HOLA queridísimas lectoras/res! He regresado. Sí, lo sé, lo siento otra vez por la tardanza, compréndanme, les consta a las que me han seguido desde mucho tiempo atrás que en el pasado no me tardaba nada en publicar, era porque tenía tiempo, menos estudios, menos responsabilidades, etc. Esto viene con lo de crecer...ahora tengo una banda un trabajo de 7 horas y además estudio. C'est la vie. Muchas gracias por tooooooooda su comprensión. Son fieles a la historia, y sus reviews son los que me hacen continuarla porque me dan todo el impulso de sentarme a escribirla en mis tiempos libres. Debía agradecérselos, son geniales! :)
He subido al blog cuatro regalitos míos y de Fabi. El primero es un soundtrack del fic que ha sido creado por mí y por fabi, espero que les guste, las canciones las pueden bajar por su cuenta o escucharlas en youtube. El segundo regalo es un video sobre lo que ocurre en este capítulo con Morgana y Merlín, hecho por fabi. Y el tercer y cuarto regalo son DOS VIDEOS PROMOCIONALES a lo que va a pasar el siguiente capítulo. Son como pequeños adelantos, pequeñas probaditas de lo que vendrá en el capítulo XXVIII. Espero que los disfruten. Alaben a fabiana, es una genia!
Sin más, les dejo otra vez el blog: www . rojoynegrofanfic . blogspot . com
Que disfruten de los regalos y del capítulo!
Pd: he corregido errores ortográficos y de puntuación que el corrector automático de word me había cambiado. Es una nueva versión.
Capítulo XXVII
La estampa de Scorpius Malfoy
1.-
Rose tragó saliva mientras sentía en su interior un agujero insondable, como si un taladro estuviese cavándola y abriéndola de forma dolorosa. "Esto es de Scorpius…esto es lo que él siente", pensó, sin aire, inmóvil como una estatua con los ojos clavados en los metálicos de Scorpius. Éstos parecían ausentes, húmedos; su rostro tenía una expresión muda, silente, de estupor e incomprensible dolor. Rose no podía moverse, estaba paralizada por los sentimientos de Scorpius que sólo ella podía sentir. La boca se le había secado: era ahora un desierto. Su lengua se había transformado en una montaña de arena lista a ser barrida por el viento.
Mientras tanto, la presión en el pecho persistía.
Scorpius no lograba articular ninguna idea coherente. En su cabeza las palabras de Hugo Weasley habían sido igual que una bomba. Aún no se recuperaba del desastre que produjeron en él. Tras unos segundos prolongados, el slytherin comenzó a saborear la herida: "el hijo del mortífago que torturó a nuestra madre", se repitió mentalmente, "el hijo del mortífago que torturó a nuestra madre". ¿Qué clase de ignominia era esa? "No puede ser cierto", pensó. "No puede serlo".
Scorpius, devastado, con una voz temblorosa, elevó su brazo derecho, señaló con el dedo a Hugo Weasley y dijo:
—Mientes.— soltó, casi en un murmullo.
Hugo, confundido y a la vez indignado por la negación de Scorpius respecto al crimen de su padre, frunció el ceño aún más furioso que antes.
—¡Cómo puedes negar lo que hizo tu padre? ¡Lo menos que puedes hacer es bajar la cabeza y cerrar la boca, Malfoy! ¡Y nunca haberte metido con mi hermana!
Scorpius, aturdido, dio dos pasos hacia atrás, tambaleándose, y tragó saliva. Sus ojos grises buscaron refugio en los azules de Rose. La pelirroja se estremeció: la mirada de Scorpius nunca había sido tan desolada.
—¿Es cierto?— preguntó, sofocado. —Dime, por favor, que no es cierto…
Los ojos de Rose se llenaron de lágrimas. No, no podía mentirle. Una cosa era no interferir en un secreto familiar, y otra muy distinta, mentirle. No podía hacerlo.
Sus manos empezaron a temblar. Y mientras el silencio se prolongaba, Scorpius fue comprendiendo toda la verdad en la mirada compasiva de Rose.
Entonces, ella susurró:
—Lo siento…
Scorpius cerró los ojos.
Fue poco lo que duró aquella reacción aparente resignación. En realidad, fue como si tragara amargamente la píldora de la verdad que le habían puesto en frente. Cuando sus ojos se abrieron, éstos ya no eran los mismos. Scorpius no miró a Rose, ni a Hugo; era como si los hermanos Weasley hubieran desaparecido, como si no existieran. Se dio la vuelta y caminó en sentido contrario de forma ininterrumpida y rápida, pero ondulante.
Rose hizo el intento se ir tras de él, pero Hugo la tomó por la muñeca.
—¿Qué haces!— le preguntó. —¡Tenemos que hablar!
—¡Hugo, él no sabía nada de lo que su padre hizo!— le gritó. — ¿Entiendes lo que acabas de hacer? ¿Tienes acaso la menor idea?
Rose se soltó bruscamente de Hugo y corrió tras los pasos de Scorpius.
Hugo permaneció firme en su lugar, confundido, enojado y a la vez, dolido. Incapaz de comprender a su hermana.
Y fue entonces cuando, por primera vez en su vida, se preguntó si realmente la conocía; si, después de tanto tiempo, conocía a la chica de 17 años en la que se había convertido su hermana, en esa que, evidentemente, ya era una mujer.
Un vacío llenó el corazón de Hugo.
¿Quién era Rose, en realidad? ¿Cuáles eran sus deseos, sus anhelos, sus proyectos? En algún punto de su adolescencia, dejó de mirarla, de mirarla de verdad; se ver dentro de su hermana. En algún punto, creyó que Rose se mantendría siendo la que fue a los 11 años, a los 12, a los 13. En algún punto, su hermana cambió y él se perdió del cambio.
Hugo se apoyó contra la pared del pasillo y suspiró mientras se pasaba una mano por la cabeza.
En Hogwarts, los Gryffindors festejaban la victoria anunciada: Rose Weasley había ganado la tercera prueba.
A unos metros, la pelirroja aceleraba el paso por el pasillo tras los pasos de Scorpius y, en una esquina, se chocó de frente con un grupo de gryffindorianos que la vitorearon.
—¡Felicidades Rose!
—¡Te estamos haciendo una fiesta en la sala común! ¡Debes ir!
—¡Es en tu honor!
—¡Gryffindor está festejando desde ya que tendremos a una de los nuestros en la Orden de Merlín!
Todos hablaban a la vez, interrumpiéndose los unos a los otros. La pelirroja no los escuchó. Se abrió paso entre la masa y continuó su camino.
En su pecho, su corazón latía como un tambor.
¿Cómo podría ayudar a Scorpius? ¿Es que acaso había forma de hacerlo? ¿Cómo explicarle que no se lo había ocultado por otra razón que no fuera entrometerse en lo que no le concernía? ¿Cómo aliviar el dolor que sabía el slytherin sentía en ese preciso momento? ¿Cómo sanar semejante decepción respecto a su padre?
Rose se detuvo finalmente en un pasillo desierto y alejado de las aulas frecuentes. Al fondo estaba Scorpius apoyado contra el muro, cabizbajo, silente. Estaban cerca del ala inutilizada del castillo, un ala que se había conservado en ruinas como recuerdo de la batalla que se había librado en Hogwarts años atrás, durante la guerra contra Voldemort. Bastaba caminar unos metros más allá de donde estaba Scorpius para ver en los muros erosionados una placa conmemorativa a las víctimas que perecieron en la lucha contra los mortífagos. ¿Por qué Scorpius había caminado hasta allí precisamente? ¿Había sido de forma consciente, o involuntaria?
Rose caminó hacia él, y cuando sus pasos hicieron eco en el pasillo, el rubio levantó la mirada. Sus ojos se oscurecieron al verla, como si no la esperara; como si fuera lo que menos quisiera ver en aquel momento.
Rose se detuvo a una distancia considerable, paralizada.
—Yo…quiero que sepas que…— comenzó ella, pero él la interrumpió.
—¿Desde hace cuánto lo sabías?— le preguntó en un tono seco, impersonal.
Rose tragó saliva.
—Desde siempre.— le dijo —Mis padres nos contaron todo sobre la guerra. Todo sobre aquellas épocas.
Scorpius desvió la mirada hacia el frente, dándole el perfil.
—Quiero saberlo todo.— le exigió.
Rose se humedeció los labios.
—Scorpius….no tiene caso que…
—Es lo mínimo que puedes hacer— le dijo en un tono ronco y negro que le erizó la piel a la pelirroja. — Quiero saberlo todo.
Rose bajó la mirada. ¿Cómo contárselo? ¿Es que acaso sabía bien todos los detalles? No, lo que conocía era la historia que su padre le había relatado una y otra vez desde niña, nada más. ¿Era acaso la perspectiva de Ron Weasley, la verdadera?¿La real? ¿La única?
—Yo…no sé cómo…
—¡Dímelo!— le gritó, fuera de sí, el rubio. Ahora su cuerpo temblaba como si hubiera acabado de entrenar para un partido. Rose pudo notar la tensión en el cuerpo del rubio y dio un paso hacia atrás.
Jamás lo había visto así.
—Lo único que sé es lo que me ha contado mi padre. —dijo la pelirroja. —Que hubo una ocasión en la que el tío Harry, papá y mamá fueron secuestrados por mor…—se detuvo, pero agarró valor para continuar. —…mortífagos, y fueron llevados a la mansión Malfoy.
—Sigue.— le dijo una voz ida, ausente y oscura.
—En la mansión estaban tus abuelos, y tu padre.— continuó ella, sofocada por la tensión del momento. —…Bellatrix Lestrange…torturó a mi madre…
Los ojos de Scorpius se clavaron como dagas en ella.
—Tu hermano dijo que había sido mi padre.— le soltó, impaciente.
—No, no fue tu padre quien lo hizo.— dijo Rose, bajando la voz; había algo en el enojo de Scorpius que no era igual al de siempre. Había algo que la asustaba. — …dijo eso porque…para él es como si hubiese sido tu padre…
—Por qué.— exigió él.
—Porque tu padre estuvo presente en ese lugar, en la misma estancia, mientras torturaban a mi madre.— dijo Rose, con dolor. — …y no hizo nada para impedirlo.
Scorpius volvió a cortar el contacto visual con Rose. Era como si no resistiera mirarla ni un segundo. Por dentro, no sentía más que rencor, vergüenza y decepción: todo hacia su padre. Rencor porque le había ocultado aquello durante años, vergüenza y decepción por lo que había sido capaz de hacer: ver cómo a una de sus compañeras la torturaban sin mover un solo dedo…
La actitud más cobarde, más indigna, más indecente de todas.
Malfoy. Ese era el apellido que le había tocado. Esa era su estampa. Su naturaleza. Aquella de la que no podría escapar sin importar cuánto se esforzara por hacer las cosas bien.
Malfoy.
Scorpius soltó una risa seca y ronca. Rose lo miraba con compasión y , a la vez, con reticencia.
—¿Por qué ríes…?— le preguntó.
Scorpius, sin mirarla, le respondió:
—Todos tienen razón.— le dijo. —Todos siempre han tenido razón: no soy ni seré nunca nada más que el hijo de un mortífago.
—No digas eso Scorpius.— dijo Rose, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. —No es cierto.
Scorpius volvió a mirarla, esta vez con furia.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?— le espetó. — ¿Pensabas decírmelo?
Rose no pudo hablar: sentía la lengua atada al inicio de su garganta. Tardó algunos segundos en recomponerse.
—Yo….
—No pensabas hacerlo, ¿verdad?— le soltó.
—No es como crees que es…— dijo Rose al borde del llanto. — Esto era algo en lo que yo no podía interferir. Era un asunto entre tu padre y tú…
Scorpius soltó aire y volvió a reírse secamente. Rose tragó saliva. Por alguna razón, sentía que no estaba allí con el Scorpius que ella conocía, y eso la intimidaba.
Por alguna razón, se sentía expuesta.
—No tienes idea.— le dijo él— Lárgate.
Rose permaneció quieta en su lugar, respirando lenta y dificultosamente.
—No.— dijo ella. —No voy a irme ahora. No voy a dejarte así.
Scorpius cerró los ojos. No, no podía seguir estando cerca de ella. No lo soportaba.
Tenía que alejarla de él a cualquier precio.
Scorpius la miró a los ojos con extrema frialdad mientras que una sonrisa cínica y hueca se dibujó en su rostro.
—¿Es que no lo entiendes?— le dijo con aparente apatía. —No soporto verte. No quiero saber nada ni de ti ni de tu familia.
—Scorpius…— trató de insistir ella.
—Se acabó.— le dijo con tal brusquedad que Rose tembló. — Ya no me apetece seguir jugando contigo. ¿Lo entiendes? Lo que teníamos, era sólo un juego. Me apetecía cogerme a una Weasley y tú eras la más fácil de todas.
Los ojos de Rose se llenaron de lágrimas y dos de ellas corrieron por sus mejillas mientras miraba a Scorpius con incredulidad.
—Estás mintiendo.— le dijo ella— Estás tratando de vengarte de mí porque no te dije lo de tu padre…pero estás pasando la línea…
Scorpius no dejó de mirarla a los ojos ni por un segundo.
—¿En verdad crees que miento? No seas ilusa.— le dijo con neutralidad. Sus ojos estaban más oscuros que nunca. —Era eso lo que pensaba decirte antes de que tu hermano nos encontrara. Fue divertido mientras duró. ¿Qué creías? ¿Que podría tenerte algún tipo de afecto? Me tienes cansado. Me aburres. Me sofoca tu presencia constante. He terminado contigo.
Rose retrocedió dos pasos, sollozando en silencio, pero sin bajar la cabeza ni un instante. Si tan sólo pudiera sentir otra cosa que no fuera esa oscuridad proviniendo de Scorpius hacia ella. Si tan sólo pudiera acallar su propia oscuridad, su propio dolor.
—Lárgate de una vez.— le espetó Scorpius. — Ten dignidad y vete. Tu hermano tiene razón: ¿cómo puedes estar con el hijo de Draco Malfoy, aquel que no hizo nada cuando torturaron a tu madre? Especialmente, cuando no le importas en lo más mínimo. —apartó la mirada de ella— No pensaba decírtelo de este modo, pero dadas las circunstancias no encuentro otro modo de hacerlo: no te quiero. Eres sólo una chica más. Te usé para olvidarme de Megara. Ella es la única chica a la que he querido.
Rose continuó retrocediendo. Sus extremidades temblaban. "Tengo que escapar de aquí, tengo que desaparecer", fue lo único que pudo pensar. Dio media vuelta y corrió lejos de toda aquella oscuridad, lejos de las ruinas y del recuerdo de la muerte.
Lejos de Scorpius.
El slytherin la vio desaparecer como un punto que giraba hacia otra esquina del castillo, y cuando no quedó rastro de ella, se dejó caer contra el muro en donde hacía más de 20 años se había librado una batalla decisiva. Se derribó sobre él llorando como un niño, como hacía años no había llorado; pero aquel era un llanto antiguo, soterrado, decrépito…
Era el llanto de toda una generación.
2.-
—No lo entiendo.— dijo Dominique, tratando se seguir el paso apresurado de Roxanne por los pasillos del castillo. —En verdad no lo entiendo.
—No hay nada qué entender.— le respondió la morena sin bajar el ritmo de sus pasos. —Te dije que si querías, podías esperarme en la sala común.
—Roxy, algo te pasa, por Merlín, ¡Estás corriendo!— dijo la rubia acelerando el paso.
Fue incapaz de alcanzar a Roxanne.
Las dos Ravenclaws entraron a la biblioteca de forma nada silenciosa. Dominique se sonrojó al ver que varias miradas se fijaban en ellas con los ceños fruncidos. Sin embargo, a Roxanne poco parecía importarle. Siguió caminando a paso rápido, dejando atrás mesas llenas de estudiantes y estanterías de libros.
Finalmente, se detuvo.
Dominique paró en seco, recobrando el aire, y vio a su prima apoyarse en una mesa bastante alejada de las otras. En ésta se encontraban Lysander y Emiliana Weiss.
Los ojos celestes de Lysander se clavaron en Roxanne, primero con sorpresa, y luego con intensa alegría. Una sonrisa auténtica se dibujó en su rostro mientras dejaba a un lado el libro y las explicaciones que parecía haberle estado dando a Emiliana.
A la castaña, la presencia de Roxanne no le hizo mucha gracia.
—Chocolate, qué sorpresa.— le dijo el rubio con suavidad. —¿Pasa algo?
Roxanne negó con la cabeza.
—¿Podemos hablar…en privado?— le preguntó, evitando la mirada escrutadora de Emiliana.
—Por supuesto.— dijo Lysander poniéndose de pie. Sin mirar a Emiliana, le dijo: —Ya vengo, adelántate, ¿si?
Roxanne tomó de la mano a Lysander —para gran sorpresa de éste— y lo llevó tras unas estanterías algo alejadas.
Dominique suspiró, se rascó la cabeza, confundida, y se sentó junto a Emiliana. Intercambiaron miradas amables, pero se mantuvieron en silencio. No tenían nada qué decirse.
A una distancia prudente, Roxanne se detuvo y soltó con delicadeza la mano de Lysander.
—Wow.— le dijo el rubio, sonriendo y acercándose peligrosamente a ella. — Es la primera vez que tomas mi mano en público, ¿lo sabías?
—Ya.— dijo Roxanne, apartándolo. — Te estuve esperando anoche.
Lysander dejó que sus ojos recorrieran las piernas de Roxanne y, casi distraídamente, respondió:
—No pude avisarte…tuve que quedarme con Emiliana más tiempo estudiando. No entendía nada.
—Podías al menos haberme informado.— dijo la morena, evidentemente enfadada y cruzando los brazos sobre su pecho.
Lysander la miró a los ojos y esbozó una media sonrisa.
—¿Me extrañaste?— le preguntó juguetonamente.
Roxanne entornó los ojos.
—¡Estoy hablándote en serio!— soltó, frustrada.
El rubio se aflojó la corbata.
—Te dije que iba a estar ayudando a Emiliana con sus estudios. No creas que no quise ir a verte— dijo el rubio, finalmente adoptando la seriedad que la ravenclaw le exigía. —Moría por ir a verte. Por estar contigo. ¿Es que no se me nota?
Roxanne pestañeó varias veces, intentando conservar su posición de indignación.
—Me es indiferente.— dijo ella. —No me gusta que me dejen plantada.
Lysander enredó su dedo índice en un trozo de cabello negro de Roxanne, acariciándolo.
—Esta noche. Once en punto. Tu habitación.— dijo el rubio, mirándola intensamente. —No faltaré.
Roxanne se sonrojó.
—No se trata de eso.— le soltó. —Se trata de que si quedamos en vernos, al menos debes avisarme si los planes se han cancelado.
—Está bien, está bien.— cedió el rubio. — Lo admito. Fue mi culpa. No lo volveré a hacer.
