Aquí Alpha anunciando la recta final de los 76º Juegos del Hambre. ¿Emocionados? Yo lo estoy.
;)
Si tu tributo llegó hasta aquí, es porque en algún momento a lo largo del proceso, lo consideré como vencedor o vencedora. Para ayudarme con el ranking de muertes, seleccioné a los que me gustaría ver de vencedores, ya que llega un momento en que es difícil ya no pensar en quien va a ganar sino a quien matar, de quien prescindir y a quien seguir desarrollando, me puse a pensar qué clase de cosa querría escribir después con la persona que ganase. Mi criterio fue quedarme con los que me parecieran más interesantes de desarrollar en sus post juegos.
Roselia
Eryx
Francine
Emerson
Atala
...
Ellos son los que más me inspiraron.
Y pronto la lista...
Menguará...
Más...
:(
Ruttiger Lovell
Mentor de Capitol Hill
El mueble bar de la oficina presidencial está bien abastecido, es bueno saber que de eso no se priva. Porque dudo que todo esto lleve aquí desde Paylor.
Antes de que vuelva, curioseo un poco por su selección de música, blues, jazz, ragtime, nada nuevo bajo el sol. Es de gustos fijos, mi querido hermanito pequeño.
Finamente, voy hasta el escritorio, abro los cajones esperando encontrar desorden, caos, lo que sea. Decepción. Todo está en orden. Tras sentarme cómodamente en el sillón giratorio, la papelera capta mi atención. Meto la mano en la basura, curioso por saber lo que Ibrahim desecha. Casi todo son notas, papeles arrugados y postits amarillos sin nada relevante en ellos, "El alcalde Plautus ha llamado", dice en una.
La vuelvo a dejar en la papelera, preguntándome qué es lo que hago exactamente rebuscando en la basura de mi hermano menor cuando bajo todas las bolas de papel amarillo, rosa y blanco, veo un envoltorio vacío de chocogoofies. Lo levanto un poco sonriendo antes de dejarlo caer de nuevo. No. Definitivamente Ibrahim no me está sorprendiendo con sus preferencias.
Dejo escapar un suspiro de relax, mientras subo las piernas al escritorio por el que tan ilustres dirigentes han pagado pasado.
—Aufidius Snow —murmuro—... Coriolanus Snow... Alma Coin... Siena Paylor —tomo el letrero plastificado que hay sobre la mesa y lo leo en voz alta—... Ibrahim Lovell.
Pretencioso, cierto, pero de nuevo, no me sorprende. Paylor aún no está muerta y su nombre ya ha sido sustituido.
La puerta se abre en ese momento y mi hermano me dedica una breve mirada confusa, su atención se fija en mis pies sobre la mesa, frunciendo el ceño en desapruebo. Yo no los bajo, eligiendo no pillar la indirecta.
—Hola, hola, Brah —digo agitando la mano en el aire.
—Buenas tardes, Ruttiger —dice con sequedad mirando su reloj—. Te esperaba hace quince minutos en mi oficina, donde tú me citaste.
—Pensé que te habrías mudado aquí ya —digo señalando el letrero—. Y visto que hay tantos indicios de que llevas instalado un tiempo aquí a juzgar por tu repertorio musical y de aperitivos, veo que no iba mal encaminado.
—Esta oficina está mejor comunicada que la mía, eso es todo, no es correcto insinuar según qué cosas basándose en meras conjeturas.
—Y las vistas son mucho mejores. Está bien, no te lo tomes a mal —digo, bajando las piernas y levantándome—, la gente habla. Dice que te estás acostumbrando demasiado al poder.
—Te recuerdo que si Paylor fallece va a haber elecciones, sería estúpido de mi parte acostumbrarme ya que de ocurrir ese supuesto no voy a presentarme como candidato.
—Pero tu protegido lo va a hacer, y muy posiblemente vaya a ganar, y eso es básicamente como si tú lo hicieras. De ocurrir ese supuesto, digo.
Me mira de reojo de pies a cabeza, antes de avanzar hacia mí y comienza a rehacer mi corbata medio suelta.
—No se cómo te han dejado pasar remangado y con el nudo mal hecho. Tenemos un código de vestimenta estricto, que seas mi hermano no te da derecho a saltártelo. Ah, y estaría bien que te afeitases y te arreglases el pelo. Hablaré con Vivienne sobre por qué te dejó pasar así.
—La encandilé con mis encantos —digo con una sonrisa—. La he invitado a cenar esta noche, se lo está pensando.
—No lo creo. A mí me ha dicho al pasar que ha estado a punto de llamar a los de seguridad.
Coloco la mano en mi pecho teatralmente.
—Ouch... Está bien. No te preocupes por mí. Superaré este desengaño.
Él frunce el ceño. Me mira con decepción y desapruebo.
—Espero que no hayas venido solo a flirtear con Vivienne —suspira—. ¿Qué quieres?
Tengo que intentarlo una vez más. Por mis chicos. Por Roenna y Akiva que ya no están, así como por Eryx y Roselia. Pero también por Ibrahim y por Panem entero. No puedo soportar ver como permite esta barbarie. No puedo consentírselo.
—Detén los Juegos del Hambre —digo, cambiando a una voz más seria.
—No puedo —contesta tajante, dándose media vuelta y alejándose de mí—. He hecho algunos tratos y no puedo incumplirlos. Panem tendrá justicia por todos los niños asesinados durante tres cuartos de siglo.
Lo sigo, obligándolo a mirarme a los ojos otra vez. Yo también estoy decepcionado. Y triste. También estoy muy triste.
—Esto no es justicia, Brah. Es venganza.
—Ya hemos hablado de esto. Están a punto de terminar, y se acabó. No habrá más juegos. Ya ambos bandos han conocido lo que significa esta barbarie.
Ibrahim se sirve una copa y me ofrece otra, pero yo la rechazo.
—Su sangre está en tus manos. La de Roenna, la de Akiva, la de Romulus, la de Jelly. Toda está en tus manos.
