"El amanecer es siempre una esperanza para los hombres."
"Diecisiete"
Capítulo XXVIII
Aún sentado en la misma posición, contemplaba en soledad las pequeñas explosiones que se originaban en la cueva donde se ubicaron los restos del laboratorio.
"Ella te está esperando".
Eso ya lo sabía. El vacío que le había dejado la certeza de saber que todo había terminado no le daba paz. Diecisiete no estaba satisfecho. La justicia que había tomado por su mano no le llenaba.
Seguía sintiéndose como si se hubiera estrellado contra el suelo.
¿Por qué sería? ¿Sería quizás porque la situación no podía ser cambiada? ¿O porque sabía que nada de aquello lograría hacer feliz a Ruby?
Esbozó una sonrisa amarga al recordar el día que la guió hasta la madriguera de los lobos y la discusión que mantuvieron. Aquella vez tuvo la convicción de que nunca, jamás conseguiría sentir empatía por otro ser vivo del modo en que ella lo hacía. Era curioso, porque fue ante el fuego de su chimenea que llegó a esa conclusión, y ahora era ante el fuego de la destrucción que había ocasionado cuando se daba cuenta de cuán equivocado había estado.
Sí, notaba esa sensación de inconformismo, de vacío, porque sentía empatía por Ruby, finalmente, por su dolor.
Era un sentimiento incómodo que le costaba interpretar. Y no era lo único que había experimentado esos dos últimos días vividos, de los peores que recordaba en su vida.
Apoyó sus manos en el suelo, tras él, y alzó el rostro al cielo con los ojos cerrados. El viento azotaba su rostro, congelando sus oscuras pestañas, pero sin lograr despejar su mente.
Desde que la conoció su vida se había sacudido de mil y una formas diferentes.
¿Quién iba a decir que el amor también implicaría sufrimiento? Sufrimiento y dolor. Diecisiete desearía no haber conocido jamás esas emociones tan humanas que había experimentado en último lugar.
«Me gustaría que tuviera tu nariz… Y tus ojos, Diecisiete. Quiero que tenga tus ojos… Quiero que se parezca a su papá… Vas a ser el mejor padre del mundo».
—Mmmph… —gimió Diecisiete, lastimeramente.
El deseo que Ruby le había confesado, completamente ilusionada por el futuro nacimiento de su bebé, se había convertido en una tortura para él. No podía dejar de pensar que ese deseo podría haberse hecho realidad. ¿Y si ese bebé se hubiera parecido a él? ¿Y si Diecisiete hubiera tenido la oportunidad de sostener en brazos a su hijo? Quizá entonces todo habría quedado más claro para él, quizá aquella densa niebla que se cernía sobre el desconocido concepto de la paternidad se habría despejado.
Ahora jamás lo sabría.
Ya no sabía qué pensar… Se estaba volviendo completamente loco. Quizá Dieciocho tenía razón y debía volver con Ruby cuanto antes para conservar la poca lucidez que le quedaba...
Chasqueó la lengua y no se movió del sitio. Aún no…
Si seis meses antes alguien le hubiera dicho todo lo que le iba a suceder, Diecisiete se habría reído en su cara.
Un año y medio fue el tiempo que consiguió mantener dormida a la mente asesina que poseía. Había asumido aquella vida solitaria y tranquila como verdadera, y había personificado a la perfección el rol del Ranger antisocial. El "freak del lago", así le llamaban. Él lo sabía y no le importaba, al menos le dejaban tranquilo.
Pero entonces llegó Ruby y le dio la vuelta a todo. Puso su mundo bocabajo y lo agitó con violencia.
Y ahora, después de aquella vorágine de sensaciones amargas, tras experimentar el sufrimiento de no poder evitarle a ella el dolor y de no tener la oportunidad de verse como padre, había descubierto cuánto le pertenecían aún la destrucción y el deseo de matar. Eran partes intrínsecas de él que habían estado dormidas y que despertaron al contemplar a Ruby, llorando en el hospital, y al darse cuenta de que no podía hacer nada por ella.
¡Qué impotencia!
—¿Y ahora qué? —musitó.
Se sentía bloqueado, perdido, sin una meta clara, sin saber qué hacer a continuación.
Diecisiete suspiró, se dejó caer de espaldas sobre la nieve y cubrió su rostro con las manos en un gesto de completa derrota.
