Ojos de Cristal
Nunca me había costado tanto levantarme. Ni siquiera en el fatídico día anterior. Sólo quería quedarme con la cabeza enterrada en la almohada, soñando, o no soñando nada. Tener la mente en blanco yno tener consciencia de mí misma. Sí, eso era lo que quería.
Pero la realidad, cruel realidad, me obligaba a tomar otro camino. Otro camino que implicaba levantarse, vestirse y partir un día más al tortuoso instituto.
La noche anterior, Martha había llegado un poco tarde, pero en compensación, había traído una docena de pastelillos.
-¿Y? ¿ Cómo fue? – preguntó ansiosa en cuanto estuvimos en mi cuarto. La habitación que tenía hora en casa de Richard, era un poco más grande que la que tenía con la abuela, pero bastante similar. Al menos, la cama miraba en el mismo sentido; hacia el norte. La decoración también me recordaba mi antiguo cuarto, porque era la misma, ya que había conservado la mayoría de las cosas. Incluso la anntigua lámpara de noche que me obsequiara la abuela, no recuerdo para qué ocasión, se encontraba en mi velador.
-Horrible- admití, engullendo un bocado considerable de pastel. Tenía un dulce relleno de manjar. No tenía la necesidad de mentirle a Martha, ni de fingir con ella. También había un montón de casa apiñadas en un rincón; la mayoría con libros, materiales y algunos objetos de decoración. Todavía no llegaba el día en el que despertara con el ánimo suficiente como para desembalar y acomodar todo. Incluso me quedaban un par de maletas sin desempacar dentro del clóset. Y también..., había otra cosa.
Richard había dcidido conservar mi antiguo piano digital después de todo. Ahora se encontraba embalado en otra caja, en el cuarto de invistados, al fondo del pasillo. Me dijo, desde el primer día que llegué, que podía sacarlo e instalarlo en mi cuarto. Pero no lo hice. No me atreví a hacerlo. Lo más probable, es que evitara a toda costa tener que poner la mano sobre un piano otra vez.
-No creo que haya sido tan malo. ¿La trataron mal? ¿Sucedió alguna cosa?
Negué con la cabeza, mientras masticaba.
-No sucedió nada. Todo el día fue una gran pérdida de tiempo.
-Pero en la escuela aprendes cosas – apostilló Martha.
-Pero, ya sé esas cosas.
-No te creas sabelotodo. Aún tienes mucho que aprender.
-Puede ser- concluí de mala gana- Aún así hay algo que no encaja. No soy capaz de congeniar con ellos.
-¿Por qué no? Tienen la misma edad.
-Son diferentes...sólo. Usan palabras extrañas, no comprendo lo que dicen...
-Vamos, no puede ser tan malo- mi amiga continuaba terca en su posición. Después de la abuela, Martha era la persona más sociable que yo conocía. Todo un polo opuesto a Richard.
-Lo es...ellos, gritan, chillan, no lo sé. Hacen de todo, menos decir algo coherente.
-No creo que todos sean así
-No lo sé..., como sea, no me molestaré en saberlo.
-¿Acaso piensas mantenerte alejada de todos?
-Si puedo- reconocí. Aún no veía la necesidad de fingir con Martha.
-Pero, Lizzie, no puede...
-Te equivocas- contesté- sí puedo. Sé que la única razón por la que Richard me obliga a hacer esto es porque quiere que desarrolle mis relaciones interpersonales. No le voy a dar en el gusto.
-Eso te haría bien.
-No necesito pasar por esto, soy bastante sociable- Martha me miró de reojo, como si no se atreviera a decirme que yo estaba equivocada. Tal vez lo estaba.
-¿Y desde cuando le entró lo rebelde? – preguntó con suspicacia, cruzándose de brazos.
-Yo siempre he sido rebelde...
-De seguro- se burló mi amiga soltando una risita.
-De veras..., yo..., yo compraré una moto- solté y Martha volvió a reír.
Puso los ojos en blanco.
-Ya veremos- había dicho.
Así, aunque tenía el espíritu de rebeldía muy dentro de mí, me vi forzada – otra vez- a atravesar por el portón forjado en negro. Mientras más miraba el entorno, más evidente se me hacía mi diferencia. Simplemente, yo no pertenecía ahí.., no era como ellos. Y lo peor de eso, es que era más que una simple percepción..., mucho más que eso. Intenté disipar las ideas que comenzaban a formarse nuevamente en mi cabeza. Tenía que ser capaz de apartarlas.
