Esta es una adaptación de un libro así que esta no es mi historia

Siento que no le haya gustado algunas personas o les haya aburrido entiendo que se molesten sobre las escenas entre Puck y Brittany pero yo lo veo de esta manera para mi Puck y Brittany son amigos desde pequeños se consideran como hermanos así es normal que se tengan ese cariño ademas Puck solo trata de proteger a su mejor amiga, si si a pesar de que su hermano es su propia sangre y todo eso pero Puck conoce a su hermano sabe como es(Segun el lo conoce pero nunca se acaba de conocer a una persona) el solo trata de proteger una relación que para el es importante y Brittany igual a pesar de tener un flechazo con el hermano mayor de su amigo para ella es importante ya que ha estado en momentos importantes durante su vida, y no por una relación que a la mejor no resulte y solo termine lastimada según por la reputación de Santiago.

No todas las historias giran alrededor de la pareja también hay vínculos igual de importantes en la vida de una persona. Y lamento que no les agrade algunas personas como lo dije esta es una adaptación es mi primera adaptación ya que como escritora no funciono.

Y agradezco a las personas que le gustaron y dejaron un comentario.

Bueno creo que subiré completo esta adaptación y si quieren que siga adaptando algún libro con gusto lo haré o no.

Dios los bendiga.


Me puso el casco y enganchó el cierre. Yo tenía una sensación de déjà vu respecto a la primera vez que había subido a la moto. Luego él se subió, lo que resultaba más monstruoso e intimidante de lo que recordaba, y me dio la mano.

Con mucho cuidado, le rodeé la cintura con los brazos. Me sudaban las manos. Los latidos del corazón me resonaban en los oídos.

Dondequiera que fuéramos, sería mejor que valiera la pena.

¿Era demasiado tarde para echarme atrás? ¿Decirle que ya iríamos en otro momento?

—Santiago, me lo he pensado mejor, de verdad que no...

Él dio gas y, de repente, la moto rugió cobrando vida. Pegué un bote, solté un gritito y me agarré a él con tanta fuerza como pude. Noté agitarse su cuerpo con la risa, y antes de que le pudiera decir que había cambiado de idea, se lanzó a toda velocidad calle abajo.

Ni siquiera abrí los ojos.

El viento me azotaba los brazos desnudos. Sabía que tendría la piel de gallina cuando bajara. Al menos tenía el cabello dentro del casco, así que no estaría completamente revuelto cuando me lo quitara.

Pero no quería mirar todo lo que pasaba como un destello. Oí sonar una bocina, seguramente dirigida a nosotros, pero seguí con los ojos fuertemente cerrados y aferrándome a Santiago.

«Odio esto, odio esto, odio esto. Lo quiero, lo quiero, lo quiero.»

Casi ni noté cuando nos detuvimos. De repente, todo se quedó quieto, y fue sólo cuando Santiago me soltó los brazos de su cintura que me atreví a abrir los ojos.

Estábamos junto a una colina en un parque a las afueras de la ciudad. Yo solía ir a ese parque en verano con Puck, porque tenía una piscina pública; era un bonito cambio de paisaje respecto al patio trasero de nuestras casas.

Santiago bajó de la moto primero, y luego me sacó el casco con cuidado. Yo lo miré enfadada, y él se rió por lo bajo.

—No ha sido tan malo, vamos, admítelo —me dijo mientras me alisaba el pelo.

—Creo que voy a vomitar. —Y no estaba exagerando... demasiado.

Santiago se rió de nuevo, y me ayudó a mantener el equilibrio cuando bajé de esa maldita cosa. Me notaba las piernas de mantequilla, y casi me cedieron. Santiago enlazó los dedos con los míos y levantó el sillín de la moto; sacó una manta grande, de las que se usan para un picnic. Se la echó al hombro y me habló antes de que yo pudiera preguntarle para qué era la manta.

Seguro..., seguro que no estábamos a punto de cortar. No tenía sentido.

—Vamos. No debemos llegar tarde.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

Él ya comenzaba a subir la colina, tirando de mí.

—Santiago, ¿adónde vamos?

—¿Quién es la impaciente ahora? —repuso riendo, y me apretó la mano.

No tardamos en llegar a la cima. Y cuando lo hicimos, me soltó la mano y extendió la manta sobre la hierba bajo un gran roble que se inclinaba en un curioso ángulo, con las ramas colgando lo suficientemente bajas como para que las hojas me rozaran la cabeza.

Santiago se sentó en la manta y dio unas palmaditas en el espacio junto a él.

—Vamos, ven.

Con una pequeña mueca de confusión, me senté lentamente junto a él.

Entonces vi por qué habíamos ido allí.

Desde ese lugar se veía media ciudad, las playas y el océano. Sólo la vista de la ciudad ya era bastante impresionante, con las luces parpadeantes. Pero en el ocaso, el cielo se volvía rojo, y las finas bandas de nubes eran rosa y plata.

