Capitulo XXVIII


—¿Necesitas algo? —apenas llevamos media semana de Navidad y siento que llevo toda la vida viviendo con él. Me lo encuentro en todas partes; en la biblioteca, en los pasillos, se aparece en mi despacho...

—Estaba dando una vuelta por los jardines cuando he visto esa gran cristalera, pero no se puede acceder a ella desde la casa. Me estaba preguntando si cuando compró la casa se le pasó por alto.

—No compré esta casa, es mía, y no, no se me ha pasado por alto.

—¿Entonces por qué lo tiene cerrado? Podría sacarle mucho partido —suspiro dejando caer los brazos sobre el archivador. Sé que no lo hace a posta, pero a veces me irrita. Debo tomarme un momento para mí misma. Respiro hondo, una, dos, tres veces. Paz.

—¿Quieres verlo? —pregunto.

—Claro —sonríe.

Busco entre mis cosas las llaves, pero no las encuentro. ¿Dónde las he metido? Ese sitio fue lo primero que cerré cuando se fue mi amiguito sordo... pobre niño.

Oooooh, sí, ya me acuerdo.

Están en el panel de la pared. Aparto un poco la estantería y de un golpe salta. Menos mal que lo puse ahí. Están todas las llaves, todavía me cuesta leer un poquito pero es la única realmente limpia de todas.

—Ven conmigo —le indico, parece un poco distraído. Dejo todo en su sitio y camino. Me sigue escaleras abajo y luego recto por el pasillo—. Es aquí —la cerradura no tarda en ceder a mi poderosa llave—. ¿Contento?

—Vaya... es grandioso —comenta mirando el techo antes pintado de color dorado, con la hermosa lámpara de telaraña adornada con finos cristales que me encargué yo misma de añadirle a la estructura.

—¿'Te' gusta?

—Me encanta.

¿Pero qué hace? Corre de aquí a allá como un loco, ¡qué poca educación! Pobre, el polvo ha debido afectarle a la cabeza.

—Sabe, podría ayudarle a limpiar esta sala. Podríamos dejar ver todos esos apliques y adornos y... vaya, aquí no hay un sólo enchufe.

—Cariño, esta casa data de principios del siglo XIX, ¿qué esperabas? Concretamente, empecé... su construcción en el año 1805 y acabé alrededor de 1810 —obvio en todo momento que me había referido a mí y no a terceros. Me había cansado de mentir todo el rato.

—¿Cómo sabe unas fechas tan exactas? —me encojo de hombros.

—Supongo que estará en los registros.

—Oh... —sigue dando vueltas.

—¿Sabes? —vaaaaaale, daré mi brazo a torcer—, no es tan mala idea. Podemos limpiarla por las tardes, si quieres. Pero no pienso cambiar la instalación de luz.

—¿Bromea? Sería un crimen. Estudio arquitectura, sé de lo que hablo. Mataría por conocer a quien construyo esto —se me ha escapado una risita, vaya...—. ¿Qué?

—Podrías tenerlo delante —bromeé caminando hacia el balcón.

—Ojalá —suspira—. Es hora de comer. No, no, escuche. Son vacaciones, ¿sí? Hoy cocinaré yo.

—No, pero... —¡lo va a fastidiar!

—Sí, sí, sé cocinar. Usted... tú... —le salía sólo. Es mi energía, impongo respeto, todos lo hacemos— haga lo que tenga que hacer, bastante la he distraído ya.

—Está bien —suspiro. Qué remedio—. Hay un vial con un líquido rojo en el cajón pequeño detrás de las botellas de vino del armario inferior derecho. La llave está sobre el armario al lado de la puerta. Échaselo a mi comida; sólo a mi comida. Es medicina.

Aaaaah, vale, no hay problema —sonríe yéndose.

Eso espero...

La verdad es que a lo largo de mi vida pocas cosas han salido bien. Cuando aquél hombre me ayudó Toby cayó inconsciente, y no me había ayudado precisamente por caridad cristiana. En realidad había venido buscando al Sr. Todd, pero él no estaba y había entrado en la tienda, escuchando así mis gritos de auxilio.

Había bajado por curiosidad, y ahora yo estaba en un lío.

"L-Lo mejor será subir" sugerí medio mareada esperando que no viera las manchas resecas de sangre del suelo.

"¿Qué hacemos con él?" señaló el cuerpo inerte de Tobías. Debía estar muerto de hambre, el pobre, puesto que un golpe en la cabeza realmente no le hubiera hecho nada de estar sano.

"Llevémoslo arriba."

"¿No sería mejor denunciarle?"

"Podría denunciarle a usted por allanamiento de morada" contesté desafiante.

"He sido yo quien la ha salvado, le recuerdo" se incorporó ofendido, sacando pecho.

"Lo sé, y se lo agradezco, pero él ha hecho muchas más cosas por mí que lo que acaba de hacer usted. Está enfermo y necesita cuidados. Debemos ir arriba antes de que despierte."

"¿Le conoce?" se sorprendió.

"Es mi hijo" contesté cogiéndole de los brazos. Él se agachó para coger las piernas, sin decir nada más. Supuse que estaría atónito.

"Está ardiendo" observó.