Las clases de la mañana, continuaron con igual monotonía y una que otra cosa rescatable. Destacaría que en matemáticas, el señor --- me interrogó dos veces y contesté correctamente a sus preguntas. Además, me saludó al entrar yo al salón,esta vez a tiempo. Seguramente, ya se había dado cuenta con la clase de persona que estaba tratando.
En clase de lengua conocí a un chico, bastante simpático por lo demás. Se llamaba Steve, y la profesora de lengua me lo asignó como pareja para la actividad que debíamos hacer en clase, algo de sintaxis. Fue demasiado fácil, pero debo reconocer que él aportó tanto como yo.
Y también, debo admitir que por un momento, llegó a hastiarme su compañía. Steve era de esas personas que llenan todos los huecos con palabras. A lo mejor, por eso sintió simpatía por mí; yo no hablaba mucho. Más bien, escuchaba, y parecía que a Steve le agradaba que lo escucharan. Si no, supongo que no hablaría tanto.
-Niles..., Niles- decía con gesto pensativo - ¿debería sonarme?
-No..., no creo – admití. Sabía que la abuela era algo conocida, pero nunca tanto.
-Hum, sé que lo tengo en alguna parte..., en la punta de la lengua. Algún día lo recordaré- me sorprendió ver que Steve me sonreía, curvando sus finos labios hacia arriba. No se comportaba como el resto de los chicos conmigo..., de hecho, tampoco se parecía a ellos, ni en la manera de hablar ni en la vestir. Llevaba el cabello rubio cuidadosamente separado en un partidura y acomodado con laca apegado a la cabeza. Tenía un par de pecas sobre la piel blanca y vestía una polera de piqué celeste. A diferencia del resto, también, calzaba zapatos en lugar de tenis. En realidad, si se tratara de una mujer, Steve parecería una muñeca de porcelana fina.
Fuera por la razón que fuera, Steve estaba siendo simpático conmigo, y él me agradaba..., por lo menos, más que los demás. Por ese motivo, no me pude reprimir de volverle la sonrisa.
Otra cosa particular de Steve, era el hecho de que hablara demasiado. Incluso en la clase de lengua, donde hablábamos con murmullos se las arreglaba para seguir parloteando rítmicamente todo el rato. Cada vez que yo respondía, el lanzaba una contra respuesta diez veces más larga que su propia pregunta.
Ah, sí. También era él el que hacía todas las preguntas.
--No sé que va mal con mi memoria, creo que tengo algo- continuaba al ver que yo no decía nada- pero no con las materias, no..., eso es fácil. Desde el jardín de infancia que me suele ir bien, ¿a ti te va bien? Porque me gusta estar con gente inteligente, ya sabes, pero no se qué tengo en la memoria. Mi madre dice que es porque no como pasas. En casa todo comen pasas. Incluso, compran de cien a quinientos gramos cada semana en el mercado. Una vez, mi madre intentó que comiera ofreciéndome un...
Steve nunca se detenía. A ratos lo escuchaba, a ratos no, pero..., era increíble lo bien que me hacía su compañía. Al concentrarme completamente en lo que él decía, al aferrarme únicamente a eso, ya no había motivos para que mi mente divagara en otra cosa..., cosas más dolorosas. En otras palabras, Steve era un complemente ideal para mí. Me alegré de que nos correspondiera la clase siguiente, la de ciencias, juntos también.
En aquella clase no pudimos hablar tanto, en parte porque nos sentábamos un poco apartados, y también porque yo no me sentía muy bien. En medio de la clase, comenzó a revolvérseme el estómago. Creí que era algo controlable, hasta que comencé a marearme en serio. Un nerviosismo interno se extendió desde la boca del estómago hasta el resto de mi cuerpo atrofiándolo, haciéndolo estremecerse. Los ojos comenzaron a arderme.
-¡Examen sorpresa!- había exclamado el profesor de ciencias, el señor Biel, de una manera jovial, mientras comenzaba a repartir las pruebas en la primera fila. Oí un sonido que revoloteó entre los alumnos, una manifestación de descontento y me aturdió los oídos.
-¿Estás bien?- preguntó mi compañera de adelante. Al parecer, se había percatado de mi posición, con la cabeza y los brazos tirados sobre la mesa.
-Sí- dije, apenas. Sólo quedaba algo más de media hora. Daría la prueba y luego, en el almuerzo, podría ir al baño.
