Esta historia pertenece a Linda Howard, al terminar dire su nombre real. Los nombres y descripciones de algunos personajes perteneces a Stephenie Meyer.

El libro contiene desde los primeros caps un alto contenido sexual y de violencia, por lo que si lo leen, ES BAJO SU PROPIO RIESGO :D

Capitulo Altamente HOT por lo que tengan agua fria a su alrededor... o a alguien jajajjaja como sea, aqui va

Lo adelanto unica y exclusivamente para que MeliicadyCullen, Angie Masen y aquellas que quedaron en ascuas no se me mueran de los nerios, que aun falta por saber

XOXO

Dhampi


Fuera de Control

Bella mantuvo los ojos cerrados, incapaz de intentar hacer algo que remediara la situación, incapaz incluso de preocuparse. Se sentía desconectada, mientras flotaba ajena de la realidad. Su mundo estaba hecho trizas, otra vez, y ni siquiera podía aceptar lo que acababa de ocurrir entre ellos.

Nunca antes, había hecho el amor sin amor. Sólo se había acostado con Mike, sólo había conocido su contacto y cuando él la tomaba sabía que era con amor. ¿Con Edward que había?

Definitivamente, sólo lujuria. Lujuria desmedida, más allá de la comprensión. Desesperación por su parte, furia por la de él. Y aún así él le había arrancado una respuesta más profunda y poderosa que cualquiera de las que había sentido con su amado Mike. Ella lo odiaba por eso, él tomó algo que debería haber sido de Mike, pero que ella no había sabido que tenía dentro para dárselo.

Unas luces bailaron más allá de sus párpados cerrados, y el frío helador del pasaje secreto dio paso al calor mayor del castillo.

—¡Alice! —llamó él con voz profunda como el trueno—. Trae agua caliente.

—¿La muchacha está herida? —preguntó Alice con tono alarmado.

—No —contestó él lacónicamente, luego continuó subiendo escaleras.

Después de un momento ella oyó rechinar los goznes de cuero mientras se abría una puerta, y luego un portazo al cerrarla de nuevo. Los pasos de él se detuvieron un poco más adelante, y la bajó de su hombro, sosteniéndola brevemente mientras ella recobraba el equilibrio. Sobresaltada, abrió los ojos, tambaleándose un poco cuando él se alejó de ella.

Estaban en su cámara. Ella miró alrededor como si nunca la hubiera visto antes, porque no podía entender por qué la había llevado aquí. Vio la mesa robusta, y la sólida silla tallada que estaba colocada al lado de la chimenea, en la que brotaba un fuego porque Edward se había inclinado y había encendido unas chispas.

En el otro lado había un banco grande y pesado.

El espacio a los pies de la cama estaba ocupado por un baúl grande de madera. La cama. Tenía por lo menos un metro veinte de altura, y parecía ocupar cinco metros cuadrados. Una cama enorme, lo suficientemente grande para el hombre que dormía en ella. Tenía un montón de pieles y mantas apiladas encima, y parecía como si ella fuera a hundirse en la cama la primera vez que se subiese.

El fuego creció, desterrando las sombras a los límites de la cámara, y emitiendo oleadas de calor que fluyeron por su cuerpo frío. Ella miró hacia fuera, por la estrecha ventana, y vio que la noche había caído mientras ella se encontraba abajo. El castillo estaba tranquilo, los intrusos habían sido rechazados o eliminados, las reparaciones y recuperaciones habían comenzado, en la quietud que sigue a una batalla.

Edward se desabrochó el cinturón donde tenía la espada y lo dejó caer sobre el banco. Sin embargo mantuvo la espada en la mano, mientras cogía un poco de paja, lo acercaba al fuego, y usaba la ramilla llameante para iluminar las velas de sebo que había sobre la mesa. Bella se mantenía de pie donde él la había depositado, asustada de moverse por si él esgrimía contra ella esa maligna hoja manchada de sangre.

En el suave parpadeo de la luz del fuego y las velas, podía ver ahora las señales de la batalla en él, ver los parches oscuros de sangre seca. Su camisa estaba salpicada de sangre, había manchas oscuras en su kilt que embadurnaban también sus botas de cuero. La sangre de otros muchos cubría a este guerrero, y ella se preguntó si pronto la suya se uniría al resto de manchas. Su pelo cobrizo se mecía detrás de sus hombros, librado del cercado de las trenzas pequeñas que normalmente usaba en las sienes.

