Capítulo 27: Música y letra
Cuando Alice brincó de su asiento y se precipitó sobre mi con esa sonrisa plasmada en su rostro, mi cuerpo se paralizó.
De todas las personas que el Sr. Banner podría haber elegido para ser mi tutor entre todo el alumnado de la escuela secundaria de Forks, había elegido a uno de Ellos.
Y Ellos me odiaban, aunque yo no pudiera entender porqué.
Ni siquiera sabía el nombre de Alice antes de que ella misma se presentara, pero la había visto muchas veces durante mi estadía escolar. Siempre se movía por los pasillos como si el lugar le perteneciera, meneando su mano a modo de saludo como una reina de la belleza. Había algo perturbador en el modo en que forzaba su sonrisa, como si estuviera constantemente en pose.
Nunca era posible verla demasiado lejos de Jessica, lo cual me turbaba aún más. Aunque Jessica siempre había sido amable conmigo, algo acerca de ella me alteraba los nervios. Alice no podía ser mucho mejor. Al fin y al cabo, pasaba todo su tiempo con gente como Jessica y Mike.
Sin embargo, pronto descubrí que había mucho más en Alice que lo que Jessica o Mike hubieran podido implantar en ella.
Desde el primer instante, fue agradable y casi parecía feliz de poder ayudarme. Si bien gran parte del tiempo que pasábamos en la escuela trataba de evitarme y se alejaba de mi para estar con sus amigos, cuando estábamos en mi casa era solícita y amable, y su sonrisa era mucho más sincera que la que usaba en los pasillos de la escuela.
Después de nuestra primera conversación en la cafetería, el día que se presentó, nunca más volvimos a hablar de Mike y de Jessica, lo cual era a la vez tranquilizador y complicado. Porque Alice sabía lo que ocurría cuando ella no miraba. Alice sabía que Mike me atormentaba en los pasillos y en los rincones oscuros de la escuela. Pero nunca habló de ello y yo jamás tuve el coraje para preguntarle porqué elegía rodearse de matones.
Cuando estaba conmigo en el comedor de mi casa, rodeados de libros y tareas escolares, Alice era una persona completamente diferente a la que yo podía vislumbrar durante las horas de clases.
Sus hombros se relajaban, al igual que su rostro. De repente, se volvía más pequeña y más frágil, casi como una muñeca. Sus ojos tenían el más adorable brillo de vida y su sonrisa era sencilla y abrumadora. Su sola presencia parecía alumbrar el cuarto e irradiaba el calor tibio de la juventud y la felicidad.
Cuando nadie la miraba Alice era diferente. Muchas veces me había encontrado a mi mismo observándola, notando los mínimos gestos de su rostro, los pequeños saltos que daba alrededor de la mesa o en su trayecto a la cocina, o el modo en que hablaba de manera desmedida cuando se entusiasmaba con algo.
Yo sabía que en cierto modo todo era una farsa que duraba sólo mientras estuviéramos en soledad. Yo sabía que en cuanto Alice cruzara el umbral de la puerta del colegio volvería a ser la muchacha fría y calculadora que había visto desde el primer día de clases. Yo sabía que la Alice que me agradaba y que había aprendido a apreciar como a una amiga, únicamente se hacía presente cuando estábamos en la pequeña burbuja que habíamos construido en nuestras reuniones de estudio.
La Alice que yo consideraba casi una compañera era el eslabón más débil, y estaba destinada a perecer bajo el peso de las apariencias y la superficialidad. La Alice que yo quería sólo podía ser bajo la coraza y la seguridad que proveía mi casa, entre las cuatro paredes en donde siempre sería un secreto que había en ella esa simpleza de espíritu y esa jovialidad.
Aún cuando era evidente que Alice hacía todo lo posible para evitarme y que su aprecio por mi era marginal, en detrimento de otros, mi madre parecía adorarla. Los ojos de Esme parecían iluminarse con una luz propia cada vez que Alice llegaba. Siempre se hacía tiempo para estar al menos un minuto con ella y tener alguna pequeña conversación femenina.
Supuse que Esme era capaz de ver algo que yo no veía, algo mucho más allá del caparazón de Alice. Y conociendo a Esme, había aprendido a confiar en sus instintos más que en cualquier otra cosa en el mundo.
