Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías.

Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

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Kuroko vive tranquilo, sumido en una rutina para superar el dolor desgarrador que vive en su alma y que le ha funcionado todo el tiempo.

Kagami es un desastre de persona, indisciplinado, desordenado y sin preocupaciones, que afronta la vida como si cada día fuera el último.

Enamorarse no entraba en sus planes, pero ambos, deberán luchar contra sus sentimientos, contra sus propios prejuicios, y contra una pasión desbordante de la que ninguno de los dos era consciente.

Kagami x Kuroko... Kise x Kasamatsu... Murasakibara x Himuro... Teppei x Hyuga. ? x Kuroko.

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Silent Scream.

Capítulo veintiocho: Esa sonrisa que no conocía.

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Cinco y media de la madrugada.

La noche está terminando, dando paso lentamente al nuevo día.

Hace buen tiempo, todo está en calma y el pasar de las horas no parece afectarle.

Una semana, siete días con sus siete noches, a su lado.

Kagami levanta la cabeza de su sitio, despacio.

Se limpia el pequeño hilo de saliva de la comisura de los labios y estira los brazos aún sentado. Cruje el cuello, a un lado y a otro. Se inclina hacia delante, un beso en la frente, cuidando el respirador y comprueba sin saber muy bien que está haciendo la vía con suero insertada en el dorso de su mano.

Bosteza hasta el límite de su boca y se levanta por sus cosas.

Toma una ducha, y se mira al espejo, tras lavar sus dientes. Ya le ha crecido la barba como para otro afeitado y dedica unos minutos mas a ese quehacer.

Solo cuando está conforme, ropa limpia y buen olor, vuelve a la habitación.

Abre las cortinas, esperando que el sol entre y Kuroko pueda disfrutar de él, aunque sea dormido. Midorima dice que siente todo y que lo escucha todo. No va a privarle de nada solo por que sea un holgazán que prefiere dormir un poquito mas de la cuenta.

Suspira y sale a la terraza. Deja la puerta abierta, para escuchar si alguna de las enfermeras entra y se acomoda en la barandilla.

Solo sus antebrazos al contacto con el metal que le sostiene. Mira la ciudad, sobre todo el cielo.

El negro del cielo nocturno va cediendo, lentamente.

Un violeta parece surgir en la lejanía, y siente la piel de gallina recorrerle por todo el cuerpo. Aún es de noche, y ese frío en el ambiente le rodea, le hace sentirse vivo, sentir que está ahí, donde debe estar.

El violeta va menguando, otro poco mas. Se forma un extraño tono, entre violeta y naranja oscuro, el sol parece arañar, pidiendo permiso tímidamente.

Levanta la cabeza arriba, donde las estrellas aún titilan en el negro cielo y regresa al inicio, a su ciudad, a ese espacio en el que se siente útil, un héroe con todas las letras.

El pulso dentro de la habitación le llega, lejano, como un indicativo casi del tiempo que pasa. Un latido, un segundo.

No hay instante en que ese sonido mecánico no repique, tanto y tan frecuente, que ya ni lo toma en cuenta. Es como un aroma familiar al que de repente dejas de dar importancia.

Perdido en la lejanía de la urbe, su cerebro tarda un rato en procesar que el sonido se ha ido. Que ese ruido constante no suena desde hace un par de minutos.

Por un momento, solo uno, el miedo, terror absoluto, le hace no querer mirar dentro. Su valentía se desvanece, la sangre parece no circular por su cuerpo, incluso siente que sus piernas no le sostendrán si comete el error que mirar dentro del cuarto... si por un casual, el fuelle que introduce el oxígeno en su cuerpo tampoco se mueve.

Su corazón se detiene, un par de latidos cuando le ve a su lado.

La cama está vacía, sábanas revueltas en el suelo, la vía goteando sobre el colchón, la mascarilla sobre la almohada. No hay pulso en la máquina por que el corazón que debe registrar está en la terraza, a su lado.

