Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Sin embargo, la historia si es de mi propiedad.


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TERCERA PARTE

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Chapter 27:

Dark Prince

(Año 2054).

D.

—Bridget te está mirando.

La mano que estaba a punto de introducir la cuchara repleta de cereales en mi boca se paralizó en el aire. Una sonrisa maliciosa bailaba en el rostro de Lucas.

—¿Parece asustada? —respondí.

—"Aterrorizada" sería una mejor manera de describirlo.

De forma inconsciente habíamos terminado inclinándonos el uno hacia el otro, de modo que nuestras narices se encontraban a solo centímetros de rozarse entre sí. El espacio personal era un concepto que Luke y yo hacía mucho tiempo habíamos derribado con creces, y esta clase de cercanía no podía resultar incómoda ni con los rumores que los representantes del chismorreo escolar se esforzaban tan arduamente por esparcir por toda la Escuela Secundaria de Pasadena.

De hecho, parte de ese asunto era el motivo por el cual Bridget George se afanaba en desaparecer entre las cabezas que conformaban su pequeño círculo de popularidad social.

—Y, ¿cómo quedó su ojo? —pregunté, algo divertida.

—Estoy casi seguro de ver algo morado asomándose entre el maquillaje. Bien hecho, Darice.

Sonreí, sin molestarme en ocultar mi satisfacción. Descontando mis clases de entrenamiento de las noches, yo no era una muchacha violenta durante mi desenvolvimiento en la rutina diaria, pero esta chica se lo había buscado.

—Deberíamos besarnos —prosiguió Luke, esbozando su famosa sonrisa de lado—. Ya sabes, para terminar de enojarla.

—Sigue soñando.

Él se encogió de hombros, sorbiendo ruidosamente de su refresco dietético.

La realidad era que mi respuesta habría generado más de una mirada desconcertada de parte de la población femenina adolescente, porque Lucas estaba indiscutiblemente lejos de ser considerado poco atractivo. De hecho, su desordenado cabello negro, a juego con su piel morena y sus prepotentes ojos negros en sintonía con esa sonrisa traviesa permanentemente incrustada en el rostro, despertaba centellares de suspiros por cada camino que cruzaba. La dueña de uno de esos suspiros era Bridget George, y fue probablemente el detonante de nuestro encuentro.

Ella me abordó ayer a la hora de la salida, cuando yo guardaba mis útiles dentro de mi casillero. Estaba a punto de introducir mi mano para alcanzar mi bloc de dibujo cuando la puertecilla salió disparada hacia dentro, a solo segundos de aprisionarme los dedos.

Sorprendida, alcé la vista para encontrarme con una chica alta, de cabello largo y trenzado, mirándome como algo que encontraste escurriéndose entre la tubería de tu lavamanos.

—De acuerdo. ¿Qué tienes con Lucas? —inquirió sin rodeos.

—¿Disculpa? —parpadeé, porque me encontraba demasiado asombrada por su atrevimiento como para sentirme enojada por casi haber decapitado mis dedos.

—Ustedes dos se la pasan juntos para arriba y para abajo. No se despegan ni un solo instante. Pero no se toman de la mano, ni se besan, ni nada.

Esta vez no pude evitar fruncir el ceño. ¿Sería ésta una nueva novia de Luke? Imposible; él me hubiese dicho algo. Tenía que ser parte de su club de admiradoras.

—Lucas y yo no somos novios, si es eso lo que quieres insinuar. Pero si lo fuésemos, creo que eso no sería de tu incumbencia. De hecho, nuestra relación no es de tu incumbencia.

—Así que eso es. Hubieses comenzado por ahí —dijo alegremente para sí misma, antes de lanzarme una mirada despectiva de arriba hacia abajo—. La verdad es que no entiendo por qué se fija en ti y ha decidido que seas su chica con derecho a roce. Evidentemente no tiene buenos gustos.

Después de aquello, mi puño había impactado en el centro de su ojo y yo me hallaba inclinada sobre ella, quien se había caído hacia atrás sobre el suelo, con sus ojos ampliados con horror. Afortunadamente no había espectadores frecuentando ese pasillo para apreciar la escena, pero eso no me salvaría de una expulsión si ella se atrevía a contárselo al director, así que puede que la haya amenazado un poco con darle una paliza si se lo contaba a alguien. Aparentemente había funcionado.