Roxanne pareció relajarse ante las disculpas del ravenclaw. No las había esperado, mucho menos tan pronto. Creyó que discutirían un tanto más antes de que Lysander se diera cuenta de su falta de tacto varonil. Sin embargo, nada había ido como ella lo había previsto.
—Bien.— dijo Roxanne, sin saber qué más decir.
Lysander mantenía una sonrisa deleitante en su boca.
—¿Sabes? Me encanta cuando te enojas.— le susurró cerca del oído. Luego se alejó de ella al escuchar un carrito aproximándose. Madame Prince pasó por el corredor empujando un coche con libros. Los miró por sus grandes gafas con algo de reprobación, y continuó su camino. Lysander se encaminó otra vez hacia la mesa en donde había estado estudiando, pero a la mitad del camino se volteó, y en voz alta dijo:
—Y, Chocolate, la próxima vez sólo dime que me extrañas.— dijo el rubio, triunfante, llamando la atención de media biblioteca. Roxanne se sonrojó intensamente y frunció el ceño, observando cómo todos dejaban de hacer sus tareas para fijarse en ellos. —Cuando nos casemos, tendremos todas las noches para nosotros.
"Por Merlín", pensó la morena mientras se llevaba ambas manos al rostro, cubriéndoselo por la vergüenza. "¿Por qué a mí? ¿por qué?"
Lysander pellizcó una mejilla de Dominique y se sentó junto a Emiliana otra vez. La rubia se acarició la mejilla adolorida y se puso de pie a regañadientes, caminando hacia Roxanne, quien seguía con el rostro cubierto.
—Vaya.— dijo la rubia, alisándose el uniforme. —Lysander es bastante… poco pudoroso en cuanto a su vida privada, ¿no crees?
Roxanne dejó caer sus manos a ambos lados de su cuerpo.
—Es un perfecto idiota.— le dijo a su prima. —Eso es lo que es.
3.-
Rose se detuvo mareada por el ímpetu del llanto en una esquina. Pocas veces se había dado el lujo de llorar por Scorpius, por cada uno de los desplantes y palabras duras que había recibido de él durante todos aquellos meses. Habían sido pocas, casi inexistentes, las veces en las que se permitió derrumbarse como ahora lo hacía por un par de palabras mal dichas, por expresiones secas, distantes, heladas. Tal vez por eso, porque llevaba mucho tiempo mordiéndose los labios, la lengua, apretando los párpados, los puños, los dientes, ahora había explotado y perdido el control de sí misma. Rose se resbaló por la pared llorando como hacía años no lloraba: llorando como cuando era una niña y las lágrimas no eran motivo de vergüenza, cuando aún tenía derecho de llorar y mostrar sus sentimientos al mundo.
La voz de Scorpius era un taladro ininterrumpible en su cabeza: Lo que teníamos, era sólo un juego. Me apetecía cogerme a una Weasley y tú eras la más fácil de todas.
Rose dejó salir un ruido inarticulado entre sus sollozos que hizo eco en el pasillo que, afortunadamente, estaba desierto.
"No lo creo….no lo creo…no puedo creerlo.", se dijo a sí misma, herida en lo más hondo. No, no creía que Scorpius fuese tan maquiavélico. Podía no estar enamorado de ella, podía no quererla tal y como lo decía…pero, ¿usar aquellas palabras para decírselo? ¿por qué había tenido que ser tan duro, tan cruel?
"Es por lo de su padre…por eso lo dijo; no es lo que de verdad siente.." quiso justificar mentalmente, pero de inmediato tachó la idea. ¿Cómo alguien que tiene el más mínimo afecto por otra persona es capaz de soltarle algo tan insultante, tan cruel? No, no había justificación posible. Rose, sin importar las circunstancias, jamás le habría dicho algo semejante a Scorpius. Porque lo quería. Era así de sencillo.
"Pero él no te quiere a ti", se dijo a sí misma. Algunos rizos sueltos de su lazo se pegaban a sus mejillas húmedas. "No te quiere, por eso siempre puede decirte lo que le venga en gana…lo más hiriente, lo más terrible." Rose se cubrió el rostro con ambas manos. Su pecho temblaba. Nunca nadie le había dicho algo tan bajo, tan ruin, como lo que Scorpius le había dicho. Así era él y así había sido siempre. Desde el principio la había tratado de la peor manera, y ella de cierta forma lo había permitido, no porque quisiera dejarse humillar, sino porque no tenía la menor idea de cómo responder a sus agresiones. Poco a poco había ido aprendiendo a responderle, a defenderse de algún modo, pero siempre había sido insuficiente. Se había dejado maravillar por las virtudes de Scorpius, por todas aquellas virtudes que le envidiaba y a la vez, admiraba. Era así como había llegado a quererlo.
Pero quererlo le significaba mucho dolor.
"Ya no quiero….ya no quiero seguir con esto…" murmuró en una voz ahogada. Se sentía sola como nunca antes se había sentido. Querer a alguien y no ser correspondida era la sensación de soledad absoluta. No podía existir algo peor que aquella presión en el pecho que la agobiaba. No sólo Scorpius no la quería, sino que también la humillaba y le decía cosas terribles como si ella no fuera nadie, como si no hubiesen tenido relaciones juntos, como si no hubieran compartido tantas cosas.
Como si ella no le hubiese dado su primera vez.
No quería ser una mojigata, tampoco se consideraba tal. Era tímida e insegura con ciertas cosas que no tuvieran que ver con su intelecto, pero no manipulable. Siempre supo lo que hacía cuando decidió acostarse con Scorpius. Se entregó a ese sentimiento intenso que la carcomía por dentro, un sentimiento que jamás había experimentado; un sentimiento que no pertenecía al mundo tal y como lo había concebido ella, ese mundo recto, claro, estructurado, perfecto. Lo había hecho de forma consciente, sí; pero eso no significaba que no le doliera en lo más profundo haber dado todo de sí y que nada hubiera sido suficiente para que Scorpius Malfoy sintiera el más mínimo afecto por ella.
Por primera vez se sintió total y absolutamente insignificante; como una hormiga deambulando por el mundo, perdida de su hormiguero.
Scorpius tenía la capacidad de hacerla sentir de ese modo.
¿Qué creías? ¿Que podría tenerte algún tipo de afecto? Me tienes cansado. Me aburres. Me sofoca tu presencia constante. He terminado contigo.
No, ya no podía seguir engañándose más: Scorpius Malfoy no la quería.
Rose se llevó una mano al centro del pecho. Sentía una agonía lenta, tibia, como sangre manando por sitios donde no debía. Como una mordida hecha desde adentro. Incicatrizable.
"De modo que esto es lo que sentías, Lucy", pensó, recordando a su prima, "…de modo que es así como se siente que la persona que quieres no te quiera a ti."
Rose se sentía agotada, como si en su llanto incontenible hubiese agotado todas sus fuerzas. Ya no sollozaba de forma descontrolada, pero las lágrimas seguían corriendo torrencialmente por sus mejillas. Con esfuerzo se aferró a la pared y se puso de pie.
Se preguntó si aquel vacío exorbitante, insoportable, que sentía no era una mezcla entre su dolor y el que Scorpius sentía en aquel momento por haberse enterado del pasado oscuro de su padre. Cuando estuvo de pie, se forzó a no preguntárselo más. Daba igual: el problema era que lo sentía.
La pelirroja miró a su alrededor y corroboró que no había nadie. Nadie la había visto llorar, entonces, ¿por qué se sentía desnuda? Tenía que llegar a su sala común y esconderse en su habitación. Tal vez dormir.
Tal vez dormir y no despertar.
Rose se secó las lágrimas y se forzó a contenerlas. Al menos en la sala común no pensaba llorar frente a otros. Tendría que aguantarse el dolor hasta que estuviera encerrada en su habitación, sola.
"Sí, eso es lo que tengo que hacer", se dijo, dándose ánimo.
Rose caminó y dio la vuelta al pasillo contiguo. Tras subir unas escaleras y pasar por unos cuantos corredores llegó a la sala común e Gryffindor. Dio la contraseña, tomó aire y entró.
Música estruendosa y risas y gritos por todas partes la sorprendieron de forma desagradable.
Entonces lo recordó. Estaban festejando. Los de su casa le habían hecho una fiesta para felicitarla por su victoria.
"En realidad, festejan la victoria de la casa por encima de la de Slytherin", pensó, disgustada. No tenía fuerzas para soportar aquella fiesta superficial.
Ni bien dio dos pasos hacia adentro todos los gryffindors gritaron y aplaudieron, ensalzándola. Rose ni siquiera fue capaz de esbozar una sonrisa políticamente correcta, pero nadie pareció darse cuenta de ello. Nadie a excepción de sus primos.
Lily fue la primera en dejar de sonreír entre el tumulto. Fred y Louis, quienes estaban ya bastante bebidos, no parecieron reparar en el semblante afectado de Rose. Albus, sin embargo, se apartó de entre las chicas que lo rodeaban y clavó sus ojos azules con preocupación en los de su prima.
Ella lo evadió.
Rose se abrió paso entre la gente que la vitoreaba y le daba golpecitos en la espalda, entre la cerveza y el sudor, y el cigarro de frutas, y la saliva y el ruido hasta que por fin llegó a las escaleras.
Corrió lo más rápido posible por ellas hasta desaparecer.
Cuando llegó a su habitación lanzó la puerta destinada a cerrarse de un solo empujón, pero ésta fue detenida por el pie de Albus, quien sin importarle infringir las normas había subido hacia el sector femenino y alcanzado a la gryffindoriana. Rose, incapaz de continuar fingiendo, se deshizo en un llanto cansado y tierno. Cayó sentada sobre su cama, derrotada, avergonzada por no poder contenerse delante de su primo, humillada por su propia debilidad.
Albus no dijo nada. La miró con el ceño levemente compungido, como si estuviera presenciando una escena triste de la que no podía ser parte. Tras unos minutos de silencio, el moreno cerró la puerta tras de sí y caminó hacia Rose hasta sentarse a su lado. Corrió su brazo alrededor de los hombros de su prima y la pegó contra sí, abrazándola con fuerza y calidez.
Rose se sintió cómoda y segura por primera vez en mucho tiempo.
—Rose, yo…— comenzó Albus, pero ella lo interrumpió.
—Abrázame.— le pidió entre lágrimas y apretándose contra él. — Sólo abrázame, por favor…
Albus calló y le depositó un beso íntimo, largo y fraternal sobre la cabeza.
No la soltó ni un segundo.
4.-
Fred salió de la sala común tambaleándose levemente tras una chica de cabello corto y oscuro, tan corto como lo podría usar un hombre; sin embargo, su cuello era como el de un cisne y sus ojos grandes con pestañas prominentes.
—Teresa, ¡heeeeeeyyyy!— soltó Fred, sin notarlo, de forma muy escandalosa.
La chica se volteó con cierta molestia.
—¿Qué quieres Weasley?— le preguntó en una voz suave y melodiosa.
—Bueno, yo….
—No.— le interrumpió ella.
—Pero… si no sabes aún lo que quiero.— dijo Fred.
—Cualquier cosa que sea, la respuesta es no.— Teresa lo empujó con delicadeza lejos de ella. — Hueles a alcohol. Háblame cuando estés sobrio, Weasley.
Teresa volvió a entrar a la sala común Gryffindoriana y Fred suspiró. Hizo ademán de volver tras sus pasos, pero se tambaleó y cayó sentado al suelo. Se rió a carcajadas. Se había excedido en la bebida apostando por Louis quién tomaba más, y ahora sufría las consecuencias. De cualquier forma, estaba feliz y pasándosela de lo mejor. Era joven y tenía derecho a emborracharse de vez en cuando.
—Weasley, si te ve algún profesor, estarás suspenso por quién sabe cuánto tiempo— dijo una voz masculina que se proyectaba desde el pasillo.
Fred se restregó los ojos para ver bien de quien se trataba. Cuando lo descubrió, sonrió.
—¡Heeeeeyyyy! ¡Lorcan!— dijo con gran animosidad. —Siéntate aquí, a mi lado, amigo mío.
Lorcan se detuvo frente a él y se cruzó de brazos, sonriendo.
—Vaya, estás realmente ebrio.— le dijo, divertido.
—Eso es.— fue lo único que atinó a decir Fred.
Lorcan miró hacia la puerta de la sala común Gryffindoriana mientras se pasaba una mano por la nuca.
—¿Hay una fiesta?— preguntó, interesado.
—Claro, por el triunfo de Rose en la tercera prueba.— dijo Fred. — ¿A que a los de tu casa no les hace ninguna gracia, eh?
Lorcan rió.
—No, no les hace nada de gracia.— le respondió a Fred. Se aclaró la garganta. — mmm…eh, ¿Lily está adentro?
—Sí, está adentro, aburriéndose porque ya ningún chico se le acerca, al menos de nuestra casa.
Lorcan se sentó al lado de Fred, interesado.
—¿Por qué? Es popular, tengo entendido que muchos chicos…
—Sí, sí, pues…así era antes, antes de que se creara la leyenda de que ella los humilla a todos y no acepta a ninguno.— dijo Fred, casi gritando. — Los chicos la miran pero le tienen miedo, así que no se le acercan….y mejor así, tienen razón en temerle, ya ha hecho sufrir a varios…— Fred suspiró. — Las mujeres son malas.
Lorcan sonrió y meneó la cabeza. Justo en ese momento, cuando se disponía a dar por terminada la conversación, levantarse, e irse —dado que no había forma de ver a Lily si estaba dentro de su sala común—, Fred dijo algo que lo ató al suelo:
—En realidad, Lily está amargada desde hace años porque Teddy escogió a Victoire, y no a ella….— dijo distraídamente.
Lorcan lo miró con estupefacción. ¿Teddy? ¿Teddy Lupin? ¿No era él el primo postizo de los Potter y de los Weasley?
No, no podía sólo quedarse con esa información. Debía saber más.
—Teddy escogió a Victoire…— le dijo a Fred, como incitándolo a seguir hablando.
—Pues sí….bueno, en realidad no es que escogió, porque nunca hubo duda para él: siempre quiso a Victoire. Es la más guapa de la familia, ¿sabes?, y bien, como él no es técnicamente un Potter ni un Weasley….es un casi incesto, pero no incesto, ¿comprendes?
—Ya…— dijo Lorcan. — Pero, ¿qué tiene que ver Lily?
Fred se rascó la nariz pecosa.
—¿Lily? Ah, sí. Bueno, es como un secreto familiar en realidad, o mejor dicho, no sé si sea un secreto. El asunto es que todos los primos lo sabemos, pero nadie habla de ello. Una vez, Hugo dijo algo en una cena hace muchos años. Lily le pegó y se armó un problema enorme…creo que Lily no le habló en un mes…eso, bueno, que nadie me ha dicho que sea un secreto, simplemente no se habla de ello y ya…
—¿De qué no se habla?— insistió, suspicazmente Lorcan.
—De que Lily estaba enamorada de Teddy y eso….ya sabes, ella pequeña, Teddy un poco mayor, él la consentía y le contaba cuentos, los dos jugaban juntos y eran inseparables y todo lo demás, luego llega la adolescencia de Teddy y él empieza a fijarse en Vitoire…pero Lily sólo era una niña en ese entonces, ella decía que se iba a casar con Teddy pero nadie le hacía caso porque era una niña y todos lo tomábamos como una broma. Hasta que, bueno, hasta que lo de Teddy y Victoire se hizo serio….entonces Lily dejó de hablarle para siempre. Hace años que no se dirigen la palabra si no es para algo como "pásame la salsa". Teddy ha intentado por todos los medios, ya sabes, acercársele, porque la quiere mucho, como una hermana menor….pero Lily sigue sin hablarle hasta ahora, así que todos sabemos por qué es. Tampoco quiere salir con ninguno de los chicos la buscan, y los trata mal, y los humilla y se burla de ellos…y todos sabemos que es porque está amargada desde hace cinco años porque Teddy fue su primer amor y él prefirió a Victoire, estas cosas que marcan a las chicas para siempre y tal…¿me escuchas?
Lorcan había dejado de escuchar hacía algunos segundos. Las palabras de Fred le llegaban como a través de un lejano túnel. Sus pensamientos corrían a mil dentro de su cabeza. No podía creer que hubiese acertado tanto con Lily: sí que había habido otro chico en su vida, uno que la lastimó. Pero aquello no era precisamente la historia que Lorcan había imaginado: según la versión de Fred, Teddy no la había lastimado, era Lily quien se había lastimado sola enamorándose de su primo mayor. Todo parecía ser la historia de una chiquilina caprichosa cuyo ego había quedado herido cuando fue desplazada por una prima suya, y que desde entonces no había podido recuperarse de ello. Se le había vuelto una obsesión.
"Cada que cavo en tu interior, Lilith, encuentro más y más superficialidad.", pensó.
Pero no, no podía ser así. Estaba siendo injusto con ella, y sin embargo, no podía dejar de ser injusto. No podía sentir otra cosa en su interior que no fuera lava ardiendo, una rabia incontenible, una envidia poco sana hacia Teddy y lo que significaba para Lily.
No era ella la única que jugaba. Él también podía jugar; él también sabía jugar. Desde el principio, el reto de conquistar a Lily había sido un juego apasionante. Entonces, ¿por qué algo que había empezado como un reto personal lo afectaba tanto? ¿Sentía algo profundo por Lily, o era su propio ego aplastado ante la dificultad de conquistarla? No podía saberlo. Estaba confundido. Confundido y furioso.
Lorcan se puso de pie en silencio y se sacudió el pantalón. Fred lo miró desde abajo.
—Hey, esto no puedes repetirlo, eh. — le dijo— Es un secreto familiar.
Lorcan se sacó la corbata, harto de ella, y la guardó con descuido y algo de brusquedad en el bolsillo de su pantalón.
— Descuida.— le dijo en una voz seca mientras se iba. — Soy una tumba.
5.-
—Son las 12 de la noche, ya debería estar aquí.— dijo Alexander desde el sillón de la sala común, jugando con su corbata.
Megara, quien había permanecido sentada sobre una mesita, saltó con agilidad gatuna y se paseó junto a la fogata.
—Sí, debería…Ya es muy tarde.— dijo la morena. — No entiendo en dónde se ha metido.
—¿Crees que esté mal por haber perdido la tercera prueba?— preguntó el castaño.
Megara lo miró con cierta nulidad.
—No es muy de Scorpius no dar la cara. Claro que debe sentirse mal, es muy competitivo. Pero eso no le impediría aparecerse por aquí.
Alexander se pasó una mano por la cabeza, despeinándose.
—En realidad, nadie lo ha visto en Hogwarts.— dijo el castaño. — Le he preguntado a varios.
Megara levantó una ceja.
—¿Insinúas que no está aquí?— preguntó. — Es ridículo. Ambos llegaron esta tarde, lo anunció Mcgonagal en el Gran comedor…dijo que llegarían. Y por lo que sé, la fiesta en Gryffindor continúa a estas horas. Rose debe estar allá.
—Bien.— dijo Alexander. — Entonces tal vez debamos preguntarle a Rose.
Megara lo miró con incredulidad.