Tetsuya le mira, sonríe. Acaricia su rostro y luego lleva la mano a su propia cara. Su barba pincha y eso no le parece justo.

– Quiero afeitarme... y una ducha estaría bien. – De puntillas a su lado, logra un pequeño beso; suficiente como para que el príncipe despierte de su estado de estupefacción y se desviva por abrazarlo y sostenerlo contra su cuerpo. – No por favor... no entremos aún... quiero ver el amanecer.

– Lo siento yo... lo que te dije, no lo dije en serio... – Se disculpa a borbotones, por algo pasado, que Tetsuya ni quiere recordar ni le importa. – No deberías estar de pie... no se si puedes estar así tan pronto... voy a llamar a Mi...

– Mira. – Señala frente a ellos, callando sus cavilaciones de ese modo.

Un amanecer, mas brillante y luminoso que nunca.

Su cuerpo contra el suyo propio, de pie por si mismo, o casi.

Kagami se las arregla para tomarle en los brazos, y escurrir la espalda por la pared tras ellos, sentarse en el suelo con el convaleciente encima de sus muslos.

Frente a ellos, entre los barrotes, el sol, poco a poco, cada vez asoma mas descaradamente al mundo.

Cruza los tobillos y le acomoda en el perfecto lecho de sus piernas. Su espalda, cubierta apenas por los lazos de la bata contra su pecho, la barbilla en lo alto de sus celestes cabellos.

El cielo clarea, mas que al inicio. El día comienza su andadura sin preguntarles. El tiempo ya no tiene sentido para ninguno de los dos, su vida, lo que debería ser y ha sido comienza ahí, en ese preciso instante, con ese amanecer.

Las enfermeras irrumpen desesperadas, un carro de paradas, el médico de guardia. Es cuando los dos se dan cuenta de que la alarma ha saltado en urgencias en el momento en el que Kuroko se ha quitado la pinza del pulso de la punta de su dedo.

Solo cuando una de las enfermeras les ve sentados en el suelo de la terraza, comprende que no pasa nada, nada grave.

– Lo siento. – Kuroko se disculpa, ninguna intención de abandonar el cálido lecho bajo él. – Estoy bien, solo un poco pesado, y con mucha hambre, pero bien.

No convence a nadie, aún así le dan unos minutos mas a solas con su novio, con la promesa de llamar en cuanto vuelva a estar en la cama.

Solo cuando se asegura de que están solos, vuelve a la postura inicial.

Se ladea para abrazarlo, sus piernas juntas, la nariz perdida en su piel. Suplicando que el tiempo se detenga en ese instante, en ese momento en que regresa a ser él mismo, aunque el olor a medicamento y a jabón de hospital impregne su persona por completo.

– ¿Cuánto he pasa.. – Un susurro, la pregunta que se le ocurre para romper el hielo. La verdad es que no quiere saber la respuesta, solo estar ahí, abrazado a Kagami como si no hubiera un mañana.

– No lo sé... días, meses, años... una vida entera. – Su abrazo de hace mas fuerte, mas sólido. – No lo sé... –Le aparta lo suficiente como para mirarle, incapaz de borrar la sonrisa de sus labios, la incredulidad de algo que pensaba que no iba a cambiar, ahí, transformándose ante sus ojos.

Esos ojos que no creía volver a ver, ese azul que tanto le gustaba, de nuevo ante él.

– Lo siento... no quería preocuparte. – Un beso, pequeño, el primero de muchos, el inicio de un camino que ya creían andando, esa sensación de novedad que ya creían haber vivido, se presenta sin mas, como si realmente acabaran de enamorarse en ese momento justo.

– No me has preocupado... ni un poco... – Pillado en su mentira, desvía la mirada, a la ciudad ante ellos a través de la barandilla de la terraza. – Midorima dice que tienes unas heriditas de nada, que solo te gusta dormir por que eres un flojo... – Con todo el dolor del mundo se levanta, y le levanta con él, le ayuda a volver a la cama, dejando la mascarilla sobre el tubo de metal junto a la cama que le sirve de soporte. – Voy a llamar a la caballería, cuando acaben contigo empezaré yo.