—¿Cómo va tu historia, por cierto? ¿Ya has encontrado a tu príncipe oscuro? —Luke me preguntó, sacándome de mis pensamientos. Entonces el timbre me aturdió en ese instante, anunciando que debíamos volver a nuestras clases.

—No mucho, en realidad. He estado ocupada con otras cosas del club de arte —suspiré con decepción.

—Si te sirve de consuelo, Lady Elena es ardiente como el infierno.

—Es un dibujo.

—Lo que la convierte en doblemente ardiente.

Solté una risita, reprimiendo mi necesidad de rodar los ojos, porque lo consideraba un acto exclusivo de las niñas reprochonas.

Ya empezaba a sentirse la ausencia del alumnado en la cafetería de la escuela, así que Lucas y yo nos separamos para dirigirnos a nuestras clases correspondientes para nuestra jornada de la tarde.

Cuando abandonamos el instituto, Lucas se acercó a mí, abriendo el cierre de mi mochila para introducir el libro de filosofía que yo le había prestado. Era evidente que no había leído ni la primera página.

—¿Quieres que te lleve hoy?

—Resérvalo para tus chicas —respondí juguetonamente, poniéndome de puntillas para besar su mejilla, y él arrastró una mano sobre mi cabeza, desordenando mis cabellos y mi cola de caballo, antes de dar media vuelta para caminar hacia su auto encendiendo uno de sus adictivos cigarrillos de chocolate en el proceso.

Debido a lo cerca que se encontraba mi casa de la escuela, no solía ser común que Lucas me diera un aventón. Por lo general me desplazaba en bicicleta todos los días, así que de vez en cuando me armaba con una sudadera con capucha para que el sol incandescente de Los Angeles no arrasara conmigo en el camino. No me emocionaba demasiado la idea de que más pecas circularan mi rostro.

La tía Maddie no se encontraba en casa cuando llegué. Eran las tres de la tarde y seguramente seguía en el trabajo, pero a juzgar por su renuencia a atenderme el teléfono algo me decía que pasaría la noche afuera con su novio, lo que significaba que tendría la casa para mí sola de nuevo. Otros adolescentes interpretarían esta oportunidad como un milagro del cielo y ya estuviesen organizando el reventón de fiesta que llevarían a cabo esta noche, y muchas chicas de mi edad se animarían ante la idea de compartir una noche con sus parejas, pero yo no encajaba en ninguno de esos escenarios. Para mí, una noche a solas significaba que podía pintar en completa paz.

"Sacrificio" era el nombre que había designado a la colección de pinturas en las que venía trabajando desde hacía un año. Se trataba de un conjunto de imágenes en orden cronológico, al igual que una serie de fotografías. Cada cuadro reflejaba una escena, por lo que podría tomarme una eternidad asegurarme de que el cuadro reflejara exactamente lo que quería sin necesidad reforzarlo con una leyenda.

La historia giraba en torno a Eric, el arrogante Príncipe heredero de un reino ficticio que se había enamorado perdidamente de Elena, una joven sirvienta de su palacio. Tras meses de enfrentar aquél desgarrador sentimiento en silencio, se atrevió a ingresar hurtadillas en la habitación, y arrodillándose en el suelo, se armó de valor y confesó su amor por ella. Elena, lejos de sentirse ofendida ante la idea de que un caballero -por más príncipe que fuera- irrumpiera en su cómoda de manera tan indigna, correspondió a sus sentimientos, y él le propuso matrimonio.

Sin embargo el Rey, al enterarse de la abominación que su hijo pretendía cometer, ordenó a un guardia del palacio que asesinara a Elena, degollándole el cuello. Y el Príncipe Eric, preso de la locura, se dirigió a la morada del hechicero más poderoso de todo el Reino con el cuerpo de su amada en brazos, y demandó que se le concediera el deseo traerla a la vida. El viejo hechicero indicó que revertir la muerte era imposible para él, así que convocó a Lucifer, el único capaz de satisfacer sus exigencias. Pero Lucifer tampoco tenía ese poder, pues la resurrección de los muertos era jurisdicción del Cielo. No obstante, propuso una solución: concederle la inmortalidad hasta el momento en el que el Cielo decidiera devolver a su amada al mundo de los vivos, pero a cambio de eso, él descendería a los infiernos para gobernar como ayudante de Lucifer. Y así lo aceptó Eric, y así fue maldecido, condenado a recorrer sobre las llamas del infierno y afligir tortura sobre las almas condenadas hasta que Dios decidiera regresar el alma de Elena a la Tierra, o hasta el fin de los tiempos, si es que eso no ocurría…

El timbre de mi celular me regresó a la realidad, haciendo que la brocha se soltara de mi mano y rebotara contra el suelo. Pintura negra voló por doquier, salpicando mis piernas desnudas, y puede que la tía Maddie me hubiese asesinado por manchar el cobertor de mi cama de no ser por los protectores de papel con los que forro mi habitación cuando me introduzco en mi propia inspiración.