"Es su temperatura corporal normal."

"No puede ser sano tener tanto calor..."

"Le he dicho que está enfermo" casi grité. Me estaba poniendo de los nervios. Teníamos que salir de allí.

"Está bien, está bien, no sea usted tan arisca."

Tratamos de subirle por las escaleras. Era cierto que estaba ardiendo, era muy difícil subirle. Además, pesaba una tonelada y yo estaba muy débil. Acabé tirando de una pierna y él de la otra escaleras arriba. Le dije que no se preocupara por las secuelas del chaval, él era un hombre frío y sin corazón y no le importó.

Le tumbé en el sofá y le puse un saco de agua fría en la cabeza.

"Venga" me cogió del brazo con demasiada fuerza y me sentó en la tienda.

"Tenga más cuidado" reclamé ofendida por sus tratos. Ni me hizo caso.

Empezó a curarme la herida con demasiada frialdad, como si realmente no importara. Era como estar con el Sr. Todd.

"¿Qué hacía en mi tienda?" cuestioné.

"Estoy buscando al Sr. Todd" contestó. Oh, eso lo explicaba todo. Debía ser uno de sus amigos del club de los bordes.

"¿Para qué?"

"No es asunto suyo."

"No es asunto mío decirle dónde está el Sr. Todd, entonces."

"Puede ser."

"Claro que sí, Sr. Maleducado."

"No me extraña, debe haberse aburrido de vivir con una loca como usted" terminó con el vendaje.

"¿Que ha dicho?" apartando su mano de sopetón.

"No me extraña que ya no viva aquí" contestó levantándose. "Buenos días, espero que no la ataquen más, no habrá nadie para rescatarla."

"No necesito que nadie me rescate" me levanté a su vez.

"Sí, ya lo he visto" inclinó el sombrero y se fue.

"Pedazo de engreído..." murmuré dándole una patada al banquito. "¡Bolita!" me acordé de repente, bajando a todo correr. Casi me tropiezo de lo mareada que iba. "Bolita, oh, Bolita..." gemí recogiendo su cuerpo inerte. "Oh, no..." recogí sus dientes del suelo. Eran tan pequeños...

Lo cogí en brazos y lo llevé arriba. No pude evitar llorar, había sido mi gran amigo durante los meses de soledad y ahora había muerto, seguramente por mi culpa. Lo abracé contra mi pecho, lo lavé en un barreño y lo puse en mi cama, tapadito como si durmiera.

"Cuántos problemas has causado, hijo mío" suspiré observando a mi niño dormir.

Había crecido tanto... había cambiado tanto, también... Cuánto me había faltado, cuánto le había faltado yo. Acaricié su rostro al tiempo que los rasgos caninos desaparecían de su cara.

"Sra. Lovett, ¿está bien?"

Me di la vuelta lentamente, congelada.

"En cuanto lo he notado he venido corriendo" me abrazó con mucha fuerza. "Lo siento mucho, no debí haberla dejado tanto tiempo sola, ¿qué le ha pasado en el cuello? ¿No la habrá...?" miró a Tobías y bajé la mirada con tristeza. Era cierto, me había mordido. "Oh... dios... no... ¡no!" gimió.

"Eso da igual ahora" suspiré.

"No, claro que no da igual."

"Lo que está hecho, hecho está" me aparté suavemente de él. "¿Lo ha pasado bien? Doquiera que haya ido..."

"Estaba preocupado por usted, la notaba triste."

"No sea tonto, no podría sentirme."

"Hágame caso, en el Polo Norte a uno sólo le quedan sus sentidos" le miré expectante. Cogió mi mano y la puso en su corazón. No le entendía, era demasiado extraño, y pronto él y yo seríamos muy diferentes. "No tengo corazón, pero usted bebió de mí y yo bebí de usted. No entendía lo que sentía hasta que me dijo de lo que me había estado alimentando. No puedo escapar a esto, Sra. Lovett, no puedo escapar a este sentimiento."

"Y ahora... yo..." sollocé comprendiendo.

"Sí."

"¿Y no hay nada...?"

"No."

"Oh... cielos..."

"No llore" llevaba tanto tiempo sin escuchar una voz cálida en la boca del barbero que escucharla terminó por sumarse a la pérdida de sangre y no pude negarme a sus asustados brazos abrazarme. Yo también estaba asustada.

"Lo siento mucho... tanto... yo..."

"Shhh... no importa... se arreglará..."

"¡No se arreglará! ¡Es para toda la vida!"

Se quedó en silencio. Contra eso no había argumento posible.

"¿Cuánto tiempo tengo?"

— Un mes, a lo sumo.

—¿Perdón? —despierto de mi ensimismamiento. ¿Quién le manda a este crío hablar?

—En un mes estará todo limpio —sonríe—. ¿Está bien? La he escuchado murmurar... ¿está llorando?

—¡Claro que no! —vaya, sí que lo estoy—. Es alergia —mejor mentirle, no vaya a ser que encima quiera que le vuelva a contar todo.

—Oh, bueno... si necesita algo...

—'Te tengo ahí para lo que sea' —repetí como un loro—. Ya lo sé, ahora déjame a solas. ¿Sí? Muchas gracias.


...


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