta.

—¿Sabes? —ella sonrió, observando a su hijo con una mirada enigmática. —Ella es tal vez la mejor cosa que te ha sucedido…

—Madre, —él la detuvo, y se dio cuenta que esa sensación abrasadora en su lengua era honestidad. Qué apropiado —ella me dijo que me ama.

Los ojos brillosos de Narcissa se agrandaron un poco más. —¡Lo sabía! —sonrió, pero vaciló cuando se dio cuenta que su hijo parecía cualquier cosa menos contento. —¿Qué hiciste?

—Nada. —dijo él en voz baja, entrelazando sus dedos y bajando la cabeza. —No dije nada.

—¿No le dijiste lo mismo? —ella cuestionó, frunciendo el ceño cuando él negó con la cabeza.

—Sabes que no estoy en esas cursiladas —él replicó, odiando habérselo contado en primer lugar. Maldita sea esa basura de la lealtad familiar, que se vaya todo al demonio. Pero luego, tal vez él había estado planeando contarle desde el momento que él entró en su casa familiar. Merlín sabía que necesitaba contárselo a alguien.

—Pero sí la amas, —ella afirmó, aunque era de conocimiento común.

—¿Disculpa? —él farfulló.

—Oh por favor, Draco —la bruja astuta rodó los ojos, bajando su taza de té para darle toda su atención. —Tal vez tienes mucho talento en Oclumencia, pero a estas alturas deberías saber que puedo leerte como un libro…

—Patrañas…

—Entonces ¿no la amas? —ella replicó.

Y su silencio fue condenatorio. Como era la manera en que sus labios se curvaron hacia atrás y sus ojos se apartaron de ella, como si fuera un niño caprichoso que ha sido atrapado.

—Eso pensé —su madre sonrió triunfante. —¿Sabes? Tu padre me dijo que me amaba antes que yo se lo dijera a él…

—No soy como mi padre —él espetó, su tono amargo y cansino. —Solo necesito un poco de tiempo para entender todo esto.

—¿Qué hay que entender? —ella preguntó, su voz más suave que antes. —Sé que odiarás que diga esto; pero ustedes dos son perfectos el uno para el otro…

—Bueno, hay muchos que no estarían de acuerdo contigo —él remarcó fríamente. —Como todos nuestros ancestros.

—Bueno, ellos están todos muertos —afirmó sin rodeos, agarrándolo con la guardia baja. —Y esas son tradiciones antiguas, Draco.

—Y muchas personas dirían que no la merezco después de todo lo que he hecho.

—¿Eres una de esas personas? —ella inquirió, haciendo una mueca cuando él se encogió lentamente de hombros, sin estar seguro. —Draco, si alguien merece ser feliz, ese eres tú.

—Eso es discutible —él contestó vagamente. —¿Puedo confiar en que no vas a charlar de esto con ninguna de tus amigas? Y ni si quiera pienses en elaborar malditas ideas para un boda de ficción, madre. Sé cómo tu loca cabecita funciona.

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Cuando Draco llegó a su casa después de las once, encontró a su bruja acurrucada en su sofá e inmersa en su trabajo, rodeada por una pequeña bandada de gorriones piando, producidos por un evidente hechizo Avis; un hábito molestoso que la ayudaba a concentrarse. Ella estaba tan concentrada en su pila de pergaminos que no escuchó el rugido de la chimenea y la entrada de su novio, lo que le permitió unos segundos en secreto solo para observarla.

En verdad podía decir que se sentía mejor con tan solo mirarla, y eso lo hizo sentirse cautelosamente contento.

—Hola —ella saludó, saliendo lentamente de su trance intelectual, moviendo su varita. —Finite. No tardaste mucho.

—Solo puedo soportar la compañía de mi madre por un rato en una sola sesión —él regañó, sentándose junto a ella y mirando sus notas. ¿Alguna suerte?

—No mucha —ella suspiró decepcionada. —Le pedí a Mafalda que me enviara los informes de los Rastreadores de hace un par de años atrás para ver si sucedió algo que pudiera catalizar o iniciar a alguien en comenzar un grupo anti Muggle.

—¿Y?

—Hay mucho por revisar —ella le dijo, apuntando a la montaña de papeles que él no había notado descansando en su mesa ratona. —Y hasta ahora, ni una maldita cosa.

