El niño por fin se había quedado dormido; sin duda para él, al igual que para ella, ese había sido un mal día, y a toda costa quería olvidarlo. Ollivander, Dumbledore, Harry, Ron… constantemente esos nombres se repetían en su cabeza una y otra vez, y le era imposible olvidarse de ellos. Aunque en realidad no quería hacerlo. Contemplaba a su pequeño mientras dormía, hasta que se acordó que debía tener unas palabras con Barty. Caminó con paso rápido hacia su cuarto y, al estar la puerta entreabierta, lo vio tendido en la cama mirando al techo. Entró y él se incorporó enseguida.

—¿Qué pasa contigo? —Preguntó Hermione a voz en grito mientras cerraba la puerta sin quitarle un ojo de encima.

—No quiero hablar, Hermione –Contestó Barty sentándose en el borde de la cama y mirando al suelo. La rehuía, no quería pasar tiempo con ella y, lo que era aún peor, pareciera que su hijo le importaba bien poco. Al menos, eso le parecía a la chica cuyo rostro se tensaba de ira por momentos.

—Oh, sí quieres. Vamos a hablar —Hermione puso los brazos en jarras, como solía hacerlo la señora Weasley—. Quiero que me expliques… necesito que expliques, por qué cada vez que el Señor Oscuro hace acto de presencia en esta casa huyes despavorido.

Dicho así, le pareció que la respuesta era más que obvia; pero preguntándole a Barty, quien había servido vehementemente a su señor prácticamente toda su vida, la cosa cambiaba. El joven se atrevió a mirarla a los ojos y, apretando los dientes, balbuceó:

—No me gusta en lo que te has convertido… Por mi culpa, he de decir.

Hermione se quedó totalmente paralizada, no podía creer que esas palabras hubieran sido pronunciadas por Barty y con el tono del arrepentimiento más profundo. Se acercó a él pero se levanto rápidamente y se fue hacia la puerta con intención de salir de la habitación, pero Hermione lo agarró del brazo antes de que pudiera abandonar la estancia.

—A mí tampoco me gusta en lo que me he convertido, lo sabes muy bien. Y, sin embargo, no te culpo en absoluto —Era totalmente cierto; si estaban en aquella situación había sido por decisión de Hermione, una decisión tomada libremente en su momento. Respiró hondo y lo miró, implorante—. No te vayas.

Eso es lo único que sus temblorosos labios lograron decir, a la vez que bajaba el rostro y una vez más, las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos. Barty la observó atentamente llorar y, lejos de hacer algo para que la chica cesara en su llanto, se zafó de ella y abrió la puerta para salir tras de sí dejándola aberta. Hermione, abatida, se derrumbó en el umbral de la puerta de la habitación mientras e ahogaba en su propio llanto. ¿Acaso había hecho algo mal? No había más que complacido a todo el mundo desde que había escapado, siempre había hecho lo que estaba bien; aunque, en ese caso, aunque estuviera haciendo lo que tenía que hacer, eso no suponía que fuera lo correcto.

Oyó un portazo; sin duda, Barty había vuelto a salir de la casa. Hermione se levantó a duras penas para ir a ver a su bebé mientras dormía. Abrió la puerta con cuidado mientras se secaba las abundantes lágrimas que poblaban su rostro, y se acercó con sigilo a la cuna que se hallaba junto a la ventana; el niño dormía plácidamente, ajeno a los últimos acontecimientos. ¡Qué suerte la suya! Hermione no podía creer que Barty estuviera tan ausente y tan irritado, y lo peor de todo es que no mostraba apenas cariño por la criatura que habían enjendrado, y eso le dolía más que nada.

Esa noche, Barty no volvió a casa. Hermione lo había estado esperando hasta bien entrada la madrugada y, cuando por fin se había quedado dormida, el llanto de Joseph le impidió seguir durmiendo. Se levantó y fue a darle de comer. Por lo visto era el único varón de esa casa que realmente necesitaba algo de ella, y pensar en ello la apenaba aún más. Entró en su cuarto y lo atendió como solo una madre sabe, intentando no pensar en nada aunque se le antojaba muy difícil. Además, estaba el hecho de que tendría que llevar a su hijo a la Mansión Malfoy para que lo vieran todos… ¿Acaso era eso era estrictamente necesario? ¿O era otro acto vil más de Voldemort para manipularla? Más bien se inclinaba por lo segundo.

Estaba realmente agotada por no haber pegado ojo en toda la noche, así que decidió echarse un rato antes de comer. Barty seguía fuera, lo que acrecentaba el nerviosismo que llevaba arrastrando desde que se había marchado., y la hacía imaginarse todo tipo de hipotéticas desgracias que podrían haberle ocurrido. Se recostó en el sofá con esos pensamientos y, por fin, se sumió en un profundo sueño. Apenas llevaba una hora dormida cuando un ruido la despertó súbitamente; creyendo que era su hijo de nuevo, se dirigió a su habitación a paso rápido, pero cuando se percató que no había sido él, volvió al salón. Nada más poner un pie en esa habitación, se tapó la boca para que el grito que había estado a punto de proferir pudiera despertar al bebé.

—Rodolphus…—Musitó—. ¿Pasa algo?

