El muchacho agradeció los buenos deseos de la reina con un nuevo asentimiento de cabeza y volvió a caminar en dirección al dragón, intentando aparentar toda la tranquilidad y la seguridad que podía, pero aun así la procesión iba por dentro. Decir que estaba asustado era quedarse corto, aquel bicho imponía tanto que si no fuera porque ya había evacuado esta mañana casi sería un hecho de que se habría cagado o meado en los pantalones, seguramente todo eso a la vez. Mientras caminaba, su cerebro le martilleaba gritándole que tenía que echarse atrás, que no fuera un loco suicida y que aun estaba a tiempo. En el fondo sabía que era una insensatez, que era una locura y una completa irresponsabilidad por su parte. Seguramente moriría y sería pasto de las llamas de aquel dragón, pero algo irracional le impulsaba a ello, de hecho, llevaba tiempo rumiándolo, desde que empezaron las pruebas. En otras circunstancias jamás lo habría hecho, pero ser consciente de quien fue realmente su padre, saber sus orígenes… aun a día de hoy no acababa de asumirlo del todo, a pesar de que todos pensaban ya lo contrario. Sabía por las lecciones de Ser Barristan que los Baratheon tenían sangre Targaryen en sus venas, y a pesar de que sus posibilidades eran nulas, quería demostrarse a sí mismo si era tan valiente y temerario como decían del rey Robert cuando era joven. En cierto modo, si conseguía montar a aquel dragón, se demostraría a sí mismo que, efectivamente, era un Baratheon y era digno de llevar aquel apellido, el hijo del rey Robert. No solo por su valentía, sino porque la mínima sangre Targaryen que fluía supuestamente por sus supondría sería la prueba definitiva de su parentesco.

El dragón quemó a la cabra que le habían colocado frente a él y empezó a comerla, sin tan siquiera hacerle caso. Mientras comía, subió sigilosamente por la cola y ascendió a través de su lomo, notando la carne blanda y caliente a través de sus duras escamas. Su calentura era tal que podía sentir dicho calor en la planta de los pies, incluso portando las botas. Llegó a la grupa del dragón, el cual seguía comiendo tranquilamente y empezó a sentarse lo más lentamente que pudo en él. Pudo ver de reojo las caras expectantes, estaba punto de conseguirlo. Pero de pronto Rhaegal sintió su peso, perdiendo interés en la cabra y, lanzando un rugido, empezó a moverse, intentando quitárselo de encima. Se agarró a la aleta que recorría transversalmente el cuello del dragón como pudo, intentando sujetarse.

- ¡Suéltate muchacho!- Le gritaban desde abajo.- ¡Suéltate o te matará…!

Sabía que debía hacerlo, era lo que le habían recomendado, pero aun así no quería hacerlo, no quería rendirse tan fácilmente. Asió aun más fuerte sus manos a la aleta y se clavó accidentalmente una púa, haciéndole sangrar, pero ni con esas soltaría aquella montura. El dragón, percatándose que no conseguía quitárselo tan fácilmente de encima como los demás, empezó a moverse aun más fuerte, agitando su largo cuello con más energía aun si cabe mientras aleteaba desesperado por sacárselo de encima y chillaba enfadado por no conseguirlo, utilizando también su cola a modo de látigo. Por el brío de aquel movimiento, Gendry se percató que, si soltaba su agarre en aquel momento, volaría por los aires a una gran distancia y la caída sería mortal. Ahora ya no solo luchaba con dominar aquel bicho, sino que también lo hacía por mantener su vida. O lo dominaba o caería en el intento, y no pensaba hacer lo segundo. Clavó los tacones de sus botas en una de las escamas del dragón para sujetarse fuerte, se asió aun con más fuerza de la aleta y empezó a rezar a "R'hllor" por que aquello no acabara en el desastre que prometía ser.

De pronto, sintió como una mano lo agarraba del brazo con fuerza mientras le gritaba: ¡APARTATE! y, antes de que pudiera hacer algo, se encontró en el suelo, mordiendo el polvo. Desorientado y deslumbrado por el sol, se giró y observó desde abajo las enormes patas verdes del dragón, su imponente barriga, y al fijar más la vista, como el cuello y la cabeza del animal se movían frenéticamente. De refilón vio que una de sus patas se levantó e iba en dirección a él con la clara intención de pisarle. Por puro instinto de supervivencia rodó lo más rápidamente que pudo del suelo para que no lo pisara y, en cuanto tuvo una distancia prudencial, se levantó para observar lo que estaba pasando.

