Capítulo 27: El ruego de un emperador

La verdad era que aún no sabía exactamente cómo había llegado hasta ese lugar pero tenía muy clara una cosa y era que no les dejarían marchar fácilmente. Les habían sorprendido al salir de otro frondoso bosque, en un lugar en el que el olfato de Inuyasha se había visto claramente desorientado y donde había el suficiente ruido como para camuflar el sonido de las armaduras en movimiento. Sabían quiénes eran y sabían cómo sorprenderles.

En principio temió lo peor pensando que podrían matarles cuando les metieron a los cuatro en un carro rodeado por unos barrotes. Inuyasha no la había soltado ni un solo segundo por temor a que pudieran atacarles y Sango y Miroku se mantenían en alerta por si las cosas se torcían más aún. Shippo se abrazaba a su abultado vientre mientras observaba con cautela a los guardas. Les había mostrado su poder en alguna ocasión y probablemente, estuviera analizando a algún soldado para emular su aspecto en caso de ser necesario pero ella no se lo permitiría. Shippo era muy pequeño para hacer algo tan peligroso por mucha falta que les hiciera.

Por otra parte, no pudo evitar sentirse aliviada al pensar en la sacerdotisa Kikio. Una semana antes, cuando tuvieron que salir corriendo hacia el río, la perdieron totalmente. Ella ya no estaba donde la dejaron y tanto Inuyasha como Miroku expresaron ser incapaces de encontrarla con su olfato o su magia. Se había marchado sin aviso alguno, un comportamiento extraño en una sacerdotisa y ella aún así, se alegraba. No quería tener nada que ver con aquella mujer y mucho menos que se acercara al hanyou. Le causaba temor el cambio que podía advertir en él cuando ella estaba cerca y le causaba más temor aún el hecho de que pudiera dejarla para volver con ella. No quería pensarlo y mucho menos cuando él se había tomado tantas molestias en demostrarle que nunca la dejaría.

- Vais a compadecer ante el emperador- les informó un soldado desde fuera- más os vale comportaros.

- ¿El emperador?- inquirió Miroku- ¿qué emperador?

- El gran Mattutsen de la dinastía Tar.

- Por mí como si es el herrero… - murmuró Inuyasha.

Kagome no pudo evitar reír ante el comentario susurrado por el hombre y se tuvo que llevar una mano a la boca para no ofender a los soldados.

- Es un emperador muy importante- les dijo Miroku- ha ganado dos importantes guerras durante su mandato, ha creado muchos caminos, templos, ha llevado la educación a muchos niños… - suspiró- es un emperador muy querido por todos sus súbditos.

- Mientras siga teniendo súbditos no será un buen emperador- le contradijo Kagome.

- ¿A qué os referís divina Kagome?- el monje se reclinó interesado- vuestras ideas siempre me intrigan y me hacen reflexionar.

- En el sitio del que yo vengo no se impone a un gobernante, es escogido por el pueblo con todas sus consecuencias- le explicó- sea para bien o para mal, nosotros decidimos quién debe representarnos, nunca mandarnos.

- Me resulta bastante interesante- se acarició la barbilla notando la incipiente barba- lo estudiaré.

Kagome se recostó entre los brazos de Inuyasha y bajó la mirada. Sabía que podía contar con el apoyo de Miroku y que él estaba muy adelantado al resto de las personas de su época en cuanto a su forma de pensar. Sin embargo, en ocasiones sentía que lo saturaba con demasiada información acerca de la política y la religión. No debía olvidar que él era parte del pasado y en su lapso de tiempo no tocaba cambiar nada importante en el mundo.

Estuvo a punto de golpearse la cabeza con el techo cuando el carro saltó un bache y no pudo menos que agradecer por primera vez su baja estatura. Desgraciadamente, sus amigos no tuvieron tanta suerte como ella. Todos lucían cara de enfado por el golpe y se acariciaban la zona dañada. Se abstuvo a examinarles sabiendo que sería una pérdida de tiempo y se volvió para observar el recinto en el que se adentraban. Se trataba de un gran palacio japonés, un auténtico palacio de la era Sengoku y le recordaba tanto a las residencias de estudiantes de su época. Ahora bien, el interior era muy diferente al que ella conocía. Las paredes estaban pintadas de suntuoso blanco, las vigas de color borgoña y el suelo era de madera y parecía como si estuviera recién barnizado. Al final del gran salón, se encontraba un grupo de escribas rodeando al hombre que estaba sentado en un asiento parecido a un diván pero muy diferente. Ella no conocía esa clase de muebles tan antiguos.