—¡Contestar! —grité el comando hacia el aparato, el cual emitió un "bip" de reconocimiento—. ¿Hola? —dije al altavoz.

¿Por qué suenas como si no supieses quién soy? —replicó una sarcástica voz.

—Hola para ti también, Lucas. Y perdona, no lo supe. Estaba pintando.

—¿Lograste adelantar algo?

—No mucho —admití con derrota.

—Eso apesta. En fin, es viernes, y te llamo para preguntarte si quieres venir conmigo al club de siempre. Te recogeré en una hora.

—Pero, ¿tan pronto? Apenas si van a ser las siete —argumenté, comenzando a recoger el desastre que tenía en el suelo.

Hubo una pausa al otro lado de la señal.

—Darice, son las ocho de la noche. Dios, sí que te pones distraída cuando te sumerges en tu mundo fantástico.

—Eres un jodido grano en el culo. ¿Lo sabías? De acuerdo, iré, pero no hice la cena, y tendré que comprar comida afuera. ¿Tienes alguna idea de cuál será el presupuesto?

Restregando la pintura entre mis manos, hurgué dentro del bolsillo de mi "bolso bohemio" -como Luke solía decirle- hasta alcanzar mi monedero. Apenas un triste billete de cincuenta dólares. Tendría que decirle a la tía Maddie que sacara más efectivo para mí.

Sabes perfectamente que no tienes que gastar un solo centavo.

Suspiré, dejando que mi mirada vagara sobre el cielo estrellado que con pintura yo misma había trazado sobre el techo de mi habitación. Cuando apagaba el interruptor de la luz, el color blanquecino de las estrellas adoptaba un brillo plateado y fluorescente, adornando la oscuridad como débiles y diminutas explosiones de luz.

—Ese dinero te lo has ganado tú, Luke. No es justo que lo derroches en mí.

No seas estúpida, eres tú. No es un derroche.

Fruncí la boca, reconociendo que no tenía ningún sentido luchar contra Luke. A estas alturas de nuestra amistad el dinero era un asunto que todavía se sometía a discusión, porque a diferencia de él, que trabajaba en una tienda de música durante las tardes, toda mi subsistencia era gracias a mi padre, y era un factor que me hacía avergonzarme cada vez que Luke invertía un centavo bien ganado por complacer mi trasero.

La existencia de mi padre despertaba en mí sentimientos contradictorios. Supongo que debería sentirme agradecida de que nunca me hizo pasar ninguna necesidad durante los diecisiete años de mi vida, pero el hecho de que nunca se haya animado a conocerme, incluso si por responsabilidad jamás descuidó su obligación financiera conmigo, producía en mí un vacío más grande de lo que era capaz de admitirle a nadie. Él no me quería; incluso quiso impedir que yo naciera. El dinero anónimo que sin falta recibía la tía Maddie cada mes era más una molesta obligación, un incentivo para que ninguna de nosotros nos animáramos a intentar dar con su paradero. Así lo decía el correo electrónico que la tía Maddie me enseñó cuando tenía doce años, uno enviado por mi supuesto padre, dieciséis años atrás.

—¿Estás ahí, Dar?

—Sí, sí.

Mueve ese lindo trasero tuyo, estaré frente a tu puerta en cincuenta minutos —dijo, antes de colgar la llamada.

Desconectado —anunció el aparato, y le lancé una mirada llena de odio.

—¡Ya lo sé, Siri! Pero la próxima vez, podrías avisarme también quién me está llamando antes de contestar el teléfono, si no es mucha molestia.

Cambiando configuración —replicó Siri. Estúpida tecnología.

Volví mi mirada hacia el cuadro en que trabajaba. Elena se encontraba en brazos de Eric, desangrada y pálida, sus ojos cerrados, su largo cabello castaño se extendía sobre el suelo como una cortina.

