Parte 28: La funesta destrucción
Cuando sólo reine Amor, nada existirá, pues las lágrimas vertidas sobre Caos serán absorbidas por su magnánima no existencia. Cuando sólo reine Odio, no será posible la existencia, pues la sangre vertida por su reminiscencia destruirá a Caos. De la unión proporcional de Amor, Odio y Caos, puede existir todo, pues odio odiara, amor amara y caos armonizará.
La alianza será un ciclo nuevo, cuyo soberano sólo será organizador y guía de las Fuerzas Elementales. Soma de la Veda, el Demiurgo segundo, Dios único y Cosmos inmortal: El caballero Eterno cuyo ser es la paradoja de la suma de lo que no es y será. La sola confusión de su alma, si es que existe, se haya sumida en su somátida, caldero primordial del Nuevo Orden.
Caos, tú que eres a la vez Fuego, Tierra, Viento y Agua, has de ser gobernado por la fuerza inteligente, razón primigenia y extraditada del Olimpo. La hora póstuma ha llegado y su presencia amenaza el conjunto armónico existente.
Todo sumido en la oscuridad y las tinieblas. El sólo reflejo en el pulido mármol de la luz de las velas asustaba por la quietud de sus llamas. Los resplandores naranjas confundían colores. La melodía de los condenados hacía sentir el poder a un solo hombre, que ante la luna de plata alzaba su faz.
Los pilares de la Tierra, el Olimpo y todo lugar existente habían sido reducidos a escombros ya, quedando sólo un único bastión sustentador de su vida, a su vez alimentado por nueve cosmoenergías quebradas e insignificantes para alguien cuyo poder trascendía de lo puramente real.
La iglesia de Parnase no parecía tal. Un cambio había acaecido en ella desde que Laertes y Antíclea destruyeron los grabados de su bóveda para siempre. Ya todo parecía haber perdido su orden. El efímero mundo estaba sometido a aquella última obra de arte desvanecida. La gran cúpula no dejaba de agitarse como un mar en miniatura. Bajo su ilógica realidad, el resto del templo continuaba siendo lo que era sólo en su esencia: la idea de templo.
El suelo que antes estaba formado por losas de entremezclados pasteles que dibujaban personas había desaparecido dando lugar a una prolongación cristalina y semitransparente cuyo fondo no era otro que el color del mismísimo fuego del infierno. Sus columnas, presentes en la nave central, brillaban en un tono esmeralda, casi acabado y giraban sobre sí mismas retorciéndose por el dolor que lo inerte jamás tendría. Los bancales de ébano que apuntaban al supuesto altar, estaban ahora como desorganizados, unos más altos e inclinados que otros en lo que parecía ser una aparente ingravidez. Estaba claro que el portal de la Somátida ya se había abierto.
Sila y Udián llegaron en aquel instante a la vacía iglesia preguntándose por el paradero de sus compañeros. El silencio rey pareció señalarles la nada con su voz misántropa, pero el terror del cambio de aquel lugar se cernió en los ojos del caballero del deseo.
-Esto es… obra del mismísimo demonio. Me quedo sin palabras para describir este grotesco lugar…- replicó el moreno.
-Sila, nada es lo que realmente aparenta ser. Puede que sólo lo veas como un juego, pero es lo que Soma hace. Manejar los hilos de nuestras vidas y hacernos ver lo que él desea. Los aposentos de Soma nunca existieron.-
-¡¿Cómo?!-
-El los creó para nosotros al igual que todo Parnase. Como creador legítimo, puede alterar todo orden, más ahora que posee el cosmos de toda la historia reunido sobre su propio cuerpo.- El caballero de la sabiduría ya imaginaba el desenlace.
Un estruendo quebró el cristal del silencio que existía. En el centro de la sala, una esfera negra liberó cuatro relámpagos que se alzaron al cielo destrozando la cúpula de la iglesia en cuatro cuartos. Sobre cada uno, un grabado de una sombra montando un corcel cobró vida, apareciendo ante los dos jóvenes. La altura de las criaturas era sorprendente. Cada uno de aquellos jinetes debía medir más de cuatro metros.
-¿Qué sois?-
-Ellos son las cuatro sombras angelicales de Soma. Los Destructores Elementales. Por más que les hables, no te responderán. Cada uno lleva una lanza con el poder de segar la vida a cada elemento existente. Su misión no es otra que sembrar la destrucción.- explicó Udián con serenidad.