Tras apurar su vaso lo deja con fuerza sobre la mesa y me dedica una mirada asesina, apretando los labios. Ups... Enojado... Levanto un poco los brazos en un símbolo de paz cuando él se me aproxima.
—¡De acuerdo! De acuerdo Ruttiger. Si quieres pensar así, piensa así. ¡Esto era necesario! Quedará en la memoria de los capitolinos como algo cruel que no debería volver a pasar. No deberías criticarme ahora sin ver resultados ningunos. Vas a ver como a partir de ahora todo irá por donde debe ir.
Él se aleja de mí otra vez, su celular emite un sonido en ese momento y él lo saca del bolsillo, para leer lo que sea que le hayan mandado. Yo me vuelvo a sentar en su sillón, girándolo de cara al ventanal. Estoy decepcionado. De veras esperaba que mi hermano me diera otra respuesta.
—Y aún así, una buena parte de los capitolinos están entusiasmados porque por fin "el Capitolio se incluye en la tradición más esperada del año". Has convencido a los que tienen hermanos, hijos, seres queridos en edad de cosecha. Y aún así no a todos. Y de todos modos, ya había capitolinos en contra de los juegos. Más de los que crees. Que fuera tabú en época de Snow es otra cosa.
La democracia ha empezado con mal pie. Y Panem va a pagarlo. Voy de nuevo sobre la lista de cosechados. Roselia, Roenna, Akiva, Abel, Pliam, ambos de Great Mall... Unos objetivos demasiado específicos como para ser fortuitos. Y los demás, efectos colaterales del fuego amigo. Cada vez estoy más convencido que esto no tiene nada que ver con resarcir a los distritos, y sí con aplastar la nueva generación de simpatizantes de la restauración. Este es el método que Coriolanus Snow utilizó, y yo no creo en él.
—Créeme, Ruttiger. Sé lo que hago —murmura, enfrascado en su teléfono.
Me da la espalda y se aleja unos pasos.
—Lo sé. Sé que sabes muy bien lo que haces. Demasiado bien.
—Entonces no tenemos más que hablar del tema —responde distraído.
Mi mano se introduce en el interior de mi chaqueta, agarrando el mango de la nueve milímetros que tengo ahí, provista de silenciador. La saco y apunto a su espalda, mi dedo índice moviéndose al gatillo. Por un momento me pregunto qué pasaría si en ese instante mi hermano se girase y me viese así. Espero que eso no pase. Cientos de vivencias de nuestra infancia y adolescencia vuelven a mi mente. Momentos cotidianos y entrañables. Sonrío, sintiendo un nudo en el estómago.
Inspiro con fuerza.
—Hey, Brah...
—¿Mmm?
—Te quiero, hermanito pequeño.
—No sé a qué viene eso, pero también te quiero, Ruttiger.
Pero Panem no necesita otro Coriolanus.
Mi dedo empuja el gatillo y una fracción de segundo después, Ibrahim se ha desplomado. Mi corazón comienza a latir con fuerza. Comienzo a sudar y mi respiración se vuelve superficial. Siento como si me estuviera asfixiando. No podía verlo así. No podía verlo corromperse y arruinar Panem de nuevo. Me da igual lo que pase conmigo a partir de ahora.
Guardo de nuevo la pistola y salgo de aquella oficina. Vivienne me mira de reojo, sin dejar de teclear.
—Y yo que pensaba llevarte a Jules a cenar. No veas qué vistas tienen desde ahí.
Ella frunce el ceño.
—Piérdete —escupe.
—A tus órdenes —respondo, levantando el brazo.
Un angustioso calor ha invadido mi cuerpo, y siento ganas de correr, pero no lo hago. Camino todo lo normal y corriente que puedo hasta la calle y una vez ahí saco el teléfono. Él tarda seis tonos en contestar.
—Um... ¿Rutty?
Se nota cansado, ronco, desorientado, hecho un desastre. Muy posiblemente estuviera en cama resacoso. Nadie me buscará ahí. Ya encontraré la manera de salir del Capitolio y perderme la pista. Él no va a entregarme y más si a cambio lo ayudo a costearse sus vicios menos sanos.
—Bilo. ¿Te importaría acoger a un futuro fugitivo en tu desván?
Lo oigo dar un grito ahogado.
—¿Qué has hecho? —dice, animado de repente.
—Lo verás muy pronto en televisión —contesto, caminando deprisa.
Con que no haya más juegos, esto habrá valido la pena. Ibrahim debió parar cuando le dije, yo sólo serví como medio para devolverle lo que generó desde que decidió celebrar la matanza una última vez. Porque toda causa tiene su efecto. Y todo efecto tiene su causa.
Nadie está por encima de eso.
Atala Narum, 17 años
Serenity Ville
Asesina.
—Lo siento, Myle. Lo siento...
Es lo que no puedo dejar de repetir una y otra vez.
Las luces de la habitación en la que estoy siguen parpadeando con rapidez. Oigo mi propia respiración agitada, mis sollozos. Me repugno. Ni siquiera tuve el valor de mirar mientras apretaba aquel botón. Ni siquiera estaba ahí frente a él.
Ojalá hubiera podido decir que me vi obligada a hacerlo. Que era yo o la otra persona. Pero no. Yo monté esa trampa. Él cayó y estaba ahí atrapado, indefenso. Ha muerto porque yo lo he matado. Doy un grito cuando recuerdo su mirada al darse cuenta de cual iba a ser su destino a mis manos. ¿En qué me he convertido? Ya ni siquiera me siento como una persona. Todos me han visto matarlo. Sus familiares y amigos, los míos. Vox.
Soy un monstruo. Soy basura.
Estoy tirada en el suelo hecha un ovillo. Mi estómago se retuerce y algo amargo sube hasta mi boca. Sé que lo hice porque quería vivir, porque sé muy bien lo que tengo que hacer para salir de este sitio, pero ahora mismo lo único que quiero es desaparecer. No puede ser cierto lo que está pasando. Tiene que ser un sueño, una ilusión.