No tiene que llamar, le están esperando en el pasillo.

La batería de pruebas se suceden, un millón de preguntas que no puede responder. Aún se siente pesado, como ajeno a si mismo.

Nota la presión, que no dolor en las costillas, en una de sus piernas y el pinchazo en el dorso de su mano, la sensación de tirantez donde el esparadrapo pegajoso mantiene la vía sujeta a su piel.

La boca seca, por los fármacos, las articulaciones apelmazadas.

Sigue la luz, cumple órdenes, espera que el médico se quede satisfecho; sabe que no es así, que cuando este termine, Midorima tomará el relevo y seguramente le hará lo mismo y una docena de pruebas mas. Encontrará fluidos y tejidos que observar de cerca donde ningún médico se atrevería a mirar.

El medico no parece sorprendido con su despertar, y da por terminada la recogida de datos a los pocos minutos.

Se quedan a solas, faltan dos horas para que las visitas puedan acceder a las habitaciones; suficiente para asear a Kuroko.

Lleva haciéndolo toda la semana, no le importa, de hecho lo prefiere.

Limpiarle y cambiar su ropa es una parte de su rutina, una que adora.

Se recrea mas de lo que está dispuesto a confesar mucho mas ahora que está despierto. La esponja le recorre entre risas, cuidando de no tocar las vendas en su torso, ni la aguja en su mano.

Sentado en la ducha le ayuda a inclinarse hacia atrás, para lavar su pelo; no está sucio, pero aún así es maravilloso poder hacerlo, le encanta.

Así como le encanta secarle después, rebuscar entre sus cosas ropa que ponerse, ayudarle a vestirse, aunque sea para estar en la cama, la ropa interior le parece una obra de arte.

La bata tan fea del hospital vuelve a su ser, una limpia, la de repuesto, pero igual de horrenda que la anterior...

Kuroko duda, un momento, si darle la noticia ya o esperar.

Quizá no sea un buen momento mientras el bombero porta una cuchilla de afeitar en sus manos.

Kuroko gira la cara cuando se lo pide, levanta la barbilla, aprieta los labios. Se deja hacer mientras su novio le afeita con el cuidado de un cirujano.

Se fija en su rostro, en las ojeras bajo sus ojos, en la seriedad con la que hace cada movimiento.

Es cuando elimina los restos de espuma con agua fresca que encuentra una oportunidad para confesarse.

Su estómago ruge, pidiendo alimento que antes entraba cómodamente en su organismo con el suero y que ya no está presente.

– Tenemos hambre. – Kuroko usa el plural, a propósito, esperando que Kagami sepa leer entre líneas.

– Falta tiempo para que abra la cafetería, pero puedo traer algo de la máquina del pasillo. – Mira la hora en el móvil y luego rebusca en sus bolsillos por monedas. – ¿Qué te apetece?... por mi no te preocupes, en cuanto llegue Midorima iré a tomar algo.

Se levanta, dispuesto a salir rápidamente.

Tetsuya alarga la mano en su dirección y espera que el pelirrojo la tome. Posa su mano abierta en el vientre y la suya propia encima, en una caricia delicada, obligándole a inclinarse sobre él en un ángulo casi perfecto.

– Tenemos hambre, los dos... – Repite, y no está refiriéndose a él, ahora si que lo nota.

Pestañea, procesa, frunce el ceño, sonríe como un bobalicón, busca a tientas la silla con la otra mano libre, se niega a apartar su mano del vientre de Kuroko.

Necesita sentarse, ahora. Es urgente. Al menos hasta que la habitación deje de dar vueltas.

Su sonrisa se desvanece despacio, hasta apretar la mandíbula de pura rabia.

Su bebé estaba ahí mientras él recibía esa terrible paliza que lo ha tenido una semana en la cama, inconsciente del todo.

Eso explica por que Midorima está haciéndose cargo de todo... se siente idiota al no darse cuenta hasta ese momento.

