El breve descanso les permitió aliviar ligeramente la tensión de estar juntos y al mismo tiempo separados.

Ya habían pasado las dos de la mañana cuando Trunks se despertó de pronto, consciente de que Pan abandonaba la cama. Intrigado, observó cómo se dirigía a una esquina de la habitación, donde un rayo de luz de luna plateada penetraba a través de las ventanas y revelaba los cautos movimientos de ella; los ojos de Trunks seguían cada una de sus acciones. Primero extendió una mano; luego, con sumo cuidado sacó la daga de su esposo de su vaina, que colgaba junto con la espada del cinturón que había dejado en el respaldo de una silla. De puntillas, volvió a su lado de la cama, y Trunks, incapaz de discernir con claridad cuál era su intención, se preparó para un ataque, confiado en que podía superarla con facilidad si lo intentaba.

Trunks frunció el ceño al ver que se levantaba la manga de su camisón y apoyaba el filo del cuchillo en la parte interior de su antebrazo. Su objetivo estaba bastante claro. Con un rugido ronco, se arrojó a través del estrecho espacio, cortándole el aliento a Pan, cuya cabeza se giró con la primera intromisión del sonido. Un grito de dolor salió de su garganta cuando él le cogió la delgada muñeca y se la retorció con fuerza hasta que el arma cayó de su mano.

-¿Qué es lo que intentas? -le preguntó Trunks con rudeza-. ¿Te quitarás la vida porque te has visto forzada a casarte conmigo?

-¡No! Ése no ha sido mi propósito -le aseguró Pan en una voz que se quebraba casi tanto como ella temblaba.

La conmoción del rápido ataque había producido una descarga en cada nervio de su cuerpo. Bien podía entender cómo se habían sentido los hombres de Black cuando Trunks se lanzó contra ellos. El hecho de que ahora estuviera desnudo en la cama a su lado contribuía poco a su tranquilidad. Aunque la única iluminación provenía de la luna, era suficiente para definir con claridad sus formas masculinas.

Trunks arrojó la daga a un lado, pasó sus largas piernas por el costado de la cama y se puso de pie. El dormitorio se iluminó bastante cuando encendió varias velas. Decidió enfrentarla de nuevo. Le tomó el mentón con la mano, le levantó el rostro hacia la luz y lo mantuvo así hasta que sus ojos se hundieron en los de ella en busca de alguna evidencia de la verdad. Su tono al interrogarla revelaba la sospecha.

-¿Qué otra razón podías tener para herirte el brazo con mi daga?

-Por favor, Trunks, debes creerme. No intentaba quitarme la vida. -Le falló la voz al tratar de asegurarle y explicarle sus doloridas razones-. Es sólo que nosotros estamos aquí... en esta habitación... juntos ... y sin embargo no pareces inclinado a prestarme ninguna atención. Por la mañana, las damas vendrán a ayudarme a vestirme. Si no hay sangre en la sábana como prueba de mi virginidad, me sentiré avergonzada ante ellas.

Lentamente Trunks comenzó a comprender, y arqueó una ceja mientras valoraba la actuación de su hermosa mujer. Era evidente que se sentía avergonzada de tener que explicarle sus razones así como le angustiaba su incapacidad de escapar a la deshonra que sufriría debido a esa muestra de falta de intimidad.

Trunks tomó una decisión repentinamente: recogió el arma e hizo retroceder a Pan al abrir, con rapidez, en el interior de su propio brazo, una pequeña herida. Varias gotas rojas surgieron de inmediato y, sentándose otra vez al lado de su esposa, se echó estirándose hasta la mitad de la cama y dejó que la herida goteara sobre la sábana. Luego buscó alrededor algo con que limpiarse el resto de la sangre.

-¿Te servirá esto? -le preguntó mientras levantaba la vista para encontrar a Pan, que lo miraba con los ojos abiertos de asombro.

-Sí, por supuesto -se apresuró a responder, de algún modo abrumada por su galantería.

Nunca habría esperado que se sacrificara así por ella cuando su orgullo masculino todavía lo hería por el uso desconsiderado que ella había hecho de sus pasiones. Otro hombre podría haberse vengado permitiendo que se pusiera en evidencia ante sus amigas. ¿Por qué no lo había hecho? A pesar de los temblores que sentía en su presencia, Pan no pudo contener una pregunta dubitativa.