"El cuerno de la abundancia,
el rebosante cuerno de la abundancia"
La música repentina me saca de ese estado. No sé cuanto tiempo he estado así, pero ha debido ser mucho. Aún hipando, limpio mis lágrimas y mocosidad en la manga del uniforme y miro al techo. Ahí está el escudo del país. Es raro, no es la hora, es demasiado pronto.
Aunque cuando quedan muy pocos y los vigilantes creen que los juegos no van a llegar hasta las doce en punto de un día más, suelen comenzar a hacer los recuentos en tiempo real.
El primero en aparecer es Myle. Mis ojos escuecen, más lágrimas luchando por salir, no sé cómo lo logro esta vez, pero las contengo. Miro al suelo porque siento que me voy a volver loca si sigo mirando la cara del niño que he matado. No levanto la vista hasta que no calculo que se ha ido. Para bien o para mal, necesito saber quién ha muerto para descartarlos en mi cabeza, no hacerlo sería estúpido y una señal de que me estoy dando por vencida. En el techo se materializa el rostro de Eris, la chica del traje multicolor en la entrevista. El corazón me da un vuelco, ella mencionó haber hecho tanto por los distritos, se jugó la vida luchando por su libertad y sus derechos, y ahora ha muerto en el mismo espectáculo que ella ayudó a abolir. Me siento asqueada, también impotente. Es gracias a personas como ella que todo cambió. La mayoría de nosotros, incluso los que considerábamos los juegos algo inhumano, dejábamos de pensar en el tema en cuanto apagábamos el televisor.
No quiero morir, pero en estos momentos detesto el mundo en el que vivo, ese en el que lucho por vivir. Detesto tener que hacer cosas horribles para regresar a un mundo podrido y cruel. Uno que nunca va a cambiar no importa cuantas cosas malas pasen, no importa que se enseñe a la otra cara de la moneda como es el sufrimiento. Nunca vamos a aprender. Nunca. ¿Y mis padres? ¿Y Vox? ¿Y si vuelvo y ninguno de los tres puede mirarme a la cara después de ver lo que acabo de hacer? Yo misma no me soporto en estos momentos.
Izzy cierra el recuento y el himno acaba y yo no puedo creerlo. ¿Cómo ha sido? Siempre la vi como la más fuerte, la más preparada y encima popular, muy popular. Yo también lo era ahí en el Capitolio, no tanto pero lo era, aunque a diferencia de mí sus cualidades eran reales mientras que lo mío era una farsa. Y aquí estoy, llegando más lejos que todos ellos. Me pregunto si me estoy subestimando.
Agarro mi colgante en la mano con fuerza, hasta que la mano me duele. Sé que mi Lito me apoyaría incondicionalmente desde arriba, así como Andri. Al acariciar la muñequera que le pertenecía, puedo imaginarlo a la perfección frente a mí, sonriéndome con esa encantadora y amplia sonrisa suya, mostrándome un pulgar arriba para motivarme. Seguro él también me está animando.
Intento hacer un recuento sobre quienes quedamos. De acuerdo al anuncio de un par de días atrás debemos ser cinco, uno más uno menos, prefiero asumir que uno más antes que uno menos. Lo que no recuerdo bien, es quien queda. Sé que Emerson no ha muerto porque no lo he visto en los recuentos, tampoco su compañera de área, la que me salvó la vida o la nieta del presidente. Debe faltarme alguien más.
Las luces del pasillo se vuelven rojas haciendo que me ponga en guardia. Sé de sobra que los cambios inesperados no indican nada bueno. Es una modificación, desde arriba. Descarto de inmediato un intento por darme acción, el Capitolio suele dejar en paz a los asesinos como yo. Debe ser el acorralamiento, no queda otra. El sonido de unas sirenas eriza la piel de mis brazos. Me recuerda a la sirena de guerra de ataque aereo que tantas veces oí en la distancia. Cuando la flecha roja se dibuja en las luces del suelo, me lanzo corriendo a la dirección que señala.
"Veinte minutos para la restricción del suministro de oxígeno en el área. Por favor, siga la flecha." Dice una voz robótica.
No hay duda. Este debe ser el acorralamiento, y parecen dispuestos a matar ellos mismos quien no asista. Qué amable de su parte que nos den a elegir, o morir a sus manos o a las de los demás tributos. Escoger matar, por una oportunidad para vivir, o escoger morir. La idea es aterradora, pero igual nada me detiene, sigo adelante avergonzada de mí misma por estar dispuesta a lo que sea.
Sólo una cosa es segura. Esto ya pronto acaba. Y sea cual sea el resultado, sólo puede ser bueno.
Johanna Mason, vencedora de los 71º Juegos del Hambre
Distrito 7
La puerta de la sala de control está bien cerrada. No se abrirá por mucho que la empuje o la patee. Antes de aquel interrogatorio, quizá habría votado no igual que él pero no tiene sentido discutir eso ya. El punto es, que sí que pasó. Me dejaron en manos de degenerados que me hicieron cuantas perrerías quisieron. Sus risas y burlas mientras agonizaba aún resuenan en mi cabeza todas las noches. Pasaba los días encadenada queriendo morirme, pero viví y tuve que seguir adelante con toda esa mierda en la cabeza.
Esta es mi terapia. Y van a parar estos juegos por encima de mi cadáver.
—¡Abre la puerta, Johanna! —grita Peeta.
—Deja de comportarte como un histérico, me estás poniendo nerviosa —le respondo.
¿Quién lo iría a decir? Ibrahim Lovell muerto justo ahora que estamos a punto de conocer al ganador y con todo ese caos ahí fuera. Las cámaras han estado retransmitiendo desde Carnation Crest. La ciudad universitaria entera está patas arriba desde hace unas horas. La manifestación pacífica que hace días comenzó ha estallado en caos desde que murió Eris. Miserables capitolinos, tres cuartos de siglo matándonos y ahora reaccionan, cuando les tocan a sus niños.
