¡Ey, sorpresa! Para que vean cómo las quiero.
Como siempre, todo mi agradecimiento a ustedes quienes se toman su tiempito en leer, al team SD que comenta en mi facebook, muchas gracias nenas; a mi super equipo Gaby mi beta y amiga adorada y Manu mi loca diseñadora de adelantos visuales GRACIAS NENAS!
Y hablando de adelanto, ya luego les traigo adelantos de la próxima locura... ¿quiere saber de qué se trata? Atentas a mi perfil de facebook... =D
Bueno, a leer entonces. Espero vuestros comentarios.
Besos a todas
Facebook como Catalina Lina y en Twiter como Cata_lina_lina... y sus preguntas por Aks: /Catalina_Lina
27.
―Gracias por su atención, nos vemos la próxima clase ―concluyó el maestro André Beaumont cuando su clase de "Taller de producción de obra IV" finalizó. Los alumnos se levantaron de sus sitios y entre el parloteo habitual salieron de la sala. Todos excepto Bella, quien se demoró un poco más para ganar tiempo. Cuando André terminó de retirar sus cosas de la mesa, alzó la vista y a la única alumna que vio fue a ella, no pudiendo evitar sonreírle.
―"Isabella Swan, la artista revelación del pincel" eso decía una de las revistas que elogio tus trabajos de la última exposición ―halagó él, sonriéndole, mientras se le acercaba. Ella mordió el labio inferior, agarrando sus libros entre los brazos, no pudiendo pasar por alto lo atractivo y sexy que era ese hombre, y lo poco que se esforzaba por serlo―. Anda, vamos a mi despacho.
Ella asintió y caminó a su lado en silencio. Pasaron junto al escritorio de la secretaria académica con quien lo vio la última vez, y vio como el maestro le guiñó el ojo y ella, la muy coqueta secretaria, se ruborizó, mirándolo con descarado deseo.
― ¿Estás saliendo con ella? ―pregunto Bella, casi sin querer, una vez estuvieron a solas en su oficina. Él alzó las cejas y rió, sentándose tras su escritorio.
―Angie es muy caliente, me encanta, pero ya sabes cómo son mis relaciones… bueno, no son relaciones propiamente tal, pero tú sabes cómo es eso.
―Sé que no debo de meterme, que es tu vida, pero… podrías haberme contado…
― ¿Así como me contaste tú que ya estabas saliendo con el cirujano?
Bella bajó la cabeza, avergonzada, pero rápidamente volvió a levantarla
― ¡Te hablé de él!
―Lo hiciste, mon petite, me hablaste de tus sentimientos hacia él, lo que no me dijiste fue que ya tenías una relación con él, porque ¿eso es lo que tienen, no?
―Sí… no sé… más o menos.
―Muy clara, Isabella ―comentó con ironía. Suspiró, tratando de controlarse, intentando mantener sus celos contra el cirujano a raya, que ella no se diera cuenta―. Isabella, está bien, ¿vale?
―Mi… relación con Edward recién está empezando… y pues, no quiero apresurarme ni ilusionarme antes de tiempo…
― ¿Ilusionarte? Mon petite, tienes un letrero en tu frente que dice lo ilusionada que estás ―vio cómo Bella volvió a bajar su cabeza y arrugó su frente. Él se pateó el trasero mentalmente porque estaba siendo muy poco atinado, suspirando y levantándose enseguida de su asiento, rodeando el escritorio hasta su querida alumna, a quien abrazó. Ella también lo rodeó por la cintura, dejando caer su cabeza sobre su pecho.
¡Dieu, se sentía tan bien!
―Isabella, me conforma saber y verte bien, radiante, como nunca te vi con Jacob ―besó el tope de su cabeza y se apartó un poco―. Sea lo que fuera que tengas con el doctor, te sienta bien estar con él y eso me alegra―. Ella mordió su labio y asintió.
― ¿Y sobre tu viaje?
―Ah, Isabella ―suspiró y fue de regreso a su sitio tras el escritorio―. No soy de las personas que se quedan quietas en un mismo lugar por mucho tiempo, ni las que están con una sola persona por mucho tiempo ―sonrió y le guiñó un ojo―. He de migrar porque ya es el momento, un montón de sueños me esperan allí afuera.
― ¿Pero… tan pronto?