Los vaivenes emocionales de Alice me desorientaban. Sus sentimientos y su actitud eran una montaña rusa que me resultaba extenuante montar. A veces simplemente quería darme por vencido, pero siempre me encontraba a mi mismo intentándolo nuevamente.
Quería superar ese temor reverencial que me generaba estar a su alrededor. Quería ser su amigo. Quería que ella aprendiera a apreciarme.
Pero no era tonto. No necesitaba que Alice me explicara acerca de las clases sociales de la escuela secundaria. Me era suficiente observar la dinámica cotidiana para comprender que nunca podríamos ser realmente amigos.
Pertenecíamos a mundos diferentes. Nuestros motivos ulteriores eran otros. Jamás encontraríamos algo compartido que fuera más potente que lo que nos rodeaba y complotaba contra nuestra amistad.
Sin embargo, el día que Alice y yo intercambiamos la confesión acerca de nuestros pasatiempos algo cambió en el modo en que nos miramos uno al otro. Sentí que un velo se había corrido y que tal vez había llegado el momento de tomar un riesgo.
Nunca hubiera permitido que Alice me escuchara tocar si no hubiera estado convencido que leer una de sus poesías sería tan íntimo para ella como para mi lo era mi música. Me sorprendí a mi mismo completamente a gusto tocando lo que había compuesto para Esme mientras Alice se sentaba a mi lado. Unos meses antes jamás lo hubiera concebido. Ahora no podía creer que no lo hubiéramos hecho antes. Tal vez si hubiéramos compartido algo así al principio de nuestra relación las cosas hubiera sido diferentes entre nosotros. Pero no podía sentir remordimientos. En ese momento no había estado listo para aceptar. Ahora no sólo estaba preparado, sino que lo deseaba con mi corazón.
Nunca creí que su poesía generaría algo tan potente en mi espíritu. Fue como si hubiera abierto una puerta y me hubiera permitido entrar en su mente. Jamás me había sentido más cerca de alguien como en ese instante. Alice me había permitido conocer ese aspecto de ella que le había ocultado a todos, pero que era tan ella misma como ninguna otra cosa.
Sus palabras eran conmovedoras y, aunque tal vez ella no lo sospechara, había comprendido el mensaje que ocultaban. Alice me había elegido para mostrar su verdadero ser, y yo me sentía honrado por ello.
Le pedí que me obsequiara el poema porque había algo en él que me hacía sentir vulnerable. Puede que fuera el hecho de que ella hubiera admitido que yo la había inspirado a volver a escribir. O el modo en que las palabras parecieron arremolinarse en mi lengua como si me pertenecieran.
Sin embargo, había algo inconcluso en ellas, como si hubiera algo más oculto en que no se pudiera terminar de vislumbrar. Fue en ese momento que comprendí que deseaba hacer mucho más que simplemente releerlas. Quería darles vida. Quería dotarlas de un corazón que latiera y una respiración acompasada. Quería animarlas de la única forma en que yo sabía hacerlo.
Comencé a trabajar esa misma tarde, cuando Alice se marchó, y permanecí en mi tarea hasta que Esme me llamó a cenar; e incluso luego, cuando mis padres se acostaron y la casa se sumió en el más absoluto silencio.
Me dispuse a mi tarea con toda la resolución de mi espíritu y la inspiración de un maniático, porque ella lo merecía. O, al menos, eso creía en ese momento.
Alice se había hecho la costumbre de caminar conmigo por los pasillos, aún cuando no compartiéramos las clases ni nos sentáramos juntos en ningún lugar excepto en las aulas en que su tutoría era requerida. Yo sabía porqué lo hacía, y me sentía agradecido por ello. Era su forma de decir que se preocupaba por mi. No sé si era la forma correcta, pero era la que ella estaba dispuesta a ofrecerme. Y yo no iba a exigirle nunca nada que no quisiera darme.
Cuando no encontré a Alice esperándome a la salida de mi clase de inglés la mañana siguiente, me sentí intranquilo. Nuestra rutina estaba tan establecida, aún cuando nunca hubiéramos hablado de ella, que su ausencia me generó un vacío en el estómago. Me preocupé de que algo le hubiera ocurrido y sin pensarlo dos veces emprendí su búsqueda a través de los corredores del colegio.