"Ella te está esperando".
Diecisiete apartó las manos y abrió los ojos a la negrura del cielo nocturno. La ventisca de la tormenta que se acercaba le golpeó de nuevo y, en su quietud, notó cómo su cabello se escarchaba en contacto con el gélido viento.
Pensó en la destrucción que había ocasionado. En el secreto y prohibido placer que le otorgó. En el sosiego efímero que sintió…
Pensó en la posibilidad de regresar a su esencia. En dejar atrás toda sombra de humanidad, olvidar las emociones que había conocido y entregarse a lo que en realidad era: un androide, una máquina creada para destruir, para matar. Un asesino. Dejar de negar la evidencia de una puta vez, dejar de esconderse bajo su sombrero y tras aquel brazalete naranja.
A fin de cuentas ese asesino que hacía sólo unas horas había reventado el cráneo de Spark era él. Era su verdadero yo.
Pero no… A pesar de saber que esa parte suya no desaparecería jamás, no era eso lo que deseaba. Regresar a sus inicios no le atraía, realmente.
Resopló. La cabeza le iba a estallar… Se sentó de nuevo y el viento helado agitó su camisa rota.
Contempló otra vez la destrucción ocasionada en el laboratorio y frunció el ceño.
¿Cómo regresar? ¿Cómo enfrentarla ahora? ¿De qué manera reuniría el valor para mirar sus ojos y no sentirse culpable por no haber podido salvarla a tiempo? Salvarles, a ambos...
Era precisamente su verdadero yo lo que había provocado aquella desgracia. Él atraía el peligro y siempre lo haría, era un hecho. Su condición era un castigo, un lastre amarrado a su tobillo que arrastraría a Ruby junto a él en su hundimiento.
Se levantó y caminó por el hielo, pensativo, hasta el borde del acantilado.
—No debo regresar… —susurró para sí mismo.
Que Diecisiete no fuera una buena persona no le impedía diferenciar el bien del mal. Era consciente de que lo correcto era renunciar a Ruby, sacrificar esa felicidad que encontró por casualidad en su vida y que le convirtió en un ser humano casi normal durante medio año.
Eso era lo correcto: no volver a ver a Ruby. Eso era lo que debía hacer.
Sí, ella estaría a salvo entonces y, además, él se alejaría de ese ridículo intento de hombre en el que se había convertido durante un tiempo.
Pero una renuncia tan dolorosa como aquella, en lugar de eliminar cualquier huella de humanidad y alejarle del camino iniciado, sólo conseguiría el efecto contrario: le terminaría de transformar en un ser humano completo.
Era un contrasentido que el hecho de regresar a su esencia como máquina conllevara un sacrificio que le acercara más al humano que al androide. Pero así era.
No había escapatoria, el proceso no podía ser revertido ya, escogiera lo que escogiera.
Diecisiete esbozó una sonrisa torcida y cambió el peso de una pierna a otra.
Una renuncia así no iba con él. Eso, obviamente, no formaba parte de su esencia asesina.
Él no era ningún héroe. Sus rasgos más remarcables, tanto como androide como hombre, eran los mismos: egocentrismo, arrogancia, hostilidad... No había diferencia entre androide y ser humano. Formaban parte el uno del otro.
Él era egoísmo puro en la más perfecta de las manifestaciones y en todas sus formas, tanto en la de agente de la Ley en el cuerpo de los Rangers, como en la de androide asesino.
Él era un ser cuya naturaleza hacía imposible la comprensión y ejecución de un sacrificio por el bien y la seguridad de otra persona.
Diecisiete alzó el vuelo y suspiró para sí mismo. Él sólo era un androide sociópata, egoísta y orgulloso que adoraba las armas, los coches, la destrucción y la muerte, del que se había enamorado una mujer extraña, valiente… Y, desgraciadamente, muy frágil.
Pero ella había visto mucho más aparte de aquella arrogancia y aquel egoísmo en él. Ella tenía el don de funcionar como un prisma con respecto a Diecisiete, le hacía descubrir matices de sí mismo que no tenía idea que poseía.
Ruby le había dado color a todos los secretos de su alma.
En definitiva, ELLA era su mundo ahora, y no había forma posible que Diecisiete pudiera plantearse una existencia lejos de Ruby llegados a ese punto.