Cada ser comenzó a cabalgar, y por donde pasaban el gris se hacía único soberano de todo. Como si un vidrio fuese la gran iglesia, todo se deshizo cayendo a la nada. Sólo quedaba un emblema de cristal en el centro de todo el vórtice negro que envolvía a los védicos.
-¿Dónde estamos?- Sila parecía nervioso e incluso aterrado.
-En la última página del Libro del Destino. Todo tiene un alfa y una omega. Pues bien, esto es el omega de nuestra era.-
-Udián, ¿quién ha concedido ese poder a Soma?-
-Soma ya no es lo que era. Ha trascendido el nivel de un dios convirtiéndose en el creador. Ya sólo nuestras voluntades nos mantendrán con vida.-
-¿Dónde están los demás?-
-Viviendo esta misma pesadilla. Los Destructores Elementales, como los Jinetes del Apocalipsis, están acabando con todo. La propia esencia de la madre tierra corre peligro y es el nuevo objetivo de Soma.-
-¡Maldito seas!, ¡¡Soma!!- gritó el joven muchacho sintiéndose impotente. El emblema sobre el que estaban no era sino un fino cristal con grabados incomprensibles.
Un enorme ojo ocupó todo el lugar, observando a los dos muchachos allí, tan asustados como un insecto en el universo. Su color era incognoscible. Seguidamente a su parpadeo, comenzó a resonar una fuerte voz:
-Yo designo a Arqué como el color de mi iris. El color que en los sueños habréis visto con seguridad. Este color no es más que el prefacio de vuestra destrucción, humanos deleznables.
Lo que antes era un ojo abierto cerró su gigantesco párpado, tras lo cual una mano dejó de ser etérea mostrándose ante Sila y Udián. Aquel enorme miembro extendió su palma y separó sus dedos. Entonces, comenzó a sangrar un líquido más rojo que la propia sangre.
-Y designo a mi sangre Ícor divino…-
-¿Cómo demonios haremos frente a esto?- preguntó Sila sin fe alguna.
-La esperanza, Sila, nunca se ha de perder. Sólo somos mortales con el derecho de morir garantizado. ¿Qué más da hacerlo de una u otra forma si estamos condenados a ello?-
-¿Udián? ¡Tú no puedes…!-
-¿Acaso podemos luchar con algo que no existe?- gritó estupefacto por aquellas imágenes que en la nada aparecían.
-Vuestra locura… personajes de mi creación, no seréis más que criaturas irrelevantes que caerán en el olvido de lo efímero. Sólo os queda la decisión de cómo ha de ser vuestra muerte…-
Todo el vacío reflejó por unos segundos toda la muerte existida desde la era mitológica. La imagen de una dama de altura media en cuyos brazos había una guadaña se apareció sobre el emblema cristalino en que los caballeros se encontraban. Alzando el arma, la criatura golpeó el centro de la pieza, quebrándola y dejando suspendidos en la nada a Udián y Sila. Una estruendosa carcajada les dejó ensordecidos unos momentos. Seguidamente, la gravedad les hizo caer a velocidad vertiginosa hasta que pudieron contemplar un palacio cristalino ante el cual el azul era dueño de todo. Sin golpearse contra el suelo, pudieron retomar el equilibrio y caer de pie. Delante de ellos los cuerpos de Saga, Shaka, Cletus, Estela, Ikki, Aioros, Atenea y Agni miraban atentos un punto luminoso ante ellos.
-¡¡Agni!!- gritó Udián. El mimético se giró y señaló al punto luminoso.
-¿¡Sientes el terrible cosmos que emana!?- preguntó el muchacho de coraza verde esmeralda.
-No querrás decir que Soma es…- Sila palideció.
El Caballero Eterno adquirió forma ante ellos como nunca antes había hecho. Su cabello ya no era rojizo, sino plateado. Laertes era tan pálida como la nieve y sus armas negras, como la muerte. Los ojos que hasta ahora habían sido de tono indeterminado, fueron arqué y parecieron manar fuego. Sus facciones eran tan delicadas que parecía frágil como persona.
