Un par de días después de haber zarpado, se encontraban en la isla que Gio había recomendado para abastecerse antes de llegar a Isla Victoria. Lo que jamás imaginaron, era que aquella pequeña isla que apenas si figuraba en el viejo mapa que tenían a bordo, era una isla monstruosa, donde convergían algunas rutas marítimas. Unos kilómetros antes de la costa, podían verse las boyas y el faro que indicaba que se estaban acercando a un puerto enorme. Los navíos comenzaron a aparecer desde los distintos puntos cardinales como hormigas, junto a diferentes banderas de los cuatro Blues y del Grand Line. Umi miraba anonadada desde la proa mientras Ryu observaba fijamente el panorama desde la torre vigía, con un mal sabor de boca. Tener tanta gente alrededor no era bueno, al menos no ostentando una bandera pirata.

Un barco de la Marina se alzaba entre los demás, amarrado a varios metros de la costa, seguramente por su gran calado no podía ingresar al puerto. Era un barco insignia, y Mitty y Rabí podían saberlo porque conocían a la perfección su historia, narrada por la boca de su padre: era el famoso barco de Monkey D. Garp, con su inconfundible mascarón de proa, ostentando un perro sosteniendo un hueso.

─ ¿Por qué está un barco insignia de la Marina en esta isla? ─ se preguntó a si mismo un incrédulo Gio, que no comprendía para nada la situación. Sabía que no podía ser que aquella pequeña isla fuera un punto sin importancia en el mapa del East Blue, pero jamás se le pasó por la cabeza que fuera un sitio tan importante. Marisol, que se había mantenido bastante al margen de cualquiera de las situaciones que se daban a bordo del Sea Mystery, por primera vez se acercó a la barandilla, quedando en medio del navegante y la Capitana.

─ Es el barco en el que viaja el Almirante Coby ─ afirmó con seriedad y seguridad. Todos voltearon a verla. ─ Aquí está sucediendo algo importante ─ dijo, mirando fijamente el navío. ─ ¿Están seguros de desembarcar? ─ preguntó ladeando la cabeza hacia Umi.

─ De cualquier forma ya nos vieron ─ comentó Gio, retirándose de la barandilla y dando media vuelta. Los mellizos estaban pálidos y Sora encerrado en la cocina. ─ No creo que tengamos problemas ─ señaló a lo lejos un barco un poco más grande que el de ellos, también con una bandera negra. ─ Hay más piratas por aquí, y no los está echando

─ Tienes razón ─ Umi sonrió y estiró las manos hacia arriba. ─ Desembarquemos en puerto y vayamos a comer

─ Umi ─ esta vez fue Rabí el que habló ─ creo que deberíamos hacer algo para conseguir dinero ─ estaba serio y con la frente sudada.

─ Ya casi no queda nada de lo que juntamos ─ aclaró Mitty, con el mismo semblante que su hermano. Marisol volteó.

─ Tengo una idea ─ dijo. ─ Siempre me he ganado la vida bailando ─ Gio la miró. Era cierto, él la había visto bailando en las calles de Mattre, y ciertamente no lo hacía nada mal. ─ Si todos colaboramos podríamos juntar más que unas cuantas monedas ─ fue muy evidente lo que quería decir. Mitty y Rabí sonrieron y se cruzaron de brazos, apoyándose el uno con el otro.

─ ¡Muy bien! ─ dijeron al unísono.

─ ¡Isla desconocida! ¡Allá vamos!

Ryu había escuchado todo desde su puesto. No creía lo que oía. ¿Iban a robar? Estaban completamente desquiciados. Pero, después de todo, eran piratas. ¿Qué otra cosa iban a hacer más que eso? Bufó y se sentó en el suelo. Pronto estarían entrando en puerto y todos los mirarían de arriba abajo. Sintió cuando los aparejos se movían y supo que alguien estaba subiendo. Rogaba que no fuera Gio ni Umi, no soportaría a ninguno de los dos en su estado.

─ Ya casi estamos entrando en puerto, deberías bajar ─ la voz de Mitty tranquilizó su nerviosismo.

─ Lo sé ─ estaba muy cabreado, ella se acercó.

─ ¿Qué es lo que te sucede? ─ preguntó y se agachó junto a él. ─ Siempre estás solo ─ Ryu no contestó. ─ ¿Escuchaste lo que planeamos hacer? ─ preguntó después de un incómodo silencio.

─ Están dementes ─ masculló. ─ Ni pienses que los voy a ayudar ─ sentenció y Mitty sonrió aunque él no pudiera verla.

