La propiedad intelectual y personajes de Harry Potter pertenece Rowling, Warner Bros y Bloomsbury Publishing. No he recibido, ni recibiré ganancia monetaria alguna.
N/A: ¡Finalmente! Lo he dicho muchas veces, traducir es mucho más difícil de lo que parece. No importa que sea a mi propia lengua.
Draco visita a su madre. Este capítulo lo escribí con todo la emoción de una madre, como soy yo. Sigo buscando (ruego) beta que me ayude con la gramática y ortografía. Bien mis queridas lectoras, a ver qué piensan y si desean un avance del próximo capítulo no tienen más que dejarme saber.
Por cierto, aquellos que escriben comentarios como 'Guest' no puedo responder y me gustaría poder hacerlo. Tampoco puedo enviar el avance. Tengan esto en cuenta.
Besotes.
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Capítulo 28: Un Acto De Equilibrio
Si Nick no fuera un hombre optimista la actitud del joven reclinado en el único árbol que adornaba su jardín trasero le hubiera provocado todo tipo de malos augurios. Tal como Nick pronosticara, la puerta al enigma que es Draco Malfoy ha sido rotundamente cerrada. La verdad es que no lo sorprendió. Nick contaba con la interminable paciencia de Maggie y sus bien intencionadas manipulaciones para abrir aunque más no fuera una ventana. Draco Malfoy estaba a punto de perder control. La imagen que mejor describía el estado mental del muchacho era la de un malabarista intentando cruzar un abismo sin fondo, caminando sobre una cuerda fina y tensa. Una breve brisa, una distracción, la más sutiles de vacilaciones producto del miedo y la duda y Draco perderá el balance precipitándose a una caída en cuyas consecuencias Nick preferiría no pensar.
¿Cómo fue que su Maggie persuadió a Draco a quedarse a dormir en la 'oficina'? Nick no podía explicarlo. Su mujer no dejaba de asombrarlo. Maggie tenía poderes de persuación incomparables. ¿Cómo lograba penetrar la más impenetrables de las barreras? Nick fue testigo del intercambio entre Draco y Maggie y por su vida que no tenía idea qué fue lo que ocurrió. Por ahora, Nick estaba satisfecho con su modesta contribución. El pasado de Draco ya no era un enigma. Desesperado, Draco bajó sus defensas y sin apenas darse cuenta confió en ellos, unos desconocidos. Nick estaba casi seguro que Draco no cometería el mismo error dos veces.
––Ha estado allí desde antes que saliera el sol ––anunció Maggie al mismo tiempo que depositó un plato con tostadas y otro con huevos revueltos en el centro de la pequeña mesa.
Con su atención en la puerta abierta, Maggie se sentó y distraídamente acercó su taza a sus labios. Estaba sentada frente a su esposo pero en realidad no lo miraba a él. Su cabello color caoba lo ocultaba bajo un pañuelo multicolor. Nick pudo ver unas cuantas hebras curvando su nuca y otras, un par apenas, en frente de sus ojos ámbar, el mismo color de los ojos de sus hijas. En esos ojos brujos de su mujer Nick observó también determinación. Finalmente Maggie tornó su atención hacia su esposo. Ella sonrió. Nick la observaba como si la hubiera atrapado in fraganti robando caramelos, un lujo que ella no podía darse.
––¿Qué?–– preguntó Maggie.
––Le tengo un poco de pena al muchacho. Pero ten cuidado–– el pulgar y el índice de Nick estaban a pocos milímetros el uno del otro––, está así de cerca de escaparse.
––Pero está aquí. Lo podemos atrapar antes de que lo intente ––Maggie sonaba impaciente por confrontar a Draco.
––Si visita a su madre lo más seguro es que no regrese. Probablemente no lo veamos más. No me queda ninguna duda que le queda mucho por contarnos aunque no lo admita–– le advirtió a su esposa.
––Quizás–– con la taza bajo su quijada, Maggie miró de reojo a la puerta abierta––. Es un chico orgulloso. Pero el orgullo te puede sostener por muy poco tiempo. No lo admitirá pero está solo y sin rumbo. ¡Hay tanto dolor en él!–– sus ojos se tornaron en miel líquida cuando unas pocas lágrimas se hicieron presente.
Conmovido por la preocupación de su esposa, Nick se sentó junto a ella. Maggie posó su cabeza en su hombro y Nick le rodeó los hombros con su brazo.
––¿Te diste cuenta de su comportamiento durante la cena?–– Maggie murmuró
––Mmmhmm–– Nick le besó la sien.
––Es evidente que es una experiencia nueva para él. Lo he visto en los otros chicos. No tienen idea de lo que es una familia de verdad, que te ame y te cuide. La primera vez que lo invitaste comió tan rápido que dio la impresión que hacia días que no comía. Y quizás ése era el caso. Recuerdo que se excusó ni bien terminó y poco menos que huyó–– Nick percibió los labios de Maggie entornándose en una sonrisa––. No lo culpo. Nosotros tendemos a ser un tanto estruendosos a la hora de comer. La segunda vez se atrevió a levantar la mirada un par de veces en vez de dedicarle toda su atención a su plato. ¡Hasta jugó fútbol con las chicas! Y ayer–– Maggie giró su cabeza y fijó su mirada en la de Nick––. Draco no es el mismo. ¿Te diste cuenta? Le sacó la lengua a Suzy cuando la reprendimos. Como si fuera el hermano mayor y fastidioso de la familia. ¿No es fabuloso?