Por otro lado, no había nada en Eric. Él era todo músculo, con piel pálida y cabello oscuro, pero el lugar donde debía reposar su rostro se encontraba en blanco. No existía ninguna expresión que formara parte de ese cuerpo, y es porque todavía no había encontrado un rostro para mi Príncipe Oscuro. Cada uno de los treinta cuadros diseñados hasta ahora presentaba ese problema. La ambientación era exquisita; la información que comunicaba la escena era casi impecable. Pero cada uno de los Erics que protagonizaban mi historia tenía una mancha blanca como rostro, ahí donde las facciones pertenecían.

Gemí, arrojando el pincel en agua teñida para correr al baño a ducharme. La ducha del baño de la tía Maddie se había reventado y había estado usando el mío en vez del de las visitas, así que tomé el control remoto de la ducha para encenderla y cerciorarme de que la configuración de la temperatura exacta del agua –caliente como el demonio, justo como me gustaba- no había sido alterada por tía Maddie. Yo era una mujer fugaz, por lo que en diez minutos estuve lista.

Me arreglé con velocidad. Usé el secador de pelo, porque era imposible asumir que en menos de una hora mi cabello estaría seco. Vestido, botas, perfume, y el asunto estuvo listo.

Bajé corriendo las escaleras, suponiendo que me daría tiempo de prepararme algo para cenar, tropezando con la tía Maddie cuando crucé hacia la cocina.

—¡Niña, pero mira por dónde vas! —exclamó ésta, sujetando mis hombros para estabilizarme.

—Hola, tía —sonreí en disculpa, elevándome para besar su mejilla con el fin de molestarla. Ella se alejó en cuanto mi boca hizo contacto con su piel, emitiendo un pequeño "¡ay! En protesta. Detestaba mi melosidad—. ¿Cómo te fue en el trabajo? Pensé que hoy saldrías con Ben.

—No es que me entusiasme excesivamente la idea de revisar la boca de pacientes descuidados y antihigiénicos todos los días, pero sí, me fue bien. ¿Y qué te hace pensar que saldría con Ben hoy?

—Eh… por nada —respondí con inocencia. La verdad es que la tía Maddie era extremadamente evidente y destilaba por los poros cuando estaba a punto de salir con Ben para hacer bun cachu cachu cabun.

Ella frunció la boca, pero terminó cediendo.

—Me canceló.

—Qué mal.

—Lo que sea. ¿A dónde vas? —inquirió, echándome un rápido vistazo a mi vestido y medias.

—Saldré con Luke, iremos al club. Prometo regresar antes de las doce.

—Oh, de acuerdo —dijo, encogiéndose de hombros—. Avísame que llegaste.

—Lo haré.

Y al igual que siempre, eso fue todo. No abrazos, no advertencias, no mayor contacto humano. A pesar de su carácter mayormente distante e indiferente conmigo, ella había sido mi criadora, lo más cercano que tenía al rol de una madre. Ella no quiso responsabilizarse de mí de buenas a primeras cuando era un bebé, pero su sentido moral superó su aversión hacia los niños. No era perfecta, ni tampoco se denominaba a sí misma como mi madre adoptiva, ni si quiera. Pero al fin y al cabo, siempre le agradeceré a la tía Maddie por haber sido honesta con respecto a sus sentimientos y con respecto a mis verdaderos padres.

—¿Por qué me miras así? —pregunté, sin poder ignorar la insistencia de su extraña mirada.

Dudó al responder, sin apartar sus inmóviles ojos de los míos, como si sus pensamientos se hubiesen inmerso en algo absolutamente inconcebible.

—Nada. Es solo que te pareces mucho a tu madre —explicó finalmente, antes de dar media vuelta para caminar hacia las escaleras del segundo piso.

—Por el amor de Dios, Lucas, esto es asqueroso —me estremecí, observando la pequeña pilita de condones guardados en la guantera de su auto.

Él ni si quiera se molestó en dejar de teclear su celular mientras respondía.

—Hay chicas a las que no les gustan los anticonceptivos hormonales, y uno siempre tiene que estar preparado para cada eventualidad.

—Lo que sea —dije, abrazando mis rodillas sobre el asiento—. ¿Al menos podrías ver el maldito camino?

—¿Para qué? El auto está en automático.

—Eres un vago.