Estaba a punto de darme por vencido y retornar a clase resignado, cuando oí murmullos provenientes del final de un pasillo desértico. Era un área del colegio que casi no se utilizaba y, por ende, nadie rondaba por allí. El sonido venía de un salón de clases en desuso, cuyo tamaño ya no era capaz de albergar al número creciente de estudiantes que poblaban la escuela, y por ello se había convertido en una especie de depósito improvisado.
La puerta estaba entreabierta, por lo que pude inclinarme y observar a través de la hendija.
Sentados encima de varias cajas y pupitres abandonados estaban Mike, Jessica, Tyler, Jasper, Lauren, Eric y Alice. Algunos de ellos fumaban, pasándose los cigarros de unos a otros. Alice y Jessica estaba un poco más alejadas del resto.
"No es lo que piensas" decía Alice en ese momento, dirigiéndose a Mike.
"No lo creo" respondió él.
Supe que tendría que haberme marchado en ese preciso instante. Sabía que estaba husmeando en una conversación que no me incumbía. Pero el tono de voz afectado de Alice me retuvo en mi lugar, inquieto por saber qué la aquejaba.
"Es simple Mike" continuó Alice. "Soy su tutora. El Sr. Banner me pidió que lo fuera. Por ende tengo la obligación de ayudarlo. No es una elección"
Sentí que el corazón se me oprimía al saber que hablaba de mi con ese tono de voz privado de emociones.
"Pasas demasiado tiempo con él, Alice" insistió Mike. "Incluso caminas con él por los pasillos para evitar que nos acerquemos"
"Me da pena, ¿de acuerdo?" chilló Alice, un tanto fuera de sí. "No es un crimen sentir lástima por él"
"No deberías sentirte así respecto a Cullen" respondió Mike.
"¿Por qué no?"
"¿Alguna vez has visto su cuerpo desnudo?" inquirió Mike.
"No, claro que no" dijo Alice azorada.
"¿No has notado que siempre está cubriéndose, incluso los brazos?" siguió el rubio. "Nunca se cambia con nosotros en los vestuarios y siempre usa ropa que oculta su cuerpo. ¿No te has preguntado por qué?"
"Jamás había pensado en ello" respondió Alice con un hilo de voz.
"Yo lo he hecho, y otros también. Se rumorea que su cuerpo está cubierto de cicatrices, Alice. Que sus pecho y sus brazos tienen marcas, igual que la de su rostro"
"Eso es ridículo Mike. ¿Por qué tendría esas marcas?" exclamó Alice.
"Porque está loco. Porque es un maniático depresivo y peligroso. Porque se lastima a sí mismo y ha tratado de matarse varias veces" respondió Mike.
"¿De dónde sacaste tamaña tontería?" quiso saber Alice, pero su voz era casi un susurro y supe que su seguridad flaqueaba. Alice tenía dudas. Mike había sembrado la semilla de la confusión en ella.
"Es lo que dicen los rumores, Alice"
"Edward es tímido y tal vez un poco retraído. Extraño, si prefieres llamarlo de ese modo. Pero no creo que sea depresivo ni peligroso, y menos que se lastime a sí mismo" respondió ella.
"¿Estás segura?" preguntó Mike, y el rostro de Alice se contorsionó apesadumbrado. Sin embargo, cuando contestó, su voz sonó firme y clara.
"Claro que lo estoy. Edward no es peligroso"
"Espero que estés en lo cierto. No quiero que salgas lastimada, Alice" dijo Mike. "No me gusta que tú y Cullen sean amigos. Me preocupo por ti"
"Edward y yo no somos amigos, y nunca lo seremos" replicó Alice, con convencimiento. "Pertenecemos a mundos completamente diferentes. Jamás podría ser su amiga. Soy simplemente su tutora. Y siento pena por él. Eso es todo"
No quise seguir escuchando. Nada de lo que había escuchado allí era nuevo o revelador. Aunque el corazón me doliera un poco al escuchar a Alice afirmar que nunca sería mi amiga, en realidad yo siempre lo había sabido. Alice y yo no estábamos hechos para estar juntos.