―Mon petite, no me voy mañana. Tardaré un poco, tengo que cerrar el año académico, cumplir mi contrato con la universidad.
― ¿Y por qué no me lo habías dicho? ―Preguntó ella, triste sin duda porque su ex amante, maestro y gran amigo se iría inevitablemente.
―Lo decidí hace poco… venía pensándolo, pero tomé la decisión no hace mucho. Tuve que comunicárselo a mis superiores aquí, para que comiencen a buscar a alguien para mi reemplazo…
―Te extrañaré ―dijo ella, interrumpiendo las explicaciones de André. Su voz era rasposa y quemaba en su garganta, porque la idea de que él se fuera, la ponía triste y la hacía desear llorar como en ese momento.
El maestro torció la cara con ternura, sujetándose al reposa brazos de su silla para contener de levantarse e ir hacia ella para abrazarla. Debía poner distancia. Así que sólo se limitó a mirarla con ternura, deseando o soñando que los sentimientos que esa niña tenía por él fuesen suficientemente profundos como para evitar que él se fuera, porque si alguien podía evitar que él agarrara sus maletas y se fuera de ese país, era ella. Pero sus sentimientos ya estaban asentados por alguien más, alguien que le estaba prestando atención y el afecto que ella necesitaba. Alguien a quien ella amaba desde hace mucho, y no era él.
―Isabella… ―Se limitó a decir, como acariciando su nombre. Ella cerró los ojos y negó con la cabeza, levantándose intempestivamente.
―Tengo que irme.
André asintió sonriendo, conteniéndose otra vez para ir hasta ella y pedirle que no se fuera, que se quedara con él.
―Puedes ir tranquila, Isabella, no pasa nada.
―Hablamos luego ―dijo ella, agarrando el pomo de la puerta para salir. Él asintió.
―Cuando quieras.
Ella apenas sonrió y salió de la oficina presurosa, para evitar que André viera las lágrimas que sin remedio rodaron por su mejilla. Jamás se imaginó lo triste que iba sentirse sabiendo que él se iría para siempre. Era su amigo, su maestro, su cómplice y le dolía saber que quizás nunca más iba a volver a verlo.
Con sus libros aferrados al pecho, caminó con su cabeza gacha hacia el aula donde se impartía la próxima clase, deseando que llegara pronto la tarde para poder ver a Edward. Sólo con él, lo demás lograba desaparecer.
A la hora de almuerzo se reunió con Ángela, con quien tenía un montón de temas pendientes por hablar, y para su sorpresa, Garrett también los acompañó a aquel almuerzo.
―Insistió, Bella ―dijo Ángela, disculpándose mientras abrazaba a su amiga.
―No hay problema ―respondió Bella, sonriéndole a ella y su casi hermano, quien le guiñó un ojo.
―Pueden hablar con confianza sobre sus secretitos, yo me limitaré a cerrar la boca ―dijo Garrett como restándose importancia. Ambas se carcajearon, pues sabían que él no se limitaría a mantenerse callado. De cualquier forma, a ella le gustaba mucho la idea de que ambos estuvieran allí, primero porque los días que estuvieron separados ―Ángela y Garrett― les había sentado muy bien, pues ahora se veían muy compenetrados y más enamorados que nunca. Por otro lado, Garrett iba a tener que enterarse tarde o temprano de lo que pasaba entre ella y Edward y quería ella misma dejárselo en claro. Por eso, después que comentaron algunas cosas, Bella preguntó:
― ¿Quieren saber dónde estuve el fin de semana?
Ángela miró a su amiga como si se le hubiera soltado un tornillo, desviando su vista hacia Garrett, quien asentía como si nada. Ella sabía dónde Bella había estado el fin de semana y con quien, la cosa es que no entendía por qué lo quería comentar delante de Garrett, que no era muy fanático de Edward.
―Escuché que estuviste en la playa. Aro lo comentó ―dijo Garrett, mirándola sin malicia. Ángela carraspeó, más nerviosa que Bella, quien sonrió de regreso, asintiendo.
―Sí, estuve en la playa. Emmett tiene una casa encantadora… Edward y yo la pasamos muy bien.
Ángela abrió los ojos como dos huevos fritos, mirando a Bella y luego a Garrett, quien seguía impasible como si nada. Es más, el único hombre allí miró a Bella y sonrió… ¡Sonrió!