—¿Y qué pretendes, tocar la puerta de la sala común de Gryffindor y presentarnos de la nada en su fiesta?— le dijo la morena con sarcasmo.
—No sé, algo tenemos que hacer, ¿no te parece?— dijo el castaño clavando sus ojos verdes en la morena. —Puede estar en problemas, o quién sabe qué lío.
Megara se pasó una mano por la frente, pensando.
—No debemos pensar lo peor, Alexander. No creo que sea conveniente que vayamos a informarle a algún profesor ni mucho menos. Puede ser que Scorpius esté haciendo algo en especial y no quiere ser molestado; puede que si le avisamos a alguien, lo metamos en problemas.
Alexander suspiró y echó la cabeza hacia atrás.
—Tienes razón.— dijo, finalmente. —Supongo que debemos esperar. Pero si hasta mañana por la mañana no sabemos nada de él, buscamos a Rose.
—Me parece una buena idea.— dijo Megara. De repente sus ojos oscuros se habían clavado en un slytherin de sexto que jugaba ajedrez con un amigo unos metros más allá.
Se pasó la lengua por el labio superior, no de una forma sensual, sino más bien infantil y astuta a la vez.
—Alex, ¿no crees que deberías ya irte a dormir?
Alexander asintió.
—Sí, tienes razón. Me voy.— dijo poniéndose de pie y estirándose. —¿Vas a dormir también?
—En unos minutos.— dijo la morena. —Tú primero.
Alexander la miró con cierto desconcierto, pero optó por no preguntarse más sobre la actitud de su mejor amiga y subir a descansar. No se le olvidaba en lo absoluto que al día siguiente debía acompañar a Lucy a declarar al Ministerio de Magia. La idea no era de su agrado, pero lo había prometido, y no iba a romper su promesa; mucho menos a dejarla sola.
Megara observó a Alexander subir las escaleras hacia los dormitorios masculinos y, tan pronto desapareció, se encaminó hacia el chico slytherin de sexto que jugaba ajedrez.
—Oye, tú.— le dijo.
El slytherin levantó la mirada del juego y al ver a Megara, su rostro se turbó casi imperceptiblemente. Sus ojos eran grandes y acaramelados.
—Hola— dijo él.
—¿Adam West? ¿No?— le preguntó Megara, sin ningún tipo de timidez.
—Sí.— dijo él.
Megara sonrió. Él era perfecto. Lo llevaría a la torre de astronomía y, con algo de suerte, Albus acudiría aquella noche. De ese modo dejaría su punto muy en claro. Aunque ya estaba empezando a duda sobre cuál era su punto en realidad.
La morena se arregló el cerquillo de modo bastante femenino y mantuvo su sonrisa:
—¿Quieres acompañarme a dar un paseo?
6.-
Eran las 12 y media de la noche y empezaba a hacer frío. Nadie habría optado por salir de Hogwarts en lo que parecía ser el inicio del invierno, del verdadero invierno, porque hasta entonces el frío había sido imperceptible. Nadie había optado por salir de Hogwarts en tales condiciones. Nadie a excepción de Scorpius.
El rubio caminaba sin rumbo por el interior del bosque perdido. Había pasado horas en la parte abandonada del castillo, con su cabeza corriendo a mil y sus pensamientos sofocándolo. Tan pronto pudo tranquilizarse y dejar de llorar como un estúpido, se puso de pie y empezó a caminar. No recordaba cómo ni cuándo había entrado al bosque prohibido, lo único que sabía era que cuando se había percatado de ello, ya estaba entre árboles , tierra y frío. Pero no le importó.
Aquel lugar era perfecto para pensar.
Las ideas amargas no dejaban de arraigarse con sus raíces en la cabeza de Scorpius y crecer hasta convertirse en fantasmas, monstruos. ¿Sabrían todos en Hogwarts de la tortura a Hermione Granger? ¿Sabrían todos que su padre estuvo presente sin mover un solo dedo? La idea de que todos en el castillo estuvieran enterados de aquel hecho menos él le producía náuseas. ¿Era por eso que los gryffindors no lo soportaban? ¿era por eso? Scorpius golpeó con su puño cerrado a un árbol. Sus nudillos sangraron. No, no era por eso. No era solo por eso.
Su padre había sido un mortífago.
Scorpius dio repetidos golpes al árbol. ¿Por qué se lo habían ocultado? ¿Cuántas cosas más sus padres le escondían? La distancia entre él y su padre nunca fue tan grande. Parecía un abismo infranqueable, insuperable.
Scorpius se dejó caer a la tierra, abrazado al árbol que había golpeado tantas veces. ¿A quién quería engañar? Estaba compitiendo para ser un miembro de la Orden de Merlín, pero, ¿se lo merecía? ¿merecía el hijo de un ex mortífago, de un cobarde, ser miembro de la sociedad que protege a la civilización mágica? ¿a qué estaba jugando? ¿A no llevar el apellido, la estampa, que llevaba? ¡Él no tenía una familia de oro, ni un pasado heroico y glorioso! ¿A qué jugaba compitiendo con Rose por un puesto en la Orden?
—No merezco nada….— dijo en voz baja, como susurrándole dolorosamente al tronco del árbol. — Nada…
Y el cansancio lo derrumbó.
7.-
Roxanne cerró el libro de Aritmancia y lo dejó sobre el velador. Estaba acostada en la cama, aún con el uniforme puesto; esperaba a Lysander. Eran ya más de las 12 y media y ni rastros del rubio.
Suspiró. ¿Y si Emiliana hablaba muy en serio cuando decía que planeaba separarla de Lysander? Le parecía ridículo incluso pensarlo. Sin embargo, por primera vez sentía miedo de perder a alguien. Y se trataba de un miedo genuino.
"Tengo que dejar de pensar eso", se dijo a sí misma y se puso de pie mientras desabrochaba los botones de su blusa y se sacaba la corbata. Dormiría. Se pondría la pijama y dormiría. Tal vez así dejaría de pensar en estupideces.
Entonces, la puerta se abrió rápidamente dejando entrar a Lysander. Roxanne lanzó un pequeño grito y se cerró la blusa abierta con las manos. El ravenclaw la miró con intensidad y sonrió.
—Llegaré tarde siempre si me recibes así.— dijo Lysander.
—Qué gracioso.— dijo Roxanne, sonriendo de forma fingida. —Ja, ja….ja.
Lysander caminó hacia ella, pero la morena lo esquivó, sosteniéndose la blusa.
—Iba a dormir ya. Pensé que no vendrías.— le dijo, abotonándose la blusa.
Lysander se pasó una mano por la cabeza, despeinándose el cabello.
—Emiliana no acababa aún sus ejercicios, necesitaba de mi ayuda.— dijo él.
Roxanne se abrochó el último botón y se sentó sobre la cama. Suspiró.
"No puedo creer lo que estoy a punto de hacer", se dijo a sí misma. Y luego habló.
—Lysander, creo que debo contarte algo.—le dijo.
El rubio se sacó la corbata como si hubiera esperado todo el día para hacerlo, y la miró con curiosidad.
—¿Qué pasa?— le preguntó.
Roxanne se humedeció los labios.
—Quizás debí habértelo dicho cuando ocurrió.— dijo la morena. —Supongo que tenía miedo de que no me creyeras. Aún lo tengo.
Lysander borró la sonrisa de su rostro y se cruzó de brazos.
—Jamás dudaría de lo que me dijeras.— dijo el rubio. —Confío en ti más que en nadie.
Roxanne tomó aire.
—Hace unos días Emiliana se acercó a hablarme.— dijo ella. — Dijo que iba a intentar que tú y yo ya no estuviéramos juntos. Me dijo que te quería…no como una amiga.
Lysander se mantuvo quieto y la expresión en su rostro fue ininterpretable. Roxanne aguardó unos segundos, esperando a que él dijera algo, pero el silencio y la quietud se mantuvo intacta durante demasiado tiempo. La morena optó por continuar:
—No pensaba decírtelo, ni tomarlo en serio.— dijo ella. —Pero cada vez te veo menos casualmente porque estás ayudándola en cosas que se supone no necesita ayuda. Todos hablan de lo lista que es y si mal no tengo entendido es una de las mejores estudiantes de su año. No puedo evitar pensar que quizás la tomé muy a la ligera. Que tal vez debía decirte lo que me dijo.
—¿Hace cuánto sucedió esto?— le preguntó el rubio.
—Unos días.— dijo Roxanne. —¿Es que acaso importa?
Lysander no se movió de donde estaba. Roxanne empezó a sentirse incómoda.
—No, no importa.— dijo el ravenclaw. —Sólo que no entiendo por qué no me lo contaste cuando sucedió.
Roxanne se puso de pie.
—Te lo dije: porque temía que no me creyeras.— le soltó. —Y creo que eso es justamente lo que está pasando.
Lysander se pasó una mano por la cabeza y desvió la mirada.
—No suena a Emiliana hacer algo como eso.— le dijo. —Pero si me lo dices, por supuesto creeré en tu palabra.
Roxanne se cruzó de brazos.
—No pareces muy convencido.
Lysander guardó silencio. Aquella quietud fue como un dardo para la ravenclaw.
—Estoy cansado. Iré a dormir.— dijo él finalmente de forma distante. —Mañana hablaré con ella.— le dijo, mirándola a los ojos. —Todo va a estar bien.
Lysander le dio un beso casi paternal, sobre la frente, y luego caminó hacia la puerta. Roxanne no dijo nada, pero sintió que algo no andaba bien. La sensación no la abandonó hasta que Lysander dejó la habitación. Entonces, ya no sintió otra cosa más que soledad, y se sorprendió.
Era un sentimiento que jamás había tenido antes.
7.-
Rose se sacó la ropa con un agotamiento inconmensurable. Albus se había despedido de ella con un beso en la frente hacía unos pocos minutos, creyendo que la había dejado dormida. En realidad, Rose quería dormir, pero no podría hacerlo hasta que su primo hubiese dejado la habitación, de modo que fingió haberse quedado dormida. Estaba agotada al extremo: habían sido tres días en la isla de las manzanas, Avalon, realizando el entrenamiento más duro que jamás hubiese hecho, luego la prueba con aquel dragón y después…
Después lo de Scorpius.
Su mente daba vueltas y sentía que podría dormir eternamente. Había dejado de llorar hacía ya algunas horas, pero sentía como si siguiera haciéndolo. Tal vez era verdad que por dentro seguía llorando. No podía estar segura.
Suspiró y miró el anillo que descansaba en el velador. Quería descansar, pero de ningún modo podía no continuar con la historia de Merlín y Morgana. No en aquel punto tan crucial. Se mordió el labio. ¿Scorpius usaría el anillo? No, seguro que no. No debía tener cabeza para ello en aquellos momentos, y quizás eso fuera lo mejor; así ella podría viajar y no tener que verlo en sueños. Aún no se sentía preparada para enfrentarlo.
La pelirroja se colocó el anillo y lo acarició levemente. Se acostó en la cama y se cubrió con una manta cálida del frío de invierno.
Poco a poco se fue hundiendo en la almohada hasta que perdió toda noción con la realidad.
Sueño #13
Rose abrió los párpados con violencia. Estaba en el salón del trono y el cuerpo de Uther yacía en el frío mármol que cubría el suelo. Su rostro estaba deforme, quemado por dos manos que ahora acariciaban el trono. Merlín parecía ahogarse en su propio asombro, en su propia incredulidad. Sus ojos azules pasaron del cadáver a los ojos verdes, reptilescos, helados de Morgana. La bruja estaba espléndida, pensó Rose: tenía un vestido rojo sangre que contrastaba con la blancura casi pálida de su piel y el negro azabache de su cabello largo y ondulado. Sus ojos parecían dos esmeraldas duras. Sobre su cabeza descansaba la corona del rey destronado. Ella permanecía inmóvil en el trono, y su rostro estaba descompuesto: pálido, de una belleza enferma. Sus ojos verdes estaban humedecidos mientras que varias de sus extremidades temblaban, no a simple vista; era un detalle que sólo un buen observador habría podido percibir.
—Lo mataste.—pronunció Merlín, en un tono quebrado, de derrota e incomprensión total.
Morgana titubeó antes de hablar. Sus labios temblaban, pero sus ojos seguían vacíos, como una herida abierta; sus ojos eran dos grandes heridas.
Lentamente, se forzó a esbozar una media sonrisa que a penas fue perceptible y surgió más bien como una mueca.
—Ya no habrán más brujas ni magos sacrificados a la hoguera como sucios criminales.—dijo la morena, desviando su mirada al vacío. — Estoy construyendo una nueva era.
—¿Qué era?— preguntó Merlín con desprecio. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, como si no pudiera creer el horror de las acciones de Morgana. Rose se estremeció: qué lejanos estaban ahora uno del otro. Qué lejanos y ajenos. —¿La tuya?
Morgana clavó sus ojos verdes en Merlín con dureza.
—¿Por qué no?— soltó. — Soy Morgana Pendragon, hija de Uther y hermana de Arturo Pendragon, después de todo.
Merlín dio un paso hacia atrás como si alguien le hubiese dado un golpe en el centro de su estómago. Parpadeó varias veces. ¿Desde cuándo lo sabía? ¿Cómo se había enterado de ello?
Morgana se puso de pie, se sacó la corona, y la dejó en una esquina del trono. De pie aún se veía más hermosa, pensó Rose, pero había algo en su rostro, en su expresión, que estaba más cercano a la mortandad que a la vida; a lo lúgubre, a lo añejo.
—No entiendo de qué hablas.— dijo Merlín, fingiendo.
—No tienes que mentir más, Merlín. Sé muy bien que tú también lo sabes.— le espetó ella con sequedad. —Es hora de quitarnos las máscaras. Pronto Camelot caerá y seré yo quien gobierne así que no hay caso de que sigamos hablando con subterfugios, ¿no te parece?
Morgana bajó los tres escalones del trono. Merlín la miraba casi petrificado.
—¿En qué clase de monstruo te has convertido?— soltó el moreno, con dolor. —Primero fue Iselda, luego Gaius y ahora….
—Puedes decirlo: mi padre.— dijo Morgana con acidez. Sus ojos estaban enrojecidos y húmedos. —Y no me arrepiento de ello.— la bruja dio dos pasos hacia delante, sin mirar el cadáver de Uther. — Era un asesino. ¿Tienes idea de cuántos niños, niñas, jóvenes y ancianos murieron durante estos años de reinado de Uther? Todos ellos fueron asesinados sólo por ser como yo, por tener magia.
—¿Y qué es lo que haces tú ahora?— le soltó Merlín, dando dos pasos hacia delante también y señalando la ventana del salón desde donde se veía fuego, detonaciones y desde donde se escuchaban gritos y espadas. —Mujeres y niños están muriendo en este mismo instante por el ataque a Camelot que has propiciado.
—Me alegro.— dijo Morgana con frialdad. No, no se alegraba de ello. Por eso había entrenado a las mujeres de Camelot durante aquellas semanas previas, por eso les había enseñado también a las niñas; por eso se había encargado de que el mantenimiento de los túneles secretos de escape subterráneos de Camelot estuvieran habilitados. Pero no tenía la menor intención de mostrar sus debilidades frente a Merlín. Que creyera lo que quisiera. Morgana tenía muy en claro que si quería conseguir mejorar la vida de los magos y brujas tendría que ensuciarse las manos. Y estaba dispuesta a hacerlo. Rose la entendía como si la bruja misma se lo hubiese explicado: Morgana tenía claras sus metas, sus objetivos, sus ideales, y jugaba sucio porque esa era la única forma que había aprendido a jugar.
Los ojos de Merlín estaba inundados de lágrimas.
—No te creo.— le dijo.
Morgana le dio la espalda y, protegida de la mirada interrogadora del mago, cerró los ojos desarmando esa máscara de piedra, esa expresión dura y sin sentimientos por unos segundos. Cuando los abrió, la misma frialdad de siempre continuaba allí anidada en cada uno de sus rasgos.
—Para fundar hay primero que conquistar. Y sólo se conquista con sangre y derrota de por medio.— dijo la bruja. —Puedes despreciarme y verme tan vil como quieras pero no eres mejor que yo, Merlín. Tú luchas por aquello que crees correcto con todas tus armas, lo mismo hago yo. Yo creo que es correcto que los niños y niñas con magia tengan una calidad de vida igual que aquellos que no la tienen. Creo que tienen derecho a vivir sin miedo.
—¿Y para conseguirlo haces todo esto? — espetó Merlín. — ¡Yo también quiero eso, pero no es esta la forma!
Morgana se volteó y lo miró rabiosa.
—¡No, por supuesto! ¡La forma es envenenando a tu amiga!— le soltó ella. —Si es que en algún momento eso signifiqué para ti.
—Hay cosas que tú no puedes entender.— dijo el moreno.
Morgana rió.
—Te equivocas, Merlín. Lo entiendo todo.— dijo la morena. — No hablemos de medios y fines y moralidad cuando para proteger a Camelot y a un rey déspota me sacrificaste. Cuando me negaste las respuestas que yo tanto necesitaba durante años.
Merlín frunció el ceño, confundido.
—No entiendo.— le dijo.
Morgana caminó hacia una mesa y tomó una espada que desenfundó y le lanzó a Merlín. El mago la agarró torpemente. La bruja caminó hacia al cadáver de Uther y desenvainó la espada del antiguo rey.
—Te doy una segunda oportunidad, Merlín.— le dijo la bruja. — No usaré mi magia contra ti: peleemos mano a mano. Tal vez, con un poco de suerte, esta vez sí logres matarme.
Antes de que Merlín pudiera responder ante aquella provocación, la bruja se lanzó contra él, atacándolo con la espada. El moreno atajó el ataque con la suya. El hierro tembló. Los dos quedaron a unos pocos centímetros ejerciendo fuerza sobre sus armas. Éstas chirriaron y se deslizaron una lejos de la otra. Ambos se pusieron en posición de combate.
—Debería hacerlo.— dijo Merlín. —Debería matarte y acabar con toda la muerte y el sufrimiento que vas a traer sobre Camelot.
Morgana volvió a atacarlo y Merlín se escapó del golpe por un milímetro. Rose se tapó la boca con ambas manos. El moreno no era bueno con la espada. Tenía todas las de perder.
—¿Entonces por qué no lo haces de una buena vez?— lo provocó Morgana. Sus ojos verdes eran dos serpientes.
—Sabes muy bien que no soy bueno con las espadas.—se justificó Merlín.
Morgana levantó una ceja.
—Pues usa tu magia, entonces.
Merlín empalideció. Por unos segundos Rose creyó que el moreno iba a desmayarse ahí mismo, frente a los pies de Morgana. Permaneció inmóvil, estático, tieso de pies a cabeza y con los ojos abiertos con incredulidad y sorpresa.
Morgana sonrió.
—¿Cuánto tiempo creíste que podrías engañarme, Merlín?— le dijo la bruja, borrando tétricamente la sonrisa de su rostro. —¿Qué tan estúpida piensas que soy?
Morgana tiró su espada al suelo y el hierro hizo eco en el salón. Pocos segundos después, Merlín lo hizo también.
