¡Hola a todos! Lyna no sabe en qué se ha metido. ¿Será que alguien llegará para salvarla? Quizá la salvación no sea precisamente lo que encuentre.

Espero que os guste.

¡Abrazos!

- P.D: Todos los personajes y mundo pertenecen a Bioware. Yo los he tomado prestados para hacer mi propia versión de la historia.


"Últimos Elvhenan"

["Parecía el preludio al final, la armonía previa al desenlace que la convertiría en polvo y recuerdos."]


La escena había sido grotesca. Todo el recinto estaba empapado con la sangre de los mercenarios y del hombre que aún se hallaba gritando en el suelo.

El despliegue de destreza, agilidad y crueldad que había presenciado le habían dejado atónito.

Ahora el momento era más grave aún. Era imperativo interceder. No podía permitir que tal potencial se perdiese en una sucia celda de esta ciudad, o lo que era peor, terminase aquí y ahora a manos de unos soldados sin escrúpulos. Debía hacer algo, lo que sea, aunque ello significase jugar su última carta a costa de perder la poca simpatía que ya tenía del Teyrn y Comandante. No podía fallar a la Orden… no podía fallarle a ella…


Sus ojos apenas podían dar crédito a lo que veían. Esta elfa no parecía sentir miedo ni respeto por la autoridad, ni siquiera miedo a su propia muerte. Había estado a punto de morir a manos de un enorme Qunari y no parecía dolorida, salvo por la notable cojera que intentaba disimular.

Por mucha rabia que ahora sintiera al verse obligado a hacer cumplir la ley, su deber era lo primero. La joven había sobrepasado los límites y ahora debía ser sentenciada. La sentencia por asesinato era clara: la muerte.

Un pinchazo de tristeza se alojó en su pecho. No quería tener que hacerlo, pero era su deber, su responsabilidad. Era inevitable.

La hora de intervenir ya había llegado. Con un gesto de su mano, puso firme a sus guardias – "¡Apresadla!" – y la miró fijamente escrutando sus rostro, como si buscase algo que pudiera evitar lo que vendría después.

La elfa, en guardia, no se movía, sólo miraba a sus dos guardias que se acercaban a paso firme hacia ella con las espadas en mano. Ella esperó en posición de ataque, preparada para luchar. Un brillo mortal inundó su mirada y él notó la tensión de los dedos de la joven sobre las dagas, lista para atacar como una fiera salvaje - "Si lo quieres a las malas, así será".


"Rápido, Lyna… piensa algo"- Lyna miraba frenéticamente entre ambos guardias. Estaban a escasos pasos ya de ella y se esperaba lo peor. Sujetó firmemente sus dagas y frunció el ceño. Debía concentrarse.

Justo antes de que los soldados se abalanzasen directamente sobre ella, una voz ronca pero imponente resonó en los alrededores haciendo que ambos guardias detuvieran su paso, confusos.

"¡Deteneos!"- una figura oscura salió de las sombras y se posicionó al instante al lado de ella. Lyna dio un respingo y movió una de sus dagas hacia esa dirección. Volteó su cabeza y vio aquella tez tostada de ojos tristes, observarla con una mirada inquieta y preocupada.

No entendía nada pero sospechaba que el extraño quería protegerla. Sin embargo, si ese era el caso, ¿Por qué no intercedió por ella antes cuando estaba a punto de perder la vida a manos de uno de esos gigantes? A pesar de la ayuda que ahora ese extraño le ofrecía, no podía fiarse; nadie daba nada sin buscar algo a cambio. No era tan ingenua como para pensar bien de un shemlen.

"Guarda Comandante, ¿Qué hacéis vos aquí?"- esta vez Lyna dirigió su mirada hacia el desconocido de ojos azules que miraba al extraño con ira aún más evidente que antes.

"Milord, perdonad mi intromisión pero-"-

"Reservad vuestros 'peros', Guarda. Esta elfa se viene conmigo"- Lyna observó atónita el despliegue de títulos. "Milord, Guarda comandante…"- no conocía mucho sobre la vida de los shemlen, pero sabía que estos eran títulos y formalidades considerables. Una súbita sensación de duda e inseguridad afloró en su estómago. Parecía que se había visto envuelta en algo más importante de lo que creía.

