Capítulo 27: La votación
Durante una semana no me permitieron levantarme de la cama. Fue la peor semana de mi vida; tumbado, admirando el blanco y aséptico techo, las paredes, el silencio. A veces recibía visitas, pero el tiempo era escaso. Me imaginé que era alguna especie de castigo, pero decidí que no valía la pena enfadarse por ello; además, tenía sus ventajas. Me permitía pensar, divagar en las cosas más inútiles de la vida. Siempre me había preguntado de qué manera nos perciben las hormigas, por ejemplo. Porque, a ver, éramos una especie de gigantes para ellos, que destruían su hábitat y que las pisoteaban sin pesar. Nos odiarían si pudieran, ¿no?
Sí, pasarse veintidós horas al día solo podía dejarte un poco desorientado. Por suerte, cuando la semana se cumplió, me permitieron volver a mi antigua habitación, con Elena. Agradecía la libertad, o al menos la que me permitían las dos muletas que tenía que llevar conmigo. Según los médicos, la pierna derecha estaba bien, pero demasiado débil como para soportar mi peso.
Me pasé gran parte de mi infinito tiempo libre observando a la gente. A veces me iba al hospital, Jon todavía seguía allí. Daphne pasaba gran parte del día allí, aunque su hermano todavía no daba señales de mejorar.
Me pregunté qué pasaría por la mente de Elena cuando mientras estuve en la cama. Porque… estuve a punto de morir. Ella no se movió de mi lado en todo el tiempo que estuve allí, quieto, en la frontera entre los vivos y los muertos. Daphne y Jon no tenían a nadie más, sólo estaban ellos dos. Tenían amigos, y aliados, sí; pero nadie de su familia. Aquellos que se quedaron en el 4 los creían muertos.
A veces, visitaba su clase. Me sentaba al fondo, en un rincón. Terminé por aprender que lo mejor era llegar el primero, y quedarme quieto y callado, en mi minúsculo escritorio; todos los niños eran bastante amables y cariñosos, y se ofrecían a ayudarme, pero eran tan pequeños que a veces resultaban más un incordio que una ayuda. Y sus caritas eran tan dulces y tan sinceras que me daba pena pensar algo malo de ellos.
Elena era un sol explicando. Hacía que las cosas más complicadas a los ojos de niños de seis-siete años pareciesen la cosa más sencilla y clara del mundo. ¡Incluso las tan odiadas matemáticas! Esas sumas de dos dígitos, llevando, para los más pequeños; esa nueva operación, la multiplicación, ¡menudo suplicio! ¿De verdad es algo necesario? Por un momento cerré los ojos, y me vi a mí mismo, trece años atrás, aprendiendo. Las matemáticas y yo nunca nos habíamos llevado bien. Hubo un momento, en que hacía todo lo posible por no asistir a clase: me hacía el enfermo, me escapaba, me escondía en el armario de las escobas...; siempre terminaban cogiéndome.
Me gustaba ir allí. Me gustaba, porque estaba ella, simplemente. Me gustaba ver las caritas concentradas de los niños, mientras hacían los deberes, o cuando Elena explicaba algo. Me gustaba la tranquilidad, el silencio únicamente roto por el murmullo de un par de niños, que cuchicheaban sobre ciertos animales mitológicos que ellos mismos habían inventado, y cuál era mejor que el otro. También había otro grupito que se contaba las nimiedades propias de la infancia, y cosas así.
Pero como todo, la pequeña tranquilidad de la que disfrutaba no duró mucho. Johanna vino a buscarme, y no precisamente con cara de buenos amigos.
-¿Qué pasa? –pregunté, mientras íbamos caminos de donde quiera que fuésemos.
-Tenemos una reunión –respondió, seria. Como si no se fiase-. Todos los Vencedores. Heavensbee nos ha citado.
Llegamos a la sala de mando, donde nos habían enseñado el holo del Capitolio. Estábamos todos, supuestamente: Enobaria, Beetee, Annie, Johanna, Haymitch, los trágicos amantes y yo. Ocho, había contado ocho. Sabía que Finnick estaba muerto, pero… ¿Kranack?
Reparé en la presencia de Coin, y de Plutarch, por supuesto.
-Os he llamado para zanjar un debate –comenzó Coin, sentada en la silla principal, casi enfrente de mí. Annie estaba sentada a mi lado, agarraba mi mano derecha con fuerza-. Hoy ejecutaremos a Snow. En las últimas semanas hemos juzgado a cientos de cómplices de la opresión de Panem que ahora esperan la muerte. No obstante, el sufrimiento de los Distritos ha sido tan extremo que las víctimas consideran insuficientes estas medidas. De hecho, muchos piden la aniquilación de todos los ciudadanos del Capitolio. Sin embargo, para mantener una población sostenible, no podemos permitirlo.
Nunca me había fiado de esta mujer. Empezaba a tener una vaga idea de lo que planeaba, y no me gustaba. Ladeé la cabeza, y advertí la profunda tristeza que Annie tenía en su rostro. Recordé a mi madre, lo que pasó hace casi once años.
-Por tanto, se ha puesto sobre la mesa una alternativa. Como mis colegas y yo no llegamos a un consenso, se ha acordado dejar que decidan los Vencedores. Necesitamos una mayoría de cinco votos para aprobar el plan. Nadie podrá abstenerse –sigue diciendo Coin-. Se ha propuesto que, en vez de eliminar a toda la población del Capitolio, tengamos unos últimos Juegos del Hambre simbólicos con los niños relacionados directamente con los que ostentaban el poder.