Ahora sí, los juegos son malos. Ahora y no antes. No piensan que algunos necesitamos que ellos pasen por el proceso completo y prueben su propia medicina. Pero voy a tener a mi vencedor o vencedora. Estos juegos van a llegar al final, no me importa cuantos se opongan. Mi plan era comenzar el acorralamiento cuando quedasen tres, pero visto lo que hay, no me queda otra opción. Al otro lado del holograma, Enobaria está modificando algo en la ciberfibra. Rodeo la estructura hasta llegar a su lado.
—Sé que es pronto, pero debemos activar el programa de acorralamiento ya.
Ella asiente sonriendo, mostrándome sus dientes afilados de depredadora.
—Entiendo.
Abre un nuevo menú y comienza a teclear una contraseña tras lo cual, un par de medidas de seguridad se activan. Beetee ya lo ha dejado todo preparado para nuestro uso. Todas las zonas del holograma excepto la Cornucopia comienzan a brillar con luz rojiza intermitente. Alarmado, Peeta deja de intentar abrir y nos mira.
—¿Qué están haciendo? —pregunta.
—Lo que cualquier vigilante en jefe llegado este punto en los juegos hace, Peeta —escupo.
—¡No! ¡Páralo!
En las cinco pantallas que quedan encendidas, los cinco tributos restantes comienzan a correr, siguiendo las flechas. Me quedo mirando la de Roselia en particular. Ya ha avanzado más de lo que me hubiera gustado que avanzase, pero no puedo ponerme con ella porque Peeta se aproxima a nosotras. Me preparo para encararlo cuando Enobaria se interpone entre los dos.
—No des ni un paso más —sisea.
Él no parece intimidado, pero quiero ser yo quien le explique las cosas, así que la empujo un poco para hacerme sitio.
—¡No tenía por qué morir más gente! —dice.
—Ya te he permitido entrometerte demasiado —le respondo—. Date por vencido, no hay nada que tú ni nadie puedan hacer. Esos chicos de ahí dentro van a morir, todos excepto uno.
—¡Por supuesto que me entrometo, Johanna! ¡Están matando niños! ¡Fue esta una de las razones por las que nos metimos en una guerra! —dice alzándome la voz.
¿Qué se ha creído este?
Tengo que tener cuidado con él, Peeta tiene más labia de la que aparenta. No quiero que convenza a ninguno de mis técnicos, al menos hasta que los juegos acaben. Después se pueden ir todos al cuerno, a llorar o a donde más les apetezca. Pero primero me van a dar a mi vencedor o vencedora.
—¡Así es! ¡Las lecciones que se aprenden con sufrimiento se quedan grabadas con fuego! ¡Se nos quedaron grabadas con fuego a nosotros! ¡Se me quedaron grabadas a fuego a mí, a ti, a Katniss, Haymitch, Blight, Majara, Voltios, Annie, Finnick...! ¿¡Quieres que siga!? ¡Y ahora se les va a quedar grabada a fuego a los capitolinos porque hasta que no experimenten en carne propia toda la mierda por la que nos hicieron pasar, me pienso limpiar el culo con su compasión inutil y su asquerosa condescendencia hipócrita!
—A mí nunca me dijeron que tendría que volver a la puta Arena otra vez —agrega Enobaria—. Hay que devolverles la moneda o nunca estaremos seguros si esto realmente se acabó o no.
—Estás. Matando. Niños, Johanna —contraataca Peeta, vocalizando mucho—. Lo repetiré otra vez. Estás. Matando. Niños. Niños que no tienen culpa de nada. Sólo un trastornado encuentra gratificación en eso. Estás invalidando el punto completo de toda la lucha que tantas personas han dado ya su vida por defender, algunas de las cuales tú ya has nombrado, y validando a su vez la idea de que cualquier cosa es aceptable si se trata de mantener la armonía.
Sacudo la cabeza. Tal vez sí sea una trastornada y una asesina. Maté a cinco personas en mis juegos después de todo, cuatro chicos y una chica, podría nombrar de carrerilla sus nombres, sus edades y sus distritos. Podría escribir una tésis sobre la expresión en sus ojos en el momento en que les cercené el cuello y su sangre cubrió mi cara y mis ropas.
—Sí. Soy una mala persona. Ya lo tengo asimilado —dijo, concentrándome en que la voz no me tiemble de la rabia que siento—. Me iré al infierno, si es que no estoy ya en él ahora mismo. ¿Y quieres saber un secreto? ¡Me importan una mierda esos niños, la paz mundial y estar hiriéndote los sentimientos ahora mismo! ¡Necesito esto, y nadie va a arrebatármelo!
Necesito desahogarme o me voy a volver loca.
He baneado a Peeta del holograma, ahora no importa lo grande que sea el berrinche que arme, no va a poder detenerme. Nadie va a poder.
En la pantalla, veo a Francine. Es la primera en llegar a la zona del acorralamiento. Los otros aún siguen corriendo por su vida bajo las luces rojas intermitentes. Ignoro a todos menos a Roselia, la que más me interesa. Sonrío al verla correr por su vida, la cual está en mis manos en este preciso momento. Sombreo el suelo del pasillo donde está y con un movimiento rápido de mi dedo sobre el holograma, el suelo se ondula. Roselia da un traspiés. Podría aplastarla como una hormiguita si pudiera, pero es más divertido juguetear con ella y ver su expresión de apuro.
—Te guste o no, las que estamos al mando somos nosotras —oigo decir a Enobaria.
—Céntrense en los otros cuatro tributos, dejen a Roselia en segundo plano de momento —digo por el micrófono en mi solapa a los encargados de las cámaras.
No quiero que se haga tan obvio que me estoy ensañando.
Hmm... ¿Qué podría hacerle? Empezaré por ir bajando la compuerta del pasillo en el que está poco a poco. La veo agilizar su paso, dando saltos cada vez más enérgicos cada vez que toca el suelo. Al verla atravesar la compuerta rodando decido que esto me sabe a poco. Activo los conductos de ventilación para que expulsen aire.
