Killian dejo a Emma con Ruby e intentó distraerse con sus amigos jugando a las cartas. Pero su mente no lo dejaba concentrarse en el juego, su mente estaba invadida con algo que venía pensando hace días. Ante la necesidad de tener un momento solo, se fue a sentar a la sombra de un árbol. Disfruto del aroma a tierra y rocío de los árboles y de escuchar los sonidos de la naturaleza. Miró el anillo que siempre llevaba en su dedo anular e intento decidir si lo que había estado pensando era lo correcto. Ese anillo era especial. Su madre se lo había dado a Liam para cuando encuentre a la mujer que amaba. Pero ni su madre ni Liam estaban, así que el anillo era de Killian. O quizás el anillo podía ser de Emma.

- Killian, ¿Estás bien? – Preguntó Henry llamando su atención al usar su nombre, la mayoría de las veces simplemente lo llamaba capitán. Pero a Killian le gustaba esos momentos en lo que el niño sentía semejante confianza como para usar su nombre real.

- Si, estoy bien. – Asistió Killian y le hizo un gesto como indicando que podía a unirse a él si quería.

- ¿Entonces por qué te fuiste? – Preguntó Henry curioso. – Es raro que te hayas ido, vos nunca abandonas un juego. – Dijo con seguridad.

- Tengo muchas cosas en la cabeza y no me dejaban concentrarme. Si no puedo concentrarme, no puedo ganar y a mi me gusta jugar para ganar, así que… - Explicó Killian.

- ¿Es por Emma? ¿Ruby encontró algo malo en ella? – Preguntó Henry presintiendo que su distracción tenía que ver con que Emma no estaba con ellos.

- Emma está bien, Ruby la está ayudando a terminar de curarse. – Respondió Killian.

- Que raro que no te hayas quedado con ella mientras Ruby la curaba. – Dijo Victor uniéndose a la conversación.

- La curación implicaba que Emma esté sin ropa. – Dijo Killian como si eso explicará todo.

- Eso no te ha detenido antes. – Comentó Victor divertido.

- Lo sé, pero a Ruby la hacía sentir incómoda mi presencia, así que me echó. – Informó Killian.

- Todo un logro que lo haya logrado. – Dijo Victor con una sonrisa, sabía lo difícil que era para Killian contenerse cuando tenía ganas de hacer algo.

- Entonces, si Emma está bien, ¿Qué es lo que te tiene preocupado? – Pidió saber Henry subiéndose a la rama de un árbol.

- Nada, una tontería. – Contestó Killian sacudiendo su cabeza de lado a lado.

- No es una tontería si no te permite jugar a las cartas. – Dijo Henry, el niño era muy inteligente y lo conocía demasiado.

- Aparte somos nosotros, no tenes permitido mentirnos. – Agregó Victor intentando convencerlo de hablar.

- Bien, pero no me digan que no les advertí. – Aceptó Killian y vio que los otros dos asistían con la cabeza. – Estaba pensando en pedirle matrimonio a Emma. – Confesó algo avergonzado.

- ¿En serio? – Preguntó Henry, estaba tan sorprendido que casi se cae de la rama que había trepado.

- Si. – Asistió Killian mientras jugaba con el anillo.

- ¡Eso es estupendo! – Exclamó Henry entusiasmado.

- Si, es grandioso. – Coincidió Victor.

- ¿En verdad creen eso? – Preguntó Killian sorprendido ante las buenas reacciones de los otros.

- Claro, ustedes se aman. – Respondió Henry con una sonrisa.

- ¿No les parece muy apresurado? – Preguntó Killian todavía algo inseguro.

- Killian, te conozco hace trescientos años y déjame decirte que nunca te ví tan enamorado de alguien como de Emma. – Dijo Victor con una sonrisa. – Y lo mejor de todo es que Emma corresponde tus sentimientos con la misma devoción. Ella daría la vida por vos, hasta estuvo dispuesta a aceptar que te sacrifiques por tu venganza con el Señor Oscuro. ¿No te parece eso suficiente prueba de amor? – Dejo salir a la luz todo lo que pensaba y sentía en cuanto a la relación de Killian y Emma.

- Es más que suficiente. – Respondió Killian sonriendo al pensar en la forma en que Emma lo hacía sentir cada vez que estaban juntos.

- Entonces no la dejes ir, encontrar un amor así de real y fuerte es más difícil de lo que crees. – Aconsejó Victor.

- Gracias. – Agradeció Killian.

- ¿Cuándo diga que si, podemos hacer una fiesta? – Preguntó Henry haciendo que los otros dos estallen a risas.