Kuroko entiende, sin necesidad de decirle nada.

– Todo está bien, de verdad. – Acaricia su rostro, tranquilizándole sobre el pequeño. Él lo sabe, no necesita que nadie le diga nada. – ¿Puedes cerrar la puerta desde aquí?.

Asiente sin saber muy bien a qué está diciendo que si.

La puerta tiene un pequeño pestillo, que no tarda en cerrar y volver a su sitio en la silla, aún sin tener muy claro para que le ha pedido eso.

Kuroko se sienta frente a él, toma sus manos.

Le ve mas delgado, mas lento y ajado de lo que recuerda. Para él apenas si ha pasado el equivalente a una noche, pero para Kagami el tiempo pasado es mas de una semana.

La desesperación tras encontrarle, el traslado, la espera hasta que lo atendieron, en esas cuatro paredes que recorrió mil veces, pasaron como un mes para él. Cada angustioso segundo pensando que no debería haberle dejado salir solo, y mas con el calentón de la discusión aún presente.

Los supuestos, los "debería", "tendría que"... llenan sus pensamientos, todos ellos.

Y no había nada mas que llegase a su mente, nada. Ni las palabras de Midorima ni de nadie. No escuchaba, no estaba, no era.

Sentía que se deshacía una angustiosa calma en la inconsciencia de Kuroko.

Él ya no era él, por que no era sin él; tan sencillo como aterrador.

Sus brazos se mueven solos, abarcando las caderas de Kuroko con ellos, pegando su rostro con una lentitud dolorosa al vientre. Sobre la bata tan horrenda del hospital no encuentra lugar mas cómodo y vivo en todo el mundo, no existe.

– Solo un poco mas. – Suspira, sobre sus caderas, tranquilo. Si el cielo existe seguro que es algo parecido a ese momento, ese instante, ese cuarto, junto a esa persona. – ¿Cuándo...

No sigue, las palabras no son necesarias.

Los dedos de Kuroko se cuelan entre su pelo, una caricia que lo dice todo.

Se atreve, osado, a mirarle de costado, sin apartar la piel de su rostro de la pequeña, pequeñísima criatura que han creado entre los dos, que se ha hecho vida por su causa.

Podría vivir para siempre en el azul de sus ojos, sin remordimiento alguno.

Aún abrazado a sus caderas, escala, hasta sus labios. Necesita besarle, un poco, solo un poco.

Es peligroso, y aunque la puerta está cerrada, siempre cabe la posibilidad de que alguna enfermera quiera acceder; sinceramente no le importa.

A Kuroko tampoco.

La necesidad de tenerle ahí, entre sus brazos, es mas poderosa que la misma necesidad de que su corazón siga latiendo cada segundo.

Respira en su mejilla, en mitad del beso.

Dios, cuanto había añorado eso, esa sensación, esa certeza de que estaba ahí... con él.

Tetsu se desliza, desde el colchón elevado de su cama, hasta la silla que ocupa Kagami, separa sus piernas, lo monta, no abandona el beso en ningún momento, al igual que su bombero no puede ni quiere dejar de sentir su vientre en la punta de los dedos.

– V-vamos a tener un bebé... Tetsu... – Gracias a que la estúpida bata solo tiene un par de lazos en la espalda.

Sus manos encuentran con demasiada facilidad el modo de quitarla, igual que casi en el mismo gesto su camiseta se desvanece.

– S-si... tu y yo... – Frunce el ceño, solo un poco. Los fármacos que inundaban su organismo empiezan a diluirse, ha hacerle consciente de sus heridas de un modo muy poco sutil.

No le importa. Sumergido en el beso mas profundo y cálido que le han dado en su vida está dispuesto a soportar un poco mas de esa sensación.

– Creo que deberíamos parar... – No lo dice en serio, no es su mente quien lo dice si no su corazón. – Aún no tenemos permiso para estas cosas...

– Midorima lo entenderá. – Tetsu no está dispuesto a soltar su presa.