-¿Estás segura? Estás llorando- continuó la muchacha sorprendida. Le dijo algo a su compañera y ahora ya eran dos que me miraban con semblante preocupado. Entonces, el señor Biel pasó junto a ellas, y dejó una hoja frente a cada una.
-¿Qué sucede?- preguntó al verlas volteadas hacia atrás.
-Creo que no se siente bien- respondió una de las chicas. No supe si fue la primera, o la segunda, porque tenía el rostro enterrado en mis brazos. Había descubierto que si mantenía los ojos cerrados, me mareaba menos.
-Señorita..., señorita, míreme- los maestros no estaban hechos para ser sensibles. Ellos no tenían tacto.
Haciendo acopio de mi autocontrol, levanté el rostro y me encontré con cuarenta más mirándome fijamente. Casi toda la clase se había volteado para ver.
-¿Se siente mal? ¿Está enferma? – preguntó el maestro, de pie junto a mí.
-Necesito...-fue todo lo que alcancé a decir, porque en ese momento, vi a Steve llegar hasta mi lugar.
-Creo que lo mejor será llevarla a la enfermería, si me permíte profesor.- intervino él.
-Estamos en prueba
Vi cómo Steve levantaba una ceja, como si hubiera algo de sarcasmo en su intención.
-Está bien, pero dese prisa. Saber cosas no sirve de nada si no cuenta con el tiempo. La deja y vuelve.
Entonces, sentí cómo los brazos delgados de Steve me ayudaban a ponerme de pie, y me sacaban a paso lento de la sala. Genial, seguramente, toda la clase había presenciado mi penoso episodio. Una vez que estuvimos afuera, y sentí la puerta cerrase nuestra espalda, me digné a hablar.
-Necesito..., que me lleves al baño
-¿Qué? No, vamos a la enfermería.
-Necesito ir- insistí
-Sigo creyendo que la enfermería es más segura. La señora Clarke te atenderá.
Steve inspiró aire y comenzamos nuestro camino hacia el primer piso, donde se hallaba la enfermería. Reuní toda mi fuerza de voluntad para no vomitar su fina polera celeste. La parte de la escalera, fue la más difícil, y tuve ayudarle un poco. El sabor de la mermelada del desayuno, el pescado de la cena y los pastelillos de Martha se me repetían en la boca, con un sabor agridulce, asqueroso.
Parecía que nunca íbamos a llegar, hasta que escuché que Steve hablaba con otro chico. No veía nada más, aparte del suelo. En realidad, todo el trayecto había estado mirando sólo el piso, recubierto de flexi color crema y salpicado de motas cafés. Era como el helado de crema con trozos de chocolate. El sólo recuerdo de comida me hizo sentír nuevas náuseas y me quejé. ¿Por qué demonios Steve no podía llevarme al baño y ya?
-¿Qué le sucede? – preguntaba la voz del otro chico. Aquello, apenas pude determinarlo, porque su voz era tan..., poco común. Era profunda, pero fina y agradable a la vez. Por un momento, me recordo a...
-No siente bien, se descompuso en clases. La traigo a la enfermería – respondía Steve.
-Bueno, siento que la señor Clarke no se encuentra ahora mismo. Salió a tomar colación. – la voz ajena y nueva pronunciaba cada palabra con precisión. Quise saber de quién se trataba, pero no fue capaz de subir la cabeza. Entonces, Steve murmuró algo inaudible, y luego me guió hasta las frías sillas de espera. Me dejó caer en una y me recliné sobre el estómago.
-Pero, ¿no es que vuelve a las una y media? – decía Steve, más lejos de mí.
-Son la una y cuarto
-Ah, Dios...- se lamentó mi amigo- tengo que volver ahora mismo, tengo examen. ¿Cree que podría...?
-Por supuesto, no hay problema.
-Gracias.- oí que decía Steve- Y luego dirigiéndose a mí- tengo que volver, lo siento. La enfermera llegará pronto.
Quise decirle que estaba bien, que no se preocupara demasiado, pero no fui capaz de hablar. Sentía que si abría la boca, no saldrían precisamente palabras. Luego, sentí los pasos presuroso y rítmicos de Steve alejarse hacia la derecha por el corredor.
Inspiré y el olor del ambiente me produjo renovadas y más intensas náuseas. Me apreté el abdomen, como si eso sirviera de algo para reprimir la sensación de malestar y me quejé.