—Aunque es una buena idea —él aprobó, dándole a su cadera un pequeño apretón.

—Ya veremos —ella murmuró, inclinando la cabeza para darle un beso. —¿De qué hablaron con tu madre?

Su labio se torció.

—No mucho —respondió vagamente, escondiendo su entrecejo cuando recordó el tema de su conversación. —Solo lo usual. ¿Vas hacer tu entrenamiento de Auror mañana?

—Sí —ella lo agració con una rápida sonrisa. —Lo que significa que puedo descansar un poco más. No comienza hasta las diez.

—¿No vas a venir conmigo y trabajar en el caso?

—Tú tienes esa reunión con Mafalda a las ocho, —le recordó, sonriendo cuando él gruñó. —Así que pensé en continuar con estos antes de ir a entrenar. Pero en la cama.

—Me parece justo —él se encogió de hombros, capturando sus labios para un sabroso beso. —Bueno, no todos podemos darnos ese lujo, así que me voy a la cama. ¿Vienes?

—Voy a terminar los registros de febrero, —le dijo ella, haciendo un gesto a sus notas. —No me tomará mucho tiempo.

Él le dio a su boca otro rápido beso antes de desaparecer de la sala, dejando a su novia infinitamente estudiosa con sus artefactos. A pesar de ser el mes más corto del año, febrero probó ser un poco más largo de lo que ella esperaba, pero estaba determinada en completar su análisis del mes. Así que cuando se hizo casi la media noche y escuchó le chimenea rugir con un invitado, fue predecible que se sobresaltara.

—Blaise —jadeó una vez que había recuperado el aliento. Recordó su extraño intercambio con él en la Mansión y al instante se sintió incómoda en su presencia, especialmente cuando él la sometía a una de sus miradas vacantes y crípticas.

—Granger —él asintió después de un silencio curioso. —¿Malfoy está despierto?

—No —ella contestó dócilmente, poniéndose nerviosa un mechón detrás de su oreja —Draco tiene una reunión temprano, así que se fue a dormir…

—¿Sin ti? —él cuestionó, arqueando una ceja. —¿Problemas en el paraíso, Granger?

—Estoy trabajando —dijo ella con firmeza, haciéndosele difícil mantener el contacto visual. —Y Draco tiene una reunión en la mañana.

—Ya veo —él sonrió, acercándose unos pasos. —Así que supongo que todo va sobre ruedas.

—¿Hay algo que querías, Blaise? —ella cuestionó fuertemente, levantándose del sofá para no sentirse tan vulnerable. —Voy a ir a dormir dentro de un rato.

—Bueno, quería hablar con Draco —dijo el mago. —Pero supongo que tendré que hacerlo contigo.

—Le pasaré el mensaje —ella murmuró, analizando las líneas oscuras de su rostro. —¿Qué quieres que le diga?

—Solo hazle saber que he organizado un partido de Quidditch para este sábado —le dijo a la bruja. —Es a las cinco en Kent; él conoce el lugar.

—Está bien —ella asintió, cambiando de paso sobre sus pies. —Buenas noches, Blaise…

—Estás muy ansiosa por deshacerte de mí —él comentó, su tono vacío mientras daba otro paso hacia ella, quedándose a un metro de ella. —¿Te pongo nerviosa, Granger?

—¿Por qué me pondrías nerviosa? —ella contestó, cruzándose de brazos con confianza sobre su pecho y negándose a mover. —Simplemente estoy cansada y me gustaría ir a la cama.

—Te refieres a ir con Malfoy —él corrigió, dándole otra larga mirada antes de girar y regresar a la chimenea. —Muy bien. Ciao, Granger.

Ella no contestó; solo permaneció resuelta mientras él se desvanecía detrás del velo de color verde. Una vez que el estruendo se detuvo, dejó escapar un largo suspiro y colapsó en el sofá, mirando alrededor mientras intentaba darle sentido a lo que sintió. Estaba temblando un poco, aunque no estaba segura del porqué.

Se sintió como uno de esos ratones que habían sido abandonados después de que el gato negro se había aburrido de jugar con ellos.

Arrinconada, atacada y arrojada a un lado para recuperarse.