―Qué bueno ―respondió Garrett muy tranquilo, contrario a la reacción de Ángela, quien explotó:
― ¡Vale, Garrett! ¿Por qué estás reaccionando así? ¿Por qué no estás soltando tu furia contra Bella, por haber…?
―Nena ―dijo él, tocándole el hombro para detenerla y tranquilizarla―. Te lo prometí, eso de ser tolerante con Edward… él es tu amigo, y por lo que veo, hace que los ojos de Bella se iluminen. Así que lo estoy intentando…
― ¡Dios, Garrett, te amo! ―Exclamó ella, allegándose a él, tomándolo por el cuello y besándolo allí frente a todo el mundo, incluida Bella que tuvo que bajar su rostro, un poco abochornada.
―Ejem… yo sigo aquí ―dijo Bella bajito, cuando los tortolitos estaban comenzando a olvidar en donde estaban. Se apartaron sonriendo juguetonamente como recobrando la compostura―. Bueno pues, gracias.
―Perdona Bella ―dijo Ángela, acomodándose de vuelta en su sitio―. Entonces, ¿lo pasaste bien?
― ¡Muy bien! ―Exclamó Bella con ganas.
Los tres se relajaron visiblemente. Obviamente Bella no comentaría todo lo vivido delante de Garrett, pues por muy amigable que él se viera con respecto a Edward, había cosas que de comentar las, haría sólo con Ángela.
Luego del relajado y distendido almuerzo, decidieron dar un paseo por el centro comercial y comprarle algunos regalos al bebé de Rosalie y Emmett, para más tarde llegar a uno de los bares de Sam en donde habían quedado de acuerdo en reunirse. Allí se encontró con Edward, que había estado toda la tarde con el novio en su cita con el sastre.
Estaba un poco nerviosa, era primera vez que interactuarían ella y Edward frente a los demás y pues no sabía cómo hacerlo para que pareciera natural. Era prácticamente una cena de parejas, donde en una mesa grande estarían Emmett y Rosalie, Ángela y Garrett, Maggie y Sam, además de ellos.
―Oye… ―Susurró Edward por sobre su hombro, cuando ella estaba con la vista perdida en la licorera tras la barra. Se sobresaltó, pero increíblemente se relajó enseguida cuando él puso la barbilla sobre su hombro y la abrazó por la cintura―. ¿Todo bien?
―Sí.
―Vamos a la mesa entonces ―dijo, tomando su mano y llevándola hacia donde los demás estaban sentados. Nadie hizo ningún comentario, ni dio miraditas raras ni comentarios que pudieran incomodarlos, lo que Bella agradeció, sobre todo por el hecho que durante gran parte de la comida, Edward la tuvo sujeta su mano.
Bella en verdad estuvo muy relajada con el ambiente en el grupo. Le gustó ver cómo Garrett y Edward hablaban tranquilamente, o cómo todo el mundo se reía con las locuras de Sam, que estaba más ansioso que la novia por casarse. Ella supo que podría acostumbrarse a ese ambiente y sobre todo a tener a Edward a su lado, y aunque ella estaba disfrutando mucho de su relación con Edward, no sabía bien en qué términos estaban.
Fue el momento de retirarse, y Edward por supuesto se ofreció para llevar a Bella hasta casa de sus padres, aunque se tentó de llevársela con él esa noche, pero debía madrugar.
―Estuviste pensativa hoy… ―Comentó Edward cuando detuvo su coche en las puerta de la casa de Vulturi. Ella lo miró y negó, tranquilizándolo.
―Estoy bien ―dijo, pasando por alto la conversación con André. No tenía caso sacarla a colación con Edward delante―. Mañana… ¿estarás ocupado hasta tarde?
Edward suspiró y recordó la llamada de Emma, que había sido durante esas semanas muy insistente con la idea de que lo visitara y de no hacerlo al otro día, esa mujer no lo dejaría tranquilo. Así que tendría que ir y no darle tanta importancia.
―Tengo una cita con Emma, ¿por qué?
Bella se estremeció y sintió como si le lanzara sobre la cabeza una cubeta de agua muy helada. ¿De veras había dicho tan relajado, que tenía una cita con Emma? Sintió que su pecho, que hasta el momento se sentía inflado de dicha, se vaciaba, dejándole una sensación de pena ahí mismo.