-¿Te encuentras bien?- preguntó la voz desconocida junto a mí. Me sobresalté al oírla, ya que estaba demasiado cerca, casi junto mi cabeza, y no había oído nada que me advirtiera de su cercanía. Supuse que mis sentidos comenzaban a aturdirse también.
-Necesito ir al baño- le rogué en cuanto pude hablar- ahora.
-¿No puedes aguantar?- me preguntó con preocupación, pero lo único que hice para responderle, fue quejarme nuevamente.
-Esta bien- escuché que murmuraba, como si no estuviera muy contento con la idea que acababa de formular. Entonces, alzó mis brazos tras su cuello y me cogió por la espalda. Sentí que nos estábamos moviendo, muy a prisa. Oí cada uno de los pasos que él daba sobre el suelo de flexi, rápidos y seguros. Sus manos no vacilaron en ningún momento, ni flaqueó ante mi peso..., como si yo pesara mucho.
De pronto, la marcha se vio interrumpida y distinguí una voz femenina. Sonaba preocupada, sorprendida..., o una mezcla de ambas.
-¿Qué le sucede? – preguntó.
-La llevo al baño, dile a la señora Clarke que se dé prisa...
Enseguida continuamos la carrera. No me atreví a abrir lo ojos, por temor a marearme aún más que por la simple sensación de movimiento. Me aferré con ambas manos al cuello de su camisa, con el sólo deseo de no tener que arruinarla si no podía controlarme. Hubiera sido una fea mancha.
Al fin, llegamos al baño, y sentí cómo mis rodillas entraban en contacto con el frío piso. Cuando abrí los ojos, ya estaba inclinada sobre el váter..., y lo demás fue historia. Tal y como había predicho, no quedó absolutamente nada en mi estómago. Creo que esa fue la vez más traumática para mí, aunque siempre lo era. Desde pequeña me complicaba cuando sentí que ya no podía respirar, a causa del vómito y comenzaba a desesperare, a toser frenéticamente y a perder el control.
-Mantén la calma- dos grandes manos me apartaron el cabello del rostro, y lo sujetaron en mi espalda.
Confieso que me creía sola en el cuarto de baño, porque no creí que el sujeto se aatrevería a entrar al baño de damas conmigo. ¿O era el de hombres?...., Imposible determinarlo. No en ese estado.
Abrí los ojos desmesuradamente, y clavé la vista en la lisa pared del baño. Aferré una mano a la puerta, y la otra a la taza de porcelana, mientras continuaba inclinada sobre el váter. Una nueva oleada subió por mi garganta y presioné la porcelana con más fuerza, sin mediarla. Entonces, a causa de la presión, la base del váter cedió y se corrió varios centímetros a la derecha, lo que produjo un ruido sordo. Luego, vino un silecio sepulcral. Había olvidado controlarme, y olvidé que no estaba sola. La angustia me invadió y comencé a toser nuevamente.
-Calma..., calma- era todo lo que repetía el sujeto a mi espalda. De cierta forma, me infundó confianza..., primero, porque no parecía haber notado mi pequeño descuido y segundo porque sabía que tenía el apoyo de alguien cerca. Recordé los días de mi infancia, cuando me enfermaba de alguna indigestión, y Martha se desvelaba conmigo en las noches, a mi lado, cuidándome.
En ese entonces, era ella la que sujetaba mi cabello y la que me decía que todo iba a pasar pronto y que estuviera tranquila. Tal vez, fue ese recuerdo el que me dio el valor que necesité para detenerme y encontrar mi autocontrol nuevamente. Caí en la cuenta de que las lágrimas se me desbordaban por los ojos y que el cuerpo me temblaba y pesaba por igual. Estaba jadeando, a causa de la agitación.
-Eso es..., debes tener calma- habló la voz a mi espalda.
-Gracias- dije apenas, mientras difería un espeso trago de saliva. Era amarga, como la bilis.
La puerta se abrió de golpe, y oí los pasos freneticos de los tacones sobre el piso. Venían hacia mí.
-¡Ay, por Dios! – dijo la mujer - ¿pero que ha sucedido?
-Sólo ha vomitado
En ese preciso momento, las manos dejaron de sujetar mi cabello, y sentí como se alejaban de mí.
-Cielo, ¿cómo te sientes? - farfulló la mujer, quien supuse sería la enfermera.