El auto se detuvo frente a la entrada del club, y Lucas lo cambió a la opción manual para aparcarlo cuidadosamente en el pequeño estacionamiento del frente. Cualquiera supondría que no quedarían puestos disponibles para el auto, lo que así era, pero Lucas era un maestro en el arte de la manipulación y se había ganado la confianza de uno de los empleados del bar lo suficiente como para que éste le cediera su puesto en el estacionamiento, ahora que estaba en una onda hippie de desplazarse por Los Angeles nada más en bicicleta. Desde mi punto de vista, Lucas podría fácilmente ser un sociópata en potencia.

Como lo pedía la rutina, hicimos nuestra respectiva fila para ingresar al club, y nuestras identificaciones falsas –cortesía de Lucas, por supuesto-, pasaron la prueba de revisión y finalmente estábamos dentro. Era evidente que ni Lucas ni yo alcanzábamos a aparentar veintiún años, pero esa era una de las ventajas de que la edad legal para el consumo de bebidas alcohólicas en muchos estados del país haya sido reducida a dieciocho hace varios años, incluyendo California. Lucas los alcanzaba con facilidad, aunque los gorilas del cuerpo de seguridad del club solían examinarme más de la cuenta, debido a mi apariencia. Esa era una desventaja de ser pequeña. De cualquier forma, no es como si pudiesen negarse demasiado al respecto con una identificación falsa tan realista como la nuestra.

Dentro del club, los colores eran los protagonistas de la noche. Bajo las luces fluorescentes el cabello de las chicas mutaba, y también de algunos chicos, llegando a convertirse de un brillante plateado a un púrpura tan suave como una caricia en tan solo segundos. Labios verdes, incandescentes, ojos psicodélicos, tan brillantes como un gato, a veces rojos como la sangre, otros como animal print, estilo que se había popularizado de nuevo. Dentro de los parámetros de la moda de los últimos años no ser poseedora mínimo de un labial que cambiara de color bajo las distintas tonalidades de luz de sol y de luz fluorescente era considerado suicido de la moda. Pero nunca me interesé en nada de eso. Todo me parecía tan… artificial. Como si cada segundo te transformaras en una persona distinta.

Apreté mis labios, suspirando con un resignado rechazo hacia todo lo que me rodeaba. A veces me sentía como si yo no perteneciera a esta época.

—¿Quieres un trago? —Luke grito en mi oído para que su voz se alzara sobre la música, y yo sonreí. ¿Para qué portar identificación falsa si no se le puede sacar el mayor provecho?

—Sabes muy bien que la respuesta es "no" —yo nunca ingería alcohol. Nunca.

—Algún día te haré cambiar de idea. Refresco de manzana para ti, entonces —rescató, antes de desaparecerse entre la multitud.

Mientras esperaba a Lucas me encontré con dos compañeras de la escuela y entablamos una pequeña conversación mientras nos agitábamos al ritmo de la música. Yo no era la chica más popular de la escuela precisamente, y eso en parte se debía a que solo solía juntarme con Lucas y nuestro pequeño combo de amigos nerds. Pero al menos todavía no había caído en la categoría de paria social. Creo que eso era gracias a Lucas, capaz de entrar y salir de los distintos grupitos sociales a su antojo, y juntarme con él era suficiente como para no convertirme en una completa perdedora. No es como si me importase, de todos modos.

—Ahí viene —susurró Olive a Scarlett, también era integrante del club de arte de la escuela. Su mano se alzó para alisar su cabello, y los reflejos azules se tornaron violetas con el movimiento.

—Aquí tienes, Darice. Señoritas —Luke hizo una inclinación de reconocimiento, deslumbrándolas con su encantadora sonrisa arrebata-bragas, y juro escucharlas suspirar con su presencia.

Una vez más, me contuve de rodar los ojos. Nunca me había sentido más orgullosa de solo juntarme con chicos.

—Saldré un segundo a tomar aire fresco —le informé a Luke, apoyando una mano sobre su hombro.

—¿Estás bien? —preguntó, y sus ojos se entrecerraron con preocupación.

—Sí. Vuelvo en un minuto.

Me abrí paso entre la multitud a empujones, esquivando a los bailarines sudorosos y a los enamorados que compartían más de un beso de pasión.

Cuando estuve fuera, lejos del ruido ensordecedor, cerré los ojos y me pareció percibir el característico olor del salitre de las costas de Santa Mónica traído por el viento. Alcé la mirada, encontrándome con un cielo cubierto de la contaminación de la ciudad, imposibilitándome apreciar las estrellas, y permití que mi mente vagara, lejos, tan lejos, en un mundo rodeado de magia, brujas y hechiceros, de hadas y de hombres lobos….