Killian volvió junto a sus amigos a jugar a las cartas. Al rato Emma también se unió, ya que Ruby había terminado su curación. Cuando Killian vio a Emma supo que la curación había hecho efecto, Emma había recuperado su color de piel y el brillo que tanto la caracterizaba. Pero a pesar de estar radiante, había algo más. Killian pudo notar tristeza en sus ojos, por eso cuando se fue camino a la playa decidió seguirla para conversar. Emma estaba preocupada y se sentía culpable, pensaba que la vida de ella ponía en peligro la de todos lo demás. Killian habría deseado poder destruir a La Reina Regina en ese mismo instante, pero había aprendido que la venganza no era la manera. Así que abrazó a Emma, la contuvo y la calmo con sus palabras. Le hizo saber que lo que pasaba con Regina no era su culpa y que la vida estaba repleta de peligros, más si eras un pirata. Y lo más importante de todo, le hizo saber que no podía vivir sin ella y nunca la iba a dejar sola.

Killian llevó a Emma hacia la celebración del agua para que se despeje un poco. Killian se unió a Ruby para tomar una cerveza juntos, mientras miraba como Emma jugaba y bailaba con Henry y Will.

- Gracias por haberla ayudado, sirvió mucho lo que hiciste. – Agradeció Killian a Ruby.

- Si, se la nota más brillante. – Asistió Ruby mirando a Emma.

- ¿Hablaste con ella sobre Regina? – Preguntó Killian, después de tomar un sorbo de su cerveza.

- Sobre Regina y sobre sus padres. – Respondió Ruby sinceramente.

- ¿Por qué? – Pidió saber Killian.

- Porque me preocupo por ella y porque ella es la princesa del Bosque Encantado Killian, algún día va tener que hacerse cargo de sus responsabilidades. – Contestó Ruby dando un largo suspiro, sabía que a Killian le iba a molestar que ella haya hablado con Emma.

- ¿Crees que no lo sé? – Preguntó Killian ofendido.

- ¿Entonces por qué juegan a la familia feliz? – Reprochó Ruby ante lo había estado viendo.

- No estamos jugando a nada. – Respondió Killian frustrado ante los malos pensamientos de Ruby. - Yo la amo, y la amo por el simple hecho de ser ella misma, Emma. No me importa su magia, ni sus títulos, a mi me importa ella. Yo voy a aceptar lo que ella quiera, por ella soy capaz de ir hasta el fin del mundo. – Explicó exponiendo todos sus sentimientos.

- En verdad la amas. – Comentó Ruby observándolo detenidamente con una pequeña sonrisa.

- Si. – Asistió Killian. – Ruby, Emma a sufrido mucho y ha estado sola durante toda su vida. Así que déjale de llenar la cabeza con Regina, porque sino se va a ir sola, porque se va sentir culpable de poner nuestras vidas en peligro. – Pidió seriamente.

- Pero sabes que tengo razón. – Se quejó Ruby.

- No me importa, yo he puesto la vida de todos en peligro muchos años con el Señor Oscuro, así que estoy seguro que vamos a poder manejar a Regina. – Dijo Killian con convicción.

- Algún día va a tener que ser la Reina. – Dijo Ruby después de un largo silencio, recordándole las responsabilidades que siempre iban a perseguir a Emma.

- Lo sé y yo voy a estar ahí con ella, yo voy a estar con ella mientras ella me lo permita. – Dijo Killian.

- Te lo va a permitir. – Dijo Ruby ganándose una mirada confundida de Killian ante su repente amabilidad. – Emma te ama tanto o más de lo que vos la amas a ella. – Explicó.

- ¿Eso quiere decir que finalmente me das tu bendición? – Preguntó Killian sorprendido.

- Si, siempre Killian. – Aceptó Ruby sonriendo. – Pero no le digas a David o a Snow porque me matarán. – Bromeó.

- A veces me olvido que los conoces. – Comentó Killian luego de soltar una pequeña carcajada.

- No te preocupes, ellos son muy buenas personas. Cuando vean lo real que es el amor que tienen te van a aceptar con los brazos abiertos. – Dijo Ruby.

- ¿Aún siendo un pirata? – Preguntó Killian levantando una de sus cejas.

- Si, aún siendo un pirata. – Respondió Ruby y Killian se paró de la mesa dando por terminada la conversación. – Pero Killian recuerda que no sos solamente un pirata, también sos un hombre de honor. – Le recordó Ruby antes de que se vaya.

- Gracias. – Agradeció Killian.