─ Está bien ─ se puso de pie. ─ Te veo abajo

Tres horas más tarde, tras haber pagado las tasas en puerto y haber jurado no armar jaleo ante algunos empleados ─tarea de Rabí─, estaban paseando por el centro de la próspera ciudad de Cabo Rojo, un puerto nuevo que solía ser una pequeña y retirada villa de pescadores, cuya reputación creció después de que los piratas dejaran las aguas.

Los rumores que esparcían los tenderos eran de una tonalidad y ambigüedad muy variada. Mitty se había encargado, hábilmente, de recolectar algo de información para prepararse a encarara la misión que tenían ese día en esa ciudad: juntar dinero para abastecerse. Cabo Rojo era famosa por la Fiesta del Gladiador, dedicada a un gran torneo de pesca de pez espada, a la cual concurrían desde hacía algunos años, masivamente, pescadores de todo el East Blue y otros mares, incluido el Grand Line.

Aquella gran Fiesta se avecinaba y los pescadores comenzaban a aglomerarse en la villa, compitiendo no sólo por la mejor pesca, sino por el mejor alojamiento durante los diez días de duración de la competencia.

Mitty y Rabí se habían escurrido entre la gente para captar audiencia para la presentación que haría Marisol durante el atardecer, en la plaza principal de la ciudad, que se ubicaba justo en medio. Allí era donde todo el mundo estaba, perecía un hervidero. Junto a la fuente que representaba a un enorme pez espada, había montado un escenario, seguramente para el festejo. No hubo necesidad de que los mellizos crucen palabras para que comprendieran que aquella era su mejor oportunidad: un escenario vacío, cientos de personas y bastante alboroto. Sonrieron y volvieron a escabullirse, así podrían ir por Umi y los demás, y ubicarse estratégicamente siguiendo el plan trazado.

Al rato, Marisol se preparaba para subir al escenario medio prestado, medio robado. La gente, viendo los movimientos extraños de la tripulación ─que se hacía pasar por acompañantes de la artista─, se aglomeraba junto al escenario, peleándose por el mejor sitio para ver.

Ryu, que había decidido no participar en esa locura, los observaba desde lo alto de un árbol, al que se había subido sigilosamente, mientras era alabado con asombro y admiración por unos cuantos niños. Bufó y se tumbó sobre la rama. No tenía caso mirar nada de lo que hicieran sus compañeros, y menos que menos decirles algo. De cualquier forma Umi haría lo que le diera la gana. Lo que el espadachín no se esperó para nada, era que el sonido de algunos instrumentos folklóricos comenzara, con una melodía delicada, de percusión y cuerdas. Abrió los ojos lentamente y vio cómo Marisol comenzaba una danza típica del East Blue, siendo acompañada por un par de fulanos que tocaban unos tamboriles y una guitarra. La gente continuaba empujándose para llegar junto al escenario. Fue entonces donde las dudas comenzaron a llenar la cabeza de Ryu. ¿Por qué nadie iba a sacarlos de aquella estructura?

Sólo faltaba que pensara aquella pregunta para que una media docena de hombres ataviados como policías aparecieran. Ryu afinó los ojos, aquello no pintaba bien, más conociendo a su capitana. Vio cuando aquellos hombres se posicionaban estratégicamente en la plaza, y también notó que ellos no hacían absolutamente nada. Arrugó más el entrecejo, estaba seguro de que eso olía a problemas.

Mitty estaba haciendo lo que mejor sabía hacer: robar. Y era algo de lo que se enorgullecía, por más terrible que pareciera. Después de todo, ella era pirata, ¿qué se podía esperar? Se metía entre la gente, sonriendo y alentando a la bailarina, mientras se acomodaba el jardinero de gabardina marrón o las mangas de la blusa blanca que apenas le cubría el torso, ya que la llevaba atada sobre el ombligo. Giró sobre si misma cuando creyó que iba a desfallecer. Se encontró cara a cara con un rostro que no tenía intensiones de continuar viendo: un marine. Hizo una pequeña reverencia acompañada de una mínima sonrisa y se escabulló entre el público enardecido tras los movimientos de caderas de Marisol, que a propósito se había puesta mucho menos ropa que la habitual ─que era mucho decir─. El pareo floreado atado en las caderas dejaba entrever la fina bikini colorada. El busto estaba apenas cubierto por el sostén rojo con flecos que bailaban al compás de los tamboriles. Llevaba el cabello suelto sobre la espalda y andaba descalza, ostentando sus anillos y tobilleras, que repiqueteaban.

El Marine, alto, robusto, de unos cuarenta años, con el cabello largo, azul, atado en una coleta alta; ostentaba una radiante e inmaculada capa de Capitán, acompañada de una asquerosa sonrisa sobradora. Miraba con lujuria las caderas, el abdomen y los senos de Marisol, mientras se relamía y se acercaba al escenario, empujando a la gente que se interponía entre él y su objetivo. Umi, que justo en ese momento se acercaba a la escalera del lateral, paró en seco al reconocer a aquel sujeto indeseable. Era el mismo que amenazaba a aquellos hombres de azul, y el mismo al que echó a patadas en el culo. Y salió corriendo luego.