Sin darme cuenta, he empezado a reír. A Roselia le cuesta avanzar, el viento vapulea su trenza y la tela de su uniforme de un lado a otro. Me encanta ver esa expresión apurada en su cara.
—Sufre —mascullo entre dientes y aprieto el holograma con mi dedo—... Perra Snow.
La onda causa un pequeño terremoto que los cinco tributos notan, pero que Roselia siente con más fuerza y cae al suelo.
—No vas a salir de esta —continúo, ojalá pudiera oírme, así le informaría que cualquier cosa que haga será futil—. No vas a salir de esta aunque me vaya la vida en ello.
Desde la otra parte del holograma, los técnicos me miran. Mi dedo estrellándose una y otra vez contra la ciberfibra provoca pequeños chispazos luminosos. Roselia lucha contra el viento y los temblores. Saber que su vida está en mis manos me pone automáticamente de buen humor otra vez. De excelente humor. Comienzo a reir más fuerte.
—Muere... ¡MUERE! ¡Debiste haberlo hecho hace mucho! ¡Espero que tu abuelo esté viendo desde el infierno como te elimino!
Se pensó que iba a romperme, después de intentar prostituírme, después de matar a todos los míos, después de tirarme otra vez a la Arena, de interrogarme, de matarme de sed, de lanzarme cubos de agua helada y electrocutarme una y otra y otra vez.
Zap... Zap... Zap...
El chasquido del aparato al rozar el agua. Mis gritos. Mi dedo se estrella en la pantalla. La luz en el pasillo en el que está Roselia comienza a fallar hasta que finalmente se apaga. No oigo nada más que mis propias carcajadas. La quiero muerta. Bien muerta.
Zap... Zap... Zap...
Y mi dedo martillea una y otra vez contra la ciberfibra. Esta es mejor terapia que todos los psiquiatras por los que he pasado. Ya me deshice de Abel, y muy pronto Roselia lo acompañará.
Una mano me sujeta la muñeca y la aparta del holograma. Cuando giro la cabeza, compruebo que ha sido Peeta.
—¡Suéltame, panaderillo! —escupo.
Enobaria pasa los brazos bajo mis axilas y me arrastra de ahí. Traidora. Me es difícil forcejear contra los dos. Trato de golpear a Peeta con la mano libre. Le doy un par de bofetadas pero a la tercera me consigue agarrar la otra muñeca.
—Tienes que calmarte, mírate. No estás en condiciones de llevar los juegos así —dice Peeta.
Quiere arruinar mis juegos, lo sé. Pero yo he pensado en todo.
—Ja. Te he baneado del holograma, no vas a poder hacer nada.
—Estás desvariando.
—Estoy mejor que nunca. Gracias por preocuparte.
—Te estabas pasando —interviene Enobaria—. No puedes cargarte a la Snow así de forma tan obvia. ¡Restauren la luz en el pasillo de Roselia!
Aún está viva, pero el cierre de más y más áreas la está cercando poco a poco, la he logrado retener lo suficiente como para ponerla en un gran riesgo. Detrás de los tributos, más y más sectores de Endimión van quedándose sin oxígeno uno tras otro. No les queda más remedio que ir hacia delante si no quieren morir. Desde fuera, las áreas cerradas se irán viendo en rojo, así que esta noche el astro se teñirá de sangre en todos los sentidos.
Me dejo llevar por Peeta a un sofá en la zona de descanso, dejando a Enobaria al mando sintiéndome más tranquila al saber que mis juegos son imparables. Que quienes me hicieron esto tendrán su karma al fin.
Eryx E. Dorinday, 18 años
Capitol Hill
—¿¡Eran necesarios los terremotos!? —grito hacia el techo.
Entiendo que nos tengan que acorralar, pero esto me parece ya gratuito del todo.
Odio esto. Pensé que estar solo era malo, pero que me hagan correr es aún peor. Hace que me sienta como una rata de laboratorio en un laberinto.
—¿Saben...? Extraño a Roenna. Siempre fuimos como una pequeña alianza dentro de la otra, y enterarme por el recuento que había muerto me afectó más de lo que pensé. No podía creerlo. Aún no puedo. Aún creo que va a aparecer de cualquier lugar, mirarme decepcionada por pensar que había muerto y decir "¿Te crees que me iba a dejar matar tan fácil?", después robaríamos una nave espacial y nos fugaríamos de la Arena rumbo a otro planeta juntos... Viviríamos muchas aventuras, nos haríamos amigos de otras razas alienígenas —comienza a faltarme el aliento pero no puedo dejar de correr o el vacío me atrapará—... Y todo esto es una tontería, porque las mismas posibilidades hay de fugarme a otro planeta que de que Roenna aparezca.
Fue cuando estaba tirado en un rincón sin poder dejar de darle vueltas a la cabeza y sintiéndome más solo que nunca cuando recordé que hay miles de personas mirándome. Es una comunicación unilateral y de amor—odio, por un lado hace que me sienta un poco más cuerdo y menos solo. Por otro, me asquea pensar que todos esos a los que hablo están disfrutando viéndome sufrir.
Quizá la sensación de cordura es solo una ilusión. Quizá me estoy volviendo más loco en realidad.
—Porque ha muerto para su diversión —mi voz sube un poco, trato de calmarme, pero sólo consigo alterarme más—. ¿Disfrutaron viéndola morir? ¿¡Lo disfrutaron!? ¿Disfrutarán viendome morir a mí también? Porque si no soy yo quien gana va a pasar pronto... Muy pronto... Ups, spoiler.
Tengo que seguir jugando a esta mierda si quiero vivir. La sociedad se ha ido a la mierda, pero yo me he ido a la mierda con ellos.
—Sí, sí, bla, bla, bla, sé lo que deben estar diciendo algunos de ustedes. Que yo también he matado a dos personas. O tal vez... Que yo no hice nada. ¡Y es cierto! ¡No hice nada! ¡Vi como pasaba año tras año sin mover un músculo porque no me afectaba a mí! ¿¡Contentos!?
Aprieto el paso. La fatiga mitiga mi estado mental, mi ansiedad y miedo.