-Mareada..- respondí. Mi voz sonaba tanto raposa como pastosa, y me ardía la garganta.
-¿Crees que puedas ponerte de pie? – preguntó una segunda mujer, poniendo su rostro frente a mí, para que pudiera verla. A pesar de estar mareada, pude distinguirlo con claridad. Era una mujer joven, de cabello castaño y labios intensamente rojos. Tenía una dulzura impresa en el rostro y en la voz.
Asentí. Fue toda mi respuesta.
-Te llevaremos a la enfermería y llamaremos a tus padres- me dijo ella, y luego sentí como ambas mujeres me cogían por los brazos y me impulsaban hacia arriba. La joven se quedó quieta, para que la otra pudiera girar en dirección a la salida. Entonces, lo vi..., y sentí un impacto tan inmenso como sólo había sentido una vez en mi vida. Una vez, que no quería recordar.
El hombre que tenía frente a mí era..., indescriptible, como sólo lo eran unos pocos. Tenía la piel blanquecina, con un ligero tono rosáceo, y el cabello tieso orientado hacia el lado izquierdo, de un color entre rubio y cano, deslavado o ceniciento. Los ojos grandes, me observaban con ansiedad, pero me vi obligada a volver a mirar al suelo. Eran demasiado claros, demasiado transparentes..., demasiado puros, como si estuvieran hechos de cristal. No fui capaz de recordar si acaso tendrían algún color en especial.
Las enfermeras me guiaron hasta la salida, y desde ahí comenzó la tortuosa marcha hasta la enfermería. La joven se adelantó para abrir la puerta, y luego volvió para ayudar a llevarme hasta la camilla. Una vez ahí, posó una suave mano sobre mi frente.
-¿Sientes frío?- preguntó con dulzura. Moví la cabeza d eun lado a otro, a modo de negativa. En eso, la señora Clarke, arrojó una frazada sobre mí, la cual me cubría hasta el mentón.
-¿Sientes alguna otra cosa?
-No
-Tomaré tu temperatura, ¿está bien? – la enfermera joven colocó un pequeño termómetro en mi lengua y en menos de lo que creí, lo quito. La sorpresa invadió su rostro en cuanto vo la lectura.
-Señora Clarke- llamó con voz nerviosa- ¿es esto posible?
La vieja enfermera se inclinó sobre el termómetro, ajustando sus gafas.
-Estas porquerías- masculló- les dije que necesitábamos renovar los implementos. Seguramente esta fallado.
-¡Pero está helada! –protestó la enfermera joven, haciendo que la señora Clarke me tocara la frente por sí misma.
-¿Segura que no tienes frío? – preguntó, con extrañeza en la ronca voz.
-Estoy segura
Enseguida, se inclinó bajo la camilla para sacar otra manta y me la arrojó encima. El peso de ambas colchas me molestaba bastante.
-¿Hay alguien en tu casa a esta hora? – me preguntaba mientras la joven
-Sólo la empleada.
-¿Quieres que llamemos para que vengan por ti?
-No..., estaré bien- intenté parecer lo más segura y estable posible. No quería que Richard ni Martha se enteraran de esto. Seguramente, creerían que no era más que un berrinche...,sobre todo Richard.
-Esta bien...
Me dejaron sola unos minutos, y tuve oportunidad de examinar mejor el ambiente. Las paredes eran igual que el resto del instituto, de color crema y frente a la camilla había una alto armario de puertas blancas. Había una ventana junto a mí, pero las persianas estaban bajadas. Junto al armario, había un lavamanos en forma de óvalo, y un dispensador de papel empotrado en la pared. La luz blanquecina que pendía sobre mi cabeza y el olor a alcochol me recordaron mis días en el hospital. Me parecía increíble que hubiera estado tan mal hace tan sólo unos meses...,
De pronto vi a Carlisle a mi lado, hablándome, contándome algunas de sus experiencias en el hospital. Su paciencia al hacerme compañía era infinita y sus gestos amorosos. No sé cómo fui capaz de sumirme tanto en aquel sueño, porque no deseaba hacerlo..., de niguna manera. Pronto, ya no me encontraba más en aquel pequeño cuarto de instituto.
Para mi fortuna, la señora Clarke volvió pronto- o eso creí- con una taza humeante en las manos. El ruido de sus tacones sobre el suelo me despertaron y me maldije en cuanto me di cuenta en lo que había estado soñando. Pestañeé varias veces, para enfocar la vista y desesperezarme del todo.
