ALUCINACIONES DE VENGANZA
Capítulo 28- Hojas de papel.
Teen Titans no me pertenece, le pertenece a sus respectivos creadores.
Capítulo 28- Hojas de papel.
Mirar a la ventana no es divertido. Nunca lo ha sido cuando lo único que observas es tu reflejo tan deprimente y el paisaje gris, nublado y casi muerto de una ciudad.
He estado haciendo esto todo el día. Sólo observar. Un millón de preguntas e ideas se han cruzado por mi mente, pero después de un rato son sustituidas por otras, todas martilleándome por dentro.
Están preocupados, lo entiendo, yo lo hubiese estado; pero ahora…, ya nada tiene sentido, al menos para mí. No me he movido, no he hablado ni comido, no he ni siquiera sonreído, ni llorado; sólo muestro mi cara monótona, mi mirada vacía, sin brillo, con una actitud que deprime a cualquiera.
¿Y qué puedo hacer? He sentido cosas que a cada momento me golpean en el pecho, en mi mente, en mi conciencia. No puedo aguantar, no soy tan fuerte, no después de todo lo que he pasado.
Estoy tiesa, inmóvil, casi no parpadeo, y no emito sonido alguno. Soy como una muñeca de trapo arrinconada en una de las esquinas de su habitación, toda destrozada y sucia, sin voz y sin movimiento; sólo observando, preguntándose si hay un motivo para seguir jugando.
Nada es fácil, pero por qué ahora me siento peor que en otras ocasiones. Siempre fui más alegre, más positiva, por qué me estoy apagando. Me siento cansada, harta de estas cosas. Sólo quiero descansar un poco…
Dos días aquí, y ya me siento asfixiada. Sólo podía sentir remordimiento aquel día en el que estaba devastada, en el que las emociones se avecinaban sobre mí como una corriente, llevándome a la locura. Y luego lo sentí, sus brazos me rodeaban, y a pesar que su ropa mojada estaba helada, podía disfrutar de ese calor que tanto necesitaba; un pequeño lugar para sentirme pequeña, sentirme por un instante segura.
No me importó ya nada, sólo me encariñé con ese sentimiento, y lloré; lloré con toda el alma; hasta que sentí que la fuerza se me iba; hasta que me sentí mareada pero también aliviada; quizás ese era el momento perfecto para decir adiós, pero no, después amanecí aquí; aún no moría. Y mientras caía en la obscuridad de mi mente, sólo percibía sus brazos estrujándome más, como si temiera que me fuera; podía sentir sus susurros y sollozos en mi cuello, consolándome que todo estaría bien.
Ambos sabemos que eso es una mentira. Me he enterado que una parte de la ciudad está en cuarentena debido a una epidemia de no sé qué enfermedad, que los está poniendo frenéticos y violentos. Es mi culpa, y también culpa de la Hermandad del Mal. Sospecho que eso forma parte de su plan cuando me raptaron, aún no sé qué es lo que hicieron o cómo, pero mis compañeros están tratando de averiguarlo.
La ciudad está hecha un desastre, algunas personas han sido evacuadas por temor a que puedan resultar heridas; y muchos ya tienen miedo de salir a las calles. Se supone que todo está controlado hasta ahora, se han capturado a una parte de las personas lesionadas con esta crisis, pero se teme a que haya más escondidos en lugares públicos, como escuelas, bibliotecas o teatros. Son extremadamente peligrosos cuando hay multitud y cuando se sienten amenazados.
Y presiento que todo esto tiene algo que ver conmigo.
¡Perfecto!
Ahora no sólo cargo con las muertes de mis agresores, sino también con víctimas inocentes que acaban de perder la normalidad de sus vidas.
De verdad, mi cabeza se está volviendo un problema. Cada vez que pienso, en cualquier cosa que tenga que ver con eso, me duele tanto. Y no sólo mentalmente mi cuerpo está devastado, también se está cobrando por los últimos días en que mi resistencia involuntaria a reaccionar y poder realizar lo básico en una persona como alimentarse y dormir bien, no ha funcionado como debería.