Diecisiete observó el lugar desde las alturas, como si fuera una divinidad contemplando su obra recién creada. Muy pronto, la ventisca terminaría de ocultar los restos destruidos de aquel laboratorio y el olvido haría el resto.
Tras horas de romperse la cabeza y de experimentar una sensación de angustia y de vacío que no le permitían moverse de allí, sus dudas se esclarecieron y Diecisiete se alzó de aquel extraño derrumbamiento en el que se había sumido tras matar a Spark.
¿Y ahora qué?
La respuesta estaba más que clara. Llevaba repitiéndola para sí mismo desde el principio: ella le estaba esperando.
Prefería mil veces seguir siendo ese ridículo intento de ser humano antes que el androide letal que era realmente, si así podía permanecer junto a ella.
Y el dolor, la impotencia que sentía por ella, la rabia de saber que le habían arrancado una parte de sí mismo al matar a su bebé, Diecisiete sabía que todo eso se volvería una carga menos pesada cuando volviera a contemplar los preciosos ojos de Ruby. Y quizá, incluso, acabara desapareciendo. Pero sólo si se quedaba con ella.
Si su proximidad la ponía en peligro, triplicaría las precauciones, haría lo imposible por mantenerla a salvo. Pero no se alejaría. Separarse de ella significaba una renuncia demasiado noble y altruista, y entre los destellos de humanidad que poseía no estaban esas cualidades.
Diecisiete siempre hacía lo que deseaba. Y no había nada en el mundo que deseara más que estar con Ruby.
Entornó los ojos al mirar el oscuro horizonte, localizó el suroeste e inició el vuelo a toda velocidad hacia la Capital del Oeste.
…
Ruby miraba el techo de la habitación de invitados de casa de Logan. Era de madrugada y la casa estaba sumida en el silencio más absoluto. Llevaba desde la víspera anterior allí encerrada, y no tenía intención de salir temprano al día siguiente.
No quería ver a su "hermano". No quería iniciar otra discusión con él. No quería escuchar aquel consejo de Logan otra vez.
¿Abandonarle?
Logan no sabía lo que estaba diciendo. Ruby no podría hacer algo así JAMÁS. Ella, simplemente, ya no podía concebir la vida sin Diecisiete.
Sin sus irónicos y afilados comentarios, sin su mente mordaz, sin su frialdad, sin su imposibilidad para expresarse. Aunque fuera una incongruencia, esa actitud suya tan alejada del romanticismo la mantenía atada a él sin opción alguna de soltarse, y sin intención de hacerlo.
Saberse desnudada en secreto bajo su intensa y gélida mirada, ser partícipe de sus silencios tan llenos de significado para ella, ser capaz de comprender sus gestos, sus expresiones… Todo eso formaba parte ya, no sólo de su día a día, si no de su existencia.
No tenía razones para abandonarle. Diecisiete había hecho lo imposible por protegerla pero no lo había conseguido. Que Logan sólo acertara a ver la parte oscura de él no le daba derecho a juzgarle ni a mencionar siquiera esa posibilidad.
La insomne Ruby se incorporó en la cama, cansada de dar vueltas. Al hacerlo, el agudo pinchazo en el vientre la sacudió. Cerró los ojos fuertemente y aguantó la respiración para no emitir ni un sonido. El reloj marcaba las tres de la mañana y no deseaba despertar a nadie con sus lamentos. Pero ya no aguantaba más tiempo allí tumbada. Llevaba las últimas 48 horas sin poder pegar ojo, y no creía poder hacerlo hasta que supiera algo de él.
El desconocimiento la estaba matando. Y no había modo alguno de que pudiera contactar con él, de que pudiera intercambiar sólo unas palabras, escuchar su voz. Con eso se quedaría tranquila.
O no… Quizá escucharle sólo agudizaría aún más esa sensación de desasosiego.
Resopló y comenzó a dar paseos por la habitación, nerviosa.
Y la ventana crujió en el preciso instante en que Ruby le daba la espalda para continuar su ir y venir de leona enjaulada. Ella se giró bruscamente y miró las cortinas que se movían al compás de la brisa nocturna, pero ondeando mucho más que un minuto antes.
Tras los finos visillos, una silueta se recortaba en la leve luminosidad de las luces urbanas que se colaban a través de la ventana, y Ruby se tapó la boca con ambas manos. Era imposible no reconocer esa figura.