—Hola Darice.

Di un respingo, virándome para encontrarme con el dueño de la voz.

—Hola, Ashton —contesté, sin preocuparme en disimular mi aburrimiento—. ¿Qué haces aquí?

—Un pajarito me dijo donde encontrarte, y ya que no has devuelto mis llamadas…

—He estado muy ocupada —mentí, encogiéndome de hombros.

—Vamos, no seas así —dio un paso hacia mí, y sus manos se alargaron para coger mi cintura—. Solo… no fue suficiente salir contigo una vez. Quisiera que aceptaras tener otra cita conmigo.

Tuve que poner en práctica cada ápice de mi autocontrol para no sacudir sus manos de mi cuerpo. ¿Por qué todos los chicos creían que podían tocar a las chicas así no más?

—Ashton, ya te he dicho que no estoy interesada. Acepté a cenar contigo una vez porque me sentí halaga por tu insistencia, pero de verdad no quiero relacionarme con nadie en este momento —le recordé, con mi voz más calmada y pacífica.

—Vamos, Darice. Mi desempeño en el tenis no ha sido bueno desde tu rechazo, y eso que soy el mejor del equipo.

—Tus habilidades me abruman.

—Vale, estás siendo sarcástica ahora.

—Déjalo así, Ashton. Ya te lo dije: quiero que seamos solo amigos.

—¿Cómo serlo, si ni si quiera me diriges una mirada en la escuela?

Bueno, ese era un buen punto.

—Prometo ser menos grosera de ahora en adelante —propuse, a pesar de mis deseos de que desapareciera de mi vista.

—Esto tiene que ver con Stone, ¿verdad? ¿Qué, acaso él no te da permiso para ver a otras personas?

—Lucas no es mi novio —espeté a regañadientes—. ¿Cuántas veces debo repetírselo a todo el mundo?

—Pues no lo parece —insistió, y pude reconocer una punzada de celos a través del filo de sus palabras. Sus dedos encajaron en los huesos de mi cadera, y sentí el pinchazo de sus uñas cuando los enterró en ella.

Furiosa, alcé la mirada y aprecié los contornos su rostro atractivo y anguloso, con brillantes orbes marrones y ese adorable hoyuelo en el mentón. Mi vista se enfocó en sus ojos empañados, y comprendí a partir de sus pupilas que había estado bebiendo.

—Ah. Estás borracho —suspiré con cansancio, rodeando sus muñecas con la intención de apartarlo, pero su agarre no se ablandó. Me incliné ligeramente hacia un lado para calcular la distancia que nos separaba de la entrada del club, y me di cuenta de cuánto me había alejado con mi caminata.

Volví mi mirada hacia él.

—Suéltame, Ashton.

—Solo un beso —susurró en respuesta, elevando el brazo para acariciar mi mejilla.

—Te he dicho que me sueltes.

—Eres bellísima. Vamos, un beso —dijo, comenzando a inclinarse.

Su boca no alcanzó a tocar la mía. En menos de dos segundos, mi codo se hundió en su bíceps, y cuando el dolor lo dobló hacia adelante, el talón de mi mano voló hacia arriba para impactar sobre la parte inferior de su mandíbula, mandándolo hacia atrás.

Ashton jadeó con una mezcla de sorpresa y de dolor, y su mano viajó hacia su rostro herido, mirándome como si me hubiese vuelto loca. El alcohol parecía haberse esfumado completamente de su sistema.

—¡Qué carajos, Darice! ¿Qué coño te ocurre?

—Te dije —aclaré lentamente—. Que no me tocaras.

—¡Estás loca, Darice! ¡Loca! ¡Me largo! —escupió, sin dejar de frotar su mandíbula. Se giró sobre sus talones y a grandes pisadas se encaminó de regreso al club, empujando a los distraídos mal parados, desencadenando una oleada de insultos como una estela tras sus pasos.

Gruñí, alisando con mis manos las arrugas que su insistencia ocasionó sobre mi vestido. De ninguna manera pondría un solo pie dentro de ese club en lo que restaba de la noche; preferiría tragar cianuro primero. Tendría que llamar a Lucas para decirle que me llevara a casa.