-Yo soy.- afirmó rotundamente. -y vosotros pereceréis en este mar de caos.- Una sonrisa lacónica acabó en la seriedad de su faz. -Todo está en un eterno devenir y yo le pondré fin. La vida es parte del ciclo entre dos muertes, y la muerte es parte del ciclo entre dos vidas. Vosotros seréis parte de la nada, y de la nada surgiréis de nuevo sin ser lo que sois. Yo, sin embargo, soy, fui y seré.-
-¡¡Eres un demonio!!- increpó el caballero del deseo.
-Y si así fuera… todo habría caído en mis manos. ¡Necesitáis una purga!-
-Sólo Dios tiene derecho a elegir el derecho que los mortales tenemos.- increpó Virgo.
-Shaka, ¡yo soy Dios! Tal y como uno de vuestros pensadores decía sin equivocarse, o dios no existe, o es un malvado. ¡¡Aquí está la respuesta ante ese hombre que destruiría el mundo si tuviese una sola oportunidad!! Seguro que conoces el pensamiento de Nietzsche, ¿no?-
-Así es.- afirmó Virgo tembloroso ante aquella criatura divina.
-Sus pensamientos no son más que motivo de mi risa. ¡¡Yo soy!! ¿No lo entiendes? Vuestras ideas son mis imágenes… Si mi voluntad es erradicaros, así será.- Soma se comenzó a regocijar ante el terror puro de los presentes.
Ante un chasquido de los dedos de Soma, todo adquirió una mezcla de colores y se extendió hasta el infinito. El castillo de cristal desapareció.
-Natura es mi vasalla. Las estrellas existen porque mi voluntad es esa. ¡¡Nada tenéis que hacer ante mí!!- De la espalda de Soma comenzó a brotar algo. Su coraza estalló y al caer al suelo, engendró un prado eterno de matices verdes y flores amarillas, rojas, y de casi todos tipos. Un par de alas blancas se alzaron al cielo negro y lo rellenaron en añil. Como si nada hubiera ocurrido, la vestimenta del dios se regeneró.
-El Elíseo… La raíz de Parnase.-
-Hemos de poner fin a esto. ¡¡¡Si nuestra muerte es cierta, moriremos enfrentándote!!!- amenazó Saga con ira incontenible.
-Estúpido… desaparece de mi vista.-
Soma parpadeó y el caballero Géminis fue despedido al cielo con tanta violencia como pudo imaginar. Tras más de diez segundos de caída, impactó contra el húmedo suelo sin hacerse daño milagrosamente.
-¿Comprendes ahora lo que podría hacer?- inquirió el nuevo Dios mientras Saga levantaba algo aturdido, aunque ileso. -Podría masacrar tus huesos uno a uno y luego rehacerlos para volver a comenzar.-
-El miedo no es una opción. Miles y miles de muertes hemos sufrido en nuestras carnes como para aterrarnos a un solo paso de la victoria.- alegó el caballero dorado. -Si la muerte es la respuesta, es hora de que saltemos hacia ella.-
Todos y cada uno de los presentes alzó su guardia ante la incredulidad de Soma, que comenzó a reír como un poseído. Dejando arder su cosmos, todo fue envuelto en un manto de vida y crueldad que los guerreros pudieron percibir.
Shaka, Saga y Aioros adoptaron una pose que dejó a Atenea sorprendida. La trinidad en que se unieron delató sus intenciones. Virgo a la dercha, Géminis a la izquierda y Sagitario en el centro unieron sus manos y gritaron hasta quedarse sin voz:
-¡¡Exclamación de Atenea!!-
Un temblor lo sacudió todo y el resplandor que de sus manos salió fue lo más bello jamás imaginado. A su vez, el relámpago de cosmos era escandalosamente agresivo. La distancia que el divino trueno recorrió entre los santos de oro y el Dios se hizo nula en segundos, impactando en lo que fue la mayor explosión de cosmos jamás vista. El sonido de la debacle fue tal que dejó sordos por unos instantes al resto de caballeros que pretendían acabar con el dios.
Tras toda la humareda, la figura de Soma seguía intacta, de pie e impasible ante los desconfiados ojos de los dorados. Un hilo de sangre brotó de su frente hasta recorrer toda la mejilla y finalmente caer al suelo.