Lo que vio, al igual que los demás, le dejó anonadado. La persona que lo había empujado de su montura para sacarlo de ahí era la misma Arya, la cual estaba intentando desesperadamente controlar al animal.

- ¡ESTATE QUIETO, MALDITO BICHO!¡QUE TE ESTES QUIETO, JODER!- La oía gritar mientras forcejeaba para controlarlo.

El animal estaba completamente fuera de sí, chillando, retorciéndose como un poseso, frenético por quitarse la nueva montura. De pronto, vio a la Reina Dragón yendo decidida con un látigo, más que dispuesta a meter en vereda nuevamente a su dragón, pero de pronto el animal soltó un chorro de fuego, de tal tamaño que casi le da de lleno a la reina plateada sin querer, y que, debido a la cercanía, también fundió el soporte de tierra de la cadena que sujetaba una de las patas del dragón. Al quedar esta fundida, el animal ya libre de una de sus ataduras empezó a aletear y a subir a los cielos.

- ¡Hay que pararlo, Rhaegal está fuera de control!- Oyó exclamar a alguien, una voz familiar que en esos momentos no podía identificar debido a la tensión del momento.

- ¡Rhaegal! ¡RHAREGAL!- Gritó con autoridad la reina plateada para que su hijo la oyera.- ¡Vuelve aquí, obedece a tu madre…!

Pero Rhaegal no hacía caso de nadie. Estaba tan ofuscado en quitarse la montura de encima que levantó el vuelo, y, en el aire, empezó a hacer volteretas más agresivas. Estaba tan enfadado que desde el suelo se lo oía chillar y gritar con furia. También vieron como soltó dos llamaradas en dirección a Arya, para ver si la podía chamuscar, pero al estar cerca de su grupa no acertaba con el ángulo.

- No lo resistirá…- Masculló Ser Jorah, sabiendo perfectamente a quien se refería.

- ¡Hay que hacer algo!- Gritó Ser Barristan visiblemente nervioso, mientras veían como los dos seguían elevándose en el aire.- ¡Arqueros, preparad las flechas!

- ¡NI HABLAR!- Rugió entonces la reina plateada en dirección a Ser Barristan. Su mirada era una mezcla de furia incontrolable, miedo y angustia- ¡NADIE VA A TOCAR A MI HIJO!

Ella misma interrumpió la orden emitida por ser Barristan en Alto Valyrio, diciendo después que quien osara desobedecerla o intentara herir a su dragón lo despellejaría personalmente y se lo daría de comer a sus otros hijos.

- ¿Entonces qué hacemos, mi señora? –Preguntó Gusano Gris con un casi imperceptible dejo de preocupación.

La reina no respondió. Solo volvió a girar la cabeza y mirar al cielo mientras sentía como el corazón iba a salir de de su pecho de lo rápido que iba, intentando averiguar con la vista dónde estaban. Se habían elevado tanto en el aire que ahora era imposible verlos, ya que los reflejos del sol los deslumbraban. Intentó hacer sombra colocándose la mano a modo de parasol para los ojos, pero ni con esas lo consiguió.

- ¿Dónde estáis?- Susurró preocupada.

"Rhaegal, hijo mío." Suplicó hacia sus adentros con desesperación. "Por los antiguos y los nuevos dioses, regresa con tu madre. Por favor, regresa sano y salvo con los tuyos…"

Se hizo un silencio sepulcral, solo roto momentáneamente por el viento que ululaba a través de las montañas. Ni siquiera los grajos que habitaban en la zona ni los pájaros emitían un solo sonido. Todos hacían lo mismo que la reina, intentando averiguar si veían algo en el aire, algún indicio que su retorno, todos tapándose los ojos con la palma de la mano para evitar que el sol les deslumbrara, intentando enfocar con la vista para ver si localizaban algo en el cielo. De pronto vieron un punto en el aire, al principio muy pequeño, pero que se iba amplificando exponencialmente a cada segundo que pasaba, como si este estuviera cayendo al vacío. De pronto, Ser Barristan se percató de lo que iba a suceder.