Me di la vuelta, dándole la espalda al escándalo propiciado por la música y a los gritos de júbilo de quienes ansiosamente esperaban su turno para sumarse a la diversión. Arrastré perezosamente la punta de mi bota por el suelo, observando distraídamente las mínimas grietas del pavimento, alcé la mirada…

Y ahí estaba él.

Parecía una aparición bajo la luz de la luna. Su vestimenta era tan oscura como la noche. Su ropa parecía haberse fundido con las sombras, y lo más distinguible en su apariencia era el liso e impecable saco grisáceo que acariciaba sus rodillas.

Pero oh, eso era tan solo insignificante detallismo. Mi príncipe oscuro era arrolladoramente más magnífico de lo que los límites de mi imaginación hubiesen generado. Yo había durado días, noches enteras en búsqueda del hombre perfecto. Actores, modelos, músicos. Infinidad de celebridades fueron estudiados bajo el ojo críptico de mis deseos, esperando conseguir algo, algún atisbo de un rasgo atípico en la naturaleza humana que pudiese ser usado para describir al hombre sin rostro que rondaba mis sueños, pero cada uno de esos prospectos había fracasado.

La singularidad del hombre de pie frente a mí rayaba en lo extraordinario, de carácter inimitable bajo ningún concepto. Jamás había visto algo más hermoso en mi vida. En ese preciso instante deseé tener en mi poder un lienzo y pincel, una libreta y una plumilla, cualquier instrumento que me proporcionara la capacidad de reproducir tanta belleza para que fuese inmortalizada, porque tanta hermosura merecía ser compartida con el mundo.

Sus párpados se cerraron y abrieron en un fugaz movimiento. Bajé la mirada para encontrarme con su fuerte mandíbula, cuadrara y recta. El hoyuelo de su mentón era un rasgo típico de los dioses griegos, junto con esa nariz recta, afilada, con pómulos prominentes y marcados. Cada uno de los rasgos en sus facciones era enmarcado por la figura perfecta de su cabeza, resaltados por el resplandor de una piel inhumanamente pálida, y decorados en la frente por mechones del aquél cabello oscuro que se confundía con la negrura.

Pero no era eso lo más extraño de este encuentro. No se trataba de su extraterrenal belleza, ni tampoco de su aparición repentina. Se trataba de que él se encontraba ahí, inmóvil como una estatua, mirándome como si acabase de tropezar con la solución a toda la miseria del mundo. Como si yo fuese el más desgarrador de sus anhelos. Como si cada segundo, cada respiro de sus pulmones hubiese sido llevado a cabo con el fin último de converger en este instante.

Sus ojos parecieran bailar dentro de sus cuencas, como si estuviesen desesperados por atrapar cada pequeño detalle que ornamentaba mi rostro. Su mirada se detuvo sobre mi boca apenas un segundo, pero el tiempo suficiente como para que mi corazón iniciara un batir como las alas de un colibrí.

Como si hubiese captado el acelerar de mi pulso, su mirada regresó a la mía, y sentí mi propia voluntad derretirse bajo el escrutinio de sus topacios.

La euforia se repartió por cada rincón de mi cuerpo. No existió raciocinio después de eso. No hubo reconocimiento de mi misma ni de quien era cuando avancé en su dirección para acabar con los dos metros que nos separaban, y como una marioneta controlada por los hilos del mundo, me impulsé hacia adelante, rodeando su cuello con mis brazos, y estampé mis labios con los suyos.


Hola hola holaaa.

Lo sé, desaparecida un mes entero. NO era mi intención tardar tanto, lo juro. Solo que mi laptop murió, estuve como un mes sin ella, y compré una nueva hace unos pocos días y así fue como escribí este capítulo. Por ese motivo, tampoco respondí a sus reviews ni envié adelantos. No tenía medio con el cual hacerlo.

En fin, hablemos de negocios. ¿Qué tal les pareció nuestra nueva Bella? Si les mata a la curiosidad de saber como llegamos aquí, el siguiente cap. es un POV de Edward, y conoceremos la búsqueda de su amada a través de sus ojos.

Me encantaría que me dejaran un REVIEW diciéndome que les pareció! ¿Qué creen que sucederá de ahora en adelante?

MUCHAS GRACIAS a todos los comentarios, favoritos y alertas, y bienvenidas las nuevas lectoras. Para las lectoras anónimas, es necesario rescatar que fanfiction elimina los correos electrónicos cuando los escribes. Si quieren contactarte, pueden ubicar mi página de fb en mi perfil de ff.