―Uhm… por nada ―Se alistó para salir, jaló la manilla y abrió la puerta del coche―. Hablamos entonces ―dijo, y sin más salió del carro, caminando hacia su casa. Edward quedó exigiendo una explicación ante el comportamiento tan temperamental de Bella. Se supone que hasta el momento todo iba bien, ¿entonces qué la puso así?
"¡Emma, por supuesto!"
Salió del coche y corrió tras ella, alcanzándola hasta antes que llegara a la entrada de la casa.
― ¡Ey, detente! ―Le dijo, tomándola del brazo y haciéndola girar. Tomó su rostro y la obligó a que lo mirase―. ¿Qué pasa?
Ella cerró los ojos porque esa era una pregunta a la que no podía responder. ¿Qué le pasaba? No tenía derecho a reclamarle nada a Edward, ¿o sí?
―No pasa nada, estoy cansada solamente…
― ¡Claro que no! ―Exclamó, negándose a creer esa excusa. Tocó su nariz con la punta de la suya y la miró directo a los ojos―. Te pusiste así cuando te comenté lo de Emma… ¿preferías que te mintiera o que de plano no te lo dijera?
―No tiene importancia, no tengo derecho…
― ¡Sí tienes derecho, Bella, claro que lo tienes! ―Expresó, ofuscado. ¿Cómo era posible que ella dijera eso? Enseguida explicó―. No deja de llamarme y si no me reúno con ella, seguirá insistiendo. Le diré que estoy contigo si te hace sentir mejor…
―No tienes que hacerlo si no quieres…
― ¡Por qué no, si es la verdad! ¡Y por supuesto que quiero! ―Estalló disgustado, estampando sus labios sobre los de ella, demandante y fiero, apretándola aún más contra su cuerpo como si eso fuera posible. Cuando se apartó, sobresaltado, exclamó―. ¡Dios, Bella…!
―Lo siento ―susurró ella.
Él tenía razón, pues perfectamente podría haberle escondido u omitido el hecho que iba a reunirse con ella, pero no lo hizo. Pero la cuestión no era esa, era que tenía miedo. Emma fue su amante y no quería ni imaginar lo pasional que esa mujer era, y nada tenía que ver la edad. ¿Por qué estaba tan insegura ahora? Probablemente no tendría esos arranques si supiera lo que Edward sentía por ella, pero no se atrevía a preguntárselo. Ella sabía que él, en cuanto lo tuviera claro, se lo diría, ¿pero cuando? ¿Y si eso nunca pasaba? ¿Y si le decía que sólo podían ser amigos?
― ¿Dónde anda esa cabecita, eh? ―Preguntó Edward, dejando suaves y cortos besos sobre su boca. Ella parpadeó rápido y movió su cabeza en negativo. Él bufó y elevó la comisura de sus labios―. Ustedes los artistas, son tan volubles…
―Eso no es cierto ―trató de defenderse con seriedad, pero no pudo. Edward volvió a besarla como a ella le gustaba antes de apartarse un poco, sin quitar sus manos de su rostro, que con los pulgares acariciaba sus mejillas.
―Mañana, después de tus clases irás a tu ático, me esperarás allí y cenaremos. Tenemos cosas de qué hablar, ¿está bien?
―Pero me dijiste… me dijiste que tenías una cita con Emma…
―Esa será una visita rápida, no te preocupes.
Ella esbozó una sonrisa antes de inclinarse sobre la punta de sus pies y besar a Edward, rodeándole por el cuello. Él la levantó sobre el piso en sus brazos y la apretó a su pecho. Estaba a punto de llevársela de egreso al coche para que se fuera con él hasta su departamento. Pero se contuvo.
―Mañana entonces. Cenaremos pasta.
―Pasta suena genial ―la besó por última vez antes de dejarla en el suelo y comenzar a apartarse― ¡y sueña conmigo esta noche!
Ella le sonrió y suspiró, pensando en que siempre hacía eso.
Entró ella a su casa, encontrándose a sus padres charlando en la sala. Al parecer estaban comentando algún partido de futbol cuando ella se les unió.
― ¿Estuvo bien tu día, pequeña? ―Preguntó Charlie, cobijando a su hija bajo su brazo ahogando un bostezo.