-Nunca esperé tanta comprensión y gentileza. ¿Por qué lo has hecho?

Trunks le restó importancia a sus acciones con una risa frustrada, no dispuesto a dejar que pensara que podía ser manipulado de nuevo con sus tretas femeninas.

-¡Por favor, aquí no hay nada de noble caballerosidad de parte de este tonto, señora mía! No ha sido tanto por tu reputación como por la mía. ¡Vamos! Sin evidencia de nuestra unión, mis compañeros pensarán naturalmente que soy incapaz de hacerlo; por eso he cedido a otra de tus tretas, esta vez para poder hacer frente a mis amigos, y es que está muy claro que tienes todo lo que se necesita para seducir al más reticente de los maridos.

Pan levantó el mentón, pues su orgullo se sintió herido por su comentario.

-Si eso es así, ¿por qué, entonces, eres capaz de contenerte, de no hacer lo que se espera de nosotros y de ignorarme como esposa?

Trunks hizo un gran esfuerzo para aparecer como un caballero en un asunto que le preocupaba más que cualquier otro, y aunque habló con el corazón, se encargó de recordar deliberadamente, la herida que ella le había infligido.

-Ay, Pan, si no fuera por esta dignidad herida que me duele tanto como las marcas que me han hecho esos forajidos con el látigo, no sería capaz de resistir la tentación. Pero con cada punzada de dolor me acuerdo de mi locura, y entonces me tranquilizo con el recuerdo de mi insensatez.

-Yo no creo que seas un insensato o un loco -replicó Pan, con la esperanza de suavizar las fricciones entre ellos -. Tú eres mucho más inteligente que los demás hombres que he conocido.

Trunks levantó una ceja y, con un escepticismo desmesurado, replicó con sarcasmo:

-¿Has conocido tantos hombres que puedas considerarte toda una autoridad en la materia?

Las mejillas de Pan se encendieron mientras confesaba con reticencia:

-No, no he conocido tantos.

-Entonces, señora mía, consideraré tu falta de experiencia cuando hagas ese tipo de declaraciones.

-Puedo no tener experiencia, pero sí una buena cabeza sobre los hombros y la capacidad de pensar por mí misma -protestó.

-Una buena cabeza, mi señora -estuvo de acuerdo, malinterpretando intencionalmente su réplica- . No hay otra mejor, seguro. Ciertamente, fue por tus lindas facciones por las que caí preso de tus estratagemas.

Con petulancia, Pan miró hacia otro lado, luchando por mantener la compostura. Estaba empezando a pensar que Trunks podía ser tan irritante como agresivo.

Después de su triunfo provisional en la batalla dialéctica, Trunks prestó atención a su última herida. Tomó la parte inferior del camisón de Pan y comenzó a limpiar las gotas de sangre que seguían manando, pero, como al descuido, no dejó de admirar el muslo delgado y la curva de la cadera que habían quedado a la vista. Mientras sus ojos recorrían con creciente ansia el camisón, surgieron en su mente recuerdos recientes, e involuntariamente rememoró varias noches atrás cuando acarició sin restricciones las curvas femeninas que ahora rozaba la prenda. Muy distraído, continuó limpiándose el brazo con el camisón hasta que Pan lo miró intrigada y él tuvo necesidad de desviar su atención hacia otro lado. Al reconocer la profunda herida que se había causado con la hoja afilada, lo usó como una excusa que consideró plausible por la demora en la tarea.

-Con toda esta sangre, nuestros amigos se sentirán inclinados a pensar lo peor. Te mostrarán simpatía por haber soportado mi brutalidad.

A pesar de la tensión, Pan se atrevió a desafiarlo levantando una ceja burlona mientras él la miraba.

-Si tan preocupado estás por tu reputación, ¿por qué has dejado que fuera la primera en pensar en el asunto antes de procurar el remedio? A pesar de tus protestas, creo que debo darte las gracias por no permitir que ellos piensen que soy una... -Hizo una pausa antes de terminar, preguntándose si daría a sus pensamientos palabras adecuadas- ... una prostituta.

-Supongo que preservar el honor de la esposa es lo menos que un marido puede hacer, así que piensa lo que quieras.

Los ojos de Pan brillaron con las lágrimas retenidas. Luchó por transmitir lo que pensaba.

-Me cuesta creer que me consideras digna de tu protección, especialmente cuando se trata de un asunto que concierne a mi virtud.