Sin mirarla, cogió una tela engrasada, se sentó en el banco y comenzó a limpiar meticulosamente la superficie manchada de su espada inspeccionando los bordes buscando mellas. La afilaría él mismo, como ella había visto en sus sueños, sin confiar a nadie el cuidado de sus armas.

Una vez que la espada recuperó su anterior brillo, él la colocó sobre la mesa. Luego él se levantó y comenzó a desnudarse.

Se había quitado la camisa ensangrentada por encima de la cabeza y la había dejado caer al suelo cuando Alice golpeó suavemente la puerta y, tras un gruñido de permiso, entró con un cántaro de agua humeante y telas para lavar.

Mientras colocaba el agua y las telas en la mesa al lado de la espada, Alice lanzó una mirada curiosa a Bella que estaba de pie, pálida y silenciosa. Alice recogió la camisa ensangrentada de Edward.

—¿Queréis que os traiga comida y vino? —preguntó ella.

—No —dijo él, luego cambió de idea—. Sí, trae pan y queso, y vino.

Alice salió digiriendo a Bella otra mirada furtiva. No le había ocurrido antes a Lord Edward, pero quizás la extraña muchacha estuviera menos dispuesta que las otras, y a él se le había ocurrido ablandar su resistencia con vino. Él estaba furioso.

Alice conocía sus estados de ánimo, y sabía que él sentía una furia poco habitual, y centrada en la joven cuyos ojos hacían que uno deseara llorar.

Edward se movió hacia la mesa y vertió un poco de agua en la palangana.

Mojando una de las telas, se la restregó por la cara y los hombros. Cuando su pecho y sus brazos estuvieron limpios, Alice ya había vuelto con el vino y la comida, la curiosidad le había dado alas a sus pies. Negándole la oportunidad de observar, Edward fue hasta la puerta y la abrió sólo lo suficiente como para coger la bandeja, y luego la cerró poniendo la pesada tranca en su lugar.

Ahora se desnudó completamente, quitándose las botas y las medias y dejando caer el kilt.

Espléndidamente desnudo, permaneció de pie delante del fuego y se lavó quitándose la mugre, la sangre y el sudor de la batalla. No prestaba atención a Bella como si ella fuera parte del mobiliario, lavándose con indiferencia las axilas, las musculosas piernas, los genitales.

Ella había estado felizmente entumecida, pero este último acto la trajo de vuelta a la realidad otra vez, haciéndola agudamente consciente de su cuerpo y el de él, de los dolores de la lucha y la capitulación, de la suavidad palpitante en su interior, y la pegajosidad entre sus muslos mientras el semen se secaba sobre su piel.

La luz del fuego jugó sobre sus músculos poderosos. Ella se le quedó mirando fijamente como hipnotizada por el brillo de sus hombros, su estómago plano, sus duras y redondeadas nalgas y los músculos largos y fornidos de sus muslos y pantorrillas. El pelo crecía en su pecho, alrededor de sus genitales, y en menor medida decoraba sus antebrazos y sus piernas. Pura perfección. Nunca antes había visto a un hombre tan agudamente masculino. Su cuerpo seguramente era tal y como Dios había querido moldear Su Creación. La belleza de huesos, músculos y tendones, moldeados por una vida de trabajo y batallas, la hizo sentir débil.

El calor comenzó a acumularse profundamente en su vientre mientras ella lo miraba fijamente, y con desesperación reconoció el regreso del deseo. Esta necesidad irracional era la traición más profunda hacia todo lo que Mike había significado para ella, pero no podía detenerla y, parecía que tampoco podía saciarla. ¿Cómo era posible que lo deseara otra vez tan poco tiempo después de haber experimentado esa convulsión que abrasaba el alma, el cuerpo y la mente?

Pero lo hacía. Lo deseaba. Deseaba conocer su contacto de nuevo, acogerlo en su interior, hacer brotar su semilla con la caricia interna de su cuerpo. Incluso cuando él se acercó a ella cubierto por la sangre de batalla, ella le deseó. Si él levantara su espada ahora, y le quitara la vida, ella moriría con su carne ansiándole.

Su mirada cayó hasta su ingle. Los testículos oscilaban pesados contra sus muslos, prueba de su reciente clímax, pero el corazón le dio brincos en el pecho cuando vio su pene prominente, duro y erecto. Recordó los cuentos que había leído, los cuchicheos que había oído más tarde, cuando había llegado aquí, sobre cómo él podía cabalgar durante toda la noche entre los muslos de una mujer cuando estaba de talante hambriento, sobre cómo algunas veces necesitaba dos mujeres antes de que su apetito estuviera saciado.