-¿Habéis acabado ya?- Soma ni se sorprendió por la herida recibida. -Podéis repetirlo cuantas veces queráis, que mi armadura me protegerá. Sin exagerar, está hecha de puro cosmos. Si vosotros sois tres y habéis provocado tal despliegue de poder, imaginad qué podría yo hacer poseyendo el cosmos de los billones y billones de seres que han poblado Tierra y Olimpo desde el primero hasta el último. ¿Sabíais que entre todas estas almas hay gente incluso más poderosa que todos vosotros unidos? Por supuesto hablo de las almas de Zeus, Urano, Pontos, Cronos, Poseidón, Hades, los Titanes y cualquier ser que deseéis.-
-¿¡Cómo!?- preguntaron todos impresionados. Si aquello era cierto, nunca tendrían una posibilidad.
Como si el prado mágico en que se encontraban cobrara vida, se volcó sobre sí. Tras una fugaz deflagración y su negro ceniciento, aquellos caballeros se encontraban en la iglesia del cuarto torreón como si nada hubiera pasado.
-El portal a la Somátida…- replicó la voz de Soma.
-Caballeros… esta será nuestra última batalla.- Atenea parecía temer por la vida de los presentes.
La luna, cuyo esplendor podía ser visto desde el palco del templo con detalle, se volvió roja pareciendo sufrir de nuevo el conjuro del sol. Soma de la Veda, entonces, apareció a unos metros de todos con un gesto de arrogancia.
-Y habéis llegado aquí pasando por tanta muerte y destrucción que consideráis mi obra impura. Habéis incluso acabado con la vida de Egaria, aquella con la que sería engendrada la nueva estirpe de seres…-
-Así es.- Sila parecía haber perdido su terror. Cerrando su puño, esperó el momento propicio para atacar.
-¿Todavía pretendes atacarme, Sila?- El Caballero Eterno negó con la cabeza rotundamente.
-¡Lucharé por mi diosa!-
-¿Has oído, Atenea? ¿Acaso este mocoso insolente es ahora tu nuevo protegido?- preguntó desconociendo el verdadero significado de las palabras del caballero del deseo.
-Le protegeré…- afirmó la bella Saori sin responder directamente a la pregunta.
-¡No me hagas reír, cucaracha insignificante!-
La figura del dios desapareció dejando todo sumido en tristeza y oscuridad, pues con él las llamas de las velas se apagaron. Un poderoso cosmos se centró en la cúpula de la iglesia.
-Si es lo que queréis, jugaremos… ¡Nadir Creciente!-
Una esfera oscura envolvió los cuerpos de todos los presentes haciéndolos chocar entre sí por impulsos de gravedad de hipocentro desconocido. Miles de truenos negros en el interior sacudieron a los guerreros sin piedad, destrozando sus vestimentas y abriendo heridas en sus cuerpos con crueldad. Los aliados del presente cayeron desperdigados por el pasillo de la nave central de la iglesia.
-¿Eso es todo?- Soma rió como si hubiera obtenido una victoria ya irrevocable. -¿Tantas ansias de pelear y ahora te haces el muerto, Agni?- El caballero védico del mimetismo se hallaba a los pies del todopoderoso sangrando por los cuatro costados y despojado de su vestimenta.
Soma agarró el cuello del muchacho y lo lanzó al aire, donde sin dejar que cayese, le atravesó cientos de veces con hilos de puro cosmos. La sangre del muchacho brotó al exterior como impulsada por el demonio. Todo el suelo, de colores suaves quedó mancillado por el líquido rojizo.
-¿Ahora qué?- todavía, sin haber caído, el dios dio la vuelta a su cuerpo y le arrastró hasta que su cráneo colisionó de forma brutal contra el suelo. Los ojos del caballero perdieron su brillo.
-¿Todos sangráis igual? ¡Voy a bañarme con vuestra sangre, cerdos!-
-¡Tú no eres un verdadero dios!- gritó Sila mientras levantaba.
-Sabía que me traicionarías, pero tú también sabías que no iba a permitir que la mocosa esa se salvase. ¡Ahora me odias, pues yo te mataré como a ella la mandé a la muerte!-
Sila comenzó a sentir cómo un viento le arrastraba hasta que finalmente fue despegado del suelo y arrojado contra una columna de la sala. El impulso era tan grande que quedó incrustado en ella. Entonces, el regente de la Veda frunció su ceño.
