Hacía un par de horas que la televisión había dejado de emitir el programa sobre brujería en la edad media que Sam estaba viendo, o al menos lo había intentado prestarle atención. Pero le daba igual lo que echaran por televisión, él seguía ahí sentado, en el mismo sillón, en la misma postura, con la misma cerveza, ya caliente; que le importaba nada, cuando no podía dejar de pensar en Dean.

Miró hacia las dos camas vacías. Todavía seguía pensando que necesitaba una habitación doble, aunque fuera algo más cara, como si esperara que de repente, Dean entrara por la puerta, dejara su bolsa sobre la cama y se dejara caer sobre ella, suspirando intensamente mientras lo hacía, diciéndole lo cansando que estaba o duro que había sido cazar a la última criatura.

"Dean…" Aquel nombre, que todavía parecía tan cercano, pero que al mismo tiempo parecía provenir de un pasado tan remoto, salió de sus labios en un ligero y casi inaudible suspiro.

Le dolía tanto pronunciar el nombre de su hermano cuando sabía que este no le iba a volver a contestar, le parecía que estaba profanando su recuerdo, tratando de aferrarse a él de aquella manera tan fuerte.

Se volvió hacia la mesa y vio que el paquete todavía seguía allí. Bobby le había dicho que era una muy mala idea, que eso sólo podría destrozarle todavía más el alma y todo su ser para siempre, ¿pero que podía hacer cuando todas sus salidas estaban cerradas, cuando las puertas de su vida sólo le llevaban a caminos sin esperanza alguna? Si Bobby sólo comprendiera lo que sentía por Dean, lo que nunca dejaría de sentir por él por mucho que lo intentara.

Por muchos años que pasaran, por muchas criaturas que matara, por muchos inocentes a los que salvara, su vida nunca volvería a tener sentido y si había algo, aunque tan sólo fuera una ilusión, que le devolviera a su hermano, aunque simplemente fuera por unos minutos, tenía que hacerlo, aunque sólo fuera por mantenerse cuerdo unos cuantos días más.

Por fin, aún notando que apenas podía controlar sus piernas y que el corazón le latía tan fuerte que casi podía escucharlo, llegó hasta la mesa y cogió el pequeño paquete. Miró su mano y ahí estaba aquella raíz del sueño, aquel pequeño objeto significaba volver a ser feliz por un momento, volver a sentirse vivo al lado de Dean, volver a verle, tocarle y besarle, por mucho que todo aquello no fuera a ser más que un simple y desesperado sueño.

No se lo pensó dos veces. Los nervios eran demasiado intensos, como para dejarle pensar y dejándose llevar por su primer instinto se tomó el brebaje. Seguía sabiendo igual de mal que la primera vez que lo había tomado con Dean, pero valía demasiado la pena lo que iba a conseguir como para pasar el mal trago.

Se sentó en la cama y esperó. Sabía que la raíz hacía efecto muy pronto, pero cada segundo en el que no sucedía nada era más que una completa agonía. Respiró profundamente, tratando de evitar que las lágrimas se apoderaran de él.

Al morir Dean, se había prometido no volver a llorar, no dejar de nuevo que los sentimientos le impidieran pensar con lógica, pues todavía estaba convencido de que de haber pensado con claridad, podría haber detenido a Lilith y a sus malditos perros del infierno.

Sin saber como había sucedido, el tiempo pareció detenerse de repente, cualquier sonido dejó de existir, la oscuridad del exterior, pareció convertirse simplemente en nada. Parecía que la habitación hubiera sido sacada de la realidad y llevaba a un lugar diferente, donde la tristeza ya no existía en el corazón de Sam, donde la pena y la desesperación eran palabras vacías y por un momento, como si lo hiciera por primera vez en su vida, Sam sonrió.

Sabía que lo había conseguido, no se movió para no romper el encanto del momento, pero sabía muy bien que Dean estaba allí. Lo podía sentir, lo podía notar, como si le estuviera tocando, hasta que de improviso, unas manos firmes, pero cariñosas, dulces y tiernas, rodearon sus hombros y su cuello.

"Sam." La voz de Dean retumbó en su cabeza con tanta fuerza que no pudo volverse hacía atrás para comprobar que su hermano estuviera realmente allí, sino que tan sólo pudo levantar los brazos, que parecían pesarle más que todo el mundo a su alrededor y rozar con las yemas de sus dedos la piel de Dean.

Sentir contra sus dedos de nuevo la piel cálida de su hermano hizo que todo su cuerpo se estremeciera. "Dean, estás aquí." Dijo por fin entre sollozos imposibles de controlar a esas alturas.