De repente ella supo que su talante no era hambriento, era salvaje. Ella podía verlo ahora en él, sentirlo palpitando bajo su piel. Él no daba ninguna muestra de ello, aparte de su erección, pero ella lo sentía. La furia aún ardía en él y se manifestaba en la rigidez de su pene, una furia que en cierto modo no parecía que estuviera dirigida hacia ella.

Él echó el agua de la palangana manchada de rojo en el orinal, y luego la volvió a llenar de agua limpia. La miró por primera vez desde que la había llevado a la cámara, y la expresión en sus ojos verdes le hizo estremecerse con miedo y anticipación.

—Quítate la ropa —dijo él quedamente, pero ella oyó el hierro subyacente. Si no se desnudaba voluntariamente, él lo haría por ella.

Ella obedeció en silencio, quitándose zapatos y medias, los dedos desnudos de los pies se encogían por el nerviosismo. Luego se quitó la sobreveste, y después el vestido. Cuando ese atuendo cayó al suelo, ella permaneció de pie completamente desnuda. Aunque la ropa del siglo veinte dejaba ver más, pensó ella irrelevantemente, también daba mucha más protección. Un hombre tenía que ocuparse de corchetes, y cremalleras, tenía que pelarse con varias capas de ropa antes de acceder a las partes pudendas de una mujer. La ropa medieval, con todo lo que cubría, ofrecía poca protección a la mujer. Todo lo que un hombre tenía que hacer era levantar las faldas de una mujer y podría tomarla. Los escoceses lo habían simplificado incluso más, pues el hombre podía hacer lo mismo con su ropa. Él la miro, mientras inspeccionaba despacio sus pechos, la curva angosta de su cintura, la oscuridad de los rizos de su pubis, sus piernas temblorosas. Entonces él tendió su mano y dijo:

—Ven —y esas piernas temblorosas se movieron, llevándola hasta él.

Él sumergió una tela limpia en el agua y empezó a lavarla con tanto cuidado como una madre a su bebé. Limpió la mugre de su cara, las manchas de sangre de sus palmas y rodillas desolladas, sus manos callosas fueron cuidadosas con ella, mientras aliviaban los cardenales oscuros formados en su suave piel pálida. Él se puso de rodillas y le separó las piernas, sosteniéndola con una mano ardiente sobre su trasero, mientras limpiaba suavemente entre sus muslos, lavando el semen seco. Sus muslos temblaron, y ella jadeó. Sentía cómo la tela rozaba suavemente su piel hipersensible mientras él frotaba entre sus pliegues. Él incluso se cubrió los dedos con la tela y limpió dentro de ella, con minuciosa gentileza. Él era muy lento, muy concienzudo con su lavado, y el calor en su vientre creció hasta convertirse en un fuego. Sus caderas se arquearon, buscando. Sin hablar él arrojó la tela a un lado, se movió hacia adelante, y colocó su boca sobre ella.

Él sabía exactamente cómo manejarla, cómo volverla loca. Él succionó su clítoris, provocándolo, luego lo lamió hasta que ella se retorció y apenas pudo mantenerse de pie. Todo el tiempo sus largos dedos la exploraban, deslizándose dentro de ella, retirándose, dando vueltas en torno a la tierna abertura. Luego él la besó, apretando sus caderas con sus fuertes manos y arqueándola hacia delante, mientras su lengua entraba y salía de ella, e impotente ella sintió que sus sentidos explotaban.

Ella sintió cómo sus huesos se licuaban, derrumbándose sobre él. Él la levantó y se sentó en una silla, poniéndola sobre su regazo donde ella yació débil, incapaz incluso de levantar la cabeza.

Con su mano libre él consiguió verter el vino, manteniendo la copa contra sus labios, y ella sorbió. Él bebió después de ella, escudando con las pestañas la expresión de sus ojos. Bella se relajó contra su pecho, mientras sintiéndose cálida, hueca, y extrañamente tranquila. Él podría haberla tomado mientras todavía planeaba matarla, pero dudaba que él le hubiera dado placer de la forma que lo había hecho si tenía la intención de matarla después. No era sólo su manera de complacerla, sino el hecho de que no había tratado de alcanzar su propia satisfacción en absoluto. Los verdugos generalmente no se preocupaban por dar placer a sus víctimas.