Trunks la miró con cierta sorpresa. Pese a estar enfadado con ella, nunca había sido su deseo que fuera rebajada por las burlas o el desprecio de otros. Aunque estaba tentado de asegurárselo no se atrevió a ceder del todo, y desechó el comentario con un lánguido gesto de los hombros y una respuesta sin compromiso.

-En realidad sabes muy poco de mí, Pan.

-Sí -aceptó con tristeza-. No sé nada en absoluto de ti, Trunks.

De nuevo se produjo un largo silencio, en el que Pan observó sus desganados intentos de contener el pequeño aunque constante flujo de sangre de la herida. Entonces tomó coraje y se atrevió a romper el doloroso silencio.

-¿No me dejarás que te cure el brazo?

Trunks pensó en rechazar de nuevo la oferta, pero se dio cuenta con cierta sorpresa de que no quería volver a lastimarla con otro brusco desaire. Por extraño que pareciera, cedió.

-Si quieres...

Con una sonrisa, Pan saltó de la cama, asombrando a Trunks al regalarle la más provocativa vista de sus largos miembros bien formados y un atractivo trasero redondeado cuando el camisón flotó lejos de su cuerpo. Al regresar con una vasija de agua fresca, Trunks estaba sentado en el banco siguiendo sus anteriores indicaciones. Sabiendo que iba a ser difícil mantenerse apartado de ella, se puso una pequeña toalla sobre la ingle y agradeció su eficacia cuando Pan se apoyó en su muslo para curarle el brazo.

Pan separó la mano con la cual él apretaba el corte y trabajó con rapidez en el vendaje mientras Trunks se dedicaba a estudiarla. Su piel parecía casi traslúcida a la luz de las velas y tan delicada como sus frágiles facciones. Tenía las pestañas bajas, pues estaba concentrada en atender el brazo, y esos enormes pozos de color oscuro, que a veces parecían capaces de fundirle el alma, incluso en los momentos en que se mostraba más reticente, se mantenían ocultos. Con todos sus instintos en ebullición, no podía ignorar la suave tela del camisón que permitía que la luz delineara la silueta de las formas curvas y remarcara con detalle sus femeninas plenitudes. La sangre le hervía.

-¿Puedo ahora curarte la espalda? -preguntó Pan con timidez cuando terminó con el brazo. Se preparó para otra reprimenda sin mirarlo, aunque era bien consciente del exhaustivo examen al que estaba sometiéndola.

-Haz lo que quieras conmigo. Estoy demasiado cansado para discutir.

Era una débil excusa para abandonarse a la seducción, pero le sirvió por el momento. En verdad estaba cansado y no tenía deseos de continuar con sus reprimendas durante toda la noche. Para su alivio, Pan fue a buscar la daga y el frasco de ungüento permitiéndole exhalar el aliento que tenía contenido desde que ella se le había aproximado tanto.

A su regreso, Pan lavó cuidadosamente su espalda con un jabón suave antes de aplicar la punta de la hoja en la lesión llena de pus. Trunks se puso rígido cuando se abrió la herida, pero estaba sorprendido de la suavidad de su esposa. Durante sus años de soldado, se había acostumbrado a la rudeza apresurada de los cirujanos militares, pero el roce de esas manos se parecía más a las suaves caricias de una amante.

Con rapidez, Pan apretó la herida y la limpió hasta que la sangre fresca brotó del nuevo corte. Luego con suavidad y ternura aplicó el bálsamo, hizo tiras una toalla limpia y la envolvió alrededor de su espalda y su pecho, inclinándose hacia él mientras terminaba de enrollar el vendaje.

-Sostén los extremos -le ordenó detrás del oído mientras deslizaba sus brazos alrededor de él y unía los dos extremos delante del pecho.

Al sentir que los dedos de él aceptaban su indicación sus ojos acariciaron las sienes de su esposo, donde habían caído algunos mechones de su cabello lila. Siguiendo su propia voluntad, los ojos bajaron por la delgada mejilla hasta las cinceladas líneas de la mandíbula. Aunque había alimentado muchos sueños intangibles con imágenes de su Coronel Brief, nunca antes había tenido la oportunidad de examinar sus facciones desde un ángulo tan particular. Encontraba esa visión tan fascinante como las otras que se le había permitido contemplar. Sólo podía preguntarse cuál sería la reacción de Trunks si ella le acariciara con la lengua la oreja; ¿volvería a rechazar su avance como cuando se había apartado del beso nupcial o se daría la vuelta para ir al encuentro de sus labios ansiosos?