Sam notó que los brazos de Dean tiraban de él hacia la cama; no se resistió y tampoco trato de hacerlo. "Tu me has llamado." La respiración de Dean se deslizó por su oído como un suave torrente de agua clara. Sam había cerrado los ojos con fuerza, no sabía si estaba preparado para encontrarse de nuevo con su amor perdido, con su amor eterno.

Sin embargo por fin se decidió a abrirlos, tumbado como estaba en la cama, sabiendo que Dean se había movido y que ahora estaba casi sobre él, tumbado a su lado, pero apoyado sobre su brazo, acariciando su pelo revuelto. Lo miró, en silencio observó cada parte de su cuerpo, cada esquina de su rostro, se fijó en cada respiración, en la sonrisa que comenzó a aparecer en sus labios y que iluminaba sus ojos verdes y de mirada intensa.

Lo había echado tanto de menos, que no pudo evitar incorporarse y abrazarlo, como nunca lo había hecho. Lo aferró como si así pudiera conseguir que no desapareciera cuando terminara por despertarse, o tal vez como si pudiera irse con él al mismo infierno, con tal de no perderle.

"Dean, te quiero tanto." Las palabras apenas salieron de su garganta, pero finalmente Dean las había escuchado.

Por primera vez en las últimas semanas, Sam no las había dicho a una foto o al arma favorita de su hermano, no las había dicho sentado al volante del Impala con el "Back in black" de ACDC a todo volumen ahogándolas. Por fin Dean estaba allí para escucharle otra vez.

"Sam, no puedes hacer esto." Dijo Dean sin intentar separarse de su hermano, le abrazaba con tanta fuerza que temía hacerle daño o romperle al intentar hacerlo. Le acarició de nuevo el cabello y Sam suspiró al notarlo. "Sabes que esto no está bien."

Sam se sentó de nuevo en la cama, mirando de frente a Dean. Parecía el mismo, como si no hubiera pasado un solo segundo desde que el perro negro le hubiera matado. Era el mismo Dean, las mismas manos puestas sobre su pecho, haciendo que su corazón se desbocara, la misma boca algo entreabierta, dejando ver la más tierna de sus sonrisas de hermano mayor y de amante, y sus ojos, verdes, fuertes al mismo tiempo que dóciles. Sólo era un sueño, pero un sueño hecho realidad al fin y al cabo.

"Dean, yo te necesito, sabes muy bien que no puedo vivir sin ti, te lo he dicho muchas veces." La mano de Dean sobre su mejilla, le hizo detenerse y cerrar los ojos. Dean todavía le conocía, sólo se trataba de su propia imaginación, pero eso no le impidió llorar y que las lágrimas cayeran sobre la mano de Dean.

"Tienes que hacerlo." El dedo índice de Dean se posó sobre sus labios temblorosos. "Por mi, por nosotros. ¿Cuántas veces te he dicho que tu eras el fuerte?" Dean dejó de hablar un momento, no esperaba respuesta, pues Sam no iba a ser capaz de decirle nada, tan sólo lo miró. "Ahora quiero que me lo demuestres y sigas viviendo."

Sam movió sus manos, cuando por fin se sintió lo suficientemente tranquilo como para hacerlo y rodeó con ellas la cintura de su hermano. Aunque lo tenía tan cerca que podía incluso notar su respiración tranquila sobre su rostro, no podía soportar los centímetros que los separaban.

Tiró de él, mientras ahora era Sam el que se tumbaba en la cama, llevándolo consigo. "Bésame por favor." Dean escuchó la voz frágil y temblorosa de su hermano. Por mucho que quería decirle, no pudo soportar ver sus ojos pardos enrojecidos por las lágrimas, ni sus manos casi arañándole la espalda, ni su cuerpo temblando bajo el suyo. "Dean, por favor."

Sin decir nada más, Dean se acercó a Sam y tal y como había hecho durante tanto tiempo, le besó, labios contra labios, sus bocas abriéndose lentamente y las manos de ambos recorriendo la espalda del otro con intensidad y rabia. Las sonrisas apareciendo en ambos rostros y las lenguas jugando a un juego frenético y pasional, que les hizo rodar sobre la cama.

Los suspiros y gemidos se escucharon por toda la habitación formando casi una canción de la que sólo ellos conocían letra y melodía, hasta que por fin sus bocas terminaron separándose. Sam cayó sobre la cama y Dean volvió a quedar sobre él, con una mano sobre su cintura, internándose bajo su ropa. Siempre había sido así y por más que Sam quisiera convencerse de lo contrario, todavía seguía creyendo que podría seguir así.

"Tienes que escucharme Sam, no puedo verte así, no quiero verte así." Sus ojos se volvieron juntar de nuevo. "Te quiero demasiado como para poder soportar verte llorar e implorar que vuelva." Sam cerró de nuevo los ojos, Dean lo conocía demasiado bien, como para saber que estaba a punto de romper a llorar y eso si que no podría aguantarlo sin escuchar su corazón romperse en mil pedazos.