Mi estómago ruge, se siente como una descarga de dolor y retortijones por todo mi abdomen. Como una punzada que interviene mientras siento un gran vacío y esas ansias de masticar algo, de beber algo, de mantenerme con energía y no caer en la hambruna extrema.
Tengo que comer, la locura de probar algo exquisito me está matando. Empezaré a delirar si no dejo continuar a mis instintos.
Volteo hacia una bandeja que está en mi mesa de noche, hay una sopa y una taza de té, ambos están fríos. Pero parece no importarme pues tan pronto me los imagino en mi paladar, me levanto con tal rapidez que ya estoy en mi cama devorándolos con avidez.
Siento el líquido con sabor a limón pasar por mi garganta, no está ni siquiera tibio, pero qué más da, a mi estómago no le interesa con tal de tener algo.
Me saboreo los labios lentamente cuando acabo, como si aún tuvieran la esencia de esa sopa que tragué como si el hambre fuera a matarme. Ojala tuviera más.
Sin vacilar tanto, me dirijo a la cocina de la Torre, deben haber dejado algo de comer. Han salido, o por lo menos eso sé pues escuché a Robin atrás de mi puerta avisándome que tenían que salir, algo tenían que hablar con los del peritaje y forense.
Pollo, salami, tocino, ¡¿no hay algo dulce en este refrigerador?!
Espera…
¡¿Forense?!
Los ojos se me abren de par en par mientras un bowl con fruta picada se derrama por el piso. ¡¿Forense?! ¡¿Se habrán dado cuenta ya?!
Comienzo a temblar, el pánico me inunda de pies a cabeza. ¿Y sí se enteran que soy una asesina? ¿Y si descubren que soy culpable por lo menos de la mitad de hechos trágicos que han sucedido?
Tengo que irme, tengo que escapar antes de que la policía me atrape. Tengo que volver a mi hogar para que me revisen y me curen, para que deje de cargar tanta energía solar que hace daño a los demás; y luego pueda regresar a la Tierra, y limpiar mi nombre.
Si voy a hacerlo, tengo que hacerlo ahora que no hay nadie.
Me meto a la boca el último pedazo de pizza fría que hay en una de las bandejas, y salgo disparada hacia mi habitación. ¿Qué tengo que llevarme? Me pregunto dándole una ojeada rápida a mi alcoba.
¿Ropa? No, no necesito más que mi uniforme de batalla. ¿Recuerdos? No, tampoco, voy a regresar a defender mi vida. ¿Silkie? No quiero lastimar a mi mascota que ahora se encuentra dormida en la cama. Llevarla sólo la pondría en peligro, además no creo poder…
—¿Starfire? —me interrumpen. Doy media vuelta, esperando encontrarme con un titán, hasta que recuerdo que sólo estábamos Silkie y yo en la torre, o al menos eso pensé. Quizás no quieren dejarme sola o simplemente no debo ser egoísta y sólo pensar que soy la única descansando aquí.
—¡Jerico! —le muestro una media sonrisa, no sé si tratando de disimular que estaba a punto de escapar, o porque realmente no puedo negarle una; este chico es tan dulce que su aura es como la luz de un sol pequeño y dorado.
Sus ojos grandes y verdes me miran con felicidad. Y sonrío aún más. ¿Esperen?... ¿Por qué estoy feliz si hace momentos estaba toda depresiva y negativa? Supongo que el poder de la comida es mucho.
—Robin me pidió que te entregara algo… —su sonrisa no deja de expresarse. Me hace un gesto con la mano para que lo siga y salimos al pasillo.
Me cuestiono con algo de intriga qué es lo que Robin me dejó. Una nueva medicina antidepresiva, un nuevo traje con localizador para no escapar de la torre, o un video muy tierno con animalitos hablando sobre lo especial que es la vida, con esos ojitos tan kawaii y sus vocecillas de niños, con cancioncitas tan alegres justo como la que va tarareando mi compañero rubio a quien sigo contenta por el pasillo.