Siente que esa semana de ausencia le ha sido robada, que tiene que recuperar el tiempo perdido, y no piensa desistir de la idea aunque el dolor, ahora si, ya tenga forma concreta y se retuerza en sus costillas, en su brazo.

Sus manos buscan ansiosas, liberarle, liberarse de algún modo. Quiere amarle, sentirle dentro, mucho mas dentro de lo que ha entrado hasta ese momento.

– No te muevas, no digas nada. – Le incita, con sus besos, con sus caricias. Si quiere detenerle ahora es el momento, pero Kagami, ni siquiera puede pensar en algo mas allá del siguiente beso.

Es solo un movimiento, solo uno, unos pocos centímetros, una tela que es apartada, unos dedos como garras en sus hombros, labios entreabiertos y vuelta a lo que conoce.

Vida.

En sus cuerpos, en sus movimientos; vida entre ellos, con ellos, ellos mismos.

La necesidad les hace ir mas despacio, saborearse mutuamente en lugar de besarse. El aroma a jabón y a espuma de afeitar se pierde entre sus besos, sus dedos juguetones.

Los suspiros vienen con promesas de amor, de disculpas, de gracias a quien quiera que haya escuchado sus plegarias.

Sin ser conscientes de que ocurre el placer, casi olvidado les asalta, de un modo cómico lo alcanzan al unísono. Fuerzan un beso para acallar el último gemido, profundo y ronco, mas largo y dilatado en el tiempo que los anteriores, mientas su cuerpo se libera en un pequeño estallido cálido y descansado.

– ¿Estás bien?. – Murmura con miedo a moverse si quiera un poco; justo acaba de darse cuenta de que Kuroko esa convaleciente...

– Si... mejor que bien, aunque... – Se mueve lo suficiente como para dejarle libre, aunque no abandona su sitio, se limita a deslizarse hacia atrás un poco. – … creo que necesito otra ducha... antes de que venga Midorima y quiera mirarme por todas partes.

Kagami le abraza, y no puede mas que estallar en carcajadas, sonoras, musicales, preciosas.

– Será un placer ayudarte. – Pasa el brazo bajo sus piernas y se levanta de la silla con él en brazos, no sin antes devolver sus vergüenzas a su lugar anterior. – Aunque voy a tener que ir a casa por mas ropa interior... vas a tener que estar sin ella hasta que vuelva, no hagas nada marrano...

Ahora es Kuroko quien rompe a reír con la ocurrencia.

Unos golpes en la puerta les hace a los dos retomar de nuevo las risas.

La enfermera quiere entrar, y la puerta cerrada por dentro es un problema...

…...

Cierra el pañal, un velcro a cada lado. Coloca la camiseta diminuta de su antiguo grupo metiendo con cuidado sus bracitos y abrocha los tres botones de cierre en uno de los hombros, y la vuelve boca arriba. Unos pantaloncitos cubriendo el pañal y unos calcetines simulando unas zapatillas negras, cordones incluidos.

En la bolsa con sus cosas encuentra la colonia infantil, huele a flores y le encanta.

Prende el chupete de su cadenita y luego a la pechera de la camiseta, cuidando de no pillar el logo del grupo y pasa el cepillo suave por su cabello negro, en el que coloca una calaverita en un lado, pequeñita pero adorable.

Recoge todo, tira el pañal sucio recién quitado y acomoda a su hija en sus brazos.

Abre un poco del cuarto y se asoma apenas la nariz y un ojo. Mira a un lado, al otro. No hay enfermeras a la vista, bien.

Sale de espaldas y cierra antes de dar un paso. Necesita llegar al plano de la planta y averiguar en que habitación está Kuroko, antes de que el guardián de la cripta le confine de nuevo en su prisión... o que Midorima le devuelva a la habitación, aunque a estas alturas es lo mismo para él.

Takao pasa frente al puesto de enfermeras a paso rápido, acunando a su hija como un tesoro.