El brillo feliz en sus ojos, la manera en que todo su rostro se iluminó, el hecho que algo tan trivial como el comportamiento infantil de Draco, la generosidad con la que le abrió las puertas de su casa, como si fuera el hijo pródigo; su inquebrantable fe en los seres humanos; todo ello llenó el corazón de Nick con tanto amor hasta casi hacerlo explotar. La besó. Maggie no objetó y le devolvió el beso con el mismo ardor. Lentamente, los los labios se separaron de los de Maggie quien dejó escapar un sonido muy parecido a un quejido.
––Mmmhm, tremendo beso señor Aisling. No me quejo pero ¿a qué se debe?
––Te amo–– le respondio Nick––. Es solo porque te amo.
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Lo sintió como si un puño de acero lo hubiera golpeado en el pecho. El beso compartido entre Nick y Maggie lo dejó sin poder respirar y tal cual le hubieran rasgado las entrañas. La frase que se había convertido en su mantra, "verás que todo va a salir bien" volvió a resonar en su mente. ¿ Será posible? A veces sentía que estaba observando todo a través de una vidriera. Como un espejismo. Un deseo nada más. ¿Existe la posibilidad, no importara cuan pequeña, de enmendar su relación con Hermione? ¿Cómo fue que sucedió que de un día para otro su situación fuera tan desesperada?
Maggie Aisling no estaba de acuerdo, por supuesto. Era muy simple. Él le iba a contar a Hermione toda la verdad y le pediría que lo perdonara por todo, "y tú sabes lo que todo significa Draco," le advirtió la señora Aisling al mismo tiempo que fijó su mirada en él. Un gesto que lo incómodo; como si Maggie pudiera leer sus pensamientos. Hermione quizás lo perdonaría, pero ¿confiar en él? Ella era humana después de todo. La confianza una vez rota requería un esfuerzo enorme en volver a recuperarla. ¿Adivina qué? agregó Maggie, le tocaba a Draco ser el que tomara la iniciativa en reconstruir su relación con Hermione. No solo eso, ellos tienen un hijo. Y ese niño era su responsabilidad y si Draco deseaba que Hermione volviera a confiar en él y lo perdonara, John Albus tenía que ser su prioridad no importara la situación entre él y la madre de su hijo.
Eso fue en resumen lo que Maggie le dijo la noche anterior, haciendo caso omiso a la irritación que le hizo sentir la intrusión en su vida privada. Draco escuchó pero se abstuvo de opinar de una manera o de otra. Fingió aburrimiento tal cual pensara que lo dicho por Maggie Aisling no tenía relevancia ninguna pero la señora Aisling tal parecía padecer de problemas con su visión o era una de las más porfiadas muggle que él haya conocido. Si Maggie supiera la verdad de sus crímenes, ¿sentiría lo mismo hacia él? ¿Su optimismo y buenos deseos continuarían? Hermione y él son capaces de practicar magia. Si Maggie y Nick descubrieran que Hermione y Draco son brujos sería dramático lo suficiente. ¿Que pasaría si admitieran que Hermione fue uno de los más importantes instrumentos en la derrota de el más diabólico de todos los brujos de la historia, la cual la coronó como una de las heroínas del mundo mágico inglés? Así es, una guerra de la que ningún Muggle supo. Una guerra para protejer la existencia de un mundo paralelo al de ellos. Un mundo condenado a la esclavitud y el terror si Voldemort y sus seguidores hubieran ganado. Pero junto a Hermione, sus dos mejores amigos, uno de los cuales era nada más y nada menos que El Niño Que Vivió, pasarán a la historia como el Trío Dorado, los heroes de Hogwarts. ¿Cuál sería la reacción de los Aisling si Draco les contara la verdad, si él admitiera su contribución en esa guerra?
Asumiendo que los Aisling no murieran de la risa o lo internaran en un manicomio al enterarse de la verdad de sus poderes mágicos, ¿cómo reaccionarían al enterarse de su traición, de sus prejuicios, de su cobardía? A pesar de saber algo de su pasado nada ejemplar Nick and Maggie lo han apoyado y alentado. Pero al enterarse de la historia de su familia, Draco no tenía ninguna duda que tanto Maggie como Nick no podrían ocultar su horror y disgusto.
Por otro lado lo poco que Draco reveló acerca de su pasado y la situación de su madre no modificó la actitud de los Aisling hacia él. Una experiencia surreal sin lugar a dudas. Draco sacudió la cabeza, perplejo. Hete aquí que a pesar de cavilar acerca de su pobre existencia ni una sola vez fue presa de las imágenes que tanto lo aterrorizaban o su cuerpo reaccionó como solía hacerlo cuando sufría de sus ataques. ¡Increíble! Cuando hace apenas unas pocas horas el solo pensar en su madre le produjo un ataque masivo. No tenía idea de cómo llamarlo. Algo foráneo y estremecedor se apoderaba de su cuerpo y su mente. A veces era como si se estuviera observando a si mismo. Era consciente de que era él quien corría, balbuceando como un idiota, temblando, manipulado por la cólera y el terror. Hasta ayer. Nada de ello ocurrió ayer. Levantó la mirada y suspiró. La pequeña casa muggle, este minúsculo pedazo de tierra tiene los atributos de un oasis. Como si un manto mágico impidiera cualfuera sea lo que lo atormentara. ¿Es posible? ¿Cómo explicar lo que los Aisling le hacian sentir? No, Draco no tenía la respuesta.
Una vez más sacudió su cabeza y se encaminó a su minúsculo cuarto en el cobertizo de Nick. Temía y ansiaba su visita a Azkaban. No se imaginaba lo que le esperaba y mucho menos lo que diría a su madre. De lo que estaba seguro era que no podía evitarlo, que la hora había llegado. Narcissa Malfoy merecía mejor trato de su único hijo. Nick le aconsejó poner sus pensamientos en orden. Draco no estaba seguro de lo que ello significaba o el camino a seguir pero de algo sí estaba seguro: es en Azkaban donde tenía que empezar.