Di media vuelta para marcharme, pero no había hecho más que un par de pasos cuando escuché la voz de Alice llamándome.
"¿Edward?"
Giré a tiempo para verla correr hacia mi.
"¡Oh, Dios! Edward, ¿escuchaste lo que hablábamos?" preguntó.
Asentí con la cabeza.
"¿Cuánto escuchaste?" inquirió, con el rostro preocupado.
Me sentí compelido a mentir. "Sólo el último par de afirmaciones de tu parte"
"¡Oh, Edward!" gimió, pasándose la mano por el cabello en un gesto de nerviosismo muy similar al mío. Me pregunté si lo había adquirido de mi. "Lo siento. Lo siento tanto" murmuró.
"Está bien, Alice" respondí. "No tienes que disculparte por nada"
"Si, si tengo que disculparme" dijo e hizo un intento de tomarme del brazo. Di un paso atrás instintivamente, y vi como sus ojos se teñían de tristeza.
"Lo siento, Edward. Jamás quise lastimarte. No puedo creer que me escucharas decir algo así" murmuró.
"Está bien, Alice. En serio. De todos modos, es cierto" respondí.
"No, no lo es. No es verdad. Me preocupo por ti sinceramente. Quiero ser tu amiga. Es sólo que no puedo decírselos. Nunca lo aceptarían. Ya no podría ser parte de su grupo" susurró, con un hilo de voz.
"No estoy lista para eso" agregó finalmente, mirándome con ojos suplicantes.
"Jamás te pediría eso. Jamás te exigiría nada, excepto lo que tu estés dispuesta a darme, Alice" respondí.
Sus ojos se humedecieron.
"Gracias, Edward" exclamó. "Y lo siento. Quisiera poder ser mejor para ti"
"No necesito que lo seas. Te acepto como eres" dije y me marché, buscando mi camino a través del pasillo hasta mi salón de clases.
Aunque sentía una punzada en el corazón que no podía definir, sabía que todo lo que le había dicho a Alice era la más absoluta verdad. No iba a exigir nada de ella. No quería que cambiara ni que dejara de ser quien era. Yo la aceptaba como era. Y si lo único que ella estaba dispuesta a darme era una amistad a medias y a escondidas, yo estaba dispuesto a tomarla. Porque ya no había forma de volver atrás lo que sentía por ella.
Alice había entrado en mi vida de manera abrupta e inesperada, había forjado su camino a través de mis defensas y mis reticencias, y se había ganado un lugar de privilegio en mi corazón, justo al lado de Esme y Carlisle.
Si bien había algo acerca de Alice que nunca podía terminar de dilucidar, como si un velo cubriera su persona y no nunca pudiera tener una imagen realmente clara de ella, había aprendido a quererla y a sentirla parte de mi. No podía revertir eso.
Sin importar cuánto doliera y cuánto quisiera que las cosas fueran diferentes, Alice ya estaba tallada en mi cuerpo. Con sus defectos, con sus mentiras, con su cariño temporario y condicional, con sus secretos, con su cambiante personalidad e inestable estado de ánimo, Alice era mi amiga. O al menos, yo lo sentía de ese modo.
Alice casi no pronunció palabra durante toda esa tarde mientras estudiábamos, contentándose con mirar a su libro en silencio y con la cabeza gacha, ignorando mis ojos y mi presencia. Podía leer en sus gestos que estaba avergonzada por lo que había transcurrido esa mañana. Y yo no quería que se sintiera de ese modo.
"Ven" le dije, alzándome de la silla de pronto y encaminándome hacia la escalera. "Quiero mostrarte algo"
Ella me siguió sin decir nada, pero sus ojos y su rostro denotaron la sorpresa y la curiosidad.
La guié hacia el ático en silencio, y me acomodé en el piano dejándole suficiente espacio en el taburete para que comprendiera que quería que se sentara a mi lado.