- ¿Dónde está la sanadora?

La voz del hombre sonaba muy ronca.

- No sabemos cuál es- contestó unos de los soldados- les atrapamos a todos en esta jaula. Hay dos mujeres.

- ¿Cómo os habéis atrevido a encarcelar a la sanadora?- le retó con voz calmada pero amenazante- ¡Sacadla de esa jaula!

El soldado se volvió hacia el carro y miró a Kagome y a Sango alternativamente.

- ¿Cuál es la famosa sanadora?

- ¿Sanadora?- repitieron ellas a su vez.

Miroku rió sorprendiéndolos a todos y luego miró a Kagome.

- Me parece que su fama la precede señorita Kagome.

El soldado se dirigió en seguida hacia Kagome y miró su abultado vientre apenado. Estaba claro que aquella mujer esperaba un hijo y no debía faltarle mucho para nacer a juzgar por el tamaño. Ojala sus hombres no le hubieran hecho ningún daño al meterla ahí dentro.

- El emperador quiere hablar con usted- le dijo- abriremos la puerta para que salga sola.

- Debes de estar loco si piensas que la voy a dejar sola- le amenazó el hanyou.

- ¡Inuyasha!- exclamó Kagome- déjame esto a mí. Creo que sé lo que está pasando.

- Pero…

- Confía en mí.

Inuyasha la observó con un nudo en la garganta y finalmente asintió con la cabeza. Cuando se abrió la puerta besó su coronilla y le permitió salir sin el menor intento por escapar con ella. Kagome se estaba arriesgando demasiado, no iba a darle problemas.

El soldado que anteriormente les había hablado, sujetó a Kagome para ayudarla a bajar y continuó agarrándola con mucha delicadeza mientras la guiaba ante la presencia de su emperador. Hizo la reverencia adecuada y detuvo a la mujer cuando ella intentó imitarlo con el ceño fruncido por el dolor. Su emperador entendía que no pudiera inclinarse.

- ¿Tú eres la famosa sanadora?

- No sé si soy famosa pero si es cierto que soy sanadora o doctora que es como prefiero que me llamen.

- ¿Atendiste a uno de mis ejércitos cuando lo encontraste en el bosque?

- Desconozco si era su ejército, pero es cierto que atendí a uno en un bosque y… - observó a los soldados que los llevaron hasta allí- ahora que lo pienso, llevaban las mismas armaduras…

- También he oído acerca de otras personas a las que has curado.

- Yo curo a quien lo necesita.

- Entonces yo voy a necesitar de sus servicios, sanadora.

Ya se lo suponía antes de que la sacaran del carro. Al escuchar hablar al hombre, se había podido percatar de sus problemas respiratorios y ahora que le podía observar más de cerca notaba sus deficiencias. Para su época, era un hombre mayor contando con una edad aproximada de unos cuarenta o cincuenta años. Algunas arrugas surcaban su rostro, había comenzado a perder el cabello y se le notaba en la mirada que su visión se volvía borrosa.

- Le atenderé pero necesito que suelte a mis amigos.

- ¿Por qué?

- Porque necesito saber que puedo confiar en usted.

El emperador la observó como si acabara de retarle y mantuvo la mirada fija en su figura hasta que pareció fijarse en su embarazo. Si pretendía chantajearla con el niño lo llevaba claro porque Inuyasha y los demás sólo se contenían por pura curiosidad. Podrían haber escapado si lo hubieran deseado.

De repente, el hombre levantó una mano haciendo un extraño gesto a sus soldados y pudo ver cómo se acercaban al carro para abrir la puerta. Por lo visto, aquel hombre había resultado ser más inteligente y astuto de lo que ella imaginó. Podría estar enfermo y tener toda clase de problemas pero sabía cómo leer a una persona a través de su mirada y sus palabras.

- Creo que he cumplido mi parte.