―Sí, muy bueno y veo que tú también, porque pareces cansado…
―Sí, unos japoneses llegaron a la empresa de tu viejo ―dijo, indicando a Aro con la cabeza―. Y debo encargarme de acompañarlos a todos lados. ¡Mañana va a ser un día de locos!
―Entonces viejo, es mejor que te vayas a acostar ―dijo Aro hacia Charlie, alzando sus cejas. Bella se carcajeó cuando Charlie le levantó el dedo del en medio a Aro. Enseguida le dio un beso a su hija y se levantó.
―Me voy a dormir… y no hagas trasnochar a la niña, viejo Vulturi ―dijo Charlie al salir, mirando con burla a su amigo Aro. Él se carcajeó, negando con la cabeza, luego se movió de su sitio y se sentó junto a su hija, tomando el sitio que Charlie dejó desocupado en el sofá.
―Entonces, ¿pasaste buen días, señorita sonrisas? ―Preguntó Aro en tono jocoso, riendo ella a continuación, descansando su cabeza en el hombro de su padre, como hace algún momento lo hizo con Charlie.
―En la mañana estuve en la universidad, luego a la hora de almuerzo estuve con Ángela y Garrett , fuimos al centro comercial a comprar cosas para tu nieto y luego terminamos en el bar de Sam ―concluyó, sonriendo.
―Ah, el buen Sam me hizo llegar un parte de matrimonio… tres meses, no pensé que fuera tan rápida esa boda…
―Es cierto, está desesperado por casarse. Está muy entusiasmado.
―Eso es bueno, estar entusiasmado por el matrimonio y se nota que ese hombre ama a su novia, ¿no crees?
―Sí. Se aman, hacen linda pareja él y Maggie.
―¡Ah! ―Exclamó, como recordando algo―. Acompáñame al despacho, quiero enseñarte algo ―dijo, levantándose de un salto y agarrando la mano de su hija para que lo siguiera.
En el estudio, Aro se dirigió hacia su silla y abrió un cajón, sacando una caja cuadrada, pequeña. Miró a Bella en tanto se sentaba sobre si sillón.
―¡Ven aquí, no te quedes ahí parada! ―Dijo, palmeando su muslo. Bella, como siempre, corrió y se sentó sobre las piernas de su padre abrazándolo por el cuello.
―¿Qué es eso? ―Preguntó ella con curiosidad, mirando la caja que Aro había dejado sobre el escritorio. Él suspiró y tomó la cajita entres sus dedos, con cuidado.
―Mientras estudiaba siempre hacía trabajos en la empresa. Mis padres, sobre todo mi padre, no me daban dinero así, por dármelo. Decía que obteniendo mi dinero a base de trabajo, me enseñaría a tomarle con respeto el trabajo y a cuidar de mis ahorros. Y creo que fue una buena táctica.
La cosa es que los fines de semana trabajaba en el despacho de mi padre redactando contratos, sacando fotocopias, en fin. Así ganaba mi dinero y me daba algunos gustos… hasta que conocí a tu madre. Cada centavo de mi trabajo lo guardé con la esperanza de irme con ella apenas tuviera lo suficiente para hacerlo… pero eso no pasó.
Con la idea fija de que ella me había abandonado, decidí gastar mis ahorros… en otras mujeres. En fin, pasó el tiempo y mientras pasaba, me iba dando cuenta de lo estúpido que fue, que ella no me podría haber abandonado. Mi madre me confirmó lo que hizo y me puse a buscarla, con mis propios medios, esto casi al egresar de la universidad.
Cuando tuve mi trabajo y recibí mi primer sueldo, lo tomé y me fui a una joyería. Quería que cuando encontrara a Renée, supiera que nunca dejé de amarla, a pesar de todas las mentiras. Iba a hacerla mi esposa enseguida… pero, ya sabes…
Quedó unos momentos en silencio, acariciando la cajita, la que abrió como si fuese un rito, por la solemnidad con que lo hizo. Bella, que estaba muy emocionada oyendo la historia de su padre, miró el contenido de la caja, encontrando hermoso lo que vio adentro. Una delicada medalla de oro blanco con las letra entrelazadas la una a la otra haciendo de dije, del mismo material que la gargantilla. Pero eso no era todo. En medio del espacio delimitado por la gargantilla, había dos alianzas, también de oro blanco, una más pequeñita que la otra, brillando intensamente.