Cuando se instaló junto a mi, alcé la tapa del piano y situé la partitura que había escrito frente a mi. Sin embargo, el gesto no era más que una costumbre. Lo cierto era que no necesitaba de ningún recordatorio. La canción estaba tan impregnada en mi mente y en mis manos como lo había estado la de Esme. Era parte de mi cuerpo y de mi ser. Mi música era como una extensión de mi propia anatomía. Sin importar cuántos años transcurrieran y qué me ocurriera, siempre llevaría mis canciones conmigo, empapadas en las puntas de mis dedos.
La canción que toqué entonces era el producto de una noche de insomnio y de inspiración espontánea. Podría considerarse una obra incompleta y precipitada, pero yo sabía que no lo era. Simplemente había venido a mi y había hallado su camino a través de las teclas de mi piano. Siempre había estado completa, desde el primer instante, y nunca había titubeado en ninguno de sus pasajes.
La melodía era un producto final y perfecto, y a medida que comencé a tocarlo noté como llenaba el aire con su aroma y su cadencia, instalándose entre nosotros, llenando los espacios oscuros, colmando los vacíos, sacudiendo las dudas y las penas, y deshaciendo lo que fuera que estuviera mal.
La canción era vivaz, alegre, y llena de ritmo y energía; por momentos desequilibrada y alterada, y en otros más medida y sutil, igual que la persona que la había inspirado.
Alice me miró un segundo, confundida, sin comprender del todo, pero con los ojos nublados de emoción y de sensaciones.
No era una cuestión de ego, pero supe en ese momento que algo en la música había tocado su corazón, porque el gesto en su rostro era inconfundible. Y me sentí feliz por haberlo logrado, porque esa había sido mi única motivación desde el primer instante.
Sin mediar aviso, comencé a cantar la letra de la canción que había compuesto para ella. Nunca había cantado para nadie, ni siquiera para Esme. Pero esta situación lo ameritaba, y la canción había sido compuesta para ello, para contener las palabras que me habían obsesionado desde la primera vez que los oyera.
Los ojos de Alice se dilataron por la sorpresa, y creí ver una lágrima deslizarse por su mejilla cuando mi voz le llegó a los oídos y comprendió que lo que estaba cantando era suyo. Su poema, sus palabras, sus reflexiones. Le había dado vida a su creación con una de las mías, fusionándolas como si siempre hubieran pertenecido una junto a la otra.
Tal vez fuera un mensaje, o tal vez no significara nada. Pero había querido hacerlo por ella, para ella, como un obsequio por su paciencia y su amistad.
La canción terminó por extinguirse en una nota alta y sonora, llena de ferocidad y altanería, igual que el espíritu de Alice y la forma en que yo la percibía: una guerrera en el cuerpo de una niña.
Nos miramos a los ojos un instante, el silencio rodeándonos, su rostro aún convulsionado por la sorpresa y mis dedos todavía prendidos de las teclas ahora calladas del piano.
Y entonces Alice se echó a llorar frenéticamente, levantándose del asiento y cubriendo su rostro con sus manos.
No era la reacción que esperaba y no supe como actuar en absoluto.
"Lo siento, Alice" exclamé, desesperado por calmar su llanto. "Pensé que te gustaría"
"¡Claro que me ha gustado!" gritó entre sollozos. "¡Ha sido perfecto!"
"Entonces, ¿por qué lloras?" pregunté confundido, sintiéndome una especie de enfermo social por no poder comprender lo que le ocurría.
"Es que cuando estoy contigo me siento vulnerable. Y no me agrada sentirme así" explicó, soltando sus manos y sentándose nuevamente a mi lado.
"Hay algo en ti que hace que tenga la necesidad de replantearme absolutamente todo: mis decisiones, mis actitudes, mi forma de pensar" dijo, mirándome intensamente a los ojos. "Me siento frágil a tu lado. Siento cosas que no quiero sentir, porque me hacen cuestionar toda mi vida. Es desconcertante y poco placentero, y quisiera no tener que lidiar con ello. Pero, al mismo tiempo, al estar contigo y sentirme así es cuando me siento más viva"
"Alice, no quiero generarte ningún malestar. No quiero hacerte sentir así, no quiero que te replantees tu vida, no quiero exigirte nada. Simplemente quiero ser tu amigo, aceptándote como eres y con lo que ofreces" murmuré.