Pero Pan resistió el impulso. Se colocó delante de él para asegurar el vendaje con un nudo doble a la altura del pecho.

-Nunca quise que esto sucediera, Trunks -declaró en un tono cauto, recelosa de volver a sacar a relucir el tema, pero con la necesidad de que escuchara su punto de vista-. Nunca quise que te hicieran daño.

Trunks rió con cinismo.

-Casi podría convencerme de la caridad que dices sentir por mí, si no fuera porque sufrí en carne propia las consecuencias de confiar en tus engaños.

-Estaba desesperada -suplicó Pan en un susurro con la esperanza de que él la entendiera-. No podía soportar la idea de casarme con el príncipe Nappa. Preferí la pérdida de mi buen nombre en lugar de sus atenciones como marido. Y tú estabas tan ansioso... tan obsesionado por tenerme...

-¡Sí! ¡Estaba ansioso! -admitió Trunks de inmediato- . ¿Cómo podía no estarlo? Tu belleza me tentó desde el principio, y me engañaste deliberadamente con una dulce promesa cuando decidiste llevar adelante tu plan. Lo vi en tus ojos y tus labios. ¿Cómo podía imaginar que estabas conduciéndome a una trampa, una que casi me costó la vida? ¡Me siento tan feliz de que mi cabeza esté todavía unida a mis hombros y mi masculinidad todavía funcionando!

El rubor cubrió el rostro de Pan mientras sus ojos bajaban a la toalla que apenas ocultaba su ingle. La asombraba que pudiera ser tan curiosa y directa en su afán por mirarlo, como si tuviera el derecho de hacerlo.

-No creí que N°17 se enfureciera así... No podía imaginar que se pondría tan violento...

-¡Al diablo! -gruñó Trunks.

Se puso de pie, sin molestarse más en ocultar su desnudez, y caminó hasta el otro extremo de la habitación. Mientras ella lo observaba sin comprender, Trunks regresó y se colocó frente a Pan. Al menos su enfado lo ayudaba a enfriar parte del calor en la ingle, ya que no podía hacer nada con el resentimiento que hervía en su interior. Puso las manos en las caderas estrechas y se inclinó hacia ella mientras daba rienda suelta a su cólera.

-No sé en qué momento me elegiste como víctima, Pan, pero ninguna prostituta bien entrenada podría haber hecho el trabajo con tanto talento. Estabas tan atractiva como una diosa terrenal. Sí, señora, eso eras. Por más que buscara y buscara en mi memoria no podría encontrar una muchacha más fina, más hermosa y que pudiera tentarme más. Fue la forma astuta con que empleaste tus encantos lo que me hizo caer como un aprendiz excitado. Te comportaste de forma tan dulce y seductora que nunca tuve la menor posibilidad contra tus poderes de persuasión. Tus ojos eran tan cálidos y hospitalarios, tus labios tan suaves y atrayentes, tus pechos invitaban a que los tocara, y como un ciego, como un tonto, pensé que tus muslos de seda se morían por recibirme. Aun ahora, trato de apaciguar mi deseo. Siento una punzada en el fondo de mi vientre, y aunque me congratulo de ser capaz de sentir semejante deseo, sin embargo estoy perturbado por esta condenada atracción que me arrastra a cualquier parte. Sé muy bien que, si esto continúa, destrozarás mi masculinidad mucho más de lo que el puñal de N°17 pudo desear.

Pan lo miró directamente a los ojos, que se hundieron a su vez en los suyos, sin saber qué decir para calmar la indignación de su esposo. Estaba tan ofendido por su plan para salvarse que no tenía esperanzas de aplacarlo alguna vez. Estaba enfurecido porque se había dejado engañar por una mujer y, sin embargo, ella se había dejado arrastrar por la pasión de su amante igual que él por sus encantos.

Su seducción había sido totalmente espontánea e ingenua, mientras que la persuasión masculina que Trunks había llevado a cabo provenía de años de experiencia y se reforzaba con el ferviente deseo de poseerla. Era cierto que ella estaba dispuesta a cumplir con su voluntad, pero en algún momento, en medio del torbellino, se había rendido a él, no sólo en cuerpo, sino también en alma. Nunca habría estado tan ansiosa por entregarle su virginidad si él no hubiera provocado semejante encantamiento. Sin embargo, si en ese instante trataba de convencerlo de ese simple hecho, sin duda sería ridiculizada por haber inventado una fantasía semejante.