Era muy hermoso. La puesta de sol se reflejaba en el mar y teñía la oscura agua de rojo, amarillo y rosa. Era sobrecogedor: el sol parecía tan grande mientras se hundía tras la silueta de la ciudad... Y era un lugar muy tranquilo: no llegaba ni un ruido de la ciudad, o de las olas rompiendo en la playa. Sólo la brisa agitando las hojas sobre nuestra cabeza.

—Mierda —exclamé en voz baja. No había otra palabra que usar, sólo «Mierda».

—Lo sé. Ya te he dicho que te gustaría. —Santiago me dio un toque en el hombro, y cuando aparté los ojos del panorama para mirarlo, me sonreía, con una de sus sonrisas auténticas, las que mostraban los hoyuelos y le iluminaban los ojos.

—Es asombroso —dije.

—Sí, lo eres —murmuró.

Me quedé callada un segundo antes de echarme a reír.

—Eres tan cursi.

—Y a ti te encanta —bromeó, y de nuevo me dio un toque en el hombro.

—No puedo creer que me hayas traído aquí para ver la puesta de sol. Es tan... romántico.

—Ya te lo he dicho, Britt, esta vez voy a hacer las cosas bien. Y sabía que te gustaría. Eres de esa clase de chica. Y aún no ha acabado. Dame quince o veinte minutos —dijo él después de mirar el reloj.

—¿Y qué pasa entonces?

Santiago se rió en vez de responder, y con su mano libre me alzó el rostro para besarme. Comenzó con otro beso dulce que me derritió el corazón, pero en seguida yo tenía los dedos hundidos en su cabello y él me cogía con fuerza por la espalda.

No sé cuánto tiempo permanecimos así, pero en algún momento hizo que me tumbara y se puso medio encima de mí, sin dejar de besarme. Las chispas saltaban en mi interior como locas, y parecía que la cabeza me fuera a estallar. Lo besaba como si me estuviera ahogando, como si él fuera mi oxígeno, y Santiago me devolvía los besos del mismo modo. Era como si debiera ser algo de un cuento de hadas pero no lo fuera. Era real, y me estaba ocurriendo a mí.

Mierda, hasta los fuegos artificiales cuando nos besábamos parecían ser reales. Como si estuvieran estallando encima de nosotros...

Me aparté de él, y Santiago se incorporó un poco. Ambos contemplamos el panorama. El cielo se había oscurecido; no era negro como el carbón ni azul como la tinta, sino aún más oscuro. Los relucientes arcoíris de los fuegos artificiales estaban desvaneciéndose.

Unos cuantos más se alzaron silbando, y luego estallaron formando un círculo verde y dorado, azul y rosa.

—WOW —susurré.

—Hay una exhibición en la playa —me dijo Santiago—. No me acuerdo por qué era, pero hacían algo y... sí.

—Vaya. ¿Primero la puesta de sol y luego esto? —Unos cuantos cohetes más se alzaron y salpicaron el cielo de un hipnótico estallido de color.

—¿A qué se deben? Me refiero a todos estos detalles tan monos...

—Britt, no me llames mono. Por favor.

Puse los ojos en blanco.

—Responde la pregunta.

Santiago se encogió de hombros.

—No sé. Es que..., bueno, quiero decir... Llevarte al baile y todo eso era mi manera de decirte que lo sentía. Pero a veces, decir que lo sientes no significa mucho. Y te mereces algo mucho mejor que eso; que yo. Y..., jo..., odio toda esta mierda emocional, pero lo voy a decir de todas formas porque te lo mereces.

Tragué saliva y alcé la cabeza de su hombro para mirarlo.

—Santiago... —susurré, pero creo que ni me oyó .

—No, déjame decirte esto, Britt.

Se mordisqueaba el labio inferior, y parecía más un niño asustado que el duro de López. Al instante siguiente, sus labios cayeron sobre los míos, tan repentina y bruscamente que me quedé sin aliento.

Estaba demasiado sorprendida para devolverle el beso, y me acababa de recuperar cuando él se apartó.

Los fuegos artificiales aún estallaban en el horizonte y lanzaban destellos de luces de colores sobre su rostro.

—Te quiero, Britt —dijo mientras me apartaba unos mechones de cabello del rostro.

Sólo conseguí respirar. No pude decir nada, y la mente se me quedó totalmente en blanco por un momento; el corazón alternaba entre los vuelcos y las paradas.

«Respira —me dije—. Respira.»

Santiago me miró parpadeando.

—Di algo, Britt. Acabo de poner todas las cartas sobre la mesa, incluida mi dignidad, y no estás diciendo nada.

Me eché a reír, y prácticamente le hice un placaje al lanzarle los brazos al cuello y besarlo. Él me devolvió el abrazo, me respondió con los labios y me metió la lengua en la boca.

Cuando nos separamos, cerca de un minuto más tarde, él apoyó la frente sobre la mía, y esos ojos cautivadores se clavaron en los míos. Un brillante cohete de color púrpura estalló en lo alto detrás de él.

—Te quiero —le susurré.