"Mis disculpas, milord. Comprendo que es vuestro deber impartir justicia. Sin embargo, he sido testigo de lo que aquí ha acontecido y es mi deber también aportar luz a la situación."- el desconocido de ojos azules hacía ahora una mueca profunda de desagrado, pero no interrumpió y el otro continuó- "Creo, también, que no hace falta hacer uso de las armas para ello"- en ese instante, el extraño del callejón posó una mano sobre el hombro de Lyna. Ella se sobresaltó al principio por el súbito tacto y le miró con recelo. Él le devolvió una mirada de súplica que ella comprendió al instante. "Lyna, contrólate"- se dijo buscando las fuerzas, y al segundo después, se irguió y envainó lentamente sus dagas rompiendo así la posición de ataque al tiempo que intentaba calmar la adrenalina que aún seguía corriendo por sus venas como lava ardiente que hacía nublar su razón.

El desconocido de ojos azules la miró un segundo con una expresión que hacía intuir algo de alivio aunque no se deshizo de esa máscara dura de enfado y desagrado que aún persistía en su expresión. Segundos más tarde, apartó de nuevo la vista e inquirió – "Hablad, Guarda. No tengo toda la noche, ni él tampoco."- dijo señalando al hombre que yacía inconsciente en el suelo empapado en su propia sangre.

En ese instante, los soldados le miraron y él asintió. Uno de ellos se dirigió al instante hacia el moribundo y lo levantó en vilo colocándolo en uno de sus hombros como si fuera un ligero saco de plumas. Después, se dio media vuelta y se marchó hacia la oscuridad del puerto y en dirección al centro de la ciudad, desapareciendo entre la bruma marina que comenzaba a cubrir con suaves ribetes blanquecinos los alrededores.

Lyna se quedó observando un instante cómo la densa sangre de las heridas de Jeff goteaba y dejaba un sutil rastro de un color rojo oscuro y brillante. Observaba los muñones del shemlen colgar inertes sobre la espalda del gran soldado que lo mecía con cada paso. "Ya no podrás hacer daño"- pensó Lyna aliviada.

El extraño del callejón se dedicó mientras a explicar en detalle lo que creía haber entendido de la conversación que Lyna y los mercenarios habían tenido antes de que la pelea comenzase. Fue bastante benévolo, pues obvió gran parte de las amenazas de Lyna, acentuando las que ella recibía por parte del shemlen. Estaba claro que quería ganarse de alguna forma su simpatía, y eso le hacía sospechar aún más de él.

"Ahorraos los detalles de la pelea, Guarda, estoy al tanto de cómo ha sucedido"- aclaró el desconocido mientras cruzaba los brazos a la altura del pecho.

"Como entenderéis, milord, al menos merece poder defenderse"- insistió el que llamaban Guarda.

"Nada justifica lo que aquí ha sucedido"- alzó la voz el desconocido – "Y no soy yo quien juzgará sus actos. Si ella decide defenderse, lo hará delante de un jurado, como cualquier otro ciudadano a pesar de-"-

"¿De ser una elfa, milord?"- interrumpió insolentemente el Guarda. Lyna abrió los ojos en sorpresa- ¿Juicio shemlen?... ¡Oh dioses! ¿En qué me he metido?- casi prefería la muerte a manos de estas bestias que enfrentarse a un juicio donde varios ojos estarían juzgándola y donde no tendrían piedad alguna. Eso sin contar con lo que le esperaba en la celda, donde seguramente la violarían sin contemplación y la torturarían sólo por el simple hecho de ser una elfa dalishana joven y desarmada. No era estúpida, sabía perfectamente que incluso una mujer shem corría mal destino en esas jaulas de acero.

El desconocido abrió ligeramente los ojos en señal de sorpresa y apretó los dientes - "Sí. A pesar de su condición"- la rabia era evidente ante la réplica del Guarda. Lyna vio un pequeño fuego encenderse en los ojos azules de aquel misterioso shemlen. Algo en la forma de dirigir, ordenar y hablar, hacía que Lyna se estremeciera. Era como si él fuera la reencarnación del Poder, la personificación del liderazgo; era inmisericorde… como ella.