Se acercó a su hermano y le besó entre el pelo. Sam olía igual de bien que siempre, el mismo aroma dulce y sensual que le hacía suspirar cuando hacían el amor. Sam se quedó quieto, quería quedarse así por el resto de su vida, no salir nunca más de aquella habitación y volver a besarle, saborear aquella mezcla de café amargo y cerveza fría que tan le gustaba.

"Sam, necesito que me prometas una cosa." Sus miradas se juntaron y el silencio se apoderó de ellos rodeándoles en una burbuja que parecía totalmente irrompible. "No vuelvas a hacerlo." Sam lo miró extrañado, pese que una voz interna ya sabía muy bien lo que su hermano le estaba pidiendo. "No vuelvas a tomarte la raíz y venir a buscarme."

"Pero Dean…" los labios de Dean, de nuevo sobre los suyos, sus dientes mordiendo ligeramente su labio inferior y sus manos deslizándose sobre su pelo como el agua de mar al romper en la orilla, le hicieron dejar de hablar.

El momento fue intenso, cada instante que transcurría en el interior de ese sueño tan real como imaginario, parecía que no iba a tener fin. "Tienes que prometérmelo Sam, si no…"

"¿Si no que Dean, no volverás, te marcharás para siempre, dejándome aquí sólo?" Sam se incorporó velozmente e hizo que Dean se separara de él, quedando los dos, de nuevo, sentados en la cama. "Eso ya lo has hecho. Pude haberte salvado y no me dejaste. Así que dime Dean, ¿Qué pasará si no permito que me dejes, aunque sólo se trate de fantasías?" Sam miraba a su hermano con dureza, liberando en ese momento toda la rabia acumulada contra Lilith, contra Ruby y todos los demonios, pero sobre todo contra él mismo.

Dean trató de agarrarle, de sujetarle por los hombros al darse cuenta que su cuerpo no dejaba de temblar, pero con un gesto rápido se lo impidió. "Sam, por favor."

"No, Dean, ya no puedes hacer esto, ya no puedes decirme lo que debo o no debo hacer, porque ya todo me da igual, porque tu no estás aquí, porque sin ti, no me importa nada más."

Sam se levantó, pero Dean fue tras él y por fin, consiguió sujetarle, notando la tensión en su espalda. "Sam, no soy real, tan sólo formo parte de tus sueños y por mucho que te diga que te quiero, que te necesito tanto como tu a mi y que lamentaré por siempre haberte dejado sólo, nada de eso será real."

"¡PARA MI SI!" Sam se dio la vuelta mientras gritaba y al mismo tiempo que empujaba a Dean contra la cama.

Ahora si que no pudo evitarlo, ahora si que hubiera sido una estupidez intentar controlarse, intentar comportarse como si estuviera superando la muerte de Dean, como si conforme fuera pasando el tiempo, pudiera conseguir olvidarse de los sentimientos que lo estaban matando día a día, de las palabras nunca dichas, de las miradas que nunca más serían compartidas, de las sonrisas que nunca más le alegrarían por la mañana o de las caricias que jamás volverían a hacer que se ruborizara.

"¿NO LO ENTIENDES VERDAD? Quiero irme contigo, quiero saltar del edificio más alto, pegarme un tiro, ahogarme en un río helado y poder estar allí abajo contigo." Sam se detuvo para respirar profundamente, mientras Dean lo miraba en absoluto silencio, sentado en la cama, con los ojos clavados en él. "No tengo miedo a la eternidad en el infierno, siempre que estemos juntos."

En ese momento si que las piernas dejaron de responderle y terminó por caer de rodillas al suelo. Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar desconsoladamente. No pudo verlo, pero si que notó los brazos de Dean apretándolo contra su cuerpo y su boca contra su cabello.

"Dean, no puedo soportarlo más." Sam separó las manos de su cara y aferró la espalda de su hermano, escondiendo el rostro con su pecho, mientras por más que trataba de serenarse, no podía dejar de llorar.

"Lo se Sam, ya lo se." Dean se levantó y llevó consigo a Sam.

Hizo que se sentara en la cama y un momento después consiguió que se tumbara. Él también lo hizo y sin decir nada Sam se apretó contra él. Por un momento Dean sintió que aquel seguía siendo su pequeño Sammy, que todavía tenía que cuidarle.

En ese momento pudo saber exactamente como se sentía su hermanito de cuatro, diez o veinticinco años, y que a pesar de que sólo se trataba de un sueño, de una fantasía, de una ilusión, Sam podía volver a ser feliz con él, al menos durante unos breves momentos, antes de regresar a la dura realidad.