—Así que lo sabes.— dijo el moreno.
—Sí, lo sé.— dijo la morena con odio. — Estoy enterada de cada una de las traiciones que recibí en este castillo. La de Uther, Gaius, la tuya. Puede ser que me haya convertido en un monstruo Merlín, pero soy el resultado de lo que ustedes hicieron de mí. Yo no pedí que me hicieran lo que me hicieron.
—Todos hemos sufrido, Morgana.— dijo Merlín. — Todos hemos tomado decisiones, unas peores que otras, cuando las hemos creído correctas. No hagas responsable a otros del camino que escogiste.
—No estoy haciéndote responsable a ti ni a Uther ni a Gaius.— dijo Morgana. — Yo tomé el camino, pero ustedes me condujeron a él. Sin ustedes, no habría llegado a esto. Y ahora sé que este es el modo de voltear las cartas en este asqueroso mundo en donde no hay cabida para gente como nosotros. Me repugna que te pongas del lado de aquellos que han torturado y asesinado a los tuyos durante décadas…
—¡Lo hago porque creo que hay un término medio!— gritó Merlín. —¡Porque tengo fe en que se puede llegar a un consenso, a un punto en el que nadie, de ninguno de los dos lados, tenga que morir, sufrir y perderlo todo! ¡Porque anhelo paz, no poner a un grupo por encima de otro! ¿Qué diferencia habrá en un reinado liderado por ti al de Uther? La única diferencia consistirá en que serán otros los que mueran y por otras razones. Se seguirá cortando cabezas.
Morgana soltó una risa seca.
—Así es el mundo Merlín. No existe tal cosa como la paz.
Merlín dio dos pasos hacia delante.
—Tener magia es tener una gran responsabilidad, Morgana.— le dijo el moreno. —No se supone que la uses para esto.
Los ojos de Morgana se volvieron amarillos y una silla se disparó contra Merlín. El mago la esquivó magistralmente.
—La uso para lo que creo salvará a muchos de pasar por lo que yo tuve que pasar.— dijo ella. Sus ojos se inundaron de lágrimas y su máscara pareció quebrarse por unos pocos segundos. — Ahora que podemos hablar sin tapujos, hay algo que quiero preguntarte…— se humedeció los labios, intentando no abandonar del todo la dureza en su rostro. — ¿Por qué no me ayudaste?
Los ojos de Merlín se llenaron de lágrimas contenidas. La bruja continuó:
—Éramos amigos. Yo confiaba en ti…¿por qué no me dijiste que no estaba enferma? ¿por qué no me explicaste que no estaba loca, que tenía magia? ¿por qué durante tantos años permitiste que sufriera sin saber qué me ocurría? ¿por qué?
Merlín tragó saliva. Quería decirle muchas cosas, quería decirle que hubiera querido ayudarla, que hubiera querido explicarle que tenía magia y que no había nada malo en ello, pero no podía. No podía decirle la profecía del dragón, no podía revelarle que su destino era proteger a Arturo; no podía decirle que hubiera dado todo porque ella no sufriera todo lo que tuvo que sufrir. Por eso, guardó silencio.
Una lágrima cayó por la mejilla de Morgana.
—¿Me quisiste, aunque sea un poco, alguna vez?
Merlín contuvo cada una de las lágrimas que luchaban por salir. No, no podía decirle que la había querido como a nadie, que la había amado; que, aún ahora, a pesar de la muerte de Gaius y de Iselda, aún después de todo lo que se han hecho mutuamente, aún sabiendo que serían enemigos eternos y que jamás podrían volver a tomarse de las manos ni a mirarse a los ojos con la ternura de antes, la seguía amando.
Merlín cerró los ojos y tragó saliva. Recordó las palabras del dragón: No permitas que la bruja se entere de tus sentimientos hacia ella, mucho menos de tus poderes. Su desconocimiento de éstas dos verdades es lo que ahora te da ventaja sobre ella. En el momento en el que la bruja descubra que contrario a lo que ella piensa, la amas y tienes magia, usará estos conocimientos en tu contra. Se aprovechará de tu debilidad hacia ella.
"Ya sabe que tengo magia. No puedo permitir que sepa otra verdad más.", pensó.
Abrió los ojos.
—Siempre supe que ibas a ser un peligro, así que desde que llegué a Camelot decidí hacerme tu amigo más cercano. Pero todo fue con un solo móvil: detenerte. Mis sentimientos nunca estuvieron involucrados. Nuestra amistad, en realidad, nunca existió.
Morgana cerró los ojos y una nueva, única, lágrima corrió por su mejilla. Su cuello se tensó, como si dos manos lo apretaran con fuerza. Rose se llevó una mano al pecho. Sí, podía sentirlo: podía sentir el dolor, la llaga en el pecho de Morgana. La pelirroja no sólo lo sentía, también comprendía ese dolor ahora mejor que nadie: el dolor de un amor no correspondido. Un dolor que también es una especie de soledad. La peor de todas, la más real.
Morgana soportó el trago amargo durante unos pocos minutos. Luego, abrió los ojos. Rose contuvo el aliento: la mirada de la bruja había endurecido y envejecido cinco años más. Sus ojos eran verdes y peligrosos. Ya no había rastro de debilidad. Ni una sola gota, ni una lágrima. Era otra la Morgana que había abierto los ojos en ese salón. Una Morgana había muerto con la caída de unos párpados.
Los ojos verdes —esas serpientes— de Morgana parecieron sisear en un lenguaje oracular. Ni Merlín ni Rose vieron en ellos nada agradable: en su interior nacía una profecía de muerte.
—¿Qué tonta, no?— dijo en un tono seco, oscuro y perturbador. —Gracias. Era todo lo que quería saber.
Morgana levantó su mano en el aire y con ella salió despedido Merlín. Rose gritó, pero su grito fue asfixiado en la temporalidad: en el pasado ella no existía y su voz era un espejismo. Merlín cayó metros más allá golpeándose la espalda y la cabeza contra el suelo. Lanzó un quejido y permaneció en el suelo, aturdido.
—Dame una razón para no matarte como hice con Uther.— dijo Morgana mientras caminaba lentamente hacia él. — Después de todo, luego de él eres tú a quien más odio.
Merlín soltó una risa entre el dolor de su golpe y se incorporó con dificultad, clavando sus ojos azules en los de hierro de Morgana.
—Que no vas a poder.
Y los ojos de Merlín se pintaron de amarillo en una milésima de segundo.
Morgana salió disparada en el aire muchos metros más allá de los que Merlín había volado hasta golpearse contra la pared al fondo del salón. La bruja gritó y cuando cayó al suelo se quedó inmóvil, adolorida en varios puntos esenciales de su cuerpo. Pero más que nada, no se movió por la sorpresa. ¿Qué había sido aquello? Nunca antes había sido atacada con la magia de otro ser como ella, de un mago. Sí, Morgana lo había hecho volar de la misma forma que él a ella, pero había una gran diferencia entre la precisión del golpe de Merlín y el de la bruja. Morgana había lanzado por el aire a Merlín y consigo unos cuantos objetos y estatuas que habían estado cerca del mago, agotándose un poco por el esfuerzo. En cambio, el golpe de Merlín había sido certero: ella había sentido la fuerza de su magia golpearla en el estómago y luego salió despedida, sin más, sin que ningún otro objeto se viera afectado por ello. La bruja se incorporó con lentitud, y cuando clavó sus ojos en el moreno, vio con incredulidad que no parecía cansado en lo absoluto.
—¿Cómo…?— comenzó ella, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. Morgause se lo había dicho: no podía existir nadie con un poder mayor al de ella. Entonces, ¿cómo era que Merlín, un sirviente que resultaba tener magia, tenía aquella fuerza mágica?
Merlín dio dos pasos hacia delante, firme, sereno. Sus ojos eran dos columnas que sostenían el universo.
—De nada sirve tener magia si no sabes usarla; si no sabes educarla, dominarla, si no la fusionas contigo.— dijo el moreno. —No puedes luchar contra mí, Morgana. Tus poderes te controlan a ti, no tú a ellos.
—¡Cállate!— gritó Morgana y elevó su mano. Un camino se fuego creció corriendo hacia Merlín, pero era un fuego pequeño e inofensivo que Merlín eliminó de un soplo con la velocidad de un aplauso.
Morgana cayó sentada en el suelo, agitada, agotada.
—Gastaste energía en matar a tu padre de la forma en la que lo hiciste. — dijo Merlín. —Necesitarás horas hasta que puedas luchar dignamente. No hay salida, Morgana: detén el ataque, o….
—¿O vas a matarme?— le soltó sonriendo, temblando en el suelo de rabia, impotencia, o quién sabe de qué otra cosa; Rose no podía estar segura. —Hazlo, Merlín. Más te vale que lo hagas: porque no pienso mover un solo dedo para detener a las tropas de Cenred.
Rose miró a Merlín con desesperación y vio en sus ojos azules la verdad: no iba a matarla, ya no podía siquiera intentar hacerlo. Lo había hecho una vez, y había fallado apropósito en el intento. Rose lo sabía con sólo mirarlo, sabía que Merlín había crecido lo suficiente y madurado lo bastante como para tomar sus propias decisiones y sus propios caminos: el dragón le había aconsejado matar a Morgana, pero él no lo haría; no lo haría aunque supiera que aquella era la solución a todos los males que podrían caer sobre Arturo en el futuro, y sobre él mismo. No lo haría porque no quería conseguir la paz con el asesinato de la mujer que amaba. No, no era así como quería construir el futuro mágico.
"Pero entonces, ¿cómo va a detenerla?", pensó Rose, afligida.
En ese momento sucedió algo extraño. Morgana cerró los ojos bruscamente y se llevó ambas manos a la cabeza.
Pocos segundos después, Rose también lo hizo.
Los gritos de ambas se mezclaron.
Una visión clara: Camelot invadida, las tropas de Cenred abriéndose paso entre cadáveres y soldados caídos. La entrada del castillo siendo defendida por Arturo y los caballeros de Camelot, un soldado enemigo embistiendo a Arturo por detrás y clavándole su espada. Sangre.
Cuando Rose abrió los ojos, adolorida y agitada, vio que estaba arrinconada en una esquina del salón del trono y las manos clavadas en su cabeza. Morgana estaba acostada en el suelo, con los ojos abiertos también.
Una angustia parecía bañarla de pies a cabeza.
—No…— fue lo único que suspiraron sus labios.
Morgana se puso de pie y corriendo salió del salón. Merlín gritó su nombre y corrió tras de ella sin entender sus razones para huir de aquel modo.
Rose los siguió.
El castillo aún no estaba invadido y permanecía desierto mientras Morgana corría con todas sus fuerzas repitiéndose "no, no, no…" una y otra vez. Merlín gritaba su nombre y corría tras de ella, pero no lograba alcanzarla: jamás había visto a Morgana correr tan rápido.
Afuera, Rose cerró los ojos cuando una oleada de tierra levantada por el viento se dirigió hacia ella. Camelot estaba en llamas. En las puertas del castillo, la escena que tanto la gryffindoriana como la bruja habían visto se reproducía de igual forma: Arturo batallaba, y el soldado enemigo se disponía a atacarlo por la espalda.
Morgana tomó la espada de un cadáver y corrió hacia el guerrero de Cenred.
—¡No!—gritó Merlín al ver el peligro que corría Arturo, pero no tuvo que intervenir.
El guerrero fue atravesado por la espada de Morgana pocos segundos antes de que Arturo fuera asesinado.
Rose contuvo la respiración. "Lo ha salvado. Lo ha salvado", pensó. Morgana era una caja de sorpresas. Su odio, su vengativa mente, sus ideales estaban constantemente chocando con retazos de la Morgana primigenia, la inocente y dulce muchacha que había sido en un principio y que ella a veces parecía haber muerto del todo. Arturo se volteó y vio a la morena con espada en mano y un guerrero en el suelo. Lo entendió todo.
—¡Arturo cuidado!— gritó Morgana, observando cómo venían nuevos soldados. —¡Son demasiados!
Arturo vio una masa de guerreros dirigiéndose hacia ellos.
—¡Al castillo!— gritó, liderando a los caballeros y tomando a Morgana de la mano.
Merlín se colocó rápidamente en la puerta mientras todos ingresaban y tan pronto entraron, cerró las puertas.
Pronto empezaron a ser empujadas y golpeadas.
Rose, en el interior del castillo, escuchó los golpes del peligro que peleaba para entrar. El rostro de Morgana estaba pintado por la angustia. Era evidente que no había resistido la idea de que Arturo fuera asesinado. Había sido su plan y su intención que los lazos con su hermano no la detuviera, pero allí estaba, salvándole la vida y entorpeciendo su propio plan.
Merlín, apoyado en una pared, agotado, la observaba con incomprensión. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué había salvado a Arturo? Tal vez, sólo tal vez, aún había algo bueno dentro de ella, algo que era capaz de querer, de amar; algo que había sobrevivido a todos los daños, a todas las heridas, a la dureza de la vida.
—Escucha.— dijo Morgana entre los azotes y golpes que iban derribando la puerta. — Hay un túnel en el castillo, está en la recámara del rey. Úsalo, tú y los caballeros de Camelot.
—No abandonaré la ciudad, ni a ti, ni a mi padre— dijo Arturo. —Moriré hoy, aquí, a tu lado, si es necesario.
—¡No seas imbécil!— le gritó Morgana. — ¡No tienes que morir! Haz lo que te digo. Sal por el túnel, dale la vuelta al castillo y regresa a esta entrada. Atácalos por la espalda. Yo los distraeré. Haré que me sigan por el castillo.
—¡No voy a dejarte aquí!— gritó Arturo.
La puerta se desprendió. Estaba a punto de caer.
—¡Arturo, ve!— gritó Merlín. — Yo me quedaré con ella.
Los ojos de Morgana se clavaron brevemente en los de Merlín, pero Rose no supo interpretar aquella mirada. Arturo asintió y corrió hacia Merlín. Lo tomó por la nuca y le besó la frente.
—Sólo en tus manos podría poner a alguien que es como mi familia, mi hermana.— dijo el rubio.
Morgana bajó la mirada y tragó saliva. Aquellas palabras le parecieron una cruel ironía.
—¡Vámonos!— le ordenó Arturo a los caballeros.
Se alejaron lo más rápido posible.
Otro golpe a la puerta y ésta cayó como un muro.
Morgana y Merlín retrocedieron, atemorizados.
—Más vale que desaparezcas.— dijo Morgana al moreno.
—Voy a cumplir la palabra que le di a Arturo.— dijo el moreno, sin mirarla.
—Estúpido.— dijo ella, mirándolo. — ¿Qué no te das cuenta de que son mis soldados? Cenred está atacando Camelot porque así lo quise yo. No van a hacerme nada.
Merlín la miró a los ojos con astucia.
—Precisamente.
El mago tomó a Morgana del cuello y la pegó contra sí de modo que la espalda de la bruja quedó pegada a su pecho, inmovilizándola. Los soldados entraron al castillo como una manada indomable y los ignoraron. Corrieron hacia las escaleras y desaparecieron en busca de una presa más grande. Morgause estaba con ellos y a paso firme caminó, sonriendo, hacia Morgana.
Se detuvo bruscamente al ver a Merlín.
—Suéltala.— le ordenó con una voz amenazadora. —¿Qué no te cansas de entrometerte?
Morgana intentaba soltarse, pero no lo conseguía. Merlín era más fuerte. Trató de calentar sus manos y quemarlo, pero su magia estaba demasiado debilitada y no lo conseguía. Merlín tenía razón: no sabía controlar sus poderes.
—Detén el ataque, y la soltaré.— dijo Merlín. En sus ojos azules había resolución.
Morgause enfureció.
—Estúpido. Cuando te haya quitado a mi hermana de las manos, te mataré como el insecto que eres.— dijo la rubia caminando hacia él.
Merlín pegó sus labios al oído de Morgana.
—Detén el ataque.— le dijo.
—No.— respondió ella.
—Es la última vez que te lo pido, Morgana.— le dijo. —Detén el ataque.
Morgana rió.
—Nunca.— le espetó.
Entonces, los ojos de Merlín brillaron.
La tierra empezó a temblar y Morgause se detuvo, aterrada, perdiendo el equilibrio e intentado estabilizarse. Las vigas y las columnas empezaron a resquebrajarse y el suelo a agrietarse. Aquello era increíble y Morgana no podía comprenderlo: Merlín podía hacer que la tierra se moviera.
¿Qué clase de magia era aquella?
Una columna cayó en dirección a Morgause.
La bruja no tuvo tiempo de esquivarla.
—¡Noooo!— gritó Morgana con fuerza.
Merlín se detuvo, y la tierra también.
Rose se llevó ambas manos a la boca al ver sangre correr por el suelo haciendo un camino rojo intenso.
Morgana se soltó bruscamente de Merlín, quien pareció permitírselo. La bruja cayó rendida junto al cuerpo de su hermana y la sostuvo entre sus brazos. Sólo con tocarla supo que ya no estaba allí, que ya no lo estaría jamás. El golpe en la cabeza había sido certero e inequívoco.
Morgana empezó a temblar.
Merlín estaba quieto, observando la escena de un modo impersonal. No había sido su intención que aquello ocurriera, había sido un accidente; pero por alguna razón no se sentía mal por Morgana. El ataque tendría que ser detenido. Morgana no estaba en condiciones de tomar Camelot sin el apoyo de su hermana.
—Hermana….— murmuró la morena, temblorosa, sufriendo lo que parecían los inicios de un ataque de nervios. — Hermana….
Pero Morgause estaba muerta, y esa era la única realidad.
—No puedes dejarme sola….no puedes…— murmuró Morgana con una voz quebrada. Rose sintió un agujero en el estómago, una especie de vértigo que la conducía al abismo. La soledad de Morgana era palpable para ella. Dolorosa, insondable.
Merlín dio un paso hacia el cadáver de Morgause y Morgana, quien se aferraba al cuerpo con uñas y dientes, como si de ese modo pudiera revivirla o transformar el presente.
—¿Cómo es que no pude ver esto….cómo, cómo?— empezó a decir la morena en un discurso delirante. Parecía haber perdido la noción de la realidad.
Merlín respiró hondo.
—Se acabó, Morgana.— le dijo.
La bruja de repente fue arrancada de su ensoñación. Sus ojos verdes se clavaron como dagas en Merlín , húmedos, llenos de lágrimas, y su respiración se volvió taurina, pesada, animalesca.
—No, te equivocas.— le dijo. — Esto sólo empieza.
Lágrimas gruesas empezaron a correr por las mejillas de la bruja y el temblor de su cuerpo se transformó en fuego. Merlín se impulsó hacia atrás cuando una barrera de fuego que subió hasta el techo empezó a comerse el castillo a la velocidad de un rayo y con una fuerza hasta entonces desconocida. Era el dolor de Morgana. El dolor estaba alimentando el fuego.