Kagome asintió con la cabeza y estaba a punto de dar indicaciones para atenderle cuando se abrieron las puertas de la entrada abruptamente. Entraron de forma apresurada unos cinco soldados cargando a un hombre con una herida sangrante en el torso. Él hombre agonizaba y ellos parecían furiosos por algo. No tenía pinta de que quisieran ayudarle precisamente. Los hombres que iban a abrir la puerta de la jaula, se olvidaron de su orden y fueron a ayudar a los recién llegados.

- Hemos descubierto a este hombre robando en la despensa imperial.

El emperador alzó una ceja y observó al hombre pero sin darle ninguna importancia a su herida.

- No le hemos matado porque esperábamos vuestro visto bueno.

No, no le habían matado pero a juzgar por el aspecto de esa herida, si no era atendido moriría muy pronto.

- Matadle.

Kagome observó espantada al emperador al pronunciar aquella orden y se volvió hacia el hombre agonizante con lágrimas en los ojos. ¿Cómo podía el pueblo amar a un hombre que ordenaba una muerta así como así? Ni siquiera había preguntado por qué estaba robando o si estaba robando de verdad, a lo mejor no era culpable.

- ¡No!- gritó el hombre- ¡por favor!

No podía quedarse a mirar sin hacer nada para evitarlo.

- Por favor, anule la orden.

El emperador hizo un ademán para que los soldados se detuvieran y la observó intrigado.

- Ni siquiera le ha preguntado si ha robado de verdad…

- ¿Insinúa que mis hombres mienten?

- No- le aseguró- pero tiene derecho a defenderse.

El emperador se recostó en su asiento y se llevó las manos a la barba para acariciarla adoptando una pose pensativa. Se mantuvo en silencio durante unos largos minutos que a ella se le hicieron eternos hasta que al fin volvió a incorporarse.

- Habla.

El hombre se arrodilló con mucho esfuerzo por la herida y comenzó a llorar mientras hablaba.

- Mi familia pasa hambre… tengo cuatro hijos y una pequeña que apenas tiene un verano… - sollozó- ha habido malas cosechas y no tenemos dinero… necesitaba darles de comer…

- ¿Robando?

- Yo…

- ¿Robando a tu emperador?- insistió.

El hombre no pudo contestar, se desmayó antes de tener la más mínima oportunidad y Kagome se sintió desfallecer por lo que había escuchado. No pensaba dejar que mataran a ese pobre hombre dejando a toda su familia a la merced del hambre y la miseria. Robar para comer no estaba mal. Si ella podía entenderlo, un hombre que era tan bien considerado también debería poder.

- ¡Deje a este hombre libre!- le ordenó- y deje que yo cure sus heridas.

- ¿Por qué?

- Porque si no lo hace, tampoco le atenderé a usted.

Una vez más puso al emperador contra la espada y la pared y sin necesidad de volverse hacia Inuyasha supo que él debía de estar deseando estrangularla por todo lo que estaba arriesgando. La vida de su hijo no nato y la suya propia podrían estar en juego y también la de sus amigos si lo pensaba de otra forma. Aunque todo eso desaparecía de su mente, perdía el sentido cuando miraba a aquel hombre moribundo tirado en el suelo.

- Te permitiré ese pequeño capricho pero a cambio ellos- señaló a sus amigos- permanecerán encerrados hasta que yo sea atendido.

- Pero acordamos…

- Acordé dar una prueba de confianza antes de ser atendido- la interrumpió- pero no dos al mismo tiempo.

Si liberaba a sus amigos, la espera podría matar a aquel hombre y si curaba a ese hombre, sentiría que estaba traicionando a sus amigos. ¿Qué debía hacer?

- Kagome- la llamó Inuyasha- nosotros estaremos bien- le aseguró.

- Es cierto, no te preocupes por nosotros- prosiguió Sango.

- Ahora tienes dos enfermos a los que atender- le dijo Miroku.

Kagome asintió con lágrimas en los ojos por la bondad que mostraban todos sus amigos y se volvió hacia el emperador con los ánimos renovados.

- Primero atenderé a ese hombre.

…..