Esperen…
Me detengo en shock cuando me doy cuenta de eso. Como no pude notarlo antes. El aire se vuelve frío bruscamente, y de pronto no puedo respirar. Su canción ahora la aprecio como tétrica, y va tan lenta que parece hacer compás con mi ritmo cardiaco.
"Cuando era pequeño su garganta fue cortada, lo que dañó sus cuerdas vocales". Escucho la voz de Raven en una de mis memorias. Y mi piel no puede erizarse más…
Jerico no puede hablar.
Me abalanzo hacia atrás de forma que apenas evito la cuchilla que iba dirigida a cortar parte de mi pecho y mi garganta. Caigo, con un golpe tan duro en mi espalda, que tardo en alejarme con ayuda de mis manos, arrastrándome de espaldas hacia la pared más cercana.
No puedo preguntar nada, pues cuando estoy a punto de hacerlo, los ojos de lo que sea que sea Jerico se transforman, no en los que se ven cuando usa sus poderes, esta vez son negros, sin púpila. Su piel, su cabello, todo se ha quedado opaco, sin colores presentes más que gris.
Ahogo un grito. Y un relámpago en mi cerebro me hace llevar mis manos a las sienes. Kole, Argenta, Gnarrk, y ahora Jerico. ¡Mi culpa, mi culpa, mi culpa!
—¡Corre!
No veo quién me empuja, pero observo un destello en medio del corredor. Me toman de la mano, y cegada por la luz, camino –más bien corro- siendo llevada casi a rastras. Mis ojos no se adaptan bien, pero un carcaj con flechas montado en el hombro de quien marcha junto a mí, responde a mi duda.
—¿Qué sucedió? —alcanzo a cuestionar, pero él parece no querer detenerse a platicar sobre lo sucedido. Sólo sigue buscando un lugar para estar a salvo.
Llegamos al living, y cuando se cierra la puerta automática atrás de nosotros, Speedy suelta mi mano y comienza a mover algo en la computadora. Yo me quedo tumbada de rodillas en las baldosas cubiertas de una especie de tela como tapete.
—Accesos bloqueados —escucho a la computadora responder.
—Torre titán hablando, ¿Titanes, me escuchan?
Lo hace repetidas veces, pero sólo la estática hace eco en nuestra sala. ¿Estamos perdidos?
Los golpes en la puerta me hacen perder los estribos y me sorprendo al escucharme gritar. Duele. Duele mucho. Speedy me toma de los brazos pero yo no dejo de cerrar los ojos. Algo me está lastimando, lo siento en la opresión del pecho.
—¡Oh, no!
Su exclamación me avisa que debería abrir los ojos, pero lo único que percibo es como dos figuras se reincorporan traspasando el suelo, tomando forma cuando ya están completamente en este salón. Una tercera lo golpea lanzándolo a una de las paredes de mi costado.
—¡Speedy! —grito desgarrándome más la garganta. Argenta lo golpea con uno de sus rayos, y mi amigo parece ya no moverse. Las lágrimas empiezan a amontonarse en las comisuras de los ojos.
Salto de mi posición pero alguien me agarra por el cuello, Jerico me sujeta con tal fuerza sobrenatural que puedo pensar que en cualquier momento me asfixiará. La obscuridad se abalanza por las orillas, tratando de llevarme a su lugar de origen, y alcanzo a percibir aquellas luces blancas debajo de nosotros, formando figuras extrañas. La intensidad es mucha, mis ojos arden, y mi cuerpo grita de dolor.
La carne parece desprenderse de mis huesos, mis pensamientos son tantos y tan diferentes, puedo escuchar muchas voces, incluyendo la mía; todas gritando cosas incoherentes, cosas que no entiendo debido otra vez a mis gritos.
El portal que se abre alrededor de nosotros se hace tan real que los cinco caemos a un vacío, a un hoyo obscuro, en donde el ensordecedor naranja que se muestra en las orillas me recuerda algo. Yo también tengo poder.