Me tendió la taza. Era un infusión de hierbas que juraría estaba por sobre los cien grados celsius y que me hizo beber a sorbos. Tenía un predominante sabor a menta y manzanilla...y mucha azúcar. Rogué para que mi estómago no la rechazara. Bebí hasta el último sorbo sin chistar y la enfermera pareció satisfecha.
-Creo que has soportado bien la infusión..., ahora veré si puedo darte algo para los vómitos- dijo ella, dejando la taza a un lado y dirigiéndose hacia el armario. Lo abrió de golpe y comenzó a buscar algo entre la infinidad de fármacos. Cuando encontró lo que quería llenó la taza con agua del lavamanos y volvió hacia mí.
-Abre la boca- dijo y obedecí. Puso una cápsula blanca y ovalada sobre mi lengua, y luego me puso la taza sobre el labio.
-Trágatela- dijo- esto te ayudará.
Una vez más le obedecí y con un gran sorbo me tragué la pastilla.
-¿Puedo irme ahora? Me gustaría volver a clases.
-Oh- rió la señora Clarke- ¿volver a clases, has dicho?
La miré extrañada.
-¡Las clases han terminado!
-¿Qué? – no podía creer lo que aquella mujer me estaba diciendo. ¿Cuánto tiempo había estado divagando mi mente lejos de allí?
-Me quedé dormida.
-Lo sé, cielo.
-¿Qué hora es?
-Las clases terminaron hace media hora.
-¡Media hora!
-Relájate- insistió ella- no te aflijas. No creo que en tu casa se preocupen tanto si tardas un poco.
La señora Clarke tenía razón. Richard llegaba recién a las ocho y media, y la señora Perry no tenía un especial afecto por mí que digamos. De hecho, no creía que lo tuviera por nadie.
El día anterior, Richard había hecho una excepción, pero sólo fue por ser el primer día. Esa mañana, durante el desayuno, me había dejado bien claro que tendría que aprender a usar el transporte público para volver de la escuela.
-¿Puedo irme? – volví a preguntar.
-Por supuesto
De un tirón, me quité las pesadas mantas, arrojándolas hacia delante. Estas cayeron perfectamente dobladas la una sobre a la otra el pie de la camilla. Sentí los ojos como platos de la señora Clarke ir desde mí, hasta las mantas dobladas y viceversa. La ignoré y le dí las gracias, apresurándome en salir de aquel pequeño cuarto, agradeciendo no sufrir de claustrofobia.
Cerré la puerta tras de mí, encontrándome con un pasillo bastante despejado. Algunos estudiantes iban de un lado a otro, pero eran los menos. Intenté recordar la última clase en laque había estado...para recuperar mis cosa. Había estado en ciencias, en el segundo piso..., horror. Me giré para dirigirme a las escaleras cuando algo me detuvo.
-Eliza...
Me giré lentamente. Por lo que sabía, sólo Steve y alguno de los maestros sabían mi nombre.
En las bancas de la enfermería, estaba sentado el joven de cabello ceniza y ojos claros. Tenía mi bolso sujetado con ambas manos sobre el regazo.
-Tus cosas- dijo tendiéndome el bolso. Me acerqué con cautela para cogerlo, porque sus ojos me intimidaban demasiado. Era como si al mirar dentro de ellos..., mirara a través de una ventana, una ventana que daba hacia algo que no quería ver. Sus ojos encerraban tanto misterio, que incluso llegué a pensar que tras ellos se ocultaba algo oscuro. Qué irrisorio.
-¿Cómo..., cómo sabes mi nombre? – pregunté con voz grave mientras me colgaba el bolso al hombro. Era un apregunta estúpida, un tanto trillada, pero al fin y al cabo necesaria.
-Bueno – el joven se puso de pie, soltando una risa encantadora mientras se encogía de hombros- lo pones en todos tus cuadernos.
-Cierto...-mascullé. Ahora me arrepentía de tener esa costumbre infantil. Pero...,¿por qué demonios me arrepentía?
-¿Cómo te sientes?
-Bien..., quiero decir, mejor..., gracias.- respondí mirando hacia el piso. Me molestaba particularmente lidiar con gente que fuera más alta que yo, y el sujeto me sacaba por lo menos dos cabezas. De cierta forma, me sentía inferior.
-No hay de qué. Sólo espero que te recuperes del todo.