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Contemplarla ahora que era un hombre libre podría haber disminuido su aprehensión o la constricción en su pecho. Desafortunadamente el efecto era el opuesto. La silueta gris y disforme de Azkaban se erguía desde el fondo del mar como una garra diabólica. El firmamento perpetuamente sombrío y plomizo, la lluvia constante acompañada por el estruendo de los truenos y relámpagos garantizaba a los habitantes de esa isla miserable una existencia sin esperanza alguna. Condenados a no poder ver el sol o el cielo azul jamás. Ser despojado de los colores y sonidos de la primavera o de los largos días de verano. El sentir frío y humedad las veinticuatro horas del día. Olvidarse del sonido de tu voz. Es un infierno y Draco apenas le tocó vivirlo por muy poco tiempo mientras que su madre… ¿Cuánto daño infligió Azkaban a su madre? ¿Qué palabras podrían dar alivio? ¿Acaso ninguna? ¿Aceptaría verlo?
La lluvia incrementó, acribillándole el rostro. Truenos y relámpagos danzaban al unísono mientras el perfil deforme y lúgubre de Azkaban se levantaba en alto para darle la bienvenida. El joven brujo advirtió que no estaba solo al percatarse que dos barcas pequeñas lo acompañaban hacia la orilla. Los ignoró. Su encapuchado rostro le dió la cara a la isla como un acto de desafio, haciendo caso omiso a los salvajes latidos de su corazón y a la gélida transpiración que se unía a las gotas de lluvia que rodaban por su pálido rostro.
Las barcas se detuvieron. La playa era pequeña, apenas un par de metros más grande que el jardín de Nick. Una sola persona los esperaba al pie de escalones que serpenteaban interminablemente hasta la cima. Los tres visitantes procedieron a seguir al guardia en silencio. Quien quiera que fuera era un hombre formidable no solo en su aspecto físico pero en la autoridad que emanaba de él. La procesión de cuatro inició el ascenso. Contrario a lo que Draco esperaba a los pocos minutos se encontraron en frente de una abertura que muy pronto descubrieron era el sendero al interior de la prisión. Un corredor subterráneo frío y húmedo. Draco tragó en seco. El sonido de gotas de agua colisionando con el pétreo sendero se mezclaba con sus pasos. Sus pasos y agua cayendo eran los únicos sonidos que se escuchaban. Pánico lo invadió. Sus manos dieron forma a puños, clavando sus uñas en el dorso de las mismas. Sudaba copiosamente. Draco inhaló como si respirar le fuera extraño. Sus pulmones se retractaban y expandían dolorosamente, demandando aire y cuando finalmente Draco cedió fue un acto frenético y fuera de control. Se ahogaba. Las paredes deformes y torcidas lo asediaban, acorralándolo y cuando la ilusión se desvanecía Draco juró que los dementores se deslizaban entre las piedras. Mientras su pecho se expandía y contraía dolorosamente, la tenue tibieza de sangre en las palmas de sus manos lo sorprendió. Se detuvo. Levantó sus manos abriendo los dedos. Un hilo de luz proveniente del final del sendero cubrió sus ensangretadas extremidades. Estaba solo, los demás ya habían cruzado el dintel de la puerta de entrada al presidio. Los músculos de su rostro se relajaron, suavizando su semblante. Draco levantó su cara y reanudó su camino, el escozor y la sangre tibia que aún caía de sus manos el incentivo para llegar a su destino, la luz pálida y amarillenta su guía.
Sangre. Jamás la derramó por voluntad propia, pero Narcissa Malfoy lo hizo, por él. Hermione también, por todos. El hilo de luz al final del camino se agrandaba y finalmente pudo ver el final del túnel. Sus dedos volvieron a incrustarse en sus heridas, profundizándolas. Estaba en Azkaban para enfrentar a su madre y pedirle perdón sin poder ignorar que la maldita prisión no lo había dejado libre del todo, que en lo más recóndito de su ser él era su prisionero. La luz brillaba más, se hizo más grande. Pronto llegaría a su destino. Sus manos se relajaron. Sus brazos colgaban a sus costados. Sangre, la fuente de vida, se deslizaba por sus dedos salpicando silenciosamente las piedras, marcando sus pasos. Al entrar a la habitación Draco se dió vuelta y contempló el informe y lúgubre pasadizo al mismo tiempo que restregó sus manos en su desgastada capa. Roca, barro y frío. Eso era todo. Un camino. Él lo atravesó, derramó sangre en él. Sus manos se perdieron en sus cabellos empapados y nuevamente fijó sus orbes en el túnel. Intentó en vano dar con la boca del mismo pero la oscuridad se lo impidió lo cual no significaba que él estaba atrapado. Nada ni nadie podría impedir que diera la media vuelta y regresara a tierra firme porque él era un hombre libre. Eso lo tenía claro. Azkaban lo castigó y con toda razón. Draco enderezó sus hombros como si un peso enorme hubiera desaparecido. Flexionó los músculos de su espalda como lo hiciera antes de un partido de quidditch. Sentía… algo, él no sabía qué o cómo llamarlo. De repente, de la nada una escena se materializó en su mente y los labios de Draco Malfoy produjeron el gesto más extraordinario: una sonrisa al recordar cuando Suzy Aisling le sacó la lengüa.