La bruja se puso de pie, tambaleante, y caminó hacia fuera como si estuviera embriagada de vino. Merlín tuvo que esquivar el fuego que crecía y crecía y con ciertos movimientos de su mano crear viento que desviara las llamas de él para seguirla. Pronto, tosiendo y sudando logró salir del castillo, casi arrastrándose. Si Morgana hubiera querido matarlo, lo habría hecho. Sin embargo, había salido sin preocuparse por él.
Algo andaba mal.
Desde la tierra vio a Cenred en su caballo y a Morgana frente a él, llorando. Arturo y los caballeros habían llegado y estaban en posición de ataque pero con todas las de perder. Guinevere lloraba entre los brazos del príncipe.
Morgana, a unos metros de Cenred, habló:
—Es a mí a quien quieres, me lo dijo Morgause.— dijo la morena. —Tómame entonces. Tómame a cambio de que retires tus tropas.
Rose no podía creer lo que estaba viendo. ¿Qué era lo que estaba haciendo Morgana? En un principio, Morgause había conseguido que Cenred atacara Camelot bajo la promesa de la mano de Morgana, pero era eso lo que la bruja quería, que Cenred atacara Camelot y luego no cumplir con el trato, posiblemente matarlo con el fin de no cumplirlo. Pero ahora, Morgana parecía ofrecerse a cambio de que el ataque se detuviera. No tenía sentido.
"Tal vez lo hace porque su hermana ha muerto.", dijo Rose, "sin ella, no podría matar a Cenred." Pero, si era ese el motivo, entonces, ¿por qué entregarse a Cenred? Nada tenía sentido.
Cenred sonrió.
—Es un trato justo, Lady Morgana Pendragon.
Los ojos de Arturo se nublaron.
—¿Qué?...— murmuró.
Cenred estiró la mano y se la ofreció a Morgana para que subiera al caballo. La bruja la tomó, aún llorando, y subió con él.
—No…— murmuró Arturo, quien había empezado a llorar por el conocimiento de su parentesco real con Morgana. — ¡Morgana no! ¡No lo hagas! ¡Morganaaaaa!
—Adiós, príncipe Arturo.— dijo Cenred. —Su hermana ha salvado su vida y la de Camelot.
Con esto, Cenred agitó las riendas de su caballo.
¡Retiren las tropas!— gritó.
Merlín se puso de pie con esfuerzo y miró a Morgana, quien desde el caballo mantuvo su mirada neutra, triste, dura y llena de rencor clavada en él. Rose sentía la intensidad de aquellas miradas encontrándose y se sobrecogía.
Luego de unos segundos, el caballo de Cenred dio media vuelta y se alejó. Los soldados enemigos fueron siguiéndolo.
Camelot en ruinas fue vaciándose de sus destructores.
Arturo cayó de rodillas, sintiendo la victoria como una derrota irreparable.
Merlín cerró los ojos y dos lágrimas brotaron limpiando su rostro de los rastros oscuros del fuego.
Bruscamente, miles de años después, Rose abrió los ojos.
8.-
Cuando Megara despertó aquel sábado por la mañana, una sonrisa tibia y alegre se dibujó en su rostro. Cerró los párpados y con placer recordó lo sucedido la noche pesada como quien vuelve sobre las historias que más le gustan.
Había llevado a Adam a la torre de astronomía con la ilusión de encontrar a Albus allí, pero cuando llegó, el gryffindoriano no había aparecido. Megara suspiró mientras Adam recorría el lugar con cierta sorpresa y confusión.
— No entiendo qué hacemos aquí.— dijo el chico.
Megara se despeinó el cerquillo.
—Quería caminar y compañía. ¿Qué no te gusta el lugar?— le dijo con algo de antipatía.
—Claro que me gusta.— dijo el slytherin. —Es solo que, bueno…
Megara bufó.
—Si quieres irte, ándate.— le dijo. — Me da igual ya no te necesito.
Y fue en ese momento cuando unos pasos por las escaleras la alertaron. Megara corrió hacia Adam y lo abrazó. El chico parecía desconcertado.
—Abrázame, anda.— le dijo. — Es mi agradecimiento por haberme acompañado.
El slytherin le devolvió el abrazo no sin cierto recelo, pero finalmente accedió de buena gana como quien se rinde ante la petición nada forzosa de una chica nada fea.
Albus se detuvo en la entrada y Adam se separó de la morena, sonrojado.
—No sabía que estabas aquí.— dijo el gryffindoriano a la slytherin con naturalidad. No parecía incómodo en lo absoluto, tampoco enfadado.
A Megara, eso no le agradó.
—No pasa nada, Adam ya se iba.— dijo la morena. — ¿No es así?
El slytherin se arregló la corbata.
—Eh, sí.— dijo. —Bueno, adiós.
Adam salió rápidamente de la estancia, confundido y algo avergonzado. "Qué pedazo de idiota", pensó Megara. Habría sido mejor haber traído a alguien con más carácter. Pero ya estaba hecho. Y además, Albus no parecía haber reaccionado como ella quería.
Claro, ¿por qué habría de haber reaccionado como ella quería?
¿Qué era lo que quería? ¿que supiera lo molesto que era que nuevas personas ocuparan un lugar que era secreto de ambos y de nadie más, o que se pusiera celoso?
Aquellas preguntas en su cabeza la pusieron de mal humor.
Albus caminó hacia el centro de la estancia y se apoyó contra una columna, hundiendo ambas manos en los bolsillos de su pantalón.
—¿Es tu amigo?— le preguntó.
Megara levantó una ceja.
—¿Qué no es evidente?— le dijo. — Potter, a veces eres lento con ciertas cosas. ¿Para qué lo traería aquí si no fuera mi amigo?
Albus se encogió de hombros.
—Podría ser tu novio.
Megara se atragantó con su propia saliva y tosió. Luego de unos segundos de conmoción lo miró como si hubiera dicho la cosa más absurda del universo.
—¿Adam, mi novio?— dijo ella y frunció el ceño. — Por favor. Un cordero tiene más personalidad.
Albus sonrió.
—Eso yo no lo sé. No lo conozco.— le dijo.
Megara bufó. Daba lo mismo. A Albus claramente no le importaba un comino lo sucedido.
Tendría que ser más directa.
—¿Acaso no te molesta que venga gente a este lugar que se supone es privado y que toda la gracia que tiene es que nadie, nadie, a excepción de nosotros viene a altas horas de la noche?
Albus la miró de forma reflexiva.
—Por eso lo trajiste.— dijo el moreno, comprendiendo de repente todo. —Porque yo estaba acompañado la otra noche y no te gustó.
Megara se sonrojó.
—No, Potter. No es porque tú estuvieses acompañado.— dijo la slytherin. — Lo que no me gustó, es ver que este sitio se convierte en un lugar público.
—Es un lugar público.— dijo Albus.
—No durante la noche.— dijo ella con astucia.
Albus sonrió y meneó la cabeza.
—Alba me siguió, yo no la traje aquí.— dijo el moreno. — No podía prohibirle entrar. La sala de astronomía no es mía.
Megara se cruzó de brazos.
—Tu popularidad empieza a molestarme.— dijo la morena. — Pues fíjate la próxima vez que vengas en que nadie te siga. O turnémonos las noches: unas noches vengo yo, otras tú.
—No creo que sea necesario.— dijo Albus sin darle importancia al discurso de Megara.
La morena estuvo a punto de regañarlo por la poca atención que le ponía a sus palabras, pero entonces notó que algo sucedía. Albus miró por el balcón de la torre a la luna y la luz nocturna reflejó algo parecido a un pesar en sus ojos azules que la estremeció. Megara frunció el ceño.
—Potter, ¿te pasa algo?
Megara caminó hacia él y ambos se sentaron apoyados en la misma columna, mirando hacia el balcón.
—A mí no, pero sí a alguien que me importa.— dijo el moreno. —Y no sé cómo ayudarla.
Megara se sintió conmovida ante la repentina sinceridad de Albus. Le estaba haciendo una confesión de su vida íntima y personal con una soltura y una naturalidad que sólo se tiene con los amigos.
—¿Se trata de alguna de tu hermana?— le preguntó.
Albus negó con la cabeza.
—Es Rose.
Megara frunció el entrecejo.
—¿Rose?— repitió. —¿Qué le ocurre?
Albus suspiró.
—No lo sé, no quiere decírmelo.— dijo el moreno. —Rose…sé que está pasando por cosas que no puedo entender, por presiones que no puedo siquiera imaginar. Lo que no entiendo es por qué desde que ha empezado esta competencia tengo la sensación de que algo va mal, muy mal, con ella.
Megara lo miró confundida.
—No te entiendo.— dijo la morena.
—Yo tampoco me entiendo bien.— dijo Albus. — Puede ser mi imaginación, pero desde que la competencia empezó la veo más triste, más decaída y vulnerable. Más insegura. Siento como si estuviera pasando por cosas importantes y difíciles, y yo no pudiera hacer nada para ayudarla. Tengo…algo parecido a un mal presentimiento. Como cuando estás en el campo de Quidditch y sientes que vas a perder. No tiene lógica, nada te asegura que así será pero lo sabes. Sabes que perderás. Y luego pierdes, pero sigues sin poder explicártelo. ¿Entiendes?
—Creo que sí.— dijo Megara, pensativa. Se preguntó si la razón por la que Rose estaba mal tenía que ver con la desaparición de Scorpius. Quiso comentarlo, pero lo pensó dos veces: no era recomendable hablar de algo así con Albus. No creía que nadie de la familia Potter o Weasley supiera nada de la relación entre Rose y Scorpius, y no quería ser ella la que abriera la boca en el momento menos oportuno.
Albus suspiró otra vez y pegó la cabeza a la columna.
—Estoy cansado.
—¿Por qué no te quedaste a dormir en tu sala común?— preguntó Megara.
Albus dijo lo siguiente con absoluta naturalidad, como todo lo que salía de sus labios:
—Porque quería verte.
Megara se sonrojó y sintió un calor intenso en el centro de su pecho. Se despeinó el cerquillo y fingió completa imperturbabilidad.
—No te culpo.— le dijo, sonriendo.
Albus le devolvió la sonrisa.
—¿Te importa si descanso sobre tus piernas?— le preguntó.
Megara se humedeció los labios.
—No. Adelante.
Albus colocó su cabeza sobre los muslos tibios de la slytherin y ella se estremeció. Durante varios minutos ninguno de los dos dijo nada y ella no se atrevió tampoco a acabar con el silencio, ni tampoco a acariciar el cabello negro azulado del gryffindoriano. Megara observó la luna y trató de tranquilizarse. "No puede ser, Megara Zabini. Eres una tonta, una tonta", se repetía. Y entonces, lo dedos.
El tacto al principio la sobresaltó y le erizó la piel. Las yemas de los dedos de Albus rozaron con delicadeza la piel de su rodilla y su corazón empezó a desbocarse. Jamás había sido tocada con tanta delicadeza, como si su rodilla fuese una flor, o algo único y valioso. Pensó, "sólo ha sido un roce, un roce accidental". Pero entonces, los dedos de Albus regresaron a acariciar su rodilla y Megara perdió el aliento.
Ninguno de los dos dijo nada y pasaron así, de ese modo, durante un par de horas antes de ponerse de pie y despedirse. Megara, mientras se colocaba un jean y una blusa de fin de semana, pensaba en esa caricia de Albus. ¿Habría significado algo? Se encogió de hombros. ¿Y qué si no significaba? Albus Potter podía hacer lo que quisiera.
—Para lo que me importa.— se dijo a sí misma.
Entonces salió de su habitación.
Cuando bajó a la sala común vio a Alexander hablando con unos chicos se séptimo y luego alejarse con una expresión de preocupación. Ella caminó hacia él.
—¿Y Scorpius?
—No pasó la noche en su habitación y nadie ha sabido nada de él— dijo Alexander— Creo que es hora de ir a hablar con Malone o con alguna autoridad.
Megara iba a dar su consentimiento, preocupada también por Scorpius, cuando el rubio hizo su aparición en la sala común. Todos los slytherins que paseaban por ahí voltearon a verlo: tenía un aspecto lamentable. Su cabello estaba despeinado y su camisa manchada de tierra. Bajo sus ojos grises habían profundas ojeras, y su rostro había perdido todo color. Parecía no haber dormido en lo absoluto.
—Scorpius, por Merlín.— dijo Megara acercándose a él y tomándolo de la muñeca para halarlo a un sector más privado de la sala común. Sus ojos oscuros se clavaron en los de su mejor amigo. — ¿En dónde demonios has estado?
Scorpius tardó unos segundos en devolverle la mirada. Estaba ausente, totalmente desconectado de lo que pasaba a su alrededor. Alexander y Megara intercambiaron miradas de preocupación: Scorpius jamás se habría dejado ver en este estado por los de su casa. Le gustaba mantener una imagen íntegra como prefecto. ¿Qué era lo que estaba pasando?
—Responde, Scorpius. ¿En dónde has estado?— insistió Alexander. — Hemos estado preocupados y…
—Por ahí.— respondió el rubio, interrumpiéndolo. —He estado por ahí.
Con esto se soltó de Megara y caminó a paso firme hacia los dormitorios masculinos sin mirar hacia atrás. Megara y Alexander se mantuvieron en silencio, quietos, descolocados durante varios segundos hasta que el castaño decidió romper el silencio:
—¿Qué le ha pasado?— soltó, como al aire.
Megara se cruzó de brazos.
—No lo sé.— dijo, pensativa. —Pero puedo averiguarlo.
9.-
Rose entró al comedor sintiendo que el dolor en su cabeza iba a atormentarla el resto del día. Lo primero que hizo fue buscar a Scorpius con la mirada. No lo encontró: era demasiado temprano. El desayuno en el gran comedor los fines de semana era concurrido por unos pocos, aquellos que se levantaban a tiempo, o aquellos que, como ella, no podían dormir más. Rose se sentía agotada. Sólo cuando fue caminando hacia la mesa de Gryffindor recordó el asunto inacabado:
"Hugo", pensó.
Sus primos estaban en la mesa charlando animadamente, pero no había rastro de su hermano. Era raro, ya que aunque Hugo odiaba levantarse temprano los sábados, lo hacía para entrenar Quidditch. El deporte era lo único que lo motivaba. Y las chicas.
Rose se sentó apesadumbrada junto a Albus, quien automáticamente fijó toda su atención en ella.
—¿Te sientes mejor?— le preguntó.
—Sí.— mintió Rose. — Sólo me duele un poco la cabeza.
—¿Quieres que te acompañe a la enfermería?— dijo el moreno.
Rose le sonrió cálidamente.
—No, gracias Al. Se me pasará.
Lily lanzó el profeta sobre la mesa y le dedicó una breve mirada peyorativa.
—Ese diario cree que somos idiotas.— dijo la pelirroja. — Dice que la muerte de Gothias Gozenbagh fue natural. ¡Por favor!— Lily clavó sus ojos en Rose. —Pero ahora que tenemos información de primera mano….
Louis, Fred, Lily y Albus fijaron su mirada en Rose. La pelirroja se llevó un rizo suelto atrás de la oreja.
—Bueno,—comenzó. —En realidad no sé mucho más que ustedes. Gothias fue asesinado. La Orden no tiene idea de quién lo hizo. Parece ser que lo envenenaron.
—¿Alguna sospecha de quién o quiénes pudieron haberlo hecho?— insistió Louis.
—¿Muggles?— preguntó Fred.
Rose lo miró con reprobación.
—Eso no es algo que se sepa.— dijo ella.
—Vamos Rose, ¿quiénes más sino ellos?— dijo Fred. — ¿A mano de quiénes han estado los últimos ataques a la civilización mágica? Pues de muggles. Muggles rabiosos que odian tener que compartir el mundo con "fenómenos" como nosotros.
—No todos los muggles son así.— dijo Albus.
—No he dicho que todos lo sean.— precisó Fred. — Pero hay que entender que lo que El profeta quiere ocultarnos es evidente: que las cosas se están saliendo de control. Que vamos camino a una guerra con los muggles por culpa de la revelación por parte de Exus al mundo muggle. ¿Supieron de los carnets de identidad? En varios países se está exigiendo que en los carnets se especifique si la persona es "normal" o "mago/bruja". Si leen un poco de historia muggle, sabrán cuánto esto se parece al Tercer Reich.
—Nosotros no hemos sido mejores.— intervino Lily. —¿O tengo que recordarte la Era Oscura? Sangre pura, sangre sucia. Mestizaje, asunto racial. Muggles y magos: somos la misma mierda.
—Vaya boquita.— dijo Louis.
En ese momento Hugo entró al gran comedor. El corazón de Rose se petrificó y por unos breves segundos no pudo siquiera respirar. De no se que Mcgonagal tomó la palabra llamando la atención de los estudiantes, probablemente no hubiera sabido cómo recuperarse de la situación.
—Queridos alumnos, sé que no es usual que me dirija a ustedes los fines de semana, pero es necesaria una excepción.— dijo Mcgonagal. —Nos vamos a someter a un cambio importante, y creo que es necesario que estén enterados lo más pronto posible.
Hugo se sentó en la mesa con un seco "hola" general. Rose se humedeció los labios. Él no quiso encontrar la mirada de su hermana. Mcgonagal continuó:
—Desde hoy hasta nuevo aviso, tres delegados de la Orden de Merlín van a vivir dentro del castillo.
Hubo murmullos generales.
—Su labor será trabajar en conjunto con los profesores que deben evaluar a la señorita Weasley y al señor Malfoy. Como ya saben, el desarrollo académico de ambos está siendo diferente al de ustedes. También estarán aquí para servir de ayuda a los dos competidores. — Mcgonagal se aclaró la garganta. —De ahora en adelante los verán continuamente por Hogwarts, y no deben sentirse incómodos con su presencia. Quiero que les den la bienvenida.
Se unieron a Mcgonagal tres jóvenes altos, y Rose abrió los labios al reconocer a uno de ellos como Aarón Gozenbagh.
—¿Quiénes son? ¿No creen que están demasiado jóvenes?— dijo Fred.
—Deben rondar por los 25, máximo.— comentó Louis.
—Deben ser magos excepcionales para a tan corta edad ya trabajar para la Orden, muy cerca de los miembros formales.— dijo Lily.
Los otros dos delegados eran mulatos y de pómulos marcados. Gemelos. Mcgonagal habló:
—Fiodor y Gania Abramovich.— dijo, presentando a los gemelos. — Y Aarón Gozenbagh.
Los murmullos en el comedor se intensificaron. El apellido lo dejaba claro: era hijo del recientemente asesinado miembro de la Orden. Todas las chicas tenían sus ojos puestos en los tres chicos. Eran diferentes y atractivos físicamente. Aarón, sin embargo, tenía un tipo menos robusto que el de los gemelos Abramovich; era alto y de rasgos finos, casi femeninos, de cabello castaño, largo y ondulado hasta los hombros. Rose se lo había visto suelto, pero ahora lo usaba con una coleta, lo que permitía ver su rostro con mucha más atención. Lo que más llamaba la atención eran sus ojos: oscuros, grandes, sin pupila.