Aro, con manos temblorosas, tomó la más pequeña de las alianzas, observándola con pena y añoranza, llevándosela luego a su boca para besarla.
―Nunca pude dárselas ―dijo, con su voz estrangulada. Bella sintió escozor en sus ojos, como acoplándose a la pena de su padre―. Y ahora no sé qué hacer con ellas.
Dejó la alianza en su lugar y tomó la medalla entre sus dedos, acariciando el dije con la inicial de su nombre y el de su Renée entrelazados:
―Esta… esta quisiera que la conserves. Es tuya. Creo que no podría tener mejor destino ―dijo, buscando la mano de su hija y dejando caer el fino metal sobre su palma. Ella sonrió con ternura y cerró su puño, resguardando el tesoro que tenía dentro.
―No puede ser más hermoso, papá. Gracias ―se apartó un poco de su padre, abrió la gargantilla y la puso alrededor de su cuello, suspirando Aro cuando vio resplandecer la joya en el cuello de su hija, a pesar de todos los años que habían pasado.
―Mi niña ―susurró, abrazando a Bella fuertemente contra su pecho―. Eres el regalo más hermoso que tu madre podría haberme dejado. Cuando supe de ti, fuiste mi consuelo en medio de toda la tristeza por haberla perdido. No sé qué sería de mí sin ti ahora, mi niña.
―Papá… no digas eso ―lloriqueó Bella en el hombro de su padre.
Se quedaron en silencio durante varios minutos en los que se calmaron un poco luego que él sacara a flote esos recuerdos. Suspiró y volvió a tomar una alianza entre sus dedos:
―Creo que quedarían bien en tu dedo… pero cuando te cases ―la hizo girar entre sus dedo, dejando ver la inscripción con su nombre en el anillo más pequeño ―. Podemos borrar los nombres, poner el tuyo y… el de él…
―Quizás prefieras guardarlos ―comentó ella en susurro. Aro negó con la cabeza y suspiró antes de hablar:
―¿Y qué sacaría teniéndolos guardados? Las joyas fueron hechas para ser lucidas, no para ser guardadas. Así que quedarán bajo mi custodio hasta el momento adecuado, ¿está bien?
―O quizás quieras usarlas tú más adelante… ya sabes, con esto de que vas a salir con Esme.
―¡Oye, recién voy a tener una cita con ella y tú ya me estás casando! ―Exclamó, divertido, carcajeándose a coro con ella―. Compraré unas nuevas de ser necesario, no creo que a ella le guste la idea de llevar unas viejas, que fueron hechas para otra mujer, ¿no crees?
―Puede que tengas razón ―asintió. A continuación, Bella dejó un beso en la mejilla de su padre a modo de agradecimiento por haberle abierto su corazón, y por el hermoso regalo que tanto significaba para él y ahora para ella―. Gracias, papá.
―Por nada, mi hermosa hija. Ahora vamos, yo tengo mañana un día de locos.
―Yo también ―comentó Bella, levantándose de las piernas de su padre y esperándolo a que él acomodara todo en su lugar, apagara la luz y saliera. Subieron juntos y abrazados las escaleras y en la puerta del dormitorio de Bella, él la abrazó, dejando muchos besos en su cabeza.
―Te amo, hija. Que tengas buena noche.
―También te amo, papá ―le sonrió con ternura―. Que duermas bien.
Así, cada uno se metió en su cuarto, con la sensación de que el amor de padre e hija que había nacido entre ambos, iba aumentando y haciendo más fuerte cada día.
**S.D**
Emma Collins miraba con desconfianza al hombre sentado en la mesa frente a ella. El tipo, al que Jacob le presentó como Carlisle Cullen.
―Sí, querida, como lo oíste. Este hombre es nada más y nada menos que el progenitor de tu querido Edward ―había dicho Jacob con voz jocosa. Emma lo miró como si estuviera loco.
― ¿Estás desquiciado? ¡¿Le has contado nuestros planes al padre de Edward?!
Carlisle miraba por la ventana como ignorando que en ese momento estaban hablando de él. Vestido con ropas limpias luego de un largo baño que Jacob lo obligó a tomar, comieron algo y partieron a casa de la mujer para discutir los últimos detalles del gran golpe.
Era innegable que Edward había heredado parte de su atractivo de ese hombre y pues no pudo evitar el cosquilleo habitual de la excitación entre sus muslos, incluso en medio de toda la confusión que era para ella tener a ese hombre ahí.