Apretó los puños y los dientes y miró de reojo a Marisol, que aún bailaba al compás, completamente ignorante de quién era aquel que ya estaba prácticamente sobre el escenario. Umi cerró los ojos e intentó concentrarse para lograr hacer algo con su habilidad, de forma de incomodar al tipo y que se fuera, pero no logró hacer nada. Chasqueó la lengua y decidió hacer lo que debía hacer. Dio unos cuantos pasos y, tomando al Marine por el hombro, lo volteó con una fuerza desconcertante.


Calm Belt

Nami estaba sentada sobre una manta en el césped de la cubierta. Se asoleaba con una bikini amarilla. Traía el cabello recogido, sus gafas de lectura, un sombrero con una copa amplia y un libro sobre navegación. Estaba tan concentrada en la lectura que no notó cuando Ren se sentó junto a ella, con sendos vasos de jugo de mandarina.

─ Nami ─ dijo, con duda. Aún no los conocía bien, pero podía saber que ella era uno de los pilares de la banda. Eso sin contar que era la mujer del Rey de los Piratas. La aludida volteó con sorpresa y los lentes se resbalaron por su nariz hasta quedar en la punta.

─ ¡Ren! ─ se quitó los lentes. ─ ¿Qué haces? ─ dijo sin pensar y la otra mujer se ruborizó.

─ Pensé que quizá querrías tomar algo, hace un poco de calor aquí en el sol ─ bajó la vista y dejó los vasos a un lado. Nami, inmediatamente, notó que había cometido un error. Dejó el libro y los anteojos a un lado y tomó el vaso que le pertenecía. Dio un sorbo a la bebida y suspiró.

─ Que delicia ─ comentó. ─ Que bueno que me lo hayas traído, estaba muriendo de sed ─ Ren levantó la vista y Nami la veía con una sonrisa.

─ Gracias ─ dijo tímidamente.

─ ¿Cómo conociste a Franky? ─ le preguntó luego de algunos minutos de silencio, donde se podían escuchar de fondo unos ronquidos. Ren se sorprendió por la pregunta.

─ Mi hermana ─ dijo y se trabó, tosió y continuó. ─ Y yo lo encontramos en la playa ─ la miró a los ojos, la pelirroja sonreía. ─ Tardamos mucho hasta descubrir que la cola era lo que hacía que se moviera ─ sonrió recordando. ─ Mi hermana es científica ─ comentó. ─ Ella lo convenció para que modificara su enorme cuerpo ─ suspiró con una pizca de tristeza.

─ Seguramente fue bastante difícil ─ Nami comprendía aquel gesto de Ren.

─ Luego nos fuimos de allí ─ miró al horizonte.

─ Debió ser duro para él dejarte sola

─ Tenía que ir solo, no había otra opción ─ no volteaba. ─ Pero, luego de verlo allí, recuperando sus sueños, volvió por mi ─ una lágrima resbaló por la mejilla de Ren, que inmediatamente la secó. ─ Debería ir a ver si Sanji necesita ayuda con algo ─ se puso de pie.

─ Bienvenida ─ Nami la desconcertó. Volteó a verla. Ambas sonrieron.

─ Gracias

Intentaba no perderse por los pasillos del barco. Sanji le había dado aquellos vasos de jugo y ella había salido de la cocina a través del comedor, cuya puerta daba a la cubierta. Pero, decidió entregárselos entrando por la puerta lateral. Se sorprendió al escuchar unas suaves voces que atravesaban el aire del pasillo. Sanji y Vivi charlaban en la cocina. La puerta estaba abierta. Ren se detuvo antes de llegar, instintivamente y sin ánimos de escuchar conversaciones ajenas.

─ Vivió con mi amiga hasta los seis años ─ dijo Vivi, parecía triste. ─ Tenía miedo de que viniera por él, que se lo llevara y lo destruyera, como todo lo que tocaba ─ el ruido de fondo era metálico y el correr del agua.

─ ¿Él ─ Sanji parecía no querer preguntar mucho ─ te visitaba?

─ Si, una vez cada dos o tres meses pasaba a verme ─ continuaba el sonido. ─ Me decía cosas ─ realmente parecía dolida. ─ Me obligaba a

─ Está bien ─ el cocinero la interrumpió.

─ No, quiero contarte ─ ella refutó. Ren, que se había mantenido oculta, decidió que no era prudente continuar oyendo aquella conversación y volvió sobre sus pasos hasta salir del pasillo. Ya tendría tiempo de devolver los vasos.