- ¡Que todo el mundo salga de aquí, o moriréis aplastados! ¡Vamos, todo el mundo fuera!- Ordenó a voz de grito, haciendo que todos salieran corriendo en dirección contraria a su situación. Todos menos la reina, que se quedó impasible en su sitio.

- ¿Pero qué hacéis, alteza?- Le gritó Ser Jorah en cuanto se percató de que no se movía, queriendo ir a buscarla, pero sabiendo que no llegaría a tiempo. – ¡Venid con nosotros, os aplastará…!

Pero la reina seguía impasible, sin hacer un solo gesto excepto mirar al punto que venía hacia ella desde los cielos, el cual debido a su tamaño ya empezaba a hacerle sombra. Su expresión facial no demostraba miedo, sino alerta, como si quisiera recoger aquel pesado cuerpo con sus propios brazos. El cuerpo pesado cayó al suelo igual que un enorme saco de patatas sobre su propia barriga, generando un enorme estruendo, sintiendo todos como el suelo temblaba bajo sus pies igual que si hubiera sido un terremoto. Este rebotó una vez más, levantando una enorme cortina de polvo en el proceso y se quedó finalmente quieto. Daenerys tosió mientras se tapaba nuevamente los ojos con la palma de su mano derecha, intentando enfocar la vista, sintiendo que le faltaba la respiración y que su corazón estaba a punto de salir desbocado de su pecho. Había tenido mucha suerte, su dragón había caído a veinte metros de donde estaba ella y hubiera podido aplastarla con su propio peso, pero en esos momentos ella no pensó en el riesgo. En el instante en el que vio descender su cuerpo se quedó paralizada, sin poder mover un músculo ni emitir un sonido. Solo quería ver que era su Rhaegal el que estaba descendiendo, comprobar si estaba bien, si se movía y podía remontar el vuelo, pero a cada segundo que pasaba y no veía reacción ninguna su desesperanza aumentaba exponencialmente. Salió corriendo en dirección a él, y cuando llegó a su cuerpo inerte paró en seco.

"Gruñe Rhaegal, por favor. Gruñe para decirme que aun estás vivo…"

Pero no emitía sonido alguno, era como si estuviera muerto. Oyó a sus espaldas como otros pies corrían desaforados en su dirección mientras le gritaban si se encontraba bien, parando en seco cuando se encontraron frente al cuerpo de Rhaegal. De pronto alguien musitó "Dioses, mirad eso…" y enfocó su mirada en aquella dirección. Cerca de la cabeza inerte de su enorme dragón, en su grupa, había sentada una figura humana, la cual aun se sostenía de pie, agarrando con fuerza las puas de la aleta dorsal del dragón con sus manos. Inmediatamente las soltó, empezó a deslizarse hacia la izquierda y cayó al suelo también inerte, como un peso muerto.

Alguien salió corriendo en su dirección, ni siquiera podía saber quién era. Estaba desconectada de la realidad, como si fuera otra persona que lo viera bajo otra perspectiva, una simple espectadora. Lo escuchaba todo a lo lejos, amortiguado, como si al sonido lo frenara algo antes de llegar a sus oídos, y todo iba lento, muy lento, como si el tiempo durara una eternidad y aquella escena no parara nunca.

"Así es como se oye y se ve cuando domina el caos a tu alrededor…"

De pronto oyó a dicha persona gritar por un maestre, que viniera corriendo un maestre. Todos fueron corriendo a su dirección y lo que vio la dejó paralizada.

El que gritaba por un maestre era Daario, sujetando por la espalda a una Arya Stark tumbada boca arriba. Esta tenía los ojos en blanco, tenía unas violentas convulsiones y echaba espuma por la boca, como si estuviera poseída por un demonio maligno. Sintió entonces que las lágrimas salían por sus ojos como un torrente, y se tapó la boca con las palmas de sus manos para sofocar un sollozo. Ni siquiera se percató de que los otros dos dragones vinieron volando y se posaron tras ella, como si algo les avisase de que a su hermano le hubiera pasado algo.