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Era obvio que recibir visitantes no era habitual o motivo de preocupación para los encargados de la seguridad de Azkaban. El mismo brujo que los recibió en la playa estaba sentado en la única silla, en frente de la única mesa en lo que aparentaba ser la recepción. Dos velas flotaban a ambos lados de una puerta decrépita y cubierta por una capa de óxido color verdoso. Draco concluyó que era el punto de acceso al interior del presidio. Sus acompañantes esperaban junto a esa puerta. El guardia extendió su mano derecha sin levantar la mirada. Draco produjo el pergamino y su varita mirando de reojo a los dos brujos cuyas facciones denotaban enfado e impaciencia. Aparentemente Draco los estaba demorando.
Draco examinó la habitación con más detenimiento. En frente de él y un par de pasos a su izquierda estaba la puerta herrumbrosa. A la derecha de la puerta la mesa y clavado en la pared no más que un metro sobre la cabeza del guardia el letrero mugroso y torcido con 'Recepción' escrito en el mismo. Ni una sola ventana. Las paredes de un color entre amarillo y marrón denotaban manchas de humedad aquí y allá y en una de las esquinas, a la izquierda Draco observó ladrillos expuestos y visiblemente deteriorados por el agua. De la esquina opuesta agua rodaba por la pared, desapareciendo por entre los adoquines. Draco tornó su cabeza y una vez más dirigió su mirada hacia el túnel. Una boca negra abierta y sin luz. Sus ojos repararon en el techo bajo y gris y que requería desesperadamente de reparo. Una abertura, justo encima del guardia, dejaba ver los pisos de madera.
––Malfoy–– enunció el hombre con disgusto. Su voz avinagrada retumbó en el pequeño recinto––. Pensé que estabas muerto–– le dijo secamente, regalándole una mirada llena de asco––. No hay que perder la esperanza, ¿no es cierto?
Draco mantuvo silencio mirándolo directamente a los ojos. El guardia no tendría más que unos pocos años más que Draco. Sus manos enormes y lo ancho de su pecho daban a entender que era mejor no provocarlo. La enseña en su capa denotaba a un oficial de poco rango en el diminuto contingente encargado de la seguridad y protección de la prisión. El guardia se incorporó y abrió la puerta y con un gesto de su cabeza les indicó a los visitantes que lo siguieran. Se detuvo en medio del pasillo, dándole la espalda a los tres individuos y extendió su brazo indicando un grupo de puertas a su izquierda.
––La segunda a la izquierda ––indicó.
Los tres hombres procedieron a caminar pero el guardia lo tomó a Draco del brazo.
––Usted, señor Malfoy, tiene que esperar allí–– le avisó a Draco apuntando a su derecha y a una puerta al final del pasillo––. Le han concedido una visita privada. Le daré el pergamino antes de irse. Tengo que confirmar algo–– el portulento guardia lo volvió a fulminar con la mirada, giró y abriendo una de las tantas puertas, desapareció. Por unos segundos Draco centró su atención en el pasillo lúgubre y con olor a moho. Muy despacio tornó su cuerpo. Su madre lo esperaba detrás de esa puerta.
El joven brujo tomó dos pasos vacilantes y se detuvo. Su mano delineó su cara, como si fuera un ciego intentando leer con sus dedos las facciones de un desconocido. Su rostro hinchado y amoratado lo ocultó con un encantamiento antes de empreder su viaje a Azkaban.
Sus labios se separon y exhaló concentrando su atención en la puerta ahora más cercana. Cinco pasos. Draco se detuvo. Inhaló profunda y airadamente. Su madre ha esperado lo suficiente. Con determinanción llegó hasta la puerta, le dió vuelta al pomo y entró.
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Se encontró con un cuarto vacío. Su corazón dejó de latir. Su madre no deseaba verlo. Abatido se reclinó en la puerta sin percatarse de que no estaba solo.
––La prisionera no tardará en llegar. Tome asiento––Sorprendido por la aparación del guardia, Draco levantó su cabeza bruscamente.
El guardia con apariencia de pocos amigos arrastró dos sillas hacia una mesa que hasta pocos segundos Draco juró no estaba allí.
––Tiene veinte minutos–– el guardia dió la media vuelta y salió por una puerta que apareció de la nada.
Los brazos a los costados, erguido, Draco esperó como si estuviera a punto de ser fusilado. Sintió algo amargo y ácido subir por su garganta. Su corazón dejó de latir o por lo menos así lo sintió. La puerta se abrió calladamente, los contornos de una silueta se insinuaron. Tímidamente, la luz amarillenta y opaca de dos velas flotando en dos de las esquinas, iluminaron a Narcissa Malfoy. Las manos de Narcissa se fusionaron como un ramo de flores sin color o vida en frente de su vientre. Su vestimenta gris y sin forma colgaba de sus hombros sobre una figura menuda y enjuta. Levantó su cabeza muy lentamente y escudriñó el recinto con recelo y cuando sus ojos dieron con Draco dió un grito ahogado de asombro cubriendo su boca con una mano temblorosa. Negó con su cabeza frenéticamente sin poder parar. En su rostro pálido brillaban lágrimas que fluían sin cesar.
––No, no por favor, esto no–– imploró––. No puedo, por favor. ¡Basta! ¡Basta!–– gritó cubriendo su rostro.
Draco corrió hacia ella pero su madre levantó las manos defensivamente.
––Está muerto. No está aquí. No, no, yo no…––
––Madre–– Draco enlazó sus dedos con los de su madre. Narcissa cerró sus ojos, moviendo su cabeza de un lado a otro, rechazando los intentos de Draco de separar las manos de su cara––Madre––. Draco susurró penosamente una vez más–– Narcissa abrió los ojos.
Las piernas de Narcissa cedieron obligando a Draco a sostener el cuerpo vencido y agotado de su madre. Afortunadamente una de las sillas estaba cerca y la guió hasta la misma y gentilmente la ayudó a sentarse.