No obstante, él no dejaba de asombrarla desde que se habían pronunciado los votos. Había interpretado el papel de novio tan bien delante de los invitados que había conseguido hechizarla, pero una vez que las puertas se cerraron la había mantenido a distancia, creándole una tremenda confusión. Nadie podía negar su fuerza y su capacidad para tomar lo que quisiera de ella con el uso de la violencia; sin embargo, cuando ambos sabían que hacer el amor con ella era lo que él más deseaba en el mundo, había decidido soportar el torbellino de pasiones en su interior en lugar de tratarla como su esposa. ¿Cuándo lo entendería? ¿Qué podría hacer para que él la entendiera? ¿Qué cosa extraordinaria tendría que suceder para que él se reconciliara con sus sentimientos por ella y se convirtiera de nuevo en el amante a quien ella no podría negarse?

-Trun. -La voz de Pan era suave, como una caricia sedosa que intentaba suavizar el orgullo herido-. ¿No podemos ir a la cama y hablar un momento... quiero decir, de nosotros? No te conozco en absoluto... y me gustaría... mucho.

Una risa tensa escapó de Trunks mientras echaba la cabeza hacia atrás y miraba un rato al techo cubierto de sombras. Trató de poner en orden sus pensamientos, pero era como una bestia enjaulada obsesionada por sus pasiones, un animal que olía el endiablado aroma de una hembra en celo. Se sentía arrastrado por un hambre devastadora a causa de la cercanía de Pan, y sin embargo, por una barrera oculta que remitía a su orgullo herido, se negaba a sucumbir a sus bajos instintos. Y todo lo que ella quería era ir a la cama con él... ¡y hablar!

-Pan, Pan -gruñó y movió la cabeza sobre sus hombros como si lo atravesara un gran dolor-. Revuelves mi interior, conviertes mi noche en una angustia insoportable y mi día en un infierno... y luego me susurras al oído. ¿Qué voy a hacer? ¿Decirte que no cuando tiras de las riendas de mi corazón con tus súplicas de seda? Ya no quiero discutir más cuando juegas conmigo de esta manera.

Pan esperó en silencio hasta que Trunks levantó la cabeza y la miró con sus penetrantes ojos azules. La voz de Pan era un suave susurro en la quietud de la habitación.

-De verdad, Trunks, no me imaginaba que te harían daño de esa forma. Tú fuiste el que elegí para llevar a cabo mi plan, pero nunca tuve la intención de que te unieras a mí contra tu voluntad.

Trunks suspiró profundamente, abandonándose a sus dulces modos, al menos por el momento. Con languidez señaló la cama, sabiendo lo que significaba para él yacer al lado de ella y no tocarla, pero, por el momento, no quería tener más discusiones.

-Podemos hablar si así lo deseas, Pan, o ir a dormir si lo prefieres.

Respiró hondo ostentosamente como si estuviera a punto de sumergirse en una ola gigantesca, y la siguió hasta el borde de la cama, donde observó cómo rodaba hacia su lado. Sus ojos registraron los pliegues del camisón a la altura de los glúteos antes de que se deslizara debajo de las mantas y las levantara hasta la altura del mentón. Ella procuró desviar los ojos mientras él se colocaba a su lado, y luego giró sobre su costado para enfrentarlo como si esperara que un torrente de revelaciones brotara de los labios de su marido.

Trunks se resistió a la idea mentalmente y giró hasta quedar apoyado en su estómago. Se estiró hacia el candelabro y apagó las velas. Agradeció la oscuridad que pronto ensombreció sus rostros, pues era un hecho que podía perderse para siempre en esos hermosos ojos y entregar a Pan todo lo que era capaz de dar.

-¿Podemos dormir? -murmuró tratando de congraciarse-. Últimamente no he podido descansar mucho, y debo confesar que lo necesito con desesperación.

-Lo que tú prefieras, Trunks -respondió Pan con suavidad, agradecida por su trato cordial.

Con los ojos siguió todos los movimientos de Trunks, que se inclinó hacia los pies de la cama para protegerla con el cubrecama. Con una sonrisa se acomodó en la calidez que él le había prodigado, contenta de tenerlo cerca.