El calor de la pasión recorrió su cuerpo desnudo, alejando el frío. Sentía los muslos de él duros y calientes bajo su trasero, su hombro era una maravillosa almohada para su cabeza. Él la alimentó con trozos de pan y queso, comiendo él también, y llevó la copa hasta su boca otra vez. Nuevamente ella bebió, más profundamente esta vez. Cuando él levantó la copa hacia su boca otra vez, la giró para beber del mismo lugar donde ella había posado sus labios, y la acción sutilmente erótica le comprimió el corazón.

—Tengo que decirte —comenzó ella vacilante, sin estar en absoluto segura de lo que diría, pero él le selló los labios con sus dedos.

—No. No hablaremos esta noche de eso. Por la mañana habrá tiempo de sobra —su voz era baja y tranquila, sin acento escocés. Ahora hablaba con los tonos precisos, mesurados del Guardián—. Por ahora tu sabor me encanta, y tengo la intención de saborearlo más —él se inclinó y colocó la copa sobre el suelo, luego la besó como no lo había hecho desde la noche que le había liberado de la mazmorra de Hay, como no lo había hecho ni siquiera durante esos otros besos que habían compartido. El beso fue salvaje y profundo y ella enredó ambas manos en su pelo y le sujetó, casi gimiendo de deleite y excitación. Era muy bueno lamiendo y besando, pensó ella oscuramente.

¿Qué mujer no daría todo su oro por experimentar ese dominio dulce, salvaje, ese juego de labios y lengua, una mezcla de burla, promesa y poder? Él besaba como un ángel, o quizás como el diablo, pues sin duda los ángeles no conocían tales placeres carnales.

Rápidamente él la llevó a la cama y la puso sobre ella, luego se reunió con ella allí, sus anchos hombros bloquearon la luz cuando él se puso encima de ella.

Jadeando, Bella abrió las piernas y lo acogió entre ellas, mientras le aferraba las caderas con los muslos igual que apretaba con fuerza sus hombros. De buena gana él rodó quedando de espaldas, y Bella se sentó a horcajadas sobre él, agarrando su pene con las manos y moviéndose hacia abajo sobre él.

La penetración fue electrizante, completa. Ella puso sus manos en su vientre y empujó hacia abajo las caderas, tomándolo por completo. Su respiración se entrecortó. Dios mío, oh Dios mío, ella se sentía delirante, incapaz de saciarse de él. Su cuerpo se había estado muriendo de hambre por la dureza de un hombre, ella había empujado ese hambre a lo más profundo de su subconsciente de donde sólo podía salir en sus sueños, y ahora que el hambre estaba libre era como una riada ingobernable. Ella le montó con fuerza, él presionó sus pechos, y ella se corrió otra vez. Y todavía no era suficiente. Él no había llegado al clímax, aún estaba duro como el hierro dentro de ella. El hambre creció de nuevo incluso antes de que ella tuviera energía para encargarse de él. Yacía sobre su pecho, las manos de él se movían confortantemente sobre su trasero, acariciando su espalda, ella sintió sus músculos internos apretarse en torno a él.

Él se rió, un sonido áspero y masculino, sus dientes blancos brillaron a la luz dorada del fuego.

Ella se sentó, y el movimiento le empujó más profundamente en su interior una vez más. Ella lo montó con fuerza de nuevo y esta vez él se corrió antes que ella, su cuerpo poderoso se arqueaba entre sus muslos, sus manos le apresaron las caderas apretándolas contra él. Mojada con la semilla que brotaba a chorros de él, ella llegó al clímax otra vez.

Dormitaron durante un rato, con ella sobre él y una de sus manos enredada en su pelo. Bella se despertó descubriendo que el fuego aún ardía, así que no había transcurrido mucho tiempo. Él dormía, su pene blando. Ella se deslizó hacia abajo sobre su cuerpo y lo tomó en su boca, sintiendo que él despertaba, sintiendo cómo se ponía duro. Y luego ella lo montó otra vez.

Las horas pasaron. Él le dio su cuerpo generosamente, al permitirle hacer cuanto quisiera con él. Él rechinó sus dientes y luchó contra su propio clímax, sin dejarse alcanzar el placer otra vez para permanecer duro hasta que ella estuviese saciada. Ella no sabía si el frenesí pararía en algún momento, si su cuerpo tan largamente negado se cansaría alguna vez del placer embriagador del de él. Ella acarició cada centímetro de él, sus manos temblaban de deleite con la textura de su piel. Ella besó su mandíbula, sus orejas, su maravillosa boca. Todo él. Al final, cuando estaba exhausta, vacía y en paz, le atormentó tomándole profundamente en su boca. Sabiendo cómo luchaba él por controlarse, hizo girar la lengua alrededor de su pene y chupando la cabeza hinchada, y con un sonido tenso y ronco, él se enderezó y cambió las posiciones, haciendo que ella quedara de espaldas.