Sus dedos se entrelazaron con los de su madre y con gran dificultad finalmente pudo muy pero muy despacio separarlos del rostro de la aterrorizada mujer. Narcissa se rehusó a abrir sus ojos y sus manos, acunadas por las de Draco temblaban sin cesar. En silencio, con ternura y procurando vencer el nudo en su garganta, Draco guió sus dedos entrelazados con los de la asustada mujer por su rostro y sus cabellos.
––Soy yo Madre. Me puedes tocar. Puedes verme–– le dijo gentilmente, casi como un suspiro acariciando su cara.
Tentativamente, con algo de tremor, los dedos de Narcissa se libraron de los de Draco al mismo tiempo que su cara finalmente se elevó para encontrarse con las orbes grises de su hijo. Ojos azules, sin brillo escudriñaron expectantes las facciones del hombre hincado a su lado mientras que sus manos enmarcaron su cara. Draco retornó el gesto, borrando con sus pulgares el sendero de sus lágrimas. El cuerpo de la bruja tembló por unos segundos, pero su mirada continuó clavada en la de Draco quien no ocultó absolutamente nada de lo que albergaba en su corazón. El demacrado rostro de Narcissa languideció aun más mientras una tristeza profunda empañó su mirada.
––¿De verdad eres tú? ––tal pareciera que ella estaba convencida que estaba soñando, sin esperar que fuera realidad pero dispuesta a continuar con la farsa.
Draco no pudo sostener su mirada y encontró refugio entre sus faldas dando rienda suelta a toda la vergüenza y el dolor que por tanto tiempo guardó en su corazón. Sus hombros se estremecieron mientras sollozaba calladamente.
––¡Perdóname, perdóname! ¡Ah, madre yo…! ¡Perdóname!
Narcissa observó a su hijo. Inclinándose, su mano izquierda acarició la espalda de Draco mientras los dedos de la derecha se perdían en sus cabellos tratando de aliviar el dolor del hombre arrodillado a sus pies. Y así, madre e hijo, dejaron que el tiempo pasara totalmente en silencio. Finalmente, Draco levantó el rostro y allí lo vió, un destello de esperanza en los ojos azules como el firmamento de su madre.
––El Draco de mis sueños jamás pidió perdón. Mi hijo sin embargo…–– Extendió sus brazos y Draco se aferró a ella.
Como un escudo, esas extremidades débiles y escuálidas lo cubrieron a Draco, protegiéndolo, como lo habían hecho miles de veces. Pero el rejol marcaba el poco tiempo que les quedaba y ¡Draco tenía tanto por decir! Narcissa posó un dedo sobre los labios de Draco. Palabras carecían de importancia ese momento. Su hijo estaba allí, a sus pies, lo podía tocar, escuchar y en ese instante no creía tener las fuerzas para soportar más emociones.
––Mucho horror, dolor, arrepentimientos y demasiado tiempo gastado pensando en ello ––observó Narcissa con un hilo de voz.
––Me creíste muerto Madre y cómo no creerlo cuando te abandoné. Después de todo lo que has hecho… ––con un gesto de dolor denotando su tormento continuó––. Después de lo que te hicieron, yo…yo ––el rencor y la angustia le impidieron seguir.
Draco bajó los ojos. ¡Tenía tanto que decirle y preguntarle a su madre! ¿Cómo había sobrevivido todos estos años? ¿Qué del tormento de los dementores sumando más dolor a su alma rota por la pena y la memoria de los horrores de la que fué testigo y a los que fué sometida? ¿Cómo se suponía que él iba a vivir tres años más sin ella? ¿Cómo enmendar la injusticia de que sea ella y no él sufriendo en Azkaban? ¿Cómo compensarla por todo el daño y sufrimiento a la que él la sometió? El harapo que cubría al fantasma de la que alguna vez fue una de las brujas más distinguidas de Inglaterra era gris, burdo y desgastado al extremo. Ella, pálida, consumida hasta los huesos. Su cabello que antes fuera abundante y reluciente estaba reducido a unas pocas hebras enmarañadas recogidas con un trapo gris del mismo material del andrajo que vestía. Su cuerpo convulsionaba y se sacudía a intervalos y sus ojos…
Draco se vió obligado a sumergerse en ellos y aunque no lo esperaba, no le sorprendió ver reflejados en ellos mucho de lo que él mismo sentía. Uno en particular se destacaba y Draco juró interiormente, recriminándose a si mismo. Narcissa se había dado por vencida, sin motivo para luchar. Mientras la mirada de Narcissa divagaba por el recinto tal cual un animal al acecho, Draco aprovechó para estudiar detenidamente los resultados de dos años de presidio a sabiendas que su comportamiento y su egoísmo incrementaron la tortura de su madre.
Parpadeando rápidamente Narcissa retornó su atención a Draco. Era asombroso todo lo que podía leer en la fascinante mirada de su hijo.
––Jamás debí darle crédito a los rumores que circulan en este lugar ––la mueca de sus labios intentó formar una sonrisa pero reír ya no era parte de su diario vivir. Draco abrió la boca, Narcissa lo silenció al continuar––. Ha sido una debilidad de mi parte.
Draco saltó como un resorte, cerrando sus dedos formando puños, al mismo tiempo que la ira lo dominaba segundo a segundo hasta no poder contenerse.
––¡Debilidad! No, yo dejé este lugar sin mirar atrás. Corrí es la palabra correcta. ¡Corrí como un cobarde madre!