Él soltó una risita ahogada, y oí el alivio en su voz.

—Bueno, gracias a Dios por eso. Por un momento pensé que ibas a salir corriendo del susto.

Me eché a reír y apoyé mi frente sobre la de él.

—Para nada. Sigo aquí.

—Bien. —Me dio un rápido beso en los labios.

Luego me rodeó con los brazos y de nuevo recliné la cabeza en su hombro. El espectáculo de fuegos artificiales de la playa seguía adelante, iluminando el oscuro cielo, mientras yo estaba felizmente sentada en lo alto de una colina en los brazos de Santiago.

«Ha dicho que me quiere. Me quiere. Me quiere. Estoy enamorada del hermano mayor de mi mejor amigo... y él me corresponde.

»Me quiere.»

—¿Santiago?

—¿Sí?

—¿Qué vamos a hacer? Cuando te vayas a la universidad, me refiero.

Él suspiró y apoyó la cabeza sobre la mía. Sus dedos jugueteaban con la punta de mi cabello.

—No lo sé, Britt. Yo tampoco quiero dejarte, pero... es Harvard, sabes. Harvard.

—Lo sé.

—Te quiero —murmuró—. No sé qué voy a hacer.

—¿Tus padres saben lo nuestro? —le pregunté, curiosa.

Él asintió.

—Sí. Se lo dije en cuanto se calmaron. —Suspiró de nuevo—. Deberías haber visto lo furiosos que estaban conmigo. Incluso Puck se largó de casa. ¿Recuerdas cómo se pusieron con vosotros cuando empezasteis aquella pelea en octavo? Pues eso, pero mil veces peor.

—Vaya... —No sabía qué decir. Nunca me hubiera imaginado que Santiago me contaría todo eso.

Mierda, nunca hubiera imaginado que Santiago siquiera pensara en todo eso.

No me malinterpretéis. Sé que Santiago quiere a su familia. Puck y él siempre han estado muy unidos; a la hora de la verdad siempre se han apoyado. Pero nunca hubiese pensado que a Santiago le afectara todo eso ni la mitad.

—Mi madre se suavizó un poco cuando le dije lo que había llegado a hacer para recuperar tu corazón. —Sonrió; aunque se pasó una mano por el rostro, así que lo dejé estar. No quería hablar más de eso, de modo que cambié de tema.

—Supongo que serás Superman en nuestra fiesta de la semana que viene. Quiero decir, ya tienes la ropa interior... —Me mordí el labio al ver la mirada que me echó, pero era evidente que lo había pillado.

Abrí la boca de nuevo y él me la tapó con la mano.

—Ni te atrevas.

—¿Qué? —intenté decir, pero la mano amortiguó el sonido.

—Ibas a decir que era mono, lo sé.

Me reí resignada. Lo cierto era que había estado a punto de decirlo...

—Como quieras. ¿Y vas a ir de...?

—Creo que James Bond sería un poco exagerado, ¿no? —Me tiró de la nariz—. Tendrás que esperar a verlo, Britt. No, espera. Acabo de tener una idea genial. Deberías disfrazarte de concha gigante.

—Oh, sí, eso sería un gran disfraz. Fácil de hacer.

Él sonrió, pero sin ironía. Yo no pude evitar una mirada sarcástica; le devolví la sonrisa y reí con él hasta que nos quedamos en silencio.

Durante un rato estuvimos así, sin hablar, con la cabeza en algún otro lado.

Yo quería decirle que no fuera a Harvard, y lo veía como esperando a medias que yo dijera justamente eso.

Pero no podía.

—Tú quieres ir, ¿verdad? —le pregunté a media voz. No sé por qué me molesté en preguntárselo, ya sabía cuál sería su respuesta.

Él se inclinó hacia delante y se rodeó las rodillas con los brazos, mirando hacia el cielo nocturno y los últimos cohetes.

Yo también me senté; crucé las piernas y lo observé.

Su expresión era totalmente inescrutable; su rostro, una sombra.

Luego, pasado un momento, asintió.

—Sí. Sí que quiero ir. Pero no quiero dejarte —me dijo en voz muy baja, aún mirando hacia delante—. Después de todo lo que ha pasado entre nosotros, y... No quiero dejarte, Britt.

—Ni yo quiero que me dejes —admití. Le cogí los antebrazos, con sus músculos bien definidos, y apoyé la cabeza en su hombro—. Pero si dejaras escapar esta oportunidad no pararías de lamentarlo.

Ambos lo sabemos.

—Sí, es cierto. —Me pasó un brazo por la espalda. Con la mano trazó círculos sobre mi piel y noté que todo mi cuerpo se relajaba.

—Tienes que ir —afirmé en un susurro.

Después de un silencio, me besó en la sien, y dejó los labios ahí.

—Te quiero —me susurró.

—Y yo también te quiero. —De repente me encontré riendo—. ¿Qué ha pasado con el ligón tío duro?

—Se ha enamorado —me dijo simplemente mientras me besaba en la mejilla—. Para que luego hablen de los clichés.