Sus ojos se posaron en la chimenea y se frotó los brazos para calmar los escalofríos que sentía sobre su piel. Volvió a recordar la conversación en la Mansión y solo intentaba averiguar qué era exactamente lo que la había perturbado tanto. Cuando recordó los dos encuentros en su cabeza, no pudo elegir algo especifico que fuera inusual; solo sabía que no le gustó. En absoluto. Algunas de las palabras que él había dicho le habían sonado fuerte y algo inquietante en su cabeza, pero no podía captar la relevancia, y era frustrante y desconcertante a la vez.

De pronto se sintió muy sola y expuesta, desesperada por la comodidad de otra presencia. Volviendo a levantarse en sus pies inestables, ya no tenía el apoyo de la adrenalina ni el orgullo, luchó para subir las escaleras, tropezándose con sus propios pies.

Sintió como si estuviera siendo observada y miró a su alrededor sospechosamente antes de meterse en el dormitorio. Se desvistió tan rápido como pudo, sintiéndose extremadamente desnuda antes de meterse bajo las mantas seguras. Se acurrucó tan cerca de Draco como pudo y dejó escapar un suspiro de alivio cuando él se giró por instinto, para envolver un brazo alrededor de ella.

Su respiración era un poco superficial mientras enterraba el rostro en su pecho. Lo escuchó bostezar un poco dormido y apretó un poco más el brazo.

—-Estás temblando, Granger —él murmuró con una voz rasposa contra su frente.

Ella pensó en decirle. Confesándole que su mejor amigo la había petrificado. Y cuando él preguntara cómo, ¿qué podía decir? Que Blaise había pasado y fue… ¿él mismo? ¿Su manera arrogante y sarcástica? Tal vez los eventos de las últimas semanas simplemente la habían puesto los nervios de punta. La paranoia era ciertamente verosímil. ¿En verdad debería estar tan sorprendida que un Slytherin la asustara? Eso hubiera sido esperado y común en Hogwarts.

—Solo tengo frío —ella susurró, inclinando la cabeza para besar su barbilla. —¿Te desperté?

—Está bien —él exhaló, acomodándose con ella en una mejor posición. —¿Escuché algo abajo, hace un rato?

—Vino Blaise —ella frunció el ceño en secreto. —Organizó un partido de Quidditch…

—Dime en la mañana —él gruñó, ahogando un bostezo. —Deja de temblar, Granger. Tengo que dormir un poco.

—Lo siento —dijo la bruja, tensando los músculos para quedarse quieta. —¿Draco?

—¿Hm?

—Te amo.

Sus ojos se abrieron una fracción y miró hacia abajo, siendo capaz de solo distinguir las sombras tenues de su pelo enredado. Ondulaba mientras su respiración jugaba con sus mechones, y pensó que era raro cómo los movimientos eran de alguna manera hipnotizante. Era curioso cómo esas dos palabras cambiaban de inmediato la atmosfera de una habitación; como si fueran más un encantamiento que una declaración. Solo tres pequeñas silabas.

Te-a-mo.

—Lo sé —dijo él finalmente, no estando seguro qué otra cosa podía decir en verdad. Ladeó la cabeza para darle un beso a la punta de su nariz, algo que había visto que hacían muchas parejas y siempre creyó que era estúpido. —Duerme —le dijo a su bruja.

Pero ella ya se había quedado dormida.

La seguridad tenía ese efecto sedante en las personas. Especialmente cuando tienes un bajón de adrenalina.

Pero la seguridad era algo temporario.

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NdT: Holaaaaa… ¿cómo andan después de tanto tiempo? No me canso de pedir disculpas por el tiempo transcurrido, pero créanme que la vida real viene a darte algunas cachetadas de vez en cuando y cuesta volver a tomar las riendas, estoy segura que mucho de ustedes comprenderán… y al ser este y ustedes mi gran refugio, vamos a pelearla hasta el final… ustedes son muy importantes para mí.

Y bueno ¿qué me dicen del capítulo? Que lindos regalos y que tan significativos, y todas las sensaciones que causó en ellos… ella tan Hermione, y Draco… tan… Draco, éste platinado es duro, pero ya se va ir ablandando, pero si no no sería Draco :-)

Por lo pronto, lo poco que puedo decir es que la última oración lo dice todo… "La seguridad es algo temporario" … así que prepárense para lo que viene.

Eso es todo por ahora, no estamos viendo como siempre ya sea en fanfiction o en los grupos de face, gracias por la paciencia en todo

Que tengan una excelente semana. Besos.