Los aplausos débiles de una bienvenida confusa no tardaron en llegar. Aarón no pareció encontrar a Rose con la mirada, tampoco intentar buscarla. Tenía una actitud serena y algo ausente.
—Vaya, pobre sujeto.— dijo Louis. —Su padre acaba de morir hace unos días y ya está trabajando.
—Mejor para él.— dijo Lily. —Se mantendrá ocupado.
—Estás muy silencioso, ¿eh?— dijo Fred, dándole un codazo a Hugo.
El castaño ni siquiera lo miró, sólo hizo un gesto aprehensivo y siguió desayunando lenta y pobremente. No parecía ser él en lo absoluto.
Rose tomó aire.
—Hugo, ¿te importa si hablamos?
El castaño levantó la mirada y la miró en silencio durante algunos segundos en los que pudo haber pasado cualquier cosa, desde una explosión infantil de su parte, a una tajante y ofensiva respuesta. Sin embargo, el castaño pareció hacer un esfuerzo; se limpió la boca y se puso de pie.
—Vamos.— dijo con simpleza y laconismo mientras caminaba hacia la puerta del gran comedor.
Rose lo siguió en silencio, escuchando mientras se alejaba los murmullos de confusión de sus primos, quienes no comprendían lo que estaba sucediendo. Antes de salir del comedor, dirigió su mirada hacia la mesa de Slytherin.
Ni rastro de Scorpius.
Hugo no caminó demasiado lejos. Pasaron por unos pasillos y doblaron dos esquinas cuando de repente se detuvo. La pelirroja miró alrededor: no había nadie. Era sábado. Todos estaban comiendo o durmiendo.
—Dime.— dijo Hugo con una voz cansada.
Rose se mordió el labio inferior.
—Escucha…yo…ni siquiera sé bien qué decirte.— dijo la pelirroja, agotada también. —Sé que no puedes comprender mi relación con Scorpius Malfoy. Pero tampoco sé qué clase de relación tengo en realidad con él.
Hugo frunció el ceño.
—¿Estás bromeando?— le soltó. —¡Te estás acostando con él! ¿cómo puedes no…?
—¡Pues no lo sé!— gritó Rose.
Hugo guardó silencio. Era la primera vez que la pelirroja le gritaba con aquella expresión en el rostro: era una expresión de desorientación, de completo vacío. Decidió callarse. Era evidente que no tenía idea de lo que había en el interior de su hermana.
La gryffindoriana se pasó una mano por la cabeza y respiró hondo, cerrando los ojos.
—Hugo, quiero que entiendas una cosa: soy dos años mayor a ti, pero no sólo soy eso. En verdad, soy mayor a ti. En verdad soy más grande. ¿Comprendes?— Rose abrió los ojos y lo miró con sinceridad. —Además, soy una persona que tiene sus propias ideas, su propia forma de vivir. Quiero que lo respetes.
Los ojos de Hugo se humedecieron y él desvió la mirada, hundiendo ambas manos en los bolsillos de su jean.
—Entiendo.— dijo el castaño. —O al menos quiero entenderlo.— hizo una pausa corta. —Lo que hagas con tu vida es tu asunto, no tengo que aprobar tus decisiones, tienes razón en eso. Yo…es que no tenía idea de que habías en realidad crecido tanto…
—Hugo…— dijo Rose, pero él la interrumpió.
—Ya sé que eres la mayor, pero siempre te he visto como si fueras mi hermana pequeña de algún modo.— confesó Hugo, sin abandonar el tinte de disgusto en el tono de su voz. —No es fácil para mí aceptar esto. No es fácil para mí aceptar que quieres a ese sujeto…
Rose tragó saliva.
—No somos novios.— dijo la pelirroja. —No es tan profundo como te imaginas que es.
Hugo volvió a clavar sus ojos castaños en los de su hermana. Esta vez, ella se estremeció:
—¿Cómo puede alguien no sentir algo profundo hacia ti, Rosie?— dijo Hugo. —No, no entiendo tu relación con Malfoy por muchas razones, y no es sólo por lo que hizo su padre con nuestra madre; es porque no entiendo que todo este tiempo hayas estado con alguien a escondidas. ¿Es que acaso ese imbécil se avergüenza de ti?
Los ojos de Rose se humedecieron mientras los entornaba.
—No es así, Hugo.—dijo la pelirroja. — Por favor, comprende…
—Es lo que estoy tratando de hacer, Rose.— dijo Hugo, esta vez con un tono mucho más seco. —Estoy tratando, trato todo el tiempo. Sólo porque eres tú. Por ti estoy tratando.
Rose suspiró.
—Lo que sentimos, Scorpius y yo, lo sentimos diferente.— dijo la pelirroja. —Es complicado, Hugo. Lo único que te pido es que por favor, dejemos todo esto atrás.
Hugo la miró, confundido.
—¿Es que no vas a decírselo a nadie?
Rose negó con la cabeza.
—Entiende: Scorpius Malfoy y yo no tenemos nada.— dijo ella, tratando de no derrumbarse. — Quizás, algún día, comprendas que algunas relaciones son complicadas. Que no todo es blanco y negro.
Hugo meneó la cabeza.
—No, nunca voy a comprender que estés con alguien que no es capaz de dar la cara al mundo por ti.
—No estamos juntos.— repitió Rose, con cansancio.
—Como sea, Rose.— dijo Hugo. —No entiendo nada.
Hubo varios minutos de silencio. Ninguno de los dos se atrevió a mirarse de vuelta. Observaban el suelo y las paredes, como si hubiera algo magnífico en las pierdas pulidas, en las baldosas.
—No te preocupes por mí.—dijo Rose, de repente.
Hugo asintió.
—Sabes lo que haces.— le dijo en un tono impersonal. —Eres grande.
Y con esto, Hugo dio media vuelta y caminó por el pasillo, alejándose de Rose y del comedor.
10.-
A la salida del gran comedor, Alexander fue interceptado por Malone, quien lo escoltó hacia la oficina de Mcgonagal. "Acompañarás a Lucy Weasley, ¿no?", le dijo Malone, "Es tarde ya, así que apresúrate, Nott".
El slytherin se vio pronto en una pequeña antesala con decorados algo góticos, algo rococós (había aprendido lo que era rococó en uno de los libros de arte que solía ojear desde que conoció empezó a ser amigo de Lucy). La pelinaranja estaba sentada en una silla con el cuerpo recto y tenso. Su mirada se sobresaltó cuando Malone y Alexander entraron, y aunque quiso parecer natural al saludarlos, lo cierto es que ni una palabra salió de su boca más que un murmullo inentendible. Alexander notó que Lucy se había hecho mal la trenza. Nunca la había visto tan nerviosa y tensa.
—En cualquier momento saldrá la profesora Mcgonagal. Mientras tanto, esperemos.— dijo Malone.
Alexander se sentó en una butaca y le dedicó una mirada reconfortante a Lucy, sin embargo, ella la recibió sin ninguna consecuencia positiva. Jugaba con sus dedos y de vez en cuando se mordía las uñas. Su mirada se perdía en vacíos vanos.
Alexander suspiró. En el fondo no le hacía ninguna gracia tener que acompañar a Lucy al Ministerio de magia. En realidad, lo que no le hacía ninguna gracia era que Lucy estuviera tan resuelta a declarar a favor de Ben. Estaba de acuerdo con que el ravenclaw debía ser inocente (dudaba mucho que alguien tan sencillo y simple como Ben Wilson tuviera algún plan macabro o terrorista entre manos), pero, ¿por qué Lucy se empeñaba en defenderlo? ¿es que acaso él no la había lastimado? No lo comprendía. Había algo que le disgustaba de todo aquello, pero no creía que fuera su deber emitir ninguna opinión al respecto. Debía callarse y aceptarlo. Y estar ahí para Lucy.
Nada más.
Alexander se arregló la corbata (cosa que nunca hacía, pero la tensión en aquella antesala lo ponía tenso también). Lucy estaba claramente nerviosa. ¿Era acaso por la posibilidad de volver a ver a Ben? La idea le creó una molestia en el estómago. Una sensación detestable en el pecho.
Mcgonagal apareció por la gárgola girante. Aquel pájaro de piedra mostraba unas escaleras en forma de caracol. Alexander las miró con detenimiento: nunca había estado en la oficina de Mcgonagal, tenía una curiosidad insatisfecha desde hacía ya siete años por saber cómo era por dentro.
Pero sus deseos no se cumplirían. Mcgonagal los miró con atención:
—Irán acompañados por el profesor Malone. La señorita Weasley testificará, y regresarán de inmediato. Sin demoras.— dijo ella, resaltando las últimas palabras. —¿Entendido?
Lucy y Alexander asintieron.
—Bien.— dijo Mcgonagal. —Adelante, profesor Malone.
El jefe de la casa de Slytherin le ofreció sus manos a los dos jóvenes. Lucy y Alexander titubearon unos segundos, encontrándolo extraño e incómodo, pero finalmente tomaron una mano cada uno.
Se aparecieron en cuestión de unos pocos segundos.
Tanto Lucy como Alexander se tambalearon al caer de pie en el suelo de la recepción del Ministerio. También sintieron náuseas.
—Se acostumbrarán.— dijo Malone. —Cuando aprendan a hacerlo dentro de unos meses.
Alexander miró a su alrededor: todo era caótico y marmóreo. Sí, así era: puro mármol y puro caos. La gente caminaba con papeles y maletines de un sitio a otro. Nadie se detenía. Nadie los veía.
Eran invisibles.
—Síganme.— dijo Malone con pesadez.
Luxy y Alexander se abrieron paso entre la gente que se aglomeraba por todo el lugar hasta los ascensores. Malone presionó un botón y entró en uno con dificultad. Alexander tomó la mano de Lucy y, empujando a brujas y magos, consiguió hacerse espacio con ella en el interior del mismo. Malone presionó otro botón de entre cientos y cientos.
Aquel lugar era caótico y asfixiante.
—¿Estás bien?— le preguntó el castaño a la hufflepuff.
—Sí…— respondió ella como desde el fondo de un extenso túnel.
El ascensor subió, dio giros a la derecha, a la izquierda, en una zigzagueante escalada por los pisos del Ministerio. De vez en cuando la gran caja metálica se detenía y bajaban magos y brujas, y subían otros. Pasaron algunos minutos hasta que pudieron llegar al piso de Casos Judiciales Mágicos. Entre empujones, Malone, Lucy y Alexander lograron salir.
—Bien. Estamos vivos.— dijo Malone en un tono malhumorado. —Síganme.
Empezaron a caminar.
—Hey, Lucy Lu.— dijo Alexander, sonriéndole, aunque en realidad no le apetecía hacerlo en lo absoluto. — Todo va a estar bien. Es sólo una declaración.
Lucy esbozó una media sonrisa.
—Sí, bueno.— dijo ella. —Es solo que no veo la hora de acabar con esto.
Pronto llegaron a unas puertas grandes custodiadas por dos guardias. Malone tomó la palabra.
—Traigo a Lucy Weasley, del colegio de magia y hechicería Hogwarts.— le dijo. —Es un testigo y va a ser llamada a testificar.
El guardia revisó con pereza una lista, pasando su dedo rechoncho por nombres desconocidos hasta que se detuvo en uno.
—Bien. Pasen.— les dijo.
Cuando la puerta se abrió Lucy contuvo la respiración. Aquel salón estaba lleno de delegados judiciales mágicos, quienes ocupaban parte del estrado. Ben estaba sentado en una silla junto a su abogado. Otro abogado —parecía ser el acusador— estaba dando un discurso al jurado y a la jueza. Malone siguió con cautela a unos bancos en donde estaban varias personas desconocidas para Alexander, sin embargo, Lucy pareció reconocer a los que parecían ser los padres de Ben. La pelinaraja los saludó algo turbada, y se sentó. Alexander hizo lo mismo y notó que la mamá de Ben no dejaba de llorar.
—Como ha podido ver, su señoría.— decía el abogado acusador. — Los hechos son irrefutables: Benjamin Wilson ha incurrido en un crimen gravísimo en tiempos difíciles. Hogwarts no ha sido atacada por Muggles, pero bien podría serlo gracias a este pequeño gamberro. Hogwarts alberga a miles de estudiantes. Ya una ha fallecido por culpa de un ataque muggle: Vaneska Duncan y su familia fueron masacrados. ¿Va a escapar impune este jovenzuelo tras poner en riesgo a cientos de jóvenes inocentes?
Alexander miró a Ben. Estaba sentado, o mejor dicho, regado sobre la silla. Sus ojos estaban perdidos en el suelo; no se había percatado en lo absoluto de la llegada de Lucy. Parecía encontrarse en otro sitio.
El abogado acusador fue a sentarse y el defensor se puso de pie.
—Bien.— dijo. —Llamo al estrado a Lucy Weasley, quien se ha ofrecido a declarar a favor de Benjamin Wilson. Quizás, después de su intervención, podamos entender más sobre el joven a quien se ha llamado injustamente un criminal.
Lucy empalideció. Alexander la miró sin saber qué decirle. Por unos segundos pensó que no se levantaría, que se quedaría allí, sentada, petrificada; pero no fue así, Lucy se puso de pie y, tensa como una tabla, con su tez pálida y su trenza mal hecha, caminó hacia el estrado.
Cuando ella se sentó, Alexander notó que los ojos avellana de la Hufflepuff se fijaron nerviosos en los de Ben, quien al escuchar el nombre de la pelinaranja había vuelto a sentarse recto en su silla y parecía haber despertado de su ensueño.
—Díganos, ¿quién es usted para Ben Wilson?— dijo el abogado defensor.
Lucy se humedeció los labios.
—Fui su ex novia.— dijo ella.
—¿Desde cuándo y hasta cuándo mantuvo una relación sentimental con Benjamin Wilson?
Lucy bajó la mirada.
—Desde hace cuatro años. Terminamos hace unos pocos meses.
—Es decir que durante cuatro años el acusado y usted han sido inseparables, ¿cierto?
Lucy miró a Ben y tragó saliva.
—Sí.— afirmó con suavidad.
—Por lo tanto, diría usted que lo conoce como si fuera alguien más de su familia, ¿no es verdad?
Lucy respiró hondo.
—Sí.— volvió a afirmar.
—Ya veo.— dijo el abogado defensor. —¿Cree usted, tras todo ese conocimiento que posee del acusado, tras todos esos años de íntima convivencia, que él, deliberadamente, vendió fotografías mágicas de Hogwarts a muggles con una intención terrorista y criminal?
Lucy miró al abogado.
—No.— dijo con absoluta convicción. —Ben jamás haría algo así. Ama el mundo mágico y a Hogwarts. Si lo hizo, fue porque no midió las consecuencias, y por una buena razón.
—¿Es esa razón la de obtener dinero muggle —del cual él carecía— para ayudar a su actual novia muggle, quien se encontraba en un aprieto?
Lucy asintió.
—Estoy cien por ciento segura de que esa fue la razón.— dijo, resuelta.
—Es todo, gracias.— dijo el abogado defensor.
Lucy suspiró. No había sido tan malo después de todo. Pero entonces, el abogado acusador se puso de pie y tanto ella como Alexander supieron que el interrogatorio aún no había terminado.
—Señorita Weasley.— dijo el abogado acusador. — De modo que usted fue novia del acusado, ¿dígame si me equivoco?
Lucy tragó saliva.
—Sí, fui su novia.— dijo ella.
—¿Y la relación terminó por…?
Lucy se tensó y bajó la mirada. Por varios segundos se abstuvo de responder. Luego recuperó fuerzas.
—Ben terminó conmigo. Se había enamorado de su actual novia.
—Entiendo.— dijo el abogado acusador. —Entonces, usted no quería que la relación terminada, ¿no es cierto?
Lucy miró al abogado acusador con cierta incomprensión. Alexander podía imaginar lo que ella estaba pensando: ¿por qué aquellas preguntas? ¿a dónde quería llegar?
Lucy se humedeció los labios otra vez.
—Cierto.— dijo ella.
El abogado acusador sonrió.
—Porque estaba enamorada de él, ¿cierto?
Los ojos de Lucy se humedecieron.
—Cierto.— respondió, algo molesta.
—¿Y cómo es, su señoría, que podemos creer en la opinión de una adolescente que, además, está enamorada del acusado? Es evidente que va a declarar que Benjamin Wilson es inocente.
Lucy perdió la compostura y se puso de pie, tirando la silla donde había estado sentada hacia atrás y haciendo eco en la sala.
—¡No se trata de una opinión!— soltó, levantando la voz. — Se trata de lo lógico y lo visible para cualquiera.— su voz era quebradiza, como si estuviera a punto de echarse a llorar. Cosa que nunca hizo. — Usted mismo lo ha dicho: soy una adolescente. ¡Y Ben también! ¡Tenemos sólo 17 años y hemos vivido felices! ¿Qué clase de rencor social podría tener alguien como Ben, que lo ha tenido todo? ¿Por qué querría lastimar a Hogwarts? ¿Cómo es que, si es realmente un criminal de mente fría, se ha dejado atrapar tan fácilmente? ¿Por qué no quemó o hizo desaparecer las pruebas que lo inculpaban? ¡Ben puede ser un tonto, pero no un criminal, no un terrorista! ¡Lo único que quería era ayudar a su novia! ¿Pueden en verdad condenar a un chico por querer ayudar a la persona que más quiere en el mundo? ¿Es esa la justicia? ¿Por qué estamos aquí gastando tiempo y dinero y voz en acusar a un adolescente que quiso apoyar económicamente a su novia muggle mientras que grupos como Exus están libres, mientras que verdaderos criminales, como aquellos que le compraron las fotografías mágicas a Ben, están libres?
Lucy se detuvo para tomar aire. Estaba agitada. Su pecho se movía de arriba abajo y sus mejillas estaban arreboladas. Miró a la gente a su alrededor, avergonzada por su explosión. Su discurso parecía haber silenciado a todos, pero Alexander no sabía muy bien si aquel silencio era de apoyo o de detracción.
—Gracias, señorita Weasley.— dijo la jueza, acabando con el silencio. —Doy por terminada la sesión de hoy. Proseguiremos mañana con nuevos testigos.
El jurado se levantó y la sala comenzó a vaciarse. Los padres de Ben fueron los primeros en salir junto al abogado defensor. Parecían querer hablar con él. Un guardia permaneció al lado de Ben, quien no despegaba sus ojos de Lucy. Malone se mantuvo en una esquina, esperando a que todos salieran o a que Lucy se moviera; pero la pelinaranja miraba al suelo, avergonzada, y seguía en el estrado, quieta, como si no se diera cuenta de nada.
Alexander decidió intervenir y caminó hacia ella.
—Hey, Lucy Lu.— le dijo con suavidad. —Vamos, ya ha terminado.
Alexander le extendió la mano. Lucy salió de su abstracción con lentitud y estuvo a punto de tomar la mano del slytherin, pero la voz de Ben la detuvo en seco:
—Lucy.— dijo el ravenclaw.
La pelinaranja lo miró y su rostro se tensó. Alexander mantuvo su mano extendida en el aire.
—¿Puedes acercarte?— le pidió Ben.