Él la montó, empujando sus muslos para mantenerlos completamente abiertos.

—Me has puesto al límite esta noche —susurró él, al deslizarse en ella—. Ahora es mi turno.

Él debería haber estado fuera de control, pero ella descubrió que no era así. Cuando él se corrió de nuevo, debería haber estado más allá de la excitación, pero eso tampoco era verdad. Sus atenciones sobre ella eran tan devastadoramente minuciosas como lo habían sido las de ella sobre él, y las sensaciones se fundían unas con otras. Sus embestidas golpeaban dura y profundamente en su vientre, una y otra vez, y ella le sostuvo cuando él tembló y se agitó violentamente. El fuego se consumió, la vela parpadeó y en la oscuridad, él le hizo cosas que ella pensó que nunca le permitiría a un hombre, pero que sólo hicieron que se deleitase con la cruda sexualidad de él.

Y en la oscuridad, finalmente, llegó el silencio. Ella estaba tumbada junto a él, la cabeza descansaba sobre su hombro, tenía el cuerpo pesado y laxo. La mano de él cubría su pecho, y su pulgar acariciaba distraídamente su pezón aterciopelado. Ella aspiró su olor, su aroma almizcleño, y se dio cuenta de que ya no podía recordar cómo había olido Mike.

La agonía emergió de la oscuridad, y no le quedaba ninguna defensa contra ella. Hirvió dentro ella, profunda y retorcida, como garras afiladas que hacían trizas sus entrañas. Un lamento gutural desgarró su garganta.

Los brazos de Edward se cerraron con fuerza alrededor de ella, y ella se derrumbó. No supo cuánto tiempo lloró. Interminable, incesantemente. El sufrimiento había sido contenido durante demasiado tiempo y ahora no había forma de volver a encerrarlo dentro de ella. Lloró profundamente, y mientras sollozaba los temblores recorrían todo su cuerpo. Lloró hasta que le dolió el pecho y sus ojos hinchados estuvieron casi cerrados, hasta que su garganta quedo en carne viva y los sonidos que hacía eran como los un animal.

Él la sostuvo todo el tiempo, sin dejarla escapar ni siquiera cuando luchó contra él, dando patadas y arañando. Rabió en silencio por las dos muertes sin sentido que la habían devastado, por el terror y la furia del último año. Ella golpeó con sus puños el pecho de Edward hasta que él los atrapó y los sujetó, rodando para ponerse encima de ella y usando su peso para controlarla.

Ella empezó a tener nauseas, y de prisa él la llevó a rastras hasta el orinal y la sostuvo mientras vomitaba. Luego él le dio más vino, la llevó de nuevo a la cama, y la tuvo en brazos hasta que ella no pudo derramar más lágrimas.

La débil luz gris del alba avanzó lentamente a través de la ventana estrecha.

—Le amabas —dijo Edward quedamente, mientras apartaba el cabello enmarañado de su cara caliente, devastada por la pena—. ¿No habías llorado antes por él?

—No —su voz fue como un graznido. El sonido la sobresaltó—. No podía.

El vino calentaba su estómago, y su mente estaba confundida por el alcohol y la fatiga.

Él tenía las manos sobre su cuerpo, sus pechos, muslos y caderas, asegurándose de que ella aceptaba su reclamo sobre ella al mismo tiempo que la confortaba. Estaba tan dolorida por los excesos de la noche que se sobresaltó cuando él entró en ella de nuevo, pero no se resistió. Él empujó profundamente, llegando hasta su útero, y se mantuvo profundamente y en silencio hasta que toda la tensión desapareció de sus músculos y ella yació débilmente bajo él, mientras respiraba profundamente.

Él no llego al clímax, ni siquiera empujó, sólo mantuvo la unión. Después de que un rato, él maniobró para que ambos yacieran sobre sus costados, y puso su mano sobre sus nalgas para mantenerla anclada a él.

Bella puso la mano en su cara, sus dedos que recorrieron la inclinación de su frente, la curva alta de su pómulo.

—Sé quién eres —dijo ella entumecida, con todas las emociones agotadas excepto el placer de tocarle—. Sé que eres el Guardián. Vine del año mil novecientos noventa y siete para encontrar el Tesoro, y usarlo para destruir al hombre que mató a mi marido y a mi hermano.