Killian fue a agarrar otra cerveza y continúo mirando a Emma. Le encantaba mirarla, se la veía tan libre y feliz bailando con Henry y Will. Killian miró su anillo y pensó en la conversación que acaba de tener con Ruby. Killian amaba a Emma. Killian sabía que Emma era la princesa del Bosque encantado y la supuesta salvadora de los Reinos según las profecías de las hadas. Pero él la amaba y no había nada que pudiera cambiar eso. Sabía que algún día ella iba a tener que hacerse cargo de sus responsabilidades, porque ella era una buena persona y de alguna manera siempre terminaba eligiendo hacer lo correcto. Sin embargo nada de eso lo aterraba, él quería acompañar a Emma sin importar el lugar, el destino o las responsabilidades. Lo único que le aterraba era vivir sin ella.

- Permiso, ¿Puedo robar a mi mujer? – Preguntó Killian abrazando a Emma por detrás.

- Claro. – Asistió Henry y se llevó a Will con él para dejar a la pareja solos.

- Pensé que los piratas tomaban las cosas sin pedirlas. – Bromeó ella girando para poder verlo a la cara.

- Pero yo no soy solo un pirata, soy un caballero. – Le recordó él apretándole la nariz cariñosamente. - ¿Vamos? – Preguntó él tomándola de la mano.

- ¿A dónde? – Preguntó ella confundida.

- Tengo una sorpresa para vos. – Respondió él sonriendo.

- ¿Por qué? – Pidió saber ella, no estaba acostumbrada a que las personas tengan ese tipo de gestos con ellas.

- Porque quiero. – Respondió él como si fuera la respuesta más simple del mundo. – Confía en mí. – Pidió.

- Siempre. – Aceptó ella descansando su cabeza en el hombro de él y dejando que la guíe a la sorpresa.

Killian agarró la mano de Emma y la llevó a caminar por el bosque. En un momento la mano de ella se tensó en la de él al darse cuenta a donde se dirigían. Killian le dio un beso en la cabeza para calmarla y la siguió guiando, hasta detenerse en el hogar de las hadas. Killian pudo escuchar la música en el aire desde el momento en que entraron a ese lugar mágico del bosque y sonrió al notar que era la misma melodía que habían bailando la otra vez. Era como si las hadas habrían adivinado su intención, e intentaran ayudarlo.

- ¿Qué hacemos acá? – Preguntó Emma nerviosa.

- Bueno, este es un lugar muy especial. – Respondió Killian tratando de pensar la forma de correcta de hacer lo que quería hacer.

- Lo es. – Asistió ella. – Recuerdo nuestro baile volando en el aire y el beso. – Dijo sonrojándose.

- Pero, también es el lugar donde te deje sola porque tenía miedo. – Agregó él leyendo la mente y preocupaciones de ella. – Ese fue uno de los peores errores que cometí en mi vida. – Dijo con sinceridad.

- No estarás planeando en dejarme devuelta, ¿Cierto? – Pidió saber ella con la voz temblorosa.

- Nunca. – Aseguró él agarrándole la mano.

- Bien. – Aceptó ella, soltando el aire que había estado conteniendo ante el miedo de su respuesta.

- Pero este lugar es especial porque es donde me di cuenta que estaba enamorado de vos, aunque en ese momento no estaba listo para aceptarlo. Ahora si estoy listo. – Explicó él y se puso de rodillas. – Emma te amo más de lo que una persona puede llegar a amar a otra y quiero pasar toda mi vida demostrándotelo. Por eso, si queres, ¿Me harías el honor de ser mi esposa? – Dijo él mirándola a los ojos intensamente y ofreciéndole el anillo.

- Si, infinitas veces si. – Dijo ella emocionada de la alegría y extendiendo su mano para que él le ponga el anillo.

- Te amo Emma Swan. – Dijo él poniéndole el anillo en su dedo.

- Te amo Killian Jones. – Dijo ella dejándose caer junto a él y uniendo sus labios en un beso.

Killian estaba explotando de felicidad. Emma dijo que si y se refugio en sus brazos uniendo los labios de ambos en un pasional beso. Killian correspondió el beso con la misma intensidad, haciéndola sentir todo el amor que tenía por ella. La agarró en sus brazos y le propuso bailar. Las hadas se unieron un instante después, dando música y luz, y el polvo de hadas haciéndolos despegar de la tierra. Killian nunca había pensando que la felicidad iba a existir para él, pero finalmente la había encontrado. Su felicidad era ella y está vez no iba a dejarla ir.