-¡Impulso Divino!- El cuerpo del ser supremo se iluminó en pálida luz, y un haz blanco recorrió la distancia entre él y Sila cortando todo lo que había entre medias. El caballero del deseo recibió un doloroso impacto que cortó su abdomen sin piedad. El corte que el valiente había recibido le hacía perder más sangre de la que podía dar. Como una lívida hoja, cayó al suelo derrotado.
-Parece mentira que olvidases cómo te derroté antes. ¡¿Si no pudiste ni tocarme entonces, cómo demonios lo ibas a hacer ahora?!-
Soma dejó de ser etéreo y apareció ante los presentes como realmente era: Sus ondulados bucles anaranjados y los tonos arché y negros de la bella armadura mostraron a sus contendientes que no habían hecho más que el tonto enfrentándose a la mera ilusión que proyectó.
-Era el poder de Letheus, que como el de todo ser fenecido, me pertenece. ¿Os gustó el don de la ilusión?-
Cletus de Escorpio no salía de su asombro. A pesar de ser tan poderoso como lo fue su maestro, no podía ni imaginar la victoria ante tal oponente. Ikki puso su mano derecha en el hombro del joven y le alentó con una sonrisa.
-La justicia no puede perder.- Por primera vez, el tono de Fénix rebosaba calma. Más que aquel caballero impetuoso que fue, ahora parecía un hombre sereno. Súbitamente, como pasó en la batalla contra Hades, su armadura cambió de aspecto y se regeneró por completo. Su vestimenta de bronce se había divinizado por segunda vez. -A diferencia que esas armaduras de oro, los ropajes de bronce no se alimentan del cosmos.-
Soma contempló el nuevo aspecto de Ikki con una media sonrisa en su prepotente faz. Desenvainando sus armas, el dios alzó la guardia.
-Adelante, príncipe del infierno.-
El caballero del Fénix se alzó en el aire, ejecutando con sus manos el poderoso poder de su ave mítica. A pesar de la cantidad de golpes que recibió en su enfrentamiento contra Egaria, no estaba resentido. El cosmos de Atenea le otorgó el poder que necesitaba.
Las furiosas llamas con forma de pájaro avanzaron contra Soma, arrasando todos los bancos de madera y convirtiéndolos en cenizas. El suelo de la catedral no ardió, y por supuesto, el cuerpo del enemigo común tampoco. Colocando sus espadas en cruz ante la lluvia ígnea, había absorbido la agresión y nulificado completamente sus efectos negativos.
El caballero eterno levantó sus armas y éstas iluminaron toda la estancia con un fulgor amarillento. Ante los guerreros, la capa magenta de todo lo existente fue absorbida por Laertes, la amarilla, que abrazaba a todos los objetos pasó a ser de Antíclea y, finalmente, el resplandor único y azul que quedaba, fue tomado por Leúcade. Todo quedó envuelto en una escala cromática gris.
-¡Arcoiris Cósmico!- Toda la luz absorbida fue expulsada de golpe formando una aglomeración de matices que corrió contra Ikki, Cletus, Saga, Shaka y Aioros. Tras la terrible explosión que destrozó columnas, suelo y techumbre, todo recobró su color habitual.
Los cinco objetivos del ataque cayeron al suelo despojados de sus armaduras. Los fragmentos de éstas se entremezclaron mientras golpeaban los escombros. Un río de sangre corría a la parte más hundida del destrozado piso.
-Udián. ¿Tú también decides luchar contra mí?- cuestionó el todopoderoso con tono indiferente.
-Lo siento, mi señor…- Antes de acabar de hablar, el védico de la sabiduría fue atravesado por los dos estoques sagrados. -¿¡Cómo!?- gritó el rubio mientras veía como todo se inclinaba ante él.
-Atenea… ¡Sólo quedas tú!-
La diosa de la justicia caminó despacio hacia el dios, evitando pisar los cuerpos de sus guardianes. Los supervivientes, incapaces de evitar su marcha, la miraron con ojos desorbitados. De las manos de Atenea surgió Nike, el báculo que siempre había portado.
-Cuando todo parece llegar a su final, nosotros tenemos esperanza.- alegó la diosa con lágrimas en sus ojos. Al golpear una de ellas sobre las grietas del suelo, un resplandor cubrió su cuerpo, envolviéndolo en su majestuosa armadura, totalmente impresionante.