Las manos de Narcissa se encontraron nerviosamente sobre su falda, mientras luchaba contra los temblores que la venían acosando por meses, a los cuales ya no prestaba atención, abandonándose a ellos. Después de todo ¿qué eran unos pocos temblores comparados con las visitas de los dementores o las pesadillas que la agobiaban noche tras noche? Inclusive hablar la fatigaba pero su hijo había regresado. Con partes de su alma y corazón rotas, extraviado, lleno de rencor y remordimiento y a él le hacía falta su madre y ella definitivamente que necesitaba de su hijo.
¡Draco deseaba tanto arrancarla de este lugar! ¡Lucía tan pequeña y frágil! La luz proveniente de las velas osciló. Las sombras danzaban en las manchadas y decrépitas paredes. Podía escuchar al viento aullando a pesar de que la puerta estaba cerrada y no había ventanas. Pronto el guardia le daría final a su visita.
––Me parece que pronto vendrán por mi ––Narcissa indicó como si pudiera leer los pensamientos de Draco––. Seguro que habrá otra oportunidad de vernos–– era una pregunta no una certeza.
––Tu no deberías estar aquí. ¡Cinco años por crímenes perpetrados por otros! Acusada de ser un mortífago, ¡un mortífago! Tu que jamás fuiste marcada con esa basura!––Draco explotó iracundo.
Los gritos furiosos de Draco retumbaban en las paredes. Narcissa buscó refugio abrazándose a si misma, escondiendo la cabeza en su pecho, intentando hacerse pequeña como si intentara evitar ser golpeada. Por entre las pestañas podía ver los pasos enérgicos y coléricos desaparecer a su izquierda, retornar y desvanecer a su derecha. De un lado a otro, una y otra vez. Su cuerpo se estremecía fuera de control.
––No lo entiendo –– Draco continuó enardecido y a los gritos––. Debo ser yo, ¡Yo! Seis meses mientras tu…tu… Y peor aún yo… Te abandoné y tu pensaste que había muerto. Lo siento, debí haber…––la intensidad de su tono se desvaneció segundo a segundo cuando sus ojos se encontraron con su madre, envuelta en sí misma, debajo de la mesa. Alarmado, en un instante él estaba a su lado.
Narcissa rehuyó cuando los dedos de Draco se aproximaron. Ella temblaba, mientras sus ojos grandes como platos brillaban con pánico y confusión. Estaba aterrorizada. Palabras apenas audibles imbuidas en un tono tranquilizador intentaban llegar a ella como las olas de un mar en calma acariciando la orilla, mientras Draco poquito a poco restaba la distancia entre él y su madre. Sentando en el suelo, bajo la mesa, temeroso de sus acciones estrechó a Narcissa contra su pecho como si ella fuera un niño pequeño y asustado.
––No hay nada que temer. Lo siento, lo siento. Chsss, chsss. Todo está bien –– La acunaba como a un bebé, besándole la cabeza, la sien. Suplicando que la puerta a su espalda permaneciera cerrada por unos minutos más.
Sostenida contra el pecho de Draco, Narcissa se estremecía y convulsionaba hasta que finalmente Draco pudo empujar la mesa lo suficiente y como si en sus manos tuviera el más frágil y costoso de los cristales la ayudó a sentarse. Hincado a los pies de su madre, Draco la tomó por la barbilla y le levantó la cabeza. Del bosillo de sus pantalones produjo un pañuelo y le limpió el rostro regándole una sonrisa tierna y serena. Una vez terminado, el pañuelo cayó en la falda de Narcissa. Draco lo tomó y lo retornó a su bolsillo. Sus ojos se concentraron en los de su madre. Lo que vió lo desconcertó. Ella parecía estar en trance; su mirada fija en las imágenes, vaya uno a saber cuáles, que ella conjuró. A pesar de su estado, su mirada estaba dirigida a Draco. Él estaba seguro que ella no lo miraba a él. Sus manos, frías y vacilantes, envolvieron el rostro de la bruja. Su mirada gris y desesperada le rogaba que volviera a él. Muy despacio el velo fué desapareciendo. Los temblores pararon, su respiración agitada volvió a la calma. Narcissa bajó su mirada abochornada.
––No, madre –– Draco negó con la cabeza y una vez más le levantó el rostro––. Tu no tienes nada de que avergonzarte. Ni ahora, ni nunca. Soy you quien está a tus pies por semejante afrenta no solo a ti pero a… ––tragó en seco a punto de perder la compostura y usando el poco control que le quedaba relajó su semblante. Con toda seguridad que apenas contaban con muy poco tiempo.
Una de sus manos se deslizó debajo de su capa produciendo un pedazo de papel cuadrado, pequeño. Depositó la foto en la palma de la mano de Narcissa.
––Esta es la foto de mi hijo ––sus ojos se humedecieron y contuvo su aliento.
Fue una decisión producto de la pena y la desesperación. Nada podría él hacer para aliviar las privaciones y penurias de su cautiverio en esta prisión infernal. Nada que ofrecerle salvo su vergüenza y su remordimiento. Su vida estaba mancillada por su pasado, pero no ellos. Hermione y John Albus. Lo único puro y hermoso en su vida. Esperando ansioso por la reacción de su madre, Draco observó a Narcissa tomar la foto en su mano y acariciarla con ternura. La persona de la que jamás hablaron estaba en ella.