"Mi señor, vos sabéis que el jurado no tendrá en cuenta su defensa. No podéis-"

"Guarda, puedo hacer lo que considere correcto y lo haré. Ni vos ni vuestra orden evitarán que la justicia caiga sobre esta… e-esta…"- no lograba articular las palabras; parecía que se le atragantaban. Sus ojos se movían frenéticos de arriba abajo, analizando cada detalle de la figura de Lyna, aunque la miraban con desprecio y algo de lo que ella creía era curiosidad. Una de sus manos acentuaba el gesto de desprecio mientras la movía en su dirección como si estuviera espantando una pequeña mosca molesta y no quisiera esforzarse mucho por deshacerse de ella.

Ese gesto fue suficiente para acabar con su paciencia - "La palabra que buscáis es 'Elfa', o si lo preferís, 'Coneja' u 'Orejas puntiagudas', shem, tenéis dónde elegir"- interrumpió Lyna ya muy enfadada. No soportaba el aire de superioridad con que estos shemlen hablaban sobre ella y su gente. Ellos eran El Pueblo, ellos habían sido el máximo exponente de la civilización y por culpa de su destructiva raza, habían caído en desgracia. Merecían compensación y sin embargo, seguían tratándoles como esclavos. No lo toleraba, sencillamente no podía permitir el desprecio injustificado del que hacían alarde.

El desconocido no respondió, sólo la miró sorprendido conservando aún esa mueca de desprecio e indignación que tanto la molestaba – "Oh, ya veo…"- dijo Lyna con un ligero tono amenazante mientras daba un pequeño paso al frente. El soldado que se encontraba delante de ella se tensó, pero no hizo ademán de atacarla.

"Somos suficientemente buenos como 'raza' para calentaros el lecho, pero nos ofrecéis la misma consideración que le dais a un animal, o peor ¿Es eso?"- gruñó Lyna levantando la voz y mirando al desconocido con rabia.

"Lyna, no creo que sea oportu-"- irrumpió el Guarda.

"Y tú, shem ¿Quién sois? ¿Qué demonios queréis de mí y por qué me ayudáis?"- dijo volteándose para mirarle con la misma rabia que dispensaba al otro desconocido. Él le devolvió la mirada pero no dijo nada. Nadie contestó.

Así que ella continuó, esta vez, alternando la mirada entre el Guarda y el desconocido - "¿Os creéis que por el mero hecho de existir podéis hacer con nosotros lo que queráis? Podéis saquear nuestros campamentos, podéis torturarnos, podéis maltratarnos, esclavizarnos y abusar de nosotros de mil formas diferentes y nadie, ¡Ni un maldito shem! ha sido juzgado jamás por sus crímenes contra nuestro pueblo"- Lyna se estaba alterando de sobremanera. Gesticulaba con las manos en el aire y giraba nerviosa la cabeza de un lado a otro, intentando divisar alguna muestra de humildad por parte de esos hombres que nunca llegó.

El recuerdo de la noche en el bosque la había marcado y no podía evitar sentir de nuevo su fuego quemarle por dentro. Intentó calmarse, respiró profundo. No quería dejar que esa furia la controlase de nuevo. No esperaba comprensión, sólo alivio, así que siguió hablando aunque, en esta ocasión, un poco más calmada–"Ninguno de vosotros, seáis nobles o soldados"- gesticuló hacia el desconocido y el Guarda – "lleváis a los culpables a un 'Juicio' para hacer 'Justicia', porque son actos cometidos contra nosotros… contra nuestro pueblo al que consideráis alimañas, despojos… ¿O me equivoco, shem?"- recordó mientras señalaba con una mano al desconocido de ojos azules, haciendo alusión a la forma con la que él la miraba hace unos instantes.

"Sois… despreciables"- Soltó un pequeño suspiro y bajó la mirada, finalmente tranquilizándose casi en su totalidad. Se sentía agotada.

Su mente voló hacia el recuerdo de algunas de las historias que su maestro Ilen le había contado sobre épocas pasadas de honor y lealtad, donde humanos y elfos se unían por una buena causa. Gracias a esas historias, ella idealizaba, en cierta forma, a los shemlen y se negaba a creer que fueran como el resto decían que eran pero, a todas luces, parecía haberse equivocado.

Durante un breve instante, nadie dijo nada. Todos la observaban atentos, en especial el soldado que se encontraba delante de ella tenso y con una de sus manos en la empuñadura de su espada, preparado para cualquier reacción imprevista.