Atender a aquel hombre le había llevado largas horas de dedicación y esfuerzo y en numerosas ocasiones tuvo que hacer una pausa por su estado. Su embarazo la imposibilitaba en muchos aspectos: la visión de la sangre empezaba a perturbarle, su pulso no eran tan firme, el cansancio atacaba su cuerpo constantemente y le dolía con frecuencia la cabeza. Pasó el día entero junto al hombre atendiéndole y cuando por fin terminó, descubrió que ya había oscurecido.

Al salir de la habitación en la que se había recluido durante toda la tarde se encontró de frente con la familia del hombre. Habían sido llevados a palacio, les habían alimentado en condiciones y esperaban por el cabeza de familia. Por un momento, le recordaron a ella misma con toda su familia cuando su padre se dislocó un hombro. Fueron al hospital muy asustados por lo que pudiera suceder. Su madre cargaba en sus brazos a un Souta de muy pocos meses mientras que ella tenía que ser agarrada por su abuelo para evitar que se colara en la sala. Aún recordaba la emoción que les invadió cuando al fin pudieron ver a su padre y descubrieron que se encontraba perfectamente.

Sacudió la cabeza por el cauce que estaban tomando sus pensamientos y miró a la mujer de aquel hombre. Se notaba que era joven pero los partos, el duro trabajo y el hambre habían hecho mella en su aspecto.

- ¿Se recuperará?

A la mujer le costaba mantener la calma delante de sus hijos pero hacía un gran esfuerzo.

- Sí, sólo necesita descansar y que se vigile la herida hasta que no corra riesgo de infectarse- le explicó- ya pueden verlo.

Ella asintió llevándose una mano al pecho por la emoción y deslizó la puerta corredera dejando pasar a sus hijos.

- Muchas gracias.

Kagome sonrió al escucharla y continuó con su camino hacia el salón principal del palacio. No pensaba dormir ni un poquito sin haber examinado al emperador. Ahora que había terminado con aquel hombre, su máxima prioridad era sacar de aquella pequeña jaula a sus amigos.

Se colocó bien los mechones que se habían salido de su recogido al entrar en el salón principal e hizo como pudo la reverencia que le debía al emperador. Pudo ver a sus amigos de reojo y vio apenada al pequeño Shippo en los brazos de Sango, esperando a ser liberado. El pobre debía de pensar que iba a pasarles algo malo porque seguían encerrados.

- Ya he terminado con ese hombre- le informó- vengo a examinarle.

- ¡De eso nada!- exclamó Inuyasha desde la jaula.

Sintiendo que le temblaban las rodillas por la inesperada interrupción del hanyu se volvió hacia ellos.

- Estás muy cansada, se te nota- le dijo- necesitas descansar.

- No podré descansar sabiendo que estáis ahí encerrados…- le respondió- por favor…

Ante el ruego de la muchacha el hanyou no pudo más que encogerse y callar. No estaba en absoluto de acuerdo con lo que estaba ocurriendo pero insistir sería totalmente inútil teniendo en cuenta que Kagome era mucho más cabezota que él. Además, ella siempre acababa saliéndose con la suya y sabía que si le insistía, le acabaría doliendo el vientre como siempre ocurría. Lo mejor era acabar cuanto antes.

El emperador dio permiso para que Kagome se acercara y se dejó el pecho al descubierto para que ella le examinara. Respondió con rapidez y sinceridad a cada una de las preguntas que Kagome le formuló y siguió todas sus indicaciones al pie de la letra para el correcto examen de su fisonomía.

Kagome terminó el examen antes de lo que esperaba pero obteniendo los resultados que ya suponía. No necesitaba mirarle más a fondo para saber lo que le estaba ocurriendo. Veía claramente que sufría una enfermedad del corazón, una enfermedad difícil de definir por su falta de medios para unas pruebas más concluyentes. Ojala contara con los aparatos necesarios para hacerle una ecografía del corazón o un electrocardiograma aunque sí que podría practicar la mesa basculante con él. De todas formas, dudaba que eso le sirviera de mucha ayuda.

- ¿Qué tengo?

- Se trata del corazón.

Los soldados al pie de la escalera y los escribas la miraron horrorizados. En la era Sengoku se oía de mucha gente que moría al sentir dolores en el pecho, en la zona del corazón.