––Por cientos de años nuestras familias se aferraron a ideologías y tradiciones muy pocos se atrevían a respetar o defender. Nuestros ancestros apellidos unidos intimamente a esas creencias y por ello fuimos odiados, temidos y envidiados. Nosotros, Malfoy y Black, reclamamos el derecho a ser juez y jurado ante aquellos que considerábamos traidores a la sangre. Nosotros, los sangre pura–– finalmente Narcissa permitió que sus ojos se encontraran con los de su hijo al mismo tiempo que posó la foto en su pecho. Una mano acarició el rostro de Draco, la otra acariciaba la foto ––. Pero no fueron los de sangre impura quienes dieron fin a la vida de tu padre o los que usaron a una criatura como arma en contra de sus propios padres, ni siquiera tuvieron la decencia de evitarme la humillación de ser… ––Odio impregnaba cada palabra emitida por sus labios. Furia salvaje dominaba no sólo sus acusaciones pero el brillo en sus ojos––. Sangre pura, la obsesión de Voldemort. Los engaños y mentiras de Voldemort. ¡Monstruos! ¡Basura! ¡Gusanos de sangre pura! ¡Se atrevieron a tocarte! ––su rostro se endureció, el color de sus ojos oscureció. Temblaba pero esta vez no por miedo pero por el asco más profundo. Draco jamás fue testigo de tanta furia o tanto odio.
Semejante discurso lo enmudeció. Era consciente, siempre lo fue, de lo mucho que sus padres lo amaban. Lucius lo quiso pero le temía mucho más al Señor Tenebroso. Su madre lo amaba por encima de todo y de todos. A medida que el poder del Señor Tenebroso crecía, era evidente para aquellos que juraron lealtad al desquiciado y poderoso mago que al aliarse con él le pusieron a sus pies los medios para controlar y manipular su libre albedrío. Lazos familiares se convirtieron en la herramienta perfecta para manipularlos y la familia Malfoy aprendió dolorosamente lo que ello significaba. La temeridad absurda de Tom Riddle fue la de descartar lo profundo de los sentimientos que unen a hijos y padres. El amor de una madre no tiene límites, no sabe lo que es el miedo, no tiene lealtad más que para el fruto de su vientre. Tom le hizo frente a ese tipo de amor con Lily Potter y una vez más con Narcissa Malfoy Black. Tom Riddle lo ignoró, no le dió importancia y eventualmente fue el amor el que lo derrotó.
Al notar los labios de Narcissa en movimiento, Draco dejó de divagar.
––… tu sonrisa ––se dió cuenta que su madre hablaba de su nieto con toda la ternura y amor de los que solo una abuela es capaz y si pudiera Draco no tenía duda alguna que el pequeño estaría en sus faldas, los brazos de su abuela apretándole justo sobre su corazón. Dejó escapar el aire que había contenido aliviado.
––He de presumir que esos rizos son de ella ––Era la primera vez que Hermione fue mencionada. Draco asintió.
––¿Son ellos la razón de tan larga ausencia?–– le preguntó reprendiéndole.
–– No, madre. Ellos nada tienen que ver con mi abyecta conducta hacia ti–– admitió dolorido.
Narcissa inclinó su cabeza a un lado, luego al otro, estudiando el rostro de su hijo, concentrándose en esos ojos grises y brillantes como un espejo. Su cuerpo se estremeció unos segundos. Ambos lo ignoraron. La puerta se abrió. Draco se incorporó ofreciéndole su mano a Narcissa. La encorvada y frágil mujer extendió la mano que sostenía la fotografía pero Draco sacudió la cabeza.
––Es tuya ––le indicó.
El guardia gruñó su impaciencia. Narcissa apretó la mano de su hijo mientras ambos se dijeron adiós en silencio. Con la mano en el aire, Draco la vió a su madre caminar hacia la puerta.
––No sé su nombre –– exclamó la bruja girando abruptamente.
––John Albus. Nacido el diez de Noviembre de 1999 ––le contestó orgulloso.
––Adiós hijo––le dijo sacudiendo los hombros involutariamente.
––No adiós madre. Regresaré––una promesa que él cumpliría.
Allí quedó, la mirada fija en la puerta. Aliviado, contento y abatido al mismo tiempo. Al darse cuenta de una presencia a su espalda, Draco se dió la vuelta. El mismo guardia que los escortó desde la playa había depositado el pergamino en la mesa. Draco estaba seguro que él no era una de las personas favoritas de quien-sea-su-nombre.
––Creo que me pertenece a mi––Draco indicó fríamente.
El corpulento señor Wren redujo el espacio entre ellos, apropiándose del pergamino. A pesar de no ser tan alto como Draco, el señor Wren aparentaba ser mucho más fuerte que él.
––Nada me causaría más placer que borrar ese gesto de suficiencia de tu rostro ––espetó Wren entre dientes ––. Tu, cobarde asqueroso–– la punta de su varita la clavó en la garganta de Draco––. Tu madre sufrío a gritos la muerte de su hijo adorado. Música para mis oídos. Un Malfoy arrastrándose en el suelo, llorando, rogando morir. ¡Una visión de lo más hermosa!
En un instante el señor Wren se vió con los pies en el aire, en contra de la pared y su varita en las manos de un encolerizado Draco Malfoy.
––Quiero mi pergamino y mi varita por favor ––Draco exigió en un tono helado––. ¡Ya mismo!
Dos guardias irrumpieron apuntando sus varitas. Draco soltó a Wren quien cayó al suelo bruscamente. Girando sobre sus talones y antes que los aturdidos brujos pudieran decir una palabra, le devolvió su varita a Wren.
––Si fueran tan amables, mi pergamino y mi varita–– dijo con voz ronca.
––Primero necesito hablar con el señor Wren––replicó uno de los hombres.
Draco salió del cuarto a zancadas, conteniendo apenas su furia. De una patada abrió la puerta de la recepción, jurando en voz alta. Como león enjaulado circulaba por la pequeña habitación, tirando de sus cabellos un momento para luego peinarlos con sus dedos, preguntándose si había cometido el más grande de los errores de su vida al permirtir que las provocaciones del odioso señor Wren le hicieran perder los estribos.
––Señor Malfoy, mi nombre es Carl Hirsh y quisiera una explicación.