– A ver , a ver... – La buena noticia es que está en su misma planta... la mala es que va en dirección contraria. – Muy bien nena, no hagas ruido.

Besa su cabecita y sonríe.

Se estira caminando todo lo recto que puede sin parecer sospechoso, solo tiene que pasar de nuevo el puesto de enfermeras y la sala de descanso y habrá llegado a la zona donde se encuentra su amigo.

Oculta la pulsera de identificación con su otra mano, como si sujetara a la niña con las dos manos y fingió ser una visita.

Habría colado si no fuera por que aún faltaba una hora para eso... y por que todo el personal del hospital sabía que era el prometido del director de la clínica.

– ¿Takao san?. – Una voz femenina a su espalda frustra sus planes. – ¿Necesita algo?... no hace falta que salga del cuarto, basta con que llame y estaremos ahí en un momento.

– Ehhh... No quiero nada, bueno si. – Mira a los lados, se acerca mas a la chica. – Busco la habitación de Kuroko Tetsuya. Es mi amigo y quiero que conozca a esta belleza. – Se aparta un poco para mostrarle a la niña. – Solo será un momento, te lo prometo... por favor.

– Es que... Midorima san nos ha dado órdenes muy concretas sobre usted. – La chica tiene que desviar su mirada del estupendo puchero que está dibujando el cantante en ese momento. – Si viene y no estás en tu habitación estaré en un lío...

– Por favor. – Pestañeo, puchero mas pronunciado. – Solo dos minutos...

– Vale, pero yo no te he visto. – Mira a un lado y al otro, señala al fondo. – La número dos, pero llama antes, que no está solo, su novio está con él noche y día.

– Muchas gracias preciosa. – Un beso en la mejilla le saca los colores. – Te presentaré a uno de los chicos del grupo... alguno quedará soltero, jajaja

llega hasta la puerta y comprueba el nombre en el soporte.

– Vale, es aquí. – Levanta la mano convertida en un puño dispuesto a llamar pero una carraspera, del todo conocida, deja su manos suspendida en el aire, mientras su cara se transforma en una mueca de culpabilidad.

– ¿Qué hacéis fuera de la cama?. – Midorima sentencia, serio.

– Perrrrrdon maister... mi no comprende tu idioma. – Pone voz de pito y se gira despacito. Sonríe al mismo gesto feliz del médico. – Ha sido ella. – Señala a la niña con la mirada. – Se ha puesto verdaderamente pesada con salir, dar una vuelta, ir de tiendas y eso.

– Muy bonito, culpando a mi hija. – Acaricia a su niña y se acerca como para besarle, aunque acaba midiendo su temperatura con la mano en la frente. – Y también ha sido idea de ella ir así vestida, como si fuera a un concierto de los melenudos esos con los que su mamá berreaba por medio mundo, ¿Verdad?.

Takao contiene una carcajada para no asustar a la nenita, que está de lo mas cómoda en el pecho de su mamá.

– ¿Ahora soy un melenudo que berrea?...mmm esa es nueva. – De puntillas, le roba un beso a traición. – Eso ha sido de lo mas grosero, doctor. Mi princesa es hermosa lleve lo que lleve.

– Es hermosa por que es tu hija... y la mía. – La espalda de Takao se topa con la puerta de la habitación de Kuroko, levanta un poco la cara, para compensar la diferencia de estatura entre ellos. – Solo dime que estás bien y os dejaré dar una vuelta.

– Sabes que estamos bien, o ya me habrías llevado a rastras hasta mi cama, incluso en contra de mi voluntad. – Espera que le conteste, y lo hace, alargando un beso que había quedado pendiente entre ellos hacía un rato. – Solo quiero que Tetsu sepa que tenemos una preciosa hija. Aunque siga dormido, puede escuchar todo, ¿No?...

Takao se sorprende un poco. No puede ser verdad, pero le parece que lo de dentro del cuarto a sonado a ¿un gemido?.

Midorima levanta una ceja por encima del límite del cristal de las gafas, igual de sorprendido que su prometido.