La expresión de la cara de Rodolphus no hizo sino remover aún más los malos pensamientos en la cabeza de Hermione, pues el hecho de que algún mortífago aparecía en su casa no era buena señal. El hombre esbozó una leve sonrisa llena de perversidad, y eso la aterró; pero se mostró firme.

—Solo quería ver a la criatura, Granger —. Rodolphus, que se hallaba sentado en uno de los posabrazos del sofá favorito de Barty, se levantó. Hermione deseó con todas sus fuerzas que no avanzara más, pero cuando se quiso dar cuenta ya se había puesto frente a ella y no paraba de observarla de hito en hito.

—No… no va a poder ser. Está dormido y no puedo despertarlo —. Hermione de repente estaba inquieta. Sentía el suave aliento de Rodolphus, cuya boca estaba muy próxima a la suya. Tragó saliva y dio un paso atrás.

—¿Qué ocurre? No me digas que te he puesto nerviosa… —. Rodolphus se cruzó de brazos esbozando una gran sonrisa de satisfacción; pareciera que todo aquello realmente le estaba divirtiendo.

—No —. Contestó quedamente Hermione. ¿Qué le pasaba? Odiaba a Bellatrix y a todo lo que tenía que ver con ella, pero nunca había intentado detestar a Rodolphus; quizás fuera porque siempre había mostrado ser cordial con ella. Y ahora se encontraba con que no podía ni mirarle a los ojos… ¡Por Merlín! Ella amaba a Barty con todas sus fuerzas, ni se le pasaría por la cabeza… Rodolphus no.

Estaba haciendo estas elucubraciones sin percatarse de que el hombre le había cogido las manos y la atraía hacia sí. Ella, al darse cuenta, se soltó inmediatamente, asustada.

—¿Qué demonios haces? Será mejor que te vayas…

La voz le temblaba; apretó los dientes esperando que Rodolphus viera que no le interesaba lo más mínimo mantener ningún tipo de contacto con él, pero de improviso, el hombre la agarró por la cintura y se lanzó a besarla. Al contacto de los labios de él con los de ella Hermione, lejos de sentir la más absoluta repulsión alimentada por todas las circunstancias que antes había estado describiendo, no pudo separarse de él siquiera. No quería; y era extraño, pues no sentía nada por él. O eso es lo que su mente quería hacerle creer. La calidez de aquel beso la acompañó hasta después de separarse de Rodolphus, en un arrebato de dignidad, en el cual le propinó una sonora bofetada que provocó que el hombre se riera con ganas.

—¿Has venido a ver a mi hijo o a abusar de mí? —Hermione estaba pagando con él su propia imprudencia, pues Rodolphus bien se había percatado de que la chica deseaba ese beso más que él. La cara de Hermione se puso tan roja como lo hacía el rostro de Ron siempre que se avergonzaba.

—No es abuso si la otra persona quiere —. Respondió tocándose la mejilla dolorida.

—¿Y quién te dice que yo quiero? —La actitud de Rodolphus estaba aterrorizándola, así que poco a poco fue acercándose, sin que apenas se notara, hacia el sofá donde se había dejado su varita. Había sido una imprudencia no llevarla de la mano en todo momento. A medida que se acercaba al mueble, más se agitaba su corazón.

—Vamos, Granger. No hace falta ser un genio —. Rodolphus se iba acercando a ella conforme la chica se alejaba, mirándola a los ojos sin pestañear. Sin embargo, en una bajada de guardia de Hermione, Rodolphus se abalanzó de nuevo, pero esta vez supo reaccionar a tiempo: cogió rápidamente su varita y apuntó al blanquecino cuello del hombre con ella.

—Más te vale que me sueltes —. La punta de la varita de Hermione se hundía en la carne de Rodolphus y, viendo el tenso rostro de la chica, este se separó de inmediato de ella.

—Tienes agallas –decía Rodolphus mientras se tocaba instintivamente el cuello-. Ahora veo por qué el Señor Oscuro te ha pedido expresamente que nos acompañes a Hogwarts. Seguro que nos eres útil.

—Te… ¿Te ha dicho cuando será eso? —.La cabeza de Hermione dabamil vueltas debido a todo lo que acababa de pasar en tan solo unos pocos segundos.

—Creo que lo dirá en la próxima reunión… Cuando presentes a tu retoño ante todos —Rió con fuerza, provocando que el bebé se despertara y comenzara a llorar intermitentemente—. Vaya, se ha despertado…

Hablaba con tanta indiferencia que a Hermione se le helaba la sangre. Tendría que salir por la puerta en ese mismo instante, quisiera o no.

—Vete —. Le ordenó Hermione a Rodolphus, asiendo su varita con fuerza y lista para lo que fuera menester.

—Está bien. Creo que debo volver con mi esposa…

La chica se sorprendió que nombrara a Bellatrix, cuando de sobra era sabido por todos que ese matrimonio era pura fachada. Y Rodolphus también pareció notar la sorpresa de Hermione, puesto que, viendo la expresión de su rostro que la chica no logró esconder, dijo en voz baja:

—A veces hay que aparentar. ¿No crees?

Abrió la puerta y se marchó, dejando tras de sí una estela negra cuando desapareció.