La sala ya estaba vacía a excepción de Lucy, Alexander, Malone, el guardia que se mantenía a unos metros de Ben, y Ben mismo, quien estaba esposado a la silla. Como un verdadero criminal.
Lucy bajó del estrado ignorando la mano de Alexander. El castaño la dejó caer, vacía.
Los pasos de la hufflepuff hicieron eco en el salón mientras se acercaba a la silla de Ben. Cada uno de esos pasos eran como pequeños golpes en el pecho del slytherin, y no entendía por qué. A tal distancia, ya no podría escuchar lo que ellos hablaran. Algo le dolía por dentro. Algo que jamás le había dolido antes. O tal vez era el dolor mismo el que era diferente, desconocido.
—¿Cómo estás?— preguntó Lucy, tratando de recuperarse de toda aquella conmoción. —Siento si…no fui de mucha ayuda…
—Lo fuiste.— dijo Ben. —En verdad lo fuiste.— sus ojos se humedecieron. —No sabes el bien que me ha hecho verte.
Los ojos de Lucy se llenaron de lágrimas también, y esbozó una sonrisa.
—Supongo que no puedes recibir muchas visitas.— dijo la pelinaranja.
Ben miró al guardia y luego al reloj. Regresó su mirada hacia Lucy.
—En cualquier momento regresará el abogado, y te obligarán a salir. Siempre es así.— dijo con una voz apesadumbrada.
Los dos guardaron silencio, un silencio profundo y denso. Ben fue quien decidió romperlo, con gran dificultad.
— Perdóname.— fue todo lo que dijo. Su voz se había quebrado como la de un niño al decirlo, y ahora sollozaba, aunque luchaba por no hacerlo, avergonzado de su propia debilidad. Se veía asustado. Realmente asustado.
Lucy tomó inmediatamente la mano de Ben entre las suyas.
—Te perdono, Ben.— le dijo. —Te perdoné desde el principio.
—Yo te quiero, Lucy.— le dijo, llorando. —No quería lastimarte. Siempre has sido importante para mí y yo….
—Está bien, Ben…— dijo Lucy, sonriéndole con ternura mientras una lágrima resbalaba por su mejilla. — Te enamoraste de alguien más. No fue tu culpa. No has hecho nada malo.
—Fui un cobarde.— dijo Ben. —Debí decírtelo. Debí decirte la verdad. Te merecías saber la verdad.
Lucy tomó el rostro de Ben entre sus manos.
Metros más allá, Alexander se sintió incapaz de continuar en la sala. A paso rápido caminó hacia Malone y hacia la salida. El profesor pareció desconcertarse ante la veloz salida del slytherin, y lo siguió.
Lucy acarició el rostro del ravenclaw.
—Ya no importa Ben.— le dijo. —En verdad ya no importa.— otra lágrima cayó por su rostro pecoso. —Yo solo quiero que salgas de esto, y que seas feliz.
Ben besó las manos de Lucy.
—Yo también quiero que seas feliz, Lucy.— le dijo. —En verdad te amé. Te amé mucho.
Lucy lo soltó lentamente y dio dos pasos hacia atrás, secándose el rostro. Esbozó una sonrisa triste, cariñosa, pacífica.
—Yo también te amé mucho, Ben.— le dijo. —Nos veremos pronto. Ya lo verás.
Y con esto, Lucy se encaminó hacia la salida.
Afuera la pelinaranja pudo respirar. Tardó unos cuantos segundos en notar que Malone y Alexander estaban frente a ella, esperándola. Cuando lo hizo, sus mejillas se sonrojaron.
—Lo siento.— dijo ella.
—Vámonos.— dijo Malone, dándose media vuelta y caminando por el pasillo. Alexander y Lucy empezaron a caminar tras él a una distancia prudente del profesor. El slytherin, quien se encontraba molesto sin saber muy bien por qué, no pudo evitar escupir algo del veneno que tenía por dentro:
—Supongo que todo tu esfuerzo no servirá de nada.— dijo el castaño. — El abogado acusador parece ser muy bueno.
—La familia de Ben no puede darse el lujo de pagar un abogado.— dijo la pelinaranja. — Seguro el abogado defensor es uno del Ministerio.
—Asumo que con esto lo dejarás al fin.— dijo el slytherin.
—¿Dejar qué?— preguntó ella, confundida.
—De ayudar incluso a quienes no les importas.— dijo él, de forma dura. —Creo que deberías escuchar más a tu prima Lily y empezar a ayudarte más a ti misma. Tu situación en Hogwarts es ya bastante difícil.
Lucy lo miró con gran incomprensión.
—¿En serio me estás diciendo esto?— le preguntó.
Alexander guardó silencio por unos minutos hasta que llegaron al elevador, entonces, acabó su discurso:
—Digo lo que pienso.— dijo el slytherin. —Y pienso que ya es hora de que dejes el papel de novia intachable y aceptes que Ben te dejó.
Lucy lo miró, perpleja, mientras él entraba al ascensor con Malone.
—Señorita Weasley, no tenemos todo el día.— dijo Malone, irritado.
Lucy subió al elevador en completo silencio. Confundida por la actitud fría, incluso hiriente, de Alexander.
Era la segunda vez en menos de dos días que lo veía enojado.
11.-
Rose se sentó en una mesa de la biblioteca y descansó los brazos del peso de varios libros y cuadernos. Tenía mucho en lo que ponerse al día. Habían pasado cuatro días enteros en los que no había asistido a clases por asuntos de la competencia. Sin duda alguna, aquel año estaba probando ser el más difícil que jamás hubiera experimentado.
La pelirroja suspiró: sintió ganas de llorar, pero no se lo permitió a sí misma.
Estaba agotada, no sólo en el área sentimental, sino en la académica. Era demasiado: la competencia, el asunto de los anillos, Merlín, Morgana, su relación con Scorpius, el colegio y, ahora, su hermano. No conseguía entender de dónde había sacado tantas fuerzas para lidiar con todo aquello. Hacía a penas unos meses su vida era la de una adolescente normal. Ahora cargaba sobre sus hombros pesos inaguantables.
Una voz femenina la sacó de su abstracción.
—Rose.— dijo Megara, sentándose frente a ella en la mesa. —Necesito hablar contigo.
La pelirroja miró a la morena con algo de confusión y trató de despejar la mesa —los libros hacían una torre que hacía casi imposible ver a la slytherin—.
—Dime, ¿pasa algo?— preguntó Rose.
—Es eso precisamente lo que me pregunto yo.— dijo Megara. —¿Qué está pasando con Scorpius?
Rose bajó la mirada y su tez empalideció levemente. La morena tomó aire.
—Estuvo todo el día de ayer desaparecido, y luego, cuando por fin apareció esta mañana, estaba completamente ausente y afectado. No ha bajado a comer, y no parece querer salir de su habitación. — dijo en un tono preocupado. —Rose, te lo ruego. Eres la única que puede saber qué está pasando por su mente. Me preocupa. Nunca lo he visto así.
La pelirroja tragó saliva. ¿Es que acaso jamás iba a terminar aquella pesadilla? ¿Iba a tener que volver sobre los temas de los que quería alejarse una y otra vez sin descanso?
Tomó fuerzas y se humedeció los labios.
—Scorpius se enteró de una verdad familiar muy dura.— le dijo.
Megara tensó el entrecejo.
—¿Verdad familiar?— repitió. —¿Cuál?
Rose se pasó una mano por la frente. ¿Era correcto que lo dijera? No lo sabía, pero ya no tenía más fuerzas para pensar en ello. Estaba agotada y su juicio estaba nublado. Tal vez era mejor que Megara lo supiera. Así podría ayudar a Scorpius.
—Durante la guerra, mi madre fue capturada y torturada.— dijo Rose. Megara la miraba a los ojos, aún sin entender qué relación tenía aquel asunto con Scorpius. Entonces, la pelirroja se lo aclaró: —Mi madre fue capturada y torturada en la mansión Malfoy.
El rostro de Megara se ensombreció. Sus ojos parecieron hundirse hasta el fondo de ella misma. Rose continuó.
—Bellatrix Lestrange, la tía del padre de Scorpius, fue quien la torturó.— dijo Rose. —Y…Draco Malfoy lo presenció todo.
Megara se puso de pie bruscamente.
—¿El papá de Scorpius estuvo allí?— preguntó, espantada.
Rose tragó saliva y asintió. Megara se llevó ambas manos a la cara, cubriéndosela.
—¿Se lo has dicho tú?— le preguntó.
—No.— respondió Rose. —Jamás lo hubiese hecho.
Megara miró a los ojos a la pelirroja.
—¿Entonces quién?
Rose titubeó y volvió a bajar la mirada.
—Fue mi hermano.— dijo. —Hugo no sabía que Scorpius no conocía la historia.
Megara volvió a sentarse como quien se deja caer sobre el asiento con todo su peso. Cerró los ojos y meneó la cabeza.
—Ahora lo entiendo todo.— dijo Megara. —Esto bien pudo haber destruido a Scorpius.
Los ojos de Rose se humedecieron y desvió la mirada. La morena abrió los párpados y se puso de pie.
—Yo sé que no puedes entender del todo lo que esto significa. Eres hija de héroes.— dijo Megara. —Pero no hay nada más horrible que crecer conociendo los crímenes de tus padres.
Rose la miró a los ojos: Megara también los tenía húmedos.
—Scorpius debe estar devastado.— dijo la morena. —Y me temo que sólo tú podrás hacer algo al respecto.
Rose se puso de pie.
—No hay nada que yo pueda hacer.— dijo la pelirroja. —Él no quiere saber nada de mí. Hemos dejado el asunto así: no relacionarnos más de lo necesario.
Megara frunció el ceño.
—¿De qué hablas?— le preguntó. — Scorpius y tú tienen algo que va mucho más allá de eso, lo sé.
Rose se volteó y le dio la espalda.
—Ya no.— le dijo.
Megara se puso de pie otra vez.
—¿Él te dijo eso?— preguntó la morena. —Porque si lo hizo, mintió. Lo conozco mejor que nadie. Está afectado por lo de su padre, pero eso no significa que…
Rose la interrumpió:
—Lo que dijo tiene sentido, y aunque a mí me gustase escuchar algo diferente, pensar que lo dijo porque estaba afectado, no puedo cerrar los ojos ante lo que es real.— le dijo. —Las cosas estarán mejor así. Estoy segura de que podrás hacer algo por él.
Megara meneó la cabeza.
—Rose, por favor, piénsalo.— dijo la morena. —Si en verdad quieres a Scorpius como sé que lo quieres, haz un esfuerzo por olvidar las palabras estúpidas que seguramente te dijo. Te necesita.
Rose cerró los ojos y respiró hondo, pero no se volteó. No se sentía con fuerzas como para mirar a Megara a los ojos otra vez.
La morena dio dos pasos lejos de la mesa.
—Gracias por contármelo.— le dijo a la gryffindoriana.
Y con esto, se fue.
12.-
A las 2 de la tarde Scorpius salió de su habitación, bañado, vestido, y con una apariencia superficialmente normal. Los slytherins lo vieron cruzar la sala común como un rayo y salir sin mirar a nadie, sin detenerse por nada. Había sido comentado por los que lo presenciaron cómo Scorpius Malfoy había ingresado a la sala común en terribles condiciones aquella mañana. Era rumoreado que se trataba de una depresión natural debido a su derrota en la última prueba. Sin embargo, nadie parecía reclamarle nada; más bien, la casa Slytherin apoyaba a su campeón más que nunca.
Por supuesto, aquellos rumores no habían llegado a oídos de Scorpius, y francamente, le tenía sin cuidado lo que dijeran de él en aquellos momentos. Era, en realidad, la primera vez que no le importaba en lo absoluto lo que se dijera sobre él. Su mente estaba lejos de sosegarse: oscura, pantanosa, caótica…Sus ideas no le daban tregua. Tras horas y horas de tortuosas preguntas (¿por qué su padre le había mentido? ¿por qué nunca le hablaba con la verdad? ¿era por eso, por lo de Hermione Granger, que no le permitía ver a sus abuelos? ¿era por eso, y quién sabe qué otros secretos más sórdidos, que su padre no le hablaba más de lo necesario? ¿Cómo era que jamás había escuchado hablar de Bellatrix Lestrange?), se había decidido a hacer lo único que podía hacer con el veneno que lo carcomía por dentro:
Devolvérselo a su padre.
"Así somos los Malfoy, después de todo.", pensó mientras caminaba a zancadas hacia la lechucería. La carta la había escrito en su habitación. Era corta y no la había meditado demasiado. Desde que se había enterado de ese pasado sucio y vergonzoso de su padre no había podido pensar largamente en nada. Sus pensamientos eran cortos, atropellados, inconexos. A causa de esto, su humor era pésimo y el dolor en su cabeza no cedía. Sentía punzadas en el centro de su frente y esparciéndose por todo su cráneo. Nunca le había dolido la cabeza con tanta intensidad. Podía deberse a las pocas horas de sueño —en realidad, eran nulas— o al estrés emocional que le provocaba enterarse de cosas tan terribles a sus 17 años, cuando debió saberlas antes. "17 años de quién sabe cuántos secretos más", pensó mientras aceleraba el paso.
Cuando llegó a la lechucería buscó a Pigmaleón, la lechuza que su madre le había regalado hace un par de años. Era una bestia de color negro y ojos amarillos, robusta, que dejaba a las otras lechuzas rezagadas. Le ató la carta a una pata con una cinta verde y le acarició brevemente la cabeza.
El ave voló rápidamente fuera del castillo.
Scorpius se quedó allí unos minutos, quieto, con la mente ausente y en blanco. Sólo recordó una vez más lo que había escrito en aquella carta dirigida a su padre, no recordaba haber puesto encabezado, se había saltado todas las normas de etiqueta en cuanto a cartas y no le importaba. La frase era unívoca y contundente:
"Sé el papel que jugaste años atrás en la tortura de Hermione Granger.
Scorpius."
Ahora que la pensaba y la recordaba con tanta nitidez, se sentía plenamente orgulloso de ella. En el momento aquella carta había respondido al impulso de sacar todo aquello que tenía por dentro. Como si él fuera un títere y alguien arriba hubiese halado las cuerdas, Scorpius había tomado una pluma, un tintero y un pergamino. No había pensado demasiado, solo escrito aquella frase perfecta. En ese instante no pudo apreciar lo inteligente de la oración, pero allí, en aquella lechucería, rodeado de aves y sus excrementos, lo veía todo con claridad: a aquella frase no le sobraba nada, ni una sola letra; decía lo que tenía que decir, lo que podía decirse por correspondencia. El efecto que tendría aquella carta era certero: su padre la tomaría entre sus manos, la leería, y vendría al colegio a buscarlo. No tendría otra opción. Scorpius no creía que ignorara la carta, mucho menos que optara por esperar, tratándose de un asunto tan serio, a la siguiente ocasión en la que pudieran verse; tampoco creía que su padre optaría por responderle con otra carta. Se trata de un asunto demasiado delicado, demasiado oscuro y complejo, demasiado sucio como para ser tratado por escrito. No. Scorpius había hecho bien: podría haber descargado su ira, su rencor, todo su veneno en una carta de varias hojas; podía haber escrito todo un manifiesto, pero no lo hizo. No lo hizo porque, aún sin pensarlo, sin ser consciente de ello, sabía que para decir todo lo que en realidad quería decir, para escupir todo su veneno hacia fuera, necesitaba que su padre, que Draco Malfoy estuviera frente a él. El papel no servía, la pluma no servía: sin quererlo, Scorpius había escrito una carta que forzaría a su padre a hacer justo lo que él quería que hiciera: visitar Hogwarts. La carta, la línea que había escrito, no delataba sus ideas ni sus sentimientos al respecto, sólo una verdad: que él sabía lo que su padre había hecho. Nada más.
Era, en todos los sentidos, una carta perfecta.
Scorpius apretó los puños. No se había dado cuenta de ello, pero estaba tiritando. Hacía frío y él estaba a penas con un ligero abrigo encima.
Minutos después, empezó a nevar.
13.-
Lily jugaba quidditch en la cancha con Albus, Fred y Louis con algo de desánimo. Estaban incompletos sin Hugo, y por ello el juego no parecía avanzar del modo correcto. Lo había buscado para pedirle que se uniera, pero no lo habían encontrado en ningún sitio. La última vez que la gryffindoriana supo de él fue en el desayuno, cuando salió del comedor acompañado de Rose en una actitud bastante extraña y sospechosa.
—Alguien más podría ir por Hugo, ¿no?— dijo la pelirroja, malhumorada, mientras descendía en su escoba al césped. —Este juego no tiene sentido sin él.
—Ya fuiste tú y no lo encontraste.— dijo Fred. — ¿Qué te hace pensar que cualquiera de nosotros tendría mejor suerte?
Lily clavó sus ojos miel en el pelirrojo con dureza.
—Seguro no quieres ir por Hugo porque sabes que te haría trizas en la cancha. Después de todo, él está en el equipo de quidditch, y tú no.
Fred miró a Albus entornando los ojos.
—¿Puedes explicarme por qué tienes una hermana tan malvada?
Lily le sacó la lengua y se dio la vuelta para caminar de regreso al castillo. Mientras se alejaba de su hermano y de sus primos, quienes retomaron el juego sin ella, se soltó la coleta dejando que su cabello rojo y lacio cayera por sus hombros como un manto de seda. Justo cuando estaba a punto de entrar en castillo, la figura de Lorcan se lo impidió.
Lily bufó y se cruzó de brazos.
—¿Qué quieres ahora, Scamander?— le preguntó con suavidad e indiferencia fría. —Cumplí con la apuesta: nuestra cita sucedió. No veo qué otro intercambio tengamos que hacer tú y yo.
—Aún tenemos que hacer un intercambio de verdades, Lilith.— dijo Lorcan. Sus ojos celestes tenían una expresión seria que llamó la atención de la pelirroja.
Jamás lo había visto tan serio.
—¿Intercambio de verdades?— dijo Lily. —De acuerdo, yo empiezo: creo que deberías cortarte el cabello.—le dijo señalándole su melena rubia y despeinada.
Lorcan ignoró aquel comentario y esbozó una sonrisa forzada.
—¿Por qué no mejor me cuentas sobre tu primo Teddy?
El rostro de Lily pasó de la prepotencia al asombro, y luego de pocos segundos, sus facciones empalidecieron y se volvieron de piedra. Descruzó los brazos.
—¿Qué quieres saber de Ted?— soltó ella con falsa naturalidad. —No soy yo quien puede hablarte de él. No somos tan cercanos.
Los ojos de Lorcan brillaron y sonrió con ironía.
—" ¿Alguna vez has querido a alguien que no deberías?"— dijo el slytherin, citando la frase que Lily le había dicho al final de su cita. — "Duele, ¿no es cierto?"— Lorcan se inclinó lo suficiente como para rozar con su nariz la oreja de la gryffindoriana. —"Pero es un dolor placentero".
Lily se echó hacia atrás, alejándose de Lorcan. Su ceño se había fruncido y, esta vez, parecía bastante molesta.