-¿Te has resuelto a luchar, Atenea? Sólo a ti te he dejado esa oportunidad…- Soma cortó el aire horizontalmente, pero a pesar de tener como objeto a Atenea, Udián detuvo el impacto interponiéndose. Al caer, todo quedó manchado en rojo.
-¡¡Udián!!- Saori se agachó para intentar reanimar al joven.
-A… Atenea, era mi penitencia por haberos… hecho tanto mal…-
Entretanto, el maléfico dios alzó los cuerpos de los moribundos caballeros y los empujó con su cosmos detrás de él, justo para arrojarlos por el balcón. Él ya sólo los consideraba morralla.
-¡No te atrevas!- Shaka consiguió repeler el golpe de cosmos logrando proteger a los presentes a excepción de Ikki, que se precipitó inconsciente hasta acabar consumido por la catarata de Parnase.
-¡¡Retribución Kármica!!- gritó el exhausto caballero de Virgo. Una corriente de energía colisionó en plena coraza de Soma, resultando inútil.
-¿Me vas a devolver mi empujón? No conseguisteis rozarme con aquel ataque. ¿Qué conseguirías haciendo eso sin llevar tu armadura?-
-¡Venceremos, maldito dios!-
Shaka consiguió correr con sus pocas energías a donde el tenebroso estaba. Esperando el momento propicio, cortó en horizontal con Laertes el cuerpo del joven, que resistiendo el tajo, agarró el rostro de Soma.
-¡Capitulación del Demonio!- Virgo hizo estallar sobre el Eterno una corriente cristalina parecida a la retribución de antes. Sus efectos fueron nulos y el dorado cayó al suelo derrotado.
-¿Alguien más?-
-¡¡Shaka!!- Atenea se derrumbó admitiendo su propia debilidad e implorando el perdón para la humanidad. -¡Detén esto! ¡No puedes matarles así!-
Ante la respuesta silenciosa de Soma, la diosa quedó horrorizada de cómo éste clavaba la hoja de su espada en el corazón del desvanecido Shaka. Udián, contemplándolo todo desde el suelo, consiguió girarse sobre sí hasta mirar a Atenea a los ojos.
-La fuerza… no es la clave…- susurró débil.
Soma alzó el cuerpo de Udián telepáticamente y con sólo desearlo, hizo que explotase en millones de trozos. Los restos del caballero cayeron al suelo convertidos en plumas de tonos blancos, amarillos y azulados. La sangre del caballero no mancilló nada.
-Con esto ya han caído tus dos aliados más sabios, Atenea. He decidido matarte la última para que seas testigo de tu debilidad.- El guerrero divino rió tras su sadismo.
-¡¡Shaka!!- Gritó terriblemente furioso Saga. Aioros consiguió levantar y tensó su arco.
-¡Ruptura del Infierno!-
Miles de flechas doradas corrieron en espiral contra Soma, que las detuvo con la mente antes de que le rozasen. No podía parar de reír. El dios las revirtió y provocó que todas y cada una de ellas atravesaran al joven y lo arrastrasen a caer por el precipicio del balcón de la iglesia.
-¡Ridículo! ¿No comprendéis que mis designios son inescrutables?- Soma ejecutó una lluvia de rayos sobre los magullados supervivientes, incluyendo a Atenea. -¡Sufrid, malditos traidores!-
Agni levantó, terriblemente demacrado pero con un amago de sonrisa en su rostro. Había contemplado todos y cada uno de los movimientos que se habían hecho hasta aquel entonces y guardaba un pequeño as en la manga.
-¡Ruptura del Infierno!- El mimético plagió el ataque de Aioros con su cosmos y condujo la espiral de flechas a Soma. El dios, conociendo las intenciones que albergaban, las detuvo en el espacio y de nuevo invirtió su curso haciendo que todas corrieran a buscar a Agni.
-¡Ya deberías haber escarmentado!- Fue entonces cuando Agni recordó el movimiento que presenció de Sila en su enfrentamiento contra Exeo y recordó la inmolación de su brazo. Dando zancadas rapidísimas, superó todas las flechas y abrazó a Soma. Nuevamente, las picas giraron y fueron hacia la pareja a velocidad endemoniada. Agni fue atravesado centenares de veces manchando la negrura de la impenetrable armadura de Soma con sangre.
-¡Imbécil! ¡Te has sacrificado por estupidez! ¡Nunca conseguirías herirme y lo sabías!- gritó Soma al éxtasis del poder.