Ya está, ya lo había dicho. Había revelado su plan maestro: continuar con los Juegos del Hambre. La mayoría de nosotros protestamos; yo no me veía con fuerzas para responder. Coin quería continuar con el arma más poderosa del Capitolio, para asegurarse el poder. Porque una vez probada la gloria del poder y el temor, jamás se suelta. Y Coin lo tenía al alcance de la mano.
Peeta, Beetee y Annie votan que no. Enobaria y Johanna sí. Katniss, y tras ella, Haymitch, también votan que sí. Sólo quedaba yo.
-¿Davo? –inquirió Coin, mirándome fijamente.
-No, de ninguna manera –respondí-. No voy a permitir que los Juegos sigan existiendo.
Coin no parecía contenta. Ella quería sus Juegos, y yo se lo había negado.
-¿Dónde está Kranack? –pregunté, en medio del silencio. Coin me miró, fría.
-Está muerto –respondió secamente.
A partir de aquí, no oí nada más. Su respuesta había sido un balde de agua fría. Oía los murmullos y peticiones, querían matar a Snow públicamente. Ni siquiera sabía por qué me había quedado, si todo eso sería honor para el Sinsajo. El resto de Vencedores, ya no importaban. Valíamos más muertos que vivos. No éramos sino resquicios de una época oscura que los Distritos de Panem no querrían recordar. Cada uno de nosotros simbolizábamos la muerte de veintitrés niños (cuarenta y siete, en el caso de Haymitch). Nadie querría tanta muerte a su alrededor.
Cuando terminó la reunión, yo me quedé allí, solo, pensando. Ni tan siquiera se molestaron en dejar luces encendidas, Davo Wright no era tan importante. Me entretuve con el holo que simbolizaba todo el Distrito 13. Había un punto rojo donde cada vencedor se encontraba en ese momento. Los conté: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… nueve. Nueve. ¡Kranack!
Una mano fuerte me dio en el hombro derecho. Hubiera saltado, si la pierna derecha me lo hubiese permitido. Pero no lo hice, en su lugar, besé el suelo.
-No te recordaba tan asustadizo, Wright –la voz grave y aguardentosa de Haymitch Abernathy. Me ofreció la mano, y me ayudó a levantarme-. Gracias por sacar a Hestia de allí.
Fruncí el ceño, en un primer momento no sabía de qué me estaba hablando. Luego tuve una especie de recuerdo lúcido, y en mi rostro se formó una sonrisa.
¿Quién era Hestia? La conocí en la primera fiesta que Snow hizo en mi honor, en su propia casa, luego de mi primer asesinato. Hestia era una joven de unos treinta años, castaña, cabello largo y algo ondulado. Ojos ambarinos y piel pálida, cálida y apetecible. Después de aquella fiesta, cuando volví al apartamento que tenía en el Capitolio, alguien llamó: era ella. Llevaba un vestido de fiesta azul eléctrico, de su piel emanaba un brillo delicioso y un olor embriagante. Rezumaba sensualidad por cada uno de los poros de su piel, por cada centímetro. No podía negar que no me atrajese, pero la recordé de otras fiestas, en otros lugares. Cada día iba del brazo de un hombre distinto. Es por eso que la rechacé.
La rechacé, porque ya había demasiada prostitución a mi alrededor. Yo no quería ser un cliente asiduo, no quería que ella agachase la cabeza cada vez que nos viésemos. Al fin y al cabo, los dos éramos víctimas del poder de Snow.
"Él no tiene por qué enterarse", había dicho la primera vez. Desde entonces, desde aquella fiesta, nos veíamos muy a menudo. Y cada noche, Hestia era mandada a mi apartamento. Pero nada pasaba entre nosotros. Simplemente, fantasmas del pasado. Así fue cómo ella conoció mi historia, y ella conoció la mía.
Hestia provenía del Distrito 10, pero desde que tenía memoria, había vivido en el 12… hasta la cosecha de Haymitch. En aquel entonces, ella apenas tenía seis años. Después de la Victoria del chico, Hestia desapareció. El Capitolio se la llevó, y había vivido allí desde entonces. Snow quiso hacerse con sus recuerdos, pero ella resistía. A pesar de casi no recordar nada, había momentos, sueños, en los que se veía a sí misma, en el Distrito del carbón, y un niño de tez olivácea, cabellos oscuros y rizados, y ojos grises: un niño típico de la Veta.
Hestia recordó cómo su hermano desapareció de pronto de la casa, muchos años atrás. No sabía si había ganado o no, y preferí dejarla con la duda. ¿Serviría de algo decirle que Haymitch había ganado el segundo Vasallaje de los 25, y la creía muerta, que ahora era un borracho que no se preocupaba por sus tributos? A veces, la ignorancia era la felicidad.
Llevaban veintiséis años sin verse. Y de alguna manera, se reconocieron. Aunque Haymitch fuese ahora casi un abuelo con su espesa barba y su hígado infesto de alcohol; y ella fuese una mujer de los pies a la cabeza. Nunca había visto a Haymitch mostrar cariño por nadie, excepto quizá por sus últimos tributos. Claro que a Peeta era imposible no quererlo, y aunque Katniss fuese un poco difícil, en el fondo también se le podía coger aprecio.
-Tenía que hacerlo, Haymitch –respondí, después de un prolongado silencio-. Era mi deber como soldado.
Haymitch sonrió y se llevó la mano derecha al bolsillo interior de la chaqueta negra que llevaba. Sacó una petaca plateada, y me la ofreció. Le di un largo sorbo, y la ginebra se deslizó por mi garganta, achicharrándola y mareándome. Yo le imité, sacando el paquete blanquecino de cigarrillos del bolsillo lateral del pantalón, pero él rehusó.
Me ayudó a levantarme, y me acompañó hasta casi la superficie del Distrito.
Cada uno se mataba a su manera.