-Gracias..., otra vez- me mordí en labio. No estaba acostumbrada a andar dando las gracias..., y menos dos veces en un mismo día y a la misma persona.
-No hay de qué- respondió de manera divertida y me hizo curvar los labios, al borde de un sonrisa.
-Debo irme, no quiero preocupar a nadie...- lo sorteé pasando a su lado y me encaminé hacia la salida.
-Espera, ¿te vas sola?
-Sí – contesté como si fuera algo evidente.
-No puedes..., aún estás mareada, se te nota al caminar.
-No es nada...- contesté y continué caminando, pero entonces él se colocó frente a mí, cogiéndome suvamente por el brazo.
-Yo te llevo
-No es necesario – intenté zafarme de su mano, avanzando, pero me fue imposible. Volvió a detenerme.
-Insisto- dijo con voz grave. Le miré a los ojos, para escrutarlo con la mirada y desafiarle, pero fue una mala idea. Una vez más me vi abatida.
Cerré los ojos, para despejarme la mente y luego centré toda mi fuerza en el brazo derecho, por el que me tenía sujetada. No me costó nada quitármelo de encima. Estos eran los momentos en los que agradecía que un ser sobrenatural hubiera depositado algo de su genética en mí..., aunque fuera de una forma bastante poco convencional. Miré al joven por el rabillo del ojo; ni siquiera se mostró sorprendido por mi exhibición de fuerza. No podía simplemente no haberse dado cuenta.
-Te hice un favor, me debes un favor..- continuó, atravesándose en mi camino. Comencé a dudar seriamente del interés de aquel sujeto. Estaba insistiendo demasiado y no podía imaginar sus motivos.
-Te lo agradecí
-Pero me sigues debiendo un favor- sonrió él. Pero algún motivo desconocido, aquel sujeto estaba decidido a retenerme, y estaba usando sus juegos de palabras para lograrlo.
-¿Qué quieres? – le desafié, más mis desafíos no lo parecían, a causa de mi bendita falta de autoconfianza.
-Que me dejes llevarte a casa.
-Pero entonces tú me estarías haciendo un favor a mí – le expliqué, aunque no acababa de comprender sus motivos– no al revés.
-Velo de la forma que quieras..., eso es todo lo que pido- el joven insitía en su petición- Mi auto esta afuera, no hay problema.
Miré por los ventanales de la puerta. Afuera, el sol quemaba como un condenado, rebotando en las superficies opacas del aparcamiento, otorgando a todo lo que tocaba una tonalidad cándida. Un escenario bastante desalentador, considerando que eran varias calles y cuadras hasta el condominio de Richard.
-Está bien- me vi prácticamente obligada a aceptar su ofrecimiento. Además, así dejaría de deberle el favor.
Si después de eso, insistía en perseguirme, comenzaría a sospechar.
El joven me tendió una mano, claramente en señal de que le devolviera el bolso. Lo hice, no sin algo de reticencia y le seguí a paso lento hasta el estacionamiento. Tampoco parecía que él tuviera apuro alguno.
-Entonces..., ¿eres nueva? – preguntó mientras caminábamos, cargando mi bolso sobre su hombro.
-Sí..., creo que es bastante evidente.
-No, no lo digo por eso. Llevo bastante tiempo aquí y no te había visto antes, tampoco en los alrededores.
-Hablas como si conocieras mucho
-De hecho, sí- reconoció, con cierto tinte de orgullo en su voz. Pronto no acercamos a un coche color índigo. Una rápida ojeada a la placa me indicó que se trataba de un BMW. El joven se adelantó para abrirme la puerta del copiloto, espero a que me acomodara, me ayudó con el cinturón, puso el bolso en mi regazo y cerró la puerta. Dio la vuelta por el frente del coche y pude fijarme más en su fisonomía. Tenía una espalda ancha, pero no en demasía. Pronto estuvo en el asiento de junto y echó a andar el auto. Dio marcha atrás y se encaminó a la salida. Me llamó la atención la actitud del portero.
-Buenas tardes, señor Craven – se había despedido luego de abrir el portón de salida. Cuando estuvimos en la calle, no pude evitar preguntarle su nombre.
-..., ¿cómo te llamas?
-Este..., David- dijo como si estuviera muy seguro de revelarlo, y no quitó las manos del volante. Lo ignoré por un momento, y miré por la ventana. Era la misma imagen del instituto que tenía del día anterior, desde el coche de Richard, sólo que ahora, estaba iluminado por el sol.