Los ojos se le nublaron instantáneamente, incluso antes de que Diecisiete se colara de una vez en el cuarto y se abriera paso a través de las vaporosas telas. Y al contemplar sus ojos azules, al tenerle al fin delante, sano y salvo, las fuerzas abandonaron a Ruby y necesitó sentarse.
Diecisiete había esperado que se arrojara en sus brazos, verse estrangulado por Ruby y cubierto de besos. Se habría quejado igual que siempre, pero con la boca mucho más pequeña. Quizá podía maquillar sus emociones pero no podía negarse a sí mismo cuánto la había echado de menos. Pero cuando vio a Ruby buscar una butaca cercana y derrumbarse en ella, se alarmó.
Como casi siempre, Ruby le sorprendía con sus reacciones, y aquella vez no fue menos. Diecisiete se apresuró a arrodillarse delante de Ruby, quien escondía el rostro en las manos, con gesto sumamente agotado.
Acarició levemente sus rodillas y la observó en silencio antes de hablar.
—Todo ha acabado... —dijo, y su voz fue un susurro grave.
Su voz. Ruby había soñado despierta con escucharle. El deseo de oírle había sido casi enfermizo.
La chica apartó las manos de su rostro lloroso y le contempló. Y no halló la expresión de seguridad en sí mismo que Diecisiete solía lucir. Estaba serio, sí, como siempre, pero sus ojos no transmitían aquella fría tranquilidad que le caracterizaba. En lugar de eso, Ruby pudo ver rabia en sus ojos. Ira.
"Todo ha acabado... Pero no pude protegerte", era la frase completa que apareció en la mente de Diecisiete en cuanto tuvo su preciosa cara de nuevo ante él. Como de costumbre, no fue capaz de expresar aquel pensamiento. No fue capaz de convertir su dolor en palabras.
Se limitó a mirar a Ruby con aquellos ojos ardientes de ira y suspiró.
Aunque él no consiguiera desahogarse, ella, como siempre, vio a través de aquella máscara de metal.
Sonrió de forma triste y le acarició. Entrelazó sus dedos en el cabello de Diecisiete y los deslizó por toda su longitud. Con la punta del pulgar rozó sus orejas y aquellos aretes dorados que siempre llevaba.
La inmensidad de aquel frío implacable en su mirada la hizo convencerse de algo: Ruby lloraría por los dos cuando él no la viera. Esperaría a que él no estuviera delante para ahogarse en su propio mar de lágrimas y se recuperaría.
No iba a permitir que Diecisiete sintiera la más mínima culpa por lo que había sucedido.
Ruby se alzaría de nuevo y sería fuerte por él. Se lo debía.
—¿Estás bien? —susurró él.
Ruby respiró hondo y logró tragarse sus lágrimas antes de responder.
—Estoy bien. La… la operación fue bien. Sólo estoy algo dolorida, pero es normal, en unos días pasará el malestar —explicó con voz cansada. Sus manos se movieron desde el cabello de él hasta su propio vientre y se quedaron allí—. No pasa nada —dijo, sonriendo—, lo importante es que tú estás bien. Has vuelto y esta pesadilla se ha terminado.
Diecisiete entornó los ojos y la observó con detenimiento. Ruby no podía engañarle a él, ¿por quién le tomaba? Aquella era la misma sonrisa que le dedicó en el hospital, a través de la ventanilla de la puerta. Una farsa.
—¿Por qué te haces la fuerte? —dijo, indignado. Ruby le miró, en shock, y su sonrisa desapareció, lentamente—. No hace falta que lo hagas. Yo no soy fácil de tratar, ambos lo sabemos —murmuró Diecisiete—. Pero no quiero que finjas delante de mí. Eso no te hace bien… Y creo que a mí tampoco —confesó, y apartó la vista de aquellos ojos oscuros como abismos—. Odio que llores... Pero si tienes que hacerlo, hazlo.
Ruby guardó silencio ante las potentes palabras que Diecisiete acababa de pronunciar. De algún modo, había conseguido soltar lo que pensaba, y eso, en él, significaba un esfuerzo titánico.
Ruby rió al comprender que, además, Diecisiete tenía razón. ¡Qué tonta era! ¿En qué momento pensó que podía engañarle? Diecisiete poseía una mente privilegiada y la fachada de normalidad que Ruby había levantado ante sí era completamente transparente para él.