Ya no aguanto. Sean quiénes sean, ya no me harán daño. Mi fuerza vuelve a multiplicarse, y con una sensación de bienestar y poder fusionadas, me dejo envolver por los rayos de un sol inexistente en esa dimensión. La calidez me vuelve una completa desconocida, y desprendo toda mi desesperación en torno a mí.
Ellos se queman, se hacen cenizas, desaparecen los monstruos que me atormentan, y un aullido de dolor me parte los oídos. Sigo cayendo, no sé a dónde voy, ni por qué, pero el frío me pega en la piel, el aire se vuelve tan asfixiante y maloliente que termino cerrando los ojos ante una enorme carga, un gran cansancio, una profunda pérdida.
Las celdas son tan miserables, todas y cada una de ellas guardan a prisioneros, desde los más patéticos, hasta los más peligrosos. Algunos los reconocen, y tan pronto los ven caminando por los pasillos acompañados de guardias, comienzan a mirarlos con una cara de desagrado. Los odian, ellos tuvieron la culpa de que los encerraran en ese repudiado lugar.
Después de todo Los Jóvenes Titanes no son bienvenidos aquí.
Raven no parece inmutarse en lo más mínimo, sólo camina, tratando de contener esos nervios que se la comen por dentro por ver a tantas personas culpables. Tiene un poco de miedo, pues conforme más avanzan, el nivel de maldad aumenta. Sin sus poderes no se siente segura.
Llegan a otra sección de la prisión. Está más resguardada, y hay varios paneles diferentes. No miran alrededor, no hay alguna ventana, ni ninguna señal, todo está cerrado. No saben por qué los han llamado.
Robin va a la cabeza, parece ser que se ha guardado la información para él solo. Cyborg trata de no romper el silencio con una de sus bromas, no es el momento ni el lugar, además no está el chico verde que se reiría para disfrazar también los nervios que siente ante tal glaciar de situación.
Pasan uno, dos, tres cuartos; hasta encontrar un espejo de doble vista. Se detienen los tres Titanes por un momento. No pueden creer lo que están viendo. Una camilla en ese salón pequeño, y decenas de aparatos que conectan a una persona moribunda.
Si no fuera por el parche, creerían que es un anciano solamente. Se quedan boquiabiertos, asustados, con un gran hueco dentro de ellos, algo que absorbe esa seriedad, y la convierte en inseguridad, tristeza, y desconcierto.
¿Qué ha pasado?
Antes de poder digerirlo, los guardias les piden que entren, y cuando lo hacen, cierran muy bien la puerta. Ellos aun incrédulos se acercan, ¿cómo ha podido pasar eso?
—No dejen que continúe —la voz de Slade se oye tan vieja como su debilitado cuerpo. No parece haber envejecido cinco, seis años; sino unos 30. Su piel parece una hoja arrugada, y algunas quemaduras le dejan ver la carne roja de sus músculos. Algo malo sucede, piensan.
—Me engañó, la engañó a ella, y a todos ustedes —tosió con dificultad—. Mi hijo, Joseph, que no luche, no quiero que muera.
—Tienen que matarla —gritó, y abrió los ojos sorprendido, una punzada le recorrió el cuerpo, tembló como nunca, y su mano comenzó a sentirse pesada; un frío le recorrió la espalda, y con dificultad pudo ver como su piel se caía en pedacitos, como escarcha.
Ellos se quedaron tan perplejos y atemorizados como las autoridades, y un grupo de médicos entró de inmediato. No sabían qué enfermedad causaba eso. Pero lo que no podían soportar era ver cómo una persona se deshacía como una montaña de polvo.
Sus últimas palabras fueron una petición de muerte. ¿Irónico, no? Él era un mercenario, uno de los mejores, y ahora resultaba que les pedía a los héroes matar a alguien. Uno de los mejores, y resulta que terminó siendo el peón de alguien más.