Le pide que se aparte y comprueba, que efectivamente, el pomo de la puerta no gira.

Una sonrisa llena su cara, eso es una buena noticia... aunque el médico sádico del interior le grite que tire la puerta abajo y experimente con él como si de una pequeña rata se tratara, por maltratar su cuerpo de es modo tan poco considerado.

Aunque puede entenderlos.

Cuando alarga la mano para indicarle a Takao que vuelvan a su cuarto, el moreno está mas rojo que cualquier cosa de ese color que pueda recordar en ese momento.

Y Midorima es consciente que ellos aún tienen esa asignatura pendiente...

…...

La cuna está montada. Y el cambiador, y dos estanterías, y un vestidor... el baúl para juguetes y una pequeña banqueta con espacio en el centro para las pinturas.

Camina en círculos por la habitación, la mano puesta en lo mas alto de su redondez.

Tres horas desde la última llamada, tres, que se dice pronto.

Solo cuando escucha la puerta abrirse sale del cuarto. Si está herido o no, poco le importa.

Está ahí, con él.

– No aprietes mucho, me han dado una buena. – El labio hinchado, un moratón bajo el párpado izquierdo, la ropa para tirarla.

– Dime que al menos tienes la orden de detención contra ese hijo de puta. – Akashi siendo grosero era hasta erótico.

– Ya he llamado al capitán, y el tipo que casi me mata está en comisaría. Debería estar en el hospital para que me hicieran un parte. – Le besa, nervioso. – No recuerdo todo, no tengo ni idea de que mierda me ha metido, pero sea lo que sea me ha dejado fuera de juego unos días... Quería verte, antes de ir.

– Me alegro. – Aprieta su cara con las dos manos. – De que quieras verme, no de que te hayan dejado hecho mierda. – Un beso, nota la sangre en sus labios, ese sabor tan metálico. – Voy contigo.

– No creo que... – Niega, en serio.

– ¿De verdad quieres discutir conmigo?. – Akashi pasa de él, toma las llaves, y prácticamente le empuja fuera del apartamento sin ninguna consideración. – Voy contigo, y punto.

Camina aferrado a su mano, por delante, casi tirando de él. El móvil en la mano.

– Ryo, soy Akashi, ¿Tienes mucho trabajo ahora?. – Espera la respuesta, que parece complacerle por la sonrisa que adorna su cara. – De acuerdo. Necesito un favor, un informe forense de primera a mi marido. – Espera, frunce el ceño. – Si, ya sé que no estamos casados, pero no dejaré que se me escape, tranquilo. – Le sonríe a Aomine, que le mira divertido. – Te lo explico cuando estemos allí, haz sitio. Hasta ahora.

– ¿Puedo decir algo?. – Aomine se sienta en la parte trasera del coche, se medio tumba, está mareado.

– No, no puedes. – Entra con él, le besa y sale para ocupar el asiento del conductor. – Ya hablaremos cuando vuelvas a ser persona. Ahora a dormir, yo te aviso. O mejor no, para que no tengas opción a escapar.

– Muy gracioso. – Sacude la mano en el aire. – No siempre voy a estar así...

– Por eso, me aprovecho ahora, para cuando no pueda.

Una sonrisita y se incorpora al tráfico, rumbo a la morgue con su preciada carga.

…...

– Yo pinta.

Tetsu chan baja de la silla, girándose de un modo gracioso. Va donde está el papel que puede usar y toma unas cuantas hojas, sus pinturas y las lanza en la mesa del despacho.

Desde que aprendió a abrir las puertas, estar en su cuarto jugando con sus juguetes es una rareza.

Adora explorar la casa, y sobre todo, estar en el despacho del tío Shou, que antes era del abuelo, aunque en su mente infantil ese recuerdo ya no esté presente.

La abuela le vigila de cerca, aunque sigue en el pasillo.

Sigue preocupada, pero no sabe que hacer. De momento el niño está a salvo, pero algo le dice que no va a ser así todo el tiempo. Que si quiere hacer algo tiene que ser en ese instante, mientras su hijo mayor esté fuera.