- Voy a morirme, ¿no?

- No necesariamente.

Se levantó con la ayuda de uno de los escribas y le pidió que anotara todo lo que iba a decirle.

- Tiene dos opciones ahora mismo- le explicó- una es seguir su forma de vida y morir antes y la otra es cambiar su forma de vida y vivir más.

- Deseo vivir más por toda la gente que depende de mí.

- Entonces, escuche atentamente mientras el escriba anota.

El escriba se arrodilló preparado para empezar a anotar.

- Deberá dejar de fumar y de tomar sake para siempre- reiteró- nada de comer carnes pocos hechas, deben estar a la plancha, pescado azul y muchas verduras y frutas- continuó- si tiene sed beba agua y nada más. Necesita hacer ejercicio y debido a su edad y el avance de su afección, le recomiendo que dé largos paseos andando- puntualizó- a poder ser un paseo por la mañana y otro después de comer- se humedeció los labios- y olvídese de las batallas. No necesita más sobresaltos estúpidos.

El emperador asintió con la cabeza ante todo lo que decía la joven y le pidió que continuara.

- Respecto a sus ataques- chasqueó la lengua- para combatirles comience por tumbarse o sentarse con la cabeza entre las piernas, pruebe con unos ejercicios para abrir los bronquios que procederé a enseñarle mañana mismo y sobre todo mantenga la calma. Sus nervios sólo aumentan la intensidad del ataque.

- ¿Si sigo esas indicaciones, no tendré más ataques?

- Si sigue mis indicaciones se reducirán los ataques pero no le aseguro que desaparezcan.

- Gracias- musitó- os indicarán un lugar para dormir a ti y a tus amigos.

Se sorprendió al escucharle. El emperador acababa de tutearla como si fuera una amiga y se estaba inclinando. ¡Dios Santo! Le estaba haciendo una reverencia a ella y nada más que a ella. Los escribas y los soldados le imitaron en su hazaña y no fue hasta sentir los brazos de Inuyasha alrededor de su abultado vientre que se percató de que les habían soltado.

- Lo has hecho muy bien, Kagome.

- ¿Tú crees?

- Sí, hiciste lo correcto- sonrió- aunque me preocupaste mucho.

- Lo siento, sólo quería acabar cuanto antes para que os soltaran…

Inuyasha la abrazó una vez más y aspiró el aroma de su cabeza. Ella, hundió la cabeza en su hombro y suspiró aliviada y descansada por el largo día de trabajo. Cerraría los ojos sólo unos instantes para coger fuerzas y luego iría junto a Inuyasha hacia la habitación que iban a darles. Se sentía tan bien saber que dormirían en un mullido futon. No era su cama pero valdría.

El hanyou observó a su mujer dormida en su hombro. Estaba tan agotada que no había podido evitar dormirse de pies, apoyada en él. Le gustaba que fuera tan confiada y descuidada con él pero era algo que sólo guardaba para un rincón secreto de su mente.

- Kagome…

- Shhhhhhh- la interrumpió- está dormida.

Sango observó con una sonrisa como Inuyasha levantaba en brazos a su amiga y le apartó un mechón de pelo de la cara cuando estuvo a su alcance.

- No os lo vais a creer.

Miroku se acercó al grupo traqueteando con su bastón.

- He estado hablando con los soldados y me han dicho que ayer pasó por la aldea principal un hombre vestido con un abrigo de mono blanco.

- ¡Naraku!- exclamó Sango.

- Cada vez lo tenemos más cerca… - el hanyou miró a Kagome- ya debe saber de ella.

- Probablemente- le contestó el monje- también me han dicho que se dirigía hacia el monte Hitotsu. Al parecer, hay un palacio en la cima.

- Ese monte está a un día de viaje si apretamos el paso- estudió Sango- Kagome podría ir sobre Kirara conmigo.

Inuyasha se acercó con su dulce carga hacia una ventana mientras escuchaba discutir los detalles a sus amigos y observó la luna llena. El momento que tanto había deseado vivir se acercaba peligrosamente y curiosamente, ya no lo deseaba. En sus brazos, llevaba el peso de dos vidas que dependían enteramente de él.

Continuará…