Lyna respiró de nuevo y continuó segundos después algo nostálgica, mientras levantaba de nuevo la mirada– "Si algo de aquella semilla que dio vida a la lucha contra el usurpador hubiera perdurado, en este momento el mismísimo gran Loghain Mac Tir estaría solicitando la ayuda de los elfos tal como hizo en la rebelión contra el usurpador, y no estaríamos hablando de 'orejas puntiagudas' ni de lo poco justas que son vuestras leyes con nosotros."- respiró profundamente y continuó- "Pero ahora… ahora no sois más que un vago y triste recordatorio de que, las buenas acciones, sólo las recuerdan quienes las hicieron, no quienes se beneficiaron de ellas."- volvió a dar un pequeño paso al frente, y dirigió su mirada directamente al desconocido quien sería el que finalmente decidiría su destino- "Es una lástima que ya no se encuentren hombres como él… Los tres juntos no le llegáis ni al barro de sus botas."- Lyna agachó los hombros, triste. Sabía que Loghain era la clase de hombre que necesitaba esta tierra. Ilen contaba historias asombrosas sobre él, de su fuerza y mente, de su templanza en la batalla y su sentido de la justicia. Sabía que ahora era el padre de la reina y sus responsabilidades habían cambiado, pero no podía evitar vivir en el pasado, vivir en esas historias que la hacían volar a épocas que ella no había vivido, pero que sentía suyas.

Lyna se sentía agotada, no quería discutir ni pelear más. Levantó la mirada un instante de nuevo para ver a los hombres y observó al desconocido de ojos azules con la cara completamente desencajada, como si acabase de ver un fantasma. Una pequeña gota de sudor se alojaba tímida en la sien del hombre, como si intentase ocultarse entre la trenza que ahí caía rozando ligeramente su mejilla. Ella le observó confusa. No entendía su expresión; no se esperaba una reacción así de alguien que, al parecer, debía ser un noble militar curtido en mil discursos y batallas. Quizá conocía a Loghain, quizá estuvo en esa guerra y ella había levantado viejas heridas o recuerdos. Sea lo que fuere, lo único que estaba claro, era que ella había dado con algo.

El silencio se mantenía, ahora, más presente que antes. No se oía ni la respiración. Finalmente, el soldado carraspeó nervioso y el Guarda aprovechó para intentar colocar de nuevo una mano sobre el hombro de Lyna, pero ésta le interrumpió al instante – "No vuelvas a tocarme, shem. O te quedarás sin manos como el saco de suciedad que acabáis de llevaros"- El Guarda, tal como estiró la mano, la volvió a recoger y miró al desconocido como si intentase reafirmarse en algo.

Lyna, derrotada, suspiró de nuevo, esta vez más profundamente y dijo con voz cansada - "Haced lo que tengáis que hacer, 'milord'. Hoy Gwaren dormirá con un asesino y violador menos y no gracias vos ni a los de vuestra especie"- y así como lo dijo, con ese deje de arrogancia, estiró las manos hacia el soldado que se hallaba delante de ella y le miró a los ojos directamente. El muchacho tragó saliva y miró a su líder que se hallaba unos pasos detrás de él.

"Lyna, no creo que sea-"- interrumpió el Guarda, pero las palabras se acabaron allí.

"Apresadla"- ordenó al instante el desconocido – "y llevadla a los calabozos del castillo."- el soldado le miró confuso un instante y preguntó – "¿Al castillo, señor? ¿O a las barracas?"-

"¿No me habéis escuchado? Al castillo, soldado" - el joven asintió enseguida y se acercó a Lyna para esposarla aunque con cautela y en alerta por si ella cambiaba de opinión.

"Milord, no creo que sean necesarios los grilletes."- increpó el Guarda, mientras la miraba preocupado.

"Parece que no habéis visto los restos que reposan en el suelo, Guarda Comandante. No quisiera tener más cadáveres que recoger"- dijo el desconocido con desdén mientras soltaba un resoplido de desagrado y miraba de reojo a Lyna.

Lyna no sentía nada. El instante en que el soldado, algo tembloroso, le puso los grilletes, su mente se desvió días y horas atrás. Todo parecía un sueño, una ilusión del Velo, del Más allá… "Mythal, protégeme. Protege a los míos"- rezó para sí mientras la arrastraban hacia la ciudad y en dirección al castillo.