―Carlisle está encantado de ayudarnos y lo mejor es que no abrirá la boca para delatarnos, ¿verdad, Carlisle? ―Preguntó dirigiéndose hacia él, quien apenas desvió la vista de la ventana. Emma no sabía lo que significaba esa oportunidad para Carlisle. Ni ella ni nadie sabían lo que significaba esa oportunidad de tener revancha de todos aquellos que le dieron la espalda. Digamos que Jacob había hecho un trabajo de relojería lavándole el cerebro.
―Aquí, nuestro nuevo aliado, estaría incluso encantado de ponerle las manos encima al propio Edward…
― ¡Eso ya lo hablamos! ―Exclamó Emma en una amenaza hacia Jacob, quien alzó una ceja y cruzó sus brazos, desafiante―. Nuestro objetivo es Aro Vulturi. Que neutralicemos a Edward es sólo por resguardo y que tú le pongas las manos encima a Isabella, pues es cosa tuya…
―Ah, pero a ti nada de gracia te hace que esos dos estén juntos, ¿no? Tres pájaros de un tiro, mí querida Emma.
―Cómo sea, no puedo desviar mi concentración de mi objetivo principal. Ya veré lo que hago después con Edward.
―Como quieras. Ahora, repasemos nuestro plan ―dijo Jacob, adoptando una postura profesional ―Mañana llega una comitiva japonesa a las empresas de Vulturi, eso desviará un poco la atención. Hay un infiltrado que nos dirá a qué hora exactamente Aro estará en el edificio. Lo interceptaremos con delicadeza, para no soltar sospechas.
Bella será interceptada al llegar a sus clase en la universidad. Ahí nuestro querido Carlisle la agarrara. Y tú te encargarás de Edward.
―Esperaré a Edward en mi apartamento, si no iré yo misma al hospital, o a su departamento… y me encargaré de él.
―Tienes que dejar las cosas avanzadas con Carlisle. Hazlo firmar la sesión de poder para mover sus activos a una cuenta bancaria privada y pues como vas a hacer el negocio cara a cara con él, pues seguro después tendrás que matarlo. Pero tú ya eres experta en matar sin dejar rastro, ¿verdad?
―La negociación se hará rápido en la medida que tengas a Bella agarrada. Por salvar a su hija va a soltar rápido su dinero, estoy segura.
― ¡Perfecto! Después de hecho el traspaso de los activos de Aro a la cuenta, montas en el avión privado que te estará esperando y nos reuniremos al otro lado del continente.
― ¿Y qué harás con Isabella?
―Nos divertiremos un rato con ella, ¿verdad, Carlisle?
Carlisle seguía mirando por la ventana, sin asentir ni negar a lo que Jacob le decía.
― ¿La matarás?
―No sé, no sé, según lo que hagas con Aro.
―Lo deje vivo o muerto, me será fácil desaparecer… contigo, por supuesto.
― ¡Ni pienses en delatarme, Emma! Yo también tengo mis frentes cubiertos. Cualquier movimiento de tu parte, cualquier atisbo de que quieres traicionarme, y estarás en manos de la justicia, no te mataría, porque eso sería fácil, en cambio el escarnio público es algo con lo que tendrías que cargar por el resto de tus días, así que ya sabes.
― ¡Oh, Jacob! No pienso engañarte ―dijo ella muy melosa, acercándose a él, para tomarlo por los hombros y apretarlos con suavidad felina ―Somos un equipo, ¿lo olvidas? Grandes cosas nos esperan.
―Es buenos saber que lo tengas claro.
― ¿Y nuestro amigo Carlisle?
―Carlisle desaparecerá con su parte del acuerdo. Una vida de lujos, todo lo que él se merece, como siempre debió de ser ―indicó, caminando hacia Carlisle, y de camino agarrando un vaso de licor para entregárselo al silencioso hombre, que al parecer estaba esperando eso, pues su rostro se relajó cuando sintió siquiera el vaso en su mano.
―Bueno pues, camaradas, salud por un plan perfecto que nos llevará hacia donde siempre hemos deseado ir ―dijo Jacob, alzando la copa que tenía en su mano. Sus dos aliados imitaron su gesto y bebieron de sus respectivas copas con mucha seguridad, pues todo estaba listo para el gran golpe.