¿Estás segura? ─ Giselle la miraba a los ojos con incredulidad.

Si ─ Vivi la miraba con intensidad. ─ Creo que ya no es peligroso ─ agregó.

No comprendo, Vivi, ¿cómo es posible que estés diciendo que Nathan Connar no es peligroso? ─ se dejó caer en uno de los sillones. ─ ¡Acaba de prenderle fuego a la bandera del Rey Pirata! ─ colocó las manos sobre su rostro. ─ ¡Anunció al mundo que acabaría con todos los piratas y sus aliados! Es un milagro que estés viva, y lo sabes ─ la miró profundamente.

Fui de los Sombrero de Paja ─ se tocó la muñeca derecha, donde alguna vez tuvo aquella marca que la identificaba como nakama de Luffy. ─ Y él me dejó viva ─ ambas estaban muy serias. Vivi permanecía de pie. ─ No me hará daño

Está bien, es tu hijo y no voy a decirte qué tienes que hacer ─ se puso de pie. ─ Le diré a Antonia que prepare sus cosas

Los visitaremos a menudo ─ la Reina Vivi sonrió. ─ No te preocupes por nosotros, estaremos bien

¿Qué fue lo que hiciste? ─ Giselle estaba realmente muy preocupada por el rotundo cambio. ─ ¿Le dijiste que es su hijo? ─ Vivi sonrió y negó con la cabeza.

No, jamás se lo diré ─ tomó las manos de su amiga con las suyas. ─ Estaremos bien

─ Él me chantajeaba ─ Vivi miraba a Sanji mientras secaba los platos que le pasaba. ─ Me acostaba con él a cambio de que no hiciera daño en mi reino

─ ¿Estás diciendo que te acostabas con él a la fuerza? ─ Sanji se detuvo, iracundo, con los ojos inyectados de sangre y rabia. ¿Cuánto dolor había sido capaz de provocar aquel sujeto? Vivi sonrió tristemente.

─ Venía por las noches, se infiltraba en el palacio haciéndose agua ─ ella recordaba con turbación en los ojos. Había desviado la vista hacia el cucharón que estaba secando. ─ Jamás nadie se enteró de lo que yo hacía ─ decir todo aquello comenzaba a quitarle aquel dolor crónico que oprimía su corazón. ─ Después me acostumbré a que viniera ─ levantó la mirada y la clavó en los ojos de Sanji. ─ Jamás le dije que Israel era su hijo, nunca dejé que lo viera

─ Y él, ¿no te hizo daño? ─ Vivi negó con la cabeza.

─ Jamás me tocó un pelo, ni hizo nada en el reino, a nadie allí ─ dejó el cucharón y el repasador sobre la mesada. Un silencio incómodo se apoderó de la cocina. Sanji cerró el grifo y se secó las manos. ─ Llegué a pensar que realmente ─ apretó los dientes y los puños.

─ ¿Qué te quería? ─ Sanji comprendió lo que ella quiso decir. Se miraron por un instante.

¿Por qué viniste? ─ Vivi estaba sentada en la cama, con un camisón de seda rosado, con encajes. La habitación estaba oscura, la ventana abierta y la brisa arenosa movía las cortinas. Sabía que él estaba allí aunque no podía verlo. Ya hacía seis meses que no se aparecía. Después del décimo cumpleaños de Israel y de haberle negado por enésima vez que el chico era su hijo, él no había regresado. Luego de unos segundos de silencio, el agua que se había colado por la ventana se arremolinó en medio de la enorme habitación, tomando forma humana.

Estaba cerca ─ fue lo único que dijo. Vivi lo miraba con desconfianza. La última charla no había sido muy amena y ella lo había echado fuera. Y él se había marchado sin discutir.

Si viniste para insistir con que te diga la verdad sobre mi hijo, puedes marcharte ─ dijo después de notar que Nathan no se movía del lugar. ─ Israel es mi hijo y su padre murió en batalla, una batalla contra ti ─ sintió que ya eran demasiadas las veces que había repetido aquello. Él no dijo nada, sólo se acercó a Vivi, se agachó frente a ella que no dejaba de verlo a los ojos con resentimiento y acarició su cabello con la mano derecha, que caía sobre sus hombros.

La miraba intensamente, con una expresión que Vivi jamás había visto en él. Su ojo azul brillaba en la oscuridad. El corazón de la reina golpeaba con fuerza, quizá por miedo o quizá por otra cosa. La mano de Nathan se detuvo sobre la de Vivi. La tomó con suavidad y tiró de ella para que se levantara. La abrazó, estrechándola contra su pecho y besó su cuello. Vivi permaneció estática y con los ojos abiertos, mirando hacia la ventana.

Vine por ti ─ susurró en su oído.