—¿A dónde quieres llegar con esto, Scamander?— le dijo ella, alterada. —¿Por qué no entiendes que no quiero saber de ti y me dejas en paz de una buena vez?
Lorcan soltó una risa seca y fue entonces cuando la pelirroja notó algo que había dejado pasar antes: él también estaba molesto.
—No te preocupes, Potter.— le dijo. —Lo haré. Pero primero voy a decirte lo que nadie te ha dicho por miedo. — la miró con dureza y sequedad. —Yo no te tengo miedo.
—Esto es ridículo— murmuró ella, y se dispuso a irse pero Lorcan la tomó por la muñeca y la haló de vuelta. Lily gimió. La presión que Lorcan había ejercido era bastante fuerte, y aún la mantenía, apretando su muñeca para asegurarse de que ella no se soltara.
—Te vas a ir, pero no antes de escucharme.— dijo el slytherin. —¿Quién diablos te crees que eres? Vas por Hogwarts creyendo que te pertenece, que por tu apellido y tu belleza tienes derecho a tratar a quien sea como un insecto. ¿A cuántos chicos has hecho sentir miserables sólo porque tú te sientes miserable? ¿Sólo porque es a ti a quien no quieren? Porque Teddy Lupin no te quiere.
—¡Suéltame!— gritó Lily. Sus ojos estaban llenos de ira.
Lorcan reforzó la presión.
—Hiciste que me golpearan durante nuestra cita, ¿es así como te diviertes con los que se interesan por ti?— dijo el slytherin. —Tal vez lo haces porque sabes que en cuanto te conozcan, perderán todo el interés. Porque sabes, Lilith: no eres la mitad de lo que creí que eras. Creí que tenías a tus espaldas una pérdida dolorosa, que alguien te había lastimado, pero no es así; nadie te ha hecho nada. Eres tú quien va por la vida envidiando lo que jamás le perteneció. Lo que nunca fue suyo. Y tratando a los otros como basura por la amargura que tienes adentro. Una amargura que tiene raíz en un capricho. Porque no amas a Lupin: estás encaprichada con él.
Lily soltó una bofetada contra Lorcan tan fuerte que le hizo girar la cabeza. Su mejilla inmediatamente enrojeció. Lorcan la soltó. Lily estaba fuera de sí.
—¡No te atrevas a hablar de lo que no conoces!— le gritó ella. Todo su cuerpo temblaba.
Lorcan se pasó brevemente una mano por la mejilla y sonrió sardónicamente.
—Te equivocas.— le dijo él. —Conozco muy bien la historia. No te preocupes, no te volveré a molestar, Lilith. No me gusta la gente que pisa a los demás, que los humilla, sólo para sentirse mejor consigo mismos. — Lorcan fue retrocediendo, resuelto en cada una de las palabras que decía. —No me gustas.
Y con esto, dio media vuelta y se fue.
14.-
Megara entró a la sala común como un bólido. Alexander, quien había estado sentado en uno de los sillones leyendo un libro, se puso bruscamente de pie.
—¡Meg!— la llamó, y ella se detuvo. Caminó hacia él. — ¿En dónde te habías metido?
Megara estuvo a punto de hablar, pero entonces miró el libro que yacía en el sofá y frunció el ceño.
—¿Estabas leyendo?— le preguntó, extrañada.
Alexander se encogió de hombros. La morena tomó el libro entre sus manos y miró la portada.
—¿Leyendo un libro de arte?
Alexander asintió. Ella dejó el libro otra vez sobre el sofá.
—Escucha, he hablado con Rose.— dijo la morena. —Lo que le pasa a Scorpius no es ningún chiste.
Megara le relató detenidamente lo que Rose le había contado. Alexander cayó rápidamente en un estupor y luego en una preocupación evidente. Podía imaginar lo duro que debía ser aceptar aquella noticia para Scorpius. Él mismo no acababa de creérselo: ¿cómo era que Draco Malfoy había decidido no contarle algo de tal magnitud?
—Nuestros padres estuvieron, queramos aceptarlo o no, inmersos en un mundo oscuro y sórdido durante su juventud.— dijo Megara. —Tal vez, para ellos es difícil contarnos estas cosas.
—¿Crees que nuestros padres también tengan secretos así?— preguntó Alexander.
Megara lo miró a los ojos.
—No lo sé. — le dijo. —Es muy probable que sí, y que Scorpius haya tenido la mala fortuna de enterarse del secreto de su familia. Hay veces que es mejor no saber. Hay cosas que no se deben saber.
En ese momento Scorpius hizo su aparición en la sala. No miró a su alrededor ni buscó a nadie. Nuevamente parecía sumido en sus propios pensamientos y caminó directo a los dormitorios. La voz de Alexander lo detuvo:
—¡Scorpius!— lo llamó.
El rubio paró el seco. Pareció desorientado por unos segundos, y luego caminó hacia sus amigos.
—Hola.— les dijo. — ¿Pasa algo?
Megara y Alexander intercambiaron miradas.
—Scorpius…estás demasiado raro.— dijo la morena. — Sabemos qué es lo que te pasa, y en verdad lo sentimos. Lo sentimos mucho. Pero no puedes dejar que esto te consuma, ¿entiendes?
Los ojos del rubio se enfriaron y endurecieron.
—Fue ella, ¿no es así?— soltó.
—¿Qué?— preguntó Megara.
—Fue ella quien les dijo.— dijo el rubio.
—Scorpius, por favor.— dijo Megara. — Somos tus amigos…
—Siempre metiéndose donde no la llaman.— murmuró Scorpius con ira contenida. —Siempre metiéndose en mi vida.
—Hey, Rose no tiene la culpa de nada.— dijo Alexander. —Fuimos Megara y yo quienes insistimos en saber qué te pasaba.
—Pues no quiero hablar de ello.— les dijo en un tono casi amenazador
—¿Crees que no te entendemos?— preguntó Megara. — ¿Crees que no sabemos lo que es tener una familia con un pasado sórdido? ¿Lo que es saber que nuestros padres hicieron cosas terribles a nuestra edad? ¿Crees que no podemos comprender por lo que estás pasando?
Scorpius miró a Megara con dureza.
—No.— le dijo. —No pueden comprenderlo.
Megara guardó silencio. La verdad era que no estaba segura de poder comprender por lo que Scorpius estaba pasando en lo absoluto. Ella sólo suponía las cosas que sus padres habían hecho. Había una gran diferencia entre suponer, y saber.
Alexander estuvo a punto de decir algo, pero Malone ingresó a la sala común.
—Malfoy, has sido convocado por Mcgonagal.— le dijo. —Vamos. Es por un asunto de la competencia.
"La competencia", pensó Scorpius. No había vuelto sobre ese echo en su vida desde la noche pasada. Ya no sabía con certeza si en verdad quería seguir compitiendo. ¿Para qué? Su apellido no lo merecía. Él era un Malfoy. Los Malfoy's no merecían nada. La Orden de Merlín era un sitio ideal para gente como Rose. Para hijos de héroes de guerra; para gente con sangre heroica en las venas.
—No tengo todo el día, Malfoy.— dijo Malone, hastiado.
Scorpius caminó hacia la salida de la sala común.
No volteó a despedirse de sus amigos.
15.-
Rose estaba sentada en la sala de espera fuera de la oficina de Mcgonagal. Había sido convocada por un asunto de la competencia, y sin embargo, sus expectativas estaban puestas en que en cualquier momento Scorpius llegaría también. No sabía si iba a poder sobrellevar bien su presencia. Aún todo era demasiado reciente. Ni siquiera sabía cuál iba a ser la actitud del slytherin con ella de ahora en adelante. Podría odiarla, podría no querer hablarle nunca más.
"Da lo mismo: ahora lo único que debe ser importante para ti es la competencia", se dijo a sí misma. Era así como lidiaba con sus problemas emocionales, era así como siempre habría lidiado con ellos: trabajando duramente, manteniendo la mente ocupada en otra cosa.
Rose se acarició la frente. ¿A quién quería engañar? Nunca, jamás, había tenido problemas emocionales en el pasado. Su vida había sido monótona, plana, sin altos ni bajos. En otras palabras: estable. Era la primera vez que se enfrentaba a todo aquello. La primera vez que se enamoraba, la primera vez que la rechazaban. La primera vez que enfrentaba sus miedos, la primera vez que competía por algo más importante que Hogwarts y sus notas. Era demasiado, demasiado para ella. Pero debía resistir. No podía rendirse. Tenía que demostrarles a todos, incluido a Scorpius, que ella era fuerte por su cuenta y no por su apellido, no por lo que sus padres hicieron en el pasado. Era ella, Rose Weasley Granger, quien a pesar de todas las dificultades llegaría a la Orden de Merlín y se convertiría en uno de sus miembros. Era algo de debía hacer, no por nadie, sino por ella misma. Para demostrarse que no era tan insignificante como se sentía cuando estaba al lado de Scorpius. Para demostrarse que era alguien.
La escalera de la oficina de Mcgonagal apareció ante ella, y Rose se puso inmediatamente de pie. Mcgonagal bajó.
—Señorita Weasley, suba.— dijo la profesora. —El señor Malfoy ya entrará en su momento con el profesor Malone.
Rose asintió y caminó hacia las escaleras. El trayecto hacia arriba fue corto. La oficina de Mcgonagal estaba igual que siempre, con los cuadros de todos aquellos que fueron directores mirándola con curiosidad. Instintivamente buscó a Dumbledore y a Snape, personajes de quienes sus padres le habían hablado tanto, para verlos una vez más. No siempre tenía la oportunidad de visitar la oficina de la directora.
Fue sólo tras unos segundos dentro cuando se dio cuenta de que no estaba sola con Mcgonagal en aquella oficina: junto a la ventana, Aarón y los gemelos Abramovich permanecían de pie y en silencio. Sus ojos azules se clavaron en los de Aarón. El castaño le sonrió.
—Siéntese.—le dijo Mcgonagal a Rose.
La pelirroja optó por la silla a la derecha del otro lado del escritorio y se sentó. Espalda recta, falda impoluta.
La puerta se volvió a abrir. Scorpius y Malone entraron a la oficina y Rose contuvo la respiración.
Por unos brevísimos segundos, los ojos de la pelirroja y del slytherin se encontraron y colisionaron, pero él apartó la mirada de ella casi de inmediato, no con desdén, sino con total y sincera indiferencia. Era como si hubiera posado los ojos en un jarrón, una mesa, un objeto inanimado y no en Rose. Ella bajó la mirada y tragó saliva. Aquello le había dolido.
—Siéntese, señor Malfoy.— dijo Mcgonagal, mostrándole un asiento junto a Rose.
Scorpius caminó hacia la silla vacía, y en el camino, sus ojos metálicos se clavaron en Aarón con cierto desconcierto. Su rostro había permanecido indiferente, frío, hasta ese momento. Tensó levemente el entrecejo sin cortar el contacto visual con Aarón mientras avanzaba hacia la silla. El castaño le sonrió. Él no le devolvió la sonrisa.
—Bien.— comenzó Mcgonagal cuando Scorpius se sentó. —Como dije en el desayuno, el señor Gozenbagh y los hermanos Abramovich trabajan para la Orden de Merlín, y en la versión oficial están aquí para asistirlos por el asunto de la competencia.— Mcgonagal miró a Rose y a Scorpius con seriedad. — Pero esa es sólo la versión oficial: no significa que sea la verdad.
Tanto Rose como Scorpius se tensaron en sus asientos. Mcgonagal había logrado captar su completa atención. Deseaban intensamente entender de qué se trataba todo aquello, y sin embargo, notaban por el semblante de la directora que no se trataba de nada bueno.
—A los alumnos en Hogwarts no puede decírseles ciertas cosas porque habría caos, pero a ustedes no se les puede ocultar cosas que les compete de forma intrínseca.— dijo ella. —Ya están en séptimo, son grandes, y deben estar al tanto de lo que está sucediendo.
Mcgonagal se inclinó sobre el escritorio dejando que sus manos descansaran sobre la mesa.
—La relación entre el mundo mágico y el mundo muggle está en una etapa difícil. Eso lo saben. El ataque a Gothias Gozenbagh, sin embargo, no pudo haber sido hecho por muggles. Las sospechas inmediatas van directo a Exus, miembros ocultos de esa organización que buscan desestabilizar el mundo mágico.
—No entiendo por qué magos querrían desestabilizar su propio mundo.— dijo Scorpius.
—Como sabe, señor Malfoy, Exus es un grupo de fugitivos mágicos. La sociedad mágica los quiere en Azkaban. Si ahora están libres es porque se esconden tras la protección de líderes muggles, a quienes se han unido a cambio de esa protección. Los miembros de Exus son los que delataron al mundo mágico en primer lugar, los que decidieron develarnos a los muggles. Es muy probable que su siguiente paso de desestabilización sea, precisamente, lastimar a otro miembro de la Orden.— Mcgonagal agravó el tono de su voz. —Quieres asesinaron a Gothias Gozenbagh lo hizo porque era el miembro activo más frágil de la Orden. Su edad era avanzada, era un blanco mucho más fácil que los otros miembros. Si lo que esas personas quieren es seguir causando pánico, continuarán lastimando a miembros de la Orden, y los siguientes más débiles en la lista son ustedes.
Rose y Scorpius guardaron silencio. Ya habían sospechado que la conversación iría por aquellos caminos, pero secretamente esperaron que no fuera así. Ahora ya no había nada qué esperar. Las palabras habían sido pronunciadas, y ya no existía vuelta atrás.
—Uno de los dos se convertirá en el cuarto miembro de la Orden de Merlín, en el miembro más joven.— continuó Mcgonagal. —Atacar a Rizieri, Earlena o Ásban no sería prudente: no son viejos, su fuerza está intacta y sus poderes también. Ustedes, en cambio, son el fruto a madurar. Están aprendiendo y creciendo a un ritmo acelerado debido a la competencia, pero sus poderes no se asemejan al nivel de los de los otros miembros de la Orden. Son, por tanto, los más débiles. El blanco más fácil después de Gothias.
Rose tragó saliva y giró ligeramente la cabeza hacia su derecha. Sus ojos azules se encontraron con los de Aarón, quien parecía entristecido por la mención del asesinato de su padre. Sus ojos negros estaban húmedos.
—Evidentemente, los asesinos de Gothias no son magos o brujas a los que haya que subestimar. La isla de Avalon tenía una seguridad impecable, mucho mejor que la de este castillo. Si pudieron asesinar a Gothias en esas circunstancias, Hogwarts no será un impedimento si quieren llegar a ustedes.— Mcgonagal se puso de pie. —Por eso, la Orden ha enviado a estos tres jóvenes. Son magos excepcionales, aún en su juventud, y están entrenados precisamente para proteger. Conocen todas las técnicas, son hábiles, se han encargado de la seguridad de la sede de la Orden durante los últimos tres años. Están aquí para rondar Hogwarts las 24 horas y asegurarse de que sea imposible acceder a ustedes.
Scorpius miró a los tres guardianes de la Orden. Parecía justamente lo que eran: superdotados. Ninguno pasaba de los 25 —Aarón tenía 21— y ya habían entrado a trabajar codo a codo con los miembros de la Orden. No se trataba de magos cualquiera. Eran de los mejores.
—Demás está decirles que si alguno de los dos quiere retirarse de la competencia, está en su derecho de hacerlo.— dijo Mcgonagal. —La competencia no es obligatoria. Y ninguno de los dos tiene que cargar con esto sobre sus espaldas si no es lo que realmente quieren hacer. El próximo miembro de la Orden debe ser alguien que resista este tipo de situaciones. Si no se sienten capaces, es este el momento de decirlo.
Rose bajó la mirada y Scorpius miró a Mcgonagal a los ojos. ¿Y si abandonaba la competencia? ¿ y si dejaba de intentar ser algo que no era, tener un apellido que no tenía, y dejaba todo el heroísmo a una Weasley? Era Rose quien estaba destinada a ser el cuarto miembro de la Orden, no él. Él era el hijo de un ex mortífago. Nada más.
Todo lo que tenía que hacer era decirlo, pronunciar las tan sorpresivas palabras de "me retiro". Pero las palabras no salieron de su boca. No pudo pronunciarlas. Su lengua se había vuelto pesada y la sangre por dentro le había comenzado a bullir. Él no era su apellido. No se sentía su apellido. Él no era el que abandonaba una competencia. Él no era un desertor. Por más que quería acomodarse a la historia de su familia, esa historia que debía aceptar, no podía. Seguía queriendo ser mejor que eso. Seguía queriendo tener los derechos que Rose tenía al estar allí. No: no podía. Él no era un cobarde.
De modo que el silencio se extendió por la oficina lo suficiente como para que Mcgonagal supiera que ninguno de los dos estaba dispuesto a retirarse de la competencia.
La directora volvió a sentarse.
—Bien.— les dijo. —Ahora queda otro asunto por resolver.
Mcgonagal sacó un sobre de un cajón y lo abrió.
—Este sobre me ha sido enviado por la Orden. Contiene la pista para la cuarta prueba, y las instrucciones que me han dado son claras: pongan mucha atención a mi lectura, porque no tengo permitido entregarles el sobre. Leeré una sola vez las palabras de la carta, y cuando haya acabado, el papel se autoincinerará. De modo que no habrá forma posible de repetir lo que se ha dicho. ¿Entendido?
Rose y Scorpius asintieron a la vez.
Mcgonagal sacó la carta y la desplegó. Con voz alta y pausada, leyó:
"Ser miembro de la Orden de Merlín es ser un protector; el más alto protector de la sociedad mágica. Para convertirse en uno deberán demostrar que pueden proteger a otros y sobrevivir en el camino. El camino, a veces, es intransitable para los seres humanos. Cuando es así, hay que saber ser más que un hombre o una mujer. Hay que transformarse.
Porque para un miembro de la Orden, ningún camino puede ser imposible.
Merlín."
Frente a la gryffindoriana y el slytherin a carta y el sobre se incendiaron hasta convertirse en cenizas sobre el escritorio de Mcgonagal. El silencio duró varios segundos. Nadie se atrevía, ni podía, decir nada. Luego, Mcgonagal puso dos papeles sobre el escritorio y se los extendió a ambos.
Rose y Scorpius tomaron cada uno el papel ofrecido y lo leyeron.
Sus expresiones fueron de total y absoluto desconcierto.
Rose clavó sus ojos en Mcgonagal.
—Esto es del Ministerio.— dijo la pelirroja, estupefacta.
—Así es.— dijo Mcgonagal.
—Es una petición. Un formulario.— dijo Rose, aún sin poder ordenar su mente.
Mcgonagal asintió. Entonces, Scorpius intervino: levantó su mirada gris y confusa hacia la directora y dijo lo que debía decirse. Sus palabras no hicieron otra cosa que confirmar las sospechas de Rose, y cuando las dijo, todos en la oficina entendieron que la cuarta prueba iba a ser —si es que aquello era posible— más difícil y compleja que cada una de las tres anteriores.
Scorpius se puso de pie.
—Quieren que nos registremos como animagos.