—Bueno, la verdad es que tampoco me hace bien este jodido dolor que me hace caminar como una vieja —confesó ella, en tono desenfadado.
Y después de soltar esa frase rió silenciosamente, de forma nerviosa, incontrolable, con la mirada seria y fría de Diecisiete clavada sobre ella. Y en medio de aquella risa imparable, las lágrimas afloraron, al fin.
Ruby se derrumbó y le abrazó, ahogando violentos sollozos contra su cuello. Diecisiete no se movió un ápice. La rodeó con sus brazos y esperó.
Sólo cuando los espasmos de Ruby desaparecieron fue que Diecisiete acercó sus labios a su oído para susurrar, titubeando, algo que rondaba su cabeza y no sabía muy bien cómo decir.
—Eh… Cuando llegue el momento, si tu quieres… … Tendremos hijos…
Ruby se separó de él lo justo para mirar sus ojos. Rió de nuevo, pero esta vez de forma genuina.
Había echado tanto de menos su torpeza al expresarse... Pero ella era capaz de comprender el mensaje oculto tras aquellas palabras torpes: "lo superaremos juntos". De modo que asintió con energía y apoyó su frente contra la de él.
—Diecisiete… Te necesito —susurró, y sus ojos se tornaron vidriosos de nuevo—. No sería capaz de vivir sin ti. No vuelvas a irte, por favor —suplicó.
Su desesperación era tangible no sólo en sus palabras, también en la forma de mirarle y en el firme agarre de sus manos impidiéndole alejarse.
Él sonrió de medio lado. ¿Cómo iba a irse? Se lo planteó en un momento de confusión, y lo rechazó sin reservas. Era junto a ella que Diecisiete quería estar. Y ya no volvería a dudar.
—Nunca.
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Para BurumaSan92, siempre vienen tiempos mejores :)
Nota de la autora:
Me ha gustado especialmente escribir este capítulo. Explorar la mente de Diecisiete en un momento tan oscuro, tan difícil, es un privilegio :) La falta de sosiego, todos esos sentimientos tan amargos. La incapacidad de alcanzar la paz incluso después de tomarse la justicia por su mano, se me hace muy real. Creo que es así precisamente como debe sentirse cualquier persona en una situación similar. ¡Y le vuelve muy humano! La simple forma en que se queda allí durante horas, sin decidirse acerca de qué debería hacer, tratando de ordenar sus pensamientos, de calmarse antes de ir a buscar a Ruby, eso no es para nada propio de una máquina sin sentimientos.
Diecisiete está aprendiendo a ser humano, aunque haya insistido en negárselo a sí mismo. La realidad es que ha rechazado ese proceso de humanización por miedo a todo lo que ha experimentado en menos de 48 horas. Ha sido demasiado intenso para él. ¡Eso acojona a cualquiera!
Pero él es fuerte, y la situación no puede superarle aunque le lleve al límite.
Si alguien esperaba ver a Diecisiete sollozando, de rodillas en la nieve, siento mucho haberle defraudado. El derrumbe de Diecisiete como tal, no puede ser una reacción típica de una persona sensible, porque él no lo es del mismo modo que puede serlo otro personaje completamente humano. La mitad de él es un androide, eso no hay que olvidarlo. Pero le ha dado lo suficientemente fuerte como para hacerle plantearse muchas cosas.
Y no, Silvin Lewis Dragneel y Gabii Suarez XD Esto no puede hacer llorar a Diecisiete ¡jajaja! ¿Tendrán glándulas lagrimales operativas los androides?
Bueno, por lo menos ahora ha asumido que no debe rechazar ninguna parte de sí mismo. Puede que el futuro le depare más sorpresas, ¡en todos los sentidos! :D
Y en cuanto al reencuentro, volvemos a lo de siempre: es Diecisiete. No podía tratarse de una escena típica de romance empalagoso. Pero sí, se quieren aún con las limitaciones y los silencios de Diecisiete de por medio.
Hacía mucho tiempo que no escribía algo así, y me ha fascinado hacerlo. ¡Espero que os haya gustado!
P.D: como en todos los capítulos de este fic, han habido varias canciones que me han inspirado, y sobretodo "My world, muy love, my life"" de Roxette, en la versión demo de Per Gessle, y "The man who sold the world"" de David Bowie, versionada por Nirvana. Os las recomiendo con violencia XD
¡Muchas gracias por leer!