No era tonta, puede que vieja, pero no tonta. Demasiados años casada con un hombre despreciable como para comprender los gestos de él en su propio hijo.

Makoto tenía que saberlo.

Tocó en la puerta de enfrente y esperó a que su hijo le indicara que podía pasar.

Solo una mirada le indicó que algo estaba mal.

– ¿Qué pasa mamá?. – Se acercó a ella. La mujer le señaló el despacho opuesto, para ir allí.

– Hola papá. – Corretea hasta él, toma su mano y le guía a la mesa, a otra silla. – Tu pinta tamien.

– Vale campeón, pintaremos algo bonito. – Su madre sigue con la misma expresión. – ¿Qué ocurre mamá?.

– Tienes que irte. Tetsu chan y tu, debéis iros de aquí, alejaros por un tiempo. – Le aguanta la mirada, lo bastante como para hacerle comprender que va en serio. – Tu hermano no está bien de la cabeza... os hará daño, lo sé, me lo dice el corazón.

– ¿Qué dices mamá?. – Bromeó, quitando importancia al asunto. – Solo está estresado por todo el papeleo y eso, se le pasará.

– Tetsuya lleva una semana hospitalizado. – Lo dice mas que en serio, eso capta su atención del todo. – Tu hermano mandó que le dieran una paliza.

– Toy aquí, yaya... no toy hospital. – Tetsuchan emite una risita deliciosa.

– Tu no cariño, tu mamá. – Le acaricia el pelo.

– Mi mamá ta en el cielo yaya.. ¿No tacuerdas?. – Chasquea la lengua resabido. Sigue pintando.

Makoto mira a su madre incrédulo.

La mujer suspira, toma el teléfono de la mesa y teclea un número que lleva apuntado en una hoja que previamente saca del bolsillo. Pulsa la tecla del manos libres.

– Clínica del Doctor Midorima, ¿En que puedo ayudarle?. – Una voz nasal la recibe.

– Buenos días, ¿Puede pasarme con la habitación de Kuroko Tetsuya?, si es tan amable...

– Un momento. – Se escucha un tecleo rápido. – Si, perdone, pero no es posible. Ese paciente no está en condiciones de recibir llamadas por su gravedad. Pero si me deja el recado se lo haré llegar de inmediato.

– Perdón... ¿Pero que quiere decir con gravedad?, ¿Qué le pasa a Tetsu?. – Makoto es quien hace la pregunta lo que hace a la telefonista dudar un momento.

– Discúlpeme caballero, pero esa información no puedo facilitársela por teléfono. Si tiene usted la amabilidad de acudir, le daré mas datos y … – Silencio. – ¿Señor?, ¿Señora?, ¿Se encuentra ahí?.

Cuelga, sin responder.

La mujer le quita el teléfono y le facilita una hoja con los números que puede necesitar, dinero y la documentación necesaria para que pueda salir del país sin problemas durante un tiempo.

– Llama a este agente cuando estés a salvo. Dile que el niño está contigo, y haz lo que te diga, ¿Me has entendido?. – Ahora es ella quien ordena y manda. – No quiero que estés aquí cuando vengan a detener a tu hermano...

– Aomine... Bien. – Sale disparado, dispuesto a hacer una maleta ligera, tomar unas pocas cosas del niño y salir pitando lo mas rápido que pueda. – En cuanto nos instalemos le llamo.

– Cuídate mucho, y cuida de mi nieto. – Un par de besos de despedida.

Y por primera vez desde que entró en aquella enorme mansión, lo único que podía sentir a su alrededor era un enorme y atronador silencio.

Y una paz infinita.

Estaba haciendo lo correcto, y eso era bueno.

O0000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000

Hale, otro cap, yeihhhh, me ha encantado escribir la escena de Takao, es un perso que adoro.

Gracias por vuestro apoyo y comentarios.

Nos leemos en el siguiente

Besitos y mordiskitos

Shiga san