Los cuatro anduvieron varios minutos en absoluto e incómodo silencio. Las botas pesadas de los tres hombres retumbaban fuertemente sobre los adoquines, marcando el ritmo de su destino inmediato. Parecía el preludio al final, la armonía previa al desenlace que la convertiría en polvo y recuerdos.

Su mente se desvió un instante hacia su clan. De repente, un miedo irracional se alojó en su pecho – "Fenarel, Deygan… no saben nada"- recordó. Debía decírserlo, debía al menos despedirse de ellos, debía hablar con Marethari, con Ashalle, con Tamlen… debía hacer tantas cosas aún que un terror indescriptible le recorrió el cuerpo, estremeciéndola y haciendo finalmente mella en su determinación. Miró a su alrededor, como si fuera un cervatillo asustado buscando escapatoria, y vio que la taberna de donde había salido estaba apenas a unos pasos de ella.

Dejándose llevar ciegamente por lo imprevisto de su miedo, decidió actuar por puro instinto. Haciendo uso de su entrenamiento, sujetó fuertemente su dedo pulgar con la otra mano, e impulsándolo hacia arriba en un movimiento súbito, lo dislocó al instante para así poder soltarse de un grillete y usar sus manos libremente. Necesitaba salir de allí. Si iba a morir, necesitaba despedirse, dar un último beso, una última caricia, debía cerrar este círculo también y sabía que estos shemlen no la dejarían hacerlo, no la escucharían.

En ese momento, el soldado gritó en aviso y ella recurrió automáticamente a ambas dagas, cogiéndolas en menos de un segundo, posicionándose velozmente detrás del hombre y separándose de los otros dos shems que la miraban ahora con sorpresa. Colocó una de sus dagas en la garganta del soldado y la otra debajo de su axila, justo donde no tenía la protección de la armadura, sabiendo que cualquier herida allí resultaría, por fuerza, mortal al instante. No debía dejar nada al azar.

"No os mováis, o enviaré a este shem con su dios"- amenazó desesperada Lyna. El miedo le recorría la piel y sus venas. Sus vellos estaban erizados, sabía que tanto el soldado, como el Guarda y el desconocido eran rivales experimentados y ella no tenía nada que hacer salvo tomar provisionalmente un rehén que pudiera asegurar su supervivencia mientras ella era escuchada.

"Lyna… por favor… vas a complicar las cosas"- oyó decir al Guarda con voz serena pero estricta.

"No quiero tu compasión, shem. Sólo quiero… despedirme"- dijo finalmente, mientras alternaba la mirada entre ambos hombres que se encontraban mirándola con tensión evidente en sus gestos.

El desconocido no había recurrido a su arma pero la miraba con suma atención y cautela, preparado para atacar en cualquier momento. El Guarda sujetaba dos dagas y la miraba ahora con más tristeza que antes.

"¿Despedirte?..."- preguntó el Guarda algo confuso. Se movió ligeramente hacia un lado, posicionándose a la izquierda de Lyna. Ella se movía hacia ambos lados en pequeños pasos, usando al soldado como escudo, mientras éste temblaba e intentaba mantenerse todo lo quieto que podía sin resultar herido o sin provocar a la elfa que tan hábilmente le sujetaba. A pesar de que ella era más pequeña, estar así le ofrecía cierta ventaja a la hora de esconderse y protegerse, y dos dagas eran suficientes para mantener a un hombre controlado, al menos momentáneamente.

"Sí. De mis compañeros. Vos sabéis quiénes son."- Lyna recordaba que él había visto a Deygan en el callejón y a Fenarel con ella en el mercado y luego en el puerto, así que sabía que sería capaz de identificarlos. Además, parecía no haber más elfos dalishanos en la ciudad.

"Prometo hablar con ellos luego, pero ahora-"

Fenedhis, no! ¡He dicho ahora!"- Lyna apretó ambas dagas en la piel del soldado, sacándole un pequeño gemido y algunas gotas de sangre que volvían a mojar la punta del filo de sus armas, otorgándole más brillo y letalidad a la escena.