— ¡Es fácil caer en la complacencia cuando te inculcan que los juegos son un mal menor dentro de todo lo malo que podía pasar si no se recordaba a los distritos su traición! —hago una pausa para tomar aire, estoy jadeando—. Sí, tal vez fui yo parte del problema, junto con tantos, tantos otros... Pero todo eso me importa una mierda ahora que en menos de una hora podría estar muerto.
Me apoyo en la pared, tratando de recuperar el aliento, con los ojos cerrados. Demasiado consciente de que poco a poco la línea que hace que las compuertas se sellen y el oxígeno desaparezca avanza a velocidad constante. Sería tan fácil dejarme derrotar, dejar que todo avance y escapar de este infierno. Es tentador, no lo negaré. Pero no he llegado tan lejos para dejarme matar ahora por los vigilantes. Aunque el destino que me espere sea peor, siempre hay esperanza y en eso me debo enfocar.
Igual, me quedo ahí un rato más reponiendo fuerzas, porque aún me lo puedo permitir y no puedo llegar a donde sea que nos estén juntando en estas condiciones.
— Mamá... No vas a perderme otra vez después de tantos años separados. Quiero volver a verte, a ti y a la abuela. Hay tantas cosas que tenemos que decirnos, tantos momentos juntos por recuperar... Va a costarme dejar la ciudad, porque nunca he vivido en el campo pero pienso comprarme una casa en Serenity Ville. Seremos vecinos y podrás venir a tomar el té cuando quieras —sonrío pensando en mis planes—. Esta vez nada lo va a impedir...
La compuerta por la que vine ya ha empezado a cerrarse, debo darme prisa.
—Papá, creo que ya tienes suficiente castigo con verme en los juegos por algo que tú causaste. Podría haberme librado de estar en la cosecha si no fuera por tu egoísmo. Sigue sin apetecerme discutir eso ahora. Aún duele... Pero si salgo de esta podremos arreglarlo con el tiempo. Mierda...
La compuerta delante de mí se está cerrando.
—Dios, dios dios, dios...
Sujeto mi cabeza con ambas manos, mis dedos adentrándose en mi flequillo grasiento. Tengo que seguir. No puedo quedarme aquí. Y la compuerta se baja más y más...
—Dios, dios, dios, dios... Escapo de un mal para caer en otro.
Pero al final me apresuro a ponerme a salvo y sigo corriendo. Agachándome para pasar sin problema al otro lado.
— Agatha, Eudor, Xantus... A ustedes los amo, ya lo saben. Gracias por estar ahí siempre. Nos vemos muy pronto.
Por fin el pasillo desemboca en una amplia habitación. He vuelto a la cornucopia y ya hay varios tributos ahí. Al parecer soy el primero en llegar a la masacre.
Ojalá alguien me ataque y no me vea obligado a tomar la iniciativa.
La culpa se hará más llevadera así.
Francine Cavalia, 18 años
Emerald Gardens
—Abajo en el río, junto a la rivera, una familiar silueta me espera, el lodo en mis pies se va con la corriente, mi vestido flota en el agua envolvente.
Intento que la voz no se me quiebre mientras canto metida en la Cornucopia. He sido la primera en llegar, por lo que me he asegurado el mejor puesto. Pero nada más que pensar en lo que se me viene encima hace que me sienta como si estuviera a punto de tener un ataque de nervios. Soul me dijo que no dejase que las emociones me asaltasen, y que cada vez que sintiese que eso iba a pasar, debería enfocar mi atención en otras cosas para mantener la cabeza fría. Cantar parece que me ha funcionado hasta ahora, aunque no se por cuanto tiempo más lo hará.
Intento sumergirme en una realidad apacible, rayos de sol filtrándose entre las nubes, pájaros cantando, insectos revoloteando, brisa meciendo las ramas, aroma de miles de flores. Como me gustaría tener ahora mi reproductor de música, ponerme los auriculares y escuchar alguna bella melodía de piano antes de que que la tragedia me clave las garras.
Tampoco debo evadirme mucho a otra realidad, solo lo suficiente, solo para desconectar mi parte molesta que active mis otros instintos.
Ni siquiera me siento yo misma ya. Me he desgarrado y recompuesto tantas veces ya que si mi alma fuera tangible estaría llena de costuras, parches y grietas por las que amenaza con salirse el relleno. Definitivamente no soy la misma persona que entró aquí. Hasta he asimilado algo que nunca pude hacer, no importa a cuantos psicólogos mis padres me llevasen.
Que las cosas ya no van a volver a ser como antes.
Nunca.
Jamás.
Es de lo que ahora estoy segura, mientras tomo entre mis dedos la punta de la trenza verdeazulada que me hizo Malenie días atrás.
Arranco la gomita que la sujeta y la deshago con furia. Ya basta de recuerdos que solo me lastran. Todos se han ido, pero hay gente que me espera. Tasha se fue, pero Lei me espera. Mi rincón predilecto fue obliterado, pero Opaline sigue ahí esperando por mí para peinar su pelaje y rascar tras sus orejas. Y quizá no es demasiado tarde para prestar más atención al vínculo con mi hermana Rayne.
Me asomo por la boca de la Cornucopia, esperando alguna novedad hasta que veo llegar a la primera persona. Mierda. Es Eryx de Capitol Hill. El chico al que perdoné la vida. Si mis cálculos son correctos, tanto Atala como Emerson siguen vivos. Podría haberlos matado a los tres fácilmente en su momento, pero decidí que no quería cargar con ese peso y esperar a que tal vez, alguien más, algún vigilante aburrido o algo lo hiciera por mí. No ha sido así y ahora están ahí. Tres obstáculos más en mi camino porque yo no tuve valor a hacer el trabajo sucio.
En fin. Ya no hay nada que hacer. Voy a tener que matar a todas esas personas a las que mostré piedad. Tiene su gracia de forma muy retorcida que el resultado vaya a ser el mismo ahora. O más desfavorable si cabe, pues vamos a estar todos reunidos de un momento a otro.