"Lo que ofrezco es muy poco y mereces tanto más" susurró.
"Claro que no" repliqué, convencido. "Yo también me siento vivo cuando estoy contigo, y eso es suficiente"
"No es suficiente. Pero he cambiado tanto durante mi vida, he resignado tantas cosas y he alterado tanto mi esencia por lo que otros podrían pensar, que ya no me siento capaz de volver a hacerlo" confesó.
"No quiero que cambies nada acerca de ti. Nadie debería jamás haberte pedido que lo hicieras"
"Nadie lo pidió, pero yo creí que tenía que hacerlo" dijo, sonriendo con tristeza y pasando su mano por su cabello castaño desordenado. "Cuando era más pequeña no era como me ves ahora. Jessica, Mike y los otros no me prestaban atención. No me torturaban, como lo hacen contigo, sino que simplemente me ignoraban. Y eso estaba bien para mi. Nunca me había sentido compelida a agradarles"
"Pero luego algo cambió" continuó. "No sé si fue efecto del desarrollo o de los cambios en los hábitos alimenticios de mi madre, pero un día me encontré a mi misma en este cuerpo delgado, formado y femenino. De un día para otro dejé de ser una niña rellena para ser una mujer. Y alguien se fijó en mi, y Jessica y Mike decidieron que era hora de ponerme más atención"
"Yo sabía que la motivación de ellos era meramente superficial y que sólo tenía que ver con mi nuevo aspecto, pero me sentí tan halagada de que me notaran que hice a un lado mis dudas y comencé a frecuentarlos. Pronto me di cuenta de que existían ciertas reglas para pertenecer, y que ellas implicaban resignar muchas de las cosas que hacían a mi personalidad: la hiperactividad de mis movimientos, mi costumbre de hablar demasiado muy rápido, mi poesía, entre otras. Renuncié a ellas sin pensarlo dos veces, aunque nunca me lo hubieran pedido abiertamente, enterrándolas en el fondo de mi closet y de mi mente. Y jamás volví a cuestionarme acerca de mi decisión hasta que tu llegaste a mi vida"
"Cuando hablas de tu amor por aquello que disfrutas, cuando aceptas sin quejarte cuando otros te atormentan para pertenecer fiel a ti mismo, incluso cuando dices que me aceptas tal cual soy, siento en el pecho ese dolor agudo de saber que he fallado, que me equivoqué horriblemente, que no tendría que haber hecho las elecciones que hice"
"Lo siento" murmuré nuevamente. "No quiero que te sientas así. Entiendo si ya no quieres estar conmigo"
"No te disculpes. No es tu culpa que yo me sienta así. Y quiero seguir estando contigo, Edward. No tengo dudas de ello" dijo Alice sonriendo.
Se levantó del asiento y pasó sus manos amorosamente por el piano.
"Debo irme ahora" susurró. "Gracias por la canción. Fue perfecta. Me has hecho enormemente feliz con ella, sin importar cual fue mi reacción. Nunca pensé que una melodía podría calar tan hondo en mi pecho, pero tampoco nunca nadie había compuesto una canción para mi. Eres un gran amigo, Edward, y tu talento no debería desperdiciarse jamás"
Sin decir más, dio media vuelta y se marchó. Me quedé un momento en silencio, contemplando sus palabras y las lágrimas en su rostro, el dolor en su voz y el cariño en su tono, la tristeza en su rostro y la sonrisa en sus labios.
Finalmente, cerré el piano y me encaminé a mi cuarto. Dejé mis ropas sobre la cama, tomé una toalla e ingresé al baño contiguo, esperando que el agua de la ducha pudiera calmar el torbellino de emociones que se arremolinaba en mi pecho y en mi mente por los eventos del día.
Quince minutos más tarde, salí de bajo la regadera, me envolví con una toalla la cintura y regresé a mi cuarto, dispuesto a vestirme y bajar a ayudar a Esme con la cena, como casi todas las noches.
Fue un segundo, o tal vez menos. No pudiera haber hecho nada para evitarlo, aún cuando lo hubiera previsto.
La puerta de mi habitación se abrió en un estrépito y Alice ingresó, sonriente y distendida, llamándome: "¡Edward!".