-Yerras…- dijo el védico moribundo mientras perdía fuerzas e ibas resbalando al suelo. -Yo no pretendía herirte…-
-¿¡Cómo!?- exclamó. Al querer protegerse de las flechas, Soma había colocado sus espadas ante él, y tras haber atravesado al mimético, las flechas las habían destruido. Laertes y Antíclea se destrozaron ante los propios ojos del poderoso soberano. -¡No es posible!-
-Aún perdiendo su vida…- dijo Sila levantándose impregnado en sangre y sudor. -Ha decidido regalarnos esta oportunidad.-
Saga consiguió poner en concordancia las fuerzas que le quedaban para alzarse de su decadencia en el suelo. Cletus, malherido y sin perder de vista a Estela, lo hizo también. Ya sólo quedaban tres caballeros en disposición de combatir pues la chica seguía inconsciente.
-¿Y qué quieres que digamos ahora, caídos todos y malheridos?- preguntó Géminis.
-No abandonaremos jamás de los jamases. Sabemos que no hay nadie como nosotros en el universo. ¡No tenemos derecho a perder!- gritó el triste caballero del Deseo.
-Ya sea por nosotros, por nuestro amor o por Atenea, que está ante ti, no dejaremos que esta oportunidad corra. ¡Hoy podemos decir que no moriremos ante tu perversidad! ¡¡Somos los invencibles santos de Atenea!!- Cletus demostró su valentía saltando a por Soma el primero. Aquello que dijeron todos como grupo saltó las lágrimas al caballero del deseo, que comenzó a escudriñar en su interior lo que más deseaba en el mundo.
Escorpio tenía el cosmos disparado y, aunque su armadura y su estado no fueran los adecuados, no tembló ante la sola idea de la muerte. Decidió ganar la partida Provocando el mayor estallido de cosmos imaginable en un humano. La terrible Antares corrió vertiginosa contra Soma alcanzando rozar su faz y enfureciéndole mientras una gota de su aristocrática sangre caía al suelo.
El cosmos del dios se iluminó y corrió hasta alcanzar a Cletus. Con un puñetazo hizo que cayese al suelo. Tras una patada, le arrastró levantándolo contra una columna que derribó del impulso. Finalmente, el dios puso fin al cosmos del chico con un despliegue de luces formidable. La Lluvia Tenebrosa caía del cielo destrozando el techo de la iglesia y precipitándose toda contra el joven, alcanzado por terribles estallidos que le azotaron hasta acabar con su conciencia.
-Hijo de los mortales, tu sufrimiento no ha hecho más que empezar, pues te dejaré agonizar ante la propia muerte.- replicó el dios. -Ya sólo quedáis vosotros dos y Atenea, que parece traumatizada por tanta muerte. Se decía que ella en el pasado era terrible y sanguinaria, pero yo diría que en el fondo desea vuestra muerte.- Saori no reaccionaba a pesar de que lo intentaba. Debía ser presa de algún conjuro del malicioso dios. Sólo podía seguir llorando ante la impotencia que sentía.
-¡Atenea!- Saga estaba casi ciego ante el dolor de la pérdida de sus compañeros. Cuando se comenzó a dirigir a donde Saori, una pesadumbre le hizo caer al suelo. Era víctima del mismo mal que la diosa.
-Ya sólo estamos tú y yo, Sila. Esto era lo que yo quería desde el principio.-
La iglesia del cuarto torreón había sido destruida por completo y la maldad de Soma parecía no tener fin. El caballero del deseo continuaba en el interior de su pensamiento indagando en su verdadero deseo. Aquello que quería con todo su corazón y que no podía conjurar como guardián de los anhelos.
Una embestida del dios le hizo sangrar por la nariz mientras colisionaba con el mármol del alféizar del balcón. No cabían dudas de que Soma sólo quería divertirse antes de subir el último escalón de su plan maestro. Al fin y al cabo, la raíz de las revueltas de Parnase habían sido a consecuencia de Lartius, padre del joven, cuyo misterioso diario había caído abierto al suelo justo ante él.
-¿Padre?- susurró Sila al leer las únicas palabras que en aquella página había: "El Aliento de la Tierra". -El Aliento de la Tierra.- pensó el joven cayendo en lo más íntimo de sus recuerdos. -fue aquello que acabó con la vida de Lerne.-