Hora de atacar.
Me lanzo hacia afuera empuñando bien mi lanza omega. No debo pensar. Solo actuar. Cargo y apunto a su espalda. Debo ser rápida, antes de que vengan los demás y se unan a la fiesta. No se de cuanto tiempo dispongo antes de que eso pase. El primer golpe lo esquiva con gracia, dando una voltereta en el aire para posicionarse a mi espalda. Eryx no tenía la guardia baja, pero en los últimos cincos uno debe ser muy tonto para dejarse pillar desprevenido.
Giro sobre mí misma haciendo uso de mi agilidad a la vez que preparo otro lanzazo que le de en el costado. Desenfundando sus dagas gemelas, Eryx lo para como puede. Ese par de armas están en desventaja contra la mía. Demasiado cortas, demasiado poco potentes. Pero aún así puede herirme si lo dejo acercarse, si es lo suficientemente rápido, cosa que no pienso permitir que pase.
—¿Ya se acabó el ir por ahí perdonando? —comienza a decir, apartándose para esquivar una estocada—. Supongo que hay que tener cuidado con lo que uno desea.
Retrocede y retrocede. Está haciendo tiempo, es su única esperanza ya. Que haya más gente involucrada y todo se complique. Ya es bastante difícil seguir atacando. Ojalá lo odiase. Ojalá tuviera algo contra él, por estúpido que fuera. ¿Por qué tuvo que ser tan simpático y encantador? Doblo mis esfuerzos, apuñalando lo más rápido que puedo, sin darle tregua. Consigo darle un par de veces. La primera en la cara, cerca del ojo. El chico grita y yo cierro los ojos tan fuerte como puedo, pero es demasiado tarde. Ya he visto la sangre manar. Sigo atacando a ciegas. No sé donde doy, solo que puedo sentir a través de la vibración de mi lanza como la punta en forma de omega perfora su piel hasta detenerse en el duro hueso. Él grita, yo grito y algo caliente me rocía la cara.
Lo único que quiero es que los gritos paren. Que paren, que paren, por favor que paren. Y por ello no puedo dejar de atacar. Y atacar y atacar y atacar con impaciencia. Por fin lo hacen y oigo un cañón. Me doy la vuelta y por fin abro los ojos, pero no sirve de nada. La punta de mi lanza está ensangrentada y elaire a mi alrededor lleno de esferas escarlata que caen lentamente. Incapaz de mirar atrás y presenciar la carnicería que he hecho. Pero no puedo. No debo...
Sigo sin querer recuerdos que solo me lastran, y mi lucha no se acaba aquí.
Emerson Cullay, 16 años
Emerald Gardens
Me encuentro con Roselia Snow en una encrucijada y ambos emprendemos la huída juntos. Saco mi cuchillo por si acaso, aunque ahora mismo no hay tiempo para pelear. Bien, porque sólo tengo la mochila para intentar defenderme de su arco, y puede que ni eso sea suficiente. Igual, ella no tiene tiempo para sacar una flecha, cargarla y apuntar bien, siendo que estamos demasiado ocupados huyendo de los pasillos que se cierran tras nosotros y no da la concentración para tanto. Igual, yo la observo y analizo su estado físico y ella hace lo mismo conmigo mientras corremos a la misma altura, separados por unos metros, ninguno queriendo ir por delante del otro.
Curioso. Parece que una de sus piernas no se comporta como la otra. Examino por un rato la forma en la que corre y compruebo que efectivamente una se apoya con demasiada fuerza en el suelo mientras que con la otra a penas lo toca. La diferencia es sutil, quizá porque está disimulando, lo cual sería lo más lógico dado que como su enemigo, no le conviene que sepa de cualquier punto débil que pueda tener.
Por otro lado, que su pierna esté mejor o peor es lo de menos. Su arma a distancia es lo que la hace peligrosa, tengo que buscar cuanto antes una manera de contrarrestar sus flechas. Con el ritmo frenético de los acontecimientos no voy a poder pedir nada a Peeta, así que mi única esperanza es robarle algo a alguien más. Es una de las armas más útiles que es podrían tener. Ojalá estuviera a mi servicio.
Saltamos a una enorme sala la cual reconozco de inmediato. Es la sala de la Cornucopia. Estoy de suerte, seguro encuentro algo en la pila de trastos que los que saquearon el lugar dejaron atrás. No es la primera vez que me salva la vida.
Corro hacia la estructura y Roselia también lo hace.
A un lado de la misma, Francine intenta matar al de Capitol Hill mientras él se defiende como bien puede, no hay otra manera de describir lo que pasa ahí, no es una lucha equilibrada en absoluto. No con esa arma. Me tengo que cuidar de ella también, parece que va en serio. Mierda, todo el mundo aquí con armas formidables y yo con un cuchillo, el cual ha ido aumentando de tamaño tras matar a dos personas, pero sigue sin ser rival contra un arco o ese monstruo de lanza que tiene Francine.
Por último está Atala, a quien abandoné y obvio estará furiosa conmigo e irá a por mí. ¿Pero cómo iba a saber que llegaría tan lejos? Con esa actitud suya, calculé que me iba a ser más bien un lastre. Odio tener que admitir esto, pero en estos momentos soy el eslabón más débil.
Voy a morir a manos de tres chicas furiosas si no hago nada.
En cuanto entramos al interior de la Cornucopia, veo a Roselia sacar una flecha de su carcaj y sé inmediatamente que es para mí. El corazón me late a mil y tengo que hacer acopio de todas mis fuerzas para mantenerme sereno. Examino el lugar en busca de algo que me sirva de escudo, no hay mucho, pero la tapa de acero de una cacerola me sirve de escudo. La tomo y protejo mi cuerpo con ella, justo antes de que la flecha se estrelle contra la misma con un sonoro golpe.
—Señorita Snow —digo, con toda la calma que consigo reunir a pesar de estar muerto de miedo—. ¿Qué le parece una épica y emocionante final entre usted y yo?