Como si los dioses la hubieran escuchado, unos metros más adelante, la puerta de la taberna se abrió, dejando escapar una luz cegadora que se veía brevemente interrumpida por la oscuridad de una silueta esbelta de orejas puntiagudas. Lyna parpadeó un par de veces y el reconocimiento fue automático – "¡Fen!"- gritó emocionada, soltando ligeramente su agarre sobre el soldado.

En ese instante, veloz como un rayo y casi imperceptible, el Guarda se deslizó hasta la espalda de Lyna propinándole, al segundo después, un fuerte golpe seco en la base de la nuca, que logró romper la sujeción que ella tenía sobre el soldado. Ese súbito gesto bastó para hacer caer sus dagas y sentir su cuerpo desvanecerse entre las manos de alguien que la sujetaba fuertemente pero sin hacerle daño. Unos ojos tristes la miraban, pero ella no lograba enfocarlos.

El cielo se convirtió en la tierra y sus pies ya no tocaban el suelo. Lo último que escuchó fue una serie de gritos de su amigo, una voz ronca y finalmente una frase que, a pesar de su casi absoluta inconsciencia, logró comprender – "Somos los últimos Elvhenan. Nunca más nos someterán"- su mente se fundió a negro y ya no sentía dolor, ni miedo, ni tristeza. "Mythal, protégele" – pensó por última vez hasta que sólo hubo oscuridad.


Fenarel había terminado de cenar y había pedido ya la ronda de vino. Casi había terminado su segunda jarra, cuando Deygan preguntó – "¿No debería estar Lyna ya aquí?"

Él le miró con desagrado y le contestó bruscamente – "Métete en tus asuntos, elfo. Lyna no es de tu incumbencia"

El otro elfo frunció el ceño y bajó la mirada, comprendiendo que no podría llevar a buen puerto una conversación que tuviera que ver con Lyna.

Fenarel dio un sobro más de su bebida y su mente comenzó a dar vueltas en torno a una idea. El mercader enano había sido bastante explícito con respecto a las bestias que, al parecer, rondaban Ferelden últimamente. Se decía que incluso salían de la tierra y atacaban sin previo aviso. De repente sintió una fuerte angustia alojarse en su abdomen y, apurando la jarra en un sólo trago, se levantó – "Ahora vengo"- y sin más, salió de la taberna.

Ya fuera del local, tosió un par de veces para quitarse la carga de humo de su garganta e intentó enfocar la mirada en su entorno, hasta que un grito le sobresaltó – "¡Fen!"- él abrió los ojos en sorpresa. –"¿Lyna?"

Delante de él, a unos pocos metros, se hallaba su amiga sujetando fuertemente a un soldado mientras dos shems la rodeaban, uno de ellos con las armas en la mano. Una fuerte corriente de miedo se apoderó de él.

Antes de que él pudiera reaccionar, el hombre que llevaba las dagas, se situó súbitamente detrás de Lyna y la golpeó tan fuerte en la nuca que su amiga se desmayó casi al instante.

"¡No, Lyna!"- recurrió automáticamente al arco y lo tensó, apuntando hacia el hombre que sujetaba el cuerpo inmóvil de su compañera.

El hombre depositó la suave figura de Lyna en los brazos del soldado que ella previamente sujetaba y envainó sus dagas, mientras le miraba con una expresión de cautela y tristeza.

"¡Bastardos! ¿Qué le habéis hecho?"- gritó Fenarel tembloroso. Sus manos temblaban con la escena. No sabía cómo actuar. Lyna se hallaba ahora en manos de unos shemlen y no sabía cómo había sucedido ni por qué.

"Tranquilo… baja el arma…"- el hombre con barba le dijo con suavidad.

"¡No! ¡De-dejadla ahí! ¡No la toquéis!"- volvió a gritar Fenarel. Alternaba su objetivo entre el soldado que sujetaba a Lyna, el desconocido de armadura pesada y pelo oscuro y entre el shemlen de barba que se acercaba poco a poco hacia él, con las manos arriba en señal de rendición. Las manos del elfo temblaban, -Cobarde, cobarde, ¡Cobarde!- pensaba mientras intentaba controlar su nerviosismo y miedo. Sabía que él no era rival para tres hombres armados y Lyna no estaba consciente para ayudarle.