Draco se detuvo al escuchar la voz de uno de los guardias que se hicieron presente para auxiliar al señor Wren.
Draco y el señor Hirsch se miraron recelosamente, como midiéndose. Ambos de la misma altura. Uno con puños a los costados y el otro cruzado de brazos. Si es cierto lo que se dice de primera impresiones, el señor Hirsch parecía ser un tipo razonable.
––Usted agredió a uno de mis colegas. Suficiente para empezar una investigación, sin embargo…––El señor Hirsch dejó escapar un suspiro apenas audible al mismo tiempo que sus manos tomaron refugio en los bolsillos de sus pantalones––. El señor Wren está implicado, un descuido de mi parte. Aun así, si él decide presentar cargos en su contra necesito todos los detalles.
––Todos los detalles––Draco río burlonamente ––. Muy bien, éstos son los detalles––prosiguió con todo el sarcasmo del que era capaz––. Primero, yo soy un Malfoy, conocido mortífago y por ello fuí sentenciado a pasar un tiempo en…–– hizo una pausa y recorrió el recinto con su mirada––. Esta pocilga. Segundo, a pesar que mi presencia les resulte repugnante, mi madre esta aquí y pienso visitarla seguido. Tres, tipos como yo no esperan ovaciones o simpatía. Pero…––las venas de su cuello se contraían y dilataban rápidamente delatando su furia. Su respiración aceleró y sus uñas volvieron a abrir las heridas de sus manos––. ¿Estoy supuesto a resignarme a los insultos, burlas, provocaciones, varitas apuntadas a mi persona cada vez que visite a mi madre?–– la acidez y el sarcasmo en su tono de voz no pareció molestarle a Hirsch.
El auror a cargo de la administración de la prisión escuchó al hombre llamado Draco Malfoy y suspiró internamente. A pesar que el régimen del Ministerio de Magia se esforzaba por ser más abierto, compasivo y progresista, la verdad era que sangre fué derramada en una guerra brutal y que aquellos brutalizados y para ser precisos, aquellos brutalizados por los secuaces de Voldemort, se rehusaban a olvidar. El señor Wren era uno de esos. Mortífagos violaron, sodomizaron a su madre y hermana, ambas muggles, y no sastifechos con perpetrar semejantes atrocidades, las torturaron con la maldición Cruciatus hasta matarlas. Fué un descuido de su parte asignar a Chris a recibir visitantes.
Carl Hirsch recibió la oferta de uno de los recientes cargos creados para la administración de Azkaban debido a que su familia residió gran parte de su vida en los Estados Unidos. Si bien era ciudadano británico, era uno sin las tristes experiencias de sus compatriotas. Además, gran parte de su educación fue doméstica, es decir, sus hermanos y él fueron educados por sus padres. Apenas treinta años pero con una licenciatura en Leyes, primero en su clase, nada adverso a cambios y el hecho de que le daba lo mismo trabajar aquí o allá, no era de extrañarse que el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica lo pusiera a cargo de Azkaban. De ello hace dos años. Lo suficiente para saber quién estaba en frente de él.
Le devolvió a Draco el pergamino y la varita. De un manotazo, Draco tomó lo que le pertenecía y se encaminó hacia la salida.
––Si me permite señor Malfoy, un consejo ––Draco se detuvo pero sin darse la vuelta ––. El camino a la redención es empinado y tortuoso. Pocos llegan a la cima. Muchos más se resignan a odiarse a sí mismos y perder toda esperanza. Por el bien de su madre yo espero que usted sea uno de los afortunados que logre conquistar la cumbre. Lo espero en dos semanas.
Draco cruzó el umbral, encaminándose hacia la playa.
––Por cierto ––agregó el señor Hirsch––, lechuzas son permitidas una por semana una vez que pasen inspección. Que tenga buen día señor Malfoy–– despidió a la figura envuelta en sombras.
Al arribar a la playa inclinó su cabeza mirando a Azkaban con indiferencia. Ya no estaba a la merced de sus garras. Por lo menos no como antes, admitió. Truenos ensordecían y relámpagos iluminaban el camino arenoso y mar adentro los cielos pintaban un paisaje deprimente, pero si uno forzaba las pupilas el más diminuto de los resplandores titilaba en la distancia. Draco subió al bote, sentándose en el gastado pedazo de manera que servía de asiento, descansando sus codos en sus rodillas y entrelazando sus manos. Su cabello suelto ondulaba furiosamente tal cual la vela desplegada de un barco. Sus ojos se humedecieron ante el incesante castigo del viento y la lluvia. Adelante el diminuto haz de luz que observó desde Azkaban se convirtió en un cielo azul y brillante donde el sol reinaba supremo. Al bajar del bote Draco se deleitó en la tibieza de la tarde de verano. 'El camino a la redención', una metáfora apropiada pensó él. ¿Tendría la fortaleza de embarcarse en semejante camino? Sin ser invitadas, las dudas se hicieron presente. Le dió la cara a uno de sus tantos demonios y salió victorioso. Las cadenas de Azkaban fueron rotas aunque le tocara vivir con las memorias por el resto de sus días. Un paso, insignificante, hacia su 'redención'. Aceleró sus pasos, su postura se transformó, parecía más alto, su mirada centelleaba con determinación. Draco Malfoy no era un héroe, jamás clamó serlo y tampoco deseaba ser uno. De lo que sí estaba seguro es que no podía volver a ser el de antes. ¿Pero quién era él ahora? Quizás encontrará la respuesta cuando a los tumbos se encaminé a la Cumbre de La Montaña de la Redención. 'Verás que todo va a salir', le susurró Maggie otra vez y Draco no pudo más que atreverse a tener esperanza de que así será.