Si consigo ponerla de mi parte para quitar de en medio a las demás podré pensar en una manera mejor de deshacerme de ella. Roselia toma otra flecha y la carga en su arco, pero no apunta.
—No, gracias. No te necesito.
—¿Está segura de eso? Mira que mi compañera de área tiene esa lanza —los gritos desgarradores del chico interrumpen mi frase—... Bastante defensiva contra proyectiles, tal vez ella la alcance antes con su lanza que usted con sus flechas. ¿Y Atala, mi ex aliada? Créame, no es una buena idea enfrentarse a ella sola. Me la intentó jugar cuando aún no estábamos en el segundo día. A penas conseguí escapar de ella ileso. Lo que sea menos morir a sus manos.
Ella me observa con cuidado, su expresión neutra y penetrante.
—O sea, que buscas venganza.
Suspiro, algo más sereno pero en total estado de alerta. Saco mi arma y se la muestro, sin dejar de protegerme con mi improvisado escudo.
—Mire... Seré sincero. Sólo tengo este cuchillo y dudo que eso sea suficiente. Con este pacto, sólo quiero dos cosas. Aumentar mis posibilidades personales a un cincuenta por ciento en lugar de a un veinticinco o menos, ya que mi arma no es gran cosa contra las de ustedes tres y asegurarme de que ella no gane. Nosotros dos en la final... Dos es sin duda mejor que cuatro, y a usted también la beneficia, señorita Snow.
—¿A cuántos has matado ya? —dice, mirando el arma.
Claro, las armas aquí delatan tu condición como asesino. Tanto su ornamentado arco en forma de dragón dorado como mi cuchillo de hoja negra cuentan nuestra historia.
—Dos —digo, no tiene sentido negarlo—. Y los que hagan falta para salir de aquí. ¿Tú?
—Lo mismo —suena el cañón y los gritos del chico cesan—. De acuerdo. No veo nada malo en aceptar tu propuesta. Tendrás la final que quieres. Vayamos a buscar a Atala primero.
—He pensado que es mejor eliminar antes a Francine —sugiero, así podré robar su lanza, matar a quien quede y ganar—. Al parecer acaba de salir de una pelea y estará debilitada.
La mirada indiferente de Roselia me irrita. Normalmente me resulta fácil llevar a la gente por donde quiero. Pero no importa lo complicada que sea la tarea, debo lograr que haga lo que a mí más me conviene.
—He dicho que primero Atala —dice, dándose la vuelta y haciéndome una seña para que la siga.
¿Me está llevando la contraria por sistema o sólo desconfía de mí? Bueno, es obvio que ambas son correctas. No esperaba que una Snow fuera andando sin rechistar por el camino que le marco.
Lo bueno es que aún puedo posicionarme un paso por delante de ella. Tengo varios minutos para pensar como. Permitiéndome sonreír un poco para mí mismo, la sigo afuera.
¡Y ya son cuatro! Intentaré dejar todo atado para el siguiente. Sé que calculé que habría dos más de juegos, pero tal vez sean tres. No estoy segura aún ya que cada vez que calculo siempre suelo quedarme corta. Lo hacía cuando empecé con Wiress y lo sigo haciendo ahora. Están todos reunidos, así que las muertes que quedan (Tres personas por morir) podrían darse en un muy corto período de tiempo.
5º Eryx Evander Dorinday. Capitol Hill.
Encomios:
Eryx, OMG, no puedo creer que haya hecho esto y no puedo creer que hayas muerto. Eras de mis favoritos supremos y amé escribirte. Siempre derrochaste tanta carisma, incluso cuando estabas triste o enojado tus palabras nunca perdieron tu brillo interior. Quería verte ganar. Igual que al resto de finalistas. Lo merecías por haber estado ahí injustamente y porque a pesar de que te cayeron bastantes cosas malas y lo pasabas mal, siempre te reponías. Con un poquito menos de cordura cada vez, pero lo hacías. Bueno, estás con Roenna ahora, y juntos se irán a explorar el espacio y vivir aventuras. Me hubiera gustado conservarte más, e incluso sacarte de ahí, pero estando tan cerca del final, no importa tanto el orden y decidí dejarte ir. Perdóname. T_T
Mención especial:
Vicepresidente Ibrahim Lovell, sorry no pude resistirlo. 23 personas para matar no es suficiente (okno).
Preguntas:
1. ¿POV favorito?
2. ¿Se atreven a hacer un ranking con los que quedan :D?
3. ¿Tributo muerto favorito?
Como ya dije, tras la victoria queda el epílogo y los obituarios. ¡Y después se acabó Causa y efecto! :D
Roselia está aguantando a pesar de tener todo en contra y una vigilante jefe que la quiere muerta, tiene una fortaleza increíble, Francine siempre se dejó llevar por la corriente, hasta que decidió tomar las riendas por fin, ha sido una de las que más ha cambiado durante el proceso, Emerson hiló un engaño tras otro, con él quise mostrar que hay gente que sin ser malvada o cruel, quieren ganar a toda costa, y se dejan caer al infierno para hacer lo que haga falta para ganar, Atala nunca se dejó hundir, ni siquiera por mí que intenté por todos los medios romperla en pedazos, pero todas las veces ella me dijo "no" y su fortaleza oculta se me hizo presente. Son solo unas pocas razones por las que ellos precisamente están aquí.
Este capítulo está dedicado a todas las personas que me leen y disfrutan de este fic a pesar de no tener ningún tributo en él. Me alegra el día, la semana y el mes que encuentren la historia interesante y me encanta leer sus teorías sobre lo que va a ocurrir jajaja. *_*
No puedo garantizar que se sepa quien gana en el siguiente. Tal vez sí, tal vez no. Veremos a donde me lleva la historia y cuanto me lleva contar lo que quiero contar. En estos momentos ya tengo 100% elegida a la persona que gana. Me ha costado, pero estoy feliz con mi elección. También como se va a desarrollar todo y el ranking de los tributos que no ganan y como mueren.
¡Gracias por leer!