Se detuvo en seco cuando me vio, semidesnudo, envuelto apenas en una toalla, mi cuerpo revelado a ella. Sus ojos se dilataron y su rostro se paralizó, pálido y carente de vida, su expresión la de la mayor sorpresa y el azoramiento.
Podía ver que su mirada se deslizaba por mi cuerpo, recorriendo las cicatrices de mi torso y mis brazos.
Por un breve segundo tuve la esperanza de que no vería al monstruo que yo era realmente, sino simplemente al amigo con quien había compartido tantos momentos. Pero mis ilusiones se desvanecieron en el preciso instante en que la escuché decir: "Es cierto entonces…".
Fue apenas un susurro, un pensamiento expresado sin intención real de que fuera escuchado. Pero yo estaba allí para oírlo. Y conocía lo suficiente de lo que otros rumoreaban a mis espaldas como para saber a lo que Alice estaba refiriéndose con sus palabras.
Alice estaba pensando que era cierto que yo era depresivo y peligroso, que yo realmente me había lastimado a mi mismo, que yo podía herirla de alguna forma. No había dudas en mi corazón cuando vi el modo en que sus ojos se contraían y cómo su rostro viraba de una expresión de asombro a la de absoluto temor.
No esperaba eso de ella. De todas las posibles reacciones que había imaginado si algún día Alice conocía mi secreto (asco, rechazo, repudio), el miedo nunca había sido una opción.
Habíamos pasado demasiado tiempo juntos como para poder creer que ella imaginara que podría lastimarla de algún modo. Le había abierto mi corazón, había compartido mi mesa y la compañía de mis padres, habíamos disfrutado mutuamente de nuestra pasión por la poesía y la música, habíamos creado juntos una canción cuyo eco aún resonaba en las paredes del ático.
Y sin embargo, allí estaba ella, mirándome desde el umbral de mi cuarto, con los ojos empañados de temor y el cuerpo contorsionado en una pose defensiva.
Ella, que había sido mi única amiga, creía que yo era un loco peligroso, capaz de lastimarme a mi mismo y a ella. Ella, que había sido mi única compañía. Ella, a quien yo había jurado aceptar sin exigirle nada a cambio.
Sentí la desazón en mi corazón, ese frío manto cubriéndome el pecho que no había sentido desde que había estado encerrado en ese sótano húmedo y desolado que había creído sería mi tumba. Esta vez no fue el miedo ni el dolor físico lo que me atenazó los músculos, sino la más absoluta miseria.
Sin pensarlo dos veces, desanudé la toalla en mi cintura y la dejé caer a mis pies, revelando mi cuerpo completamente, para que ella viera realmente la criatura que era, el monstruo que había ocultado durante meses.
"¿Estás satisfecha ahora?" grité. Su rostro se consumió en una mueca de dolor. "¿Es esto lo que querías ver? Ya puedes correr a decirles a tus amigos que es cierto, que mi cuerpo está cubierto de heridas; que soy una abominación, una bestia"
"Edward, yo…" comenzó a decir con un hilo de voz, pero sus pies se movieron hacia atrás, buscando la seguridad del corredor y del escape.
"¡Fuera!" chillé, sintiendo el calor de las lágrimas deslizarse por mi rostro. "¡Márchate!"
Cubrí la distancia que me separaba de la puerta en dos zancadas, sin preocuparme por mi desnudez ni por el decoro. Alice ya estaba completamente fuera de mi cuarto cuando cerré la puerta en sus narices.
"¡Edward, por favor!" llamó del otro lado, golpeando la madera que nos separaba. "¡Por favor, habla conmigo!" pidió.
"¡Aléjate de mi!" rogué, con un sollozo.
No volví a escuchar su voz llamándome del otro lado ni tampoco sus pasos cuando se marchó.
Simplemente me dejé caer con la espalda contra la puerta, el cuerpo húmedo y desnudo revelando mi verdadera naturaleza, el rostro entre las manos, el llanto incontrolable y el pecho congelado por la desdicha.
…
Un poco tarde, pero Feliz Navidad para todos! Espero que este capítulo sea un buen regalo para estas fiestas! Ojalá me honren con un regalo de Navidad contándome qué les pareció!