"No le va a pasar nada. Te lo prometo. Pero baja el arma o sino morirás. Lyna no lo querría así ¿verdad?"- el extraño se acercó aún más hacia él, hasta colocarse unos pocos pasos delante de él.

Fenarel le miró confundido, pero logró atar cabos – "Tú… tú eres el que la ayudó… ¿Por qué?"- estaba inquieto, aterrado, no sabía cómo actuar. Sabía que si lanzaba una flecha, ya no habría vuelta atrás.

Relajó su sujeción en el arco y miró al extraño de tez oscura y barba – "No os la llevéis, por favor…"- suplicó finalmente soltando un pequeño e involuntario gemido al finalizar la frase.

El extraño se acercó aún más y colocó, lentamente, una de sus manos sobre el arco, haciendo que el elfo lo bajase y dejara así de apuntarles – "Lamentablemente, tu amiga ha ocasionado la muerte a varios hombres y no ha sido posible evitar su arresto. Por el momento, se hallará en el calabozo. Hasta que, en unos días, sea llevada a… juicio."

Fenarel abrió los ojos nuevamente en sorpresa. No podía creerlo – "¡¿Qué?! ¡No! no podéis llevárosla. ¡No podéis!"- gritó histérico. Pero cuando se disponía a tensar de nuevo su arco y lanzar la flecha al soldado que cargaba a Lyna, el extraño le sujetó ambas manos y se acercó peligrosamente a su cara para hablar casi en un susurro – "Si haces eso, morirás y ella también. Te lo suplico, haz lo que te digo."- apretó las muñecas del elfo, haciendo que éste soltase definitivamente el arco y flecha sacándole al tiempo una mueca de dolor – "Volveré después de asegurarme de que está sana y salva, y hablaré de lo sucedido, pero por Andraste, no cometas el error de pensar que tienes alguna posibilidad de salvarla, muchacho. Lyna estará bien, tienes mi palabra"-

Algo en la mirada del extraño le hizo confiar, pero seguía sin poder evitar el temblor y el miedo que le arrebataban, a gran velocidad, todo coraje y voluntad. Sudaba, se sentía mareado – "Lyna… no…. ¿Qué has hecho?"- se dijo para sí mientras asentía con la cabeza casi involuntariamente al tiempo que miraba la escena con incredulidad.

El extraño asintió en respuesta y le liberó. Después, se alejó de él lentamente, y girando ligeramente la cabeza, hizo una señal de asentimiento al shemlen de pelo oscuro que se encontraba de pie imperturbable y con mirada gélida.

"Adelante"- escuchó decir al otro. Fenarel vio al soldado cargar a Lyna como si fuera un saco de arena sobre sus hombros, haciendo que su dorada trenza se deslizase sobre la espalda del hombre y se balancease de lado a lado, al shem iniciar el paso. El extraño de barba recogió las dagas de Lyna y le miró por última vez. Después continuó la marcha siguiendo al resto, sin volver de nuevo la mirada.

Antes de que los cuatro se perdieran de vista, una furia inesperada resurgió de repente desde el centro de su corazón y gritó – "¡Somos los últimos Elvhenan. Nunca más nos someterán!"- alzó la voz como si todo un ejército estuviera esperando a oír dicha proclama justo antes de lanzarse a batalla. No sabía por qué había reaccionado así, pero necesitaba que Lyna le oyera, que supiera que él no la abandonaría.

Varios segundos después, y las figuras desaparecieron entre la bruma y la oscuridad, dejándole de pie con una sensación de derrota e incertidumbre terriblemente profundas. Sus ojos comenzaron a sentir el peso del acontecimiento y sus rodillas fallaron. Cayó al suelo en llanto, soltando su arco y flecha al instante, y comenzó a temblar bruscamente mientras que sus lágrimas corrían libremente por sus mejillas. Sollozó sin control durante varios minutos hasta que, finalmente, logró recuperar parte de su determinación. No sabía cómo lo haría pero necesitaba salvarla, necesitaba ir a por ella y no podía esperar a que el shemlen cumpliera con su palabra.

Debía buscar ayuda. Volvería a por ella aunque eso fuera lo último que hiciera.


Shemlen: niños rápidos. (Nombre despectivo que se le da a los humanos. Shem; rápido.)

Fenedhis: mierda, maldición.

Elvhenan: Así es como se llama al Pueblo élfico de antaño.